El secreto de la gruta

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Cuento SCOUT

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  • El secreto de la gruta

    cuento scout escrito por Graciela Beatriz Pereira,

    Kaa del Grupo Scout N17 San Martn de Tours

    y Elefante Sincero, Jefe de Tropa Scout del Grupo Scout N91 San Patricio

    en Argentina, en el ao del Seor 1995

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    EL SECRETO DE LA GRUTA

    Era Jueves Santo. El gran Sol iba ya camino a escon-derse detrs del horizonte y nosotros, que estbamos de excursin con un campamento Scout, pedimos permiso para caminar hasta la orilla del mar a ver el anochecer.

    Akela estuvo de acuerdo y nos dej ir, con la condicin de que volvisemos unos minutos antes de que empeza-ra la cena. l saba que la puesta del Sol vista desde la playa era hermosa.

    Los seis caminamos durante un minuto, pero pronto nos dimos cuenta que si no nos apurbamos, cuando llegsemos iba a estar todo oscuro. Igual no era muy le-jos; as que empezamos a correr.

    Pasamos la zona de los pinos; subimos y bajamos el primer mdano; el segundo; y el ltimo, aunque ya nos quedaba poco aire, pero tenamos muchas ganas de lle-gar y no pensbamos dejar que nada nos detuviera. La playa tena unos diez metros; el ocano estaba crecido y el agua, ola tras ola, se acercaba cada vez ms al pie de los mdanos.

    Despacito nos fuimos sentando sobre la arena mojada. Yo met los pies en una montaa de espuma, amonto-nada en la franja hasta donde llegaba el agua. La seisena completa hizo silencio y nos dedicamos a escuchar al

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    mar mientras veamos los maravillosos colores del cielo. Eran una mezcla de celestes, rojos y amarillos, que de a poco iban apagndose hacia el azul.

    De repente, como una lucirnaga, el ltimo rayo de sol que escapaba del horizonte pinch la cresta de una pe-quea ola cerca de mis pies e hizo un destello verde, jus-to antes de que algo duro chocara contra mi taln dere-cho. Me estir hacia adelante, lo agarr y le saqu la es-puma que lo cubra.

    Era una botella. Verde. Taponada muy fuerte con un corcho viejo y oscuro.

    Los llam a mis compaeros y entre todos, cuando vi-mos que pareca tener algo adentro, hicimos fuerza para sacarle el tapn. Luego de tirar un rato logramos nues-tro objetivo.

    Cluc!, se destap. Adentro haba un papel blanco con los bordes marrones. Como era frgil lo sacamos con sumo cuidado; igual se nos rompi un pedazo. El papel deca : ...

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    Captulo uno: EL MENSAJE DE LA BO-TELLA

    ... Isla Nueva, 25 de abril de 1896

    A quienes encuentren esta carta les cuento que naufragamos. Estbamos navegando hacia la costa americana cuando sobre-vino una gran tormenta de viento y granizo. Los cascotes de hielo rompieron las velas de nuestra barcaza y pronto destruye-ron el casco. A medida que nos hundamos, el fuerte oleaje nos arrastr milagrosamente hasta las costas de una tierra que no conocamos. All termin de sumergirse nuestra embarcacin y todos menos el gua de la expedicin pudimos llegar a la playa nadando. El gua estaba sosteniendo el mstil de la vela ma-yor para que no nos cayera encima cuando otro palo se precipi-t y lo golpe en la cabeza quitndole la vida. Gracias a l es-tamos hoy todos vivos.

    Bautizamos a esta isla como Juan Mendoza del Calzonci-llo, en honor a nuestro hroe. Pero ms adelante, conocimos a un grupo de gente que habitaba al otro lado de la sierra, y nos contaron que ellos llamaban al lugar como lo haban bautizado sus ancestros : Bacuotiaio , que en nuestro idioma significa algo as como Isla Nueva. Decidimos entonces que si ya te-na nombre, no le pondramos otro distinto, y desde entonces le llamamos as. Los nativos de la isla nos dieron luego la idea de

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    que fundramos cerca de la playa en donde naufragamos, un pueblito con el nombre de nuestro gua. Y as lo hicimos.

