La Vida Con Mi Padre - Vittorio Mussollini

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TITULO ORIGINAL EN ITALIANO: VITA CON MI PADRE

TRADUCCIÓN Y NOTAS DE JESÚS LÓPEZ PACHECO

NACIDO en Milán en 1916, Vittorio Mussolini fué un precoz apasionado del periodismo, fundando incluso algunas revistas estudiantiles. Se licenció en Derecho por la Universidad de Roma. El cine fué su segunda pasión, dirigió la revista «Cinema», escribió varios argumentos y ocupó importantes puestos en algunas sociedades cinematográficas. Piloto voluntario en el África Oriental, luchó luego en la Aviación italiana durante la última gran guerra. Desde hace diez años reside en Argentina, donde lleva la corresponsalía de «II Popólo Italiano» y de otras publicaciones

«La vida con mi padre» participa del carácter de autobiografía, memorias y reportaje Desde los primeros recuerdos infantiles, ingenuos o dramáticamente intensos, la figura del Duce va siendo recreada, en un difícil intento de objetividad filial. Intimidades familiares, anécdotas, opiniones, sucesos: todo es utilizado con agilidad periodística. Se podría decir que estas páginas son un retrato en el tiempo, excepcional por el fondo histórico —la Italia fascista, la lucha del Eje, primero victoriosa y luego desesperada y trágica—, por el modelo y por la posición del autor. Como documento histórico e íntimo, «La vida con mi padre» interesa y apasiona Contiene datos inestimables sobre uno de los hombres más discutidos del siglo xx: Benito Mussolini. Sus opiniones y juicios,. algunos de los cuales parecen hoy proféticos, resultan más impresionantes todavía escuchados en boca de su propio hijo —casi todos recogidos de viva voz— que le acompañó en su gloria y en muchos de sus momentos más trágicos. El dolor del hijo se trasluce a través del tono objetivo impuesto. Paralelamente, otras importantes figuras del Eje van desfilando: Hitler, Ribbentrop, Ciano, Goebbels... Atentados intrigas militares, conjuras políticas, traiciones, señalan el ascenso y la caída del Fascismo y de su creador. Una marea de odio, al fin, arrastra y destroza a los dos, entre las aguas turbulentas de una época de la histeria europea contemporánea que acaba. A través del hijo; sin embargo, el odio se transmuta en amor, en un amor exasperado del pueblo italiano hacia el que fué su Duce —su conductor— durante veinte años.

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VITTORIO MUSSOLINI

LA VIDA CON MI PADRE EDICIONES CID - MADRID

1958. Impreso en Gráficas Halar, Andrés de la Cuerda, 4. Madrid.

PREFACIO................................................................................................................................................... 4

I. LA INFANCIA Y LA ESCUELA ............................................................................................................... 15

II. LOS BELLOS AÑOS ............................................................................................................................... 24

III. ENTREVISTA CON FRANKLIN DELANO ROOSEVELT........................................................................ 34

IV. ITALIA ENTRA EN GUERRA................................................................................................................. 42

V. POR QUE NO FUE INVADIDA INGLATERRA..................................................................................... 51

VI. EN LA «GUARIDA DEL LOBO»........................................................................................................... 60

VII. EN ÁFRICA SEPTENTRIONAL............................................................................................................. 70

VIII. LA CONJURA DEL 25 DE JULIO ...................................................................................................... 79

IX. SITUACIÓN EN ITALIA DESPUÉS DEL 8 DE SEPTIEMBRE................................................................... 90

X. MI PADRE REHUSA SALVARSE............................................................................................................ 99

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PREFACIO MUCHAS personas, en estos últimos años de voluntario exilio, me han dirigido idéntica

pregunta: «¿Por qué no escribe usted un libro sobre su padre?» Y, entrando en detalles, han continuado: «Muchas cosas inéditas verían la luz, muchos personajes asumirían un nuevo aspecto, tantos acontecimientos de los que ha sido testigo podrían servir a los historiadores para estudiar y ahondar más en sus juicios sobre el «fenómeno» Mussolini.»

Es lógico que muchos de éstos sean comúnmente llamados «nostálgicos» porque van desde el negro más denso hasta el gris benévolo y neutral. Un libro, en suma, que rehabilitase la figura del Duce, hiciese justicia y restableciese de una vez por todas, la verdad.

Personalmente no opino que haya necesidad de «rehabilitar» a mi padre; en segundo lugar, pienso que solamente Dios puede decir al mundo la palabra definitiva y justa, y, en fin, creo que el pozo al que ha sido lanzada la figura del Duce es tan profundo que ni siquiera mi más generoso y filial esfuerzo lograría sacarla hoy a la superficie. Por lo demás, la tarea de restablecer en su ecuánime valor la figura y la obra de un hombre de la categoría de mi padre está confiada a los dos factores Tiempo e Historia. Respecto al tiempo, se suele decir que es honrado, y yo tengo fe en ello; respecto a la historia, ya soy más escéptico, porque la escriben los hombres y éstos no siempre logran despojarse, y me parece lógico, de sus personales puntos de vista humanos, políticos, históricos, críticos y sociales. Tengo, de cualquier modo, fe en la Historia, en la que tiene la «H» mayúscula, que es escrita con la sangre y se graba en el mármol eterno de una nación.

Está claro que, en estas páginas, no tengo la pretensión de ser un historiador. Empresa ímproba y acaso prematura me hubiera resultado la de narrar con ánimo histórico, crítico y cronológico las vicisitudes de una vida enteramente dedicada a la grandeza de una nación y de un pueblo; interpretando con claridad y comprensión sus intereses vitales, vigorizando su derecho sacrosanto a aquel famoso «puesto en el sol» tan vilipendiado, haciendo del trabajo, no ya fatiga de esclavos, sino digno esfuerzo por alcanzar un mayor bienestar, ahogando algunas libertades que perjudicaban a los superiores intereses de la comunidad, aplicando la colaboración corporativa de todas las clases para alcanzar finalmente esa justicia social y esa distribución de bienes terrenos que han sido el sueño de tantos ilustres hombres lejanos y próximos, y que todavía hoy anhelan las gentes entre una guerra y otra.

La retórica y la demagogia no han desaparecido del mundo y muchos están todavía imbuidos de ellas; yo no padezco estos males. Y cuando la revista Tempo primero y el editor Amoldo Mondadori después me pidieron entregarles lo que una moda de la época llama «memorias», me mantuve muchos meses en duda sobre si aceptar o no tal oferta. En fin, lo que me decidió a publicar estos «apuntes» ha sido mi deber de no permanecer extraño y al margen de un movimiento mundial de revisión crítico-histórica, materializado en centenares de libros publicados en estos últimos años sobre mi padre y sobre su obra política y social de más de veinte años, teniendo yo también algo que decir para complementar los esfuerzos de tantos otros escritores.

Para algunos fascistas, jóvenes y viejos, este libro puede acaso representar una desilusión; no es, desde luego, un libro en el que se hable de águilas romanas y fasces lictores o de bandas de la marcha sobre Roma. Aun siendo el varón primogénito del Duce, no he nacido vestido de balilla, al grito de ¡Eja, eja, alalá! 1, sino chillando como todos los recién nacidos de este mundo y causando a mi madre los mismos dolores de parto que ha sufrido la madre de quien me lee. Jamás he tenido la necesidad de ser fascista, por consustanciado que estuviera con ello por el doble hecho de ser hijo de Benito Mussolini y haber vivido los mejores años de mi vida durante los veinte años del poder de mi padre, aunque cuando llegó al Gobierno de la nación yo tuviera sólo seis. ¡Ponerme la camisa negra todos los días hubiera sido querer ser más papista que el Papa! Al contrario, como todos los jóvenes de cualquier país, estaba más inclinado a la crítica que al ciego conformismo, y, a través de las publicaciones por mí dirigidas, he procurado siempre mantener despierta a la jerarquía fascista,

1 Grito de guerra de los aviadores, equivalente al alemán hurra, lanzado en Roma por D'Annunzio el 19 de mayo de 1917, y adoptado después por las escuadras fascistas. (N. del T.)

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que con el paso del tiempo era humano se hiciera un poco perezosa. Jamás he hecho valer mi posición para obtener ventajas para mí o para mis amigos. Con ellos, de cuando en cuando, criticaba algunas actitudes de la burocracia fascista, mal vistas por vastas capas de la población, como el uso del voi 2, el uniforme de sarda (más tarde supe que este tejido fué elegido para dar trabajo a los tejedores sardos), la limitación impuesta a la música de jazz y a las películas americanas, la abolición de la carrera de las Mil Millas en circuito abierto, aspectos de la formación premilitar, de la campaña racial, frenos a la crítica en el campo artístico, social, religioso, etc. En suma, ciertas cosas que todo italiano recuerda y que no valdría la pena nombrar, si más tarde no hubiera llegado a la conclusión de que cien pequeñas molestias son, en Italia, más deletéreas para un Gobierno que imponer al pueblo un único y grande sacrificio. Pero el esplendor de los años imperiales ofuscaba estos deseos de perfección, encuadrados, por lo demás, dentro de aquella crítica del régimen que mi padre no sólo toleraba, sino que auspiciaba y sostenía. Desdichadamente, la juventud italiana de aquella época fluctuaba peligrosamente entre la admiración por Moravia, Bernard y Croce y por Berto Ricci, Pallotta y Gentile. Con ese característico equilibrio italiano, peligroso para las grandes empresas, amaba a unos y a otros, acabando al fin por amarse sólo a sí misma.

He sido decididamente fascista en la época de la República Social Italiana, que es tanto como decir cuando vestir la camisa negra significaba estar en la oposición y arriesgarse a un balazo en la nuca en el momento menos pensado, incluso de uno de aquellos jóvenes que habían olvidado fácilmente el pegadizo motivo de «Juventud» por el no menos fácil de «Bandera Roja».

A un periodista americano que hace pocos meses me sometía a sus preguntas para una entrevista, le respondí que mi opinión no había cambiado si no en aquellos aspectos en que mi congénita objetividad me obligaba a comprender que la razón era de los otros.

Me preguntó:

1)Mucha gente considera a Benito Mussolini como a uno de los más grandes italianos, ya en su tumultuosa juventud socialista e intervencionista, ya en sus veinte años de gobierno, ya en su vejez social y republicana. ¿Qué piensa usted de esto?

Respuesta: Comparto la opinión de esas personas.

2) ¿Ha sido el Gobierno de veinte años de su padre un período funesto y triste para la nación y el pueblo italiano, como el antifascismo proclama?

Respuesta: No.

3) Por consiguiente, según usted, ¿ha sido más acierto que error el conducir a Italia hacia el imperio?

Respuesta: Sí.

4) ¿Es lógico, pues, el haber buscado «espacio vital en Etiopía», el haber impedido que en España se instalase un Gobierno comunista y anticatólico?

Respuesta: Sí.

5) Muchos consideran que Italia debía, o por lo menos podía permanecer neutral en el último conflicto.

¿Comparte este punto de vista?

Respuesta: No.

6) Por consiguiente, ¿ninguna alianza con el imperialismo colonial y capitalista y mucho menos con el comunista?

2 Equivalente al español «vos», que en Italia tiene un carácter más popular que el «usted». Viene a ser un intermedio entre el «tú» y el «usted». (N. del T.)

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Respuesta: No, en aquel momento de la Historia.

7) ¿Cree usted que Europa y el mundo en general están mejor y más tranquilos hoy, después de diez años de la victoria «aliada», de lo que estaría si hubiera vencido el Tripartito?

Respuesta: Por respeto a los caídos de una y otra parte prefiero no responder a esta pregunta.

8) En la ordenación de los derechos de las naciones y de las gentes proletarias del mundo, ¿quién hubiera tenido más equilibrio, comprensión, justicia, bondad? Roosevelt, Churchill, Chang-Kai-Chek, De Gaulie, Hirohito, Stalin, Hitler...

Respuesta: Mussolini.

9) Excluida la guerra, ¿opina que el pueblo italiano haya sufrido y vivido verdaderamente una vida imposible durante los veinte años de Gobierno fascista?

Respuesta: No.

Me hizo otras preguntas de carácter privado que prefiero callar, salvo la última: ¿Es usted partidario de un retorno del fascismo al Gobierno de la nación italiana?

Respuesta: No.

Esta respuesta mía creo que tranquilizará a los antifascistas de profesión, aquellos que en cuanto se despiertan cada día resucitan el fantasma fascista para vivir. Pocos políticos o naciones se han salvado en estos últimos años de la acusación de haber sido o continuar siendo fascistas, según el humor de quien hace la terrible (?) acusación. Para dejar tranquilos a los ya difuntos, he dicho que De Gaulie y Poujade, MacCarthy y Eisenhower, Tito, Nehru, Perón, Adenauer, Franco, Edén, Ben Gurion, Nasser, Soekarno, etc., son fascistas, y si una gran parte del pueblo húngaro se levanta contra los rusos, Chepilov la bautiza inmediatamente «fascista».

Es absurdo pensar en una restauración fascista en Italia, en un Gobierno fascista de la época de 1936. Pero pretender que el fascismo no haya creado, hecho posible, fecundado y resuelto para siempre muchos aspectos de la vida nacional, política, social, económica, militar, es igualmente absurdo. Cancelar veinte años, muchos de ellos de prestigio y gloria, es imposible. Tampoco imponerlos sin crítica. Encuentro lógica la inserción del período fascista en la historia italiana y una evolución en el modo de juzgarlo. Sería de desear que, en un próximo futuro, un Gobierno no fascista, cualquier Gobierno italiano que no necesite para distinguirse llamarse antifascista, permitiera al Ayuntamiento de Roma, convertido en Gobierno Provincial, dar el nombre de ítalo Balbo a una bella vía, a una plaza de Milán el de Arnaldo Mussolini, y que junto al paseo Matteotti existiera también una calle Cario Borsani. Para evitar incidentes, sería mejor que las calles en Italia estuvieran identificadas por un número, pero hasta que tal próvida iniciativa no se practique, un paseo Víctor Manuel puede desembocar en una plaza Pío IX y el foro Itálico llamarse foro Mussolini y la provincia Latina, Littoria, tal y como se llamó al desecarse las lagunas Pontinas. He utilizado el ejemplo de las calles por ser más accesible; pero tal «evolución» debería, naturalmente, llegar hasta los más vastos sectores de la cultura, del arte, de la política, de la economía, de la justicia, y con mayor razón el militar y el de las guerras y, sobre todo, al tema de los caídos, que por su condición de muertos en combate no deberían sufrir inhumanas distinciones. Estas simples declaraciones mías podrían proporcionarme varios años de cárcel, a causa de las leyes hoy en vigor en Italia, que, habituado como estoy a respetar el Estado, encuentro absurdas y ridículas, pero «legales»; por eso estoy seguro de que no gustarán a los antifascistas de carrera, que es tanto como decir a aquellos por cuyo sabotaje se perdió la guerra, y que, disuelto el P. N. F. 3 y sus organizaciones, asesinado mi padre y la mayor parte de los jerarcas fascistas, creadas leyes contra quien ose la llamada «apología» del régimen, muertos o a punto de morir los fascistas del «torvo ventenio», todavía descubren el peligro fascista en cada esquina de la calle; usando, en vez de eliminarlos, esos métodos que hasta entre nosotros, fascistas, eran mal acogidos, pero que aceptábamos porque teníamos el valor de declararnos «no democráticos». En muchos casos, la intolerancia

3 «Partido Nacional Fascista.» (N. del T.)

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«democrática» respecto a sus adversarios es mayor que la que tenían los fascistas frente a sus enemigos.

Por comodidad, se aplica la etiqueta de fascista a todo lo que es contrario a la propia opinión, directiva política, social, militar y el propio interés material, tanto singular como colectivo. ¿Nasser nacionaliza el Canal de Suez? Acción típicamente fascista. ¿Edén mantiene por la fuerza a Chipre y fusila a los de la E. O. K. A? Son barbaries típicamente fascistas. ¿Los Estados Unidos mantienen la segregación racial? Teorías fascistas. ¿Inglaterra, Francia e Israel invaden, bombardean y ocupan parte de Egipto? Métodos clásicos fascistas. ¿Nenni propugna que los italianos en el extranjero sean protegidos de ciertos abusos locales? Pensamiento fascista. ¿Guareschi escribe que Stalin ha sido un feroz dictador? (¡ Alguien lo había comprendido antes!) Es un escritor fascista. ¿El obrero milanés Giovanni R. expresa el parecer de que Italia es pequeña y que un poco de espacio en Etiopía le hubiera venido bien? Sucio imperialista fascista. ¿El industrial Giuseppe M. pide ciertas protecciones para su industria contra la competencia extranjera? Loco fascista anclado en el superado concepto de la autarquía. Los ejemplos pueden continuar a placer. A acciones, reacciones, situaciones de milenios de antigüedad se aplica la etiqueta de fascista (en algunos casos no tengo objeción que oponer y estoy orgulloso de ello) y no se esfuerzan por encontrar en el léxico sustantivos y verbos que desde siglos se adaptan mejor a lo que quieren definir.

Esta digresión mía no quiere ser polémica. Como hijo y como italiano tengo sólo una ambición, y es la de que la inteligencia de la que tanto se vanaglorian los italianos se sobreponga por fin a las cuestiones personales, transitorias y artificiales. Por absurdo e inhumano que pueda parecer, yo no tengo venganzas que cumplir ni perdones que conceder. Hace tiempo que he perdonado, con ánimo cristiano, al asesino de mi padre; si, por hipótesis, tuviera que encontrarme un día en una situación tal como para poder hacer juzgar a Walter Audisio, puede éste estar tranquilo de que no me tomaré la revancha. Viva en paz, si puede, hasta los cien años, y puede habitar en los alrededores de mi casa sin preocupaciones; incluso teniendo que olvidar que en su famoso índice del 28 de abril de 1945 estaba también mi nombre y que lamentó mucho no haberme tenido entre las manos para descargarme su ametralladora. Pero, como mi padre, me declaro «bueno».

Un ex facista (la definición no es exacta y no es aplicable a mi caso ni al de muchísimos otros; ex llega a ser aquel que por propia voluntad renuncia, cesa, abjura, abdica, no cuando le hacen llegar a ser «ex» por decreto) tiene todavía límites fijados por las leyes nacionales e internacionales para defender su posición pasada, tiene algunas dificultades para ejercer su oficio o cumplir sus deberes de ciudadano, obstáculos en sus viajes, y puede hasta ver que le prohiben bautizar a su hijo con el nombre infamante de Benito.

En 1937 fui recibido en la White House por F. De-lano Roosevelt. Si hubiera expresado mi deseo de hacerlo, hubiera ido en camisa negra. Hoy, 1957, no me es concedido el visado de «turista» para hacer un pequeño viaje a los U. S. A. Sin embargo, el fascismo no existe ya, ha sido borrado de la faz del mundo por las armas victoriosas de los «aliados». Tengo un pasaporte en regla de la República italiana que me permite ir a Brasil, a Francia, casi a todas partes, y tengo concedida residencia permanente en Argentina y Brasil. He combatido, es verdad, contra los «aliados», pero no, desde luego, para convencerles por la fuerza de que abjuraran de su fe democrática ni para quitarles un pedazo de California, y, además, si no hubiera combatido, mi Gobierno me hubiera fusilado. La Italia fascista ha estado siempre abierta a los extranjeros, turistas o exilados. Escritores como Shaw y Sinclair Lewis, Berenson y Eliot, Gide y Maurras, Ezra Pound y Michels residieron largo tiempo en Italia; reyes en el exilio, como Carol de Rumania o Alfonso XIII; políticos, como Litvinoff, Venizelos y acaso también Stalin encontraron asilo en la tierra de la tiranía. Millones de turistas habitaron pacíficamente en la península en aquellos años sin que nadie les preguntara a qué partido pertenecían y regresaron a sus países convencidos de que la vida en Italia se desarrollaba tranquila y en orden. Por educación y convicción soy un occidental, aun no despreciando lo que de bueno viene del Oriente, y, por consiguiente, en la temible hipótesis de una nueva guerra, con toda probabilidad sería aliado de los U. S. A. He permanecido fiel al aliado alemán, fuera bueno o malo, hasta el último día, y opino que esto puede ser suficiente garantía de que en un caso análogo estaría con los soldados «aliados» hasta el fin, nos fuera bien o mal. Y, sin embargo, rusos, árabes, españoles, alemanes, japoneses recorren los Estados Unidos y el mundo, mientras que yo, torvo y violento ex fascista (uno de los pocos que estrechó con placer la mano a Roosevelt) estoy en la imposibilidad de gozar de uno de aquellos famosos principios gloriosamente postulados en la ya hoy olvidada Carta del Atlántico.

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¿Delinque un hombre? La práctica actual opina que este hombre sea castigado, pero que una vez expiada la pena pueda volver a entrar con la frente alta en la sociedad, incluso cuando, como en algunos casos, el reo no esté demasiado arrepentido del acto cometido ni convencido de que la justicia le haya sido bien aplicada. Según las leyes democráticas, los fascistas han producido un daño a la sociedad mundial. Tales leyes, con diabólica invención moderna, no estaban en vigor en el momento de cometer el delito. Aun así, perdida la guerra, matados muchos parientes y amigos suyos, secuestrados sus bienes, limitadas sus actividades, prohibida su defensa, los fascistas están bajo observación y sin haber sido redimidos. Muchos han adoptado un método expeditivo: se han inscrito en un partido democrático, incluso en el comunista, y han vuelto a entrar en el seno de la comunidad mundial, aun cuando de vez en cuando alguno les echará en cara que son chaqueteros, oportunistas, ingratos y cosas por el estilo.

Por otra parte, es hasta lógico; en Italia se diría «brinca quien puede», o bien «hoy a ti, mañana a mí» y «un poco para uno, no hace mal a ninguno». El foso está todavía abierto, el mundo se divide en réprobos totalitarios y en iluminados democráticos, no en buenos o malos, honestos o deshonestos, libres o esclavos, patriotas u oportunistas. Bajo las bellas palabras que se predican desde las más altas tribunas no se pueden esconder los motivos eternos que guían a los hombres y a los pueblos. La realpolitik está todavía en vigor, y no serán la Sociedad de las Naciones ni las Naciones Unidas las que pondrán fin a las tribulaciones del mundo. Los personajes cambian, pero hacen los mismos gestos y cometen los mismos errores. No descarto ni a Vico ni a Nietzsche, ni a Sorel ni a Marx. Mi padre admiraba y amaba a Heráclito.

Si desde el punto de vista histórico estas páginas mías podrán ser útiles a algún estudioso, tengo pocas pretensiones en cuanto a su aspecto literario; son en muchos puntos indecisas, muchos períodos importantes sufren lagunas, otros apenas están esbozados. En conjunto se resienten de las consecuencias de haber sido escritas en momentos diversos, a veces a distancia de años. Hubiera sido mi deseo cuidar este libro con mayor exactitud, acaso darle una mayor solemnidad, ahondar más en algunos aspectos de la vida de mi padre. Pero hubiera perdido espontaneidad y veracidad. He leído pocos libros sobre el período italiano de los últimos treinta años y poquísimas memorias salidas después de la guerra. Leo a veces las revistas italianas y sus sensacionales revelaciones y me asombro al notar que el fenómeno Mussolini es siempre uno de los mejores reclamos para los lectores. No me he documentado con la literatura crítica e histórica, ni en la escasa a favor ni en la abundante en contra. Tengo la certeza de que los «memorialistas» y los historiadores no dicen la verdad, especialmente cuando escriben para satisfacer la morbosa curiosidad de un público más ávido de conocer los chismes del portero Navarra (uno de los pocos «leales» que mi padre recordaba con afecto durante la prisión en Ponza y que ha escrito, naturalmente bajo dictado, un libro innoble) o bien la verdad acomodada de algunos personajes de la última guerra. La ventaja de éstos es casi siempre la de haber dado a la luz su obra después de lo que ha sucedido. Además, siendo «contrarios», pueden escribir libremente sin el temor de acabar en la cárcel y sin encontrar a nadie que se tome el trabajo y tenga la autoridad suficiente de declarar que en muchos puntos mienten sabiendo que mienten. Mi padre, uno de los hombres más objetivos, sinceros, y, sobre todo, humanos que yo haya conocido, hubiera podido ser el defensor de las ideas que han sostenido en su lucha a los pueblos vencidos, y el acusador de las muchas injusticias e hipocresías de las naciones vencedoras.

Creo que tenía la intención de hacerlo: cuando en el último coloquio que tuve con él en la Prefectura de Milán, tres días antes de su muerte, le interrogué sobre qué hacer, le encontré, «antes de la visita al Arzobispado», de un humor gris, descorazonado, nervioso, casi convencido y consciente de su próximo fin, y no excluyo que pensara en el suicidio. No obstante mi presencia y mis afectuosas palabras, me pareció comprender que se sentía una vez más «solo», como en otros períodos poco felices de su vida. Pocas horas después, en las escasas palabras cambiadas con él antes de abandonar Milán, le encontré de otro ánimo, decidido, como si la traición del alto mando alemán en Italia, la obstinación de los miembros del C. L. N. A. I. 4, el «jesuitismo» del cardenal Schuster y la pasividad inconsciente de los angloamericanos frente a los comunistas entrados en Berlín y en media Europa, le hubieran convencido de que salvara su propia vida, no para gozarla en

4 «Comité de Liberación Nacional Antifascista Italiano.» Abreviadamente, C. L. N. Sus miembros eran llamados «celenistas». (N. del T.)

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exilio, sino para poder defenderse a sí mismo, y, por tanto, al pueblo italiano, con el que se identificaba, ante los nuevos Solones del Occidente y del Oriente que desde el democrático Olimpo descendían, armados hasta los dientes, para iluminar, con mesiánicas promesas de bienestar y paz, de superior civilización y cultura, a los bárbaros e ignorantes pueblos del Eje. Me viene a la memoria lo que dijo una vez mi padre: «Un pastor de los Abruzzos es cien veces más «civilizado» que el millonario Morgenthau.»

Tenía documentos de ello, algunos consigo, y otros confiados a personas seguras; pero hasta ahora bien pocos y auténticos han visto la luz. Por otra parte, hábil polemista como era y orador como pocos, si le hubieran dejado hablar libremente ante un Tribunal internacional, soy de la opinión de que la verdad no estaría aún pudriéndose en el fondo del pozo, sino que se hubiera restablecido un mayor equilibrio, una latina justicia y una tolerancia humana, evitando juicios sumarios y litigantes e inútiles derramamientos de sangre. Cuando pienso que desde América alguien fué a Italia a toda prisa para obtener un pedazo del cerebro de mi padre a fin de examinarlo científicamente, mi estima por el pastor de los Abruzzos aumenta hasta el límite.

Con aquella aclaración, que los odios y las venganzas no quisieron entonces, toda Europa hubiera salido ganando y el mundo hubiera visto de pronto lo que con el ruido de las bombas comienza a entrever ahora. Esto explica la terrible prisa de los sicarios de Moscú, Longo y Valerio, el consentimiento desdeñoso de los ingleses y la pasividad norteamericana en las trágicas jornadas de abril de 1945. La idea de hacer fusilar a Churchill o Roosevelt, no creo que haya ni siquiera brotado, no sólo en la mente de mi padre, sino ni siquiera en la del más decidido Hitler. Jamás he oído hablar de un Nuremberg del Eje.

A causa de mi poca salud, no tuve hasta la época de la R. S. I. muchos coloquios a solas con mi padre. Durante la guerra, y especialmente después de su liberación del Gran Sasso, encontrándole, por lo menos en apariencia, más dispuesto a la conversación con todos y no sólo conmigo, tuve varios coloquios, a algunos de los cuales no he hecho referencia en el libro por un instintivo pudor y por considerarlos solamente míos y no para hacerlos públicos. Aunque contribuyen a honrar a mi padre, no me decido a contarlos porque sé que a él no le hubiera gustado.

Creo que nadie ha gozado jamás de la plena confianza de mi padre. Es notorio que era un «solitario»; en su juventud tuvo amigos y amigas, pero tales amistades no perduraron con el tiempo. La intimidad con los hombres y las formas exteriores de amistad, con abrazos y palmadas en la espalda, la poca reserva y las alegres y ruidosas reuniones eran algo bien ajeno a él, aun cuando su posición pública, naturalmente, no lo hubiera hecho imposible. Hasta el final de la primera guerra mundial tuvo amigos y «toleró» amigas; después vivió siempre solo y ni siquiera con los altos jefes del fascismo mantuvo esos continuos contactos privados que crean la confianza. Balbo, Grandi, Farinacci y muy pocos más le trataban de tú, correspondiéndoles él, naturalmente. Jamás invitó a amigos ni a colaboradores a villa Torlonia; hasta su hermano Arnaldo y su hermana Edvige frecuentaban poco nuestra casa. Conociendo de cerca a los hombres y sus miserias, tenía por ellos no sólo una intolerancia psíquica, sino incluso física, y no fué esto la última razón de haber insistido en la abolición del apretón de mano sustituyéndolo por el más higiénico saludo romano.

Durante la R. S. I., me chocó bastante el que un viejo sindicalista socialista, recibido por él en mi presencia en la época en que Edmondo Cione buscaba adeptos, se dirigiera a mi padre con un amistoso Mus-solini, se dieran el tú y se gastaran mutuamente bromas por volverse a ver envejecidos al cabo de los treinta años de su último encuentro. Este le reprochaba: «¡Ah, si hubiera triunfado la revolución socialista en Milán en 1913, ya hubiéramos tenido una república social!» A lo que mi padre respondió: «Sí, acaso era posible; pero no sólo una república social, sino incluso nacional, porque el nacionalismo en Italia no debe ser exclusivo monopolio de la monarquía, de las derechas conservadoras y de los generales.»

