El orden del discurso michel foucault

Click here to load reader

  • date post

    19-Jun-2015
  • Category

    Documents

  • view

    6.389
  • download

    1

Embed Size (px)

Transcript of El orden del discurso michel foucault

  • 1. ilCHEL FOLCULTEn 1970 Michel Foucault sucedi a JeanHyppolite en el Collge de France, donde sehizo cargo de la ctedra de historia de los sis-temas de pensamiento El orden del discursofue su leccin inaugural. Preocupado siem-pre por las complejas relaciones entre el sa-ber y el origen del poder, Foucault resumien este texto el ncleo de sus investigacionesy adelant todo un programa futuro de tra-bajo. A travs de un minucioso anlisis delas vanadas formas de acceso (o de las prohi-biciones y tabes) a la palabra, de la margi-nalidad de determinados discursos (la locu-ra, la delincuencia) o la controvertida volun-tad de verdad de la cultura occidental, esteopsculo consigue poner de manifiesto lainquietante fragilidad de categoras filosfi-cas aparentemente sacrosantas, como las desujeto, conciencia e historia A casi treintaaos vista, este polmico y ejemplar disen-so mantiene toda la espontaneidad- creado-ra de una autntica obra filosfica.

2. Michel Foucault El orden del discursoTraduccin de Alberto Gonzlez Troyano F B U L A V^EprroRES 3. 1 itulo original / ordre da ducour^1 edicin en Marginales 19~5 "3edicin en Marginales lW1edicin en I abula octubre 19992edicin en Fbula enero 20021 " edicin argentina en Fbula enero 20041 reimpresin argentina en Fabivla febrero 2005 * Michel Foucault, 1970Traduccin de Alberto Gonzalc? Trovano, 1973Diseo de la coleccin Pierluigi CerriIlustracin de la cubierta ilustracin de Xavier Vives a partirde una idea de Clotet- Fusquets Xavier Vives, 1999Reservados todos los derechos de esta edicin pataTusquets Editores, S A - Venezuela 1664 - (1096) Buenos [email protected] com ar - www tusquets-editores esISBN 950-9779-69-3Hecho el deposito de leyImpreso en el mes de febrero de 2003en Talleres Grficos Nuevo Offset - Viel 1444 - Buenos AiresImpreso en la Argentina - Printed in ArgentinaQuedan rigurosamente prohibidas, sin la autorizacin escrita delos titulares del Copvright, bajo las sanciones establecidas en las leves,la reproduccin total o parcial de esta obra por cualquier medio oprocedimiento, comprendidos la reprografia v el tratamiento informtico 4. El orden del discurso 5. Leccin inaugural en el Collge de Frunce pronun-ciada el 2 de diciembre de 1970 6. En el discurso que hoy debo pronunciar, y entodos aquellos que, quiz durante aos, habr depronunciar aqu, habra preferido poder desli-zarme subrepticiamente. Ms que tomar la pala-bra, habra preferido verme envuelto por ella ytransportado ms all de todo posible inicio. Mehabra gustado darme cuenta de que en el mo-mento de ponerme a hablar ya me preceda unavoz sin nombre desde haca mucho tiempo: mehabra bastado entonces encadenar, proseguir lafrase, introducirme sin ser advertido en sus inters-ticios, como si ella me hubiera hecho seas que-dndose, un momento, interrumpida. No habrahabido por tanto inicio; y en lugar de ser aquelde quien procede el discurso, yo sera ms bienuna pequea laguna en el azar de.su desarrollo,el punto de su posible desaparicin.Me habra gustado que hubiese detrs de mcon la palabra tomada hace tiempo, repitiendo 11 7. de antemano todo cuanto voy a decir, una vozque hablase as: Hay que continuar, no puedocontinuar, hay que decir palabras mientras lashaya, hay que decirlas hasta que me encuentren,hasta el momento en que me digan -extraapena, extraa falta-, hay que continuar, quizs,est ya hecho, quiz ya me han dicho, quiz, mehan llevado hasta el umbral de mi historia, antela puerta que se abre ante mi historia; me extra-ara si se abriera.Pienso que en mucha gente existe un deseosemejante de no tener que empezar, un deseo se-mejante de encontrarse, ya desde el comienzodel juego, al otro lado del discurso, sin habertenido que considerar desde el exterior cuntopoda tener de singular, de temible, incluso qui-z de malfico. A este deseo tan comn, la ins-titucin responde de una manera irnica, dadoque hace los comienzos solemnes, los rodea deun crculo de atencin y de silencio y les impo-ne, como si quisiera distinguirlos desde lejos,unas formas ritualizadas.El deseo dice: No querra tener que entraren este orden azaroso del discurso; no querratener relacin con cuanto hay en l de tajantey decisivo; querra que me rodeara como unatransparencia apacible, profunda, indefinida-12 8. mente abierta, en la que otros respondieran a miespera, y de la que brotaran las verdades, una auna; yo no tendra ms que dejarme arrastrar,en l y por l, como algo abandonado, flotantey dichoso. Y la institucin responde: No haypor qu tener miedo de empezar; todos esta-mos aqu para mostrarte que el discurso est enel orden de las leyes, que desde hace muchotiempo se vela por su aparicin; que se le hapreparado un lugar que le honra pero que ledesarma, y que, si consigue algn poder, es denosotros y nicamente de nosotros de quien loobtiene.Pero quizs esta institucin y este deseo noson otra cosa que dos rplicas opuestas a unamisma inquietud: inquietud con respecto a loque es el discurso en su realidad material de cosapronunciada o escrita; inquietud con respectoa esta existencia transitoria destinada sin duda adesaparecer, pero segn una duracin que nonos pertenece, inquietud al sentir bajo esta acti-vidad, no obstante cotidiana y gris, poderes ypeligros difciles de imaginar; inquietud al sospe-char la existencia de luchas, victorias, heridas,dominaciones, servidumbres, a travs de tantaspalabras en las que el uso, desde hace tanto tiem-po, ha reducido las asperezas.13 9. Pero qu hay de tan peligroso en el hechode que la gente hable y de que sus discursos pro-liferen indefinidamente? En dnde est por tan-to el peligro?He aqu la hiptesis que querra proponer,esta tarde, con el fin de establecer el lugar - oquizs el muy provisional teatro- del trabajoque estoy realizando: supongo que en toda socie-dad la produccin del discurso est a la vez con-trolada, seleccionada y redistribuida por ciertonmero de procedimientos que tienen por fun-cin conjurar sus poderes y peligros, dominar elacontecimiento aleatorio y esquivar su pesada ytemible materialidad.En una sociedad como la nuestra son bienconocidos los procedimientos de exclusin. Elms evidente, y el ms familiar tambin, es loprohibido. Uno sabe que no tiene derecho a de-cirlo todo, que no se puede hablar de todo encualquier circunstancia, que cualquiera, en fm,no puede hablar de cualquier cosa. Tab delobjeto, ritual de la circunstancia, derecho exclu-sivo o privilegiado del sujeto que habla: he ahel juego de tres tipos de prohibiciones que se14 10. cruzan, se refuerzan o se compensan, formandouna compleja malla que no cesa de modificarse.Resaltar nicamente que en nuestros das, lasregiones en las que la malla est ms apretada,all donde se multiplican las casillas negras, sonlas regiones de la sexualidad y la poltica: comosi el discurso, lejos de ser ese elemento transpa-rente o neutro en el que la sexualidad se desar-ma y la poltica se pacifica, fiese ms bien unode esos lugares en que se ejercen, de manera pri-vilegiada, algunos de sus ms temibles poderes.Por ms que en apariencia el discurso sea pocacosa, las prohibiciones que recaen sobre l reve-lan muy pronto, rpidamente, su vinculacin conel deseo y con el poder. Y esto no tiene nada deextrao, pues el discurso -el psicoanlisis nos loha mostrado no es simplemente lo que mani-fiesta (o encubre) el deseo; es tambin el objetodel deseo; pues -la historia no deja de enser-noslo- el discurso no es simplemente aquelloque traduce las luchas o los sistemas de domi-nacin, sino aquello por lo que, y por medio delo cual se lucha, aquel poder del que quiere unoaduearse. Existe en nuestra sociedad otro principio deexclusin: no se trata ya de una prohibicinsino de una separacin y un rechazo. Pienso en 15 11. la oposicin entre razn y locura. Desde la msalejada Edad Media, el loco es aquel cuyo dis-curso no puede circular como el de los otros:llega a suceder que su palabra es consideradanula y sin valor, que no contiene ni verdad niimportancia, que no puede testimoniar ante lajusticia, no puede autentificar una partida o uncontrato, o ni siquiera, en el sacrificio de la misa,permite la transubstanciacin y hacer del panun cuerpo; en cambio suele ocurrir tambin quese le confiere, opuestamente a cualquier otra per-sona, extraos poderes como el de enunciar unaverdad oculta, el de predecir el porvenir, el dever en su plena ingenuidad lo que la sabidurade los otros no puede percibir. Resulta curiosoconstatar que en Europa, durante siglos, la pala-bra del loco no era escuchada o si lo era, recibala acogida de una palabra portadora de verdad.O bien caa en el olvido rechazada tan prontocomo era proferida o era descifiada como unarazn ingenua o astuta, una razn ms razo-nable que la de la gente razonable. De todas for-mas, excluida o secretamente investida por larazn, en un sentido estricto, no exista. A tra-vs de sus palabras se reconoca la locura delloco; ellas eran el lugar en que se ejerca la sepa-racin, pero nunca eran recogidas o escuchadas.16 12. Nunca, antes de finales del siglo xviii, se le ha-ba ocurrido a un mdico la idea de querer saberlo que deca (cmo lo deca, por qu lo deca)en estas palabras que, sin embargo, originabanla diferencia. Todo ese inmenso discurso delloco regresaba al ruido; y no se le conceda la pa-labra ms que simblicamente, en el teatro enque se le expona, desarmado y reconciliado,puesto que en l desempeaba el papel de ver-dad enmascarada.Se me puede objetar que todo esto actual-mente ya est acabado o est acabndose; quela palabra del loco ya no est del otro lado de lalnea de separacin; que ya no es consideradaalgo nulo y sin valor; que ms bien al contrario,nos pone en disposicin vigilante; que busca-mos en ella un sentido, o el esbozo o las ruinasde una obra; y que hemos llegado a sorprenderesta palabra del loco incluso en lo que noso-tros mismos