    De a poco nos fuimos adaptando. Hasta que terminamos de construir una embarcacin para regresar a casa los veintids, pasaron ocho meses y medio, y cuando tenamos que partir, na-die tena ganas. Decidimos entonces que cuando pudiramos, iramos a buscar a nuestras familias y les propondramos vivir en la isla. Pero mientras tanto, como me ense una indiecita, todos seramos nuestra gran familia.

    Jaya (la indiecita) nos llev un da al lugar donde los nativos se reunan para orar. Era una gruta de piedra rodeada por r-boles, cerca del abra de la nica sierra de la isla. All haban visto un da a la madre de todos los indios; Ella les cont entre otras cosas que tambin tena otros hijos, y que pronto habran de venir algunos de ellos a visitarlos. Jaya me hizo comprender que realmente ramos hermanos; ella y yo; yo y mis compae-ros; sus hermanos y los mos, que tambin eran suyos. Y de a poco me fui dando cuenta que poda querer a todos como lo que eran : mis hermanos.

    La madre de todos vena a la gruta cuando nos reunamos a rezar, cada vez que la necesitbamos; y ayer, me llam y me pidi que hiciera una carta indicando como llegar a la gruta; me pidi tambin que la metiera adentro de una botella de las

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    que habamos trado en el barco, la tapara bien y la arrojara al ocano para que viajara, y llegara a las manos de seis lobatos scouts que sabran seguir las huellas... -cuando le esto sent que se me erizaba la piel, empec a temblar sintiendo en mis pies descalzos el fro de la arena hmeda, levant la vista del papel y mir con los ojos muy abiertos a mis compaeros que, a medida que terminaban de leer hasta donde yo haba llegado, hacan lo mismo que yo.

    Ya era tarde y tenamos que volver al campamento, Akela estara preocupado.

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    Captulo dos: LAS PISTAS

    Cuando llegamos al campamento los chicos estaban protestando porque todava no haban servido la cena; al principio nos dio bronca que nos protesten y griten, pe-ro pronto nos acordamos que ellos eran nuestros her-manos, hermanos en serio, y los perdonamos. Los adul-tos estaban muy nerviosos y cuando llegamos respiraron aliviados (y tambin nos retaron).

    Nos sentamos todos a la mesa y nos dimos cuenta que Akela no estaba con nosotros. Le preguntamos enton-ces a Baloo y l nos dijo :

    _Pequeos lobos, Akela fue a buscar a sus cachorros junto con el jefe de tropa y tres raiders. Pronto regresa-rn.

    Uno de los seiseneros dijo la bendicin y empezamos a comer. La polenta calentita con tuco estaba riqusima -ms con el fro que tenamos-.

    Despus de cenar, fuimos con los chicos a nuestro cu-bil, estuvimos pensando un rato, y decidimos esperar a que llegara Akela para contarle lo de la botella. De todas formas, antes de irnos a dormir podamos terminar de leer el mensaje.

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    ...Ahora lobatos hermanos mos les voy a dar las pistas para que puedan llegar a la gruta de nuestra madre, donde se escon-de un fabuloso tesoro.

    Lo primero que tienen que hacer es encontrar al viejo lobo, acordarse de Juan Mendoza del Calzoncillo, y luego pedirle que los lleve al lugar en donde l se detuvo a rezarle a nuestra madre durante su rad. All encontrarn el mapa en lo ms alto de lo que del piso sale. Este mapa los ayudar a hallar un largo sendero de huellas, que tendrn que seguir si realmente quieren descubrir el tesoro. Es muy posible que se cansen; du-rante el viaje se cruzarn con una, dos, y hasta tres pruebas si pasan las dos primeras. No se desanimen. Fuerza que si uste-des quieren, pueden!

    Recuerden que cada camino de mil millas comienza con un paso.

    Toda la suerte; que Dios y Nuestra Madre los acompaen,

    Garzn del Sol y la Luna PD 1 : Cuidado con el sapo grande; escuchen al viento. PD 2 : Saludos de Jaya.

