Hitler, adolf mein kampf - mi lucha (es, 415 s., text)

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MI LUCHA Adolf Hitler Primera edición electrónica en castellano. Dos volúmenes en uno. Primer Volumen: RETROSPECCIÓN Segundo Volumen: EL MOVIMIENTO NACIONALSOCIALISTA. 2003. Jusego. Edición sin fines de lucro.

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  • MI LUCHA Adolf Hitler Primera edicin electrnica en castellano. Dos volmenes en uno. Primer Volumen: RETROSPECCIN Segundo Volumen: EL MOVIMIENTO NACIONALSOCIALISTA. 2003. Jusego. Edicin sin fines de lucro.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 2 ADOLF HITLER. 1889-1945.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 3 Presentacin. Esta es la primera versin electrnica casi completa de Mi Lucha en castellano. Se invita a todos los miembros del Movimiento a distriburla lo ms ampliamente posible. Se autoriza su colocacin en cualquier sitio Web para descarga. La segunda edicin contendr notas aclaratorias y adems ser cotejada con la edicin inglesa no expurgada de 1939. Agradecemos la colaboracin de todos los que han contribudo a la ejecucin de este proyecto, el que redundar en una mejor preparacin de la militancia. Para efectos de su uso se ha habilitado su impresin as como la opcin marcar/copiar en caso de que se necesite citar algn prrafo. Agradeceremos se nos informe de todo error que aparezca en ella porque sin duda debe haberlos. Abril de 2003.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 4 Esta Primera Edicin Electrnica de Mi Lucha est dedicada a los 59 mrtires Nacionalsocialistas chilenos cados por la Patria el 5 de Septiembre de 1938 en Santiago de Chile. "Chile necesita del sacrificio de sus hijos. Estamos obligados a sacrificarlo todo si con ello Chile se salva" (Francisco Maldonado Chvez, cado ese da). Enrique Herreros del Ro Csar Parada Henrquez Francisco Maldonado Chvez Juan Silva Tello Hugo Badilla Tellera Jess Ballesteros Miranda Ricardo White Alvarez Julio Csar Villasiz Zura Pedro Angel Riquelme Trivio Mario Prez Perreta Mauricio Falcon Pieiro Luis Thennet Gillet Hctor Thennet Gillet Guillermo Cuello Gonzlez Waldemar Rivas Vilaza Hermes Micheli Candia Ral Mndez Ureta Bruno Bruning Schwarzenberg Jos Sotomayor Sotomayor Gerardo Gallmeyer Klotzche Neftal Seplveda Soto Domingo Chvez Whalen Walter Kusch Dietrich Vctor Muoz Crdenas Juan Khni Holzapfel Marcos Magasich Huerta
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 5 Enrique Magasich Huerta Heriberto Espinoza Lizana Jorge Jaraquemada Vivanco Flix Maragao Flores Jorge Valenzuela San Cristbal Salvador Zegers Terrazas Carlos Alfredo Barraza Robles Jorge Alvear Soto Vctor Tapia Briones Humberto Yuric Yuric Jorge Tpper Bradanovic Juan Orchard Fox Alejandro Bonilla Tajan Emiliano Aros Molina Salvador Fernndez Ponicio Jorge Seplveda Cspedes Timolen Jijn Gonzlez Jos Figueroa Figueroa Eduardo Surez Surez Renato Chea Meneses Manuel Silva Durn Daniel Jorge Jeldres Carlos Jorge Jeldres Luis Arriagada Muoz Alberto Murillo Muoz Julio Hernndez Garca Efran Rodrguez Sez Carlos Riveros Sez Hugo Moreno Donoso Alberto Ramrez Zamora Manuel Jelves Olea Pedro Molleda Ortega Carlos Muoz Corts HONOR Y GLORIA ETERNAS!.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 6 DEDICATORIA El 9 de noviembre de 1923, a las 12:30 del da, posedos de inquebrantable fe en la resurreccin de su pueblo, cayeron en Munich, frente a la Feldherrnhalle y en el patio del antiguo Ministerio de Guerra, los siguientes camaradas: Felix Alfarth, comerciante, nacido el 5 de julio de 1901. Andreas Bauriedl, sombrerero, nacido el 4 de mayo de 1879. Theodor Casella, empleado bancario, nacido el 8 de agosto de 1900. Wilhelm Ehrlich, empleado bancario, nacido el 19 de agosto de 1894. Martin Faust, empleado bancario, nacido el 27 de enero de 1901. Anton Hechenberger, cerrajero, nacido el 28 de septiembre de 1902. Oskar Koerner, comerciante, nacido el 4 de enero de 1875. Karl Kuhn, empleado de hotel, nacido el 26 de julio de 1897. Karl Laforce, estudiante de ingeniera, nacido el 28 de octubre de 1904. Kurt Neubauer, criado, nacido el 27 de marzo de 1899. Claus von Pape, comerciante, nacido el 16 de agosto de 1904. Theodor von der Pfordten, consejero en el Tribunal Regional Superior, nacido el 14 de mayo de 1873. Johannes Rckmers, ex capitn de caballera, nacido el 7 de mayo de 1881. Max Erwin von Scheubner-Rchter, doctor en ingeniera, nacido el 9 de enero de 1884. Lorenz Rtter von Stransky, ingeniero, nacido el 14 de marzo de 1899. Wilhelm Wolf comerciante, nacido el 19 de octubre de 1898. Autoridades llamadas nacionales se negaron a dar una sepultura comn a estos hroes. Dedico esta obra a la memoria de todos ellos, para que el ejemplo de su sacrificio ilumine incesantemente a los seguidores de nuestro Movimiento. Landsberg am Lech, 16 de octubre de 1924. Adolf Hitler.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 7 PRLOGO DEL AUTOR En cumplimiento del fallo dictado por el Tribunal Popular de Munich, el 1 de abril de 1924 deba comenzar mi reclusin en el presidio de Landsberg am Lech. As se me presentaba, por primera vez despus de muchos aos de ininterrumpida labor, la posibilidad de iniciar una obra reclamada por muchos y que yo mismo consideraba til a la causa nacionalsocialista. En consecuencia, me haba decidido a exponer no slo los fines de nuestro Movimiento, sino a delinear tambin un cuadro de su desarrollo, del cual ser posible aprender ms que de cualquier otro estudio puramente doctrinario. Aqu tuve igualmente la oportunidad de hacer un relato de mi propia evolucin, en la medida necesaria para la mejor comprensin del libro y al mismo tiempo para destruir las tendenciosas leyendas sobre mi persona propagadas por la prensa juda. Al escribir esta obra no me dirijo a los extraos, sino a aqullos que, perteneciendo de corazn al Movimiento, ansan penetrar ms profundamente en la Ideologa Nacionalsocialista. Bien s que la viva voz gana ms fcilmente las voluntades que la palabra escrita y que, asimismo, el progreso de todo Movimiento trascendental en el mundo se ha debido, generalmente, ms a grandes oradores que a grandes escritores. Sin embargo, es indispensable que una doctrina quede expuesta en su parte esencial para poderla sostener y poderla propagar de manera uniforme y sistemtica. Partiendo de esta consideracin, el presente libro constituye la piedra fundamental que yo aporto a la obra comn. Adolf Hitler (Presidio de Landsberg am Lech, 16 de octubre de 1924.)
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 8 Volumen I. RETROSPECCIN. Captulo I. EN EL HOGAR PATERNO. Considero una feliz predestinacin el haber nacido en la pequea ciudad de Braunau am Inn; Braunau, situada precisamente en la frontera de esos dos estados alemanes cuya fusin se nos presenta - por lo menos a nosotros, los jvenes- como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance. La Austria germana debe volver al acervo comn de la patria alemana, y no por razn alguna de ndole econmica. No, de ningn modo, pues aun en el caso de que esta fusin, considerada econmicamente, fuera indiferente o resultara incluso perjudicial, debera efectuarse a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre se corresponden a una patria comn. Mientras el pueblo alemn no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo Estado, carecer de todo derecho moralmente justificado para aspirar a acciones de poltica colonial. Slo cuando el Reich, abarcando la vida del ltimo alemn, no tenga ya posibilidades de asegurarle a ste su subsistencia, surgir de la necesidad del propio pueblo la justificacin moral para adquirir la posesin de tierras extraas. El arado se convertir entonces en espada, y de las lgrimas de la guerra brotar el pan diario para la posteridad. La pequea poblacin fronteriza de Braunau me parece constituir el smbolo de una gran obra. Aun en otro sentido se yergue tambin hoy ese lugar como una advertencia para el porvenir. Cuando esta insignificante poblacin fue, hace ms de cien aos, escenario de un trgico suceso que conmovi a toda la Nacin alemana, su nombre quedara inmortalizado por lo menos en los anales de la historia de Alemania. En la poca de la ms terrible humillacin impuesta a nuestra patria, rindi all su vida el librero de Nrnberg, Johannes Palm, obstinado nacionalista y enemigo de los franceses. Se haba negado rotundamente a delatar a sus cmplices revolucionarios, mejor dicho, a los verdaderos promotores. Muri igual que Leo Schlageter, y como ste, Johannes Palm fue tambin denunciado a Francia por un funcionario. Un director de polica de Augsburgo cobr la triste fama de la denuncia y cre con ello el tipo de las autoridades alemanas del tiempo del seor Severing. En esa pequea ciudad sobre el Inn, bvara de origen, austraca polticamente, y ennoblecida por el martirologio alemn, vivieron mis padres, all por el ao 1890. Mi padre era un leal y honrado funcionario. Mi madre, ocupada en los quehaceres del hogar, tuvo siempre para sus hijos invariable y cariosa solicitud. Poco retiene mi memoria de aquel tiempo, pues pronto mi padre tuvo que abandonar el lugar que haba ganado su afecto, para ir a ocupar un nuevo puesto en Passau, es decir, en Alemania. En aquellos tiempos, la suerte del aduanero austraco era peregrinar a menudo. De ah que mi padre tuviera que pasar a Linz, donde acab por jubilarse. Ciertamente esto no debi significar un descanso para el anciano. M padre, hijo de un simple y pobre campesino, no haba podido resignarse en su juventud a permanecer en la casa paterna. No tena an trece aos, cuando li su morral y se march del terruo en Waldviertel. Iba