articulamos, en ese minsculo des-garrn por donde se nos escapa lo que decimos.Pero tantas consideraciones no prueban que laantigua separacin ya no acte; basta con pen-sar en todo el armazn de saber, a travs delcual desciframos esta palabra; basta con pensaren toda la red de instituciones que permite alque sea -mdico, psicoanalista- escuchar esa pa-17 13. labra y que permite al mismo tiempo al pacien-te manifestar, o retener desesperadamente, suspobres palabras; basta con pensar en todo estopara sospechar que la lnea de separacin, le-jos de borrarse, acta de otra forma, segn lneasdiferentes, a travs de nuevas instituciones y conefectos que en absoluto son los mismos. Y auncuando el papel del mdico no fuese sino el deescuchar una palabra al fin libre, la escuchase ejerce siempre manteniendo la cesura. Escu-cha de un discurso que est investido por eldeseo, y que se supone -para su mayor exalta-cin o para su mayor angustia cargado de terri-bles poderes. Si bien es necesario el silenciode la razn para curar los monstruos, basta queel silencio est alerta para que la separacin per-sista.Quizs es un tanto aventurado considerar laoposicin entre lo verdadero y lo falso como untercer sistema de exclusin, junto a aquellos delos que acabo de hablar. Cmo van a poder com-pararse razonablemente la coaccin de la verdadcon separaciones como sas, separaciones queson arbitrarias desde el comienzo o que cuandomenos se organizan en tomo a contingenciashistricas; que no slo son modificables sinoque estn en perpetuo desplazamiento; que estn18 14. sostenidas por todo un sistema de institucionesque las imponen y las acompaan en su vigen-cia y que finalmente no se ejercen sin coacciny sin cierta violencia?Desde luego, si uno se sita en el nivel deuna proposicin, en el interior de un discurso,la separacin entre lo verdadero y lo falso no esni arbitraria, ni modificable, ni institucional, niviolenta. Pero si uno se sita en otra escala, si seplantea la cuestin de saber cul ha sido y cules constantemente, a travs de nuestros discur-sos, esa voluntad de verdad que ha atravesadotantos siglos de nuestra historia, o cul es en suforma general el tipo de separacin que rige nues-tra voluntad de saber, es entonces, quiz, cuan-do se ve dibujarse algo as como un sistema deexclusin (sistema histrico, modificable, insti-tucionalmente coactivo).Separacin histricamente constituida, sinduda alguna. Pues todava en los poetas grie-gos del siglo VI, el discurso verdadero -en elms intenso y valorado sentido de la palabra-,el discurso verdadero por el cual se tena respe-to y terror, aquel al que era necesario someter-se porque reinaba, era el discurso pronunciadopor quien tena el derecho y segn el ritualrequerido; era el discurso que decida la justicia 19 15. y atribua a cada uno su parte; era el discursoque, profetizando el porvenir, no slo anuncia-ba lo que iba a pasar, sino que contribua a surealizacin, arrastraba consigo la adhesin de loshombres y se engarzaba as con el destino. Aho-ra bien, he aqu que un siglo ms tarde la ver-dad superior no resida ya ms en lo que erael discurso o en lo que haca, sino que residaen lo que deca: lleg un da en que la verdad sedesplaz del acto ritualizado, eficaz y justo, deenunciacin, hacia el enunciado mismo: haciasu sentido, su forma, su objeto, su relacin con sureferencia. Entre Hesodo y Platn se establececierta separacin, disociando el discurso verda-dero y el discurso falso; separacin nueva, puesen lo sucesivo el discurso verdadero ya no serel discurso precioso y deseable, pues ya no ser eldiscurso ligado al ejercicio del poder. El sofistaha sido expulsado.Sin duda, esta separacin histrica ha dadosu forma general a nuestra voluntad de saber.Sin embargo no ha cesado de desplazarse: lasgrandes mutaciones cientficas quiz puedan aveces leerse como consecuencias de un descu-brimiento, pero pueden leerse tambin como laaparicin de formas nuevas de la voluntad deverdad. Hubo sin duda una voluntad de verdad20 16. en el siglo xix que no coincide ni por las formasque pone en juego, ni por los tipos de objetosa los que se dirige, ni por las tcnicas en quese apoya, con la voluntad de saber que carac-teriz la cultura clsica. Retrocedamos un poco:en ciertos momentos de los siglos xvi y xvii (yen Inglaterra sobre todo) apareci una voluntadde saber que, anticipndose a sus contenidosactuales, dibujaba planes de objetos posibles,observables, medibles, clasificables; una volun-tad de saber que impona al sujeto conocedor(y de alguna manera antes de toda experiencia)una cierta posicin, una cierta forma de mirary una cierta funcin (ver ms que leer, verifi-car ms que comentar); una voluntad de saberque prescriba (y de un modo ms general quecualquier otro instrumento determinado) el ni-vel tcnico del que los conocimientos deberaninvestirse para ser verificables y tiles. Todoocurre como si, a partir de la gran separacinplatnica, la voluntad de saber tuviera su pro-pia historia, que no es la de las verdades coac-tivas: historia de los planes de objetos por cono-cer, historia de las funciones y posiciones delsujeto conocedor, historia de las inversionesmateriales, tcnicas e instrumentales del cono-cimiento. 21 17. Pues esta voluntad de verdad, como los otrossistemas de exclusin, se apoya en una baseinstitucional: est a la vez reforzada y acompa-ada por una densa serie de prcticas como lapedagoga, el sistema de libros, la edicin, lasbibliotecas, las sociedades de sabios de antao,los laboratorios actuales. Pero es acompaadatambin, ms profundamente sin duda, por laforma que tiene el saber de ponerse en prcticaen una sociedad, en la que es valorado, distri-buido, repartido y en cierta forma atribuido.Recordemos, y a ttulo simblico nicamen-te, el viejo principio griego: que la aritmticapuede muy bien ser objeto de las sociedades de-mocrticas, pues ensea las relaciones de igual-dad, pero que la geometra slo debe ser ense-ada en las oligarquas ya que demuestra lasproporciones en la desigualdad.Finalmente, creo que esta voluntad de ver-dad apoyada en una base y una distribucininstitucional, tiende a ejercer sobre los otros dis-cursos -hablo siempre de nuestra sociedad-una especie de presin y de poder de coaccin.Pienso en cmo la literatura occidental ha de-bido buscar apoyo desde hace siglos sobre lonatural, lo verosmil, sobre la sinceridad, y tam-bin sobre la ciencia - e n resumen, sobre el22 18. discurso verdadero. Pienso igualmente de qumanera las prcticas econmicas, codificadascomo preceptos o recetas, eventualmente comomoral, han pretendido desde el siglo xvi fun-darse, racionalizarse y justificarse sobre unateora de las riquezas y de la produccin; pien-so adems en cmo un conjunto tan prescriptivocomo el sistema penal ha buscado sus cimien-tos o su justificacin, primero naturalmente, enuna teora del derecho, despus, a partir delsiglo XIX, en un saber sociolgico, psicolgi-co, mdico, psiquitrico: como si la palabra mis-ma de la ley no pudiese estar autorizada ennuestra sociedad ms que por el discurso de laverdad.De los tres grandes sistemas de exclusin queafectan al discurso, la palabra prohibida, la se-paracin de a locura y la voluntad de verdad,es del tercero del que he hablado ms exten-samente. Y el motivo es que, desde hace siglos,los primeros no han cesado de derivar hacia l.Y porque cada vez ms l intenta tomarlos a sucargo, para modificarlos y a la vez findamen-tarlos. Y porque los dos primeros no dejan dehacerse cada vez ms fi-giles, ms inciertos enla medida en que, al encontrarse ahora atravesa-dos por la voluntad de saber, sta por el contra-23 19. rio no cesa de reforzarse y de hacerse ms pro-funda y ms insoslayable.Y, sin embargo, es de ella de la que menosse habla. Como si para nosotros la voluntad deverdad y sus peripecias estuviesen enmascaradaspor la verdad misma en su necesario despUegue.Y la razn puede que sea sta: si el discursoverdadero ya no es, en efecto, desde los griegos,el que responde al deseo o el que ejerce elpoder; en la voluntad de verdad, en la voluntadde decir ese discurso verdadero, qu es por tan-to lo que est en juego sino el deseo y el poder?El discurso verdadero, al que la necesidad de suforma exime del deseo y libera del poder, nopuede reconocer la voluntad de verdad que loatraviesa; y la voluntad de verdad que se nos haimpuesto desde hace mucho tiempo es tal queno puede dejar de enmascarar la verdad quequiere.As no aparece ante nuestros ojos ms queuna verdad que sera riqueza, fecundidad, fuer-za suave e insidiosamente universal. E ignoramospor el contrario la voluntad de verdad, comoprodigiosa maquinaria destinada a excluir. Todosaquellos, que punto por punto en nuestra histo-ria han intentado soslayar esta voluntad de ver-dad y enfrentarla contra la verdad justamente24 20. all donde la verdad se propone justificar lo pro-hibido, definir la locura, todos esos, de Nietzs-che a Artaud y a Bataille, deben ahora servimosde signos, altivos sin duda, para el trabajo decada da.Existen, evidentemente, otros muchos proce-dimientos de control y delimitacin del discur-so. Esos a los que he aludido antes se ejercen encierta manera desde el exterior; funcionan comosistemas de exclusin; conciernen sin duda a laparte del discurso que pone en juego el podery el deseo.Creo que se puede tambin aislar otro grupo.Procedimientos internos, puesto que son los dis-cursos mismos los que ejercen su propio con-trol; procedimientos que juegan un tanto encalidad de principios de clasificacin, de orde-nacin, de distribucin, como si se tratase en estecaso de dominar otra dimensin del discurso:aquella de lo que acontece y del azar.En primer lugar, el comentario. Supongo,aunque sin estar muy seguro, que apenas haysociedades en las que no existan relatos impor-tantes que se cuenten, que se repitan y se cam-25 21. bien; frmulas, textos, conjuntos ritualizadosde discursos que se recitan segn circunstanciasbien determinadas; cosas que han sido dichas unavez y que se conservan porque se sospe-cha queesconden algo como un secreto o una riqueza.En resumen, puede