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    Captulo tres: LA NOTICIA ALARMAN-TE

    Tenamos una intriga brbara y esa noche nos cost dormirnos un montn.

    Dieron las seis. Yo estaba envuelto por mi bolsa de dormir y soaba.

    En mi sueo, estbamos navegando con los chicos por el ocano, cuando el capitn me pidi que subiera al puestito que estaba en lo ms alto del palo mayor para observar cunto camino faltaba hasta la costa. Ya arriba, me encontraba mirando con un catalejo hacia el Este, tratando de ver algo que no fuera agua, cuando de im-proviso un fortsimo vendaval me golpe por la espalda y me arroj al vaco. Empec a caer rpido, pero cada vez mi cada se haca ms lenta (como pasa a veces en los sueos). En cuanto pude, estir velozmente mis bra-zos y me prend de la tela de una vela con toda mi fuer-za. Fue entonces cuando el viento, que pareca soplar contra m, empez a zarandearme de un lado a otro jun-to con el flameo de la vela que acababa de soltarse.

    Comenc a gritar y gritar y de repente, abr los ojos y vi a uno de mis amigos agarrndome de los hombros y gri-tndome en voz baja :

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    _Despertate, despertate; que tens que hacer la guar-dia; dale despertate!

    _S, ya voy -le contest medio dormido.

    Lo haba olvidado, con todo el asunto de la botella ol-vid que esa maana de seis a ocho tena que hacer la guardia, junto con una chispita y dos scouts. En una hora y pico tendramos que ponernos a preparar el mate y las galletitas, tocar la diana, golpear unas tapas de cace-rola adentro de la carpa de Baloo -que era un dormiln-, y terminar de armar las mesas para que todos pudieran desayunar. Aunque me costaba despertarme y abrigar-me para salir, hacer guardia me gustaba.

    La luz del da acababa de nacer cuando saqu los dos pies afuera de la carpa para ponerme los zapatos. El pasto verde estaba cubierto de roco y haca bastante fro. Aquel clima que se creaba al amanecer era re espe-cial; daba ganas de hacer cosas.

    Hicironse las siete y cuarenta y cinco. Adentro de la enorme cacerola ya empezaba a burbujear el agua que haca un rato los scouts haban puesto sobre el fuego. Estbamos echando la yerba y algo raro sucedi : des-pus de or unos murmullos en una de las carpas de diri-gentes, el cierre se abri, como asustada sali Bagheera y vino corriendo hacia nosotros.

    _Chicos, no lo vieron a Akela.

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    Nos miramos entre nosotros.

    _No, por ac, mientras nosotros estuvimos, no pas -respondi la chica scout- pensamos que ya haban llega-do.

    _No llegaron; esperemos que estn bien. Toquen la diana ya, que necesitamos ir a buscarlos.

    La chispita y yo nos quedamos helados. En seguida, el muchacho scout puso en mis manos una de las dos cor-netas que usbamos como diana y empezamos a tocar.

    Turutur tur!

    _Arriba todos! Arriba todos, que hay chicos perdidos! iban gritando las chicas por las carpas mientras noso-tros soplbamos.

    Baloo organiz a la tropa y a las comunidades en unos minutos, y pronto se fueron todos a buscarlos.

    Pasaron horas y horas (capaz que era menos pero nos parecan horas) y nadie apareca. Estuvimos rezando un rato y tratamos de jugar un escalpo, pero estbamos nerviosos y ninguno quera; Bagheera tampoco.

    No aguantamos ms, y le pedimos a nuestra pantera negra que nos dejara ir por el camino que usamos el da anterior para ir a ver el anochecer a la playa. Cost con-vencerla pero al final dijo que s; debamos ir y volver.

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    Despus de todo slo Akela y nosotros conocamos el atajo por donde habamos pasado. Bagheera no nos acompa porque deba quedarse con los dems lobatos y chispitas, que tambin estaban bastante asustados.

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    Captulo cuatro: BUSCANDO A AKELA

    Empezamos a andar. Cuando arribamos adonde se er-guan los primeros pinos, comenzamos a desplazarnos despacio y con cuidado; buscando pistas en el suelo y en los rboles y plantas que nos rodeaban a ambos lados del sendero, como haca tiempo nos haba enseado el viejo lobo.