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 9 a Viena, desoyendo el consejo de los lugareos con experiencia, para aprender all un oficio. Ocurra esto el ao 50 del pasado siglo. Grave resolucin la de lanzarse en busca de lo desconocido, provisto slo de tres florines! Pero cuando, el adolescente cumpla los diecisiete aos y haba ya superado su examen de oficial de taller, no estaba, sin embargo, satisfecho de s mismo. Por el contrario, las largas penurias, la eterna miseria y el sufrimiento reafirmaron su decisin de abandonar el taller para llegar a ser "algo ms". Si cuando nio, en la aldea, el seor cura le pareca la expresin de lo ms alto humanamente alcanzable, ahora, dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran urbe, lo era el funcionario. Con toda la tenacidad propia de un hombre ya envejecido en la adolescencia por las penalidades de la vida, el muchacho se aferr a su resolucin de convertirse en funcionario, y lo fue. Creo que poco despus de cumplir los veintitrs aos consigui su propsito. Pareca as estar cumplida la promesa de aquel pobre nio de no regresar a la aldea paterna sin haber mejorado su situacin. Ya haba alcanzado su ideal. En su aldea nadie se acordaba de l, y a l mismo su aldea le resultaba desconocida. Cuando finalmente, a la edad de cincuenta y seis aos, se jubil, no habra podido conformarse a vivir como un desocupado. Y he aqu que en los alrededores de la ciudad austraca de Lambach adquiri una pequea propiedad agrcola; la administr personalmente, y as volvi, despus de una larga y trabajosa vida, a la actividad originaria de sus antepasados. Fue sin duda en aquella poca cuando forj mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el largo camino a la escuela y la camaradera que mantena con muchachos robustos, lo cual era motivo frecuentemente de hondos cuidados para mi madre, pudieron haberme convertido en cualquier cosa menos en un poltrn. Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesin futura, saba en cambio que mis simpatas no se inclinaban en modo alguno hacia la carrera de mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados ms o menos violentos con mis condiscpulos. Me haba hecho un pequeo caudillo, que aprenda bien y con facilidad en la escuela, pero que se dejaba tratar difcilmente. Cuando, en mis horas libres, reciba lecciones de canto en el coro parroquial de Lambach, tena la mejor oportunidad de extasiarme ante las pompas de las brillantsimas celebraciones eclesisticas. De la misma manera que mi padre vio en la posicin del prroco de aldea el ideal de la vida, a m la situacin del abad me pareci tambin la ms elevada posicin. Al menos, durante cierto tiempo as ocurri. Mi padre, por motivos fcilmente comprensibles, no prestaba mucha atencin al talento oratorio de su travieso vstago para sacar de ello conclusiones favorables en relacin con su futuro, resultando obvio que no concordase con mis ideas juveniles. Aprensivo, l observaba esta disparidad de naturalezas. En realidad, la vocacin temporal por la citada profesin desapareci muy pronto, para dar paso a esperanzas ms acordes con mi temperamento. En el estante de libros de mi padre encontr diversas obras militares, entre ellas una edicin popular de la guerra franco-prusiana de 1870-71. Eran dos tomos de una revista ilustrada de aquella poca, que convert en mi lectura predilecta. No tard mucho para que la gran lucha de los hroes se transformase para m en un acontecimiento de la ms alta significacin. Desde entonces me entusiasm, cada vez ms, todo lo que tena alguna relacin con la guerra o con la vida militar. Pero tambin en otro sentido debi tener esto significado para m. Por primera vez, aunque en forma poco precisa, surgi en
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 10 mi mente la pregunta de s realmente exista, y en caso de existir, cul podra ser la diferencia entre los alemanes que combatieron en la guerra del 70 y los otros alemanes, los austracos. Me preguntaba yo: Por qu Austria no tom parte en esa guerra junto a Alemania? Por qu mi padre y todos los dems no se batieron tambin? Acaso no somos todos lo mismo? No formamos todos un nico cuerpo? A mis cautelosas preguntas, tuve que or con ntima sorpresa la respuesta de que no todo alemn tena la suerte de pertenecer al Reich de Bismarck. Esto, para m, era inexplicable. Haban decidido que yo estudiase. Considerando m carcter, y sobre todo mi temperamento, mi padre crey llegar a la conclusin de que la enseanza clsica del Lyceum ofreca una flagrante contradiccin con mis tendencias intelectuales. Le pareca que en una Realschule me ira mejor. En esta opinin se aferr an ms ante mi manifiesta aptitud para el dibujo, disciplina cuya dedicacin, a su modo de ver, era tratada con negligencia en los Gymnasium austracos. Quiz estuviera tambin influyendo en ello decisivamente su difcil lucha por la vida, durante la cual el estudio de las humanidades sera, ante sus ojos, de poca o ninguna utilidad. Por principio, era de la opinin de que su hijo naturalmente sera y deba ser funcionario pblico. Su amarga juventud hizo que el xito en la vida fuera para l visto como producto de una frrea disciplina y de la propia capacidad de trabajo. Era el orgullo del hombre que se haba hecho a s mismo lo que le induca a querer elevar a su hijo a una posicin igual o, si ello fuera posible, ms alta que la suya, tanto ms cuanto que por su propia experiencia se crea en condiciones de poder facilitar en gran medida la evolucin de aqul. El pensamiento de una oposicin a aquello que para l se configur como objetivo de toda una vida, le pareca inconcebible. La resolucin de mi padre era pues simple, definida, ntida y, ante sus ojos, comprensible por s misma. Finalmente, para su comportamiento, vuelto imperioso a lo largo de una amarga lucha por la existencia, en el devenir de su vida toda, le pareca algo totalmente intolerable entregar la ltima decisin a un joven que le pareca inexperto e incluso irresponsable. Era imposible que ello se adecuase con su usual concepcin del cumplimiento del deber, pues representara una disminucin reprobable de su autoridad paterna. Adems de eso, slo a l le caba la responsabilidad del futuro de su hijo. Sin embargo, las cosas iban a acontecer de manera diferente. Por primera vez en mi vida, cuando apenas contaba once aos, deb oponerme a mi padre. Si l era inflexible en su propsito de realizar los planes que haba previsto, no menos irreductible y porfiado era su hijo para rechazar una idea que poco o nada le agradaba. Yo no quera convertirme en funcionario! Ni los consejos ni las serias amonestaciones consiguieron reducir mi oposicin. Nunca, jams, de ninguna manera, sera yo funcionario pblico! Todas las tentativas para despertar en m el amor por esa profesin, inclusive la descripcin de la vida de mi propio padre, se malograban y me producan el efecto contrario. Me resultaba abominable el pensamiento de, cual un esclavo, llegar un da a sentarme en una oficina, de no ser el dueo de mi tiempo sino, al contrario, limitarme a tener como finalidad en la vida llenar formularios. Qu ilusin podra despertar esto en un joven que era todo, menos dcil, en el sentido frecuente del trmino? El estudio
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 11 extremadamente fcil en el colegio me proporcionaba tanto tiempo disponible que estaba ms al aire libre que en casa. Cuando hoy mis enemigos polticos examinan con maliciosa atencin mi vida hasta la edad juvenil para, finalmente, poder sealar con satisfaccin las acciones malas que aquel Hitler, ya en su pubertad, haba perpetrado, doy gracias al cielo de que me traigan alguna escena a la cabeza de aquellos tiempos felices. Campos y bosques eran antao el escenario en el que las anttesis eternas afloraban a mi conocimiento. Incluso, la asistencia a la Realschule, que sigui, fue de un gran provecho. Otra cuestin estaba por decidir. Mientras la resolucin de mi padre de que fuera funcionario pblico encontr en m una oposicin de principio, el conflicto fue fcilmente soportable. Poda disimular mis ideas ntimas, no siendo preciso contradecirle constantemente. Para mi tranquilidad, bastaba la firme decisin de no integrarme en el futuro en la burocracia. Esta resolucin era inexorable! Pero la situacin se agrav en cuanto al proyecto de mi padre opuse el mo. Este hecho sucedi a los trece aos. Todava hoy no me explico cmo un buen da me di cuenta de que tena vocacin para la pintura. Mi talento para el dibujo estaba tan fuera de duda, que fue uno de los motivos que indujeron a mi padre a inscribirme en una Realschule, si bien jams con el propsito de permitirme una preparacin profesional en ese sentido. Muy por el contrario, cuando yo por vez primera, despus de renovada oposicin al pensamiento favorito de mi padre, fui interrogado sobre qu profesin deseaba seguir y, casi de repente, dej escapar la firme decisin que haba adoptado de ser pintor, mi padre se qued mudo. "Pintor! Artista", exclam. Pens que yo haba perdido el juicio o tal vez que no hubiera odo bien su pregunta. Cuando comprendi, sin embargo, que no haba entendido mal, cuando misma lleg a formarse, a veces, el errado criterio de considerar a Austria como un Estado alemn. Era un absurdo de graves consecuencias, pero al mismo tiempo un buen reconocimiento para los 10 millones de alemanes que poblaban la "Marca del Este" (Ostmark). Slo hoy, en que la triste fatalidad ha cado tambin sobre muchos millones de nuestros propios compatriotas quienes, bajo el dominio extranjero, alejados de la Patria, se acuerdan de ella con angustia y nostalgia y se esfuerzan por tener al menos el derecho a usar la sagrada lengua materna, se comprende mejor lo que significa ser obligado a luchar por la propia nacionalidad. Slo entonces se podr tal vez valorar la grandeza del sentimiento alemn en la vieja "Marca del Este", sentimiento que se mantuvo por s mismo y que, durante siglos, protegi al Reich en las fronteras orientales para, finalmente, reducirse a pequeas contiendas destinadas a conservar los derechos lingsticos. Esto ocurra en un tiempo en el que el gobierno propiamente alemn se interesaba por una poltica colonial, mantenindose al mismo tiempo indiferente ante la defensa de la sangre de su pueblo en tales zonas. Como en toda lucha (en todas partes y en todo tiempo), tambin en la antigua Austria, con respecto a la lucha por la lengua, haba tres sectores: el de los beligerantes, el de los indiferentes y el de los traidores. Ya en la escuela se empezaba a sentir esa separacin, pues el ms digno exponente de la lucha por la lengua se da justamente en la escuela, como vivero que es de las generaciones futuras. En torno a los nios se
