El Medico a Palos - Moliere - Taller

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El Medico a Palos - Moliere

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  • El mdico a palos

    1

    EL MEDICO A PALOS

    Comedia en tres actos, en prosa

    MOLIERE

    PERSONAJES

    DON JERONIMO

    BARTOLO

    DOA PAULA

    MARTINA

    LEANDRO

    GINS

    ANDREA

    LUCAS

    La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos siguientes una sala de casa

    particular, con puerta en el foro y otras dos en los lados. La accin comienza a las once de

    la maana, y se acaba a las cuatro de la tarde.

  • El mdico a palos

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    ACTO PRIMERO

    ESCENA PRIMERA

    BARTOLO, MARTINA

    BARTOLO. Vlgate Dios, y qu durillo est este tronco El hacha se mella toda, y l no se

    parte... (Corta lea de un rbol inmediato al foro; deja despus el hacha arrimada al

    tronco, se adelanta hacia el proscenio, sintase en un peasco, saca piedra y eslabn,

    enciende un cigarro y se pone a fumar.) Mucho trabajo es ste!... Y como hoy aprieta el

    calor, me fatigo y me rindo y no puedo ms... Dejmoslo y ser lo mejor, que ah se

    quedar para cuando vuelva. Ahora vendr bien un rato de descanso y un cigarrillo, que

    esta triste vida otro la ha de heredar... All viene mi mujer. Qu traer de bueno?

    MARTINA. (Sale por el lado derecho del teatro). Holgazn, qu haces ah sentado,

    fumando sin trabajar? Sabes que tienes que acabar de partir esa lea y llevarla al lugar, y

    ya es cerca de medioda?

    BARTOLO. Anda, que si no es hoy ser maana.

    MARTINA. Mira qu respuesta.

    BARTOLO. Perdname, mujer. Estoy cansado, y me sent un rato a fumar un cigarro.

    MARTINA. Y que yo aguante a un marido tan poltrn y desidioso! Levntate y trabaja.

    BARTOLO. Poco a poco, mujer; si acabo de sentarme.

    MARTINA. Levntate.

    BARTOLO. Ahora no quiero, dulce esposa.

    MARTINA. Hombre sin vergenza, sin atender a sus obligaciones! Desdichada de m

    BARTOLO. Ay, qu trabajo es tener mujer! Bien dice Sneca, que la mejor es peor que

    un demonio.

  • El mdico a palos

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    MARTINA. Miren qu hombre tan hbil, para traer autoridades de Sneca.

    BARTOLO. Si soy hbil? A ver, a ver, bscame un leador que sepa lo que yo, ni que

    haya servido seis aos a un mdico latino, ni que haya estudiado el quis vel qui, quae, quod

    vel quid, y ms adelante, como yo lo estudi.

    MARTINA. Mal haya la hora en que me cas contigo.

    BARTOLO. Y maldito sea el pcaro escribano que anduvo en ello.

    MARTINA. Haragn, borracho.

    BARTOLO. Esposa, vamos, poco a poco.

    MARTINA. Yo te har cumplir con tu obligacin.

    BARTOLO. Mira, mujer, que me vas enfadando. (Se levanta desperezndose, encamnase

    hacia el foro, coge un palo del suelo y vuelve)

    MARTINA. Y qu cuidado me da a m, insolente?

    BARTOLO. Mira que te he de cascar, Martina.

    MARTINA. Cuba de vino.

    BARTOLO. Mira que te he de solfear las espaldas.

    MARTINA. Infame.

    BARTOLO. Mira que te he de romper la cabeza.

    MARTINA. A m? Bribn, tunante, canalla. A m?

    BARTOLO. (Dando de palos a MARTINA.) S? Pues toma.

    MARTINA. Ay! Ay! Ay! Ay!

    BARTOLO. Este es el nico medio de que calles... Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.

  • El mdico a palos

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    MARTINA. Despus de haberme puesto as?

    BARTOLO. No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.

    MARTINA. No quiero.

    BARTOLO. Vamos, hijita.

    MARTINA. No quiero, no.

    BARTOLO. Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar a mi esposa... Vaya,

    ven, dame un abrazo. (Tira el palo a un lado y la abraza.)

    MARTINA. Si reventaras!

    BARTOLO. Vaya, si se muere por m la pobrecita... Perdname, hija ma. Entre dos que se

    quieren, diez o doce garrotazos ms o menos no valen nada... Voy hacia el barranquitero,

    que ya tengo all una porcin de races; har una carguilla y maana, con la burra, la

    llevaremos a Miraflores. (Hace que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay feria en

    Buitrago; si voy all, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar

    una peineta de concha con sus piedras azules. (Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el

    monte adelante. MARTINA se queda retirada a un lado, hablando entre s.)

    MARTINA. Anda, que t me las pagars... Verdad es que una mujer siempre tiene en su

    mano el modo de vengarse de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribn,

    y yo quisiera otro que l sintiera ms, aunque a m no me agradase tanto.

    ESCENA SEGUNDA

    MARTINA, GINS, LUCAS.

    (Salen por la izquierda.)