Tuve en aquella época muchos coloquios con mi padre : algunos se referían a mi misión en Alemania y a la defensa que oponíamos a los alemanes-austríacos, nuevamente instalados en el Alto Adigio; otros a las muchas pretensiones, más imbéciles que malvadas, de organismos alemanes que querían dominar en Italia, y con tal motivo fui con frecuencia portador de sus cartas a altas autoridades alemanas, y una vez su memorándum era tan duro que dudé antes de entregar el documento al subsecretario de Asuntos Exteriores alemán. Como yo viajaba con frecuencia por Italia y Alemania, me pedía noticias y detalles sobre diversas cuestiones, y notaba con complacencia que

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su estima por mí crecía con el andar del tiempo. Algunas veces me encontré en desacuerdo con él y yo me quedaba maravillado de ello como de algo imposible, aun cuando al final lograba, en el noventa y nueve por ciento de los casos, convencerme de que tenía razón él o de que no se podía hacer de otra forma. Un día abordé un tema de carácter estrictamente privado, que consideraba en aquel momento de vital importancia. Con dulce benevolencia escuchó mis ásperas palabras y me dio la razón. Al día siguiente volvió sobre el tema y me hizo comprender la relatividad de ciertas circunstancias a las que las personas interesadas daban excesiva importancia. Nunca más volví a hablarle de ello, porque la época y las crueles vicisitudes que vivíamos no permitían tampoco que se perdiera el tiempo agigantando murmuraciones. Otro «encuentro» tuvo lugar cuando, apenas liberado por Skorzeni, se estaban buscando hombres capaces y leales para formar el nuevo Gobierno, y yo le critiqué el haber tenido tan diligentes y hábiles colaboradores, pero no amigos fieles con los que cambiar ideas, conversar, jugar, bromear y pasar el tiempo, incluso bebiendo un buen vaso de sangiovese, como hacía en su juventud. Más tarde, durante la R. S. I., muchas formas exteriores y protocolarias cambiaron (un ejemplo: hacía sentarse delante de su escritorio a los ministros y a sus funcionarios y les daba la mano y les entretenía incluso con temas no estrechamente relacionados con su cargo), pero aquel día me respondió: «Querido Vittorio, a mi edad no puede uno adaptarse a nuevas formas de vivir ni cambiar ideas que ya son parte integrante de nuestro ser. He tenido amigos y amigas, especialmente de joven, y muchos me han permanecido fieles y próximos, pero cuando uno se dispone a empresas altas y generosas, en ellas debe haber un número impar de asociados, y tal número no debe ser mayor de dos.» Amaba al pueblo, a la nación, pero no escondía su desprecio por la masa. «Ama a los hombres fuertes, porque es mujer», y al decir mujer daba a entender cuáles eran los límites y las posibilidades que le concedía. Comprobado ya que con la fuerza no obtenía nada, di a mi argumentación un tono de broma y paradójico: «¿Por qué, en vez de reuniones internacionales, protocolarias, frías, los hombres responsables de los destinos del mundo no se han frecuentado, conocido, haciéndose amigos? ¿Qué hubiera sucedido si Hitler, Roosevelt, Stalin, Churchill y tú os hubierais reunido en bellas quintas, en magníficas localidades, pasando algunas semanas hablando, haciendo deporte, jugando a las cartas, comiendo y bebiendo? Entre vosotros cinco podía haber un entendimiento, dado que teníais los plenos poderes de las respectivas naciones, en forma diversa, pero igual en la sustancia, diría dictatorial.»

Sonreía, mirándome con ojos irónicos y maliciosos. «Hitler, a la larga, aburriría a un santo; Roosevelt no comprendería nada de nosotros, los europeos; acaso con Churchill y Stalin hubiéramos podido pasar algún divertido weekend juntos, sin etiqueta y protocolo, pero el inglés bebe whisky y fuma puros, Stalin vodka y pipa y yo no fumo ni bebo. Hitler parece que no ama a las mujeres, Roosevelt siempre ha llevado en la mano la Biblia y la última cotización de Wall Street.»

La conversación se hizo amable y paradójica, y desde luego no tiene valor histórico, aun cuando me parezca comprender que de sus colegas, el que gozaba sus mayores simpatías era el viejo tory Churchill.

Otro coloquio, y éste deseo referirlo ampliamente, lo tuve una tarde después de comer en villa Feltrinelli, mientras mi padre pasaba el tiempo haciendo el «solitario» de Napoleón en una mesa en el mirador que da al lago de Garda. Estábamos pasando días malos: poco antes Roma había caído y en aquella semana se había iniciado con éxito la operación Overlord, en Normandía. De los dos acontecimientos, el primero era el que más dolorosamente había sacudido su ánimo. Se me ocurrió preguntarle si había pasado momentos peores que los actuales, y aquella noche, propenso a la confidencia, desahogó conmigo su profunda pena.

«En la juventud, varias veces me he dicho: «¡ Este es el fin de tus esperanzas!» Pero cuando se tienen quince, veinte, treinta años, las dificultades no cuentan y se reemprende con más fe el camino. La pérdida de familiares y amigos queridos, disgustos amorosos, mentiras y calumnias del adversario, colaboradores que se pasan al campo enemigo, heridas, el hambre y la miseria, la cárcel, el duro trabajo manual... Éxito y fracaso. He probado de todo, había preparado mi espíritu en la lucha y en la dificultad, no tenía responsabilidades nacionales, estaba solo, y en cuanto al comer, quitándome el hambre yo, con poco y raramente, todo estaba arreglado. Ni siquiera las graves heridas de guerra abatieron mi ánimo. Tengo que llegar a 1919 para encontrar una jornada verdaderamente negra, sacudido por la desconfianza de mis medios y de mis ideales, perdido por la derrota en las elecciones, que fueron un verdadero fracaso; entonces surgió en mí la duda...: ¿continuar en la lucha política, dura, áspera; valía la pena pensar en la posible grandeza de Italia, salvarla del marasmo moral y material de la posguerra, dar un carácter, una conciencia, un destino a

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un pueblo que por primera vez había combatido en una gran guerra, desde el soldado piamontés hasta el infante de Cerdeña; un pueblo mal juzgado en el mundo, injustamente tratado en Versalles, vilipendiado en su ejército por Caporetto, agonizante por la anarquía, las huelgas, el comunismo en aumento? Me encontré solo, y por primera vez me entró la duda de si lo conseguiría. Los socialistas estaban contentos, especialmente los altos turiferarios, no la masa, que no había olvidado que yo me lo jugué todo en las barricadas, mientras ellos querían el triunfo de la revolución socialista siguiendo las prácticas democráticas, las alquimias parlamentarias, los fraudes electorales y las ayudas de la Internacional roja. Pero mi reacción fué rápida: recomencé con furioso ardor la lucha, abandoné a su destino a los inútiles y a los ineptos, usé nuevos métodos, tácticas, palabras. Y en pocos meses, el «muerto Mussolini» era de nuevo, para millones de italianos, la esperanza de un porvenir mejor. Jamás me lo perdonaron mis precipitados sepultureros, Trevers, Turati, Matteotti...»

Aquel nombre, pesada carga del fascismo, fué pronunciado con voz calma y tranquila por mi padre, que prosiguió: «Y he aquí que a causa de este último pasé otro tremendo período. De nuevo solo, con mayores responsabilidades, herido de muerte el fascismo. El palacio Chigi, de costumbre tan animado, se convirtió en una tumba. Este lamentable asesinato sólo pudo urdirlo mi peor enemigo. Para hacer triunfar una revolución se pueden usar a veces métodos ciertamente no ortodoxos, pero mi revolución no tenía necesidad de ellos, y personalmente jamás me hubiera desembarazado de un rival político de aquel modo. Toda la responsabilidad caía sobre mí, jefe del Gobierno y del Partido, y te confieso que fueron días verdaderamente negros, no tanto por lo que podía sucederle a mi persona como por lo que había sido el objeto de mi lucha de veinte años, elaborada hora a hora, minuto a minuto, con sacrificios inmensos de la mejor juventud italiana, y que un idiota criminal estaba a punto de hacer fracasar miserablemente, definitivamente. Tres días antes de que el diputado socialista fuera matado, había publicado y pedido sinceramente a la nación que se depusieran de una vez para siempre odios y violencias por el supremo bien de la Patria. No era fácil sujetar a los fascistas, que querían hacer una limpieza de personas y cosas que se oponían, a veces en forma verdaderamente indigna, a todo lo que constituían las metas de la revolución. Y se había casi logrado, eliminando progresivamente del P. N. F. a los violentos de profesión, a los aprovechados, a los no idóneos con la nueva ética que se estaba creando. La palabra «dictador» no me da miedo, pero hubiera preferido que todos los partidos colaboraran sinceramente en la obra de reconstrucción moral y material a la que se había entregado mi Gobierno. Estaba en mi intención, una vez pacificados los ánimos, ofrecer a la oposición honrada algunos Ministerios en un gran gabinete de unidad nacional, disolver y asimilar la M. V. S. N. 5 al Ejército, reducir el Gran Consejo del Fascismo, no obstante el acaso justo parecer contrario de muchos de mis colaboradores. También en el sector-social, por cuya tranquilidad tanto había luchado, el acuerdo podía alcanzarse a través de la Confederación del Trabajo...»

Mi padre interrumpió el coloquio para salir al jardín; en lo alto del cielo, el característico rombo de las fortalezas volantes. Cuando volvió a entrar me dijo: «Quién sabe qué ciudad alemana arderá en llamas esta noche. Parten desde las bases de la Italia meridional y encontrarán bien poca oposición.»

Pero yo quería volver al tema precedente y le pregunté: «¿Cómo era ese famoso Matteotti? ¿Cómo pasó la crisis?» «También entonces se imponía una decisión, pero tuve que maniobrar durante algún tiempo. Y cuando poco a poco comenzaron a afluir de nuevo los fieles a la antesala, cuando el rey me dio su apoyo, el Vaticano se mostró reservado y tranquilo, y en la periferia, encajado el golpe, pasaron a la ofensiva verbal y escrita los jerarcas y los fascistas; cuando noté que la más absoluta y mal intencionada libertad de prensa, en su mayoría violentamente contraria, no había afectado más que en parte a mi prestigio personal, y sobre todo cuando los «aventinianos» perdían un tiempo precioso en un aislamiento verdaderamente idiota y suicida, entonces fué cuando salí de la reserva y del silencio y pasé decididamente al ataque. No era ya posible ningún compromiso entre mi revolución y el viejo régimen que había demostrado su incapacidad política. Di órdenes severísimas para castigar a los culpables, cualquiera que fuesen. Me acuerdo de que aquel verano me encontré con vosotros en Badia Prataglia: no sabíais nada, e indudablemente, mientras jugabais entre los abetos, no sospechabais el terrible huracán que me envolvía. Erais felices y la localidad verdaderamente bella. En Soci vi al cardenal Vannutelli, que tuvo palabras de confortación y de incitación. Luego, en Roma, fué muerto un diputado fascista, hombre íntegro, pobre como una 5 «Milicia Voluntaria de Seguridad Nacional.» (N. del T.)

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rata, el valeroso sindicalista Armando Casalini. ¿Quién se acuerda de él en el mundo? Parece que sólo los muertos antifascistas son seres humanos...; nuestros caídos, y son millares, que el diablo se los lleve. Jamás como en aquellos días desprecié tan profundamente a la Humanidad en su desdichadamente habitual carácter de vileza, de hipocresía, temor, indecisión. Pues bien: ¿qué crees que sucedió cuando después de todo aquel jaleo me presenté en el Senado, en el libre Senado de entonces? De doscientos cincuenta y dos senadores solamente veintiuno dieron voto contrario a mi Gobierno y seis se abstuvieron. ¡Hasta Benedetto Croce votó a favor, demostrando que entonces no era un viejo reblandecido y avinagrado como ahora, cuando acaso se alegra de que los guerrilleros le hayan quitado de en medio, a tiros de ametralladora, a su rival Giovanni Gentile! La maniobra con la que se me quería hacer fracasar estaba vencida para siempre. De aquello pasé al 3 de enero... Si el fascismo no ha sido sino aceite de ricino y porras en vez de una noble pasión de la mejor juventud italiana, que se me eche a mí la culpa.»

Para concluir, me dijo: «Esta frase vale también hoy, por lo que puede suceder mañana.»

Mi padre continuó el «solitario» en el semioscuro mirador, frente al bello lago cantado por Catullo, y donde Gabriele d'Annunzio dormía el sueño eterno, próximo a la proa de la nave Puglia.

«Jornadas oscuras o incluso semanas tristes e inquietantes, las he tenido a centenares; no cuento los lutos familiares, que pertenecen a mi vida privada, como la muerte de mis padres, de Arnaldo, de Sandrino, la enfermedad de Anna Maria, la muerte de Bruno y de Galeazzo. Ni episodios adversos de la guerra de Etiopía, o de España, o los todavía más penosos de Albania, de Rusia, de África. He sufrido por cada soldado caído, por cada víctima de los bombardeos a discreción, por la caída de un muro de un establo o de un ala de la iglesia de San Lorenzo. Pero jamás me he sentido batido y vencido por los hombres, ni siquiera el 25 de julio, cuando en forma democrática, es decir, con el uso del voto, el Gran Consejo del Fascismo mató la revolución fascista que le había creado. Los acontecimientos de estos últimos años los he vivido y sufrido hora a hora, por lo menos hasta que me fué posible dominarlos con mi voluntad de victoria; desgraciadamente hoy cuenta poco ante la apatía de los italianos, el superponer de Eisenhower y los errores de los alemanes. Pero me pregunto: «¿Qué ventaja, aparte de la inmediata, puede esperar Inglaterra destruyendo Alemania e Italia?» Su imperio se deshará trozo a trozo bajo las miradas interesadas y hostiles de los Estados Unidos y de Rusia. Tendrá así el castigo que se merece por su pertinaz, continua y maligna obra de perturbación de la paz, de la unidad y de la solidaridad europea y del disfrute de generaciones enteras de poblaciones de su exterminado imperio colonial. Personajes como Vansittart han tenido tan nefasta influencia que me asombro de que un hombre inteligente como Churchill no se haya dado cuenta de ella a tiempo.»

Todos los que en aquellos meses tenían contacto diario con mi padre, en virtud de sus cargos en el Gobierno o simplemente como visitantes, habían notado cómo se abandonaba con gusto al ahondamiento del lado filosófico de los acontecimientos y de la Historia, observando con ojo crítico, pero distante, su desarrollo y sus consecuencias. También a mí me fué dado observar que si «externamente» su energía y voluntad estaban intactas y su actividad seguía siendo tan enorme como antes, creo que ya no tenía dentro ese entusiasmo ciego y ferviente, ese impulso irrefrenable y violento que no deja ver más que la meta anhelada por la que se lucha.

«Alarico entró en Roma en el 410. Era un bello estío como éste y hacía calor, pero esto no impidió al bárbaro entregarla al saqueo durante tres días. En Roma se alternan turistas e invasores... Pocos conocen a los hombres y sus reacciones como yo; jamás me han cogido de sorpresa ni cuando dejé creer lo contrario. Hasta hoy, algún celoso escriba ha calculado que he concedido aproximadamente doscientas mil audiencias a personas, grupos, autoridades, individuos de todas las clases sociales y de todas las nacionalidades. Cuando lo pienso me aterrorizo. Mi única y verdadera escuela para conocer a la gente ha sido el período de la juventud, los años de la lucha por la existencia, del periodismo polémico, del socialismo batallador, de la intervención, de la guerra, de la marcha sobre Roma. Después de todo ha sido bastante simple. En cuanto a las lecturas, he devorado decenas de millares de libros, artículos, opúsculos; millones de periódicos y revistas. Te dejo a ti sacar, si quieres, la optimista o desoladora conclusión.»

Me hablaba con tono cálido, con vena triste. Parecía seguir el juego de las cartas con mucha atención, si bien era evidente que sus pensamientos no se concentraban en él y hasta sus palabras parecían venir desde lejos, desde el tiempo infinito. Para cambiar de tema, le pregunté qué período

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de su vida había sido el más «divertido». Me sonrió: «No sé qué significado das a la palabra divertido. En la juventud he pasado días inolvidables, en Romana, en Suiza, en Trento, en todas partes. Aunque mi negra miseria me atenazaba. Sin embargo, puedo decirte que el periodismo ha sido mi verdadera, mi gran pasión, superior incluso a la lucha política y al éxito de los ideales que propugnaba. También en la Cámara he tenido días felices y de satisfacción, especialmente cuando luchaba con la oposición. En cuanto al pueblo italiano, nada me ha hecho más feliz que aquel momento en el que proclamé el retorno del Imperio a Roma. Momento en el que yo y el pueblo fuimos una sola persona, una sola ansia, una sola felicidad. También la política es una magnífica empresa, en la que no se improvisa: politicastros hay muchos, pero políticos pocos. En general, hábiles ministros que puedan cambiar el destino de una nación, como Talleyrand o Metternich,, hoy tendrían dificultades muy distintas que superar.»

Ilustración 1. Mi madre. Foto tomada poco antes de la marcha sobre Roma.

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Ilustración 2. Durante algunos meses, en 1925, frecuenté, como externo, un colegio de Forlí

Me preguntó qué hora era: las diez pasadas ya. Acabó el solitario, que no consiguió, se levantó y después de haber mirado otra vez al cielo, pespunteado de estrellas, me besó en la cabeza, mientras le deseaba una buena noche.

Juzgando a distancia de años, creo que solamente ahora le quiero con esa total ternura filial, que desdichadamente, con innato egoísmo, casi todos los hijos escatiman en vida a los padres. Lo que me quisiera él, no me importa; «no pertenecía a la familia», y le estoy agradecido de haber hecho lo posible porque sintiera menos esta falta, cumpliendo con afecto y bondad sus deberes de padre, como acaso no hayamos cumplido nosotros los de hijos.

A los italianos, a todos aquellos que, no cegados por el odio y los prejuicios, estudian su vida, leen y meditan sus escritos y discursos, que como buena señal de civilización y cultura se están publicando íntegros; a aquellos que examinan su obra en todos los sectores de la vida nacional, dedico estas líneas y dirijo un ruego:

Haced que después de tantos años de poca cristiana venganza por parte de unos pocos ambientes se cree el clima pacífico y humano que permita que lo poco que queda del cuerpo mortal de mi padre repose en la sencilla tumba de familia en San Casciano. Ni monumentos ni honores, sino solamente una cristiana sepultura para el hombre que quiso durante toda la vida no su personal grandeza y fortuna, sino únicamente la de Italia y los italianos.

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I. LA INFANCIA Y LA ESCUELA LA primera vez que vi a mi padre no tenía todavía cinco años. Subía por la escalera oscura

ayudado por un pequeño grupo de hombres, porque había resultado herido en un accidente aéreo. Hacía más de un año que había iniciado en Arcore un curso de piloto, continuamente interrumpido por su actividad política y periodística. Entonces, por fortuna, había salido con un corte en la cabeza y un fuerte golpe en la rodilla. Mi madre, desde el descansillo, seguía con ojos espantados el pequeño cortejo, mientras nosotros, los hijos, apretados alrededor de su falda, observábamos con curiosidad. La madre, vencida por la emoción, en vez de pronunciar palabras de consuelo, no hacía más que repetir: «¡ Te está bien empleado, te está bien empleado!» Pero luego se puso a llorar, mientras mi padre la tranquilizaba sonriendo: «No es nada, Rachele; nos hemos caído con Redaelli apenas desde cuarenta metros.»

Este es el primer encuentro vivo y esencial con mi padre.

Carezco más bien de recuerdos de infancia: la memoria de aquellos años va a saltos y no logra llevarme de nuevo más que a pocos episodios, en su mayoría de juegos y conocimientos ocasionales. La escalera de la casa de foro Bonaparte en Milán, número 38, la recuerdo muy bien: era amplia y oscura. De niños jugábamos a dejarnos resbalar a lo largo de la barandilla. Recuerdo también todas las veces que mi madre, con inquietud, abría la puerta de casa y miraba hacia abajo por el hueco de las escaleras esperando el regreso de su hombre. Precisamente allí la vi una tarde con dos bombas sipe en las manos, con expresión decidida y más bella que de costumbre, mientras fuera, en la plaza, los manifestantes subversivos se mostraban amenazadores. El portal había sido rápidamente cerrado por el fiel portero y contra él algunos energúmenos golpeaban con los puños y con garrotes nudosos. Mi madre nos dijo: «Vosotros id al desván junto a la abuela.» Y se quedó en el último escalón, sola y dispuesta a defendernos. Antes de que algún manifestante nos hubiera alcanzado, ella hubiera lanzado seguramente las dos bombas por las escaleras. Aquel mismo día pasó bajo nuestras ventanas un cortejo fúnebre en perfecto orden. Sobre el féretro, un trapo llevaba el letrero: «Aquí yace Benito Mussolini.» Por fortuna, mi padre había tranquilizado a mi madre, y cuando ella le dijo: «Benito, aquí abajo están haciendo tu funeral», mi padre respondió lacónico e irónico: «Jamás he estado tan vivo como hoy.» Era el día en que, presentándose a las elecciones con los compañeros de lista F. T. Marinetti y Arturo Toscanini, no había obtenido más que unos pocos miles de votos.

Mi padre, en aquellos tiempos de dura lucha política, estaba en casa muy poco: siempre estaba de viaje por la alta Italia, y viajaba corrientemente en avión. Cuando regresaba a casa tarde, mis hermanos y yo estábamos ya en la cama y nos acariciaba procurando no despertarnos. Edda continuaba siendo su benjamín y para ella a veces tocaba el violín, con la intención de dormirla. Igual que había hecho en los años en que el matrimonio Mussolini habitaba en una mísera habitación amueblada de vía Merenda, en Forlí. Y aun sin ser un Heifetz, a veces lo hacía bien. Mi madre, no obstante la pobreza, recuerda todavía ahora aquel período como uno de los más felices de su vida.

Una vez le pregunté a mi padre: «¿Por qué me has puesto el nombre del rey?» «No te he puesto el nombre del rey, sino que te llamas así porque el día en el que naciste las tropas francesas vencieron una gran batalla.» Edda debe, por su parte, el nombre a la heroína del ciclo escandinavo, y Bruno, en homenaje a Giordano Bruno. Mi segundo nombre es Alejandro, como el abuelo. Más tarde, cuando nacieron los otros dos hijos, le fué impuesto al varón el nombre de Romano, en homenaje a la latinidad, y a la hembra Anna Maria, en recuerdo de la abuela materna, Anna Lombardi, muerta unos años antes en Carpena.

Recuerdo mi bautismo, porque tuvo lugar cuando tenía casi siete años. Junto a Edda y Bruno, aprovechando una rápida visita a Milán de mi padre, el sacerdote Colombo Bondanini, hermano de la mujer del tío Arnaldo, nos bautizó. La ceremonia fué breve, y mi padre parecía más satisfecho que mi madre. Hablando él con el tío Arnaldo dijo que el rey le había ofrecido el Collar de la Anunciación, pero que había convencido al soberano para que prefiriera al senador Tittoni. Además había rechazado el nombramiento de duque de Rodi, como consecuencia de la anexión del Dodecaneso. Aceptó el Collar de la Anunciación al año siguiente, cuando Fiume fué restituida a Italia. El rey Jorge V de Inglaterra le había condecorado con la Orden del Baño, y cuando nos lo comunicó a nosotros, los niños, empezamos a reírnos. En 1925, en Camaldoli, nos fué impartida la Confirmación y la Comunión y fuimos recibidos en benévola audiencia por el cardenal Vannutelli.

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Si quisiera contar otros singulares acontecimientos de aquellos años tendría que recurrir a lo que me refería mi madre y otros familiares y amigos; de cualquier modo, muchos episodios de entonces están bien descritos en las numerosas biografías que se han escrito de mi padre. Prefiero limitarme a contar lo que vi y escuché en persona, a veces saltando años y años y sin tener en cuenta la sucesión cronológica de los hechos. Debo, pues, dejar pasar algún tiempo para volver a encontrar en mi memoria la figura de mi padre.

Una tarde de finales de octubre, en Carpena, cerca de Forlí, esperábamos a papá de regreso de una gran manifestación fascista en Bolonia. Mi madre había hecho construir una quinta, fruto de muchas economías, en el terreno donde existía antes una vieja casa colonial habitada por su hermana Pina, madre de siete hijos, muerta en 1924 de tuberculosis. En torno a la quinta, además de un pequeño jardín, había un gran huerto frutal, todavía en los comienzos, en el que el notable agrónomo Ferraguti experimentó durante algunos años varias variedades de frutos e injertos bajo la mirada escéptica de mi madre. Y en la granja fueron también sembradas con carácter experimental nuevas variedades de trigo, algunas de las cuales fueron luego ampliamente usadas por los agricultores italianos en la época de la batalla del trigo. En aquella quinta, inexplicablemente antipática para nosotros, los hijos mayores, nacieron Romano y Anna María.

Aquella tarde de otoño, acabados los trabajos en los campos, los bueyes regresaban mugiendo a llenar los establos, mientras en torno a la potente lámpara que iluminaba la entrada bailaban las mariposas y revoloteaban algunos murciélagos. Nuestro oído esperaba captar el rumor del coche de mi padre, que tardaba. Cuando le vimos llegar era ya oscuro. Los jerarcas que le acompañaban estaban silenciosos y pálidos. Mi padre descendió, se tocó con una mano el pecho y dijo dirigiéndose a la madre: «Mira bien aquí, a la luz, Radíele; algún milímetro más adentro...» Tenía las solapas del uniforme traspasadas por una bala de revólver. También la banda de la Orden Mauriziana estaba agujereada. Más tarde descubrí que hasta la camiseta de lana estaba rasgada. Mi madre no dijo nada, y yo no comprendía por qué alguien quería matar a mi padre. Bruno cogió la banda y se la puso cruzada sobre el hombro. Después de comer, mi madre cosió el traje y la camiseta y colocó todo en el armario. Mi padre contó sucintamente cómo se había desarrollado el atentado, y no calló su dolor porque la multitud, indignada y exaltada, había hecho justicia sumaria con el atacante, cuya identidad era por el momento desconocida.

En general, mi padre, incapaz de odio profundo, no trataba con rigor a la persona o personas que querían asesinarle. Años después, ¿no ayudó a la familia de Tito Zaniboni después de que Zaniboni, junto con el general Capello, había intentado análogo acto criminal? La irlandesa Violet Gibson fué declarada loca y devuelta a su país. Cuando la Gibson le disparó a pocos pasos, mi padre debió su salvación al hecho de haber levantado de pronto la cara para mirar a una bella mujer que le lanzaba flores desde un balcón. Fué herido en la nariz, y ¿quién no recuerda cuando, curado con un sólido emplasto, habló el mismo día al pueblo romano desde el balcón del palacio Chigi? Su actividad no fué interrumpida por el incidente: al día siguiente, en solemne ceremonia, entregó el dirigible Norge a Amundsen y luego se embarcó en el Cavour para ir a Tripolitania.

El miedo es un sentimiento innato en el individuo, y no creo que mi padre fuera una excepción: nadie permanece impasible sintiéndose disparar en el rostro o lanzar una bomba entre los pies. Pero él tenía la convicción de estar protegido por algo inefable. Cuando el picapedrero Gino Lucetti tiró una bomba contra su automóvil en la plaza de Puerta Pia (ocho personas fueron heridas), mi padre tranquilizó con pocas palabras a su conductor, Ercole Boratto, que había acelerado la marcha: «¿Está herido?» «No..., estoy bien; sigue adelante.» Creo que su simpatía iba más al atacante, que había tenido el valor de atreverse al golpe, que a la Policía, que intentaba impedir el acto criminal. Acaso recordaba su juventud rebelde y violenta, y por esto retardó todo lo posible la aplicación de las leyes excepcionales para la defensa del Estado, exigidas cada vez más enérgicamente por los fascistas, y finalmente aprobadas después del atentado de Bolonia: el cuarto en un solo año. Luego, con el nombramiento de Arturo Bocchini como jefe de la Policía, tuvieron fin los atentados de importancia contra mi padre.

Nosotros, su familia, nos habíamos acostumbrado a la idea de que nuestro padre era invulnerable; aun cuando después de estos dramáticos episodios yo me iba lenta e inconscientemente convenciendo de que no vería morir a mi padre en un lecho.

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Terminada la marcha sobre Roma, continuamos viviendo en Milán, en el foro Bonaparte, hasta 1925, año en que nos trasladamos a Carpena por motivos que ignoro. Edda entró en el colegio de la S. S. Anunciación, en Florencia, mientras que Bruno y yo estudiábamos en el colegio De las Vacas, de Porlí, y también en la pequeña escuela rural próxima a Carpena. Mi padre era contrario a la escuela privada para nuestra educación:

«Quizá es mayor el aprovechamiento—decía—, pero prefiero que frecuentéis las escuelas públicas: el carácter mejora al contacto de la variedad de tipos y el egoísmo innato de los niños se limita grandemente.»

La muerte de la abuela materna, Anna (tenía siempre algún caramelo en el bolsillo de su falda negra), le dolió muchísimo a mi madre. Se sintió muy sola en Carpena, y, por tanto, después de un mes de descanso en Badia Prataglia, regresamos a Milán, ya no a la vieja casa del foro Bonaparte, sino a la calle Mario Pagano, a pocos centenares de metros de donde ya habitaba nuestro tío Arnaldo. El apartamento era mejor, pero dejar la plaza del foro Bonaparte fué un gran dolor para nosotros, los niños: allí llegaban los tranvías provinciales, estaba la ruidosa escuela técnica Piatti, el teatro Dal Verme, donde la soubrette Nella Regini hacía estragos en los corazones, y el parque vecino, donde Ugo Frigerio se entrenaba, y el grueso cañón a la entrada del castillo Sforzesco que servía para nuestros juegos. Y luego el Anfiteatro, estremecido por la victoria de Giuseppe Spalla, y donde a veces se celebraban grandes concursos de fuegos pirotécnicos, con el final, «la batalla del Piave», que hacía retumbar los oídos y caer el yeso de las casas viejas.