    Nada estaba claro, hasta que de sorpresa, uno de los chicos grit -Esperen!-. Haba hallado en la punta fres-ca de una ramita rota haca pocas horas, una cinta amari-lla muy parecida a la que suele usar nuestro Akela en el brazo derecho cuando sale a buscar a alguien. l nos cont algunos meses atrs, que haba soado con la Vir-gen Mara y que en el sueo l tena una cinta amarilla pinchada en la manga derecha de su uniforme scout. La Virgencita habale dicho que si alguna vez se acordaba del sueo y le gustaba, hiciera algo para no olvidarse. Y como Akela lo record un da que estbamos en medio de un juego de rastreo, decidi ponerse la cinta cada vez que hiciramos algo por el estilo. Adems, en el extre-mo de la ramita descansaba arrugado un pedazo finito de piel y una pequea gota de sangre.

    No era seguro, pero parecamos estar investigando en el sitio y la direccin correctos. De ah en ms, hallamos

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    varias ramas torcidas o rotas, pastos pisados y otras hue-llas por el atajo.

    Terminaron los pinos y cuando nos disponamos a es-calar el primer mdano, comenz a soplar ferozmente un viento que oblig a detenernos. Nos refugiamos en la salida del bosque, atrs de una de las conferas y cerca de dos rboles aosos con aspecto de eucaliptos. Al ra-to se larg a llover. La arena que nos golpeaba en la cara y los brazos, mezclada ahora con el agua, casi lograba enmilanesarnos.

    Amainada medianamente la tormenta, en lo alto del primer mdano vimos aparecer negra una silueta huma-na y detrs de ella otras cuatro. De pronto, la silueta empez a correr moviendo las manos y gritando. Cuan-do estuvo suficientemente cerca lo supimos: era Akela, y estaba sano, gracias a Dios!

    Pero qu gritaba?

    El viento nos impeda orlo bien. Deca algo as como ... cuidado lobatos scouts... el rbol...

    Akela ya casi nos alcanzaba cuando miramos hacia el cielo y vimos que el viejo rbol a nuestra izquierda esta-ba empezndose a tumbar hacia nosotros. El viejo lobo en segundos lleg y con su gran fuerza comenz a sos-tener el tronco para que logrramos escapar. Yo era el ltimo que sala y cuando estaba corriendo, me acord

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    de Mendoza del Calzoncillo, volte el rostro hacia atrs y vi que una enorme rama de otro eucalipto (o lo que fue-ra), se despegaba de donde estaba unida y empezaba a caer hacia el otro rbol, adonde se encontraba todava Akela sosteniendo.

    -Nooooo!- me detuve. Y al grito de Akeeeeelaaaaa...!- corr lanzndome sobre el viejo lobo e intentando tirarnos hacia una pequea barranca que na-ca all cerca. As lo logr, con la ayuda de Dios, y al lle-gar abajo del declive Akela y yo observamos cmo el r-bol de la derecha parta cual un rayo al otro ms reseco, haciendo un ruido espantoso.

    Recordando la carta... Habramos pasado la primera prueba?...

    No!; esto es lo que comentaba en la pista nmero uno: ... Lo primero que tienen que hacer es encontrar al viejo lobo, acordarse de Juan Mendoza del Calzoncillo, y ...

    Sin darnos cuenta, ya estbamos en camino.

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    Captulo cinco: LOS MARINEROS

    En cuanto estuvimos a salvo, empezaron a llegar mis compaeros de seisena, los raiders, el jefe de tropa y atrs de ellos los dems grupos de scouts que haban sa-lido a buscarlos y haca un rato habanlos encontrado.

