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historia sobre la España de Los Borbones

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  • Captulo 3 LA ESPAA DE LOS BORBONES Y SU IMPERIO AMERICANO

    E L ESTADO BORBNICO

    Si la decadencia de Espaa iba a proporcionar a los estudiosos de cuestiones polticas, desde Montesquieu a Macaulay, una ocasin idnea para desarrollar la irona liberal, sus consecuencias prcticas seguan acosando a los hombres de es-tado de la poca borbnica que se esforzaban en levantar el desvencijado patri-monio transmitido por los ltimos Austrias. No puede haber dudas, desde luego, sobre el estado de postracin absoluta en que se encontraba el pas a fines del si-glo xvii. El reinado de Carlos II el Hechizado (1664-1700) result ser un de-sastre total, una desnuda crnica de derrotas militares, la bancarrota real, regre-sin intelectual y el hambre por doquier. Hacia 1700, la poblacin haba descendido por lo menos un milln de personas por debajo de su nivel en la poca de Felipe II. La nica salvedad a esta imagen de decadencia general que ofrece la investigacin ms reciente es que la crisis alcanz su punto ms bajo durante la dcada de 1680. Fue por aquellos aos, al tiempo que una serie de malas cosechas llevaban el hambre a Castilla, cuando se dieron los primeros pa-sos para resolver los problemas financieros de la monarqua, rechazando la pe-sada carga de deudas heredada de reinados anteriores. Al mismo tiempo, se de-tuvo la progresiva inflacin causada por la devaluacin repetida de la moneda, mediante una vuelta al oro y la plata como patrones de valor. Entonces hay evi-dencias que indican la existencia de signos de rehabilitacin econmica en Cata-lua y Valencia bastante antes del advenimiento de la nueva dinasta. Sin em-bargo, nada de esto debera hacer olvidar el hecho de que Espaa haba perdido sus industrias y se limitaba a exportar productos agrcolas como pago de las ma-nufacturas extranjeras. En cuanto al comercio colonial, Cdiz actuaba como mero lugar de paso en el intercambio de metal precioso americano por mercan-cas europeas.

    Aunque las condiciones de la economa puedan parecer desesperadas, era el debilitamiento de la corona lo que amenazaba la supervivencia del pas. Derro-tado por Francia en su lucha por lograr el dominio de Europa, el estado Habs-

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    burgo fue presa entonces de pugnas internas. Con el acceso al trono de Carlos II, casi un imbcil, la aristocracia territorial extenda su jurisdiccin seorial sobre distritos y ciudades enteras, y domin los consejos centrales de la monarqua. Los famosos tercios, que haban sido las primeras tropas de Europa, se rebaja-ron a milicias locales reclutadas y mandadas por la nobleza. Por entonces, la prestigiosa lite de los letrados, en los que haban confiado los Reyes Catlicos y sus sucesores para gobernar el reino, haba degenerado en una mera noblesse de robe que se formaba en seis colegiales mayores. Las cortes del reino de Ara-gn se haban resistido con xito al establecimiento de impuestos en la escala que haba demostrado ser tan ruinosa para Castilla. En toda la pennsula, tanto la recaudacin de impuestos como la provisin de armas y vituallas al ejrcito se arrendaban a contratistas particulares, entre los ms destacados de los cuales se encontraban varios comerciantes extranjeros. En resumen, mientras que en el resto de Europa continental el absolutismo dinstico estaba basando su nuevo poder en un ejrcito permanente y un control fiscal, en Espaa la monarqua ha-ba sufrido una prdida progresiva de autoridad.

    El precio de una corona debilitada fue la guerra civil, la invasin extranjera y la particin del patrimonio dinstico, porque la muerte, largamente esperada, de Carlos II en 1700 provoc una guerra general europea, cuyo premio principal era la sucesin al trono de Espaa. La eleccin por las Cortes de Felipe de An-jou, nieto de Luis XIV, obtuvo un amplio apoyo en Castilla, donde sus tropas francesas fueron bien recibidas. Pero el contendiente Habsburgo, el archiduque Carlos de Austria, contaba con el respaldo de Gran Bretaa, Holanda, Portugal, las provincias de Catalua y Valencia y una parte considerable de la aristocracia castellana, la cual tema que la nueva dinasta la desposeyera de su poder. En el conflicto civil consiguiente, la pennsula sirvi de campo de batalla, con Madrid tomada y vuelta a tomar por las fuerzas en contienda antes de que las tropas francesas aseguraran la victoria final borbnica.

    El papel relativamente pasivo que desempe Espaa en la guerra que deci-da su destino se hizo patente en el tratado de paz, firmado en 1713 en Utrecht, ya que, como compensacin a su renuncia al trono espaol, el emperador de Austria recibi los Pases Bajos, Miln, Cerdea y aples. El rey de Saboya se qued con Sicilia. Y, lo que era peor, Gran Bretaa retuvo Gibraltar y Menorca y obtuvo el asiento durante un perodo de 30 aos. Por esta clusula, Gran Bretaa gozaba de un derecho monopolstico de introducir esclavos africanos por todo el imperio espaol y, adems, se aseguraba el derecho al envo de un barco anual con 500 toneladas de mercancas para comerciar con las colonias de Espaa en el Nuevo Mundo. Finalmente se cedi a Portugal, fiel aliada de Gran Bretaa, Sacramento, un asentamiento en la ribera oriental del Ro de la Plata, con una situacin ideal para el contrabando. Si el tratado arrebataba a Espaa sus posesiones europeas, que haban estado complicando a la monarqua en con-tinuas campaas, la brecha abierta en su monopolio del comercio colonial iba a revelarse como causa importante de conflictos futuros.