Ahora, desde nuestras ventanas, se veía el cuartel de la legión Carroccio y un poco más lejos el de los alpinos. Finalmente, teníamos ascensor y en la casa habitaba gente rica: el dueño poseía dos bellos automóviles Graham Page americanos. Nosotros un ítala 65, que había sustituido al famoso Bianchina, un auto de turismo abierto con dos toscos asientos, que una vez mi hermana Edda, a los diez años, guió intrépidamente hasta la plaza del Duomo. Y por conductor a Poldo Re, que siguió a nuestro servicio durante muchos años, el cual nos acompañaba a la escuela y a veces, el domingo, en excursión hasta Como, donde nos divertíamos en la amable y hospitalaria casa de los Pessina.

En el nuevo alojamiento estábamos bien; Bruno y yo dormíamos juntos en una hermosa habitación. Papá telefoneaba casi cada noche desde Roma y nosotros le saludábamos por turno. Una vez nos aconsejó jugar a la lotería: el famoso «manco» de San Frediano había predicho un terno seguro. «¡Jugadlo y desbancaréis al Gobierno!» La familia Mussolini contribuyó con cien liras a las finanzas del Estado, que por otra parte en aquella época eran florecientes y sólidas. Yo estudiaba en el gimnasio Manzoni con la profesora Giuseppina Villa y a ratos perdidos escribí dos novelitas para el semanario II Balilla, dirigido por Dante Dini, de las cuales una, titulada Los forzados de Norfolk, obtuvo la felicitación de mi padre. Además escribía un periodiquillo para los íntimos de casa, con la ayuda del hijo del portero, Lino Stazzi, con el democrático título de II Camice, con el fundamental objeto de reunir un poco de dinero para ir al cine Silencioso.

Mi hermana Edda, regresada a casa desde Florencia, tenía su círculo de amigos, y Bruno y yo, inseparables, el nuestro. Una tarde, jugando a guardias y ladrones en el patio del cuartel, me herí gravemente en la mano derecha. Con la providencial ayuda de Poldo me fui al hospital, donde operaba el profesor Ambrogio Binda, el cirujano que había curado a mi padre, herido en el frente, y que había seguido siendo desde aquella época gran amigo de casa. Nos daba cinco liras para mí y para Bruno cuando venía a vernos, y a Edda, favorita, diez. En aquella triste ocasión me dio trece puntos en la mano, previa inyección antitetánica. Para consolarme me llevó luego a Peck para comer pastas. Y luego le envié delante a casa para preparar el terreno y obtener el perdón de mi madre para mi travesura.

A papá le veíamos por Navidad. En Roma habitaba él entonces un amplio apartamento situado en la calle Rasella, dentro de un viejo palacio donde vivía también el senador Tittoni. Llegábamos algunos días antes, apenas iniciadas las vacaciones, y yo, que siempre he tenido mucho sentido de la orientación, conducía a la pequeña comitiva familiar a través de la Urbe.

Un gran árbol de Navidad estaba preparado en el salón; los regalos no eran ni muchos ni magníficos. Pero a nosotros lo que más nos gustaba era estar junto a nuestro padre, que en aquellos días, como para compensarnos de los meses de separación, aumentaba su amabilidad habitual y su

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afecto. Nos entreteníamos con él en el vasto salón, donde sobre un gran piano de cola había una enorme águila de mayólica blanca, quién sabe por quién regalada. Luego, muchas fotografías enmarcadas de altos personajes de la política mundial con dedicatorias autógrafas, que cada año crecían de número, a veces desaparecían, y desgraciadamente hoy han desaparecido totalmente... Siempre que me han preguntado cómo era el Duce con nosotros, he respondido: «Bueno; desde luego demasiado bueno.» Jamás recibíamos castigos graves, y hasta cuando era oportuno imponer alguno, tomaba la cosa desde lejos, con calma y dando muchas vueltas a las palabras, hasta que intervenía nuestra madre con su vehemencia romanóla. Podría afirmar que era tímido y se dolía cuando tenía que hacernos observaciones: prefería dejar a nuestra conciencia el remordimiento de la falta cometida. Su bondad se extendía a todos, y no sólo a los familiares: no le he oído jamás clamar contra el personal de servicio, aun cuando la falta fuera evidente. Pero en cuestiones domésticas, como buen romanólo, dejaba amplia libertad de acción a la mujer.

Un año, por Navidad, encontramos en casa un puma. Era una bella fiera y mi padre, que lo había recibido como regalo de un italiano residente en Argentina, la había atado tranquilamente con una cadena al pie del pianoforte. Llegamos el mismo día y, como el animal no daba señales de ferocidad, jugamos junto a él todo el mediodía. Al día siguiente estaba ya más vivaz y comenzaba a rugir. Al tercero se lo llevaron precipitadamente. El donador se había enterado de nuestra familiaridad y, aterrorizado, había venido a llevársela. El pobre puma, nos explicó, se había mareado durante la travesía y no se encontraba todavía con salud. ¡ Por eso era tan manso! Inmediatamente el puma fué llevado al Zoológico, donde ya estaba la leona Italia, que mi padre se llevaba a veces a su lado cuando iba de paseo en su magnífico Alfa Romeo spyder por los paseos de Villa Borghese. Las señoras, a las que tales cosas siempre agradan, miraban con femenino interés.

Un día me llevó al Zoo y me invitó a entrar en la jaula. La leona me husmeó y luego, de pronto, me dio un zarpazo. Un largo reguero de sangre apareció bajo mis pantalones cortos: mi padre, rápido, le dio un latigazo en el hocico y la leona se alejó, mientras yo prudentemente salía de la jaula. Sentía simpatía por los leones: tuvo otro de regalo, Ras, que acabó sus días en el Zoo de Milán. Otra vez llenó el mirador de Villa Torlonia con cuatro cachorros de león, poco más grandes que un gato. Los tuvimos dos meses; se habían hecho tan enormes que no nos atrevíamos ya a entrar a jugar con ellos. Vinieron, por fortuna, unos encargados del Zoo, por orden de mi madre, y se los llevaron. No así el horrible hedor selvático que duró dentro de la casa una semana.

Fué durante una de aquellas Navidades, creo que en 1925, cuando vi por primera vez a mi padre lamentarse de fuertes dolores en la boca del estómago. Algún tiempo después tuvo un fuerte ataque y fueron llamados urgentemente los profesores Bastianelli, Marchiafava y el cardiólogo Sebastiani. Se discutió si se operaba o no, dado que el diagnóstico era de úlcera; pero después, hechas varias radiografías, fué decidido aplazar la operación y al enfermo se le impuso una especial dieta alimenticia. Mi padre ya era parco en el comer: ni fumaba ni bebía vino o café desde el final de la guerra. Se imponía un rígido régimen a base de leche y verduras. Por lo demás caía malo muy raramente, alguna gripe o resfriado, y hasta 1942 su salud no causó nunca preocupaciones, ni a nosotros ni a sus médicos. De todas formas, frecuentemente sentía, en especial después de comer, un dolor lacerante en el estómago. Entonces se colocaba en una extraña posición: apoyaba la espalda en el respaldo de una silla, contraía las piernas hacia el vientre, empujando el estómago hacia fuera y situaba las manos detrás de la cintura o detrás de la cabeza, y encogido así le parecía que el dolor disminuía al cabo de diez minutos. Más tarde comenzó a dejar de comer completamente a mediodía, por lo menos una vez por semana. Su estado de salud se agravó mucho en la primavera de 1942, y le recuerdo sufriendo como nunca en Cirenaica durante la ofensiva que nos llevó a las proximidades de El Cairo. Su verdadero remedio era el sueño, que tenía profundo e ininterrumpido: se dormía en tiempos normales hacia las once y se levantaba a las siete perfectamente descansado.

Por Navidad jamás sabíamos qué regalar a nuestro padre, y casi siempre nos limitábamos a un par de corbatas de tono serio. Aunque él tenía en mucho el aparecer ordenado y vestido con cuidado, tenía poco tiempo para dedicar al atuendo personal: por la mañana encontraba su ropa ya limpia y preparada sobre un sillón, y se la ponía sin saber de qué color era. En los últimos años, en fin, usaba sólo el uniforme. El lunes y el jueves, en correcto tight, se iba al Quirinal para la firma del Rey. Esto le molestaba un tanto, pero respetuoso con las tradiciones soportaba con paciencia lo que él consideraba una mascarada. A nosotros, de niños, nos regalaba quinientas liras a cada uno y, como no llevaba nunca dinero en el bolsillo, hacía que nos lo diera la cajera de la casa: mamá. De este modo podíamos comprarnos lo que fuera más de nuestro agrado. Ceremonias o cortesías

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especiales no se usaban en nuestra casa. En los cumpleaños y en los aniversarios festivos, mi madre preparaba corrientemente cappelletti 6 con tomate o con caldo, un buen pollo con patatas fritas y ensalada, un dulce hecho en casa y, como máximo, con el paso de los años, se descorchaba una botella de espumoso italiano. Cuando fué reconstruida la Rocca delle Camínate, por el cumpleaños de mi padre, la familia se encontraba casi siempre reunida en Romana. Yo estaba encargado de ir en coche a Paenza a comprar a un buen pirotécnico doscientas o trescientas liras de fuegos artificiales. Luego, a la noche, yo mismo, con la ayuda de mis primos Moschi, encendía las mechas. Mi padre se divertía, y en Romana se encontraba siempre bien; y me acuerdo de que una vez, en Predappio, le vi hasta bailar largamente por primera y única vez. Y el vals lo bailaba de forma vertiginosa, como en su juventud. Pero hacerse viejo le fastidiaba, y no se crea que fuera solamente por vanidad.

Acabadas las fiestas de Navidad volvíamos en tren desde Roma a Milán, y conservábamos largo tiempo el dulce recuerdo de aquellos días de felicidad junto a nuestro padre. Pero entrar de nuevo en Milán, aun con niebla y nieve, nos gustaba. Como buenos septentrionales, en aquellos tiempos considerábamos que Italia acababa en Florencia, como máximo. Mi padre no hacía distinciones: los italianos eran todos iguales, aunque fueran desiguales sus condiciones de vida y su carácter: «El obrero pugliés o siciliano es tan capaz y disciplinado como el milanés o el de Turín. Enseñadlos a manejar un torno y no notaréis ninguna diferencia.» En cuanto al carácter, durante la guerra, estaba particularmente orgulloso de la conducta de la población del Sur: «que soporta con dignidad y firmeza los bombardeos y las privaciones de la guerra. Lejos de ser un pueblo de mandolinistas, Nápoles ha sufrido cien bombardeos y se mantienen firmes como los londinenses».

No era ya posible vivir tan separados de nuestro padre; ya en diciembre de 1928, cuando aprovechando una rápida visita de papá a Milán, monseñor Magnaghi celebró el matrimonio religioso de mis padres, se había hablado de nuestro traslado a Roma. Pero no fué sino en noviembre del año siguiente cuando partimos para Roma, estableciéndonos definitivamente en villa Torlonia, en la calle Nomentana. Finalmente, la familia Mussolini se había reunido y, por ello, fué feliz, especialmente mi madre, aunque encontró la quinta demasiado grande, un poco en ruinas y privada de muchas comodidades modernas. Los niños veríamos y hablaríamos a nuestro padre todos los días, y esto nos consolaba de la ausencia de todos los amigos milaneses. También mi padre había trasladado su despacho del palacio Chigi al palacio Venecia.

Había sido un año particularmente feliz para él: la conclusión de los acuerdos del Laterano, a los que tanto se había dedicado, habían creado aún más en Italia y en el extranjero aprobaciones unánimes a su política, tanto que el 24 de marzo, con ocasión del Plebiscito, se obtuvieron los siguientes resultados: 89,6 por 100 de votantes. A favor: 8.519.559; en contra: 135.761.

Nuestra vida no cambió sustancialmente, y casi siempre nuestra jornada en casa y fuera se desarrollaba así: los niños, a las ocho, éramos llevados en coche al gimnasio-liceo Torcuato Tasso, en la calle Sicilia. Mi padre, a aquella hora, había ya salido o bien estaba haciendo equitación en el parque. Mi madre ya estaba en las faenas caseras: ayudaba a las criadas en la limpieza y además cuidaba un huerto y un gallinero, que había instalado en un ángulo apartado del jardín. En los primeros años de residencia en Roma, papá iba al hipódromo de la Villa Borghese, pero después, como la gente acababa por molestarle con su excesiva curiosidad, montaba en el parque de la quinta, donde había sido preparado un discreto picadero. El maestro Camillo Ridolfi le acompañaba, le aconsejaba y le moderaba. Había llegado a ser un buen jinete y saltaba con desenvoltura obstáculos de notable altura y dificultad. A veces caía, como todo jinete que se precie, pero volvía a montar a caballo hasta que hacía saltar al valiente animal la barrera. Tenía buenos caballos, todos recibidos como regalos de personalidades mundiales: de la ciudad de Hannover, de Dollfuss, de admiradores ingleses y árabes. Montaba con preferencia el alazán Ned, o bien los vivos árabes Fru Fru y Abril. Para los desfiles montaba el más tranquilo y solemne Gomito. Acabada la galopada matutina (con frecuencia montaba con la ropa normal y sin botas) subía al coche y se iba al palacio Venecia, conducido por Ercole Boratto y a veces con algún jerarca. Regresaba hacia las dos. Nosotros, en general, no le esperábamos para comer, especialmente si tardaba más de lo acostumbrado. En pocos minutos devoraba mucha verdura, cocida y cruda, a veces pasta, mucha ensalada y fruta fresca en abundancia. Pan oscuro o incluso integral. Según el humor que tenía le 6 Cierta pasta italiana para sopas. (N. del T.)

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entreteníamos con nuestra charla, luego descendía al piso bajo y, según la moda del momento, jugaba con nosotros al billar, o bien al pin-pon, o montaba en bicicleta. Más tarde fué construido un campo de tenis: jugaba con nosotros, o con Eraldo Monzeglio, defensa del equipo nacional italiano. Hacia las tres y media estaba de nuevo en la sala del Mapamundi, en el palacio Venecia, y no regresaba a casa hasta después de las ocho y, con el paso de los años, incluso más tarde. Después de una cena muy frugal pasaba al estudio y leía los periódicos de la tarde salidos en Roma, y los de la mañana de la Italia septentrional y meridional, que llegaban por la tarde. Luego semanarios, revistas a montones. El papel impreso le gustaba, y el olor de la tinta fresca le recordaba los felices y borrascosos tiempos de su carrera periodística, de la Lucha de clases, del ¡Adelante!, del Pueblo de Italia, que seguía cotidianamente a través de los telefonazos de su hermano en Milán. Leía con rapidez, pero no se le escapaba la noticia o la frase que le interesaba y la marcaba con un lápiz colorado. El montón de los números que poco a poco leía lo tiraba al suelo, hasta formar una alfombra de papel. Entonces entrábamos nosotros y escogíamos el periódico o la revista que nos interesaba. Debíamos tener cuidado de rebuscar sólo entre los números descartados, porque como buen periodista le molestaba leer un periódico de segunda mano.

Después de la cena, casi siempre descendía al salón de la planta baja, donde estaba instalado un equipo de proyección cinematográfica. Un operador del Instituto Nacional Luce estaba dedicado a la proyección de las películas, a la que asistía también el personal de servicio. Raramente mi padre veía entera la proyección: se limitaba al documental y a alguna secuencia del film. Se dormía frecuentemente, cansado. Cuando el argumento le interesaba veía alguna secuencia cada tarde. Buscaba la distracción, los films tristes, pesados le aburrían, y prefería las comedias ligeras o cómicas en la Mack Sennett con huidas kilométricas y pasteles en la cara. Entre los actores extranjeros prefería los grandes, tipo Wallace Beery o los hermanos Barrymore, y entre los italianos, Musco, Nazzari, De Sica. Actrices: Greta Garbo, Alida Valli y Lilia Silvi. Cuando comenzaba a bostezar se levantaba (generalmente veía los films en la extraña posición que ya he descrito) y sin hacer interrumpir la proyección nos daba un beso y se marchaba a su alcoba. No leía ya: a las once estaba ya en pleno sueño y ni un cañonazo le hubiera despertado. En todos los años que he vivido allí, jamás ha dormido fuera de casa mi padre. Salvo las noches en que iba a alguna recepción oficial en honor de un huésped extranjero (en villa Torlonia jamás ha recibido a personajes famosos, sólo recuerdo la visita del Mahatma Gandhi, con su cabrita; su casa la mantenía alejada de toda actividad social, política y mundana) o bien a algún banquete, que siempre le disgustaba, las demás noches siempre cenaba en casa con nosotros. Algunas veces íbamos al teatro y fué particularmente feliz la noche del éxito de Campo di maggio, de Forzano. Su actor preferido era Ettore Petrolini, más tarde los hermanos De Filippo. En aquellos años ningún extraño venía a nuestra casa, exceptuando algunos amigos nuestros de la escuela. El domingo, en coche o en motocicleta, un largo paseo hasta Ostia. A la noche toda la familia estaba reunida en su mesa, comprendidos Edda y Galeazzo y algún pariente de paso. Entonces, mi padre se extendía en amables conversaciones, tocando todos los campos de la actividad humana, los acontecimientos políticos de actualidad y los del arte o del deporte, en los que, naturalmente, los jóvenes estábamos muy al día. A veces escuchábamos con enorme interés su punto de vista sobre importantes problemas de la vida política o económica de la nación o de otros países; pero generalmente no llevaba a casa los líos de la alta responsabilidad que tenía.

Cuando se iniciaba la temporada lírica en el Teatro Real de la Opera, durante muchos años no perdió representación de su abono B. Vestía el frac y, con nosotros, los jóvenes (raramente venía mi madre), iba a nuestro palco número 11, segunda fila, que regularmente había pagado de su propio peculio (cosa que hacía en todo espectáculo que fuese, en forma no oficial, dado que tenía una profunda antipatía por los llamados portugueses) y asistía a toda la representación. Le gustaba, como buen romanólo, la ópera lírica y en Milán también iba frecuentemente a la Scala, e incluso de pequeños nos llevó a oír el Lohengrin. Wagner era su autor preferido, pero objetivamente debo reconocer que, con frecuencia, vencido por el cansancio, se dormía: Bruno y yo, sentados delante, le servíamos de biombo. Prefería Rossini a Verdi y de las obras puccinianas Tosca era su predilecta. Se divertía si el público, en alguna premiére, daba muestras de impaciencia y silbaba. «Sin los silbidos el teatro no progresa, aun cuando el público después cambie de opinión.» No iba a los conciertos porque se daban de día y no tenía tiempo, pero en casa escuchaba discos de música sinfónica o la radio. Beethoven era el favorito. Alguna vez venían concertistas a casa; pero luego, ante nuestra resistencia (¡no nos librábamos de niños prodigios y pianistas rompepianos!), tales

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sesiones fueron suspendidas. Sólo el maestro Guarnieri vino una noche para dirigir un concierto de Vivaldi, sólo para arcos, de maravillosa belleza. Mi padre lo recordaba siempre.

Durante los descansos de la ópera, salía al pasillo para hablar con algún ministro presente en la representación, con personalidades del mundo artístico y de la ciencia y con el gobernador de Roma. Las señoras encontraban cualquier pretexto para pasar por el estrecho pasillo, sonriendo y saludando, y algunas se detenían para cambiar breves palabras: en sus ojos se veía cuánto hubieran agradecido una mayor atención por su parte y a sus hijos nos parecía natural que nuestro padre fuera tan admirado y amado. La más brillante velada fué la que se celebró en honor del jefe del Gobierno inglés, Neville Chamberlain, venido a Roma en visita oficial, después del reconocimiento por parte de los británicos de nuestro imperio africano. El teatro estaba abarrotado y las señoras rivalizaban ostentando las más bellas toilettes y los hombres, de frac o de uniforme, daban un tono de jerarquía, de gran esplendor y belleza. También mi padre estaba radiante y de excelente humor. Bruno y yo, en uniforme de gran gala del cuerpo aeronáutico, creíamos ser el blanco de muchas miradas femeninas, pero nos equivocábamos: ¡papá ejercía más atracción que nosotros!

A veces, los domingos, mi padre asistía a partidos de fútbol, y, preferentemente, a los internacionales o a los de fuera de Roma-Lacio; pero no era hincha de ningún equipo en particular. Y a mediados de mayo, en la estupenda Plaza de Siena, no dejaba nunca de pasar alguna hora presenciando el concurso hípico internacional, donde en la jornada principal se disputaba la copa ofrecida por él y ambicionada por los mejores jinetes de todas las naciones.

Pero volvamos un poco atrás, a abril de 1930. En aquel mes se casó nuestro Sandokan, como llamábamos a Edda. El marido nos gustó y encontramos simpatiquísimo al viejo Ciano, que a nosotros nos parecía tener los rasgos precisos del viejo lobo de mar a lo Emilio Salgari.

La recepción tuvo lugar en el jardín de villa Torlonia, en un brillante mediodía, y más de cincuenta fueron los invitados. Mi padre, personalmente, presentó los prometidos a los invitados, mientras mi madre hacía los honores. Me acuerdo de la roja púrpura de monseñor Borgoncini Duca y de las bellas toilettes de la duquesa Sforza Cesarini y de la marquesa Guglielmi di Vulci. Numerosos diplomáticos extranjeros, casi toda la aristocracia romana, representantes de la industria y de la finanza, jerarcas y amigos de casa. Los regalos fueron muchos y llenaban los salones de villa Torlonia: espléndida la pulsera de oro con piedras, regalada por los Soberanos, y no menos agradecido el humilde pergamino de los marineros livorneses. Quintales de flores: mi madre mandó al Verano 7 la mayor parte de ellas, para que fueran depositadas en el osario de los caídos en guerra. A pesar del tono mundano de la ceremonia, mi padre no mostró su contrariedad y le noté particularmente afable con todos. Por la noche, acabada la extenuante recepción, mi madre comentó: «Niños, cuando os caséis vosotros no haremos tantas ceremonias, ¡ que con la de hoy ya he tenido bastante!»

Al día siguiente se celebraron las nupcias en la iglesia de San Giuseppe, y los testigos fueron el tío Arnaldo, el príncipe Giovanni Torlonia, Diño Grandi y el cuadrumviro De Vecchi di Val Cismon. Después de la ceremonia, oficiada por don Giovenale Pascucci, los esposos hicieron la tradicional visita a San Pedro, y luego una comida con unos pocos íntimos en villa Torlonia. Después de una breve estancia en Capri, Edda y Galeazzo partieron para Sanghai, donde mi cuñado desempeñaría las funciones de cónsul general.

La casa, después de la partida de Edda, quedó más silenciosa y mi padre más triste: la hija más amada estaba ya lejos y su vida en común con nosotros acabada. Ni siquiera las cartas que Sandokan nos enviaba desde el fabuloso Oriente fueron capaces de alegrar nuestro ánimo; primero eran frecuentes, luego cada vez más raras. La vida había recuperado su ritmo normal y desgraciadamente, después del alegre acontecimiento de la boda de Edda, se preparaba uno verdaderamente doloroso: la muerte de mi primo Alessandro, Sandrino para nosotros, hijo adorado del tío Arnaldo.

7 «Campo Verano», el cementerio de Roma desde 1837. (N. del T.)

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No había sido posible mucha intimidad entre nuestro primo y nosotros, dada la diferencia de edad; pero en las pocas ocasiones en que nos habíamos encontrado juntos, la sola presencia de Sandrino era como sentir en el aire algo que nosotros, niños vivaces, frecuentemente olvidábamos: una bondad infinita. Si a tal cualidad se añade una despierta inteligencia, una dulzura proverbial y dos ojos serenos que conquistaban inmediatamente, debo sinceramente reconocer que solamente hoy puedo establecer cuan grave ha sido su pérdida no sólo para sus familiares próximos, sino también para nosotros, que en él hubiéramos encontrado el amigo fiel y sereno, como mi padre lo había tenido en su hermano Arnaldo. Atacado de leucemia, el mal era de carácter inexorable y sólo era cuestión de tiempo. De vacaciones en Cesenatico, la crisis de la enfermedad se hizo más grave: ningún cuidado le valió. Desde Riccione, el 20 de agosto nos trasladamos a Cesenatico, advertidos de la muerte de Sandrino. De Roma llegó mi padre, que ya había estado en Cesenatico el día 8 para infundir fuerzas al sobrino y, sobre todo, para estar junto al hermano. La tía Augusta, ya pequeña por naturaleza, parecía el símbolo de la desventura. El tío Arnaldo abrazó fuertemente a mi padre, ambos con los ojos húmedos. Las honras fúnebres de Cesenatico fueron imponentes y la explosiva alegría y los colores marinos del triunfante agosto formaban un extraño contraste con nuestro dolor y los velos negros. Análoga observación hice once años después, cuando en otro mes de agosto, no menos magnífico, seguía con el corazón en pedazos el féretro de mi hermano Bruno, en la misma soleada Romana.

No obstante la creciente crisis económica, que desde Wall Street se había difundido por todo el mundo, la política fascista estaba en continua fase de realizaciones y conquistas sociales. Vuelto a Roma, mi padre continuó su ritmo de trabajo, aun cuando le preocupaba muchísimo el estado de triste desconsuelo en que había caído su hermano Arnaldo, que por pocos días había sido su huésped en villa Torlonia.

La Navidad y el fin del año 1930 lo pasamos juntos en Roma las dos familias unidas: la tía Edvige, que no gozaba de las simpatías de mi madre, venía raramente a visitarnos y solamente en las grandes ocasiones, como en las fiestas; pero no se quedaba casi nunca a cenar. Fué precisamente al final de aquel año cuando mi padre confió a su hermana los primeros diez volúmenes de su diario personal iniciado en 1921. No sé por qué no se los dio al hermano, pero debo pensar que, a pesar de la diferencia enorme de los caracteres de los tres hermanos (mucho más semejantes los de Edvige y Arnaldo), un fuerte sentimiento los unió más estrechamente de lo que la natural reserva romanóla dejaba traslucir. Raras veces vi a los tres hermanos juntos, y una de éstas fué justamente a fines de 1930, y yo, muchacho con pantalones cortos, lo único que notaba era que el tío Arnaldo y la tía Edvige eran gruesos mientras que mi padre era más delgado, y que el tío Arnaldo me daba monedas y la tía Edvige no, y que en cuanto podía me escapaba con Bruno al jardín para jugar con el balón.

Pero el tío Arnaldo no recuperaría ya nunca la salud; mi madre, que le había visto en villa Torlonia, donde había sido nuestro huésped pocos días antes de su fin, que sucedió apenas un año y medio después del de su hijo, le había dicho a mi padre: «Si Arnaldo sigue así tiene para poco.»

El mediodía del 21 de diciembre, contrariamente a sus costumbres, mi padre volvió a villa Torlonia, y ya esto nos puso en alarma. Y cuando le vimos bajar del coche comprendimos que algo grave había sucedido. «Ha muerto el tío Arnaldo, preparaos para partir hacia Milán.» Aquella misma noche tomamos el tren y a la mañana siguiente estábamos en Milán, donde la estancia de la Dirección del Pueblo de Italia se había transformado en cámara mortuoria. Mi padre estuvo todo el día y la noche siguiente velando el cadáver. No le vi llorar, pero cuando se quedó solo estoy seguro de que lo hizo, porque por la mañana tenía los ojos enrojecidos. Su dolor era vivo y ardiente. El funeral fué imponente y casi todo Milán se hizo espontáneamente presente durante el trayecto desde la calle Moscú hasta la estación. Los parientes cercanos seguíamos el féretro, en traje civil, pero con la camisa negra. No hubo especiales manifestaciones, tan inoportunas algunos años después, cuando algunas formas exteriores del fascismo adquirieron más importancia que su esencia. Mi padre acompañó los restos mortales de su hermano hasta el Mercado Moro, donde en Paderno los Bondanini tenían una casa. Allí, junto al hijo, fué sepultado el tío Arnaldo, habiendo encontrado finalmente la paz que tanto anhelaba y que en páginas verdaderamente admirables había descrito en un breve libro dedicado a la vida de Sandro.

Regresados a Roma, mientras para los niños nos fué fácil reemprender el normal ritmo de la existencia, para mi padre fué más duro. Nos anunció que estaba escribiendo un libro sobre Arnaldo y

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que pensaba hacer venir a Roma, desde Premilcuore, donde vivía, a la tía Edvige. Evidentemente tenía necesidad de alguien para continuar el interrumpido diálogo con el hermano, que siempre había sustituido a los amigos íntimos, que mi padre jamás tuvo, por lo menos desde que asumió el poder. Pero un colaborador tan afectuoso, discreto, equilibrado y fiel mi padre no lo tendría ya nunca. Como más tarde con Bruno, también la muerte de Arnaldo fué un claro signo anunciador de un giro del destino: de allí comenzaría la fase imperial del fascismo, cuyo ejecutor se había asentado como secretario del Partido hacía ya algunos meses.

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II. LOS BELLOS AÑOS 1931, 1932, 1933, 1934... Bellos años, con las alegrías y las tristezas propias de la edad. A

pesar de algún profesor más exigente, en conjunto, los informes del director Grossi a mi padre sobre la marcha de los estudios y sobre la conducta eran absolutamente normales. A veces nuestro apellido constituía un obstáculo para nuestra natural exuberancia juvenil: por ejemplo, en ocasión de una manifestación estudiantil ante la Embajada de Yugoslavia (en Traú habían arrancado de una antigua columna véneta los leones de San Marcos) mi presencia entre las filas estudiantiles fué ampliamente comentada por los diarios extranjeros. Aunque dejándonos libertad de acción en la vida deportiva, privada y estudiantil, nuestro padre nos estimulaba a que fuéramos ejemplo para la juventud italiana.