sospecharse que hay regular-mente en las sociedades una especie de nive-lacin entre discursos: los discursos que sedicen en el curso de los das y de las conversa-ciones, y que desaparecen con el acto mismoque los ha pronunciado; y los discursos queestn en el origen de cierto nmero de actosnuevos de palabras que los reanudan, los trans-forman o hablan de ellos, en resumen, discursosque, indefinidamente, ms all de su formu-lacin, son dichos, permanecen dichos, y estntodava por decir. Los conocemos en nuestro sis-tema de cultura: son los textos religiosos o jur-dicos, son tambin esos textos curiosos, cuandose considera su estatuto, y que se llaman lite-rarios; y tambin en cierta medida los textoscientficos.Es cierto que esta diferencia no es ni estable,ni constante, ni absoluta. No existe, por unlado, la categora dada ya de una vez para siem-pre, de los discursos findamentales o creadores;y despus, por otro, la masa de aquellos que slo26 22. repiten, glosan o comentan. Bastantes textos im-portantes se oscurecen y desaparecen, y ciertoscomentarios toman el lugar de los primeros.Pero por ms que sus puntos de aplicacin cam-bien, la funcin permanece; y el principio decierto desfase no deja de ponerse continuamen-te en juego. La desaparicin radical de este desnivel nopuede ser nunca ms que juego, utopa o angus-tia. Juego al estilo de Borges, de un comentarioque no fuese otra cosa ms que la reaparicinpalabra a palabra (pero esta vez solemne y es-perada) de lo que comenta; juego tambin deuna crtica que hablase infinitamente de unaobra que no existiese. Sueo lrico de un dis-curso que renaciese absolutamente nuevo e ino-cente en cada uno de sus puntos y que reapa-reciese sin cesar, en toda su frescura, partiendode los sentimientos, de los pensamientos o delas cosas. Angustia de ese enfermo de Janet paraquien el menor enunciado era como una pala-bra del Evangelio que encerraba inagotablestesoros de sentidos y que merecan ser indefini-damente reconsiderados, reanudados, comenta-dos: Cuando pienso, deca en el momento enque se pona a leer o a escuchar, cuando pien-so en esta frase que va a irse hacia la eternidad27 23. y que quiz todava no he comprendido com-pletamente.Pero no se observa que se trata de anularcada vez uno de los trminos de la relacin yno de suprimir la relacin misma? Relacin que nodeja de modificarse a travs de los tiempos; rela-cin que en una poca dada adquiere formasmltiples y divergentes; la exgesis jurdica es muydiferente (y esto desde hace bastante tiempo) delcomentario religioso; una sola y misma obra li-teraria puede dar lugar simultneamente a tiposde discursos muy diferentes: la Odisea como pri-mer texto es repetida, en la misma poca, en latraduccin de Berard, en infinitas explicacionesde textos, en el Ulises de Joyce.Por el momento, quisiera limitarme a indicarque en lo que se llama globalmente un comen-tario, el desfase entre el primer y el segundotexto representa dos cometidos solidarios. Poruna parte, permite construir (e indefinidamente)nuevos discursos: el desplome del primer texto,su permanencia, su estatuto de discurso siemprereactualizable, el sentido mltiple u oculto delcual parece ser poseedor, la reticencia y la rique-za esencial que se le supone, todo eso fianda unaposibilidad abierta de hablar. Pero, por otra par-te, el comentario no tiene por cometido, cua-28 24. lesquiera que sean las tcnicas utilizadas, msque el decir porJin lo que estaba articulado silen-ciosamente all lejos. Debe, segn una paradojaque siempre desplaza pero a la cual nunca esca-pa, decir por primera vez aquello que sin em-bargo haba sido ya dicho. El cabrilleo indefini-do de los comentarios es activado desde el interiorpor el sueo de una repeticin enmascarada:en su horizonte, no hay quiz nada ms que loque era su punto de partida, la simple recita-cin. El comentario conjura el azar del discursoal tenerlo en cuenta: permite decir otra cosaaparte del texto mismo, pero con la condicinde que sea ese mismo texto el que se diga, y encierta forma, el que se realice. La multiplicidadabierta y el azar son transferidos, por el princi-pio del comentario, de aquello que podra serdicho, sobre el nmero, la forma, la mscara, lacircunstancia de la repeticin. Lo nuevo no esten lo que se dice, sino en el acontecimiento desu retorno.Creo que existe otro principio de enrareci-miento de un discurso. Y hasta cierto punto escomplementario del primero. Se refiere al autor.Al autor no considerado, desde luego, como elindividuo que habla y que ha pronunciado oescrito un texto, sino al autor como principio de 29 25. agrupacin del discurso, como unidad y origende sus significaciones, como foco de su cohe-rencia. Este principio no acta en todas partesni de forma constante: alrededor de nosotros,existen bastantes discursos que circulan, sin quesu sentido o su eficacia tengan que venir avala-dos por un autor al cual se les atribuira: porejemplo, conversaciones cotidianas, inmediata-mente olvidadas; decretos o contratos que tienennecesidad de firmas pero no de autor, frmulastcnicas que se transmiten en el anonimato.Pero, en los terrenos en los que la atribucina un autor es indispensable -literatura, filosofa,ciencia-, se advierte que no posee siempre lamisma fimcin; en el orden del discurso cien-tfico, la atribucin a un autor era, durante laEdad Media, un indicador de su veracidad. Seconsideraba que una proposicin vena justifi-cada por su autor incluso para su valoracincientfica. Desde el siglo xvii, esta ftincin no hadejado de oscurecerse en el discurso cientfico:apenas funciona ms que para dar el nombrea un teorema, a un efecto, a un ejemplo, a unsndrome. Por el contrario, en el orden del dis-curso literario, y a partir de esa misma fecha, lafuncin del autor no ha hecho sino reforzarse:a todos aquellos relatos, a todos aquellos poemas,30 26. a todos aquellos dramas o comedias que se de-jaban circular durante la Edad Media en unanonimato al menos relativo, he aqu que aho-ra, se les pide (y se les exige que digan) de dn-de proceden, quin los ha escrito; se pide que elautor rinda cuenta de la unidad del texto queantepone a su nombre; se le pide que revele, oal menos que manifieste ante l, el sentido ocul-to que lo recorre; se le pide que lo articule, consu vida personal y con sus experiencias vividas,con la historia real que lo vio nacer. El autor esquien da al inquietante lenguaje de la ficcin susunidades, sus nudos de coherencia, su insercinen lo real.S bien que se me va a decir: Pero ustedhabla del autor, tal como la crtica lo reinventadespus, cuando ya le ha llegado la muerte yde l no queda ms que una masa enmaraada degalimatas; entonces se hace necesario ponercierto orden en todo eso; imaginar un proyec-to, una coherencia, una temtica que se pide ala conciencia o a la vida de un autor, quizs enefecto un tanto ficticio. Pero esto no impideque haya existido este autor real, ese hombre quehace irrupcin en medio de todas las palabrasusadas, proyectando en ellas su genio o su des-orden. 31 27. Sera absurdo, desde luego, negar la existen-cia del individuo que escribe e inventa. Peropienso que -al menos desde hace algn tiem-po el individuo que se pone a escribir untexto, en cuyo horizonte merodea una posibleobra, vuelve a asumir la funcin del autor: loque escribe y lo que no escribe, lo que perfila,incluso en calidad de borrador provisional,como bosquejo de la obra, y lo que deja caercomo declaraciones cotidianas, todo ese juegode diferencias est prescrito para la funcin deautor, tal como l la recibe de su poca, o talcomo a su vez la modifica. Pues puede muybien alterar la imagen tradicional que se tienedel autor; es a partir de una nueva posicin delautor como podr hacer resaltar, de todo lo quehabra podido decir, de todo cuanto dice todoslos das, en todo instante, el perfil todava vaci-lante de su obra.El comentario limitaba el azar del discursopor medio del juego de una identidad que ten-dra la forma de la repeticin y de lo mismo. Elprincipio del autor limita ese mismo azar por eljuego de una identidad que tiene la forma de laindividualidad y del yo.Sera necesario reconocer tambin, en lo quese llama no las ciencias sino las disciplinas.32 28. otro principio de limitacin. Principio tambinrelativo y mvil. Principio que permite cons-truir, pero slo segn un estrecho margen.La organizacin de las disciplinas se oponetanto al principio del comentario como al delautor. Al del autor, porque una disciplina sedefine por un mbito de objetos, un conjuntode mtodos, un corpus de proposiciones con-sideradas verdaderas, un juego de reglas y dedefiniciones, de tcnicas y de instrumentos: unaespecie de sistema annimo a disposicin dequien quiera o de quien pueda servirse de l,sin que su sentido o su validez estn ligados aaquel que ha dado en ser el inventor. Pero elprincipio de la disciplina se opone tambin aldel comentario; en una disciplina, a diferen-cia del comentario, lo que se supone ai comien-zo no es un sentido que debe ser descubierto denuevo, ni una identidad que debe ser repetida;es lo que se requiere para la construccin de nue-vos enunciados. Para que haya disciplina es ne-cesario que haya posibilidad de formular, de for-mular indefinidamente nuevas proposiciones.Pero an hay ms; y hay ms, sin duda, paraque haya menos: una disciplina no es la sumade todo lo que puede ser dicho de cierto a pro-psito de alguna cosa y no es ni siquiera el con- 33 29. junto de todo lo que puede ser, a propsitode un mismo tema, aceptado en virtud de unprincipio de coherencia o de sistematicidad. Lamedicina no est constituida por el total decuanto puede decirse de cierto sobre la enfer-medad; la botnica no puede ser definida por lasuma de todas las verdades que conciemen a lasplantas. Y esto por dos razones: primero porquela botnica o la medicina, como cualquier dis-ciplina, estn construidas tanto sobre errorescomo sobre verdades, errores que no son residuoso cuerpos extraos, sino que ejercen ftincionespositivas y tienen una eficacia histrica y unpapel fi-ecuentemente inseparable del de las