    LUCAS. Vaya..., que los dos hemos tomado una buena comisin... Yo no s todava qu

    regalo tendremos por este trabajo.

  • El mdico a palos

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    GINS. Qu quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer a nuestro amo; adems que la

    salud de su hija a todos nos interesa... Es una seorita tan afable, tan alegre, tan guapa...

    Vaya, todo se lo merece.

    LUCAS. Pero, hombre, fuerte cosa es que los mdicos que han venido a visitarla no hayan

    descubierto su enfermedad.

    GINS. Su enfermedad bien a la vista est; el remedio es el que necesitamos.

    MARTINA. (Aparte) Que yo no pueda imaginar alguna invencin para vengarme!

    LUCAS. Veremos si ese mdico de Miraflores acierta con ello... Como no hayamos

    equivocado la senda...

    MARTINA. (Aparte, hasta que repara en los dos y les hace cortesa. Pues ello es preciso,

    que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazn. No puedo olvidarlos...) Pero,

    seores, perdonen ustedes, que no los haba visto porque estaba distrada.

    LUCAS. Vamos bien por aqu a Miraflores?

    MARTINA. S, seor (Sealando adentro por el lado derecho.) Ve usted aquellas tapias

    cadas junto aqul noguern? Pues todo derecho.

    GINS. No hay all un famoso mdico que ha sido mdico de una vizcondesita, y

    catedrtico, y examinador, y es acadmico, y todas las enfermedades las cura en griego?

    MARTINA. Ay!, s, seor. Curaba en griego; pero hace dos das que se ha muerto en

    espaol, y ya est el pobrecito debajo la tierra.

    GINS. Qu dice usted?

    MARTINA. Lo que usted oye. Y para quin le iban ustedes a buscar?

    LUCAS. Para una seorita que vive ah cerca, en esa casa de campo junto al ro.

    MARTINA. Ah!, s. La hija de don Jernimo. Vlgate Dios! Pues qu tiene?

  • El mdico a palos

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    LUCAS. Qu s yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido a perder el habla.

    MARTINA. Qu lstima! Pues... (Aparte, con expresin de complacencia. Ay, qu idea

    se me ocurre!) Pues, mire usted, aqu tenemos al hombre ms sabio del mundo, que hace

    prodigios en esos males desesperados.

    GINS. De veras?

    MARTINA. S, seor.

    LUCAS. Y en dnde le podemos encontrar?

    MARTINA. Cortando lea en ese monte.

    GINS. Estar entretenindose en buscar algunas yerbas salutferas.

    MARTINA. No, seor. Es un hombre extravagante y luntico, va vestido como un pobre

    patn, hace empeo en parecer ignorante y rstico, y no quiere manifestar el talento

    maravilloso que Dios le dio.

    GINS. Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener

    siempre algn ramo de locura mezclada con su ciencia.

    MARTINA. La mana de este hombre es la ms particular que se ha visto. No confesar su

    capacidad a menos que no le muelan el cuerpo a palos; y as les aviso a ustedes que si no lo

    hacen no conseguirn su intento. Si le ven que est obstinado en negar, tome cada uno un

    buen garrote, y zurra, que l confesar. Nosotros, cuando lo necesitamos, nos valemos de

    esta industria, y siempre nos ha salido bien.

    GINS. Qu extraa locura!

    LUCAS. Habrse visto hombre ms original?

    GINS. Y cmo se llama?

  • El mdico a palos

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    MARTINA. Don Bartolo. Fcilmente le conocern ustedes. El es un hombre de corta

    estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de pao burdo con un

    sombrerillo redondo.

    LUCAS. No se me despintar, no.

    GINS. Y ese hombre hace unas curas tan difciles?

    MARTINA. Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habr dos meses que muri en

    Lozoya una pobre mujer; ya iban a enterrarla y quiso Dios que este hombre estuviese por

    casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acerc, examin a la difunta, sac

    una redomita del bolsillo, la ech en la boca una gota de yo no s qu, y la muerta se

    levant tan alegre cantando el frondoso.

    GINS. Es posible?

    MARTINA. Como que yo le vi. Mire usted, an no hace tres semanas que un chico de

    unos doce aos se cay de la torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se

    le qued hecha una plasta. Pues, seor, llamaron a don Bartolo; l no quera ir all, pero

    mediante una buena paliza lograron que fuese. Sac un cierto ungento que llevaba en un

    pucherete, y con una pluma le fue untando, untando al pobre muchacho, hasta que al cabo

    de un rato se puso en pie y se fue corriendo a jugar a la rayuela con los otros chicos.

    LUCAS. Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos a buscarle.

    MARTINA. Pero, sobre todo, acurdense ustedes de la advertencia de los garrotazos.

    GINS. Ya, ya estamos en eso.

    MARTINA. All, debajo de aquel rbol, hallarn ustedes cuantas estacas necesiten.

    LUCAS. S? Voy por un par de ellas. (Coge el palo que dej en el suelo BARTOLO, va

    hacia el foro y coge otro, vuelve y se le da a GINES.)

    GINS. Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio!

  • El mdico a palos

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    MARTINA. Y si no, todo ser intil. (Hace que se va y vuelve.) Ah!, otra cosa