Durante aquellos años comencé a apasionarme por la cinematografía, y en mi Diario escribía la página crítica; además, en el parque de villa Torlonia dirigía e interpretaba breves films junto con mis compañeros de gimnasio. Su contenido era siempre de aventuras y cómico: uno de ellos, El Juez Tremebundo, hizo reír mucho a mi padre. Escribía también para la revista mensual El Disco, de Milán: hacía recensiones de discos de jazz, y el director, Levi, me compensaba dejándome como obsequio el disco que había comentado. En la revista que había fundado, La Pluma de los Niños, y más tarde en Año XII, escribía artículos de fondo y narraciones, además de notas más bien polémicas. El tono de la revista, en la que colaboraban niños de toda Italia, era naturalmente de vanguardia en todos los órdenes. Una tarde mi padre me llamó a su estudio y, mostrándome tres o cuatro números de Año XII, me dijo con tono serio: «¿Sabes de quién son estas señales con lápiz?» «No sé, papá.» «¡Son del Papa!» Palidecí. «El Santo Padre me ha mandado decir que encuentra interesante la publicación, pero algunas poesías y algunos artículos son demasiado avanzados en materia moral y política para los jovencitos. Procura mitigar el ardor de tus colaboradores.» El tener como lector al Papa, que pocos años antes había condecorado a mi padre con la Orden de la Espuela de Oro, después de la firma del Concordato, fué motivo de orgullo; pero tuve, con devota y doble obediencia, que calmar el tono fogoso de los redactores, especialmente de uno, Ruggero Zangrandi, carducciano impulsivo y feroz sindicalista.

Durante las vacaciones de verano, el deporte preferido de mi padre era la natación, y en Riccione o en Castel Porziano, en la finca real, pasaba horas nadando ; no era un estilista, daba las brazadas a la marinera, pero permanecía horas en el agua y recorría grandes distancias. Cuando la excesiva curiosidad de la multitud no le permitía distraerse tranquilamente, se alejaba en canoa o bien en moscone con el bañero de Riccione, Pascuale Corazza, mi esforzado rival en el tres sietes, a remo. Pero su presencia era en seguida notada y en torno a él se reunían centenares de curiosos y las mujeres, como de costumbre, eran las más insistentes. En Castel Porziano se dedicó también, alguna vez, a la caza: el coto real estaba lleno de ciervos, gamos, antílopes y jabalíes, pero mi padre prefería tirar a las palomas torcaces y su falta de puntería hubiera hecho las delicias del presidente de la sociedad protectora de animales. Con frecuencia se encontraba con algún miembro de la familia real y, entre todos los Saboya, era con la princesa Yolanda con la que estaba más a gusto y más tiempo. Un mediodía le vi pasear a lo largo de la playa con una señora, en amable conversación, en la que luego reconocí a la princesa María José.

Las relaciones de nuestra familia con la casa real fueron normales, pero poco frecuentes. Mi madre fué una vez a una recepción en el Quirinal y el soberano llevó su amabilidad hasta hacerle comentarios poco benignos sobre la belleza de las damas de la corte, y cuando estaba criando a Anna María, la reina la invitó a villa Saboya para una fiesta íntima y se preocupó mucho de dejarla marchar a tiempo para dar de mamar a mi hermanita. No era, desde luego, mi madre la más dispuesta para llevar vida mundana o social. Su reserva era tal que siempre decía: «A mí, que me dejen estar y me harán un gran favor.» Por otra parte, le gustaba tan poco salir que jamás visitó a mi padre en sus despachos, ya en el Pueblo de Italia, ya en el palacio Chigi, en el Viminal y en el palacio Venecia. El príncipe Umberto vino a la recepción que dio mi padre en el Grand Hotel por mi boda, y frecuentemente me encontré con él durante la temporada de esquí en el Sestriere y en reuniones deportivas. Con el duque de Bergamo, apasionado del fútbol, comentábamos juntos los partidos a los que asistíamos, y con el duque de Pistoia me encontré en el África Oriental, donde mandaba brillantemente una división de camisas negras. El duque de Aosta gozaba las más altas simpatías de mi padre y se sintió muy contento cuando obtuvo la autorización del rey para su nombramiento de virrey de Etiopía, pero nunca pensó, como dicen muchos, en una sucesión de la

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rama Aosta para el trono de Italia, ni siquiera después de la infausta jornada del 8 de septiembre de 1943. Su lealtad hacia la Corona permaneció incondicionada desde el día en que después de la Marcha sobre Roma fué encargado por Víctor Manuel III de asumir la presidencia del nuevo Gobierno.

Mi padre seguía con atención las modas deportivas del momento: su interés se volvió hacia el esquí, y como cerca de Roma no existía una localidad adaptada ni instalaciones deportivas y albergues, excepción hecha de Roccaraso y Ovindoli, se dedicó activamente a buscar una montaña próxima a Roma que pudiera convertirse en una importante estación invernal. Una bella mañana nos fuimos en excursión de aventuras a los montes que dominan Rieti, y así tuvo comienzo el éxito del Terminillo, la Montaña de Roma.

«Los romanos, si no por otras, me deben estar agradecidos por dos cosas: les he dado el mar construyendo la autovía y el ferrocarril que van hasta Ostia, permitiendo económicas vacaciones a centenares de miles de personas, y ahora tienen también campos de nieve cercanos para sus excursiones invernales.»

Evidentemente mi padre callaba las demás obras que habían embellecido a Roma, desde la calle del Imperio hasta el foro Mussolini, desde la calle de la Conciliación hasta la ordenación de los diversos foros, de los nuevos puentes sobre el Tíber y centenares de obras verdaderamente dignas de la Urbe, ciudad de la que estaba profundamente enamorado.

Pero los deportes mecánicos le atraían más entonces. La aviación, a pesar de los peligros, recibía de él siempre creciente impulso, y nada mejor que el ejemplo. A pesar de la caída con Cesare Redaelli, su pasión había permanecido intacta, y a los hijos nos permitió volar apenas tuvimos diez años, y el primer vuelo lo hicimos sobre el lago de Várese, con un hidroavión Macchi, pilotado por Sirtori, y luego otra vez con Mario de Bernardi, en el apogeo de su fama como vencedor de una copa Schneider.

Mi hijo Guido voló, a los pocos meses de edad, en el trimotor Saboya Marchetti, pilotado por el abuelo. Fanático propulsor de la aviación militar y civil, siempre aprobó las más audaces empresas de la aviación italiana: desde los raid de De Pinedo, Perrarin, hasta los raid en masa realizados por ítalo Balbo, que llevaban el nombre de Italia por los cielos de todo el mundo.

Tuvo varios pilotos personales, entre ellos el general Attilio Beseo y el coronel Angelo Tondi. No tuvo incidentes ya, a pesar de que en los años que van desde 1934 hasta el final de la guerra de África, el avión había sustituido para él casi por completo, como medio de transporte, al automóvil y al tren. Obtuvo hasta la licencia de piloto. Sus veloces automóviles habían encontrado ya un todavía más rápido rival.

Siempre tuvo Alfa Romeo, abiertos, de dos plazas, del tipo R. L. de 2.300, guiándolos a gran velocidad, tanto que al coche de escolta de la Policía le costaba trabajo a veces mantenerse detrás. Ningún incidente grave, pero con frecuencia su conductor se bajaba pálido a la llegada. Yo iba tranquilo con mi padre, aun cuando se notaba que a veces su mente pensaba en otra cosa en vez de en la peligrosa curva que se le venía encima. Su bólido rojo era conocido en las carreteras que más recorría, y la gente contaba haberle visto pasar, en el mismo día, por los más distantes pueblos, como si tuviera el don de la ubicuidad.

Un mediodía que viajaba con él para volver a Roma de regreso de la Romana, por poco no me doy con la cabeza contra el parabrisas por un brusco frenazo, a mi parecer no necesario. «¿Qué pasa?», pregunté espantado. Mi padre, sin responderme, metió la marcha atrás y después de unos cincuenta metros se paró delante de un arbolito que el viento había doblado casi hasta tierra. «El Estado gasta millones para mantener en perfecto orden las carreteras, que son patrimonio de todos: aquí hay un cretino que lo olvida.»

Había ocurrido que, en el viaje de ida, algunos días antes, había notado que aquel árbol estaba casi arrancado porque le faltaba el palo que le sostenía, y ahora, volviendo a pasar por el mismo sitio, se había dado cuenta de que el peón caminero no había aún procedido, como debía, a arreglarlo. Bajó del coche, se puso a la obra y en diez minutos volvió a poner el palo en su sitio y ató el arbolillo con una cuerda. Partimos cuando todavía estaba nublado. El peón caminero no se habrá imaginado jamás, desde luego, quién había realizado lo que desde hacía días era su estricto deber.

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Durante el verano en Romana, casi todos los días recorría centenares de kilómetros por las carreteras de su tierra. Le gustaba visitar los pueblos donde había transcurrido su juventud y darse cuenta de sus progresos. Se paraba a hablar con los campesinos y se interesaba por su situación económica y por la marcha de la estación agrícola. La cosecha de trigo era su principal problema de verano: la vida económica y alimenticia de la nación entera dependía de la cantidad de cereal recogido. Gracias a las batallas del trigo Italia se iba acercando cada vez más a la autosuficiencia, tan importante para el equilibrio comercial de la nación. Era verdaderamente uno de los problemas que más ocupada tenía la mente de mi padre. Cuando llegaba el tiempo de la siega iba a Lictoria o a alguna granja de los Pantanos Pontinos, completamente saneados y rescatados de la malaria y de la secular improductividad, y se ponía a trabajar lanzando gavillas de trigo a la máquina trilladora, y durante horas, bajo el sol ardiente, con el torso desnudo, trabajaba como un campesino cualquiera. No era retórica: le gustaba de verdad. Casi cada año hizo el mismo trabajo en nuestras granjas de Romana, sin fotógrafos ni periodistas, y sin otro público que los pocos colonos de la propiedad. El fragor de la máquina a vapor, con su aceleración y su freno, jadeante y alegre, el trigo que fluye a los sacos, el sol alto y cegador, todo le recordaba los años de su juventud. Acabado el trabajo, bebía un vaso de vino y bromeaba en dialecto con la gente. Si le quedaba tiempo, antes de la noche, se iba al cementerio de San Casciano y descansaba en recogimiento ante la tumba de sus padres: ciertamente habrá pensado en su padre, que fué el primero en la zona que constituyó una especie de cooperativa para la adquisición y el disfrute de una trilladora. Una vez me dijo: «Te maravillas de que me guste tanto Milán, pero debes saber que la primera gran ciudad que yo vi fué ésta. Vine cuando apenas tenía siete años, con tu abuelo, que tenía que comprar para la cooperativa una máquina trilladora.»

En septiembre de 1933, con Bruno, mi primo Vito y un amigo común, Francesco Vitalini Sacconi, que después murió junto a mi hermano en Pisa, partimos desde Nápoles en el vapor Francesco Crispí directos a la colonia Eritrea. Nuestro frenesí de viajar había tenido un cierto desahogo participando en los años 29 y 30 en dos cruceros organizados por la Obra Nacional Balilla, que nos habían llevado, junto con otros miles de vanguardistas, en excursión por varias naciones del Mediterráneo: Jerusalén, Rodas, Alejandría de Egipto, Constantinopla, Trípoli, Barcelona, Palma de Mallorca, Lisboa. En Turquía, Kemal Ataturk, gran admirador de mi padre, que le correspondía con el mismo aprecio, fué muy amable con nuestra juvenil embajada : me acuerdo de los excelentes cigarrillos que nos regaló. En Lisboa, el presidente Carmona nos recibió y se hizo fotografiar junto a nosotros, rogándonos que transmitiéramos a nuestro padre el sentimiento de su profunda estima.

La idea de un viaje a Eritrea fué de mi padre: acaso su mente se dirigía ya hacia el África Oriental, y una visita nuestra allí, aunque en forma privada, le podía proporcionar algún elemento útil. Fué un rápido ensayo, pero suficiente para coger el mal de África, como tantos. Recorrimos muchas zonas de la colonia, donde la vida de los pocos italianos que había se desarrollaba tranquila en torno al palacio del gobernador Astuto. Durante una comida con el gobernador conocí al periodista Beonio-Brocchieri, que con un Caproncino había llegado a Asmara sin dificultad, a pesar de no tener excesiva práctica en el vuelo. El raid me entusiasmó y decidí que, apenas regresado a Italia, pediría permiso para aprender a pilotar. Tenía entonces diecisiete años. Con esta idea en la cabeza dejé con menos pena la bella Eritrea, que ciertamente no pensaba que apenas dos años después volvería a ver.

Obtuve fácilmente la autorización paterna. Frecuentaba el liceo, pero dos o tres veces por semana iba a Centocelle del Norte para seguir las lecciones que me daba el mayor Angelo Tessore. Al cabo de una decena de horas de dobles mandos me atreví en un Caproncino. Mi padre seguía con satisfacción mis adelantos, mientras que mi madre no me preguntaba nada, pero la veía preocupada. Bruno parecía no hacernos caso, cuando en realidad no esperaba sino a tener la edad prescrita para iniciar su brillante carrera de piloto, concluida trágicamente ante mis ojos el 7 de agosto de 1941 en Pisa.

Siguiendo mi ejemplo, muchos jóvenes se inscribieron en los cursos de pilotaje y otros entraron en la Academia Aeronáutica de Casería. Cuando obtuve la licencia era el más joven piloto de Italia. Mi padre vino a Centocelle el día de las últimas pruebas y, superadas éstas, me impuso en el pecho el águila con las alas desplegadas. Muchas altas personalidades estaban presentes en la ceremonia, acabada la cual mi padre me abrazó y me dijo: «Estoy orgulloso de ti; volar es hoy una necesidad del hombre moderno, y feliz tú que eres tan joven y podrás gozar de ello ampliamente.»

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Como todos los años, aquel verano fuimos a Riccione de veraneo, y yo lo aproveché para volar a lo largo ck las playas adriáticas y probar nuevos aparatos, como el Breda 25 y el 33.

La Rocca delle Camínate, donada a mi padre por espontánea suscripción de la gente de Romana, no era todavía completamente habitable: mi madre la estaba transformando de unas piedras en ruina en un bello castillo. Allí mi madre tenía también su trabajo encontrando sitio a los regalos que de todas las partes del mundo habían llegado y llegaban a mi padre, como homenaje a su obra de Gobierno, por parte de soberanos, jefes de Estado, artistas, entidades, aristócratas, obreros, burgueses, millonarios, italianos en el extranjero. Muchos de estos regalos no llegaban jamás a casa: mi padre los cedía inmediatamente al Estado o a instituciones artísticas y benéficas. Muchas espléndidas quintas : la de Posillipo, ofrecida por lord Bosebery, es actualmente la residencia veraniega del presidente de la República italiana; a obras benéficas fueron destinadas la quinta Vista Alegre, de San Remo, donada por lady Ogle, e igualmente Villa Sciarra, de Roma, ofrecida por Enriqueta Wurts junto con cincuenta mil dólares para su mantenimiento. Si las nombro es porque lo he leído en un libro: en casa no se supo jamás nada de ellas. Una vez, los obreros italianos de la Ford, de Detroit, le regalaron un suntuoso automóvil: con gran disgusto mío no llegó nunca a Italia. El desinterés de mi padre por todo lo que era dinero o bienes muebles e inmuebles era absoluto; su único capital era El Pueblo de Italia, confiscado, perdida la guerra, por el Gobierno italiano. Centenares de condecoraciones le fueron conferidas por los Gobiernos de todo el mundo, desde la Orden del Baño hasta la Gran Cruz al Mérito, de Cuba; desde la de los Serafines, de Suecia, hasta la Orden de la Estrella, del Nepal. Y, además, centenares de cuadros, estatuas de todas las dimensiones, espadas, vasos antiguos, libros raros, álbumes llenos de firmas, cueros taraceados, alfombras orientales, armaduras de Samurai, quincallería, modelos de naves y aviones, mecanismos de extrañas invenciones, águilas embalsamadas, instrumentos musicales, entre ellos un buen piano de cola, en el que tocaron para mi padre Mascagni, Paderewski y Pick Mangiagalli. En la torre de la Rocca delle Camínate eran recogidos sin orden, y como no todos los regalos, especialmente los que él no regalaba de nuevo, eran obras maestras, nosotros la habíamos bautizado la torre de los horrores. En el gran salón de la planta baja, más tarde, mamá dispuso y guardó los regalos de mayor valor, tanto intrínseco como moral, según la importancia de la persona que había hecho el regalo. Se encontraban de este modo juntas la preciosa alfombra antigua, regalo de quién sabe qué príncipe oriental, y el tintero de hierro forjado, obra de un artesano florentino. Desgraciadamente, todo este testimonio mundial de estima y de amistad hacia mi padre ha sido perdido casi totalmente después de los acontecimientos de septiembre de 1943.

Cuando los infalibles seguidores quisieron establecer el árbol genealógico de los Mussolini, mi padre, una bella mañana, nos hizo trepar hasta lo alto de Monte-mayor. Era el día de su cumpleaños y quiso que todos los hijos y también mi primo Vito estuviesen presentes. Era la primera vez que veía la casa donde había nacido mi abuelo Alejandro: una vieja construcción toscamente terminada y donde la intemperie ha dejado sus huellas. Pero el paisaje que la rodea era maravilloso; la mirada se perdía más allá de la Torre delle Camínate hasta San Marino, Bertinoro, el monte Mira-bello, el monte Colombo. Colinas, valles y bosques, torrentes, viñedos y grises esteros y pocos prados. Fué descubierta una lápida en el muro de la casa, donde con breves palabras se recordaba que allí habían vivido las últimas generaciones de los Mussolini campesinos. Ignorante como estaba yo de mis antepasados, pregunté a mi padre cómo se llamaba su abuelo: «Luigi, pero todos le conocían como Luisón, y también él, en su tiempo, dio mucho que hablar, cuando fué nombrado subteniente de la Guardia Nacional. Se paseaba con un enorme espadón, y hasta ya viejo no lo abandonó, sino que amenazaba a los jovenzuelos que se las daban de listos con las muchachas. Un poco loco», concluyó mi padre sonriendo. Bruno dijo: «Por lo menos ahora sabemos que desde 1600 hemos sido campesinos y que nuestro bisabuelo se llamaba Luisón.»

Años después, leyendo estudios efectuados por expertos, descubrí que el apellido Mussolini está ya citado en algunos documentos de antes del año mil, y que la familia se dividió en dos ramas, profundamente arraigadas en lo bolones y en lo veneciano. Y que en Bolonia, en 1878. fué dedicada una pequeña calle a nuestro apellido y que en Treviso existe un viejísimo puente Mussolini. Un mediodía, en la Rocca delle Camínate, oí a mi padre tocar el víolín, y la pieza me era desconocida. Pregunté de quién era y me respondió: «De un antepasado tuyo, que se llamaba Cesare Mussolini y que en 1760 hizo bastante furor en Londres. He encontrado estas obras que me habían enviado y que no sabía dónde habían ido a parar. ¿Te gusta?» Respondí, bromeando: «¡Si estuviera mejor tocada podría pasar!» Estalló en risas y dijo: «Tienes razón, es mejor quedarse con los antepasados campesinos.» Después de la conquista de Etiopía fueron concedidos por el rey títulos nobiliarios a

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muchos jefes, como Badoglio y Graziani. Le fué preguntado a mi padre si le agradaría el título de príncipe para sí y para su descendencia : respondió cortés, pero firmemente, que no. Respetaba la nobleza antigua, especialmente si los descendientes eran dignos, pero encontraba ridícula la carrera hacia la nobleza que mucha gente hacía en Italia a través de recomendaciones, árboles genealógicos estrambóticos y amistades de alta posición. De todos los títulos, el que más estimaba era el de Caballero del Trabajo, que se concede a quien con su actividad ha creado industrias y obras para el mayor bienestar del pueblo trabajador. Apreciaba la postura digna y reservada de mi madre, que vivía modestamente, sin dejarse ver mucho y no participando en ninguna manifestación mundana. ¡Un buen abrigo de pieles mi madre lo tuvo solamente en 1939! Y al príncipe Giovanni Torlonia, propietario de la villa donde habitábamos, le fué pagado siempre regularmente, cada fin de mes, el alquiler. De toda forma de nepotismo fueron siempre belicosamente contrarios tanto uno como otro de mis progenitores, hasta la exageración.

Fué en uno de aquellos veranos cuando viví, aunque de lejos, los trágicos acontecimientos austríacos. Ya en abril de 1933 el canciller Dollfuss había bajado a Roma para asegurarse el apoyo de Italia y, como dijo mi padre, tenía buenas razones para buscar aliados: pocos meses antes Hindenburg había nombrado a Hitler canciller del Reich. Gruesas nubes negras se iban condensando sobre el siempre tormentoso cielo de Europa. En el mes de agosto, el canciller austríaco fué huésped de mi padre en Riccione. Le fui presentado, y no obstante su pequeña estatura me agradó, sobre todo, su mirada, que la tenía vivaz y franca. Le vi en cordiales coloquios con mi madre, siempre sonriente, hasta cuando se embarcaban en una canoa o en un ondeante moscone. Era demasiado joven para interesarme por la política y no preguntaba jamás nada a mi padre, y, por consiguiente, sólo puedo referir su pensamiento como lo recuerdo a través de sus charlas con mamá o coloquios posteriores. Era natural que en Italia interesara el mantenimiento del «Estado almohadilla» austríaco, pero mi padre comentaba que el Gobierno de Austria hubiera exigido un hombre más fuerte: la situación interna y externa exigía del Gobierno y del pueblo una estrecha unión, cosa que no existía. Contra Dollfuss, apenas regresado a Austria, fué cometido un atentado y, a mitad de febrero de 1934, los socialistas hicieron una revuelta en Viena que Dollfuss a duras penas reprimió. En marzo estaba de nuevo en Roma. «En Austria la olla hierve bajo el pobre Dollfuss y Hitler atiza el fuego, mientras los socialdemócratas echan la leña.»

Hacia mediados de junio, a fin de que estuviera más tranquila, llegó a Riccione la familia del canciller austríaco, y mi madre fué encargada de recibirla y acomodarla convenientemente. Aunque no se comprendieran la una a la otra, existe un lenguaje universal de las madres que supera toda barrera lingüística. Me acuerdo de que mis padres se habían ido en coche en uno de sus acostumbrados paseos por la Romana y no los esperábamos hasta la noche; sin embargo, apenas acabamos de comer los vimos llegar con gran prisa, con los rostros nublados. Mi padre entró en seguida a su estudio con su secretario particular y se pegó al teléfono. Mi madre nos dijo: «Han matado a Dollfuss esta mañana.»

Más tarde, mientras se desencadenaba un violento temporal, mi padre, sin esconder su indignación y su dolor, pidió a mi madre que le acompañara a casa de la señora Dollfuss para darle la triste noticia. Estos deberes eran particularmente esquivados por él y la presencia de mamá le consolaría mucho. Profundamente embarazado se dirigió hacia la casa donde habitaba la viuda con los hijos pequeños. Más tarde ella partió en avión hacia Viena, dejándonos a todos profundamente tristes. Seguimos siendo aficionados a esta familia, aun cuando no supimos ya nada de ella, y uno de los pocos cuadros que adornaban las paredes de villa Torlonia era precisamente un diserto retrato del pequeño canciller austríaco, cuya muerte iluminaba de resplandores sangrientos el cielo de Europa.

Mi padre desarrolló en aquellos días una actividad excepcional, pero siempre sereno. Sólo a la noche, después de haber ordenado que estuvieran dispuestas cuatro divisiones en la frontera austríaca, dijo en la mesa: «Creo que se ha acabado la paz en Europa. Hoy las buenas palabras no cuentan ya: hacen falta buenos cañones.»

Años después decía con profunda pena: «El pacto de cuatro y el frente de Stresa eran la solución «europea» al problema de Europa, no resuelto por la injusta paz de Versalles. Pero Francia, con su apéndice de la Pequeña Entente, ha saboteado siempre desde el comienzo toda generosa iniciativa. La no defensa de Austria fué el golpe de gracia. Mientras yo enviaba soldados y armas a la frontera, decidido a defender la independencia de Austria, París y Londres enviaron solamente

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aplausos y congratulaciones verbales. Demasiado poco para detener a Hitler. Alemania está hoy en el Breñero y es un peligroso vecino; la historia de Europa y del mundo no se hubiera manchado con tanta sangre inocente si las democracias me hubieran ayudado entonces, como era su interés. Acuérdate de que era en 1934 cuando estábamos con Alemania de uñas. He luchado sinceramente en aquellos años por la paz, pero la situación que se ha creado con la crisis austríaca me hizo comprender que la guerra tenía un plazo inmediato; por ello, hablando después de las maniobras militares, dije: «No hay que estar preparados para la guerra mañana, sino hoy. Nos estamos haciendo y nos haremos cada vez más, porque lo queremos, una nación militar.»

Con Hitler las relaciones siguieron siendo mucho tiempo tensas: con la muerte de Hindenburg, poco días después de la crisis austríaca, el Führer de las camisas caquis se había hecho el jefe del Estado germánico. Mi padre le había visto por primera vez en Venecia, en junio de 1934. El encuentro había sido más bien frío, y con lo que se estaba preparando había suficientes motivos para ello. De cualquier modo, años después me desmintió que, como decían muchos, el encuentro hubiera sido más bien un choque. «Debes comprender que cada uno defendía su punto de vista, e Hitler pretendía hacerme creer que era un discípulo mío y estaba conmovido y me hundió en un mar de palabras. Menos mal que hablábamos en alemán y sin intérprete, si no no hubiéramos acabado nunca. Todavía no estaba seguro de su acción y buscaba aliados para su causa. Pero en Venecia no los encontró, mientras que en otros sitios se le miraba con cierta complacencia. Si se hubiera hallado en Europa un mínimo de solidaridad política, de colaboración económica y de franca comprensión, acaso hubiera sido otro su destino.»

Mientras yo estudiaba furiosamente para lograr el título del liceo, mi hermano Bruno consiguió la licencia de piloto en Centocelle, y también en aquella ocasión mi padre quiso personalmente imponerle en el pecho el águila de oro. Aquella tarde escribió en su Diario : «No se dirá que yo preparo a mis hijos para la vida cómoda.» Bruno había cumplido hacía apenas un mes los diecisiete años.

Obtenido el título del liceo, decidí inscribirme en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Roma, pero otros mucho más importantes acontecimientos apremiaban: la guerra con Etiopía estaba a la puerta. Extraordinaria había sido desde el comienzo del año la actividad política de Italia. A Roma había venido Laval, con el que mi padre había firmado un importante acuerdo. La famosa corbata blanca del preynier francés se hizo popular; pero una tarde, hablando de él, mi padre dijo: «Parece un comerciante de provincias y no me ha gustado la indiferencia con la cual, durante la visita que ha hecho hoy al Foro Romano, ha maltratado continuamente con la punta de su bastón las esculturas que aparecían entre la hierba.» En junio había venido también Edén, y su porte altivo ciertamente no le había gustado a mi padre; pero, naturalmente, no sucedieron los episodios de mala educación de los que se hicieron portavoces interesados los periódicos antifascistas de la época. «¿Te parece posible —me dijo años después mi padre— que yo haya recibido alguna vez a Edén en el palacio Venecia? Desde luego los coloquios fueron duros, pero en la sustancia, no en la forma, y el baronesito inglés tuvo que comprender que África no comenzaba ya en Calais. Mientras nosotros llegábamos a un acuerdo con Francia, Inglaterra lo hacía con Francia y con Alemania, aun dividiendo para siempre el frente europeo. Fui más bien extraordinariamente paciente, y si quieres, más correcto y tranquilo que de costumbre. Fué acaso este duro e impasible comportamiento mío frente a sus encubiertas amenazas lo que indispuso al ministro inglés. Al contrario, cuando yo hube acabado mi decidido discurso, en el que declaraba no aceptar el plato de lentejas ofrecido a las naturales demandas del pueblo italiano, deploró secamente tal actitud, pero se congratuló conmigo por mi valor y mi voluntad. A lo que yo respondí que estas afirmaciones pertenecían al señor Edén, valeroso ex capitán de la brigada de las Guardias y no al ministro de Su Majestad británica para los asuntos de la Sociedad de las Naciones. Si en el puesto de Edén hubiera estado otro, el discurso hubiera sido idéntico. Si luego le he resultado antipático, esto es harina de otro costal. Pero en política, las antipatías y simpatías no deberían jamás contar.»

El pueblo italiano apoyaba unánimemente el proyecto de conquista de una franja de terreno en África, donde convergiera la natural expansión demográfica y la capacidad colonizadora y civilizadora de nuestros hombres. No había necesidad de propaganda: Adua era un triste recuerdo que borrar, y siempre estaban vivos en la memoria de los italianos los nombres de los héroes de Dogali y Macallé.

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Una tarde del verano, después de haber hablado con Bruno, pedimos a papá partir voluntarios para el África Oriental, y él, que ya se lo esperaba, nos dio el consentimiento con un fuerte abrazo. Se sintió muy contento, aunque sabía bien cuánto le podría costar nuestra partida. Estoy convencido de que hubiera dado su vida por nosotros, pero en aquel momento no dudaba un solo instante en dar un ejemplo al país. Mi madre hubiera querido retrasar la partida de Bruno, pero frente a su entusiasmo no opuso una decidida resistencia.

El 24 de agosto dejamos villa Torlonia, en una espléndida noche romana. Mi madre, conmovida, nos había ayudado a hacer los equipajes y a darnos ridículos consejos de prudencia. Los adioses fueron sobrios, como siempre ha sido nuestra costumbre. Papá nos besó y nos abrazó, como hubiera hecho, si hubiera podido, con los soldados, los marineros, los aviadores y los obreros que en aquellos días zarpaban hacia el África lejana. «Comportaos como debéis y sabéis y escribid con frecuencia a mamá.» Era feliz de ver a sus hijos, ya hombres, con el bello uniforme blanco de los aviadores.

Edda vino a saludarnos a Ñapóles; con nosotros partía también su marido, y por primera vez nuestras vidas se entrelazaron más íntimamente con la de Ga-leazzo. Edda, siempre amable y afectuosa, nos regaló amuletos que nos fueron útiles.