ver-dades. Pero adems, para que una proporcinpertenezca a la botnica o a la patologa, es nece-sario que responda a condiciones, en un senti-do ms estrictas y ms complejas que la pura ysimple verdad: en todo caso, a otras condicio-nes. Debe dirigirse a un determinado plan deobjetos: a partir de finales del siglo xvii, porejemplo, para que una proposicin fiese bot-nica, era necesario que concerniese a la estruc-tura visible de la planta, el sistema de similitu-des prximas y lejanas, o la mecnica de susfluidos (y no poda seguir conservando, comosuceda todava en el siglo XVI, sus valores sim-34 30. blleos, o el conjunto de virtudes o propiedadesque se le reconocan en la Antigedad). Pero, sinpertenecer a una disciplina, una proposicindebe utilizar instrumentos conceptuales o tc-nicos de un tipo bien definido; a partir del si-glo XIX, una proposicin dejaba de ser mdica,caa fuera de la medicina y cobraba el valor deun fantasma individual o de imaginera popularsi empleaba nociones a la vez metafricas, cua-litativas y sustanciales (como las de obstruccin,de lquidos recalentados o de slidos desecados);poda, deba recurrir por el contrario a nocionestambin metafricas, pero deban estar construi-das segn otro modelo, funcional o fisiolgicoen este caso (como en la irritacin, la inflamacin,o la degeneracin de los tejidos). Es ms, para per-tenecer a una disciplina, una proposicin debepoder inscribirse en cierto tipo de horizonte te-rico: baste con recordar que la investigacin dela lengua primitiva, que fue un tema perfecta-mente admitido hasta el siglo xviii, era suficien-te, en la segunda mitad del siglo XIX, para hacercaer no importa qu discurso no digo en el error,pero s en la quimera, en la ensoacin, en lapura y simple monstruosidad lingstica.En el interior de sus lmites, cada disciplinareconoce proposiciones verdaderas y falsas; pero 35 31. empuja hacia el otro lado de sus mrgenes todauna teratologa del saber. El exterior de unaciencia est ms y menos poblado de lo que secree: naturalmente, existe la experiencia inme-diata, los temas imaginarios que llevan y acom-paan sin cesar las creencias sin memoria; perono hay quizs errores en el sentido estricto, puesel error no puede surgir y ser decidido ms queen el interior de una prctica definida; por elcontrario, merodean monstruos cuya forma cam-bia con la historia del saber. En resumen, unaproposicin debe cumplir complejas y gravesexigencias para poder pertenecer al conjunto deuna disciplina; antes de poder ser llamada ver-dadera o falsa, debe estar, como dira Canguil-hen, en la verdad.Frecuentemente surge la pregunta de qu ha-ban podido hacer los botnicos o los bilogosdel siglo XIX para no ver que lo que Mendel de-ca era verdadero. Pero es que Mendel hablabade objetos, empleaba mtodos, se situaba en unhorizonte terico, que eran extraos para la bio-loga de la poca. Sin duda, Naudin, antes quel, haba expuesto la tesis de que los rasgos here-ditarios eran discretos; sin embargo, por nuevo oextrao que fiese este principio, poda formarparte -cuando menos en calidad de enigma- del36 32. discurso biolgico. Mendel, por su parte, cons-tituye el rasgo hereditario como objeto biolgi-co absolutamente nuevo, gracias a una filtracinque no se haba utilizado hasta entonces: lo se-para de la especie, lo separa del sexo que lotransmite; y el dominio en que lo observa es elde la serie indefinidamente abierta de las gene-raciones en la que aparece y desaparece segnregularidades estadsticas. Nuevo objeto que pidenuevos instrumentos conceptuales y nuevos fun-damentos tericos.Mendel deca la verdad, pero no estaba enla verdad del discurso biolgico de su po-ca: no estaba segn la regla que se formaban delos objetos y de los conceptos biolgicos, fienecesario todo un cambio de escala, el des-pliegue de un nuevo plan de objetos en la bio-loga para que Mendel entrase en la verdad ypara que sus proposiciones apareciesen enton-ces (en una buena parte) exactas. Mendel eraun monstruo que deca verdad, lo que provo-caba que la ciencia no pudiese hablar de l;mientras que, Schleiden, por ejemplo, treintaaos antes, al negar en pleno siglo XIX la sexua-lidad vegetal, pero segn las reglas del discursobiolgico, no formulaba ms que un error dis-ciplinado.37 33. Siempre puede decirse la verdad en el espaciode una exterioridad salvaje; pero no se est en laverdad ms que obedeciendo a las reglas de unapolica discursiva que se debe reactivar en cadauno de sus discursos.La disciplina es un principio de control de laproduccin del discurso. Ella le fija sus lmitespor el juego de una identidad que tiene la formade una reactualizacin permanente de las reglas.Se tiene el hbito de ver en la fecundidad deun autor, en la multiplicidad de sus comenta-rios, en el desarrollo de una disciplina una seriede recursos infinitos para la creacin de los dis-cursos. Quiz, pero no por ello, pierden su ca-rcter de principios de coaccin. Y es probableque no se pueda dar cuenta de su papel positi-vo y multiplicador, si no se toma en considera-cin su funcin restrictiva y coactiva.Pienso que existe un tercer grupo de proce-dimientos que permite el control de los discur-sos. No se trata esta vez de dominar los poderesque stos conllevan, ni de conjurar los azares desu aparicin; se trata de determinar las condi-ciones de su utilizacin, de imponer a los indi-38 34. viduos que los dicen cierto nmero de reglas yno permitir de esta forma el acceso a ellos atodo el mundo. Enrarecimiento, esta vez, de lossujetos que hablan; nadie entrar en el orden deldiscurso si no satisface ciertas exigencias o si noest, de entrada, cualificado para hacerlo. Para serms preciso: no todas las partes del discurso sonigualmente accesibles e inteligibles; algunas estnclaramente protegidas (diferenciadas y diferen-ciantes) mientras que otras aparecen casi abiertasa todos los vientos y se ponen sin restriccin pre-via a disposicin de cualquier sujeto que hable.Me gustara recordar una ancdota sobre estetema de una belleza tan grande que nos extreme-ce que sea verdad. Concentra en una sola figuratodas las coacciones del discurso: las que limitansus poderes, las que dominan sus apariciones alea-torias, las que seleccionan a los sujetos que pue-den hablar. A comienzos del siglo XVii, el taikunhaba odo hablar de que la superioridad de loseuropeos -en cuanto a la navegacin, el comer-cio, la poltica, el arte militar se deba a su cono-cimiento de las matemticas. Dese ampararse deun tan preciado saber. Como le haban habladode un marino ingls que posea el secreto de esosdiscursos maravillosos, lo hizo llevar a su palacioy all lo retuvo. A solas con l tom lecciones. 39 35. Aprendi matemticas. Mantuvo, en efecto, elpoder, y vivi largo tiempo. Y hasta el siglo XIXno existieron matemticos japoneses. Pero laancdota no termina aqu: tiene su vertienteeuropea. La historia quiere que ese marino in-gls, Will Adams, fuese un autodidacta: un car-pintero que, por haber trabajado en un astilleronaval, haba aprendido geometra. Acaso cons-tituye este relato la expresin de imo de los grandesmitos de la cultura europea? Al saber monopo-lizado y secreto de la tirana oriental, Europaopondra la comunicacin universal del conoci-miento, el intercambio indefinido y libre de losdiscursos.Ahora bien, este tema, naturalmente, no re-siste un examen. El intercambio y la comunica-cin son figuras positivas que juegan en el inte-rior de sistemas complejos de restriccin; y, sinduda, no podran fincionar independientemen-te de stos. La forma ms superficial y ms visi-ble de estos sistemas de restriccin la constituyelo que se puede reagrupar bajo el nombre deritual; el ritual define la cualificacin que debenposeer los individuos que hablan (y que, en el jue-go de un dilogo, de la interrogacin, de la reci-tacin, deben ocupar tal posicin y formular taltipo de enunciados); define los gestos, los com-40 36. portamientos, las circunstancias, y todo el con-junto de signos que deben acompaar al discur-so; fija finalmente la eficacia supuesta o impues-ta de las palabras, su efecto sobre aquellos a loscuales se dirigen, los lmites de su valor coacti-vo. Los discursos religiosos, judiciales, teraputi-cos, y en cierta parte tambin polticos, no sonapenas disociables de esa puesta en escena de unritual que determina para los sujetos que hablantanto las propiedades singulares como los pape-les convencionales.Las sociedades de discursos, cuyo cometi-do es conservar o producir discursos tienen unfuncionamiento en parte diferente, pero parahacerlos circular en un espacio cerrado, distri-buyndolos segn reglas estrictas y sin que losdetentadores sean desposedos de la fincin dedistribucin. Un modelo arcaico nos viene suge-rido por esos grupos de rapsodas que posean elconocimiento de los poemas para recitarlos, oeventualmente para variarlos y transformarlos;pero este conocimiento, aunque tuviese comofin una recitacin que segua siendo ritual, seprotega, defenda y conservaba en un grupodeterminado, debido a los ejercicios de memoria,a menudo complejos, que implicaba; el apren-dizaje permita entrar a la vez en un grupo y en 41 37. un secreto, que la recitacin manifestaba perono divulgaba; entre el habla y la audicin los pa-peles no se intercambiaban.Claro que ya apenas quedan sociedades dediscursos semejantes, con ese juego ambiguodel secreto y de la divulgacin. Pero que nadiese engae; incluso en el orden del discurso ver-dadero, incluso en el orden del discurso publi-cado y libre de todo ritual, todava se ejercenformas de apropiacin del secreto y de la nointercambiabilidad. Puede tratarse muy bien deque el acto de escribir, tal como est institucio-nalizado actualmente en el libro, el sistema dela edicin y el personaje del escritor, se desen-vuelva en una sociedad de discurso, quiz di-fusa, pero seguramente coactiva. La diferenciadel escritor, opuesta sin cesar por l mismo a laactividad de cualquier otro sujeto que hable oescriba, el carcter intransitivo que concede a sudiscurso, la singularidad fundamental que con-cede desde hace ya mucho tiempo a la escritu-ra, la