    Mientras volvamos al campamento, cantando como casi siempre, Akela nos cont por qu haban estado to-da la noche afuera: cuando llegaron a la playa e iniciaron la deteccin de huellas sobre la arena, empezaron a se-guir lo que parecan cuatro pares de pisadas y unas rayas que denotaban el arrastre de un cuerpo. A los diez mi-nutos arribaron a una pequea gruta donde descansaban cinco marineros, uno de ellos con una pierna fracturada cubierta por un vendaje rudimentario. Los despertaron y se enteraron que eran muchachos cadetes de la Prefec-tura Naval que se hallaban en mitad de una prueba de supervivencia. Nosotros los ayudamos a poner al heri-do en buenas condiciones, y ellos nos regalaron una ta-bla de piedra que haban desenterrado en la gruta y ex-plicaba cmo descifrar o traducir la escritura de un idioma extrao al nuestro; pensaron que al Grupo Scout le podra servir.

    Sera esa la gruta y la tabla sera el tesoro?

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    Captulo seis: BUSCANDO EL TESORO

    No queramos esperar ms, el gua de nuestra manada ya coma con nuestros cachorros y cuando terminara, estuviera o no cansado, bamos a contarle lo de la carta.

    As lo hicimos y en cuanto despeg ambas nalgas del tronco-silla sobre el que reposaban, corrimos los seis, lo tomamos de los brazos y nos dirigimos al cubil.

    All le relatamos la historia completa, desde la playa al anochecer hasta el rastreo por el atajo. Y entre todos, decidimos compartirlo con nuestros hermanos lobatos, para que nos ayudaran a encontrar el tesoro.

    Preparada la misin exploradora, el viejo lobo habl sobre su rad y dijo que nos llevara al sitio adonde l se detuvo en su momento, para rezarle a la Virgen Mara y charlar con ella algunas cosas que deba decidir no saba cmo.

    Akela haba realizado su rad a un par de cientos de ki-lmetros de all, as que ese mismo Viernes Santo, car-gamos las camionetas y emprendimos la expedicin a travs de las rutas.

    Nuestro andar comenzaba siendo gris y de asfalto, no como yo lo haba imaginado. Pero al llegar, pisamos so-bre la tierra y el pasto frescos y llenamos los pulmones

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    de aire puro. Caminamos diez o veinte minutos hasta entrar en un pequeo claro entre los rboles y all nos detuvimos. Era el lugar que indicaba la primera pista. Ahora necesitbamos resolver la incgnita: ... All encon-trarn el mapa en lo ms alto que del piso sale...

    Muchas cosas altas no haba cerca nuestro, y algo que sale del piso y llega hasta el cielo, suena a rbol. Seguro que el mapa estaba escondido o dibujado en la madera del ciprs ms elevado que veamos; cerca de la punta.

    Ayudados por unos nudos que sabe hacer Akela (y no-sotros todava no) logramos subir al rbol dos chicos. Revolviendo entre las hojas, analizando rama por rama y desnudando momentneamente cada trozo del tronco, no encontramos nada; nada que no fueran bichos y al-guna que otra lastimadura. Me sent entonces a descan-sar con una pierna a cada lado de un doblez del tronco y pensando, se me ocurri que cuando escribieron la carta, era muy posible que aquel ciprs fuera mucho ms ena-no y se refirieran entonces a otro rbol.

    Baj.

    De a pares, los chicos fueron subiendo y analizando la decena de rboles que nos rodeaban, comenzando por los ms aosos. Pero no encontramos nada. Hasta que Akela, escalando nuevamente el ciprs intentando evitar

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    que ste se doblara por su peso, grit que haba encon-trado el mapa.

    Baj y me pidi que subiera yo a entenderlo.

    -Ms arriba. Ms arriba -me insista- Ahora! Lo ves?

    Yo no vea nada.

    -Adnde?-

    -Levant la vista me grit Akela.

    Mir entonces para adelante... y de repente, me di cuenta que desde all arriba, tena a mi alcance una visin panormica de la zona. se era el mapa.

    Pero ahora tena que analizarlo, o encontrar alguna fle-cha o algo similar, formado quizs con accidentes del terreno, que indicara adnde comenzaba el sendero de huellas que conduca al tesoro.

    Pens y busqu un montn de tiempo sin darme cuen-ta de nada. El Sol se estaba poniendo y Akela me pidi que bajara. Igual, de estar mirando tanto tiempo, el ma-pa se pintaba como una fotografa en mi cabeza.