Nada nuevo se puede decir sobre la campaña etíope. Fué a veces dura, áspera y peligrosa, pero todas las dificultades fueron vencidas por la unánime voluntad de victoria. Mi padre, desde Roma, seguía paso a paso las operaciones militares, controlando personalmente cada detalle. En muchas ocasiones, su «empuje» desde Roma fué decisivo para salvar indecisiones lamentables. En cuanto a los servicios logísticos, de tremenda dificultad, dada la distancia de la madre patria, se puede decir que funcionaron perfectamente: naves cargadas de medios llegaban continuamente a Massaua y a Mogadisso para alimentar el enorme esfuerzo militar.

Y mientras en Italia se luchaba contra las sanciones económicas, en Etiopía se ganaba la guerra. En aquella época, si se hubiera hecho una imparcial encuesta «Gal-lup» sobre los sentimientos de los italianos de todo el mundo, el régimen fascista hubiera tenido un plebiscito de adhesión. Venían del extranjero voluntarios, regresaban los desterrados, se donaba oro a la patria, se debilitaba la oposición antifascista, y el mismo Víctor Manuel Orlando declaraba: «En el momento actual todo italiano debe estar dispuesto a ayudar.»

Cuando hoy, mientras escribo, sólo a diez años de distancia de aquella maravillosa página de la historia del pueblo italiano, unido en un solo haz desde el Brennero hasta Sicilia, pienso en lo que sucedió después, el espanto me asalta. Es mejor dejar pasar el tiempo, piadoso y justo; así, abiertas las heridas, cualquier juicio puede ser fruto de la emoción. ¡Qué lejano estaba el destino posterior! Sólo un loco hubiera podido prever que el mismo pueblo que la tarde del 9 de mayo de 1936 llenaba de vivas, delirante, todas las plazas de Italia escuchando a mi padre anunciar con voz conmovida el retorno del Imperio a las siete sagradas colinas de Roma, participaría en parte, y casi en su totalidad asistiría, mudo, al trágico suplicio de la plaza Loreto.

Al día siguiente del discurso del Duce, el mariscal Badoglio nos invitó a Bruno y a mí a comer en su tienda de mando en Addis Abeba, situada en el jardín de la Legación de Italia. Todos, generales y soldados, tenían el rostro encendido de orgullo y de alegría. Se me comunicó que desde marzo tenía concedida la medalla de plata al valor militar, con la siguiente motivación: «Vittorio Mussolini, subteniente de complemento del Arma Aeronáutica, escalafón de navegantes pilotos. Voluntario en el África Oriental, como piloto de bombardeo, participaba desde el comienzo de las hostilidades en numerosas acciones de guerra, con un total de más de ciento diez horas de vuelo sobre el enemigo. Con sereno valor llevaba a término las misiones que se le confiaban, incluso cuando la baja altura impuesta por el terreno y por las circunstancias le exponía a la violenta reacción adversaria, que alcanzó veinte veces al aparato. En el bombardeo de Amba Aradam un proyectil de artillería rompía un costado del fuselaje y explotaba en el interior, produciendo grave daño en las estructuras ; a pesar de esto, no regresaba a la base hasta después de que la misión estaba totalmente cumplida. Cielo de Endertá, Tembién, Semien, 3-10-35, 3-3-36, XIV.» Etiopía era un país bellísimo: cerca del lago Ascianghi, subiendo hacia el Amba Alagi, había visto un delicioso valle, a mil quinientos metros sobre el mar, un día que regresaba a Asmara desde Dessié en mi Caproni 133. Allí hubiera construido un chalet en un paisaje más bello que Suiza. Muchos compartíamos la misma idea, dado que habíamos visto lo magnífica que hubiera podido llegar a ser

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esta tierra africana con el trabajo de los brazos italianos. ¡Carreteras, puentes, escuelas, fábricas, industrias, minas, granjas agrícolas, saneamiento de tierras, bancos! Gran parte de este ambicioso programa se cumplió en los pocos años de nuestra ocupación, y no comprendo cómo el Negus (por el cual siento desinteresada simpatía) ha podido haber exigido indemnizaciones por los daños causados por los italianos en su país. Mi padre me escribió una carta, la única en toda la campaña, en la cual, además de comunicarnos que había dispuesto nuestro regreso a la patria, decía: «Finalmente, los italianos tendrán tierra a su disposición para sus numerosos hijos y ya no emigrarán a países extranjeros, creando riquezas más para los demás que para ellos mismos. Un suelo ya no enemigo, sino con los mismos derechos que la madre patria, libre de la esclavitud, de sus feroces ras y gozando de una libertad verdaderamente romana.»

A finales de mayo de 1936 nos embarcamos en Massaua en el Conté Verde, que venía de Oriente, para regresar a Italia. Con nosotros se embarcó también Galeazzo. En Brindisi, donde desembarcamos, fuimos acogidos triunfalmente. Desde allí, en avión, volamos hasta Roma. En el aeropuerto del Littorio toda la familia Mussolini estaba esperándonos, junto con una gran multitud que aplaudía con simpatía. Por la noche, en casa, reunidos en la mesa ovalada de villa Torlonia, hablamos largamente hasta hora avanzada. Mi padre estaba radiante y feliz como pocas veces le había visto, pero yo «sentía» que sólo mi madre apreciaba plenamente nuestro retorno al hogar. Tenernos de nuevo cerca, después de tantas jornadas de inquietud, oír nuestras voces y nuestras risas, podernos abrazar y regañar de nuevo, sí, ésta era la felicidad. Pero en el fondo, el acostumbrado sentimiento de temor: «Ahora están todos aquí de nuevo, les veo y les escucho, les puedo tocar; pero ¿por cuánto tiempo? Han partido muchachos y regresan, ellos lo creen así, hombres hechos. ¿Qué harán? ¿Adonde irán? ¿Tendremos alguna vez paz estos benditos hijos, mi marido, yo?»

Pero no debíamos ser Bruno y yo los que preocupáramos en seguida a mi madre: mi hermana Anna María, apenas de seis años y mimada por todos nosotros, cogió la tosferina y, llevada a villa Braschi, en Tívoli, enfermó de parálisis.

Bruno y yo estábamos en Riccione cuando nos llegó una imprevista orden de marcharnos a Roma. Batiendo todo «record» nos precipitamos en coche hasta Tívoli.

Anna María estaba muriéndose, sólo un milagro la hubiera salvado. Mi madre, a su cabecera, la vigilaba continuamente. Anna María no nos reconoció: su bella carita enmarcada por los cabellos rubios estaba pálida y la respiración la tenía ronca. Mi padre había perdido la calma, jamás le había visto tan fuera de sí. Habituado a dominar cualquier situación, en la plenitud de su poder político, se encontraba frente a algo para lo que ninguna fuerza humana podía ser útil. Los médicos hacían todo lo posible, mientras que del extranjero llegaban consejos y ayudas. En muchas iglesias de Italia se rezaba espontáneamente. La reina Elena envió una espléndida muñeca parlante. Mi padre se desahogaba imprecando contra la ciencia que se encontraba impotente contra la enfermedad. No sabíamos cómo consolarle y, por primera vez, no tenía ánimos para dedicarse a los asuntos de Gobierno. Hacia mediados de junio la crisis terminó y los doctores nos aseguraron que la niña se salvaría. Así fué, aunque las huellas de la terrible enfermedad quedaron indelebles. Pero estaba viva y se trataba ya de una larga convalecencia y continuas curas. Mi madre, que no había dormido casi ninguna vez, descansó al fin. Mi padre se entregó de nuevo a su trabajo, y poco después tuvo la satisfacción de recibir la noticia de que la Sociedad de las Naciones, por gran mayoría, había recomendado la abolición de las sanciones y que la «Home Fleet» dejaría el Mediterráneo.

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Ilustración 3. Mi padre con mi hermana Edda, en Cattolica.

Ilustración 4. En Carpena, Forlí, hacia el año 1927, Bruno y yo con algunos compañeros de juego, hijos de los campesinos de las granjas vecinas.

Volví a ver a mi padre en Riccione a finales de julio. Una nueva amenaza había estallado: en España estaba en marcha una insurrección, que con el tiempo se convertiría en una verdadera guerra civil. Pero esto no impidió que festejáramos su cumpleaños en Rocca delle Camínate. Estaba físicamente bien y había engordado. Como en el mes de agosto se celebrarían las Olimpíadas en Berlín, Bruno y yo pedimos permiso para asistir. Nos fué inmediatamente concedido. Ya había notado que la tensión con la Alemania de Hitler se había debilitado mucho: la postura a nuestro favor mantenida durante la campaña etíope y, ahora, el común interés de impedir que se cumpliese la profecía de Lenin de una España sovietizada, habían servido para acercar a los dos jefes. Además, la actitud de las democracias continuaba siendo siempre hostil y ambiguo a nuestro respecto, en un momento en que el deseo de paz era, sin embargo, profundamente sentido por mi padre, paz que serviría a nuestro consolidamiento en Etiopía.

En vuelo llegamos a Berlín. La organización de las Olimpíadas era verdaderamente espectacular y perfecta ; difícilmente podrá repetirse. Aun no siendo la nuestra una visita oficial, recibimos diversas atenciones por parte de las autoridades alemanas, que culminaron con una invitación a una comida del Führer. Si mal no recuerdo, se celebró en la Cancillería del Reich. Huésped de honor, el príncipe Umberto. Fuimos presentados a Hitler, que nos dedicó cordiales

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frases de bienvenida. Me sorprendió su estatura, que era mucho mayor de la que uno se imaginaba por las fotografías. Mientras que nosotros éramos servidos por camareros, el Führer era atendido por uno de sus fieles, en uniforme completamente negro. La puesta en escena era digna de Max Reinhardt. Y ciertamente no era posible sustraerse a su efecto.

Cuando volvimos a Italia divertí muchísimo a mi padre contándole un curioso episodio ocurrido durante una recepción en casa de Góering. Habíamos sido invitados (a pesar nuestro, porque tales invitaciones no nos permitían ir al Estadio olímpico) a un té, y a nuestra llegada nos encontramos con las princesas Mafalda y María de Saboya, que estuvieron muy amables con nosotros. «Ahora viene lo bueno. El mariscal Góering, con su rostro bonachón y simpático, hacía los honores de la casa, ayudado por su mujer. Estábamos sentados en el salón, cuyas amplias ventanas daban a un magnífico jardín. Con las tacitas en la mano no veíamos la hora de marcharnos a nuestras casas. Cuando he aquí que por una puerta del jardín entra una enorme leona, libre, y comienza a oler a las diversas personas presentes. Papá, han pasado muchos años desde que me llevabas a la jaula de la leona Italia y, por consiguiente, la sorpresa, a pesar de las palabras tranquilizadoras de Góering, fué grande. Bruno y yo, apelando a nuestra condición de hombres, permanecimos sentados, como si hubiera entrado un gato. No así las dos princesas, que, dando un grito de espanto, se subieron a los sillones como a la vista de un ratón. Ahora me río como tú, papá, pero cuando la leona me pasó cerca de las rodillas, me quedé helado. Bruno se atrevió a una caricia. Luego, en italiano, tranquilizamos a las princesas, que, pasado el primer momento, recuperaron su realeza y su calma. Al ver la tremenda escena, Frau Góering hizo al marido llevarse prudentemente al animal. Te aseguro, papá, que ha sido una escena digna de ser filmada.»

Estaba en Milán en noviembre, pero no para oír hablar a mi padre. Tenía que comunicar a mi novia que me había dado su consentimiento para nuestra boda. El que yo tuviera apenas veintiún años no había sido obstáculo, después de decirme en broma: «Ya que uno quiere dar ese paso, es mejor que lo haga de joven, si puede.» Por tanto, el que el Duce, delante de medio Milán reunido en la plaza del Duomo, anunciara por primera vez oficialmente «la vertical Roma-Berlín» tuvo para mí escasa importancia.

El 6 de febrero de 1937 me casé con la señorita Orsola Buvoli en la misma iglesia de San José. La ceremonia y el banquete no fueron tan fastuosos como para mi hermana Edda y hasta los testigos fueron elegidos entre el estrecho círculo de nuestras amistades. Particularmente cordial conmigo fué Guglielmo Marconi, que tenía a mi padre en gran estima. Los soberanos mandaron telegramas y un regalo. El generalísimo Franco una pitillera de oro, uno de los pocos objetos de valor que todavía conservo.

Mientras mi padre pasaba muchos días del invierno en el Terminillo, yo hice mi vaje de novios a Trípoli, y luego en coche, a lo largo de la Balbia apenas acabada, hasta Alejandría de Egipto y El Cairo.

Regresado a Roma, encontré pronto mi apartamento en la plaza de las Musas. Yo también, como Edda, había dejado villa Torlonia.

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III. ENTREVISTA CON FRANKLIN DELANO ROOSEVELT DESDE hace diez años estoy en América del Sur, y precisamente en Buenos Aires. Salvo

dos breves viajes a Brasil, para encontrarme con mi sobrina Din-dina, que reside en San Pablo, y recientemente una breve estancia en Italia, no me he movido jamás de la capital y desgraciadamente no conozco otras ciudades y regiones de Argentina. Mis contactos con el mundo son normales, pero de América del Norte no he recibido cartas. Y mucho me asombra recibir de aquel país una carta y no puedo imaginarme quién puede recordarme. Y, en efecto, es un desconocido el que me escribe, y sus palabras, apenas acabadas de leer, me dejan pensativo y conmovido. Desde Denver, Colorado, Post Office Box 2661, el joven negro Tshaka Sekelkey (extraño nombre que me parece una mezcla de japonés y polaco), con fecha 29 de enero de 1954, me escribe a Argentina, sin dirección exacta, y por ello, sólo después de largas pesquisas, me ha llegado una carta que es un objetivo retrato de la figura de mi padre y de su obra. Una apología del régimen fascista hecha por un negro norteamericano. Su única queja: la alianza con Alemania. No saco de aquí ninguna conclusión polémica; hoy, como dicen los argentinos, «estoy de vuelta» 8, y siempre es más corto el camino por recorrer. Como máximo, puedo acordarme nostálgicamente de mi corto viaje a los Estados Unidos en el lejano 1937 y lamentar el haberme encontrado tantos ilustres personajes, comprendido el presidente Roosevelt y el poderoso Hoover del F. B. I., y no al jovencísimo negro Tshaka, con el que, sin prejuicios raciales, hubiera podido establecer contactos más humanos.

En 1937 la fabulosa América nos atraía a los jóvenes, a pesar de que el régimen fascista mantuviese relaciones más bien restringidas con el más rico país del mundo. En particular, yo era entusiasta de la organización del cine americano y deseaba prestar mi ayuda para que también en Italia se creara una industria concebida sobre sólidas bases técnico-financieras, especialmente después de la construcción de los magníficos «estudios» de Cinecittá, y se intentase la conquista de los mercados internacionales para permitir a la producción italiana los beneficios que el mercado interno por sí solo no podía dar sin las ayudas gubernamentales. Colaboraba entonces en la página semanal de cinematografía que aparecía en el Pueblo de Italia, dirigida por Diño Palconi. Mil liras al mes era mi retribución y aquellas mil liras de entonces me permitían soportar los gastos de mi ménage.

Más tarde vino la producción del film El reloj de Cuco, con Vittorio De Sica como protagonista y la dirección de Camillo Mastrocinque, con la colaboración de Mario Soldati, Gianni Franciolini y muchos otros que hoy son famosos en el firmamento de Cinecittá. Si no me equivoco, ninguno de ellos tenía en el bolsillo el carnet del partido. Luego, Luciano Serra, piloto, sobre tema mío, producción organizada por Franco Riganti, dirigida por Godoffredo Alessandrini, con Amadeo Nazzari como intérprete. Muchos escritores de moda participaron en el argumento, entre ellos C. G. Viola y Roberto Rossellini, entonces en sus primeras armas. Con este último seguí en amistosas relaciones, y en 1942, confiando en su capacidad, le hice dirigir su primer film, Un piloto regresa, sobre tema mío, y con la interpretación de Massimo Girotti, que entre otras cosas había sido compañero de Bruno en el liceo «T. Tasso».

Luciano Serra, piloto (el título me lo aconsejó mi padre), fué presentada en Venecia y obtuvo el premio para el mejor film italiano, premio no inmerecido.

En 1937, poco después de haber participado en las «Mil millas» con escasa fortuna (me retiré por una avería cuando llevaba unos pocos centenares de kilómetros), por motivos de cine, conocí al director comercial europeo de la Metro Goldwin Mayer, y fué él quien me presentó a un productor independiente de Hollywood, estrechamente ligado a la sociedad del león rugiente, en viaje de placer por Italia: Hal Roach. Todas las sociedades americanas de films tenían fondos bloqueados en Italia y mi propuesta era usar estos fondos para producir películas en Cinecittá, con participación mutua y en doble edición, de las cuales la que estuviera en inglés circularía por el mundo distribuida por la Metro Goldwin Mayer.

Mi padre, de regreso de un triunfal viaje a Libia, seguía con atención y a veces con preocupación la marcha de las operaciones militares en España. El desafortunado episodio de Guadalajara había sido agigantado por la prensa antifascista, y nada podía ser más desagradable

8 En español, en el texto. (N. del T.)

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para mi padre que las acostumbradas calumnias sobre el valor del soldado italiano. Una obsesión fija, decisiva para comprender muchas de sus actitudes, era la de exaltar las virtudes militares italianas. Sobre su mesa de trabajo, en villa Torlonia, nunca faltaban libros de historiadores y militares, y uno, de autor extranjero, del que desgraciadamente no recuerdo el título, trataba de los reveses militares más famosos de la Historia. Mostrándomelo, un día me dijo: «Solamente los italianos, con su manía de herirse a sí mismos, han creado la leyenda de Caporetto. Durante la última guerra, todos los ejércitos en lucha han tenido jornadas negras y reveses no menos graves que el de Caporetto, pero nadie ha hablado tanto de ellos como nosotros, como si fuera una gloria. Todos los italianos deberían leer el volumen del general Bollati, en el que la verdad queda restablecida. El mundo se acuerda de Caporetto y no de Vittorio Véneto.»

Las primeras entrevistas me descubrieron el deseo «yanqui» de examinar argumentos de ambiente italiano, pero tratados con el clásico estilo americano; recuerdo que me propusieron una serie de films sobre los carabineros, que debían aparecer a la manera de los famosos rangers del West, en lucha con los bandidos meridionales, que ya hacía varios decenios que habían desaparecido, como acabada estaba la mafia en Sicilia. Veía ya a Errol Flynn, vestido de sargento de la Benemérita, galopar por los bosques de la Sila persiguiendo cow boys calabreses que habían robado una manada de caballos al alcalde de Cosenza City. Ante nuestro escepticismo, pasaron a examinar el más fácil e inagotable campo de nuestra música. La escenógrafa Mac-Pherson, que había colaborado con Cecil B. De Mille en algunos films, sugirió que la ópera II Rigoletto iría muy bien. Margherita Carosio y Tito Gobbi hicieron también pruebas, bastante buenas.

Simpático tipo de self made man, viejo zorro de Hollywood, Hal Roach podía ser considerado como el prototipo del americano del Norte. Gran trabajador, optimista, de buen carácter, católico, procuraba salir de los esquemas a que la routine de Hollywood y el éxito le habían obligado desde hacía muchos años, es decir, de la producción de películas cómicas como Fra Diávolo, con Stan Laurel y Oliver Hardy, y de los cortometrajes con la famosa Ourgang infantil. Durante el verano vino un mediodía a Rocca delle Camínate. La cordial acogida de mi madre, que creo fué la primera vez que tenía como huésped a un norteamericano, le resultó singularmente simpática. También él tuvo que variar la idea difundida por la prensa antifascista de que el dictador italiano vivía como Gengis Kan, de que su familia se alimentaba de niños etíopes y estaba defendida por doscientos mil fascistas armados hasta los dientes. Como siempre, vi a mi padre en su cumpleaños en la Rocca y lo aproveché para preguntarle si tenía algo en contra acerca de un viaje mío a los Estados Unidos habiendo recibido una invitación de Hal Roach. Estaba de excelente humor y en plena salud, cosa que le permitía desarrollar una actividad que hubiera cansado hasta a un joven como yo. Para darme una idea de ello me dijo: «¿Sabes lo que he hecho el otro día? He ido muy de mañana en vuelo desde Roma a Florencia, donde he visitado la Academia Aeronáutica y la Escuela de Carabineros; luego, también en vuelo, a Pisa, para ver las instalaciones «Piaggio», en Pontedera. En coche he ido a Viareggio, no sin antes haberme detenido en una granja para trillar el trigo. He visto a Edda y la he desafiado a una carrera de natación...» «¿Quién ha ganado?», interrumpí. «Yo, por abandono. Luego he ido hasta Tirrenia para ver «rodar» una escena de un film de Gioacchino Forzano. He vuelto a tomar el avión y he regresado a Roma, todavía a tiempo para ir al palacio Venecia. Y después de haber cenado en villa Torlonia he ido a la basílica de Majencio para escuchar un concierto. ¿Qué te parece?»

«En vez de cumplir cincuenta y cuatro años, hoy cumples veinte.»

«En cuanto a tu viaje, no tengo nada en contra. Serás el primero de los Mussolini que pone los pies en aquel país.» Luego, como si recordase algo, añadió: «Más o menos tenía tu misma edad cuando estaba a punto de partir también yo para Nueva York. Los compañeros socialistas de allí querían que fuera a dirigir su semanario II Proletario, en el que colaboraba. Si hubiera ido, acaso tú hubieras nacido en Little Italy y ahora hablarías mejor el inglés. ¿Cuándo partes?» «A finales de agosto.» «Está bien; diviértete.»

Partí en el Rex. Conmigo viajaba Hal Roach, al cual se habían añadido un senador americano de nombre Pettyjohn, un funcionario de la Metro Goldwin Mayer de Roma, Mario del Papa, y Corrado Pavolini como escenógrafo y hombre de teatro. La travesía fué óptima ; los pasajeros, simpáticos y cordiales. Todos los mediodías nos tragamos los discos del Rigoletto para estudiar la mejor forma de adaptar la ópera y el libreto a las exigencias cinematográficas. Viajaba en el Rex también el conde Theo Rossi de Montelera, que iba a Washington, donde con su poderosa canoa Amba Alagi

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conseguiría en el Potomac una espléndida victoria, y el púgil Enzo Fiermonte, a punto de divorciarse de una rica dama de la society neoyorquina, que tiempo atrás se había enamorado del musculoso campeón. Con Del Papa refrescaba mis conocimientos de inglés, que la profesora Piazza me había enseñado en el gimnasio, y el día antes de llegar a Nueva York di un breve discurso por radio, destinado a la famélica horda de la public opinión. Aprendí con urgencia el vocablo statement e inmediatamente después, como defensa, no comment.

Todo se desarrolló como estaba previsto: asalto de periodistas, reporteros cinematográficos y decenas de banales preguntas, a las que con una sonrisa, para no disgustar a la prensa, respondía brevemente. Entre otras muchas: «¿Qué piensa de Nueva York?» Apenas había desembarcado y respondí: «Denme tiempo para conocerlo, pero me parece bonito», y más tarde me di cuenta de que había dicho la verdad. Y luego: «¿Prefiere míster Mussolini las mujeres rubias o morenas?» Respuesta: «Las dos.» Grandes risotadas; evidentemente bastaba con poco. A las preguntas políticas: No comment. Había visto la escena en centenares de Fox Movietone y era suficiente seguir la corriente. Mario del Papa me ayudaba a contener la avalancha con su perfecto inglés, mientras Corrado Pavolini miraba con sosiego a sus colegas americanos. De cualquier forma, todo se desarrolló en la forma más cordial y a mediodía los lectores de los periódicos tenían, según mi opinión, una idea todavía más confusa del hijo de veintiún años del jefe del Gobierno italiano.

Estuve tres días en Nueva York, visitándola a toda prisa, con la inevitable visita al Empire State Building, al Roxy Theater y a la iglesia de San Patricio. Una noche fui al Schubert Theater, donde me divertí con la comedia musical Babes in armas. No faltaron ni siquiera los acostumbrados individuos con carteles, naturalmente contrarios a mí, que completaron el cuadro previsto. Un funcionario de la Policía, de paisano, de origen italiano, fué puesto a mi disposición, y así, en coche, solos, conocí mejor la ciudad y los métodos, verdaderamente poco democráticos, con los que el señor Giusti se desembarazaba de los molestos. En su infancia había sido compañero de juegos de Al Capone, al que consideraba un bellaco. Una noche, en un famoso night-club, tuve que firmar un centenar de autógrafos, y me acuerdo de un simpático episodio: el número clou del show era una cebra de cartón y tela, animada por dos personas. Al pasar junto a mí, desde el portillo abierto en el vientre de la cebra, ¡oí hablarme en italiano !: «¡ Hola, Vittorio, somos italianos; viva el Duce!»

Partimos una tarde en avión para Los Angeles. Para ir al aeropuerto me fué concedido el honor de llevar mi coche escoltado por agentes en moto, con sirena aullante y tráfico interrumpido. Estaba furiosamente molesto y democráticamente indignado de hacer perder tiempo a los peatones. A la llegada a Los Angeles, las mismas escenas, y sólo cuando puse los pies en la bella casa de Hal Roach, amablemente acogido por su mujer y por sus dos hijos, encontré un poco de descanso y de calma.

Al día siguiente fui en seguida al trabajo: visité los «estudios» de Hal Roach. Pero a éste, apenas llegado al suelo californiano, le había caído la negra encima. Parte de la prensa de Hollywood, en mano de los cripto-comunistas, había iniciado una violenta campaña contra el acuerdo «R. A. M.» (Roach and Mussolini). Las mentiras más absurdas y los argumentos más vulgares eran dados como pasto al público, con evidente intención de intimidar. Fué por esto por lo que la Metro Goldwin Mayer inició una rápida retirada y sus dirigentes no se dejaron ver más, quedando en nada sus promesas. No así los hermanos Warner, que me invitaron a visitar sus imponentes «estudios», y durante la visita conocí a muchos técnicos, escritores, actores y actrices, entre ellas Olivia de Havilland. Algunos días después, mientras Hal Roach quemaba los últimos cartuchos para salvar la «R. A. M.», recorrí también los set de la Fox, donde recuerdo haber conocido, entre otros actores, a Tyrone Power mientras, por exigencias de la película que interpretaba, estaba detrás de los barrotes, de madera, de una celda de Sing-Sing. Estreché afectuosamente la mano a Shirley Temple, la niña prodigio que conmovía al mundo con sus interpretaciones. Todos eran amables conmigo, en contraste con la actitud de la prensa de izquierdas, que creaba un estado de intimidación contra el que sólo los más poderosos podían rebelarse. Entre éstos, Darryl P. Zanuck. Había estado en Italia, amaba nuestro país y especialmente admiraba la benignidad del Pisco italiano. Me invitó una noche a comer en una bella casa suya en la playa de Santa Mónica. Además de su gentil consorte había otras hermosas damas, entre ellas Dolores del Río, Norma Shearer, que recientemente había obtenido un gran éxito con Romeo y Julieta; la rubísima Virginia Bruce, Joan Bennet, que llegó escoltada de motoristas por exceso de velocidad, y la francesita Simone Simón. Fué una comida íntima, cordial, de la que conservo el más grato recuerdo.

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En los «estudios» de Hal Roach proseguía el trabajo de organización, pero la «R. A. M.» tenía las horas contadas. Rodé un breve sketch con Ida Lupino, que iniciaba entonces su carrera. Excelente el material técnico, matemático el plan de trabajo, perfecta la disciplina y los horarios. Al arte y la cultura, con frecuencia no se les veía; pero se tenía la seguridad de que la máquina hollywoodiana funcionaba poderosamente, era rica y estaba encuadrada como una industria Ford. Hollywood la grande ignoraba al resto del mundo: salvo algunos directores europeos, la producción mundial de los últimos diez años era ignorada. ¿Films italianos? Ni siquiera la sombra: Cinecittá estaba tan lejos como la luna. En la torre de marfil californiana la casta tipo Sunset Boulevard dominaba todavía plenamente. Hablar de Roskoe Arbukle (Fatty), autor de un escándalo muchos años antes, era tabú. La complicidad de silencio más absoluto reinaba soberana; ni siquiera los más feroces columnists se atrevían a revelar los defectos que había sin órdenes del publicüy departement. El film sensacional por su éxito en aquel momento: Cien hombres y una muchacha, con Deanna Durbin y Leopold Stokowsky.

La noche de mi cumpleaños, 28 de septiembre, Hal Roach dio un gran party en su jardín, adornado y transformado como si se estuviera en las islas Haway. Vinieron casi todos los más conocidos directores, productores, actores y técnicos de Hollywood. El más divertido, Cary Grant; las actrices más elegantes, las hermanas Bennet. Bailé hasta hora avanzada con muchas ilustres actrices y con muchachas desconocidas, de las que Hollywood está lleno, y que si entonces estaban en busca del primer contrato importante, hoy alguna será una estrella famosa. Lo que con frecuencia me hacía sonreír era la cara estúpida que ponían algunos y algunas cuando me eran presentados. Parecía que sus ojos dijeran: “¿Pero éste es el terrible hijo del terrible dictador, terror de las democracias? ¡ Pero si también baila la conga!” La velada pasó alegremente y se animó de madrugada. La fiesta fué un éxito, pero también fué el canto de cisne de la «R. A. M.». Ni yo ni Hal Roach, aunque a disgusto, nos hacíamos ilusiones sobre la posibilidad de realizar el proyecto, desde el momento en que había llegado a faltar el apoyo de la Metro Goldwin Mayer. Por fortuna para Hugo y Verdi, el desventurado Rigoletto no mostraría su joroba en las pantallas del mundo.

Mi permanencia en Hollywood llegaba a su término y la aproveché para ir a San Francisco, magnífica ciudad donde me gustaría vivir en una casita sobre las colinas que dominan la bella bahía. Fué allí donde mi viaje asumió un carácter político, mientras que hasta entonces había tenido el carácter estricto de un viaje de negocios e instructivo: recibí una comunicación oficial en la que se me comunicaba que el presidente de los Estados Unidos de América me recibiría en Washington. La noticia me sorprendió, pues no había dado ningún paso para conseguirlo, pero evidentemente se habían movido los ambientes diplomáticos italianos y americanos.