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 12 desarrolla la pugna, y a ellos est dirigido el primer llamamiento: "Muchacho de sangre alemana, no olvides que eres alemn; muchacha de sangre alemana, piensa que un da debers ser madre alemana". Quien conoce el alma de la juventud puede comprender que son justamente los muchachos quienes con mayor alegra escuchan tal grito de guerra. De mil maneras diferentes acostumbran ellos a emprender esa lucha en la que emplean sus propios medios y armas. Evitan canciones no alemanas, se entusiasman por los hroes alemanes y se sacrifican economizando dinero para la causa nacional. Lucen emblemas prohibidos por el Gobierno, y se sienten felices si son por ello castigados o golpeados. Son, en pequea proporcin, una fiel imagen de sus mayores, aunque frecuentemente con mejores y ms sinceros sentimientos. A m tambin se me ofreci entonces la posibilidad - todava muy joven de tomar parte en la lucha por la nacionalidad en la antigua Austria. Cuando, reunidos en la asociacin escolar expresbamos nuestros sentimientos usando los colores negro, rojo y oro, entusisticamente saludbamos con hurras. En vez del Himno Imperial, cantbamos el Deutschland ber Alles, a pesar de las amonestaciones y de los castigos. La juventud era as polticamente educada, en un tiempo en que los miembros de una presunta nacionalidad apenas conocan de ella poco ms que la lengua. Claro est que yo entonces ya no me contaba entre los indiferentes, y pronto deb convertirme en un fantico "nacionalista alemn", designacin que de ningn modo es idntica a la concepcin del actual partido del mismo nombre. Esta evolucin, en mi modo de sentir, hizo muy rpidos progresos, de tal forma que ya a la edad de quince aos pude comprender la diferencia entre el "patriotismo' dinstico y el nacionalismo propio del pueblo, y, desde ese momento, slo el segundo existi para m. Para quien nunca se haya tomado la molestia de estudiar las condiciones internas de la Monarqua de los Habsburgos, un acontecimiento tal no podr parecerle evidente. Slo las lecciones en la escuela sobre la Historia Universal deberan en Austria lanzar el germen de este desarrollo, pero nicamente en pequeas dosis existe una historia austraca especfica. El destino de aquel Estado est tan ntimamente ligado a la vida y al crecimiento del pueblo alemn, que una separacin entre la historia alemana y la historia austraca parece imposible. Cuando, finalmente, Alemania empez a escindirse en dos estados diferentes, incluso esta escisin pas a formar parte de la historia alemana. Las divisas del Emperador, seales del antiguo esplendor del Imperio, conservadas en Viena, parecen actuar ms como un poder de atraccin que como prenda de una eterna solidaridad. El primer grito de los austro-alemanes, en los das del desmembramiento del Estado de los Habsburgos, a favor de una unin con Alemania era apenas el efecto de un sentimiento adormecido pero con profundas races en el corazn de las dos poblaciones, el anhelo por el retorno a la Madre Patria nunca olvidada. Sin embargo, esto no sera nunca, comprensible si el aprendizaje histrico de los austro- alemanes no fuese la causa de una aspiracin generalizada. Ah est la fuente inagotable, la cual sobre todo en los momentos de olvido, poniendo a un lado las delicias del presente, exhorta al pueblo, por el recuerdo del pasado, a pensar en un nuevo futuro. La enseanza de la Historia Universal en las llamadas escuelas secundarias deja an mucho que desear. Pocos profesores comprenden que la finalidad del estudio de la Historia no debe consistir en aprender de memoria las fechas y los acontecimientos, o a obligar al alumno a saber cundo sta o aquella batalla se realiz, cundo naci un
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 13 general o un monarca (casi siempre sin importancia real), o cundo un rey puso sobre su cabeza la corona de sus antecesores. No, esto no es lo que se debe tratar. Aprender Historia quiere decir buscar y encontrar las fuerzas que conducen a las causas de las acciones que escrutamos como acontecimientos histricos. El arte de la lectura, como el de la instruccin, consiste en esto: conservar lo esencial, olvidar lo accesorio. Fue quiz decisivo en mi vida posterior el tener la satisfaccin de contar como profesor de Historia a uno de los pocos que la entendan desde este punto de vista, y as la enseaban. El profesor Leopoldo Ptsch, de la Escuela Profesional de Linz, realizaba este objetivo de manera ideal. Era un hombre entrado en aos, pero enrgico. Por esto, y sobre todo por su deslumbrante elocuencia, consegua no slo atraer nuestra atencin sino imbuirnos de la verdad. Todava hoy me acuerdo con cariosa emocin del viejo profesor que, en el calor de sus explicaciones, nos haca olvidar el presente, nos fascinaba con el pasado y, desde la noche de los tiempos, separaba los ridos acontecimientos para transformarlos en viva realidad. Nosotros le escuchbamos muchas veces dominados por el ms intenso entusiasmo y otras profundamente apenados o conmovidos. Nuestra aprobacin era tanto mayor cuanto este profesor entenda que deban buscarse las causas para comprender el presente. As daba, frecuentemente, explicaciones sobre los sucesos de la actualidad diaria que antes nos sembraban la confusin. Nuestro fanatismo nacional, propio de los jvenes, era un recurso educativo que l utilizaba a menudo para completar nuestra formacin ms deprisa de lo que habra sido posible por cualquier otro mtodo. Este profesor hizo de la Historia mi asignatura predilecta. De esa forma, ya en aquellos tiempos, me convert en un joven revolucionario, sin que tal fuera el objeto de mi educador. Pero, quin con un profesor as poda aprender la historia alemana sin transformarse en enemigo del gobierno que tan nefasta influencia ejerca sobre los destinos de la Nacin? Quin poda permanecer fiel al Emperador de una dinasta que, en el pasado y en el presente, sacrific siempre los intereses del pueblo germnico en aras de mezquinos beneficios personales? Acaso no sabamos que el Estado austro-hngaro no tena ni poda tener afecto por nosotros los alemanes? La experiencia diaria confirmaba la realidad histrica de la actividad de los Habsburgos. En el Norte y en el Sur la mancha de las razas extraas se extenda amenazando nuestra nacionalidad, y hasta la misma Viena empez a convertirse en un centro anti-alemn. La Casa de Austria tenda por todos los medios a una chequizacin o eslavizacin del Imperio, y fue la mano de la Diosa Justicia y de las leyes compensatorias la que hizo que el adversario principal del germanismo austraco, el Archiduque Francisco Fernando, cayera bajo el mismo plomo que l ayud a fundir. Francisco Fernando era precisamente el smbolo de las influencias ejercidas desde el poder para lograr la eslavizacin de Austria-Hungra. Enormes eran los sacrificios que se exigan al pueblo alemn, tanto en el pago de impuestos como en el cumplimiento de los deberes militares, y no obstante cualquiera que no estuviese ciego poda reconocer que todo aquello iba a ser intil. Pero lo que a los nacionalistas austracos nos resultaba ms doloroso era que el sistema estaba moralmente apoyado por la alianza con Alemania, y que la lenta extirpacin de los sentimientos germnicos tena, hasta cierto punto por lo menos, la aquiescencia de la propia Alemania. La hipocresa de los Habsburgos, con la que se pretenda dar en el extranjero la apariencia de que Austria todava continuaba siendo un Estado alemn, haca acrecentar
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 14 el odio contra la Casa Real Austraca hasta alcanzar la indignacin y, al mismo tiempo, el desprecio. Slo en el Reich nada vean de todo eso. Como alcanzados por la ceguera, caminaban al lado de un cadver y, en los sntomas de descomposicin, crean descubrir indicios de nueva vida. En la desgraciada alianza del joven Imperio Alemn con el ilusorio Estado austraco, radic el germen de la Guerra Mundial y tambin de la ruina. En el curso de este libro he de ocuparme con detenimiento del problema. Por ahora, bastar establecer que ya en mi primera juventud haba llegado a una conviccin, que despus jams desech y que ms bien se profundiz con el tiempo: era la apreciacin de que la seguridad inherente a la vida del germanismo supona la anexin de Austria y que, adems, el sentir nacional no coincida en nada con el de la Dinasta. Finalmente, que la Casa de Habsburgo estaba predestinada a hacer la desgracia de la Nacin alemana. Ya entonces saqu las conclusiones de aquella experiencia: Amor ardiente para mi Patria austro-alemana y odio profundo contra el Estado austraco. De la misma forma como en poca temprana me volv revolucionario, tambin me hice artista. La capital de la Alta Austria posea en otro tiempo un teatro que no era malo. En l se representaba casi todo. A los doce aos vi por primera vez "Guillermo Tell" y, algunos meses despus, "Lohengrin", la primera pera a la que asist en mi vida. Me sent inmediatamente cautivado por la Msica. El entusiasmo juvenil por el Maestro de Bayreuth no conoca lmites. Cada vez ms me senta atrado por su obra, y considero hoy una felicidad especial que la manera modesta en la que fueron representadas las obras en la capital de provincia me hubiese dejado la posibilidad de incrementar mi entusiasmo en posteriores representaciones ms perfectas. Todo esto fortificaba mi profunda aversin por la profesin que mi padre me haba escogido. Esa animadversin creci al rebasar la edad infantil, la que para m estuvo llena de pesares. Cada vez ms me convenca que nunca sera feliz como empleado pblico. Despus de que, en la Realschule, mis dotes de dibujante fueran reconocidas, mi resolucin se afirm ms todava. Ni ruegos ni amenazas seran capaces de modificar esta decisin. Yo quera ser pintor, y de ninguna manera funcionario pblico. Y, cosa singular, con el transcurrir de los aos aumentaba cada vez ms mi inters por la Arquitectura. Consideraba eso, en aquel tiempo, como un complemento natural de mi inclinacin hacia la pintura y me regocijaba ntimamente con ese desarrollo de mi formacin artstica. Qu otra cosa, contraria a sta, viniese a acontecer, no lo imaginaba. * La cuestin de mi futura profesin deba resolverse ms pronto de lo que yo esperaba. A la edad de trece aos perd repentinamente a mi padre. Un ataque de apopleja trunc la existencia del hombre, todava vigoroso, dejndonos sumidos en el ms hondo dolor. Lo que ms anhelaba, esto es, facilitar la existencia de su hijo, para ahorrarle en la
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 15 vida las dificultades que l mismo experiment, no haba sido alcanzado en su opinin. Apenas sin saberlo, l sent las bases de un futuro que no habamos previsto ni l ni yo. Al principio, nada cambi exteriormente. Mi madre, siguiendo el deseo de mi difunto padre, se senta obligada a fomentar mi instruccin; es decir, mi preparacin para la carrera de funcionario. Yo, personalmente, me hallaba decidido ms que nunca a no seguir de ningn modo esa carrera. A la vez, la Realschule, por las materias estudiadas o por el modo de ensearlas, se alejaba de mi ideal y me volva indiferente al estudio. Y he aqu que una enfermedad vino en mi ayuda, y, en pocas semanas, decidi mi futuro, poniendo trmino a la constante controversia en la casa paterna. Una grave afeccin pulmonar hizo que el mdico aconsejase a mi madre, con el mayor empeo, de no permitir en absoluto que en el futuro me dedicara a trabajos de oficina. La asistencia a la Realschule debera suspenderse tambin por lo menos durante un ao. Aquello que durante tanto tiempo deseaba y por lo que tanto luch, ahora por esa razn, de una vez por todas, se transform en realidad. Mi madre, bajo la impresin de la dolencia que me aquejaba, acab por resolver mi salida del colegio para hacer que ingresara en una academia. Felices das aqullos que me parecieron un bello sueo! En efecto, no debieron ser ms que un sueo, porque dos aos despus la muerte de mi madre vino a poner un brusco fin a mis acariciados planes. Este amargo desenlace cerr un largo y doloroso perodo de enfermedad, que desde el comienzo haba ofrecido pocas esperanzas de curacin; con todo, el golpe me afect profundamente. A mi padre lo vener, pero por mi madre haba sentido adoracin. La miseria y la dura realidad me obligaron a adoptar una pronta resolucin. Los escasos recursos que dejara mi pobre padre fueron agotados en su mayor parte durante la grave enfermedad de mi madre, y la pensin de hurfano que me corresponda no alcanzaba ni para subvenir a mi sustento; me hallaba, por tanto, sometido a la necesidad de ganarme de cualquier modo el pan cotidiano. Llevando en una mano una maleta con ropa y en el corazn una voluntad inquebrantable, sal rumbo a Viena. Tena la esperanza de obtener del Destino lo que haca 50 aos le haba sido posible a mi padre; tambin yo quera llegar a ser "alguien", pero, en ningn caso, funcionario.