disimetra afirmada entre la creacin ycualquier otra utilizacin del sistema lingstico,todo esto manifiesta en la formulacin (y tiendeadems a continuarse en el conjunto de prcti-cas) la existencia de cierta sociedad de discur-so. Pero existen an bastantes otras, que fun-42 38. clonan segn otro modelo, segn otro rgimende exclusivas y de divulgacin: pinsese en elsecreto tcnico o cientfico, pinsese en las for-mas de difisin o de circulacin del discursomdico; pinsese en aquellos que se han apro-piado del discurso econmico o poltico.A primera vista, las doctrinas (religiosas,polticas, filosficas) constituyen lo contrario deuna sociedad de discurso: en esta ltima, elnmero de individuos que hablaban, si no esta-ba. fijado, tenda al menos a ser limitado; y eraentre ellos entre quienes el discurso poda cir-cular y transmitirse. La doctrina, por el contra-rio, tiende a la difusin; y a travs de la puestaen comn de un solo y mismo conjunto de dis-cursos, los individuos, tan numerosos como sequiera suponer, definen su dependencia recpro-ca. En apariencia, la nica condicin requeridaes el reconocimiento de las mismas verdades yla aceptacin de una cierta regla -ms o menosflexible- de conformidad con los discursos vli-dos; si no fiaeran ms que esto, las doctrinas noestaran tan alejadas de las disciplinas cientfi-cas, y el control discursivo versara solamente so-bre la forma o el contenido del enunciado, nosobre el sujeto que habla. Ahora bien, la perte-nencia doctrinal pone en cuestin a la vez el43 39. enunciado y al sujeto que habla, y al uno a tra-vs del otro. Cuestiona al sujeto que habla a travsy a partir del enunciado, como lo prueban losprocedimientos de exclusin y los mecanismosde rechazo que entran en juego cuando el su-jeto que habla ha formulado uno o varios enun-ciados inasimilables; la hereja y la ortodoxiano responden a una exageracin fantica de losmecanismos doctrinales; les incumben funda-mentalmente. Pero a la inversa, la doctrina cues-tiona los enunciados a partir de los sujetos quehablan, en la medida en que la doctrina valesiempre como el signo, la manifestacin y el ins-trumento de una adhesin propia -pertenenciade clase, de estatuto social o de raza, de na-cionalidad o de inters, de lucha, de revuelta,de resistencia o de aceptacin-. La doctrinavincula a los individuos a ciertos tipos de enun-ciacin y como consecuencia les prohibe cualquierotro; pero se sirve, en reciprocidad, de ciertostipos de enunciacin para vincular a los indivi-duos entre ellos, y diferenciarlos por ello mismode los otros restantes. La doctrina efecta unadoble sumisin: la de los sujetos que hablana los discursos, y la de los discursos al grupo,cuando menos virtual, de los individuos quehablan.44 40. Finalmente, en una escala ms amplia, hayque reconocer grandes hendiduras en lo quepodra llamarse la adecuacin social del discur-so. La educacin, por ms que sea legalmente elinstrumento gracias al cual todo individuo enuna sociedad como la nuestra puede acceder acualquier tipo de discurso, se sabe que sigue ensu distribucin, en lo que permite y en lo queimpide, las lneas que le vienen marcadas por lasdistancias, las oposiciones y las luchas sociales.Todo sistema de educacin es una forma polti-ca de mantener o de modificar la adecuacin delos discursos, con los saberes y los poderes queimplican.Me doy cuenta de que es muy abstracto se-parar, como acabo de hacer, los rituales del ha-bla, las sociedades de discursos, los grupos doc-trinales y las adecuaciones sociales. La mayorade las veces, unos se vinculan a otros y cons-tituyen especies de grandes edificios que asegu-ran la distribucin de los sujetos que hablan enlos diferentes tipos de discursos y la adecua-cin de los discursos a ciertas categoras de suje-tos. Digamos en una palabra que. sos son losgrandes procedimientos de sumisin del dis-curso. Qu es, despus de todo, un sistema deenseanza, sino una ritualizacin del habla;45 41. sino una cualificacin y una fijacin de las fun-ciones para los sujetos que hablan; sino la cons-titucin de un grupo doctrinal cuando menosdifuso; sino una distribucin y una adecuacindel discurso con sus poderes y saberes? Ques la escritura (la de los escritores) sino unsistema similar de sumisin, que toma quiz for-mas un poco diferentes, pero cuyas grandes es-cansiones son anlogas? Acaso el sistema judi-cial y el sistema institucional de la medicina noconstituyen tambin, al menos en algunos desus aspectos, similares sistemas de sumisin deldiscurso?Me pregunto si algunos temas de la filosofano surgieron para responder a estos juegos delimitaciones y exclusiones, y quiz tambin parareforzarlos.Para responder, primero, proporcionando unaverdad ideal como ley del discurso y una racio-nalidad inmanente como principio de sus desa-rrollos, acompandolos tambin de una ticadel conocimiento que no promete la verdad msque al deseo de la verdad misma y al solo poderde pensarla.46 42. Despus, para reforzarlos por medio de unadenegacin que estriba esta vez en la realidadespecfica del discurso en general.Desde que fueron excluidos los juegos y elcomercio de los sofistas, desde que se ha amor-dazado, con mayor o menor seguridad, sus para-dojas, parece que el pensamiento occidental hayavelado por que en el discurso haya el menor espa-cio posible entre el pensamiento y el habla; pare-ce que haya velado por que discurrir aparezcanicamente como un aporte entre el pensamien-to y el habla; se tratara de un pensamiento reves-tido de sus signos y hecho visible por las palabras,o a la inversa, de eso resultaran las propiasestructuras de la lengua puestas en juego produ-ciendo un efecto de sentido.Esta antigua elisin de la realidad del discur-so en el pensamiento filosfico ha tomado bas-tantes formas en el curso de la historia. Recien-temente ha vuelto a aparecer bajo el aspecto devarios temas que nos resultan familiares.Pudiera darse que el tema del sujeto ftinda-dor permitiese elidir la realidad del discurso. Elsujeto ftindador, en efecto, se encarga de animardirectamente con sus objetivos las formas vacasdel lenguaje; es l quien, atravesando el espesoro la inercia de las cosas vacas, recupera de nue- 47 43. vo, en la intuicin, el sentido que all se encon-traba depositado; es l, igualmente, quien, delotro lado del tiempo, funda horizontes de sig-nificados que la historia no tendr despus msque explicitar, y en los que las proposiciones,las ciencias, los conjuntos deductivos encon-trarn en resumidas cuentas su fundamento.En su relacin con el sentido, el sujeto funda-dor dispone de signos, de marcas, de indicios,de letras. Pero no tiene necesidad para mani-festarlos de pasar por la instancia singular deldiscurso.El tema que est frente a ste, el tema de laexperiencia originaria, desempea un papel an-logo. Supone que, a ras de la experiencia, antesincluso de que haya podido retomarse en la for-ma de un cogito, hay significaciones previas, yadichas de alguna manera, que recorran el mun-do, lo disponan a nuestro alrededor y daban ac-ceso desde el comienzo a una especie de primitivoreconocimiento. As, una primera complicidadcon el mundo fundamentara para nosotros laposibilidad de hablar de l, en l, de designar-lo y nombrarlo, juzgarlo y finalmente conocerloen la forma de la verdad. Si hay discurso, qupuede ser entonces, en su legitimidad, sino unadiscreta lectura? Las cosas murmuran ya un senti-48 44. do que nuestro lenguaje no tiene ms que hacerbrotar; y este lenguaje, desde su ms rudimenta-rio proyecto, nos hablaba ya de un ser del que les como la nervadura.El tema de la mediacin universal sigue sien-do, creo, una forma de elidir la realidad del dis-curso. Y esto a pesar de la apariencia. Pues pare-ce, a primera vista, que al reencontrar por todaspartes el movimiento de un logos que eleva las sin-gularidades hasta el concepto y que permite a laconciencia inmediata desplegar finalmente todala racionalidad del mundo, es el discurso mismolo que se coloca en el centro de la especulacin.Pero este logos, a decir verdad, no es, en rea-lidad, ms que un discurso ya pronunciado, oms bien son las mismas cosas y los aconteci-mientos los que se hacen insensiblemente dis-curso desplegando el secreto de su propia esencia.El discurso no es apenas ms que la reverbera-cin de una verdad que nace ante sus propiosojos; y cuando todo puede finalmente tomar laforma del discurso, cuando todo puede decirsey cuando puede decirse el discurso a propsitode todo, es porque todas las cosas, habiendomanifestado e intercambiado sus sentidos, pue-den volverse a la interioridad silenciosa de laconciencia de s.49 45. Bien sea pues en una filosofa del sujeto ftin-dador, en una filosofa de la experiencia origina-ria o en una filosofa de la mediacin universal,el discurso no es nada ms que un juego, deescritura en el primer caso, de lectura en el se-gundo, de intercambio en el tercero; y ese inter-cambio, esa lectura, esa escritura nunca ponenen juego ms que los signos. El discurso se anu-la as, en su realidad, situndose al servicio delsignificante.Qu civilizacin, en apariencia, ha sido msrespetuosa del discurso que la nuestra? Dndese lo ha honrado mejor? Dnde aparece msradicalmente liberado de sus coacciones y unl-versalizado? Ahora bien, me parece que bajoesta aparente veneracin del discurso, bajo estaaparente logofilia, se oculta una especie de te-mor. Todo pasa como si prohibiciones, barre-ras, umbrales, lmites, se dispusieran de maneraque se domine, al menos en parte, la gran pro-liferacin del discurso, de manera que su rique-za se aligere de la parte ms peligrosa y que sudesorden se organice segn figuras que esqui-van lo ms incontrolable; todo pasa como sise hubiese querido borrar hasta las marcas desu irmpcin en los juegos del pensamiento y de lalengua.50 46. Hay sin duda en nuestra sociedad, y me ima-gijio que tambin en todas las otras, pero se-gn un perfil y escansiones diferentes, una pro-funda logofobia, una especie de sordo temorcontra esos acontecimientos, contra esa masa decosas dichas, contra la aparicin de todos esosenunciados, contra