Después de una rápida jira a Pomona, pequeña ciudad californiana, donde una numerosa colectividad italiana se dedica con éxito a cultivar fruta y donde fui acogido con extraordinaria simpatía, tomé el avión directo a Washington. Hal Roach, siempre cortés, me regaló un radiogramófono portátil, que fué mi fiel compañero luego durante la guerra. Los periódicos comenzaron a dedicar cada vez más espacio a mi próxima visita al Presidente, con ese característico tono sensacionalista que domina buena parte de la prensa americana: algunos aconsejaban a Roosevelt que no recibiera al hijo del dictador fascista, el enemigo de la democracia, el aliado de Hitler y de Franco. Pero el presidente de los Estados Unidos, aun no siendo tachado de dictador, obraba como le parecía oportuno, y de esta libertad hizo uso y acaso abuso en ocasiones mucho más importantes.

En Washington me alojé en la Embajada de Italia, en aquel momento llevada por Fulvio Suvich. No sé por qué, pero una de las primeras visitas que hice fué a las oficinas del P. B. I., donde su jefe, Hoover, me mostró complacido los archivos: por curiosidad quise examinar los ficheros donde figuraban los más célebres gangsters y comprobé que los italianos no eran los más numerosos ni los más peligrosos.

Fui a la White House (Casa Blanca) a las cinco de la tarde, acompañado por nuestro embajador y por el americano ante el Quirinal, míster Philipps.

Los periódicos, con un buen organizado crescendo, habían creado un clima de sensacional expectativa, en verdad injustificada. La primera noche había estado en un baile de la buena sociedad y por la mañana una página entera de un diario publicaba un gran «servicio» sobre mí y publicaba las fotos de tres bellas muchachas debutants que habían bailado conmigo y que no habían muerto

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del todo entre los brazos del hijo del dictador. Me encontré aquella tarde con uno de los hermanos Cassini, que había conocido en los Parioli, en Roma, Oleg, y que después se casó con la estrella de cine Gene Tierney.

A la visita le fué dado un riguroso carácter privado e íntimo: la señora Roosevelt ofreció el té personalmente, mientras los hombres conversábamos afablemente en una sala, vecina a la famosa chimenea. El presidente Roosevelt no se hizo esperar; fué muy cordial y su sonrisa hizo desaparecer mi lógica emoción. La entrevista fué amable desde el comienzo y no había ninguna «tensión» entre los interlocutores. Hablé de la excelente impresión que me había causado mi breve estancia en algunas ciudades de los Estados Unidos, y particularmente me extendí sobre la rápida jira que había hecho aquella mañana por los alrededores de Washington. Hice presente, además, mi pena por no haber podido llegar más al Sur, a esos estados por los cuales Faulkner había hecho nacer en mí una intensa simpatía. Roosevelt me dijo que prolongara mi estancia para poder visitar otras regiones, pero no pude aceptar su consejo: me lo impedían los asuntos que tenía en Italia, y sobre todo el inminente nacimiento de mi primogénito. Después de estos preliminares, Roosevelt abordó decididamente un tema, que creo sorprendió no sólo a mí, sino también a los dos embajadores que me acompañaban. Procuraré dar, en forma taquigráfica, la versión más exacta posible de la conversación:

F. D. R.—Recientemente mi hijo John ha estado en Roma y ha tenido el placer de ser recibido por su padre. Es para mí, por consiguiente, una gran satisfacción acoger hoy en mi casa al hijo del premier de Italia y corresponder así al honor hecho a mi hijo.

V. M.—-Mi padre me ha encargado que le presente, junto con su gentil consorte, sus respetos y el sentimiento de su estima; la visita de su hijo ha sido muy agradable y mi padre espera volverle a ver aún más tiempo en un próximo viaje.

F. D. R.—Deseo aprovechar esta ocasión para rogarle sea intérprete, por vía privada, ante su padre, de un profundo deseo mío. Quisiera que se estudiara la posibilidad de un encuentro nuestro. Una entrevista personal para un más completo conocimiento de los problemas de nuestros dos pueblos. Las vías diplomáticas normales son a veces demasiado frías e inconcluyentes.

V. M.—Estoy a su completa disposición y contento de haber sido elegido como mensajero de tan importante deseo.

F. D. R.—-Por motivos de política interna no puedo alejarme de los U. S. A. para ir a Europa, ni creo que sea posible a su padre ausentarse mucho tiempo de Roma. Propondría que este nuestro primer encuentro tenga lugar en aguas neutrales, en medio del Atlántico, por ejemplo, donde en un navío de guerra podríamos celebrar la entrevista.

V. M.—Referiré exactamente el punto de vista de Vuestra Excelencia.

F. D. R.—-Italia, por su conducta política hasta hoy, por su posición geográfica, por su secular historia y por ser la sede de la religión católica, es el único país con el cual le es posible a los Estados Unidos, sin faltar a sus concepciones democráticas, entablar tratados de importancia fundamental para la conservación de la paz mundial. Rusia y Alemania son los polos opuestos de nuestra política, y con ellos, en el momento actual, todo diálogo es absolutamente imposible. Creo que también Mr. Mussolini desea firmemente mantener el equilibrio europeo, evitando toda acción de fuerza que turbe la paz.

V. M.—Referiré a mi padre sus palabras, apenas llegue a Roma.

P. D. R.—Naturalmente, si Mr. Mussolini está de acuerdo en líneas generales con este proyecto mío, nuestros representantes diplomáticos establecerán los detalles del encuentro y la forma de su realización práctica.

V. M.—-Sería importante conocer el pensamiento de vuestra excelencia sobre la posible fecha de este encuentro.

P. D. R.—Teniendo en cuenta los asuntos en curso, desearía que fuera en los próximos meses, no más tarde de la próxima primavera.

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La visita había acabado ya. Estreché cordialmente la mano al presidente Roosevelt y besé la mano a su consorte, a la cual envié por la tarde un ramo de espléndidas rosas rojas. Eleonora Roosevelt me dedicó al día siguiente una amable parte en su cotidiana columna del My Day, que se publicaba en una importante cadena de periódicos. Además, recibí en la Embajada de Italia una carta suya, que he conservado, en papel encabezado con una gran águila y las palabras «White House». La fecha, 13 de octubre de 1937.

“My dear Mr. Mussolini, I cannot tell you how lovely your red roses were and how kind I think you are to send them to me. We enjoyed very much having you and I hope that your visit to this country will be very pleasant. Very cordially yours.

Eleanor Roosevelt.”

Pulvio Suvich se sintió particularmente satisfecho con el tono de la carta, y aun no teniendo, como excelente diplomático que era, una bien definida opinión respecto al éxito de mi misión en Italia, convino conmigo en que un encuentro entre el Duce y Roosevelt en aquel momento sería de extraordinaria importancia.

Pocos días después me embarqué en Nueva York y a finales de octubre estaba en Roma y abrazaba con gran alegría a mis familiares.

Esa misma noche cené en villa Torlonia con mi padre y le hice con toda sencillez y objetividad un informe de mi breve, pero interesante viaje. Me escuchó atentamente, en gran parte porque le daba un cuadro bastante optimista en lo que respecta a los sentimientos de los americanos hacia nuestro país, nunca como aquel año meta de millones de turistas de todos los países. En efecto, ya en la entrevista con Franklin Delano Roosevelt, ya hablando con muchos personajes de todos los ambientes y condiciones sociales, excepción hecha de los clans ultra-democráticos y filo-comunistas, no había notado sentimientos de antipatía o claramente de desprecio hacia Italia y quien la gobernaba. Tuve que convenir, a una observación de mi padre, que precisamente en aquellos días el Presidente americano había pronunciado su primer discurso fuertemente belicista contra los tres ismos, pero el prestigio de Italia y la simpatía personal hacia mi padre, en aquel momento en el cénit de su obra, eran elementos que jugaban a favor de nuestro país. Además, los italoamericanos, muchos millones, se sentían en aquellos años extremadamente orgullosos de su patria y por primera vez, después de tantos siglos, eran respetados, temidos y considerados. Sus votos se codiciaban durante las ruidosas campañas electorales y el difunto Piorello La Guardia tuvo el apoyo oficial de nuestras autoridades y organizaciones para su candidatura a alcalde. Por otra parte, el New Deal rooseveltiano podía simpatizar con los grandes planes de obras públicas y sociales de la Italia fascista, aunque con etiqueta democrática. También en los Estados Unidos la libertad se puso a tono con las exigencias sociales del siglo. Dije: «Papá, como tú bien sabes, a los americanos no hay que juzgarlos por esas cuatro locas multimillonarias que recorren el globo entre un divorcio y otro y por esa decena de furiosos periodistas que apoyan al Gobierno rojo español frente al anticomunista y católico Franco.»

En mi visita había tenido tiempo de darme cuenta de cuan seria y poderosa era la llamada «provincia» norteamericana y la enorme capacidad de iniciativa y trabajo de sus ciudadanos, obreros y campesinos. Aunque tenía mis reservas sobre el sistema de medida del individuo, es decir, el dólar, o sea, este hombre gana tanto y por consiguiente vale tanto, había tenido la confirmación de algo que había sospechado, esto es, que los americanos habían salido de la que los sociólogos llamaban «eterna infancia» para convertirse en un pueblo extremadamente unido, nacionalista, vital, capaz de grandes empresas, como la de hacer una guerra, y más importante aún, de batirse con valor y morir valientemente llegado el momento.

Mi padre reconocía las cualidades positivas del pueblo americano, que la guerra del 14 había consolidado en su nacionalidad, pero con un cierto escepticismo respecto a la viejísima Europa, a pesar de que muchos ilustres personajes de la política, de la economía y del arte americanos le visitaron en el palacio Venecia casi cada día y recíprocamente encontrasen fuertes puntos de contacto y comprensión, a pesar de que por varios años la fuente de su mayor ganancia fueran los artículos que periódicamente escribía para una gran cadena de diarios y revistas norteamericanas con gran éxito (mi madre se ha comprado alguna quinta en Romana con dinero... americano. Me acuerdo de haberla oído decir, sonriendo, una vez a mi padre: «Benito, es necesario que escribas un

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artículo para América en seguida, porque dentro de una semana vence el plazo del crédito con la Caja de Ahorros de Forlí.» Y mi padre, dos días después, entregaba las cuartillas mecanografiadas al representante en Roma de la agencia americana), a pesar de su indudable capacidad de examinar objetivamente situaciones políticas y económicas de diversas naciones, no lograba perdonar del todo, él, tan exquisitamente italiano y europeo y hombre de profunda cultura humanista y social, esa arrogante pátina de juvenil barbarie que es propia de las naciones jóvenes y ricas y que llega a veces a ser de insustituible valor para alcanzar determinados objetivos.

Referí el coloquio sostenido con Roosevelt y su propuesta para un encuentro en pleno Océano Atlántico. Sonrió a la idea de una entrevista sobre las olas, pero no dijo nada de particular, salvo que le repitiera lo más exactamente posible las palabras del Presidente y sobre todo el tono del coloquio. De mí no se esperaba nada más; como siempre, interpelaría a sus colaboradores directos, en espera del informe de Suvich, que, a través de Ciano, le llegaría. Me pareció notar, de todos modos, que no creía totalmente en la sinceridad de tal propuesta: «Palabras, cuando lo que hacen falta son acuerdos concretos diplomáticos que tengan en cuenta nuestra posición. Roosevelt es un excelente hombre de Gobierno para su país, sobre el que ejerce una cada vez más visible «dictadura», pero, como Wilson, no es capaz de examinar con realismo la verdadera situación de Europa, tan compleja desde todos los puntos de vista. Wilson nos regaló la Sociedad de las Naciones, a la que América jamás perteneció. Un fallo más y, antes de que falle del todo, nos iremos a esa feria de las vanidades seniles que es Ginebra.»

Más tarde citaba un fragmento del ex presidente Hoover: «En dieciocho años de actividad de la Sociedad de las Naciones se han celebrado diecinueve conferencias diplomáticas internacionales fuera de ella, comprendida la de Locarno; treinta y seis alianzas militares y pactos de no agresión, veinte conflictos violentos en los que la Liga no intervino o no tuvo autoridad para intervenir.»

Por estos motivos, creía inútil ciertamente un contacto personal con el Presidente de los Estados Unidos, pero preferiría que en su puesto estuviera un hombre político menos «demagogo-idealista» y más «europeo-práctico». Acaso entonces el encuentro en el Océano Atlántico hubiera tenido lugar. Ciertamente, esta fracasada entrevista «marina» entre mi padre y Roosevelt hubiera podido tener proyecciones de excepcional importancia histórica. Años después, Roosevelt no dudó en aliarse con Stalin y llegar a un acuerdo con él en forma que todavía hoy es bastante discutida. Además, hay que tener presente que Italia en aquel momento estaba a punto de firmar el pacto Anticomintern, que unía en una común lucha al pueblo italiano con el japonés y el alemán. Todavía está fresca en la memoria de mi padre la extraordinaria acogida que el pueblo de Berlín le tributó un mes antes en el «Campo de Mayo» y las elevadas palabras que el Führer le dirigió ante la inmensa multitud: «Nuestro sentimiento más vivo es ante todo la alegría grande de tener como huésped entre nosotros a uno de esos hombres solitarios que no son protagonistas de la Historia, sino que hacen ellos mismos la Historia.» A las cuales el Duce contestó en alemán: «El fascismo tiene su ética, a la que pretendo permanecer fiel, y es también mi moral personal: hablar claro y abierto, y, cuando se es amigos, marchar juntos hasta el final.» El pueblo alemán había participado con espontáneo y sincero entusiasmo en la demostración y mi padre volvió de Alemania con una profunda impresión y con recuerdos que permanecieron siempre vivos en su memoria.

Durante la República Social, incidentalmente volví sobre el tema del fracasado encuentro con Roosevelt, mientras los poderosos cuatrimotores americanos cruzaban sin ser molestados por nuestro cielo, ya indefenso. «La propuesta de Roosevelt —me dijo— no fué acompañada, como por lo demás, más tarde, en 1940, por una actitud práctica y por argumentos decisivos para ser tomada en consideración más atenta; a la Italia de 1937, en el centro de la más grande combinación político-militar de su historia, era necesario reconocerle su legítimo puesto en el concierto de las naciones y no olvidarse de su importancia política, militar y de sus necesidades de expansión. Demasiado se había denigrado al Gobierno italiano por su campaña etíope y por su intervención a favor de la España anticomunista, mientras que se había sido excesivamente tolerantes con la Alemania de Hitler, especialmente al principio. Todas mis propuestas para una sincera revisión de los derechos de las naciones pobres y maltratadas por la paz de Versalles fueron siempre boicoteados en nombre de principios democráticos de escaso valor. ¿Acaso se podía considerar «democrática» a una nación esclavista y absolutista como Abisinia? ¿Podíamos nosotros permitir una España en manos de la Internacional roja? ¿Podíamos ignorar los millones de alemanes que apremiaban en el Brennero, acogidos en Austria como liberadores? No existía otro camino: alianza con Alemania hasta las últimas consecuencias; que no se dijera nunca más, como Bismarck dijo una vez, que no se puede

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hacer una política con Italia porque es infiel como amiga y como enemiga. Además estaba en vías un profundo cambio en la política inglesa: nuestro acérrimo enemigo Edén había entregado su dimisión y en su puesto Chamberlain había designado a Halifax. Nuestras relaciones con Inglaterra, de buenas podían llegar a excelentes, y me ilusioné con que finalmente Inglaterra depusiera su actitud antiitaliana con vistas a una paz europea de la que Italia podía ser el gozne fundamental. Llegamos hasta a obtener el reconocimiento de jure del conquistado imperio etíope, pero las irreductibles fuerzas enemigas de Italia, a cuya cabeza se había puesto sólo entonces Churchill, mi gran admirador en otras épocas, tomaron la delantera y no hubo ya ninguna duda: Italia y Alemania debían volver veinte años atrás. La guerra era inevitable en plazo breve; sin embargo, me resistía a creer en esta única alternativa y continué enviando colonos a África para preparar la grandiosa exposición universal de Roma, que debía celebrarse en 1942. Incluso hoy nuestros enemigos, cuando nuestra suerte está ya decidida, insisten en nuestra rendición incondicional. En la vida de un individuo pueden existir amigos y enemigos eternos; en la de las naciones, jamás. Tan poco comprendida es nuestra posición y la de Alemania, que se quiere su destrucción total; esto llevará a Rusia a dominar por quién sabe cuantos años desde Trieste hasta Hamburgo.»

Mi misión americana había acabado y no tuve ya más contactos con Hollywood. Acontecimiento mucho más importante fué para mí el nacimiento de mi primogénito, el 27 de diciembre de 1937, al que mi padre impuso, no sabemos en homenaje a quién, el nombre de Guido. Mi hermano Bruno, entonces oficial efectivo de la Real Aeronáutica, había vuelto de Palma de Mallorca; más tarde, no tenía todavía los veinte años, pilotó uno de los aparatos Sorci Verdi que en vuelo transoceánico unieron Roma con Río de Janeiro en pocas horas, empresa de gran valor y que fué preludio de la constitución de la línea regular atlántica de la L. A. T. I.

Mi padre, un poco más grueso, continuaba su vida de trabajo furioso, pendiente de la marcha de la guerra civil en España y de la organización del imperio. La muerte de Gabriel d'Annunzio le afectó profundamente : a pesar de que la política les hubiera llevado a veces a juzgar cosas y personas de diverso modo, la amistad era sincera y la estima recíproca. En los últimos años, además, D'Annunzio había estado siempre en la línea, y el epistolario cruzado entre ambos puede dar fe de ello. Después de haberse tragado la amarga pildora del Anschluss («cuando un suceso resulta fatal, vale más que se realice con nosotros, que no a pesar nuestro, o peor, contra nosotros») se dedicó a completar el acuerdo con Inglaterra, que fué firmado el 16 de abril en el palacio Chigi, y a preparar el terreno para la inminente visita del Führer.

Tal visita, que turbó no poco al Vaticano y al Quirinal, fué decisiva para el Eje. Comentando el discurso de Hitler, después del banquete en el palacio Venecia, mi padre dijo: «Ha dicho palabras definitivas y particularmente apropiadas a nuestra sensibilidad. Ningún italiano puede haber permanecido insensible a la frase «Es mi voluntad firme y también mi testamento político al pueblo alemán el que se considere intangible para siempre la frontera de los Alpes, erigida entre nosotros por la Naturaleza.»

Pero tales acontecimientos políticos no cambiaban nuestro ritmo de vida: mi madre dedicaba su tiempo a las tareas domésticas y a la administración de sus quintas en Romana. Edda, ya dentro del gran mundo, viajaba y se ocupaba de la educación de sus hijos, mientras Galeazzo era ministro y, haciendo mucho menos para merecérselo que tantos otros jerarcas, comenzaba a recoger la antipatía de los italianos. Anna María y Romano estudiaban. En cuanto a mí, me ocupaba cada vez más de cine, ya como productor de películas, ya como director de la revista Cinema, en la que colaboraban con mucho entusiasmo jóvenes que, como Giuseppe de Sanctis, Pasinetti, Puccini, Antonioni, Purificato, Castellani, Visconti, son hoy conocidos directores, escenógrafos, técnicos e intérpretes de la cinematografía italiana.

La familia Mussolini gozaba así sus últimos breves años de relativa tranquilidad antes del estallido de la segunda guerra mundial.

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IV. ITALIA ENTRA EN GUERRA DESDE febrero de 1937 vivía en un apartamento de la plaza de las Musas y, por

consiguiente, tenía menos ocasiones de encontrarme con mi padre. Me estaba dedicando, en aquellos años que precedieron al estallido de la segunda guerra mundial, a reforzar la posición de las sociedades cinematográficas de las que formaba parte, la A. C. I. Films y la E. R. A. Films. Como director de la revista Cinema tuve ocasión de conocer a Angelo Rizzoli, que era su editor y que más tarde entró, como accionista, en la E. R. A. Films. En ocasión de un viaje a Berlín para la presentación del film Luciano Serra, piloto, distribuido por la Tobis, fui presentado al ministro de la Propaganda del Reich, Joseph Goebbels. Ya las relaciones con la Alemania de Hitler se habían hecho más estrechas, especialmente después de la visita del Führer a Roma, y por consiguiente los ambientes cinematográficos alemanes me acogieron con simpatía e interés. El ministro Goebbels dio un banquete al que asistí como invitado de honor. Estaban presentes las mayores autoridades del mundo artístico y técnico de la cinematografía alemana, y hoy recuerdo con particular emoción a la señora Goebbels, la cual con orgullo materno me mostró las fotografías de sus numerosos hijos, que pocos años después tendrían un terrible y trágico fin a la caída de Berlín. Después, de noche, la comitiva hizo una jira en un vaporcito por los magníficos lagos que rodean a la capital. En la jira participaron muchas «divas» de entonces, como la famosa Lil Dagover, todavía bella a pesar de los años; Olga Tchekova, Zarah Leander, Cristina Soderbaum, en los comienzos de su carrera. Goebbels era, naturalmente, muy cortejado, y los clásicos bien informados de la Embajada italiana me pusieron al corriente de sus fáciles éxitos amorosos en el ambiente del cine y del teatro. Dos días después fui invitado a la casa de campo de von Ribbentrop, que no conocía y que me resultó antipático por ese aire de suficiencia con el que quería imitar a su colega inglés, Edén. En aquellas invitaciones no se hablaba mucho de política, dado que yo no vestía ningún traje oficial ni tenía interés en ocuparme de ella. Eran visitas de cortesía, de las que esperaba obtener ventajas para la industria cinematográfica italiana con la distribución de películas nuestras en el vasto y productivo mercado alemán; más tarde, en efecto, muchos films italianos se proyectaron en Alemania con buen resultado económico.

Era nuestro embajador en Berlín Bernardo Attolico, que tenía como extraordinaria colaboradora a su mujer, bella e inteligente dama. Su obra diplomática fué la más seria y eficaz que se realizó ante las autoridades alemanas, a veces tan «distantes» de la «clase» de nuestro representante. Pero, en honor a la verdad, no era difícil en aquellos tiempos representar dignamente a Italia, en el vértice de su potencia. En una recepción en la bella Embajada de Italia me encontré con nuestro embajador en Moscú, al que le pregunté si era posible un viaje mío a la capital de los soviets. Con sorpresa mía, me respondió: «¿Por qué no? En Moscú muchos funcionarios se pasean con el distintivo fascista en el ojal tranquilamente y nadie les dice nada.» «Eso no quita —respondí— que en España se nos reciba no menos tranquilamente a tiros de fusil.»

De regreso a Roma, hacía un resumen de mi viaje a mi padre, y al manifestarle mi impresión de haber encontrado más bien frío respecto a los italianos al ministro Goebbels, me dijo: «Puede ser; de todas formas, es el más inteligente de los nazis, sabe mucho de literatura y filosofía y su inteligencia es viva y activa.»

No era solamente con Alemania con quien establecía acuerdos cinematográficos, siempre privados; más tarde, aprovechando la bonanza derivada de los acuerdos de Pascua, entré en contacto con un grupo financiero británico y vino a Roma lord Hardwick para concluir una coproducción italoinglesa. El primer film debía ser producido por Gabriel Pascal, todavía reciente el éxito inesperado de su Pigmalión, y la elección del tema había caído sobre César y Cleopatra, de Bernard Shaw.

En el invierno de 1940 fui con Angelo Rizzoli a San Remo para tratar con Julien Duvivier la producción de un film encubiertamente anticomunista, pero el director francés tenía otros compromisos en aquel período y no se pudo llegar a un acuerdo, lamentándolo por ambas partes. Más tarde, venciendo la resistencia del Ministerio de la Cultura Popular, logré firmar acuerdos con el célebre director Jean Renoir para la dirección del film Tosca. Renoir, por sus antecedentes antifascistas, era el menos indicado en aquellos momentos, pero opinaba y opino que es preferible ganarse la amistad de adversarios inteligentes que la simpatía interesada de amigos tontos. El director francés vino a Roma y se encontró a sus anchas, y sin tregua pensaba rodar, después de Tosca, un film sobre los pantanos Pontinos y los colonos de las zonas saneadas. Desgraciadamente,

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los acontecimientos bélicos nos sorprendieron; Renoir dirigió solamente la primera escena de Tosca, rodada en el palacio Farnese, de noche, y desde allí, gracias a mi intervención ante mi padre, pudo dejar Italia sin ser molestado pocas horas antes del estallido de las hostilidades. Me envió una cordial carta con la promesa de que, acabada la guerra, haríamos algún otro film juntos. Evidentemente, no se me tache de inmodesto, formábamos parte de un mundo de personas distinguidas, cuya especie tiende a desaparecer en el pantano de la intolerancia. El film fué continuado por el ayudante de dirección, un alemán llamado Koch, con la interpretación de Imperio Argentina, Rossano Brazzi y Michel Simón.

Mi padre seguía con simpatía esta actividad mía y me daba con frecuencia preciosos y sensatos consejos. Entre otros, el de abstenerme de hacer films de propaganda : «En Italia se han hecho sólo dos films de fondo fascista: Vieja Guardia, de Blasetti, y Camisa Negra, de Forzano; su parcial éxito te dice hasta qué punto el pueblo no soporta la propaganda oficial. Creo que ni siquiera los rusos se divierten viendo en la pantalla al héroe stajanovista mientras produce toneladas de lingotes de acero, olvidando besar a la propia novia.»

Después del encuentro de mi padre con Hitler hubo un natural mayor acercamiento con Alemania. Al mismo tiempo se tomaron también algunas medidas de orden interno que, a la larga, no favorecieron al régimen fascista; tales, por ejemplo, la campaña por la abolición del «usted» sustituyéndole por el «vos»; la excesiva ampulosidad de las ceremonias exigida por Achule Starase, con el «paso romano» impuesto a las tropas que desfilaban; el encumbramiento del soberano, al cual no le había gustado su nombramiento, al mismo tiempo que el del Duce, para el grado de «primeros mariscales del Imperio»; y la campaña racial. En cuanto a Víctor Manuel III, pasado el primer momento de malhumor, las cosas parecieron arregladas cuando fué a Romana y visitó la casa natal de mi padre, la tumba de mis abuelos y de allí subió a Rocca delle Caminate, donde fué recibido por mis padres. A mi madre le ofreció un ramo de rosas rojas cultivadas en los jardines reales y aceptó una naranjada. A mi padre le dijo: «Es ciertamente mérito vuestro el que los romanólos me hayan acogido con entusiasmo; durante todo el reinado las acogidas al rey de Italia en Romana han sido siempre frías y hurañas.»

En cuanto al antisemitismo, movimiento iniciado primero con sordina y con desgana, se hizo luego para los fanáticos que todo tiene, más activo y abierto. Como en muchas otras cosas, los italianos tienen un sentido elevado de la medida, y la campaña antisemita no llevó, por fortuna, a ninguna tragedia y no dejó de ser casi nunca más que un punto de vista oficial. Yo mismo, para no ser conformista, participé con un amigo mío hebreo, Orlando Piperno Alcorso, en la más importante carrera automovilista italiana, las Mil Millas, con un Fiat 1100, clasificándome el décimo, con más de 103 kilómetros de media. De todas formas, una tarde hablé de ello con mi padre, que me dijo: «El problema hebreo no lo hemos inventado nosotros y en materia de racismo los hebreos pueden enseñarnos mucho. Es mucho más fácil que un ario se case con una hebrea que al revés. He recibido por lo menos tres veces al jefe del movimiento sionista, Chaim Weizmann, al que le declaré una vez que no tenía nada en contra en relación con la creación de un Estado hebreo en Palestina, siempre que no estuviera uncido a Inglaterra. Como compensación, ligado como estaba a los trust angloamericanos, puso a disposición del Gobierno italiano secretos que interesaban a nuestra industria bélica y a nuestra agricultura. En estos días estoy examinando un proyecto para crear grandes colonias en Etiopía, donde los hebreos encontrarían mayores recursos que en Palestina. Pero no te escondo que son cada vez más evidentes las connivencias del mundo hebreo con la plutocracia y las izquierdas internacionales y nuestra posición político-militar no nos permite tener en nuestro seno eventuales saboteadores del esfuerzo que está realizando el pueblo italiano. Por otra parte, no es un problema grave; los hebreos en Italia no son más de cincuenta mil, y a ninguno le será tocado un pelo.»

Sin embargo, hacia fines del año aconsejé a mi amigo que hiciera un viaje al extranjero; siguió mi consejo, y hoy sé que está en Australia, óptimamente instalado.

Pero volvamos atrás, a septiembre de 1938, cuando el mundo tembló por la amenaza de la guerra. Lo recuerdo bien porque cumplo los años el 28 de septiembre y la crisis de los Sudetes estalló con toda su violencia en aquella época.

Mi padre, ocupado por las vicisitudes alternas de la guerra en España y la guerrilla creciente de algunas tribus abisinias incitadas por los ingleses, se encontró en una peligrosa encrucijada,

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decisiva para el porvenir de Italia, del fascismo y sus hombres. Recuerdo que pocos meses antes mi madre había insinuado una tarde en la mesa, después de comer, que un poco de tranquilidad no vendría mal a nuestra familia. Acababa apenas de regresar Bruno del famoso raid de los Sorci Verdi, que había hecho vivir horas de ansia a toda la familia. Menos mal que todo se había desarrollado regularmente y suspiramos de alivio cuando le supimos sano y salvo en Brasil, junto con sus camaradas, acogido con gran entusiasmo por el presidente Getulio Vargas y por la población carioca. Aquella tarde, vuelto mi padre de los campos de esquí del Terminillo, desde donde había seguido el vuelo a través de las comunicaciones radiotelegráficas de a bordo, fué descorchada una botella de espumoso. Mi madre, como siempre, disimulaba su alegría refunfuñando en dialecto romanólo; para ella estaba claro desde la tierna infancia que los Mussolini eran un poco locos, siempre dispuestos a romperse la cabeza, y que ella era la víctima inocente de nuestra locura colectiva. Movía la cabeza en señal de resignación, mientras sus cabellos, una vez tan rubios, comenzaban a hacerse grises. Pero la insinuación de mi madre había sido acogida como uno de sus muchos desahogos; lo que puede resultar fácil y a veces cómodo para un político parlamentario, no es comprensible para un conductor de pueblos en la cumbre de su poder. Cuando mi padre conquistó el poder tuvo delante de sí grandes deberes y muchos los cumplió: había disciplinado al pueblo e insertado en la vida nacional a la juventud combatiente, incitándola a rendir el máximo y a producir para hacer grande al país; imponentes obras públicas, como carreteras, canales, ferrocarriles, saneamientos, modernas industrias, aprovechamiento total de los recursos agrícolas habían sido realizadas; reorganizado el Ejército, la Marina y la Aviación; resuelta la cuestión vaticana. Además, se llegó a estabilizar la moneda, a animar la economía y, a fin de eliminar el comunismo, fué prohibida la perturbadora acción de las huelgas políticas y de los sabotajes, con el objeto de alcanzar la paz social por medio de un acercamiento entre el capital y el trabajo, con la Carta del Trabajo y las Corporaciones. Mientras, con el imperio, el problema de la superpoblación encontraba solución.

