Katrina jeramie price

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  1. 1. Fue en el ao 1702, durante su campaa contra los suecos, cuando el Zar Pedro el Grande conoci a Katrina, la atractiva muchacha capturada por sus soldados y vendida como esclava, la cual lleg a ejercer una influencia decisiva en su vida. Pedro el Grande es uno de los ms curiosos tiranos de la Historia: el conquistador brutal movido por los accesos de ira epilptica; el emperador que mezcl la pompa oriental y el refinamiento europeo; el dspota que se complaca en desafiar en duelo a
  2. 2. sus propios cosacos. Pero Katrina, su inseparable compaera (aunque no siempre fiel), comprendi que en l haba dos personalidades una de ellas tierna y amable y fue capaz de despertar su amor.
  3. 3. Jeramie Price Katrina ePub r1.1 Pepotem2 13.10.14
  4. 4. Ttulo original: Katrina Jeramie Price, 1968 Traduccin: Guillermo Lopez Hipkiss Editor digital: Pepotem2 ePub base r1.1
  5. 5. Captulo I POR el lado resguardado de la cabaa de su madre, donde estaba libre de nieve el suelo, la joven Katrina se hallaba en cuclillas junto a una cabra a la que, habiendo pillado desprevenida, haca esfuerzos por dejar seca. Los dedos de la muchacha exprimieron un hilillo de amarillenta leche que fue a caer en el cuenco de madera. La cabra era vieja. Le dolan las verrugas de las ubres. Balaba para
  6. 6. que la dejaran en libertad. Fue preciso que Katrina le clavase los blancos y finos dientes en la griscea oreja para obligarle a que se estuviese quieta y se dejara ordear. La oreja del animal tena un sabor picante; pero Katrina tarare contenta y retorci los esbeltos hombros al sentir el cosquilleo del sol en la espalda a travs del basto pao de su blusa borodina. Detrs de ella, los rboles del bosque de la ciudad de Marienburgo avanzada sueca de Livonia, prxima a la tenebrosa frontera rusa susurraban tejo la nieve que empezaba a fundirse.
  7. 7. Hilillos plateados como rastros de babosas se deslizaban por las negras ramas. La breve primavera rusa se haba iniciado. La gruesa capa de nieve que todo lo cubriera durante el invierno se reblandeca y comenzaba a derretirse. Lejos, a oriente, tronaban los caones. Ni siquiera Miguel seis aos apenas y hermano de Katrina prestaba ya gran atencin a la artillera. Dos aos duraba ya el asedio de Marienburgo. Durante todo aquel invierno de 1702, los rusos haban permanecido estacionados a media docena de millas allende el bosque. Katrina! llam Miguel, de
  8. 8. pronto. Cundo acabar mam? Quiero entrar! Katrina hizo rebotar la ubre contra el cuenco, para exprimir la ltima gota. Si entras ahora le dijo, con paciencia, puedes tener la seguridad de que mam te zurrar la badana. Y, con toda seguridad, Dakof te pegar tambin. Y, si Dakof te pega, lo har con el ltigo. Conque ms vale que aguardes. Le sonri suavemente, con la roja y generosa boca. Tena los ojos del color de verdioscuras aceitunas. Miguel se la qued contemplando, oscilando sobre las cortas y nada seguras piernas.
  9. 9. Es que tengo hambre anunci, al cabo. Katrina le tendi el cuenco. Bbete esto! Acerc la criatura la boca, observando a su hermana mientras beba. La cabra se haba alejado dando brincos, patirrgida de indignacin; pero no tard en detenerse para hundir el hocico en la negra tierra desnuda y morder la raz de una col. sa es la cabra de Dakof! dijo el nio, acusador, al apartar por fin Katrina el cuenco medio vaco. Chitn! Se llev un dedo a los sonrientes
  10. 10. labios y sacudi la rubia cabellera. La plida luz del sol encendi en ella dorados fueguecillos. Pero por qu viene aqu Dakof? Por qu vienen Chudof y Gorshkovin, y todos los otros? inquiri Miguel, con chillona voz. Pelean con mam y le hacen dao. La he odo gritar de dolor. Katrina habl con autoritaria suficiencia. Mam no gritaba de dolor. Son todos amigos suyos y no le hacen dao alguno. Adems, esos hombres le traen comida y vino, y hasta, a veces, un poco de dinero. Miguel insisti:
  11. 11. Si son amigos, por qu no podemos entrar en casa cuando vienen ellos? Y s que le hacen dao, porque Katrina le oprimi fuertemente la manita y ech a correr hacia los rboles. Vamos dijo, arrastrndole consigo gatearemos nuestro rbol y cabalgaremos sobre sus ramas por el cielo. El dragn de caballera sueco padre de la joven de diecisis aos y del pequeo Miguel haba muerto en una de las primeras salidas hechas contra los sitiadores, segada su vida por una alcanca rusa invento del gigantesco diablo zar Pedro, a quien la
  12. 12. leyenda atribua una estatura de ms de tres metros! Desde aquella fecha, eran muchos los hombres a quienes la madre, Ana, habla llevado a la cabaa que se alzaba entre los negros rboles del bosque de Goreki. Y, en ocasiones tales, nunca dejaba de mandar a sus dos hijos que jugaran fuera, ni de volver de cara a la pared al icono. Porque l santo Rostro, lleno de dulzura pese a la tosquedad con que un artista desconocido lo pintara, llenaba siempre de turbacin a la madre. Saba sta que el Ser representado en el icono reprobaba los pecados de la carne.