todo lo que puede haberall de violento, de discontinuo, de batallador,y tambin de desorden y de peligro, contraese gran murmullo incesante y desordenado dediscurso.Y si se quiere, no digo borrar este temor, sinoanalizarlo en sus condiciones, su juego, y susefectos, pienso que es necesario limitarse a tresdecisiones a las cuales nuestro pensamiento, ac-tualmente, se resiste un poco y que correspon-den a los tres grupos de funciones que acabode evocar: replanteamos nuestra voluntad deverdad; restituir al discurso su carcter de acon-tecimiento; borrar finalmente la soberana delsignificante. stas son las tareas, o mejor dicho, tales sonalgunos de los temas, que rigen el trabajo quequisiera hacer aqu durante los prximos aos.51 47. Se pueden sealar enseguida ciertas exigenciasde mtodo que traen consigo.En primer lugar, un principio de trastoca-miento: all donde, segn la tradicin, se creereconocer la fuente de los discursos, el principiode su abundancia y de su continuidad, en esasfiguras que parecen representar una ftincin po-sitiva, como la del autor, la disciplina, la volun-tad de verdad, se hace necesario, antes que nada,reconocer el juego negativo de un corte y de unararefaccin del discurso.Pero, una vez sealados estos principios derarefaccin, una vez que se ha cesado de consi-derarlos una instancia fundamental y creado-ra, qu es lo que se descubre debajo de ellos?Es necesario admitir la plenitud virtual de unmundo de discursos ininterrumpidos? Es aqudonde se hace necesario recurrir a otros princi-pios de mtodo.Un principio de discontinuidad: que existansistemas de rarefaccin no quiere decir que, pordebajo de ellos, ms all de ellos, hubiera de rei-nar un gran discurso ilimitado, continuo y silen-cioso, que se hallara, debido a ellos, reprimidoo rechazado, y que tuvisemos el trabajo de le-vantar restituyndole finalmente el habla. Nohace falta imaginar, algo no dicho o impensado,52 48. que recorriera el mundo y se enlazara con todassus formas y acontecimientos y que finalmentehubiera que articular o pensar. Los discursos de-ben ser tratados como prcticas discontinuasque se cruzan, a veces se yuxtaponen, pero quetambin se ignoran o se excluyen.Un principio de especificidad: no resolver eldiscurso en un juego de significaciones previas,no imaginarse que el mundo vuelve hacia noso-tros una cara legible que no tendramos ms quedescifi-ar; l no es cmplice de nuestro conoci-miento; no hay providencia prediscursiva que lodisponga a nuestro favor.Es necesario concebir el discurso como unaviolencia que se ejerce sobre las cosas, en todocaso como una prctica que les imponemos; es enesta prctica donde los acontecimientos del dis-curso encuentran el principio de su regularidad.Cuarta regla, la de la exterioridad: no ir deldiscurso hacia su ncleo interior y oculto, haciael corazn de un pensamiento o de una signi-ficacin que se manifestaran en l; sino, a par-tir del discurso mismo, de su aparicin y de suregularidad, ir hacia sus condiciones externasde posibilidad, hacia lo que da motivo a la seriealeatoria de esos acontecimientos y que fija loslmites. 53 49. Cuatro nociones deben servir pues de princi-pio regulador en el anlisis: la del acontecimien-to, la de la serie, la de la regularidad y la de la con-dicin de posibilidad. Se oponen, como puedeverse, trmino a trmino: el acontecimiento a lacreacin, la serie a la unidad, la regularidad a la ori-ginalidad y la condicin de posibilidad a la sig-nificacin. Estas cuatro ltimas nociones (signi-ficacin, originalidad, unidad, creacin) handominado, de una manera bastante general, lahistoria tradicional de las ideas, donde, de comnacuerdo, se buscaba el punto de la creacin, launidad de la obra, de una poca o de un tema,la marca de la originalidad individual y el teso-ro indefinido de las significaciones dispersas.Aadir nicamente dos advertencias. Unade ellas concierne a la historia. Se consideracontribucin de la historia contempornea ha-ber retirado los privilegios concedidos antaoal acontecimiento singular y haber hecho apa-recer estructuras que se extienden sobre unampHo margen de tiempo. As es. No estoy se-guro sin embargo de que el trabajo de los his-toriadores se haya hecho precisamente en estadireccin. O ms bien, no creo que haya unarazn inversa entre localizacin del aconteci-miento y el anlisis que se extiende sobre un54 50. amplio margen de tiempo. Me parece, por elcontrario, que bien estrechando en su lmiteel tono del acontecimiento, bien impulsando elpoder de resolucin del anlisis histrico hastalos discursos de apertura de sesiones, las actasnotariales, los registros de parroquia, los regis-tros portuarios comprobados ao tras ao, se-mana tras semana, es como se han visto perfi-lar ms all de las batallas, decretos, dinastas oasambleas, fenmenos masivos de alcance secu-lar o plurisecular. La historia, tal como se prac-tica actualmente, no se aleja de los aconteci-mientos, extiende por el contrario su camposin cesar; descubre nuevas capas, ms superfi-ciales o ms profindas; aisla conjuntos nuevos,que a veces son numerosos, densos e intercam-biables, a veces raros y decisivos: de las varia-ciones casi cotidianas de los precios, se llega alas inflaciones seculares. Pero lo importante esque la historia no considere un acontecimien-to sin definir la serie de la que forma parte, sinespecificar el tipo de anlisis de la que depen-de, sin intentar conocer la regularidad de losfenmenos y los lmites de probabilidad de suemergencia, sin interrogarse sobre las variacio-nes, las inflexiones y el ritmo de la curva, sinquerer determinar las condiciones de las que55 51. dependen. Claro est que la historia, desde hacemucho tiempo, no busca ya comprender losacontecimientos a travs de un juego de causasy efectos en la unidad informe de un grandevenir, vagamente homogneo o duramentejerarquizado; pero no para recuperar estructurasanteriores, ajenas, hostiles al acontecimiento.Lo hace para establecer series distintas, entre-cruzadas, a menudo divergentes, pero no aut-nomas, que permiten circunscribir el lugap> delacontecimiento, los mrgenes de su azar, las con-diciones de su aparicin. Las nociones fundamentales que se impo-nen actualmente no son las de la conciencia yde la continuidad (con los problemas que lesson correlativos de la libertad y de la causa-lidad), no son tampoco las del signo y de la es-tructura. Son las del acontecimiento y de laserie, con el juego de nociones con ellas rela-cionadas; regularidad, azar, discontinuidad, de-pendencia, transformacin; es por medio de unconjunto semejante cmo se articula este an-lisis de los discursos que yo defiendo, no, des-de luego, sobre la temtica tradicional que losfilsofos de ayer tomaban todava por la histo-ria viva, sino sobre el trabajo efectivo de loshistoriadores.56 52. Pero por ello tambin este anlisis planteaproblemas filosficos o tericos, verdaderamen-te graves. Si los discursos deben tratarse desde elprincipio como conjuntos de acontecimientosdiscursivos, qu estatuto hay que conceder aesta nocin de acontecimiento que tan raramen-te fue tomada en consideracin por los filsofos?Claro est que el acontecimiento no es ni sus-tancia, ni accidente, ni calidad, ni proceso; elacontecimiento no pertenece al orden de loscuerpos. Y sin embargo no es inmaterial; es en elnivel de la materialidad, como cobra siempreefecto, que es efecto; tiene su sitio, y consiste enla relacin, la coexistencia, la dispersin, la inter-seccin, la acumulacin, la seleccin de elemen-tos materiales; no es el acto ni la propiedad deun cuerpo; se produce como efecto de y en unadispersin material. Digamos que la filosofa delacontecimiento debera avanzar en la direccinparadjica, a primera vista, de un materialismode lo incorporal.Por otra parte, si los acontecimientos discur-sivos deben tratarse segn series homogneas,pero discontinuas unas con relacin a otras, qucategora hay que dar a ese discontinuo? No setrata en absoluto ni de la sucesin de los instan-tes del tiempo, ni de la pluralidad de los di- 57 53. versos sujetos que piensan; se trata de cesurasque rompen el instante y dispersan al sujeto enuna pluralidad de posibles posiciones y ftincio-nes. Una discontinuidad tal que golpetea e in-valida las menores unidades tradicionalmentereconocidas o las menos fcilmente puestas enduda: el instante y el sujeto. Y, por debajo deellos, independientemente de ellos, es precisoconcebir entre esas series discontinuas de lasrelaciones que no son del orden de la sucesin(o de la simultaneidad) en una (o varias) con-ciencia; es necesario elaborar fuera de las filo-sofas del sujeto y del tiempo una teora de lassistematicidades discontinuas. Finalmente, si esverdad que esas series discursivas y discontinuastienen, cada una, entre ciertos lmites, su regula-ridad, sin duda ya no es posible establecer, entrelos elementos que las constituyen, vnculos decausalidad mecnica o de necesidad ideal. Hayque aceptar la introduccin del azar como cate-gora en la produccin de los acontecimientos.Ah se echa de ver tambin la ausencia de unateora que permita pensar las relaciones del azary del pensamiento.De modo que en el diminuto desfase que sepretende utilizar en la historia de las ideas yque consiste en tratar, no las representaciones58 54. que puede haber detrs de los discursos, sinolos discursos como series regulares y distintasde acontecimientos, temo reconocer algo ascomo una pequea (y quizs odiosa) ma-quinaria que permite introducir en la mismaraz del pensamiento, el azar, el discontinuo yla materialidad. Triple peligro que cierta for-ma de historia pretende conjurar refiriendo eldesarrollo continuo de una necesidad ideal.Tres nociones que deberan permitir vinculara la prctica de los historiadores, la historia delos sistemas de pensamiento. Tres direccionesque deber seguir el trabajo de elaboracintQCdL. Siguiendo estos principios y refirindomea este horizonte, los anlisis que me propon-go hacer se disponen segn dos conjuntos. Poruna parte el conjunto crtico que utiliza elprincipio de trastocamiento: pretende