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 16 Captulo II. LAS EXPERIENCIAS DE MI VIDA EN VIENA. Cuando mi madre muri, mi Destino en cierto sentido ya se haba definido. En sus ltimos meses de sufrimiento haba ido a Viena para realizar el examen de ingreso en la Academia. Cargado con un grueso bloque de dibujos, me dirig a la capital austraca convencido de poder aprobar el examen sin dificultad. En la Realschule era ya, sin ninguna duda, el primero de la clase en el dibujo artstico. Desde aquel tiempo hasta entonces mi aptitud se haba desarrollado extraordinariamente de manera que, satisfecho de m mismo, orgulloso y feliz, esperaba obtener el mejor resultado en la prueba a la que me iba a someter. Slo me afliga una cosa: mi talento para la pintura pareca superado por mi aficin al dibujo, sobre todo en el campo de la Arquitectura. Al mismo tiempo, creca mi inters cada vez ms por el arte de las construcciones. Ms intenso se volvi ese inters cuando, a los diecisis aos an no cumplidos, efectu mi primera visita a Viena, estancia que se prolong durante dos semanas. Fui a la capital a estudiar la galera de pintura del Hofmuseum, pero prcticamente slo me interesaba el propio edificio que albergaba el museo. Transcurra la jornada entera, desde la maana hasta la noche, recorriendo con la mirada todas las bellezas contenidas en l, aunque en realidad fueron los edificios los que ms poderosamente llamaron mi atencin. Pasaba largas horas parado ante la pera, o delante del edificio del Parlamento. La calle Ring (Ringstrasse) era como un cuento de las mil y una noches. Me encontraba ahora, por segunda vez, en la gran ciudad y esperaba con ardiente impaciencia, y al mismo tiempo con orgullosa confianza, el resultado de mi examen de ingreso. Estaba tan plenamente convencido del xito de mi examen que el suspenso me hiri como un rayo que cayese del cielo. Era, sin embargo, una amarga realidad. Cuando habl con el director para preguntarle por las causas de mi no admisin en la escuela pblica de pintura, me declar que, por los dibujos que haba presentado, se evidenciaba mi ineptitud para la pintura y que mis cualidades apuntaban ntidamente hacia la Arquitectura. En mi caso, aadi, el problema no era de Academia de Pintura sino de Escuela de Arquitectura. Es incomprensible, en vista de aquello, que hasta hoy no haya frecuentado nunca ninguna escuela de Arquitectura, y ni siquiera haya asistido a clase alguna. Abatido, abandon el soberbio edificio de la Schillerplatz, sintindome, por primera vez en mi vida, en lucha conmigo mismo. Lo que el director me haba dicho respecto a mi capacidad actu sobre m como un rayo deslumbrante para evidenciar una lucha interior que, desde haca mucho tiempo, vena soportando, sin hasta entonces poder darme cuenta del porqu y del cmo. Me convenc de que un da llegara a ser arquitecto. El camino era dificilsimo, pues lo que yo, por capricho, haba esquivado aprender en la escuela profesional, iba a hacerme falla ahora. La asistencia a la Escuela de Arquitectura dependa de la asistencia a la escuela tcnica de construccin, y el acceso a la misma exiga el examen de madurez de la escuela secundaria. Todo ello me faltaba. Dentro de las posibilidades humanas, no me era fcil esperar la realizacin de mis sueos de artista.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 17 Al morir mi madre fui a Viena por tercera vez, y permanec all algunos aos. La tranquilidad y una firme resolucin haban vuelto a m en el curso de aquel intervalo. La antigua obstinacin se impona, y con ella la persistencia en la realizacin de mi objetivo. Quera ser arquitecto, y como las dificultades no se dan para capitular ante ellas, sino para ser vencidas, mi propsito fue superarlas, teniendo presente el ejemplo de mi padre que, de humilde muchacho aldeano, lograra hacerse un da funcionario del Estado. Las circunstancias me eran desde luego ms propicias, y lo que entonces me pareciera una jugada del Destino, lo considero hoy una sabidura de la Providencia. En brazos de la "Diosa Miseria" y amenazado ms de una vez de verme obligado a claudicar, creci mi voluntad para resistir, hasta que triunf. Debo a aquellos tiempos mi dura resistencia de hoy y la inflexibilidad de mi carcter. Pero ms que todo, doy todava mayor valor al hecho de que aquellos aos me sacaran de la vacuidad de una vida cmoda para arrojarme al mundo de la miseria y de la pobreza, donde deb conocer a aquellos por quienes luchara despus. En aquella poca deb tambin abrir los ojos frente a dos peligros que antes apenas si los conoca de nombre, y que nunca pude pensar que llegasen a tener tan espeluznante trascendencia para la vida del pueblo alemn: el MARXISMO y el JUDASMO. Viena, la ciudad que para muchos simboliza la alegra y el medio ambiente de gentes satisfechas, para m significa, por desgracia, slo el vivo recuerdo de la poca ms amarga de mi vida. Hoy mismo Viena me evoca tristes pensamientos. Cinco aos de miseria y de calamidad encierra esa ciudad feacia para m. Cinco largos aos en cuyo transcurso trabaj primero como pen y luego como pequeo pintor, para ganar el miserable sustento diario, tan verdaderamente miserable que nunca alcanzaba a mitigar el hambre; el hambre, mi ms fiel guardin que casi nunca me abandonaba, compartiendo conmigo inexorable todas las circunstancias de mi vida. Si compraba un libro, exiga su tributo; adquirir una entrada para la pera, significaba tambin das de privacin. Qu constante era la lucha con tan despiadado compaero! Sin embargo, en ese tiempo aprend ms que en cualquier otra poca de mi vida. Adems de mi trabajo y de las raras visitas a la pera, realizadas a costa del sacrificio del estmago, mi nico placer lo constitua la lectura. Mis libros me deleitaban. Lea mucho y concienzudamente en todas mis horas de descanso. As pude en pocos aos cimentar los fundamentos de una preparacin intelectual de la cual hoy mismo me sirvo. Pero hay algo ms que todo eso: En aquellos tiempos me form un concepto del mundo, concepto que constituy la base grantica de mi proceder de esa poca. A mis experiencias y conocimientos adquiridos entonces, poco tuve que aadir despus; nada fue necesario modificar. Por el contrario. Hoy estoy firmemente convencido de que en general todas las ideas constructivas, si es que realmente existen, se manifiestan, en principio, ya en la juventud. Yo establezco diferencia entre la sabidura de la vejez y la genialidad de la juventud; la primera slo puede apreciarse por su carcter ms bien minucioso y previsor, como resultado de las experiencias de una larga vida, en tanto que la segunda se caracteriza por una inagotable fecundidad en pensamientos e ideas que, por su amplitud, no son susceptibles de elaboracin inmediata. Esas ideas y esos pensamientos permiten la concepcin de futuros proyectos y dan los materiales de construccin, entre los cuales la sesuda vejez toma los elementos y los forja para llevar a cabo la obra, siempre que la llamada sabidura de la
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 18 vejez no haya ahogado la genialidad de la juventud. Mi vida en el hogar paterno se diferenci poco o nada de la de los dems. Sin preocupaciones poda esperar todo nuevo amanecer, y no existan para m los problemas sociales. El ambiente que rode mi juventud era el de los crculos de la pequea burguesa; es decir, un mundo que muy poca conexin tena con la clase netamente obrera, pues aunque a primera vista resulta paradjico el abismo que separa a estas dos categoras sociales, que de ningn modo gozan de una situacin econmica desahogada, es a menudo ms profundo de lo que uno puede imaginarse. El origen de esto - llammosle belicosidad - radica en que el grupo social que no hace mucho saliera del seno de la clase obrera, siente el temor de descender a su antiguo nivel, o que se le considere como perteneciente todava a ese grupo. A esto hay que aadir que para muchos es amargo el recuerdo de 1A miseria cultural de la clase proletaria y del trato grosero de esas gentes entre s, con lo cual, por insignificante que sea su nueva posicin social, llega a hacrseles insoportable todo contacto con gentes de un nivel cultural ya superado por ellos. As ocurre que lo que el parvenu1 considera terrible, es frecuente entre personas de elevada situacin que, descendiendo de su rango, caen hasta lo ms bajo; pues parvenu es todo el que por propio esfuerzo sale de la clase social en que vive, para situarse en un nivel superior. Ese batallar, con frecuencia muy rudo, acaba por destruir el sentimiento de conmiseracin. La propia dolorosa lucha por la existencia anula toda comprensin para la miseria de los que quedan relegados. En este orden quiso el Destino ser magnnimo conmigo. Al constreirme a volver a ese mundo de pobreza y de incertidumbre que mi padre abandonara en el curso de su vida, me libr de una educacin limitada, propia de la pequea burguesa. Empezaba a conocer a los hombres, y aprend a distinguir los valores aparentes y, en caracteres exteriores brutales, su verdadera mentalidad y la esencia ntima de las cosas. Al finalizar el siglo XIX, Viena se contaba ya entre las ciudades de condiciones sociales ms desfavorables. Riqueza fastuosa y repugnante miseria caracterizaban el conjunto de la vida en Viena. En los barrios centrales se senta manifiestamente el pulsar de un pueblo de 52 millones de habitantes con toda la dudosa fascinacin de un Estado de nacionalidades diversas. La vida de la Corte, con su boato deslumbrante, obraba como un imn sobre la riqueza y la clase intelectual del resto del Imperio. A tal estado de cosas se sumaba la fuerte centralizacin de la Monarqua de los Habsburgos, y en ello radicaba la nica posibilidad de mantener compacta esa promiscuidad de pueblos, resultando por consiguiente una concentracin extraordinaria de autoridades y oficinas pblicas en la capital y sede del Gobierno. Sin embargo, Viena no era slo el centro poltico e intelectual de la vieja Monarqua del Danubio, sino que constitua tambin su centro econmico. Frente al enorme conjunto de oficiales de alta graduacin, funcionarios, artistas y cientficos, haba un ejrcito mucho ms numeroso de proletarios, y frente a la riqueza de la aristocracia y del comercio reinaba una degradante miseria. Delante de los palacios de la Ringstrasse pululaban miles de desocupados, y en los trasfondos de esa "Via Triumphalis" de la antigua Austria, vegetaban vagabundos en la penumbra y entre el barro de los canales. 