Ilustración 5. Durante el crucero de los vanguardistas (Trípoli, 1929), con mi hermano Bruno, en la clásica fotografía en camello.

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Ilustración 6. En el jardín de villa Torlonia, durante un « a 11» de mi compañía de jóvenes amigos-actores.

«Estamos en un momento crucial de la Historia —dijo en aquella ocasión mi padre—; no es ni el primero ni el último; no creo en la paz eterna si no es después de muerto. El equilibrio del mundo es imposible si no se logra insertar a Alemania en la vida europea con los derechos que le son debidos y respetando los de los demás. Mientras el estado liberal y burgués ignore la justicia social, el bolchevismo tendrá campo libre para su irresistible, fatal expansión. Pero pocos están dispuestos a hacer sacrificios. De cualquier modo, Francia e Inglaterra, por un lado, e Italia, por otro, pueden ser los «pesos» decisivos para el mantenimiento de la paz. Hitler proclama la absoluta necesidad del «espacio vital» para el pueblo germánico; pero, a veces, justas y honradas exigencias son tratadas, desgraciadamente, como otras injustas y en absoluto honradas. Los pueblos ricos no están dispuestos a distribuir equitativamente las riquezas del mundo.»

A pesar de la tensión europea, el ritmo de la vida cotidiana en villa Torlonia era el mismo de siempre. Mi padre continuaba montando a caballo por la mañano antes de ir al palacio Venecia. Deseaba ardientemente, por el bien del pueblo español, que la sangrienta y cruel guerra civil terminara lo más pronto. Estaba en continuo contacto con los generales italianos que mandaban nuestras tropas voluntarias en España. Una vez eliminado el grave peligro de que se estableciera en Madrid un Gobierno comunista tendría más tiempo para dedicar a la política interna y a nuestros intereses de Ultramar. Además, acariciaba un sueño, el de la gran exposición mundial en Roma para el año 1942. «Ya he dictado disposiciones para que se inicien lo más pronto posible los trabajos para la nueva estación de ferrocarril y para el Metropolitano, y también para la construcción de los primeros edificios monumentales que deben ser los de la civilización italiana y la iglesia, cuya cúpula será la segunda de Roma. ¡Civilización romana y catolicismo!»

Pero Europa era presa de la angustia: al regresar mi padre de una visita a algunas ciudades italianas del Norte estalló la crisis final de la llamada «Cuestión de los Sudetes».

Debíamos festejar mi cumpleaños, pero aquel día mi padre tuvo bien poco tiempo para dedicar a la familia. Desde mayo, desde que se había encontrado con el Führer en Roma, la diplomacia alemana, a través del embajador von Mackensen y el príncipe Filippo d'Assia, cumplía las directrices de Berlín para una mayor unión de las dos naciones mediante un pacto de recíproca ayuda militar, propuesto ya desde tiempo atrás por von Ribbentrop.

Una tarde, hacia el final del verano, llegó Galeazzo Ciano a la Rocca delle Camínate y conversó largamente con mi padre. Primero hablaron en el amplio estudio, apenas puesto a punto; luego, hacia el ocaso, descendieron al espacio frente a la entrada, y yo, mientras admiraba el maravilloso espectáculo de los Apeninos, fulgurantes por los últimos rayos de sol, pude captar muchas frases de su entrevista. El tema principal era la crisis checoslovaca, y las conclusiones a las que llegaron, si no recuerdo mal, fueron, en líneas generales las siguientes: 1) Imposible negar las exigencias de una autonomía a las poblaciones germánicas que la estúpida locura de Versalles

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había regalado a Checoslovaquia. 2) Benes era un enemigo acérrimo y ciego de Italia, fascista o no fascista. 3) Proponer un plebiscito, a través del cual no sólo los alemanes sometidos a Praga, sino también los polacos, los eslovacos, los magiares incluidos a la fuerza en la República de Benes, pudieran democráticamente votar y unirse, en caso de que lo desearan, a sus respectivos países de origen. 4) Hay que descartar que la protectora de Checoslovaquia, Francia, declare la guerra a Alemania, como sería su deber hacer. Militarmente está completamente en un plan defensivo detrás de la línea Maginot y políticamente el pueblo francés no está dispuesto a verter su sangre por aquella criatura mal nacida. 5) Nada hará modificar las decisiones de Hitler. Está en plena acción; era necesario detenerle antes, y hoy, con la fuerza de las armas, es prácticamente imposible. 6) Inglaterra y Rusia. Si iban a romperse las hostilidades, limitadas a Francia y Praga, observar el curso de los acontecimientos. Si interviene Inglaterra, nuestra posición de vigilancia neutral sería modificada. 7) En Europa rige la ley de los vasos comunicantes: un hecho de armas entre la pequeña República de San Marino y el Principado de Mónaco llevaría fatalmente en pocas semanas a un conflicto general. 8) Las entrevistas entre Chamberlain e Hitler no habían tenido ningún resultado práctico ; de cualquier forma, era digna de elogio la actitud de Neville Chamberlain, que intentaba por todos los medios prevenir la guerra. 9) Grave, la movilización checoslovaca.

Los acontecimientos apremian, mientras mi padre en un discurso en Verona dice: «Europa se encuentra frente a muchas necesidades, pero desde luego la menos urgente de todas es la de aumentar el número de los osarios que surgen tan frecuentemente en las fronteras de los estados.» En seguida, Chamberlain comunica a Roma, a través de lord Perth, que Inglaterra y Francia garantizan la incorporación pacífica del país de los Sudetes a Alemania.

Mi padre tuvo aquel día de finales de septiembre un instante de perplejidad; me lo señaló Galeazzo un día de 1942 mientras almorzábamos en el golf de Acqua-santa, comentando la marcha de las operaciones militares, claramente adversas al Eje en los diversos frentes de guerra: «Quizá, si debía haber guerra, era mejor para nosotros que hubiera estallado entonces. Es verdad que nosotros estábamos reducidos por la conquista del imperio y empeñados en España, pero la situación interna italiana era en mucho superior en los espíritus, todavía animados por la victoriosa empresa etíope, y nuestros adversarios eran débiles en sus ejércitos, mal armados y vacilantes en su política. Pero tu padre prefirió justamente la solución pacífica que el mundo esperaba y un gran éxito político-diplomático de la Italia que representaba; fué un noble y generoso gesto, pero desgraciadamente no sirvió para detener a Hitler en sus reivindicaciones, y se concedió un peligroso respiro a las plutocracias mundiales para prepararse armándose a gran velocidad para la guerra que en breve plazo estallaría. Como ves, no siempre conviene ser generosos.»

Sobre la conferencia de Mónaco, quién a favor y quién en contra, muchos han escrito en estos años. Entonces significó mucho para el mundo, que, perdida toda esperanza de paz, vio en mi padre al hombre que con su mediación pudo evitar, si bien no a la larga, el estallido de la conflagración mundial.

Cuando regresó mi padre a Roma, después de la firma del acuerdo, fué objeto durante el recorrido de triunfales manifestaciones de simpatía por parte del pueblo italiano. El rey fué a la estación de Florencia para congratularse con su jefe de Gobierno. Desde el balcón del palacio Venecia habló a la multitud vitoreante : «En Mónaco hemos trabajado por la paz según la justicia.»

Cuando vino a casa no era tan feliz como nos esperábamos. Estaba satisfecho y hasta conmovido por las acogidas que le habían dispensado, pero evidentemente había algo que amargaba su ánimo. De todas formas respondió de buen grado a todas nuestras preguntas y nos hizo notar que su conocimiento de las lenguas representó un elemento muy importante para el buen resultado de los tratados: «He comprendido todavía mejor el terrible significado punitivo de la confusión de las lenguas de la torre de Babel.»

Tuvo palabras de estima para Chamberlain, mientras que Daladier no le había impresionado favorablemente. De Hitler dijo que había demostrado gran comprensión para alcanzar el acuerdo, y noté que al hablar del caudillo de Alemania le pintaba bajo un aspecto mucho más amistoso de lo que hasta entonces había hecho.

Era un momento culminante para mi padre, acaso la cima de su popularidad y de su fortuna política. Compenetrados del momento, le escuchábamos en silencio, y desde luego estábamos bien

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lejos de prever que aquel día, en que parecía alejada para siempre la guerra, habrían tenido comienzo años duros y dolorosos que debían conducir a Italia a la derrota.

Algún tiempo después tuvo otra gran satisfacción: fué cuando el embajador en Roma, lord Perth, le dio a leer, antes de que fuera pronunciado en los Comunes, el texto de un discurso de Chamberlain.

Pero otros acontecimientos apremiaban, y después de la ocupación de Albania y del tan deseado fin de la guerra en España, Italia unía su suerte futura a la de Alemania, firmando Ciano y Ribbentrop el pacto de acero en Milán. A aquel pacto mi padre permaneció fiel hasta la muerte.

El 22 de agosto de 1939 una noticia sensacional asombró al mundo: Ribbentrop y Molotov han firmado un pacto de no agresión y de amistad entre los respectivos pueblos que representan. Estaba en Riccione con las vacaciones de verano, que gozaba más que otros años por ciertos presentimientos míos. Cuando leí por la mañana el gran título del Resto del Carlino casi creí en una descomunal errata de imprenta. Al día siguiente tuve ocasión de ver a mi padre. Estaba frecuentemente presente en sus conversaciones con Galeazzo, o con mi madre, o bien con algún ministro. Tuve así la confirmación de que tal pacto no había sido convenido previamente con el Gobierno italiano. Galeazzo decía: «Es sorprendente esta actitud alemana, pero de ellos hay que esperar cualquier cosa.» De la noche a la mañana, la situación político-militar del Eje cambiaba, y muchos opinaron que tal acuerdo era una obra maestra de la diplomacia alemana. Mi padre, siempre anticomunista, convenía en que la acción alemana había carecido de tacto hacia el aliado italiano, pero dijo también : «Hitler me ha escrito que Stalin mismo ha puesto como condición previa a la firma del acuerdo que ningún otro país fuera informado. «Personalmente deploro tal actitud —-me escribe Hitler—- y me duele haber tomado tan importante decisión, que estoy seguro aprobará, sin haberla podido concertar previamente con usted.» Pero Inglaterra estaba dispuesta a firmar un pacto análogo y era cuestión de horas, acaso de minutos, el ganar la batalla diplomática, por cuya victoria las plutocracias mundiales estaban dispuestas a cualquier concesión y a servirse de cualquier medio.»

Más tarde, para tener una confirmación a mis temores, le pregunté si consideraba oportuno que me hiciera llamar a las armas con mi grado de teniente piloto de la Real Aviación. «No es aún el momento de precipitar las cosas, por lo menos por nuestra parte.»

Me pareció comprender por algunas frases suyas que tenía la intención de intentar un ulterior gesto de conciliación entre las partes adversarias. El momento era propicio: al no tener que luchar en dos frentes, eterno problema de Alemania, todo el poder de la Wehr-macht se desencadenaría, una vez eliminada Polonia, sobre las potencias occidentales, con una plausible previsión de éxito. Desde ese momento se emprendió, como un año antes, una intensa actividad diplomática, destinada a obtener un nuevo Mónaco o, en caso de guerra, a retardar lo más posible la entrada en el conflicto de Italia.

«Si no tiene éxito mi mediación —'dijo un día—, la guerra estallará en breve y no podrá ser localizada sólo en Polonia: hasta Italia se verá en la necesidad de intervenir. Cómo y cuándo, dónde y en qué forma, los acontecimientos no me permiten decirlo. En estas pocas interrogantes está condensada mi responsabilidad, que por otra parte asumo plenamente.»

Tuve la clara impresión de que la firma del pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Rusia comunista le había turbado profundamente. El comunismo había sido, especialmente en el campo internacional, su más acérrimo enemigo, y durante años lo había combatido dentro y fuera del país, como en España. Aun cuando militar y políticamente ciertas alianzas pueden ser útiles y justificables en determinados momentos, muy a disgusto pensaba en la posible eventualidad de tener que hacer combatir a sus camisas negras junto a los soldados de la estrella roja. Además, Italia había declarado bastantes veces al mundo su sincero deseo de paz y a Hitler también le había dicho bastantes veces que las fuerzas armadas italianas no estarían listas para una eventual guerra hasta 1943, época en la que se repondría de las pérdidas en hombres y materiales sufridas con la empresa etíope, la intervención en España y la ocupación de Albania. En cuanto a la industria, sólo desde algunos años antes se había logrado el plan autárquico, que de todos modos no compensaría nunca las deficiencias en muchas materias primas, como el hierro, el carbón, el petróleo.

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«También Hitler estaba de acuerdo —me dijo una tarde en Gargnano en 1944, recordando los acontecimientos pasados—, pero los hechos se precipitaron en forma tal que un retraso en la entrada en la guerra de Alemania era más favorable a las potencias occidentales que a las del Eje. En pocos meses, después de Mónaco, muchas cosas habían cambiado en Downing Street y en la Casa Blanca. Cualquier intervención a favor de una conciliación no era sincera: se hace con el solo objeto de ganar tiempo para coaligar mejor las fuerzas de las llamadas «democracias occidentales» y de sus satélites.»

Una tarde de finales de agosto mi madre pidió a su marido instrucciones sobre la conducta de la casa y de los hijos pequeños en el caso de que estallara la guerra. Mi padre, turbado, hubiera preferido dejar pasar el tema, pero encontró justas las preocupaciones de su mujer, que por lo demás eran las preocupaciones de centenares de familias. «Ni Hitler, ni Polonia, ni los occidentales, que la sostienen, quieren avenirse a pactos. Todo esfuerzo mío para un nuevo Mónaco ha sido desgraciadamente vano. Estamos en vísperas de la guerra entre Polonia y Alemania, pero nosotros no intervendremos. Tenemos necesidad de tiempo para prepararnos, y por consiguiente, aun manteniendo la alianza con Alemania, he comunicado al Führer que Italia permanecerá por el momento neutral. Acaso es más útil también para Alemania que sea así, por eventuales tratados para limitar el conflicto, o de paz, que sólo nosotros estamos en condiciones de llevar a cabo con suficiente prestigio y confianza por ambas partes contendientes. Mantendremos nuestras tropas en estado de guerra en las fronteras, especialmente en la francesa, y en las colonias, y con esto muchos ejércitos «aliados» estarán prácticamente fuera de combate aun sin nuestra intervención en la lucha. Muchos querrían que se entrase en seguida en guerra al lado de Alemania, a la que consideran invencible, pero quedan todavía algunas cosas por definir.»

Mi madre preguntó si era oportuno que los hijos menores se quedaran en Roma. «No debe cambiar nada en nuestra vida familiar; cuando sea el momento, decidiremos en consecuencia. Sólo recomiendo que los mismos sacrificios y obligaciones que el estado de guerra impone a todos los ciudadanos sean sufridos rigurosamente también por nosotros. No se puede pretender que el pueblo cumpla su duro deber si no dan ejemplo los primeros aquellos que le mandan.»

Mi madre no encontró nada que decir a aquellas palabras; ninguno de nosotros en todos aquellos años se había permitido lujos, y prácticamente nuestra vida era igual a la de cualquier otra familia acomodada. La pequeña reunión familiar fué disuelta.

Mi padre, a pesar del enervante trabajo de aquellos días y la tensión nerviosa, no parecía ni con los nervios alterados ni cansado. Sabía que a él se habían vuelto las miradas no sólo de su pueblo, sino del aliado alemán, cada vez más difícil de frenar, y del mundo entero en alarma; además, no era fácil dirigir en aquellos meses la política interna de la nación, que no encontraba la cohesión espiritual rápidamente conseguida para la guerra en Etiopía. El soberano parecía temer lo mismo una victoria que una derrota de Italia; el Vaticano, cada vez más abiertamente hostil a la Alemania nazi, y muchos jerarcas estaban dudosos o directamente hostiles al pacto de acero. Tal situación se hizo clara patentemente cuando Ciano pronunció su famoso discurso en la Cámara de las Fasces y de las Corporaciones el 16 de diciembre de 1939. Pareció entonces que Italia, como ya en 1915, se pasaba a la parte opuesta, y hubo un amigo que me dijo espantado: «¡ Ahora los alemanes nos mandan los stukas y las tropas acorazadas y nos liquidan en un momento!»

De cualquier modo, la posición de «no intervención» asumida por Italia al estallido de la guerra fué considerada en general una hábil maniobra política y militar que dejaba abiertas muchas puertas para el futuro. Pero no podía durar mucho tiempo. Después de la visita de Sumner Welles, que, como me dijo Galeazzo, parecía haber venido a tener cuatro charlas y no a ofrecer propuestas concretas, inmediatamente después vino von Ribbentrop a Roma, consiguiendo obtener que tuviera lugar en los días sucesivos un encuentro en el Brennero entre mi padre y el Führer.

Yo, libre de obligaciones militares o políticas, aproveché para pasar la semana de Navidad y primero de año en el Sestriere, como todos los años; después, una decena de días en Cortina d'Ampezzo, que no conocía, y de allí, otra semana en Cervinia. Jamás había esquiado tanto en mi vida, pero confieso que no me sentía culpable de distraerme un poco: no tenía demasiada esperanza de tener a mi disposición otro invierno para hacer sports invernales. En Roma continuaba mi actividad cinematográfica y produje para la E. R. A. Films la comedia de De Benedetti Dos docenas de rosas escarlatas, confiando a Vittorio de Sica la responsabilidad no sólo de la interpretación, sino

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también de la dirección. Creo que ha sido éste el primer film dirigido por el actual famoso actor-director. Además realicé otras dos brillantes comedias: una dirigida por Mario Camerini, Batticuore, con Assia Noris y John Lodge, marido de la italiana Francesca Graggiotti y ahora alto personaje de la política norteamericana y embajador en Madrid (el motivo por el que hizo de actor sigue siendo para mí un misterio); otra, Ausencia injustificada, con Alida Valli y Amadeo Nazzari, dirigidos por Max Neufeld, uno de los pocos films que me han dado un poco de dinero. Lo aproveché para comprar un poco de terreno cerca del E. 42, que, naturalmente, perdida la guerra, fué considerado «un ilícito enriquecimiento», y como tal, abundantemente tasado.

Los periódicos, después de las duras, pero victoriosas batallas de Polonia, se limitaban a dar noticias de los diversos frentes, en los que inexplicablemente reinaba una calma absoluta. Los ánimos volvieron a encenderse después de la brillante operación militar alemana que llevó a la ocupación de Dinamarca y de Noruega. Estaba en Roma por aquella época y encontré a mi padre más sereno, como si ya hubiera tomado una decisión. Galeazzo me dijo: «En este momento no hay ninguna fuerza en el mundo capaz de detener a la Wehr-macht. Después del encuentro del Brennero no hay ya duda: marchar al lado de Alemania. A tu padre toca decidir el momento de intervenir.»

También la opinión pública italiana, más bien tibia en aquellos meses, había sufrido una notable evolución ante los victoriosos acontecimientos bélicos del aliado, y tendía hacia una más decidida intención de entrar en el conflicto antes de que fuera tarde. Me asombré una noche en el «Quirinetta», donde el ambiente no era ciertamente filo-alemán, al escuchar los nutridos aplausos con los que fué acogida la aparición en la pantalla de una división acorazada alemana en acción.

De Hitler mi padre recibía con frecuencia cartas que le informaban detalladamente del curso de las operaciones en los diversos frentes. Pero también por parte de los «occidentales» la correspondencia personal y diplomática era intensa. Oí decir una tarde a mi padre: «Todos me escriben ahora, el Santo Padre, Roosevelt, Churchill, invitándome a mantener a Italia neutral y ofreciéndome, de palabra, una pacífica comprensión de nuestras necesidades vitales. ¿Se olvidan de que la guerra podía evitarse acaso manteniendo el espíritu de Mónaco, mientras que no es posible hoy, cuando Hitler y sus soldados serán pronto dueños absolutos de Europa? ¿Sabes lo que le ha dicho Galeazzo al embajador francés? : «¡ No os esforcéis en hacer propaganda! Procurad resistir y vencer y nosotros permaneceremos neutrales.»

Años después, en villa Feltrinelli, sobre el lago de Garda, dije a mi padre que la mayoría de la opinión pública no le reprochaba sus veinte años de Gobierno, pero no le perdonaba haber apostado por el caballo que perdía, aun cuando parecía haber cruzado la meta. Me sonrió: «La frase es accesible a los oídos de la gente, pero no se puede hablar de juego cuando se trata del destino de la patria. Quizá hubiera logrado convencer a Hitler para que no atacara Italia, pero no, desde luego, al alto mando alemán, siempre receloso respecto a nosotros (jamás han olvidado la ruptura de la triple alianza de 1915). La posesión de la península es considerada por ellos como elemento sustancial y decisivo para dominar estratégicamente el Mediterráneo, el Medio Oriente, los Balcanes y el África del Norte. A la menor debilidad nuestra nos hubieran invadido en pocos días y el destino de Italia no hubiera sido muy diferente del que ha tenido. ¿Hay alguien que hubiera apostado, seguro de vencer al caballo inglés, después de Dunkerque? Y, ademán, querido Vittorio, como decía Maquiavelo, «con las palabras no se mantienen los estados». Y yo añado que sin grandes esfuerzos y enormes sacrificios, querer llegar a conquistar, en cualquier campo, una posición superior, es empresa vana. Observa lo que sucede con los obreros en el campo social: si obtienen una mejora económica gracias a una huelga, están satisfechos; si se lo concedes por decreto, lo olvidan al día siguiente.»

El 1 de junio de 1940, cuando ya estaba decidida la entrada en guerra de Italia, el correo de la mañana me trajo un gran sobre amarillo con el membrete del Ministerio de Aviación. Me lo esperaba, pero al encontrármela entre las manos me pregunté ingenuamente: «¿Qué querrán estos señores de mí?» Al abrirla encontré la llamada a filas: debía presentarme dentro de las próximas cuarenta y ocho horas en el aeropuerto de Centocelle Norte para el adiestramiento. Siendo yo de la «reserva» y no habiendo sido llamado desde la guerra de Etiopía, me faltaba entrenamiento. Al mediodía fui a pasar la revista médica y me encontraron en perfectas condiciones físicas.

Mi familia estaba ya en Riccione y pensaba hacer una escapada hasta allí, pero no había ya tiempo y deseaba alcanzar lo más pronto posible mi sección. La guerra, según la opinión general de aquellos días, no duraría más que pocos meses. Francia, rota la Maginot, estaba a punto de ser

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completamente invadida, e igualmente Bélgica y Holanda. En cuanto a Inglaterra, no preparada, podía ser invadida por las tropas de Hitler, si así estaba dispuesto, en caso de que no aceptara la paz.

Por la tarde fui a villa Torlonia para comunicar a mi padre la noticia de mi alistamiento. No se sorprendió, naturalmente, por ello y se informó solamente de dónde había sido destinado. Bruno, residente en Guidonia, mandaba una escuadrilla de S. M. 79. Encontré a mi padre sereno y, como siempre, parecía haber dejado las preocupaciones del grave momento en su despacho del palacio Venecia y deseaba mantener villa Torlonia como un oasis de tranquilidad.

Me dijo: «Manténme informado todos los días de tu actividad en Centocelle y de lo que sucede en la sección.» Yo le rogué que, una vez acabado el período de adiestramiento, dijera al Ministerio que me trasladasen al grupo de Bruno. No pedía otros favores. Se notaba en el aire una cierta euforia; de cualquier forma estábamos un poco conmovidos y, a pesar de que procurábamos esconder nuestros sentimientos, la conversación estuvo atravesada por silencios significativos.

Mientras me dirigía hacia mi casa, en la espléndida noche romana, me acordé de una frase dicha irónicamente durante la comida por mi padre: «Ahora que estamos en vísperas de guerra, todos desean apresurar las etapas y disparar el primer tiro de fusil: el rey, el Estado Mayor, los jerarcas y hasta el pueblo. Por paradójico que parezca, el único pacifista que queda hoy soy yo.»

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V. POR QUE NO FUE INVADIDA INGLATERRA AL día siguiente de la llamada a filas, en uniforme de teniente, me presenté a mis superiores

en el aeropuerto de Centocelle Norte, donde inicié inmediatamente el adiestramiento en el trimotor S. M. 19. Este aparato, acaso el mejor que haya tenido la aviación italiana, se comenzó a producir en serie hacia el final de la guerra etíope; fué empleado en los cielos de España, luego durante toda la segunda guerra mundial, e incluso como aero-torpedero rindió preciosos servicios. Generoso, fácil de pilotar, seguro, era lo que en términos de aviación se define como «un avión que te devuelve siempre a casa». Calculé que en una quincena de días me encontraría completamente a mis anchas en el puesto de piloto. Por la tarde, de regreso a casa, conté a mi padre un chiste muy popular en aquellos días, oído contar por la mañana al teniente Meacci. El chiste decía que un inglés, un francés y un italiano se encontraban en un bar comentando la guerra. El inglés presumía de tener la más grande y aguerrida flota del mundo; el francés, el ejército más fuerte y la inexpugnable línea Maginot; el italiano, cuando fué preguntado que qué tenía para ganar la guerra, respondió convencido: «¿Nosotros? ¡Nosotros tenemos un aliado!»

Mi padre sonrió: «Efectivamente, tenemos un aliado fuerte»..., y, después de una pausa, añadió: «Y según algunos, demasiado fuerte»... Me preguntó luego cómo había encontrado el espíritu, la stimmung, decía él, de la sección. «Excelente —respondí—. Todos son de la opinión de que no hay que retrasar un solo día nuestra entrada en guerra.»

Nuestra intervención, decidida en un primer momento para el día 5, fué retardada, por expreso deseo del Führer, hasta el 10 de junio, día en que, vencido todo titubeo, desde el balcón del palacio Venecia mi padre comunicó al pueblo italiano el solemne anuncio.

Fué ésta una de las pocas circunstancias en que fui al palacio Venecia, adonde volví, como máximo, otro par de veces. Asistí al breve discurso desde una ventana próxima al balcón; mis ojos no miraban a la multitud que llenaba la plaza, sino que permanecieron constantemente sobre mi padre. A pesar de que el tono de la voz fuera enérgico y seguro como siempre, no se me escapó su intensa emoción al anunciar nuestra entrada en la guerra. Cuando, después de haber accedido bastantes veces a las llamadas de la multitud, entró en la sala y fué cerrada la puerta de vidrios del balcón, los ministros, los jerarcas y los altos oficiales presentes se estrecharon a su alrededor y le aplaudieron con entusiasmo. Alzó la mano para interrumpir los aplausos, sonriendo. Se hizo silencio y recuerdo que dijo en tono calmo estas simples palabras: «Os lo agradezco, señores. No es éste el momento de aplaudir: la lucha que estamos a punto de entablar será áspera y decisiva para el destino de Italia. Pido solamente que cada uno de vosotros cumpla y haga cumplir el propio deber.»

Desde aquella tarde fué un sucederse continuo de rápidas noticias: la entrada en París de las tropas alemanas, nuestra ofensiva en el frente alpino y, el 24, el armisticio con Francia.

En aquellos días vi poco a mi padre, y sólo a su regreso de Mónaco, donde se había encontrado con Hitler, comimos juntos en villa Torlonia. Comentando los acontecimientos serenamente y con confianza me dijo que con Francia no era necesario usar mano dura, aun cuando ya corría el «slogan publicitario» de la puñalada en la espalda. «¿Se han olvidado del puñal que tan orgullosamente blandía Daladier? Y además, en los Alpes, que yo sepa, los franceses se creían invencibles y a nosotros nos mostraron la cara y no la espalda. Exclusivamente por razones estratégicas será necesario ocupar la orilla izquierda del Ródano, las bases de Córcega, de Túnez y el puerto de Gibuti.»

Se declaró además bastante satisfecho del comportamiento de las tropas italianas en el arco alpino, aunque añadió: «El pueblo italiano ha sido durante dieciséis siglos el yunque de todos los ejércitos europeos: en estos años he procurado hacerle martillo, pero no es, desde luego, empresa fácil.» Tuvo palabras de elogio para el entonces príncipe de Piamonte, comandante del frente occidental, y para la princesa María José, presente en la zona de operaciones como enfermera. Estaba, por el contrario, molesto con el mariscal Ba-doglio, que se había mostrado demasiado ceremonioso y piadoso frente a los representantes franceses venidos para firmar el armisticio.

Cuatro años después, en Mónaco de Baviera, oí que decía a Buffarini-Guidi, apenas liberado de Forte Boccea: «Todo, en aquel momento, parecía desenvolverse a nuestro favor y nuestro deber era moderar las pretensiones alemanas de hegemonía europea. A mí me interesaba que la guerra

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terminase lo más pronto posible, pero el programa de Hitler era más ambicioso. Limité, pues, las justas reivindicaciones de Italia al mínimo, a pesar de que la guerra no estuviese acabada. Quedaba todavía por vencer Inglaterra y su Imperio.»