cercar lasformas de exclusin, de delimitacin, de apro-piacin, a las que aluda anteriormente; muestracmo se han formado, para responder a qunecesidades, cmo se han modificado y despla-zado, qu coaccin han ejercido efectivamente, 59 55. en qu medida se han alterado. Por otra parte,el conjunto genealgico que utiliza los otrostres principios: cmo se han formado, por me-dio de, a pesar de o con el apoyo de esos sistemasde coaccin, de las series de los discursos; culha sido la norma especfica de cada una y culessus condiciones de aparicin, de crecimiento, devariacin.Para empezar, el conjunto crtico. Un primergrupo de anlisis versara sobre lo que he desig-nado como ftinciones de exclusin. En otra oca-sin estudi una y por un perodo determinado:se trataba de la separacin entre locura y raznen la poca clsica. Ms adelante se podra in-tentar analizar un sistema de prohibiciones dellenguaje: el que concierne a la sexualidad desdeel siglo XVI hasta el XIX; sin duda se tratarade ver no cmo se ha desdibujado progresivay afortunadamente, sino cmo se ha despla-zado y rearticulado desde una prctica de laconfesin en la que las conductas prohibidasse nombraban, clasificaban, jerarquizaban, y dela manera ms explcita, hasta la aparicin, alprincipio bastante tmida y retardada, de la te-mtica sexual en la medicina y en la psiquia-tra del siglo Xix; no son, naturalmente, msque indicaciones un tanto simblicas, pero se60 56. puede ya apostar que las escanciones no sonaquellas que se cree, y que las prohibicionesno ocupan siempre el lugar que se les hasupuesto.De momento, quisiera dedicarme al tercersistema de exclusin. Lo enfocar de dos ma-neras. Por una parte, quisiera intentar sealarcmo se hizo, pero tambin cmo se repiti,prorrog, desplaz esa eleccin de la verdad encuyo interior estamos prendidos pero que reno-vamos sin cesar; me situar primero en la pocade la sofistica y de su comienzo con Scrates oal menos con la filosofa platnica, para vercmo el discurso eficaz, el discurso ritual, el dis-curso cargado de poderes y de peligros se orde-naba poco a poco hacia una separacin entre eldiscurso verdadero y el discurso falso. Me situa-r despus en el paso del siglo XVI al XVil, enla poca en que aparece, en Inglaterra sobretodo, una ciencia de la mirada, de la observa-cin, de la atestiguacin, cierta filosofa naturalinseparable sin duda de la instauracin de nue-vas estructuras polticas, inseparable tambin dela ideologa religiosa: nueva forma, seguramen-te, de la voluntad de saber. Finalmente, el ter-cer punto de referencia ser el comienzo delsiglo XIX, con los grandes actos fijndadores de 61 57. la ciencia moderna, la formacin de una socie-dad industrial y la ideologa positivista que laacompaa. Tres cortes en la morfologa de nues-tra voluntad de saber; tres etapas de nuestrofilistesmo. Me gustara tambin repetir la misma cuestinpero desde un ngulo diferente: medir el efectode un discurso de pretensin cientfica -discur-so mdico, psiquitrico y tambin sociolgico-sobre ese conjunto de prcticas y de discursosprescriptivos que constituye el sistema penal. Elestudio de los dictmenes psiquitricos y su fun-cin en la penalidad servira de punto de parti-da y de material de base para esos anlisis.Asimismo en esta perspectiva, pero a otronivel, es como debera hacerse el anlisis de losprocedimientos de limitacin de los discursos,entre los cuales he designado antes el principiode autor, el del comentario, el de la disciplina.Desde esta perspectiva puede programarse ciertonmero de estudios. Pienso, por ejemplo, en unanlisis que versara sobre la historia de la medi-cina desde el siglo XVI al XIX; se tratara no tantode sealar los descubrimientos hechos o los con-ceptos utilizados, como de asir nuevamente, enla constitucin del discurso mdico, pero tam-bin en toda la institucin que le sirve de apoyo,62 58. lo transmite y lo refuerza, de qu manera se uti-lizaron el principio de autor, el del comentario,el de la disciplina; intentar saber de qu manerase ejerci el principio de gran autor: Hipcrates,Galeno, naturalmente, pero tambin Paracelso,Sydenham o Boerhaave; de qu manera se ejer-ci, y ya bien entrado el siglo XIX, la prctica delaforismo y del comentario; de qu manera fuesustituida poco a poco la prctica del caso, de lacoleccin de casos, del aprendizaje clnico de uncaso concreto; segn qu modelo ha intentadofinalmente la medicina constituirse como disci-plina, apoyndose primero en la historia natural,a continuacin en la anatoma y la biologa.Se podra tambin considerar de qu mane-ra la crtica y la historia literaria han constituidoal personaje del autor y la figura de la obra, uti-lizando, modificando y desplazando los mto-dos de exgesis religiosa, de la crtica bblica, dela hagiografa, de las vidas histricas o legen-darias, de la autobiografa y de las memorias.Algn da habr que estudiar tambin el papelque tuvo Freud en el saber psicoanaltico, muydiferente, seguro, del de Newton en-fsica (y delde todos los fundadores de disciplina), muydiferente tambin del que puede tener un autoren el campo del discurso filosfico (que estu-63 59. viese como Kant en el origen de otra manera defilosofar).He ah pues algunos proyectos por lo quehace al aspecto crtico de la tarea, para el anli-sis de las instancias del control discursivo. Encuanto al aspecto genealgico, concierne a laformacin efectiva de los discursos bien en elinterior de los lmites de control, bien en el exte-rior, bien, ms frecuentemente, de una parte yotra de la delimitacin. La crtica analiza losprocesos de rarefaccin, pero tambin el reagru-pamiento y la unificacin de los discursos; lagenealoga estudia su formacin dispersa, dis-continua y regular a la vez. A decir verdad, estasdos tareas no son nunca separables; no hay, poruna parte, las formas de rechazo, de exclusin,de reagrupamiento o de atribucin; y despus,por otra parte, a un nivel ms profindo, el broteespontneo de los discursos que, inmediata-mente antes o despus de su manifestacin, seencuentran sometidos a la seleccin y al control.La formacin regular del discurso puede integrar,en ciertas condiciones y hasta cierto punto, losprocedimientos de control (es lo que pasa, porejemplo, cuando una disciplina toma forma yestatuto de discurso cientfico); e inversamente,las figuras de control pueden tomar cuerpo en64 60. el interior de una formacin discursiva (as, lacrtica literaria como discurso constitutivo delautor): as pues, toda tarea crtica que ponga enduda las instancias del control debe analizar almismo tiempo las regularidades discursivas a tra-vs de las cuales se forman; y toda descripcingenealgica debe tener en cuenta los lmites queintervienen en las formaciones reales. Entre laempresa crtica y la empresa genealgica la dife-rencia no es tanto de objeto o de dominio comode punto de ataque, de perspectiva y de delimi-tacin.Mencionaba antes un posible estudio: el delas prohibiciones que afectan al discurso de lasexualidad. Sera difcil y abstracto, en todocaso, realizar este estudio sin analizar al mismotiempo los conjuntos de discursos, literarios, re-ligiosos o ticos, biolgicos o mdicos, e igual-mente jurdicos, en los que se trata de sexuali-dad, y en los que sta se nombra, describe, semetaforiza, explica, juzga. Estamos muy lejos dehaber constituido un discurso unitario y regu-lar de la sexualidad, quiz no se consiga nunca,quiz no es en esa direccin en la .que vamos.Apenas importa. Las prohibiciones no tienen lamisma forma, ni intervienen de la misma mane-ra en el discurso Hterario que en el de la medi- 65 61. cia, en el de la psiquiatra que en el de la di-reccin de la conciencia. E, inversamente, esasdiferentes regularidades discursivas no refuer-zan, no rodean o no desplazan las prohibicio-nes de la misma manera. El estudio no po-dr, pues, hacerse ms que segn pluralidadesde series en las que intervienen prohibicionesque, para una parte al menos, son diferentes encada una. Se podra tambin considerar las series dediscursos que, en los siglos XVI y xvii, concier-nen a la riqueza y a la pobreza, a la moneda, ala produccin y al comercio. Entraran en rela-cin conjuntos de enunciados muy hetero-gneos, formulados por los ricos y los pobres,los sabios y los ignorantes, los protestantes o loscatlicos, los oficiales reales, los comerciantes olos moralistas. Cada uno tiene su forma de regu-laridad, as como sus sistemas de coaccin. Nin-guno de ellos prefigura exactamente esa otra for-ma de regularidad discursiva que tomar elaspecto de una disciplina y que se llamar an-lisis de la riqueza, y despus economa polti-ca. Sin embargo, es a partir de ellos cuando seforma una nueva regularidad, recuperando o ex-cluyendo, justificando o separando tales o cua-les de sus enunciados.66 62. Se puede tambin pensar en un estudio queverse sobre los discursos que conciernen a la he-rencia, tales como pueden encontrarse, repar-tidos o dispersos hasta comienzos del siglo X Xa travs de las disciplinas, las observaciones, lastcnicas y de diversas frmulas; se tratara en-tonces de mostrar por medio de qu juego dearticulaciones esas series se han reorganizadoen la figura, epistemolgicamente coherente yreconocida por la institucin, de la gentica.Este trabajo lo acaba de realizar Frangois Jacobcon una brillantez y una ciencia difcilmenteigualables.As es como deben alternarse, apoyarse lasunas en las otras y completarse las descripcionescrticas y las descripciones genealgicas. La par-te crtica del anlisis se refiere a los sistemas dedesarrollo del discurso; intenta sealar, cercar,esos principios de produccin, de exclusin, derareza del discurso. Digamos, para jugar con laspalabras, que practica una desenvoltura aplica-da. La parte genealgica se refiere por el con-trario a las series de la formacin efectiva deldiscurso: intenta captarlo en su poder de afir-macin, y entiendo por esto no un poder que seopondra al de negar, sino el poder de constituirdominios de objetos, a propsito de los cuales 67 63. se podra afirmar o negar proposiciones verda-deras o falsas. Llamemos positividades a esosdominios de objetos, y