1 Advenedizo.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 19 En ninguna ciudad alemana poda estudiarse mejor que en Viena el problema social. Pero no hay que confundir. Ese "estudio" no se deja hacer desde "arriba", porque aquel que no haya estado al alcance de la terrible serpiente de la miseria jams llegar a conocer sus fauces ponzoosas. Cualquier otro camino lleva tan slo a una charlatanera banal o a un mentido sentimentalismo; ambos igualmente perjudiciales, la una porque nunca logra penetrar el problema en su esencia, y el otro porque no llega ni a rozarla. No s qu sea ms funesto: si la actitud de no querer ver la miseria, como lo hace la mayora de los favorecidos por la suerte, o encumbrados por su propio esfuerzo, o la de aquellos no menos arrogantes y a menudo faltos de tacto, pero dispuestos siempre a dignarse aparentar, como ciertas seoras "a la moda", que comprenden la miseria del pueblo. Esas gentes hacen siempre ms dao del que puede concebir su comprensin desarraigada del instinto humano; de ah que ellas mismas se sorprendan ante el resultado nulo de su accin de "sentido social" y hasta sufran la decepcin de un airado rechazo, que acaban de considerar como una prueba de ingratitud del pueblo. No cabe en el criterio de tales gentes comprender que una accin social no puede exigir el tributo de la gratitud, porque ella no prodiga mercedes, sino que est destinada a restablecer derechos. Llevado por las circunstancias al escenario real de la vida, deb sufrir el problema social en forma directa. Lejos de prestarse ste a que yo lo "conociese", pareci querer ms bien experimentar su prueba en m mismo, y si de ella sal airoso, esto no fue, por cierto, un mrito de la prueba. En aquel tiempo, la mayora de las veces me era muy difcil encontrar empleo, dado que no era obrero especializado, pero deba ganarme el pan de cada da como ayudante y muchas veces como trabajador eventual. Me pona, por eso, en la situacin de los que limpian el polvo de Europa, con el propsito inamovible de, en un Nuevo Mundo, crear una nueva vida, construir una nueva Patria. Liberados de todos los conceptos hasta aqu errados sobre profesin, ambiente y tradiciones, se aferran a cualquier ganancia que se les brinda, realizando toda clase de trabajos, luchando siempre, con la conviccin de que ninguna actividad envilece, sea cual fuere su naturaleza. De la misma manera estaba tambin personalmente decidido a volcarme en cuerpo y alma en el mundo para m nuevo y abrirme un camino luchando. En Viena me di cuenta de que siempre exista la posibilidad de encontrar alguna ocupacin, pero que sta desapareca con la misma facilidad con que era conseguida. La inseguridad de ganarme el pan cotidiano se me apareci como la ms grave dificultad de mi nueva vida. Bien es cierto que el obrero calificado no es despedido de su trabajo tan llanamente como uno que no lo es; mas aqu tampoco est libre de correr igual suerte. Entre stos, junto a la prdida del pan por falta de trabajo, puede concurrir el chmage2 (la huelga). En estos casos, la inseguridad de ganar el pan cotidiano tiene fuertes repercusiones sobre toda la economa. El labrador que se dirige a las grandes ciudades, atrado por el trabajo que imagina fcil, o que lo es realmente, pero siempre trabajo de corta duracin, o el que es atrado por el esplendor de la gran ciudad, en la mayora de los casos todava est acostumbrado a una cierta seguridad en relacin con los alimentos bsicos, por regla 2 Desempleo. Del francs.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 20 general abandona los antiguos empleos cuando tiene otro puesto, al menos en perspectiva. La falta de trabajadores del campo es grande y, por eso, la probabilidad de falta de trabajo es all muy pequea. Es por tanto un error creer que el joven trabajador que se dirige a la ciudad sea inferior al que permanece trabajando en el pueblo. La experiencia demuestra que acontece lo contrario con todos los elementos de emigracin, cuando son sanos y activos. Entre esos emigrantes se deben contar no slo los que van para Amrica, sino tambin los jvenes que se deciden a abandonar su pueblo para dirigirse a las grandes capitales desconocidas. stos tambin estn dispuestos a aceptar una suerte incierta. La mayora trae algn dinero, y por eso no se ven en la contingencia de ser arrastrados a la desesperacin durante los primeros das, si por desgracia no encuentran trabajo. Lo peor es sin embargo, cuando pierden en poco tiempo el trabajo que haban encontrado. Conseguir otro, sobre todo en invierno, es difcil, si no imposible. En las primeras semanas la situacin es todava soportable, pues recibe de la caja del sindicato la proteccin dada a su trabajo y pasa como puede los das de desempleo. Cuando su ltimo centavo est gastado, cuando la caja, como consecuencia de la dilatada duracin de la falta de trabajo, tambin suspende los subsidios, viene la gran miseria. Entonces, famlico, deambula para arriba y para abajo, empea o vende las prendas que an le quedan y cada vez se le nota ms la falta de ropas. Se hunde en un abismo que acaba envenenndole el cuerpo y el alma. Se queda sin casa, en la calle y, si esto ocurre en pleno invierno como es lo corriente, entonces la miseria aumenta. Finalmente, encuentra algn trabajo, pero el juego se repite siempre. Una segunda vez las cosas sucedern como la primera; a la tercera, se volvern todava ms difciles y as, poco a poco, aprende a soportar con indiferencia la eterna inseguridad. Por fin, la repeticin adquiere fuerza de hbito. De esta forma el hombre, en otro tiempo diligente, abandona por completo su antigua concepcin de la vida, para poco a poco transformarse en un instrumento ciego de aquellos que le utilizan para la satisfaccin de los ms bajos provechos. Sin ninguna culpa por su parte, se qued tantas veces sin trabajo que, una vez ms, nada le importa. As, cuando no se trata de la lucha por los derechos econmicos del trabajador, sino de la destruccin de los valores polticos, sociales o culturales, se convertir entonces, si no en un entusiasta de las huelgas, al menos en indiferente. Esa evolucin tuve la oportunidad de observarla en su desarrollo, con mucha atencin, en millares de ejemplos. Cuanto ms observaba estos hechos, tanto ms creca mi aversin por las ciudades multitudinarias que apiaban a los trabajadores, para despus despreciarlos tan cruelmente. Ciudades habitadas por hombres llenos de codicia. Tambin yo deb en la gran urbe experimentar en carne propia los efectos de ese Destino y sufrirlos moralmente. Algo ms me fue dado observar todava: la brusca alternativa entre la ocupacin y la falta de trabajo y la consiguiente eterna fluctuacin entre los ingresos y los gastos, que en muchos destruye a la larga el sentido de economa, as como la nocin para un modo razonable de vida. Parece que el organismo humano se acostumbra paulatinamente a vivir en la abundancia en los buenos tiempos y a sufrir de hambre en los malos. El hambre destruye todos los proyectos de los trabajadores en el sentido de un mejor y ms razonable modus vivendi. En los buenos tiempos se dejan acariciar por el sueo de una
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 21 vida mejor, sueo que arrastra de tal manera su existencia que olvidan las pasadas privaciones, despus que reciben sus salarios. As se explica que aquel que apenas ha logrado conseguir trabajo, olvida toda previsin y vive tan desordenadamente que hasta el pequeo presupuesto semanal del gasto domstico resulta alterado; al principio, el salario alcanza en lugar de siete das, slo para cinco; despus nicamente para tres y, por ltimo, escasamente para un da, despilfarrndolo todo en una noche. A menudo la mujer y los hijos se contaminan de esa vida, especialmente si el padre de familia es en el fondo bueno con ellos y los quiere a su manera. Resulta entonces que en dos o tres das se consume en casa el salario de toda la semana. Se come y se bebe mientras el dinero alcanza, para despus de todo soportar hambre durante los ltimos das. La mujer recurre entonces a la vecindad y contrae pequeas deudas para pasar los malos das del resto de la semana. A la hora de la cena se renen todos en torno a una pauprrima mesa, esperan impacientes el pago del nuevo salario y suean ya con la felicidad futura, mientras el hambre arrecia. As se habitan los hijos desde su niez a este cuadro de miseria. Pero el caso acaba siniestramente cuando el padre de familia desde un comienzo sigue su camino solo, dando lugar a que la madre, precisamente por amor a sus hijos, se ponga en contra. Surgen disputas y escndalos en una medida tal, que cuanto ms se aparta el marido del hogar ms se acerca al vicio del alcohol. Se embriaga casi todos los sbados y entonces la mujer, por espritu de propia conservacin y por la de sus hijos, tiene que arrebatarle unos pocos cntimos, y esto muchas veces en el trayecto de la fbrica a la taberna; y as, por fin, el domingo o el lunes llega el marido a casa, ebrio y brutal, despus de haber gastado el ltimo cntimo, y se suscitan escenas horribles. En ciertos casos observ de cerca esa vida, vindola al principio con repugnancia y protesta, para despus comprender en toda su magnitud la tragedia de semejante miseria y sus causas fundamentales. Vctimas infelices de las malas condiciones de vida! Esa evolucin tuve la oportunidad de observarla en su desarrollo, con mucha atencin, en millares de ejemplos. Cuanto ms observaba estos hechos, tanto ms creca mi aversin por las ciudades multitudinarias que apiaban a los trabajadores, para despus despreciarlos tan cruelmente. Ciudades habitadas por hombres llenos de codicia. Tambin yo deb en la gran urbe experimentar en carne propia los efectos de ese Destino y sufrirlos moralmente. Algo ms me fue dado observar todava: la brusca alternativa entre la ocupacin y la falta de trabajo y la consiguiente eterna fluctuacin entre los ingresos y los gastos, que en muchos destruye a la larga el sentido de economa, as como la nocin para un modo razonable de vida. Parece que el organismo humano se acostumbra paulatinamente a vivir en la abundancia en los buenos tiempos y a sufrir de hambre en los malos. El hambre destruye todos los proyectos de los trabajadores en el sentido de un mejor y ms razonable modus vivendi. En los buenos tiempos se dejan acariciar por el sueo de una vida mejor, sueo que arrastra de tal manera su existencia que olvidan las pasadas privaciones, despus que reciben sus salarios. As se explica que aquel que apenas ha logrado conseguir trabajo, olvida toda previsin y vive tan desordenadamente que hasta el pequeo presupuesto semanal del gasto domstico resulta alterado; al principio, el salario alcanza en lugar de siete das, slo para cinco; despus nicamente para tres y, por ltimo, escasamente para un da, despilfarrndolo todo en una noche. A menudo la mujer y los hijos se contaminan de esa vida, especialmente si el padre de familia es en el fondo bueno con ellos y los quiere a su manera. Resulta