    Armamos las carpas y nos acostamos a dormir. Esta expedicin estaba siendo una aventura brbara; de pel-cula!; aunque era diez mil veces mejor estar ah vivindo-la que verla por la tele.

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    El sbado cuando nos levantamos y estbamos bebien-do el mate cocido me di cuenta...

    Desde la copa del ciprs se observaba un paisaje ondu-lado, con varios verdes, grises piedra y marrones, pero al Oeste, directamente hacia el Oeste, se ergua la nica sie-rra de la zona... tal como contaba la carta: ... Era una gruta de piedra rodeada por rboles, cerca del abra de la nica sierra de la isla... La nica sierra, esa era la seal.

    Arrancamos entonces hacia donde Febo se oculta, lue-go de levantar campamento.

    Fueron seis kilmetros por el a veces espeso bosque. Cuando estbamos llegando a la falda de la serrana, un lobato dio con la pista que faltaba: eran huellas y bien marcadas, como para no pasar desapercibidas.

    Toda la manada, en fila india (Akela iba al final), empe-z a andar por el sendero marcado.

    Como a las doce, poco antes de que parramos para almorzar, se cruz por nuestro camino un cachorrito muy flaco, que casi no poda caminar, y cay exhausto al costado de las huellas.

    Tenamos poca comida y poco tiempo, pero no po-damos dejarlo morir; as que lo cargamos, Akela le hizo algunas curaciones con el botiqun de primeros auxilios, le dimos leche suficiente y, cuando estuvo mejor, des-

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    pus de dejarle unos churrascos crudos para que se ali-mentara si necesitaba, nos despedimos y reemprendimos la marcha.

    El sendero ponase empinado y nos faltaba un poco el aire. A punto estbamos de detenernos a descansar cuando de improviso, frente a m que era el primero de la fila en ese momento, apareci agazapado un enorme puma.

    Me puse blanco y un nudo en la garganta me atragant el pensamiento. Sin esperar ni tres segundos el puma rugi y salt desde donde estaba hacia m. A medida que volaba y su sombra me cubra cada vez ms oscura, comenc a lamentar que mi vida acabara en su estma-go. Me senta como un churrasco. Pero de repente, se agarr a mi pierna con mucha fuerza el pumita que aca-bbamos de ayudar, y que gracias a Dios prefiri seguir-nos a quedarse con la carne que le habamos dejado para que comiera.

    Mam puma afloj su cuerpo y cay pesadamente fren-te a m (que empec a dejar de sentirme churrasco). Mi-r profundamente a su cachorro, este rugi con su pe-quea boca, mam puma respondi el rugido, abraz a su hijo, me mir con ojos vivos y agradecidos y se hizo a un lado para que pudiramos pasar. Nunca olvidar ese momento; el pumita nos deca chau con su patita cuan-do pasbamos.

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    Seguimos adelante.

    A los quince minutos, arribamos a la orilla de un enorme arroyo correntoso que pareca imposible de cru-zar. Sera esa la segunda prueba y lo del puma habra sido la primera?

    Capaz que s, o capaz que no, pero ahora haba que pensar cmo cruzar al otro lado del lecho de aquel cau-daloso torrente. Saqu de mi bolsillo el mensaje de la botella y lo le varias veces hasta que una frase salt a mi vista: ... Recuerden que cada camino de mil millas comienza con un paso... Tratamos entonces de encontrar las hue-llas que estbamos siguiendo, que al acercarse a la orilla se hacan ms difusas. Las hallamos, y nos dimos cuenta que ellas continuaban al otro lado del arroyo. Eso que-ra decir que lo ms seguro era que por esa zona se pu-diera cruzar, y como nosotros sabamos que la unin hace la fuerza, nos atamos todos de la cintura, amarra-mos nuestras manos, tomamos un palo para que quien iba primero revisara la profundidad, y nos pusimos en marcha.