    La entronizacin de Felipe V bajo la amenaza de una guerra civil e invasin extranjera permiti a los consejeros franceses sentar las bases de un estado abso-lutista con notable rapidez. Las insurrecciones de Catalua y Valencia facilitaron la abolicin de sus privilegios. En adelante, con excepcin de Navarra y las Pro-

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    vincias Vascongadas, toda Espaa estuvo en gran medida sujeta al mismo nivel de impuestos y leyes. Y, lo que era igualmente importante, Felipe sigui el ejem-plo de su abuelo y excluy a la aristocracia de los altos consejos del estado. Aun-que los grandes fueron eventualmente confirmados en la posesin de sus tierras y en su jurisdiccin privada, no influiran ms en las direcciones del gobierno de la corona. En el mismo sentido, la creacin de secretaras de estado redujo el pa-pel de los consejos tradicionales a funciones de asesoramiento y judiciales. En fecha tan temprana como 1704, el viejo sistema de tercios armados con picas se sustituy por regimientos al estilo francs, equipados con mosquetes y bayo-netas, mientras que otras reformas marcaron el inicio de un nuevo ejrcito: un cuerpo de guardias reales con servicio en Madrid, unidades distintas de artillera e ingenieros y la formacin de una clase de oficiales de carrera. Para financiar esta fuerza, los expertos fiscales formados en el extranjero consiguieron duplicar los ingresos desde apenas 5 millones de pesos a 11,5 millones hacia 1711, ha-zaa llevada a cabo en gran medida por una meticulosa inspeccin de las. cuen-tas, una reduccin de cargos en la Administracin, el desconocimiento de las deudas anteriores y la incorporacin del reino de Aragn a un sistema fiscal co-mn. Con la llegada de Isabel Farnesio de Parma, segunda esposa de Felipe, lan-guideci considerablemente el proceso de reforma. Adems, Isabel gast los re-cursos de la nueva monarqua, tan laboriosamente conseguidos, en aventuras dinsticas, conquistando feudos para sus dos hijos. Como resultado de los Pactos de Familia con los borbones franceses, firmados en 1733 y 1743, se modific parcialmente la Paz de Utrecht. Todava tiene que estimarse el precio pagado por Espaa en estas guerras. En una fecha tan tarda como 1737, el embajador in-gls, sir Benjamn Keene, describa al pas como carente de amigos extranjeros y de alianzas, desorganizado en sus finanzas, cuyo ejrcito est en malas condi-ciones, su marina, si ello fuera posible, en peores, y sin ningn ministro de peso.' La subida al trono de Fernando VI (1746-1759) marc el abandono de la ambicin dinstica en favor de una poltica de paz en el exterior y de atrinche-ramiento interior. El fin del perodo del asiento ingls en 1748 seguido de un tratado de lmites con Portugal (1750), que estableci las fronteras entre los vi-rreinatos de Per y Brasil, elimin fuentes potenciales de fricciones internaciona-les. Sin embargo, slo con la llegada de Carlos III (1759-1788) dispuso Espaa, por fin, de un monarca comprometido activamente con un completo programa de reformas. Aunque la renovacin por parte de Carlos 111 del Pacto de Familia en 1761 supuso para Espaa una derrota en las ltimas etapas de la Guerra de los Siete Aos, el resto de su reinado estuvo marcado por un notable aumento de la prosperidad, tanto en la pennsula como en las colonias, y durante una breve poca Espaa volvi a ser considerada una potencia europea.

    Aunque las ambiciones y la personalidad de los monarcas borbnicos influy sin duda en las directrices de la poltica, era, sin embargo, la lite ministerial la que introdujo lo equivalente a una revolucin administrativa. De hecho, sigue debatindose la cuestin de si la historia de estos aos habra de escribirse en

    1. Citado en Jean O. Maclachlan, Trade and peace with od Spain, 1667-1750, Cam-bridge, 1940, p. 101.

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    trminos de reyes o de ministros. En particular, queda an por establecer clara-mente el papel de Jos de Patino (1727-1736) y el del marqus de la Ensenada (1743-1754) como secretarios de Estado. El conde de Floridablanca (1776-1792) y los otros ministros de Carlos III trabajaron sobre la tarea desarrollada por aquellos hombres. Pero an no podemos caracterizar, de forma definida, a esta lite administrativa. Aunque algunos aristcratas seguan alcanzando altos cargos el conde de Aranda es un ejemplo, la mayora de los ministros eran gente principal venida a menos o del comn. Es sorprendente el hecho de que en