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 22 entonces que en dos o tres das se consume en casa el salario de toda la semana. Se come y se bebe mientras el dinero alcanza, para despus de todo soportar hambre durante los ltimos das. La mujer recurre entonces a la vecindad y contrae pequeas deudas para pasar los malos das del resto de la semana. A la hora de la cena se renen todos en torno a una pauprrima mesa, esperan impacientes el pago del nuevo salario y suean ya con la felicidad futura, mientras el hambre arrecia. As se habitan los hijos desde su niez a este cuadro de miseria. Pero el caso acaba siniestramente cuando el padre de familia desde un comienzo sigue su camino solo, dando lugar a que la madre, precisamente por amor a sus hijos, se ponga en contra. Surgen disputas y escndalos en una medida tal, que cuanto ms se aparta el marido del hogar ms se acerca al vicio del alcohol. Se embriaga casi todos los sbados y entonces la mujer, por espritu de propia conservacin y por la de sus hijos, tiene que arrebatarle unos pocos cntimos, y esto muchas veces en el trayecto de la fbrica a la taberna; y as, por fin, el domingo o el lunes llega el marido a casa, ebrio y brutal, despus de haber gastado el ltimo cntimo, y se suscitan escenas horribles. En ciertos casos observ de cerca esa vida, vindola al principio con repugnancia y protesta, para despus comprender en toda su magnitud la tragedia de semejante miseria y sus causas fundamentales. Vctimas infelices de las malas condiciones de vida! Igualmente tristes eran tambin las condiciones de habitabilidad. La escasez de casas para los ayudantes de pen en Viena era deprimente. Todava hoy recorre mi cuerpo un escalofro cuando pienso en aquellas ttricas madrigueras, los albergues y las habitaciones colectivas, en aquellos sombros cuadros de suciedad y de escndalos. Qu no podra salir de ah, cuando de esos antros de miseria los esclavos enfurecidos se lanzasen sobre la otra parte de la humanidad, exenta de cuidados y despreocupada? S, porque el resto del mundo no se preocupa, dejando que las cosas sigan su curso, sin pensar que, por su falta de humanidad, la venganza llegar ms tarde o ms temprano, si a tiempo los hombres no modificaren esa triste realidad. Cunto agradezco hoy a la Providencia haberme hecho vivir esa escuela; en ella no me fue posible prescindir de aquello que no era de mi complacencia. Esa escuela me educ pronto y con rigor. Para no desesperar de la clase de gentes que por entonces me rodeaba fue necesario que aprendiese a diferenciar entre su verdadero ser y su vida. Slo as se poda soportar ese estado de cosas, comprendiendo que como resultado de tanta miseria, inmundicia y degeneracin, no eran ya seres humanos, sino el triste producto de leyes injustas. En medio de ese ambiente, tambin mi propia dura suerte me libr de capitular en quejumbroso sentimentalismo ante los resultados de un proceso social semejante. No, eso no debera ser comprendido as. Ya en aquellos tiempos llegu a la conclusin de que slo un doble procedimiento poda conducir a modificar la situacin existente: Establecer mejores condiciones para nuestro desarrollo, a base de un profundo sentimiento de responsabilidad social, aparejado con la frrea decisin de anular a los depravados incorregibles. Del mismo modo que la Naturaleza no concentra su mayor energa en el mantenimiento de lo existente, sino ms bien en la seleccin de la descendencia como conservadora de la especie, as tambin en la vida humana no puede tratarse de mejorar artificialmente lo malo subsistente - cosa de suyo imposible en un 99 por ciento de los casos, dada la ndole del hombre - sino por el contrario debe procurarse asegurar bases ms sanas para un ciclo de desarrollo venidero.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 23 En Viena, durante mi lucha por la existencia, me di cuenta de que la obra de accin social jams puede consistir en un ridculo e intil lirismo de beneficencia, sino en la eliminacin de aquellas deficiencias que son fundamentales en la estructura econmico-cultural de nuestra vida y que constituyen el origen de la degeneracin del individuo, o por lo menos de su mala inclinacin. La razn de la manera dudosa de proceder hoy frente a "los delitos de los enemigos del Estado" yace justamente en la incertidumbre del juicio sobre los motivos ntimos, o las causas principales de los fenmenos contemporneos. Esa incertidumbre est fundada en la conviccin de culpabilidad de cada cual en las tragedias del pasado, e inutiliza toda seria y firme resolucin. Causa al mismo tiempo la debilidad y la indecisin en la ejecucin incluso de las ms necesarias medidas de conservacin. Cuando advenga un tiempo no ms empaado por la sombra de esa mala conciencia de la propia culpabilidad, entonces el instinto de conservacin de s mismo crear la tranquilidad ntima, la fuerza exterior para poder actuar sin contemplaciones en la eliminacin de los brotes dainos de la mala hierba. El Estado austraco desconoca prcticamente una legislacin social, y de ah su ineptitud patente para reprimir hasta las ms crasas transgresiones. No sabra decir qu es lo que ms me horroriz en aquel tiempo: s la miseria econmica de mis compaeros de entonces, su rudeza moral o su nfimo nivel cultural. Con qu frecuencia se exalta de indignacin nuestra burguesa cuando oye decir a un vagabundo cualquiera que le es lo mismo ser alemn o no serlo, y que se siente igualmente bien en todas partes, con tal de tener para su sustento! Esta falta de "orgullo nacional" es lamentada entonces hondamente y se vitupera con acritud semejante modo de pensar. Cuntos, no obstante, se habrn hecho la pregunta sobre cules eran las causas de tener ellos "mejores" sentimientos? Sin embargo, cuntos son los que poseen recuerdos personales sobre la grandeza de la Patria, de la Nacin, en todas las manifestaciones de la vida artstica y cultural y que les inspiren el legtimo orgullo de poder formar parte de un pueblo as capaz? Reflexionan acaso nuestras gentes burguesas en qu mnima escala se le dan al pueblo los elementos inherentes al sentimiento de orgullo nacional? Cuntos piensan que la fuente de ese orgullo est en relacin directa con el conocimiento de las grandezas de la Patria en todos los dominios? Nadie se disculpe con el argumento de que "en otros pases las cosas suceden de igual manera" y que, no obstante, el trabajador siente orgullo de su nacionalidad. Aunque eso fuera as, no podra servir como excusa para nuestra propia negligencia. Lo que nosotros siempre pintamos como una educacin "chauvinista" de los franceses, por ejemplo, no es ms que la exaltacin de las grandezas de rancia, en todos los mbitos de la cultura, o de la "civilizacin", como la denominan nuestros vecinos. El joven francs no es educado para la objetividad, sino para las opiniones subjetivas, que la gente slo puede valorar cuando se trata de la significacin de las grandezas polticas o culturales de su Patria. Esa educacin tendr que estar siempre restringida a los grandes y generales puntos de vista que, si fuere necesario, por medio de una incansable repeticin, se graben en la memoria y en los sentimientos del pueblo.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 24 Entre nosotros, en cambio, a los errores por omisin se aade incluso la des- truccin de lo poco que el individuo tiene la suerte de aprender en la escuela. El envenenamiento poltico de nuestro pueblo elimina aun de la memoria de las grandes masas todo aquello que la necesidad y los sufrimientos no hayan hecho ya. Reflexinese sobre lo siguiente: En un stano, compuesto por dos habitaciones oscuras, vive una familia proletaria de siete miembros. Entre los cinco hijos, supongamos que hay uno de tres aos. Es sta la edad en que la conciencia del nio recibe las primeras impresiones. Entre los ms dotados se encuentran, incluso en la edad adulta, huellas del recuerdo de esa edad. El espacio demasiado estrecho para tanta gente no ofrece condiciones favorables para la convivencia. Slo por este motivo surgirn frecuentes rias y disputas. Las personas no viven unas con otras, sino que se comprimen contra otras. Todas las divergencias, sobre todo las pequeas, que en las habitaciones espaciosas pueden ser resueltas en voz baja, conducen en estas condiciones a repugnantes e interminables peleas. Para los nios eso es an soportable, pues en tales circunstancias, si pelean entre ellos, olvidan todo deprisa y completamente. Si, no obstante, la ria se trasplanta a los padres, de forma cotidiana, en un recinto pequeo y groseramente, el resultado se har sentir entre los hijos. Quien desconoce tales ambientes difcilmente puede hacerse una idea del efecto de esa leccin objetiva, cuando esa discordia recproca adopta la forma de groseros abusos del padre para con la madre y hasta de malos tratos en los momentos de embriaguez. A los seis aos, ya el joven conoce cosas deplorables, ante las cuales incluso un adulto slo puede sentir horror. Envenenado moralmente, mal alimentado, con la pobre cabeza llena de piojos, ese joven "ciudadano" entra en la escuela. Apenas aprender a leer y escribir. Eso es casi todo. En cuanto a estudiar en casa, ni hablar de ello. En presencia de los hijos, madre y padre hablan de la escuela de tal manera que no se puede ni siquiera repetir y estn siempre ms preparados a soltar groseras que a poner a los hijos en las rodillas y darles consejos. Lo que las criaturas oyen en casa no conduce a fortalecer el respeto hacia las personas con las que van a convivir. All nada de bueno parece existir en la Humanidad; todas las instituciones son combatidas, desde el profesor hasta las magistraturas ms elevadas del Estado. Ya se trate de religin o de moral en s, del Gobierno o de la sociedad, todo es igualmente ultrajado de la manera ms torpe y arrastrado al fango de los ms bajos sentimientos. Cuando el muchacho, apenas con catorce aos, sale de la escuela, es difcil saber lo que es ms fuerte en l: la increble estupidez de lo que dice respecto a los conocimientos reales, o la imprudencia de sus actitudes, unida a una inmoralidad que, en aquella edad, hace poner los pelos de punta. Ese hombre, para quien ya casi nada es digno de respeto, que nada grande aprendi a conocer, que, por el contrario, slo sabe de todas las vilezas humanas, tal criatura, repetimos, qu posicin podr ocupar en la vida, en la que l est marginado? De nio, con trece aos, pas a los quince aos a ser un opositor a cualquier autoridad. Suciedad y ms suciedad es todo lo que aprendi. se no es el camino de estmulo para las aspiraciones ms elevadas. Ahora entra, por vez primera, en la gran escuela de la vida. Entonces comienza la misma existencia que durante los aos de la niez conoci de sus padres. Va de ac para all, vuelve a casa Dios sabe cundo, para variar golpea