  13. 13. Por eso quemaba a veces, en desagravio, una candelilla de pescado aterradora extravagancia ante la que siempre se tornaba plida, porque ste, simple pececillo grasiento y seco, le costaba una dcima de copec, La candela arda, chisporroteando grasientamente, la mitad de la noche, y los nios permanecan en vela para contemplar boquiabiertos semejante maravilla. Pero, como el icono no pareca enternecerse, Ana acab por resignarse a la perdicin eterna y a los fuegos del infierno. Una cosa quiso impedir no obstante: que sobre Katrina y Miguel
  14. 14. cayera la mancha. Y, para librarles de toda contaminacin posible, los mandaba fuera de casa cada vez que la visitaba un hombre. En invierno, los nios se quedaban muy pegados a los rollizos de que estaba construida la cabaa, calentndose con las rfagas de humo y vapor que se escapaban por entre las rendijas perlando con especie de clido sudor los arrugados troncos. En primavera, sin embargo, podan jugar por entre los rboles. Y all fue donde los encontr Dakof cuando sali de la cabaa. Dakof era hombre de importancia, mayordomo de la rectora del pastor
  15. 15. protestante Gluck, y amigo de emplear contra la servidumbre que le estaba subordinada el grasiento ltigo pardo que le colgaba del cinturn. Encontr a Katrina y Miguel cabalgando a lomos de su imaginario corcel, la flexible rama de un rbol, no muy distanciada del suelo. Eh! bram. Tu madre te llama, muchacha! Contrajo los labios en una sonrisa que dej al descubierto unos dientes achocolatados y ptridos como pasadas ciruelas. Katrina se habla quitado las gruesas botas de invierno, de corteza de talo,
  16. 16. para poder encaramarse. Dakof la asi brutalmente de los tobillos, arrancando a la muchacha un grito de alarma, y obligndola a rodear a Miguel con sus brazos para no perder el equilibrio al mecerse la rama. Al nio se le saltaron las lgrimas porque se le contagi el temor de su hermana. Estate quieto, Dakof! Me ests haciendo dao! Bien que lo s! respondi el otro, hacindosele ms expansiva la sonrisa. Tir con fuerza, disfrutando al ver el mal rato que estaba pasando su vctima. Pero sta logr desasirse por fin de un
  17. 17. puntapi, y se encaram bien alto, colocndose fuera del alcance de Dakof con Miguel entre sus brazos. Estaba jadeando. El hombre la mir, socarrn. Podra alcanzarte con esto! le dijo, dando una palmada en el ltigo. Pero maana volveremos a encontrarnos en el suelo, muchacha. Tu madre te llama Ya se encargar ella de decrtelo! Le hizo un gesto a Miguel, no exento de bondad. Ah, muchacho! Luego dio media vuelta y regres a la cabaa, pisndole los talones la
  18. 18. cabra. Katrina le sigui con la mirada. Cerdo! murmur, irguindose sobre la rama. Y, como el mecerse en el aire haba perdido ya todo su encanto, descendieron despacio para dirigirse a la vivienda. Katrina fue recogiendo en la falda pifias secas para la estufa por el camino. Ana estaba repantigada en su asiento la mar de contenta. El cabello, antao rubio como el de Katrina, griseaba ahora y estaba desgreado. Sonri al entrar los nios, se rasc con vigor por el abierto corpio, y se mir los dedos luego, distrada.
  19. 19. Entrad!, entrad! Mira, Katrina: cuatro copecs, cuatro! Y una botella de vino y dos panes de manteca de cerdo! Dakof es muy generoso! Dakof, de pie junto a la estufa, sonri con cierto orgullo. Se haba levantado el faldn de la tnica para calentarse las nalgas y darles masaje, y se estaba entregando a su pasatiempo favorito de sorberse las muelas. Migueln se puso a bailar alrededor de los panes y del vino. Katrina sonri tambin al ver tanto esplendor. Luego, como siempre, se fue derecha al grano. Qu quiso decir Dakof con lo de maana?
  20. 20. Las pupilas de Ana se contrajeron. Maana? murmur. Ah, s, maana! Le dirigi una mirada de splica a Dakof, que repuso con lento gesto afirmativo, carraspeando ruidosamente despus. Podramos hacer uso de tus servicios en casa, muchacha. Se hurg una muela con l romo pulgar, escupiendo a continuacin: Oportunidades como sta no se presentan todos los das, Katrina dijo Ana, con urgencia. Buena comida y estufas calientes en invierno Y Dakof se mostrara muy generoso
  21. 21. contigo, querida. Dice que te tiene mucho aprecio. Solt una risita. Estaba un poco bebida. Dakof se meci con afectacin sobre los talones, una estpida sonrisa en los labios. Tengo influencia en la rectora, muchacha. All soy un personaje importante. Una recomendacin ma puede contribuir mucho a hacerte feliz o todo lo contrario. Cunto me darn? inquiri Katrina. Aun cuando le latiera con violencia l pulso, aun cuando le martillearan las sienes y el corazn se le hundiese como
  22. 22. un plomo en l estmago, Katrina saba seguir siendo prctica. Eso habr que verlo respondi, expresivamente, l hombre. Se chup, ruidosamente, las muelas. S; eso habr que verlo. Aquella noche, Katrina estuvo desvelada. Yaci con los ojos muy