digamos para jugar unasegunda vez con las palabras, que si el estilo cr-fico es el de la desenvoltura estudiosa, el humorgenealgico ser el de un positivismo alegre.En todo caso, una cosa al menos debe sea-larse: el anlisis del discurso as entendido norevela la universalidad de un sentido, sino quesaca a relucir el juego de la rareza impuesta conun poder findamental de afirmacin. Rareza yafirmacin, rareza, finalmente, de la afirmacin,y no generosidad continua del sentido, ni mo-narqua del significante.Y ahora, que los que tienen lagunas de voca-bulario digan -si les interesa ms la msica quela letra- que se trata de estructuralismo.S bien que no habra podido emprenderestas investigaciones -cuyo perfil he intentadopresentaros- si no hubiera contado con la ayudade modelos y apoyos. Creo que debo mucho aDumzil, puesto que fie l quien me incit altrabajo a una edad en la que yo crea todava queescribir era un placer. Y debo tambin mucho a68 64. su obra; que me perdone si me he alejado de susentido o desviado del rigor de esos textos suyosy que actualmente nos dominan; l me ense aanalizar la economa interna de un discurso demuy distinto modo que por los mtodos de laexgesis tradicional o los del formalismo lings-tico; l me ense a localizar de un discurso aotro, por el juego de las comparaciones, el siste-ma de las correlaciones funcionales; l me ense- a describir las transformaciones de un discur-so y las relaciones con la institucin.Si he querido aplicar un mtodo similar a dis-cursos distintos de los relatos legendarios o mti-cos, la idea me vino sin duda de que tena antemis ojos los trabajos de los historiadores de lasciencias, y sobre todo de Canguilhem; a l le debohaber comprendido que la historia de la cienciano est prendida forzosamente en esta alternativa:o crnica de los descubrimientos, o descripcionesde las ideas y opiniones que bordean la cienciapor el lado de su gnesis indecisa o por el lado desus recadas exteriores; sino que se poda, se deba,hacer la historia de la ciencia como un conjuntoa la vez coherente y transformable de modelostericos e instrumentos conceptuales.Pero pienso que es con Jean Hyppolite conquien me liga una mayor deuda. S bien que su69 65. obra, a los ojos de muchos, se emplaza bajo elreino de Hegel, y que toda nuestra poca, biensea por la lgica o por la epistemologa, bien seapor Marx o por Nietzsche, intenta escapar a Hegel:y todo lo que he intentado decir anteriormentea propsito del discurso es bastante infiel al lo-gos hegeliano.Pero escapar de verdad a Hegel suponeapreciar exactamente lo que cuesta separarse del; esto supone saber hasta qu punto Hegel,insidiosamente quiz, se ha aproximado a no-sotros; esto supone saber lo que es todavahegeliano en aquello que nos permite pensarcontra Hegel; y medir hasta qu punto nuestrorecurso contra l es quiz todava una astuciasuya al trmino de la cual nos espera, inmvily en otra parte.Pues si ms de uno est en deuda conHyppolite es porque infatigablemente ha re-corrido para nosotros, y antes que nosotros,ese camino por medio del cual uno se separa deHegel, se distancia, y por medio del cual uno seencuentra llevado de nuevo a l pero de otromodo, para despus verse obligado a dejarlenuevamente.En primer lugar, Hyppolite se haba ocupa-do de dar una presencia a esa sombra un poco70 66. fantasmal de Hegel que merodeaba desde elsiglo XIX y con la que oscuramente se luchaba.Con la traduccin de la Fenomenologa del esp-ritu, dio a Hegel esa presencia; y la prueba deque Hegel mismo est bien presente en ese tex-to fi-ancs, est en que los alemanes han llega-do a consultarlo para comprender mejor loque, por un instante al menos, pasaba a ser laversin alemana.Jean Hyppolite ha buscado y recorrido todaslas salidas de este texto, como si su inquietudftiese sta: se puede todava filosofar all dondeHegel ya no es posible?; puede existir todavauna filosofa que ya no sea hegeliana?; aquelloque es no hegeliano en nuestro pensamiento esnecesariamente no filosfico?; y aquello quees antifilosfico es forzosamente no hegeUano?De manera que de esta presencia de Hegel quel nos haba dado, no pretenda hacer solamen-te la descripcin histrica y meticulosa: querahacer un esquema de experiencia de la moder-nidad (es posible pensar segn el modelo hege-liano, las ciencias, la historia, la poltica y elsufrimiento de todos los das?) y a la inversa,quera hacer de nuestra modernidad la pruebadel hegeUanismo y, como consecuencia, de lafilosofia. Para l, la relacin con Hegel, era el71 67. lugar de una experiencia, de un enfrentamientoen el que no se estaba nunca seguro de que lafilosofa saliese vencedora. No se serva del sis-tema hegeliano como de un universo tranquili-zador; vea en l el riesgo extremo asumido porla filosofa.De ah resultan, creo, los desplazamientosque oper, no digo en el interior de la filoso-fa hegeliana, sino sobre ella y sobre la flosofatal cual Hegel la conceba; de ah tambin todauna inversin de temas. En lugar de concebirla filosofa como la totalidad finalmente capazde pensarse y de rehacerse en el movimiento delconcepto, Hyppolite realizaba sobre el fondo deun horizonte infinito una tarea sin trmino: des-pierta siempre temprano, su filosofa no estabanunca dispuesta a acabarse. Tarea sin trmino,tarea por tanto siempre recomenzada, dedica-da a la forma y a la paradoja de la repeticin:la flosofa como pensamiento inaccesible de latotalidad era para Hyppolite lo que poda haberde repetible en la extrema irregularidad de laexperiencia; era lo que se da y lo que se escurrecomo cuestin, sin cesar recuperada en la vida,en la muerte, en la memoria: as el tema hege-liano de la terminacin sobre la conciencia des, l lo transformaba en un tema de la interro-72 68. gacin repetitiva. Pero, puesto que era repeti-cin, la filosofa no era ulterior al concepto; notena que proseguir al edificio de la abstrac-cin, deba mantenerse siempre en un segundoplano, romper con sus generalidades adquiri-das y exponerse nuevamente al contacto de lano filosofa; deba aproximarse, lo ms cerca, noa lo que la acaba, sino a lo que la precede, aaquello que no ha despertado todava de suinquietud; debera recuperar para pensarlos, nopara reducirlos, la singularidad de la historia, lasracionalidades regionales de la ciencia, la pro-fundidad de la memoria en la conciencia; apa-rece as el tema de una filosofa presente, inquie-ta, mvil a lo largo de su lnea de contacto conla no filosofa, no existiendo sin embargo msque por ella y revelando el sentido que esa noflosofa tiene para nosotros. Pues, si ella est enese contacto repetido con la no filosofa, cules el comienzo de la filosofa? Est ya secreta-mente presente en lo que no es ella, comenzan-do a formularse a media voz en el murmullo delas cosas? Pero, entonces, el discurso flosfcotal vez pierde su razn de ser; o bien debe ellacomenzar con una mdacin arbitraria y abso-luta a la vez? Con ello, el tema hegeliano delmovimiento propio de lo inmediato se ve reem- 73 69. plazado por el del fundamento del discurso filo-sfico y de su estructura formal.Finalmente, el ltimo desplazamiento queJean Hyppolite oper en la filosofa: si la filoso-fia debe comenzar como discurso absoluto, qusucede con la historia y qu es ese comienzoque empieza con ese individuo singular, en unasociedad, en una clase social y en medio deluchas?Estos cinco desplazamientos que conducenal borde extremo de la filosofa hegeliana y quela hacen sin duda pasar al otro lado de sus pro-pios lmites, convocan, una por una, a las gran-des figuras de la filosofa moderna que JeanHyppolite no ces de confrontar con Hegel:Marx y las cuestiones de historia, Fichte y el pro-blema del comienzo absoluto de la filosofia,Bergson y el tema del contacto con la no filo-sofa, Kierkegaard y el problema de la repeticiny de la verdad, Husserl y el tema de la filosofacomo tarea infinita ligada a la historia de nues-tra racionalidad. Y, ms all de esas figuras filo-sficas, se advierten todos los dominios delsaber que Jean Hyppolite invocaba alrededor desus propias cuestiones: el psicoanlisis y la extra-a lgica del deseo, las matemticas y la forma-lizacin del discurso, la teora de la informacin74 70. y su aplicabilidad en el anlisis sobre lo vivo; enresumen, todos los dominios a partir de los cua-les se puede plantear la cuestin de una lgica yde una existencia que no dejan de anudar y des-anudar sus lazos.Creo que esta obra, articulada en algunos librosmayores, pero presente todava ms en sus inves-tigaciones, en una enseanza, en una perpetuaatencin, en un estar alerta y en una generosidaddiaria, en una responsabilidad aparentemente ad-ministrativa y pedaggica (es decir, en realidaddoblemente poltica) ha cruzado, ha formuladolos problemas fundamentales de nuestra poca.Somos muchos los que tenemos una deuda infi-nita con l.Porque he tomado de l, sin duda, el sentidoy la posibilidad de lo que hago, porque con bas-tante frecuencia me ha aclarado cuando ensaya-ba a ciegas, he querido colocar mi trabajo bajosu signo y termino la presentacin de mis pro-yectos invocndole. Es hacia l, hacia su falta-en la que experimento a la vez su ausencia ymi propia carencia- hacia donde se cruzan lascuestiones que me planteo actualmente.Puesto que le debo tanto, comprendo per-fectamente que la eleccin que ha hecho invi-tndome a ensear aqu es, en buena parte, un 75 71. homenaje que ustedes le han rendido; les agra-dezco, profundamente, el honor que me hacen,pero no les quedo menos agradecido por lo quea l le atae en esta eleccin. Si bien no me sien-to a la altura en la tarea de sucederle, s por elcontrario que, si todava contramos con la dichade su presencia, yo habra sido esta tarde alen-tado por su indulgencia.Ahora comprendo mejor por qu experimen-aba tanta dificultad al comenzar antes. S biencul era la voz que habra querido que me pre-cediera, que me llevara, que me invitara a hablary que se introdujera en mi propio discurso. Slo que haba de temible al tomar la palabra,puesto que la tomaba en este lugar en el que lehe escuchado y donde l ya no est para escu-charme.76