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 25 incluso a la sufrida criatura que fue antao su madre, blasfema contra Dios y el mundo y, en fin, por cualquier motivo concreto, es condenado y conducido a una correccional de menores. All recibir los ltimos retoques. Y el mundo burgus se admira, sin embargo, de la falta de "entusiasmo nacional" de este joven "ciudadano". La burguesa ve tranquilamente cmo en el teatro y en el cine, y mediante la literatura obscena y la prensa inmunda, se echa sobre el pueblo da a da el veneno a borbotones. Y sin embargo se sorprenden esas gentes burguesas de la "falta de moral" y de la "indiferencia nacional" de la gran masa del pueblo, como si de esas manifestaciones asquerosas, de esos filmes canallescos y de tantos otros productos semejantes, surgiese para el ciudadano el concepto de la grandeza patria. Todo esto sin considerar la educacin ya recibida por el individuo en su primera juventud. Pude entonces comprender bien la siguiente verdad, en la que nunca antes haba pensado: El problema de la "nacionalizacin" de un pueblo consiste, en primer trmino, en crear sanas condiciones sociales como base de la educacin individual; porque slo aquel que haya aprendido en el hogar y en la escuela a apreciar la grandeza cultural y, ante todo, la grandeza poltica de su propia Patria, podr sentir y sentir el ntimo orgullo de ser sbdito de esa Nacin. Slo se puede luchar por aquello que se ama. Y se ama slo lo que se respeta, pudindose respetar nicamente aquello que se conoce. Apenas se despert mi inters por la cuestin social me dediqu a estudiar a fondo el problema. Y descubr un mundo nuevo. En los aos de 1909 y 1910 se haba producido tambin un pequeo cambio en mi vida. Ya no necesitaba ganarme el pan diario ocupado como pen. Por entonces trabajaba ya independientemente como modesto dibujante y acuarelista. Continuaba ganando muy poco -lo esencial para vivir-, pero en compensacin tena tiempo para perfeccionar la profesin que haba elegido. Ya no volva a casa por la noche, como antiguamente, cansado hasta el extremo, incapaz de echar un vistazo a un libro sin quedarme dormido al poco tiempo. Mi trabajo actual corra paralelo a mi profesin artstica. Poda, entonces, como dueo de mi tiempo, distribuirlo mejor que antes. De este modo me fue posible tambin lograr el complemento terico necesario para mi apreciacin ntima del problema social. Estudiaba con ahnco casi todo lo que poda encontrar en libros sobre esta compleja materia, para despus recrearme en mis propias meditaciones sobre el particular. Creo que los que convivan conmigo en aquel tiempo me tomaron por un tipo extrao. Era natural tambin que satisficiese con ardor mi pasin por la Arquitectura. Al lado de la Msica, la Arquitectura me pareca la reina de las artes. Mi actividad, en tales condiciones, no era un trabajo, sino un gran placer. Poda quedarme a leer o a dibujar hasta bien entrada la noche, sin sentir absolutamente cansancio. As se fortaleca la conviccin de que mi bello sueo, despus de largos aos, se transformaba en realidad. Estaba completamente convencido de llegar un da a alcanzar fama como arquitecto. Me pareca muy lgico tambin que tuviese el mximo inters por todo lo que se relacionase con la poltica. Eso era, en mi opinin, un deber natural de cada ser pensante. Quien nada entiende de poltica pierde el derecho a cualquier crtica y a cualquier reivindicacin.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 26 Tambin sobre este tema le y aprend mucho. Bajo el concepto de lectura, concibo cosas muy diferentes de lo que piensa la gran mayora de los llamados intelectuales. Conozco individuos que leen muchsimo, libro tras libro y letra por letra, y sin embargo no pueden ser tildados de "lectores". Poseen una multitud de "conocimientos", pero su cerebro no consigue ejecutar una distribucin y un registro del material adquirido. Les falta el arte de separar, en el libro, lo que es de valor y lo que es intil, conservar para siempre en la memoria lo que en verdad interesa, pudiendo saltarse y desechar lo que no les comporta ventaja alguna, para no retener lo intil y sin objeto. La lectura no debe entenderse como un fin en s misma, sino como medio para alcanzar un objetivo. En primer lugar, la lectura debe auxiliar la formacin del espritu, despertar las inclinaciones intelectuales y las vocaciones de cada cual. Enseguida, debe proveer el instrumento, el material de que cada uno tiene necesidad en su profesin, tanto para simple seguridad del pan como para la satisfaccin de los ms elevados designios. En segundo lugar, debe proporcionar una idea de conjunto del mundo. En ambos casos, es necesario que el contenido de cualquier lectura no sea aprendido de memoria de un conjunto de libros, sino que sea como pequeos mosaicos en un cuadro ms amplio, cada uno en su lugar, en la posicin que les corresponde, ayudando de esta forma a esquematizarlo en el cerebro del lector. De otra forma, resulta un bric--brac de materias memorizadas, enteramente intiles, que transforman a su poseedor en un presuntuoso, seriamente convencido de ser un hombre instruido, de entender algo de la vida, de poseer cultura, cuando la verdad es que con cada aumento de esa clase de conocimientos, ms se aparta del mundo, hasta que termina en un sanatorio o como poltico en un parlamento. Nunca un cerebro con esta formacin conseguir retirar lo que es apropiado para las exigencias de determinado momento, pues su lastre espiritual est encadenado no al orden natural de la vida, sino al orden de sucesin de los libros, cmo los ley y por la manera que amonton los asuntos en su mente. Cuando las exigencias de la vida diaria le reclaman el uso prctico de lo que en otro tiempo aprendi, entonces mencionar los libros y el nmero de las pginas y, pobre infeliz, nunca encontrar exactamente lo que busca. En las horas crticas, esos "sabios", cuando se ven en la dolorosa contingencia de encontrar casos anlogos para aplicar a las circunstancias de la vida, slo descubren remedios falsos. Quien posee, por esto, el arte de la buena lectura, al leer cualquier libro, revista o folleto, concentrar su atencin en todo lo que, a su modo de ver, merecer ser conservado durante mucho tiempo, bien porque sea til, bien porque sea de valor para la cultura general. Lo que se aprende por este medio encuentra su racional ligazn en el cuadro siempre existente de la representacin de las cosas, y, corrigiendo o reparando, aplicar con justeza la claridad del juicio. Si cualquier problema de la vida se presenta a examen, la memoria, por este arte de leer, podr recurrir al modelo de percepcin ya existente. As, todas las contribuciones reunidas durante decenas de aos y que dicen algo sobre ese problema son sometidas a una prueba racional en nuestra mente, hasta que la cuestin sea aclarada o contestada. Slo as la lectura tiene sentido y finalidad. Un lector, por ejemplo, que por ese medio no provea a su razn los materiales
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 27 necesarios, nunca estar en situacin de defender sus puntos de vista en una controversia, aunque correspondan los mismos mil veces a la verdad. En cada discusin la memoria le abandonar desdeosamente. No encontrar razonamientos ni para la firmeza de sus aseveraciones, ni para la refutacin de las ideas del adversario. En cuanto esto sucede, como en el caso de un orador, el ridculo de la propia persona todava se puede tolerar; de psimas consecuencias es, sin embargo, que esos individuos que saben "todo" y no son capaces de nada, sean colocados al frente de un Estado. Muy pronto me esforc por leer con mtodo y fui, de manera feliz, auxiliado por la memoria y por la razn. Observadas las cosas bajo ese aspecto, me fue fecundo y provechoso sobre todo el tiempo que pas en Viena. La experiencia de la vida diaria me serva de estmulo, siempre para nuevos estudios de los ms diversos problemas. Cuando, por fin, estuve en situacin de poder fundamentar la realidad en teora, y sacar la prueba de la teora en la prctica, estuve en condiciones de evitar el exceso de apego a la teora, o descender demasiado en la realidad. De esta forma la experiencia de la vida diaria en ese tiempo, en dos de los ms importantes problemas, aparte del social, se volvi definitiva y me sirvi de estmulo para el slido estudio terico. Quin puede saber si yo algn da me habra inclinado por profundizar en la teora y en la prctica del marxismo, si en otro tiempo no me hubiese roto le cabeza con ese problema? Era poco y muy errneo lo que yo saba en mi juventud acerca de la Socialdemocracia. Me entusiasmaba entonces que la Socialdemocracia proclamase el derecho al sufragio universal secreto. Mi razn me deca ya, por esto, que esa conquista debera llevar a un debilitamiento del rgimen de los Habsburgos tan odiado por m. Con la conviccin de que l "Estado Danubiano" nunca se mantendra sin el sacrificio del espritu alemn, y que una paulatina eslavizacin del elemento germnico en modo alguno ofrecera la garanta de un gobierno verdaderamente viable, pues la fuerza creadora del Estado de los eslavos es muy hipottica, vea con regocijo todo Movimiento que, en mi imaginacin, pudiera contribuir al desmembramiento de ese Estado con diez millones de alemanes, inviable y condenado a muerte. Cuanto ms dominara la palabrera en el Parlamento, ms prxima debera estar la hora de la ruina de dicho Estado babilonio, y, con ella, tambin la hora de la liberacin de mis compatriotas austro-alemanes. Slo de esta manera se podra volver a la antigua unin con la Madre Patria. Por eso, la actividad de la Socialdemocracia no me era antiptica. Adems, mi ingenua concepcin de entonces me haca creer tambin que era mrito suyo empearse en mejorar las condiciones de vida del obrero, por lo que me pareci ms oportuno hablar en su favor que en contra. Pero lo que me repugnaba era su actitud hostil en la lucha por la conservacin del germanismo, la deplorable inclinacin a favor de los "camaradas eslavos", los que slo aceptaban ese apelativo cuando iba acompaado de concesiones prcticas, repelindolo arrogantes y orgullosos cuando no vean inters personal alguno. Daban, as, al rastrero mendigo la paga que se mereca. Hasta la edad de los 17 aos la palabra "marxismo" no me era familiar, y los trminos "socialdemocracia" y "socialismo" me parecan idnticos. Fue necesario que el Destino obrase tambin aqu, abrindome los ojos ante un engao tan inaudito para la Humanidad.