    Cruzamos; no fue difcil; pero cuando todos hubimos salido, arrojamos el palo al agua y vimos cmo ste en-traba en un remolino incontrolable, golpeaba contra una roca y se destrozaba. Eso nos podra haber sucedido si errbamos el camino.

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    Descansamos un rato.

    Cuando ya estbamos bastante secos reanudamos la marcha. Las huellas que seguamos eran de un animal grande y pesado, a juzgar por el tamao y la profundidad de cada pisada. Tambin pareca que nuestro amigo ca-minaba despacio, ya que el fondo de la huella no era ms profundo en la zona de la punta, ni haba polvo de tierra floja atrs de los pasos, la que generalmente se despren-de si el animal va corriendo.

    Nuestras panzas rugan ya como el puma. Tenamos que merendar. Eran las cinco.

    Akela se sent junto a m y me mostr que faltaba muy poco para alcanzar el abra, que es la parte ms alta de la montaa, donde llegs y se abre la inmensidad del pai-saje, y se puede sentir la fuerza de la Naturaleza que hizo el Gran Jefe.

    De las ganas por llegar, mi panza estaba bastante re-vuelta. Una mezcla de ansiedad y nervios. Saba que es-tbamos cerca. Nos paramos; eruct sin querer y volvi-mos a caminar.

    Pasados seiscientos segundos (o sea diez minutos), nos encontramos frente a una formacin rocosa en donde el camino se bifurcaba. Las huellas seguan hacia adentro de una cueva oscura. Capaz era la gruta!, y al otro lado haba unos rboles doblados que formaban una especie

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    de tnel, por donde se oa el canto de la brisa acarician-do las hojas. Nos frenamos entonces a decidir.

    Alguien propuso la idea de separarnos en dos grupos e ir uno por cada lugar. Uno de los lobatos de mi seisena pens bien que el mensaje indicaba: ... El mapa los ayu-dar a encontrar un largo sendero de huellas, que tendrn que seguir si realmente quieren descubrir el tesoro... As que de-cidimos entrar en la cueva.

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    ltimo captulo

    Sacamos de las mochilas varias linternas y empezamos a entrar. No haca fro. Akela iba al frente por si vea algo peligroso. Yo dej pasar a mis compaeros e iba cerca del final.

    Todava no habamos entrado todos y cuando fue mi turno, me llam la atencin que escuch el croar de una ranita verde cerca de mi cabeza. Mir por encima de la boca de la cueva y all estaba, parada al lado de una enorme piedra que tena forma de zapato. Le dije si quera venir, la agarr con cuidado y la puse en el piso a mi costado para que nos siguiera. Pareci entenderme porque en cuanto me alej empez a acompaarme de a saltitos.

    Habiendo entrado unos metros comenzamos a or va-rios goteos, que sonaban como adentro de una botella. Del techo pendan varias estalactitas y cada tanto pasaba volando un murcilago. La roca se agargantaba de a tre-chos, labrando formas increbles, que a veces llamaban al miedo.

    Mientras avanzbamos lentamente, cuidando de no resbalarnos, me puse a pensar si la ranita que vena con nosotros sera realmente una rana o un sapo. Le pre-gunt entonces a mi compaero de adelante si se acor-

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    daba cmo diferenciarlos: -Che, te acords cmo saber si un animal es rana o sapo?

    Pero cuando dije eso hubo una especie de eco adentro de mi cerebro y en la caverna... sapo, sapo, sapo...

    No!, haba que tener cuidado con el sapo grande. Un sapo grande era un sapote... Un zapato! La piedra con forma de zapato! Y el viento; haba que escuchar al viento y el viento haca ruido en los rboles. Era el ca-mino equivocado!

    -Alto!! Alto, alto, alto, ... grit- Rpido, salgamos! y todos empezamos raudamente a desplazarnos hacia la salida, al tiempo que resonaba un enorme rugido desde el fondo de la caverna.

    Salimos justo a tiempo y nos escondimos tras unas plantas. En seguida apareci por la boca de la cueva un gigantesco oso enfurecido, y continu corriendo por el sendero de sus propias huellas, camino hacia el arroyo.

    Cuando ya no lo escuchamos, decidimos descamuflar-nos y caminamos sigilosamente hacia el sendero de los rboles, por donde cantaba el viento.