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 28 Si antes haba yo conocido el Partido Socialdemcrata slo como simple espectador en algunos de sus mtines, sin penetrar en la mentalidad de sus adeptos, o en la esencia de sus doctrinas, bruscamente deba ahora ponerme en contacto con los productos de aquella "ideologa". Y lo que quizs slo despus de decenios hubiese ocurrido, se realiz en el curso de pocos meses, permitindome comprender que bajo la apariencia de virtud social y amor al prjimo se esconda una podredumbre de la cual ojal la Humanidad libre a la Tierra cuanto antes, porque de lo contrario posiblemente ser la propia Humanidad la que de la Tierra desaparecer. Fue durante mi trabajo cotidiano donde tuve el primer roce con elementos socialdemcratas. Ya desde un comienzo me fue poco agradable aquello. Mi vestido era an decente, mi lenguaje no vulgar y mi actitud reservada. Mucho tena que hacer con mi propia suerte para que hubiese concentrado mi atencin en lo que me rodeaba. Buscaba nicamente trabajo a fin de no perecer de hambre y poder as, a la vez, procurarme los medios necesarios a la lenta prosecucin de mi instruccin personal. Probablemente no me habra preocupado de mi nuevo ambiente ano ser que al tercer o cuarto da de iniciarme en el trabajo se produjera un incidente que me indujo a tener que asumir una actitud. Me haban propuesto que ingresase en la organizacin sindical. Por entonces an nada conoca acerca de las organizaciones obreras, y me habra sido imposible comprobar la utilidad o inconveniencia de su razn de ser. Cuando se me dijo que deba afiliarme, rechac de plano la proposicin, alegando que no tena idea de qu se trataba y que por principio no me dejaba imponer nada. Tal vez fuese por la primera razn aludida por la que no me pusieron inmediatamente en la calle. Quizs esperasen que dentro de algunos das estuviese convertido, o por lo menos fuese ms dcil. Se engaaban radicalmente. En el curso de las dos semanas siguientes alcanc a empaparme mejor del ambiente, de tal forma que ningn poder en el mundo me hubiese compelido a ingresar en una organizacin sindical, sobre cuyos dirigentes haba llegado a formarme entretanto el ms desfavorable concepto. En los primeros das qued indignado. A medioda, una parte de los trabajadores acuda a las fondas de la vecindad y el resto quedaba en el solar mismo consumiendo su exiguo almuerzo. La mayora eran casados y sus mujeres, en pucheros abollados, les traan la sopa del medioda. En los fines de semana, el nmero de stos era siempre ms numeroso. La razn de ello la comprendera ms tarde. Entonces se hablaba de poltica. Yo, ubicado en un aislado rincn, beba de mi botella de leche y coma mi racin de pan, pero sin dejar de observar cuidadosamente el ambiente y reflexionando sobre la miseria de mi suerte. Mis odos escuchaban ms de lo necesario y a veces me pareca que intencionadamente aquellas gentes se aproximaban hacia m como para inducirme a adoptar una actitud. De todos modos, aquello que alcanzaba a or bastaba para irritarme en grado sumo. All se negaba todo: la Nacin no era otra cosa que una invencin de los "capitalistas" -qu infinito nmero de veces escuch esa palabra!-; la Patria, un instrumento de la burguesa, destinado a explotar a la clase obrera; la autoridad de la Ley, un medio de subyugar al proletariado; la escuela, una institucin para educar esclavos y tambin amos; la religin, un recurso para idiotizar a la masa predestinada a la
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 29 explotacin; la moral, signo de estpida resignacin. Nada haba, pues, que no fuese arrojado en el lodo ms inmundo. Al principio trat de callar, pero a la postre me fue imposible. Comenc a manifestar mi opinin, comenc a objetar; mas, tuve que reconocer que todo sera intil mientras yo no poseyese por lo menos un relativo conocimiento sobre los puntos en cuestin. Y fue as como empec a investigar en las mismas fuentes de las cuales proceda la pretendida sabidura de los adversarios. Lea con atencin libro tras libro, folleto tras folleto. En el local de trabajo las cosas llegaban frecuentemente a la exaltacin. Da tras da pude replicar a mis contradictores, informado como estaba mejor que ellos mismos de su propia doctrina, hasta que en un momento dado debi ponerse en prctica aquel recurso que ciertamente se impone con ms facilidad que la razn: la violencia. Algunos de mis impugnadores me conminaron a abandonar inmediatamente el trabajo, amenazndome con tirarme desde el andamio. Como me hallaba solo, consider intil toda resistencia y opt por retirarme, adquiriendo as una experiencia ms. Me fui enojado, pero al mismo tiempo tan impresionado, que ahora ya sera completamente imposible para m abandonar el tema. No, despus de la explosin de la primera revuelta, la obstinacin venci de nuevo. Estaba firmemente decidido a volver, a pesar de todo, a otro trabajo en la construccin. Esta decisin fue reforzada por la precaria situacin en la que me encontr algunas semanas ms tarde, despus de haber gastado mis pequeos ahorros. No tena otra alternativa, lo quisiese o no. La escena se desarroll de forma idntica, acabando de igual modo que la primera vez. Una pregunta me formul en lo ms ntimo de mi ser: Esta gente es digna de pertenecer a un gran pueblo? Fue una pregunta angustiosa. Si la contestaba afirmativamente, la lucha por una nacionalidad merecera los trabajos y sacrificios que los mejores hacen. Si la respuesta era negativa, entonces nuestro pueblo estaba falto de hombres de verdad, Con inquietante desnimo vea, en aquellos das crticos y atormentados, a la masa, que ya no perteneca a su pueblo, volverse un ejrcito enemigo y amenazador. Qu penosa impresin domin mi espritu al contemplar cierto da las inacabables columnas de una manifestacin proletaria en Viena! Me detuve casi dos horas observando pasmado aquel enorme dragn humano que se arrastraba pesadamente. Lleno de desaliento regres a casa. En el trayecto vi en una tienda el diario Arbeiterzeitung, rgano central del antiguo partido socialdemcrata austraco. En un caf popular, barato, que sola frecuentar con el fin de leer peridicos, se encontraba tambin esa miserable hoja, pero sin que jams hubiera podido resolverme a dedicarle ms de dos minutos, pues su contenido obraba en mi nimo como si fuese vitriolo. Aquel da, bajo la depresin que me haba causado la manifestacin que acababa de ver, un impulso interior me indujo a comprar el peridico, para leerlo esta vez minuciosamente. Por la noche me apliqu a ello, sobreponindome a los mpetus de clera que me provocaba aquella cantidad concentrada de mentiras. A travs de la prensa socialdemcrata diaria pude estudiar, pues, mejor que en la literatura terica, el verdadero carcter de esas ideas. Qu contraste! Por una parte las rimbombantes frases de libertad, belleza y dignidad, expuestas en esa literatura locuaz, de moral hipcrita, aparentando a la vez una "honda sabidura" - en un estilo de proftica seguridad- y, por otro lado, el ataque brutal, capaz de toda villana y de una virtuosidad nica en el arte de mentir, en pro de la
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 30 "Doctrina Salvadora de la Nueva Humanidad"! Lo primero, destinado a los necios de las "esferas intelectuales" medias y superiores, y lo segundo, para la gran masa. Penetrar el sentido de esa literatura y de esa prensa tuvo para m la virtud de inclinarme ms fervorosamente hacia mi pueblo. Conociendo el efecto de semejante obra de envilecimiento, slo un loco sera capaz de condenar a la vctima. Cuanto ms independiente me volva en los aos siguientes, mayor amplitud alcanzaba para comprender las causas del xito de la Socialdemocracia. Por fin capt la importancia de la brutal imposicin a los obreros de suscribirse nicamente a la prensa roja, concurrir con exclusividad a mtines de filiacin roja y tambin de leer libros rojos. Vi muy claro los efectos violentos de ese adoctrinamiento intolerante. La psiquis de las multitudes no es sensible a lo dbil ni a lo mediocre. De la misma forma que las mujeres, cuya emotividad obedece menos a razones de orden abstracto que al ansia instintiva e indefinible hacia una fuerza que las reintegre, y de ah que prefieran someterse al fuerte antes que seguir al dbil, igualmente la masa se inclina ms fcilmente hacia el que domina que hacia el que implora, y se siente interiormente ms satisfecha con una doctrina intransigente que no admita dudas, que con el goce de una libertad que generalmente de poco le sirve. La masa no sabe qu hacer con la libertad, sintindose abandonada. El descaro del terrorismo espiritual le pasa desapercibido, de la misma manera que los crecientes atentados contra su libertad. No se apercibe, de ninguna manera, de los errores intrnsecos de ese adoctrinamiento. Ve tan slo la fuerza incontrarrestable y la brutalidad de sus manifestaciones exteriores, ante las que siempre se inclina. Si frente a la Socialdemocracia surgiese una doctrina superior en veracidad, pero brutal como aqulla en sus mtodos, se impondra la segunda, bien es cierto despus de una lucha tenaz. En menos de dos aos pude apreciar con toda nitidez no slo la doctrina de la Socialdemocracia, sino tambin su funcin como instrumento prctico. Comprend el infame terror espiritual que ese Movimiento ejerce especialmente sobre la burguesa. A una seal dada, sus propagandistas lanzan una lluvia de mentiras y calumnias contra el adversario que les parece ms peligroso, hasta que se rompen los nervios de los agredidos que, para volver a tener tranquilidad, se rinden. Como la Socialdemocracia conoce por propia experiencia la importancia de la fuerza, cae con furor sobre aquellos en los cuales supone la existencia de ese raro elemento e, inversamente, halaga a los espritus dbiles del bando opuesto, cautelosa o abiertamente, segn la cualidad moral que tengan o que se les atribuye. La Socialdemocracia teme menos a un hombre de genio, impotente y falto de carcter, que a uno dotado de fuerza natural, aunque hurfano de vuelo intelectual. La Socialdemocracia adula sobretodo a los dbiles de espritu y de carcter. Este partido sabe aparentar que slo l conoce el secreto de la paz y la tranquilidad, a medida que, cautelosamente pero de una manera decidida, conquista una posicin tras otra, ya por medio de una discreta presin, ya a travs de exquisitos escamoteos, en momentos en los que la atencin general est orientada hacia otros temas, no siendo por ello despertada. Logra as hacer pasar desapercibida su accin, sin provocar
  • Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edicin electrnica, 2003.Jusego-Chile. 31 la reaccin del adversario. sta es una tctica que responde a clculo y conocimiento preciso de todas las debilidades humanas y que tiene que conducir casi matemticamente al xito, si es que el Partido opuesto no sabe que el gas asfixiante se contrarresta slo con el gas asfixiante; es decir, con las mismas armas del agresor. Es preciso que se explique a las naturalezas dbiles que se trata de una lucha de vida o muerte. No menos comprensible para m se volvi la significacin del terror material con relacin a los individuos y a las masas. Aqu tambin tenan un clculo exacto de la actuacin psicolgica. El mtodo del terror en los talleres, en las fbricas, en los locales de asamblea y en las manifestaciones en masa, ser siempre coronado por el xito mientras no se le enfrente otro terror de efectos anlogos. Cuando acontece esto ltimo, la Socialdemocracia, acostumbrada como est a desobedecer a la autoridad del Estado, sin embargo pedir ahora a gritos su auxilio, para, en la mayora de los casos, y en medio de la confusin general, alcanzar su verdadero objetivo; esto es: encontrar autoridades cobardes que, en la tmida esperanza de poder en el futuro contar con el temible adversario, le ayuden a combatir a su enemigo. La impresin que un xito tal ejerce sobre el espritu de las grandes masas y de sus adeptos, as como sobre el vencedor, slo puede evaluarla quien conoce el alma del pueblo, no a travs de los libros, sino por el