    El tnel entraba unos cuarenta metros y de a poco iba estrechndose hasta cubrirse completamente de malezas. Abriendo las plantas con cuidado fuimos internndonos en el verde. Akela cortaba algunos pastos pinchudos pe-

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    ro trataba de lastimar la vegetacin lo menos posible. De repente, ms all de una serie de arbustos bajos, ante mis ojos y los de mis compaeros, se abri la gruta de Nuestra Madre que estbamos buscando.

    Sin que nadie nos diga nada, nos fuimos arrodillando y empezamos a rezar. Nunca lo haba disfrutado tanto.

    Despus, excavando, empezamos a buscar el tesoro es-condido del que hablaba la carta. La tierra no era fcil de sacar. Crecidas estaban las races de los rboles y muy posiblemente haban cubierto ya lo que nosotros buscbamos.

    A medida que escarbaba con mis manos, fui pensando en lo que ya habamos vivido, tal cual lo que contaba el mensaje. El rescate del viejo lobo; el mapa; las tres pruebas, la del puma, la del ro y la del oso; y ahora ya estbamos en la gruta de la Virgen buscando el tesoro...

    Mis dedos revolvan la tierra compacta y fresca, cada tanto me cruzaba una lombriz o un bicho bolita. Y de repente...

    Toqu algo duro.

    Y no era una raz.

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    Los llam a los chicos; escarbamos rpido y desente-rramos un cofre de madera dura del tamao de una san-da (pero cuadrado).

    Lo limpiamos de tierra y en la tapa, tena bastante cla-ras unas inscripciones extraas. Bellas, pero extraas.

    Tratamos y tratamos, con la ayuda de Akela, pero no logramos abrirla, hasta que haciendo palanca con varias estacas y fuerza entre todos Crac!

    El cofre se abri.

    Adentro haba una hermosa moneda dorada y un bell-simo collar de colores. La moneda era grande como un limn y tena en los bordes escrito el abecedario y en el centro una imagen como la de la Virgen de Lujn.

    Miramos de nuevo la tapa del cofre, le pedimos a Akela la tabla con letras raras que le haban dado los marine-ros, y con sorpresa comprobamos que eran el mismo tipo de smbolos. En el centro de la tabla haba un hue-co con la forma de la moneda dorada. Pusimos enton-ces all nuestra moneda, girndola hasta que calzara per-fecto y descubrimos que a la A le corresponda un signo como la Luna, a la B otro como un ciervo, a la C otro, y as sucesivamente.

    Traduciendo, la escritura de la tapa del cofre deca:

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    YIUTU AMA ANARI SINYI AIU SEA TO AGUARI YUM DIP JAYA NINI TIASI

    Pero no entendamos nada, no poda ser; ah deba de-cir algo y era para nosotros.

    Fue entonces cuando el viejo lobo sac de mi bolsillo la carta y la ley nuevamente en voz alta. Todos lo es-cuchamos.

    Y decidimos hacer como lo hacan los indios.

    Rezamos.

    -... Madre de todos nosotros, por favor, si lo que dice en el cofre es importante, ayudanos a entenderlo.

    Y viv all el momento ms hermoso de mi vida hasta hoy: naci entre nosotros la imagen de la Virgencita y nos dijo:

    -Hijitos mos, lean de vuelta la tapa del cofre y hagan lo que all dice.

    Mir entonces la escritura extraa y la entend; deca:

    PON LA MANO SOBRE TU PECHO SIENTE AH EST TU TESORO

    30

    -Los amo dijo la Virgencita y desapareci. Ella estaba vestida como la Virgen de Lujn, o muy parecido, y sos-tena entre sus manos un palo encendido con una llama en el extremo superior. Era Nuestra Madre, Nuestra Virgen, la Virgen del Tesoro.

    En la lnea inferior de la escritura contaba que el collar era de Jaya. Cuando volvimos, se lo regalamos a la Vir-gencita de nuestra iglesia.

    YIUTU AMA ANARI SINYI AIU SEA TO AGUARI YUM