Buffarini-Guidi, curioso, se permitió hacer a mi padre la pregunta: «Duce, ¿le ha dicho alguna vez el Führer por qué no se invadió entonces la Gran Bretaña?»

«Hablamos de ello aún el otro día —respondió—. Fué una equivocada valoración del almirante Canaris, comandante del servicio secreto alemán, sobre la real consistencia de las fuerzas británicas destinadas a la defensa de la isla. El Estado Mayor alemán, basándose en estas informaciones, decidió que necesitaba tener una superioridad por lo menos de tres a uno sobre el enemigo, para que una operación de tal importancia pudiese llevarse a cabo con éxito. Más tarde Hitler supo que si hubiera dado la orden de desembarcar en Inglaterra usando en escala más vasta el sistema empleado para la ocupación de la isla de Creta, la invasión se hubiera logrado y, sin ninguna duda, la guerra, por lo menos en Europa, se hubiera terminado.»

Yo dije: «¿Y qué ha ido a hacer a Inglaterra Hess?» «Nadie habla de ello; probablemente sólo después de acabada la guerra se sabrá la verdad.»

A primeros de julio fui trasladado al aeropuerto de Ghedi, próximo a Brescia. Antes de dejar Roma, pasé por villa Torlonia para saludar a mi padre. Poco tiempo después ocurrió la muerte de ítalo Balbo, cuyo aparato había sido abatido durante una alarma aérea por nuestras mismas baterías antiaéreas de Tobruk. Mi padre estaba profundamente dolorido: «A pesar de que se haya hablado con frecuencia de una enemistad entre él y yo, jamás ha llegado a faltar la recíproca estima y el afecto. Particularmente contaba con él, con su valor, con sus cualidades organizadoras para imprimir al frente africano un mayor impulso y cohesión. Piensa que hasta los ingleses han reconocido su valor y han lanzado desde un avión una corona de flores, junto a un noble mensaje, cerca del lugar de la desgracia.»

La guerra en el África Septentrional fué larga y dura, pero fué uno de los pocos frentes de guerra donde las batallas se desarrollaban respetando, casi siempre, las normas caballerescas de otros tiempos. Sólo cuando Bengasi fué ocupada por los «aliados» la primera vez, sucedieron saqueos y muertes no dignas del ejército inglés.

En la despedida, mi padre me abrazó y me rogó que saludara a Bruno, que ya estaba en Ghedi; me aseguró, además, que se mantendría siempre en contacto con mi familia, sobre todo porque esperaba el nacimiento de otro hijo, que luego fué una niña.

Llegado a Ghedi fui destinado a la 261.a escuadrilla B. T. V., incorporada a una división de bombardeo, dotada de los nuevos trimotores Cant. Z. 1009 bis, aviones más veloces que los S. M. 79, pero menos seguros, ya por los motores, todavía no a punto, ya por su escasa facilidad de maniobra. En la división los ánimos eran optimistas: se hacían conjeturas sobre nuestra próxima acción, y las dos hipótesis más difundidas y acreditadas eran la de un ataque a Yugoslavia o la de una acción sobre Malta, con vistas a su ocupación, a la que hizo una clara alusión el general Pricolo durante una rápida visita a nuestra división. En el aeropuerto proseguía intenso el adiestramiento: muchos pilotos eran de la «reserva» y, por consiguiente, estaban poco entrenados; otros apenas habían salido de la Academia de Aviación de Caserta; por tanto, los comandantes tenían mucho trabajo. Los motoristas y los especialistas procuraban, y lo lograban con el clásico y desgraciadamente tradicional «arreglo» a la italiana, mejorar las características de vuelo del aparato y eliminar los defectos que presentaba. Una semana después perdimos la primera tripulación, que se precipitó cerca de Verona, por causas desconocidas. Por primera vez y, desgraciadamente no última, me puse las botas y me vestí el uniforme de gala para rendir los últimos honores a los amigos caídos.

En los periódicos, mientras tanto, leíamos que los alemanes continuaban martillando a Inglaterra con masivos bombardeos aéreos, diurnos primero, y luego nocturnos, por las elevadas pérdidas debidas al excelente comportamiento de la defensa inglesa y al uso del radar, para nosotros absolutamente desconocido.

«El fracaso alemán —me comentó un día mi padre— fué muy grave: no sólo se perdió la batalla aérea de Inglaterra, sino que se retrasó, sine die, la invasión de la isla, limitándose

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exclusivamente al bloqueo. Esto trastornó completamente el plan estratégico del Eje, con el que se había contado de manera particular.»

A primeros de agosto, con gran emoción, mi escuadrilla, bajo el mando del capitán Aldo Moggi, ya excelente piloto en Etiopía, y la de Bruno, perteneciente al grupo mandado por el teniente coronel Gori Castellani, recibieron la orden de trasladarse a Sicilia. Finalmente entraríamos en acción. A pesar del revés de Sidi el Barraní, la moral era alta, especialmente en las divisiones de línea, donde el derrotismo no llegaba sino en pequeñas dosis, no suficientes para quitar la convicción de que la guerra se resolvería pronto y a nuestro favor. Esta certeza fué, acaso, un pesado handicap psicológico para las fuerzas armadas y para la población, cuando los acontecimientos demostraron lo contrario.

Trapani, una bella ciudad: el agosto siciliano, cálido pero espléndido. Pocas alarmas aéreas, como consecuencia de la aparición de algún avión de reconocimiento inglés.

Después de algunos vuelos de reconocimiento ofensivo sobre el mar, en el canal de Sicilia, una mañana nos alzamos en vuelo para un ataque a los aeródromos de Malta. Escoltados por una escuadrilla de C. R. 42 y por otra de Macchi 200, más modernos y veloces, bajo el mando del capitán Tito Falconi, nos encontramos en poco tiempo en la vertical de Malta. Fué una primera, feliz, y al mismo tiempo, dura experiencia. Volábamos a más de cinco mil metros; los aeroplanos se sostenían a duras penas y resbalaban en el aire; desde abajo los cañones antiaéreos vomitaban granadas a más no poder. La impresión era de haber acabado en el infierno. Mientras en torno a la carlinga estallaban granadas de todos los calibres, descendí a la cabina de mira, situada a proa y dirigí el tiro del mejor modo posible : las fotografías revelaron después que una amplia faja del campo y un hangar habían sido alcanzados, tanto que los cañones quedaron envueltos en una densa nube de humo. Regresado al puesto de piloto, miré el cielo sobre mí y, sonriendo, hice señas al capitán Moggi de que los Macchi 200, resplandecientes al sol, estaban a mil metros sobre nuestras cabezas. Me había equivocado y, en efecto, me di cuenta algunos instantes después de que la formación aparecida de improviso sobre nosotros entraba decididamente en acción contra nuestra escolta. Creo que eran los primeros Hurricanes enviados precipitadamente desde Inglaterra para proteger a la isla. Continué mirando en torno, mientras planeábamos velozmente hacia la vecina Sicilia: en lontananza vi a los otros seis aparatos nuestros y más lejos la escuadrilla de mi hermano, ya fuera del tiro de las baterías. Lancé un gran suspiro de alivio y la tensión nerviosa, acumulada en aquellos minutos, se deshizo como por encanto. Miré a los hombres de la tripulación: estaban todos tranquilos en sus respectivos puestos.

Por la tarde fui llamado al mando del grupo por una llamada telefónica desde Roma. Era mi padre el que llamaba:

—Sé que habéis volado sobre Malta —me dijo— ¿Cómo ha ido?

—Bien, papá, por lo menos eso creo.

—¿Disparaban mucho?

—Sí, papá.

—¿Estáis contentos?

—Mucho, papá.

—He telefoneado a mamá y a vuestras familias para tranquilizarlas. Están todos bien y os mandan saludos. No os olvidéis de escribir.

—Gracias por la llamada, papá. Bruno está junto a mí y te quiere saludar.

—Hola, papá —dijo Bruno—. No te preocupes por nosotros, estamos muy bien y todo está en su punto. Saludos a todos. Adiós, papá.

Fué la primera y única llamada que hizo: nunca más, ni siquiera por un minuto, ocupó las líneas telefónicas del Estado para asuntos familiares.

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Hasta mediados de noviembre no volví a ver a mi padre. Después de alguna otra acción en el frente mediterráneo siguió un período de calma, hasta que, sin decirnos el destino, nos fué comunicado que nos mantuviéramos listos para el traslado a otro campo. Como de costumbre, «radio macuto» hizo varias conjeturas, pero hasta la mañana del 26 de octubre no supimos exactamente el nuevo destino: Grottaglie, junto a Taranto. Partimos del campo de maniobras de Trapani, circundado de olivos, y después de haber volado sobre el magnífico monte Arici dejamos en lontananza a la bella ciudad siciliana, toda blanca y desplegada al sol. En Grottaglie, inmenso aeropuerto con gigantescos hangares para dirigibles usados en la pasada guerra, nuestro grupo se reunió con otras dos escuadrillas, llegadas de Ghedi, bajo el mando del coronel Tadé, y la división quedó completa. Propuse pintar un emblema de combate y reconocimiento en los timones de los aviones: mi grupo tuvo así como distintivo un gran caracol en picado, de cuyo vientre caían bombas, y el otro una tortuga. Estaba muy orgulloso de mi «caracol alado», que luego resultó un buen amuleto, al menos para mí.

Dos días después estábamos de nuevo en vuelo: había comenzado la guerra con Grecia. Nuestro objetivo, el aeropuerto de Tatoi, en los alrededores de Atenas. Fué un largo raid: no encontramos ni reacción terrestre de baterías ni cazas interceptores, y los daños ocasionados al aeropuerto enemigo no fueron ingentes: el tiro fué largo y se dispersó detrás de los cobertizos, sólo un aparato nuestro faltó a la llamada; pero por fortuna logró llegar a Rodi, felizmente, sólo con dos motores. Cuarenta y ocho horas después (Galeazzo Ciano participó en la acción partiendo con su grupo desde Bari) atacamos los muelles del puerto de Salónica. El tiro fué bastante preciso (nuestros instrumentos no fueron nunca perfectos) y la defensa antiaérea activa; además fuimos atacados por una formación de cazas PZL y por algunos Gloster. Mi motorista, con las ametralladoras de popa, disparó toda la cinta y le pareció haber abatido a un PZL. También otras tripulaciones, una vez en la base, declararon haber dañado gravemente algún avión adversario, pero en la incertidumbre no lo dimos por derribados. Por parte adversaria fué anunciado por radio que había sido abatido un avión nuestro, precisando que a bordo se encontraba mi hermano Bruno. Desgraciadamente, la noticia era cierta, pero sólo en la primera parte: un avión nuestro no había regresado, pero no era el de Bruno. Por la tarde, en la mesa, Bruno hizo los tradicionales conjuros y bebimos algunos vasos.

Después de estos bombardeos estratégicos, dada la difícil situación en la que habían llegado a encontrarse nuestras tropas avanzadas de Albania (por primera vez oí criticar a nuestro Estado Mayor y alguien habló hasta de sabotaje, pero no hice caso de ello) fuimos dedicados ininterrumpidamente a acciones en campo táctico, bombardeando los montes* en los que ya había aparecido la nieve.

Como he dicho, vi a mi padre hacia mediados de noviembre, cuando se dirigía al frente albanés. Con su aparato permaneció en Grottaglie poco más de una hora. Dispuesto para el vuelo, Bruno y yo conversamos con él. Hablamos sobre todo del ataque de los aero-torpederos ingleses a nuestra flota refugiada en Taranto. Le conté que aquella noche me encontraba en Taranto, con otros compañeros de división, para ir al cine y que, hacia las diez, el aullido de las sirenas de alarma había provocado la suspensión del espectáculo. «Salimos a la calle —le dije—, creyendo que se trataba del acostumbrado reconocimiento inglés; pero de pronto, por el contrario, la ciudad fué iluminada como si fuera de día por numerosas series de cohetes y se oyeron las primeras explosiones de las bombas.»

—'¿Y vuestra defensa? —preguntó mi padre.

—Comenzó un tiroteo formidable —respondió Bruno—, que transformó el cielo en una tela de araña de mil colores. De cuando en cuando, el estallido de las granadas abría desgarrones en aquel tejido formado por los trazadores.

—Nos refugiamos en un portal —intervine—, y esperamos a que pasara la tormenta. Al cabo de pocos minutos, en efecto, sobrevino una calma absoluta.

—-¿A qué distancia estabais del puerto?—preguntó mi padre.

—Unos centenares de metros —-respondimos al tiempo mi hermano y yo.

—¿Tuvisteis la impresión de la catástrofe?

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—Sinceramente no, papá —dije—. Aprovechando aquella tregua subimos al coche y, con los faros apagados, nos dirigimos fuera de la ciudad. Tuvo entonces comienzo el segundo ataque. Se repitió el terrible y, sin embargo, magnífico espectáculo de antes, al cual, pocos minutos después, siguió un silencio absoluto. Habíamos oído, sí, algunos estampidos profundos, pero no podíamos prever la gravedad del ataque...

—¿Y cuándo habéis sabido el desastre?—preguntó con voz dura mi padre.

—A. la mañana siguiente —dije—. Al despertarme, mi asistente me anunció con voz lastimera que durante la noche habían sido hundidos tres acorazados. Ai principio no lo creí y le dije furioso que no dijera tonterías. Cuando fui al mando me fué confirmada, sin embargo, la noticia.

—-¿Viste los barcos después?

—Sólo al mediodía —le respondí— pudo obtener el permiso de mi comandante para ir a Taranto: frente a la visión que se ofrecía ante mis ojos me quedé de piedra, con un gran nudo en la garganta. El Littorio, herido por tres torpedos, flotaba a duras penas y lo mismo el Dulio; el Cavour estaba medio hundido.

Hubo una pausa que me pareció larguísima. Mi padre no hablaba. «Papá —le dije—, en aquel momento pensé intensamente en ti: no sé lo que hubiera dado para que no te llegara la noticia.»

Mi padre esbozó una sonrisa, pero su mirada estaba llena de tristeza. Cambió de tema y nos preguntó cómo iban las cosas en nuestra división. Le respondimos que no iban mal, que la moral era alta, aun cuando en Albania nuestra ofensiva se había detenido. Bruno adelantó algunas reservas sobre el empleo que se hacía de nuestra división, con aparatos inadaptados para bombardear los montes y las gargantas encajonadas, sin objetivo identificable y con bombas de peso diverso, en vez de atacar las vías de comunicación del ejército griego, los ferrocarriles, los puertos. Mi padre asintió con un gesto de la cabeza. «En este momento —-dijo luego—- es necesario hacerlo así. Dentro de pocos días llegará un grupo de picchiatelli (stukas) que, mucho más adaptados que vuestros trimotores para los ataques en el frente inmediato, os permitirán ser empleados en forma más efectiva.»

Estaba sereno, como siempre; pero el tono de su voz denunciaba que algo le preocupaba profundamente, aunque en aquel momento yo no era capaz de comprender cuál era el motivo. La conversación acabó en este punto: mi padre llamó a su piloto y le dio orden de preparar los motores. Bruno y yo le abrazamos, luego permanecimos en el borde de la pista hasta que el aparato desapareció en el horizonte.

Continué volando por el atormentado cielo del Epiro y el 28 de noviembre un «caracol» abatió en combate al primer Gloster. Pero también nuestras pérdidas se hacían más frecuentes. Los vacíos en la mesa, más numerosos: murieron mis camaradas Berti (le vi desaparecer debajo de mí herido por una granada sobre Argirocastro), Caccavella, Dalla Costa y muchos más aún, siempre vivos en mi fraterno recuerdo. Sobre los montes cubiertos de nieve, en un clima siberiano, nuestros soldados se disputaban palmo a palmo el terreno con los griegos, que se batían valerosamente.

El 5 de diciembre de 1940 nació mi hija Adria, en Roma. Esta vez el nombre lo elegí yo, en homenaje al mar Adriático, que tanto amaba y sobre el que volaba casi cada día últimamente. Me fué concedido un breve permiso y antes de Navidad conocí a mi hija. Por la tarde comí en villa Torlonia. En la mesa hablé de mis últimas acciones. Mi padre se limitó, como siempre, a escucharme y, apenas acabada la cena, se retiró a su estudio. Me quedé solo con mi madre y otros familiares allegados. Dije: «Mamá, papá me parece más preocupado que de costumbre, ¿qué es lo que no va bien? Será cuestión de tiempo, pero no hay duda de que venceremos.»

Mi madre, que jamás ha tenido pelos en su lengua, me respondió con su acostumbrada violencia romanóla: «En Grecia y en Cirenaica las cosas van mal...» «Mamá —-interrumpí—-, en la guerra no siempre va todo como está previsto»... «Sí, lo sé. ¡ Pero si supieras cuánta bilis tiene que tragarse tu padre con los generales! El uno es peor que el otro y se hacen la contra mutuamente. Cuando se equivocan se descargan de sus responsabilidades. Le cuentan un montón de historias para justificarse; él cree de buena fe a sus colaboradores, pero cuando las cosas toman un cariz feo,

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comienzan a litigar y todo se descarga sobre las espaldas de tu padre. Es demasiado bueno, si me hiciera caso...»

Mi madre ha sido siempre una admiradora de ciertos métodos tajantes, que los rusos han sabido aplicar muy bien. Sonreí y le dije: «¡ Eres siempre la misma!»

Al día siguiente mi padre me pareció de humor menos negro. Había llegado a Italia el X Cuerpo Aéreo alemán y, además, había recibido una carta del Führer, donde le anunciaba que, contrariamente al parecer de su Estado Mayor, había decidido enviar lo más pronto posible a Libia una división acorazada y un regimiento de carros armados.

«No hay que perder la iniciativa en el Mediterráneo...» Le pregunté si había novedades de España, que se comentaba que entraría en la guerra a nuestro lado. «Ninguna —respondió—-. Franco lo retrasa y se niega, y casi le justifico. Hay demasiada miseria y hambre en España, y con la tripa vacía no se hacen guerras.»

Regresé a mi división, donde el «clima» era desde luego mejor que el de Roma. Continué volando y por estas acciones me fué concedida una medalla de plata al valor militar, junto a mis demás compañeros.

La noche del 14 de marzo de 1941, durante una de las poquísimas acciones de vuelo nocturno, volé sobre Valona, mientras era bombardeada por aviones ingleses. Era una magnífica noche, negra como la pez, salpicada de estrellas. Dos días después supe que precisamente aquella noche el barco hospital Po, con todas las señales reglamentarias, no se había salvado de ser torpedeado y hundido. Mi hermana Edda, que se encontraba a bordo como enfermera de la C. R. I., se había salvado con trabajo, lanzándose rápidamente al mar. ¡Y pensar que yo, ignorante, lo estaba mirando tranquilamente como algo que no me afectaba! Cuando algunos meses después se lo dije a Edda, hicimos sobre ello comentarios humorísticos, como era costumbre nuestra.

Con la primavera desapareció en parte la pesada atmósfera en que nos había hundido la guerra con Grecia, finalmente concluida; la rápida ocupación de Yugoslavia y la reconquista de Cirenaica, tonificaron aún más el ambiente, que en efecto necesitaba de ello. Ocupada Creta en brillante acción, quedaban como espinas en el costado de Italia Tobruk y Malta. De cualquier modo, nuestra situación militar en el Mediterráneo se podía considerar notablemente mejorada. Esto compensaba en parte la general amargura por la pérdida del África Oriental.

Bruno pensó, en aquella época, utilizar cuatrimotores en vías de experimentación, formando una escuadrilla de bombardeo de gran radio de acción, que hiciese posible alcanzar y atacar por sorpresa lo más lejos que la autonomía permitiese, las bases navales, terrestres y de aprovisionamiento del enemigo. Obtenida del Ministerio la autorización, elegido el personal más a propósito de la división (en las operaciones contra Grecia y Yugoslavia sólo mi escuadrilla había perdido el 40 por 100 de los pilotos), nos trasladamos a Pisa, ciudad vecina a Pontedera, donde se construían los Piaggio 108.

Al pasar por Roma vi a mi padre, y le entregué un informe confidencial, en el que señalaba, según mi modesto punto de vista de subalterno, las deficiencias que había encontrado en la nuestra y en las demás divisiones. Mi informe era de cuatro páginas mecanografiadas y se lo entregué en casa. Lo leyó atentamente, pero no me respondió nada. Más tarde supe que lo había entregado al general Pricolo, subsecretario de Aviación, el cual lo leyó y respondió con otro memorándum que llegó al fin hasta mis manos. El general aseguraba que casi todas mis observaciones técnicas no respondían a la verdad, que muchas deficiencias estaban ya subsanadas y que mi pesimismo no estaba justificado... ¡Lástima no haberlo conservado!

En Pisa nos instalamos en el hotel Neptuno, porque los alojamientos del campo no eran suficientes. La puesta a punto del primer ejemplar del nuevo cuatrimotor, mala copia de la fortaleza volante americana, daba mucho que hacer, especialmente al coronel Castellani y a mi hermano Bruno, que esperaban listos, por lo menos para el fin del año, una docena de aparatos para utilizar.

A primeros de agosto hice, con Bruno, una breve escapada a Roma, donde naturalmente me encontré con mi padre. La guerra contra Rusia, iniciada con brillantes victorias, parecía de buen augurio para las fuerzas del Eje, y creí encontrar a mi padre de excelente humor. Pero no fué así, y

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Galeazzo, al que le pregunté el motivo, me respondió: «¿Sabes cuándo nos han informado los alemanes de que habían iniciado las hostilidades con Rusia? Con un telefonazo a las tres de la misma noche. Tu padre se ha puesto furioso como pocas veces le he visto. Los alemanes deciden sin escuchar nuestro parecer y ahora se han metido en un lío...» «Sin duda, pero los rusos —interrumpí— están escapando precipitadamente.»

«De acuerdo, pero acuérdate de que no era éste nuestro proyecto. El año pasado se debía liquidar a Inglaterra y acabar la guerra. Siempre hemos contado con un rápido fin de las hostilidades y ahora, sin embargo, tendremos para mucho.»

«Si continúa el avance alemán —opiné—, Rusia se verá obligada a firmar la paz antes del invierno y habremos eliminado para siempre el comunismo.» «Esperémoslo, pero es difícil hacer previsiones cuando nuestro aliado cambia de la noche a la mañana los planes preestablecidos. Hitler no ha mantenido su promesa de atacar a Inglaterra y ponerla fuera de combate en el otoño pasado. Ahora tiene que luchar en dos frentes y nosotros no estamos preparados para una larga guerra. Lo único bueno es que la guerra con la Rusia comunista es más «sentida» que la guerra contra Francia, Grecia e Inglaterra. Nuestras divisiones se están portando muy bien en el Donetz, y el general Messe es un buen jefe.»

Regresé a Pisa. La mañana del 7 de agosto de 1941 salimos pronto del hotel, cuyas ventanas dan al Arno. Durante la noche, mi hermano había tenido un extraño sueño y en el trayecto se habló de él largamente.

«He soñado —dijo Bruno— que me encontraba en Moscú. Invitado por Stalin fui al Kremlin, que, en vez de ser de piedra, estaba todo construido de madera. Stalin me recibió en una cámara con paredes lisas de madera. Parecía una enorme caja. La propuesta que me hizo el dictador comunista me sorprendió: debía quedarme en Rusia como piloto personal suyo. Yo, naturalmente, la rechacé, a pesar de su cordial insistencia, y cuando me dirigía a la puerta para marcharme me di cuenta de que la habitación no tenía salida. Con toda mi fuerza golpeé con los puños en los tableros de las paredes, pero sin resultado. Stalin me miraba sonriendo... Continué golpeando y, en aquel momento, me desperté... ¡Mi asistente estaba llamando a la puerta para despertarme!»

Acogimos el final de la historia de Bruno con una gran carcajada. Yo tenía en brazos a Raf, la perrita bastarda de los ojos melancólicos, recogida asustada en él campo de Grottaglie en una noche de alarma. Cuando llegamos al aeropuerto me bajé del coche y fui al imperio de oficiales para comer; después, en bicicleta, me dirigí hacia el barracón. Era oficial de día y tenía que ocuparme de las necesidades de la división. Las cuatro hélices del gigantesco P. 108 giraban ya alegremente, y Bruno estaba atento escuchando el zumbido de los motores, mientras se vestía el mono de vuelo. No asistí al momento de despegar, porque estaba en el despacho ocupándome de algunos papeles. Vestido el mono de vuelo salí luego al sol, mientras Raf jugaba en el prado. Junto a mí estaba el coronel Castellani y mi motorista.

«Ha despegado muy bien, pero siempre necesita demasiado tiempo para alzar la cola. Haría falta poner un tren triciclo...»

Una decena de minutos después vimos a lo lejos, detrás de los hotelitos del mando del aeropuerto, pasar la silueta del P. 108, que rápidamente perdía altura. No hubo ninguna duda, aun cuando un aviador dijo: «Es un SM. 79» Oficiales, especialistas, aviadores, comenzaron a dirigirse por todos los medios hacia el último punto donde había aparecido el aparato. Parecía que todos habían visto precipitarse al aparato cuando todavía se podía esperar que reapareciese alto en el cielo, detrás de las casas. Miré en torno a mí y no vi ya a nadie. Pasaron pocos segundos, que fueron eternos. Monté en bicicleta y atravesé el campo en diagonal. Surgían automóviles de todas partes, mucha gente iba en la misma dirección. Pedaleaba como un desesperado, obsesionado con un solo pensamiento: encontrar a mi hermano y a sus compañeros vivos... Pasé a través de varios barrios de Pisa, donde la gente continuaba haciendo, ignorante, sus labores cotidianas. De pronto, un coche lleno de camaradas se me acercó y un compañero me dijo: «Sube, así llegamos más pronto.» En aquel momento el término «pronto» tomó un significado tan inútil para mí, que tristemente respondí como un autómata: «¡Llegaré incluso demasiado pronto!»

A la derecha pasamos una pequeña iglesia y sentí un profundo deseo de entrar y de implorar de rodillas gracia, pero ya sabía que era demasiado tarde. Por una callejuela polvorienta llegué hasta

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allí: buscaba señales de esperanza y alegría en los rostros de las personas, pero una campesina, con las manos en la cabeza y los ojos llenos de lágrimas me quitó la última duda. Y así encontré a Bruno, que antes de morir había murmurado sólo dos palabras: «Papá... el campo...» Luego todo se desarrolló como en un mal sueño. Mi padre llegó desde Roma en avión y, poco después, llegó también mi madre desde Forlí. Papá me abrazó de forma solícita, con intensa emoción reprimida, y yo en aquel momento me sentí terriblemente culpable de haber seguido vivo. Luego pasó en revista la formación de aviadores que le rendían los honores, mientras era general la conmovida adhesión a nuestro dolor de todos los presentes. Mi madre, con los ojos hinchados de llanto, me tuvo la mano en la suya durante todo el trayecto desde el aeropuerto de San Giusto hasta el hospital de Santa Clara.

En la blanca habitación, con la frente vendada, con su azul uniforme de capitán, Bruno no parecía que durmiera: estaba irremediablemente perdido para nosotros. Mi padre se acercó, le besó, y luego permaneció en pie mirándole como si en torno a él no hubiera nadie. Media hora después rindió los mismos honores a los otros dos caídos, el teniente Francesco Vitalini Sac-coni y el sargento motorista Angelo Trezzini. Luego fué a visitar a los heridos que, ansiosos, le preguntaron cómo estaba el «comandante», y él respondió: «Bruno está bien, está completamente fuera de peligro.»

¿Las causas del accidente? Como en muchos desastres de aviación, serán siempre desconocidas, a pesar de las indagaciones y de las suposiciones. Hubo también quien habló de sabotaje, pero no llego a creerlo, aun cuando los acontecimientos posteriores hubieran podido hacerme creer que un delincuente no es mercancía que no se encuentre en Italia. Lo cierto es que mi hermano logró con una hábil maniobra posar el gran aparato en un breve claro detrás de una casa colonial, evitándola con suma pericia. El grande y pesado cuatromitor quedó muy dañado en la parte anterior, mientras que el fuselaje no sufrió graves daños y de hecho, el resto de la tripulación, cinco personas en total, salió con poco o nada.

Mi padre veló toda la noche el cadáver de Bruno, junto a los íntimos. Cuando a la mañana siguiente partimos en tren hacia Forlí, toda la población de Pisa estaba presente, conmovida, en silencio. Durante el viaje, a lo largo de la vía del ferrocarril, campesinos, obreros, niños y mujeres, gente de todas las condiciones sociales, muchos de rodillas, rendían homenaje al joven piloto caído. En el viaja mi padre no habló con nadie: raras veces se asomó a la ventanilla para saludar a la multitud, que en las estaciones era más numerosa.

El Santo Padre, el soberano, el príncipe heredero, Hitler, Franco, Vargas, Konoye, el rey Boris y muchos otros ilustres personajes, entre ellos muchos enemigos, enviaron telegramas de condolencia y coronas de flores. El cementerio de San Casciano resultó demasiado pequeño para un testimonio de afecto tan vasto hacia el padre y el jefe tan duramente afectado.

A continuación, después que los familiares hubieron permanecido largamente en la tumba de familia, mi padre, que vestía la «sahariana» negra del partido, se volvió al sol de su Romana, esplendente como nunca. Hecho el silencio, y dirigiéndose tanto a los diplomáticos extranjeros presentes como a la multitud de campesinos, dijo con voz conmovida: «Señores, os agradecemos profundamente haber rendido homenaje a un soldado italiano.»

En cuanto a mí, después de la desgracia, vivir y combatir tenía otro significado: era como si el poderoso muelle que hasta entonces me había sostenido y empujado se hubiera roto. Como mi padre, tuve la precisa certeza de que la muerte de Bruno era el claro signo anunciador del fin de un feliz y afortunado periodo de nuestra vida, estrechamente ligado con el destino de la patria. En el libro que más tarde escribió papá, Hablo con Bruno, conmovedor homenaje al hijo caído, como ya había hecho con su hermano al escribir Vida de Arnaldo, esta impresión nuestra aflora con frecuencia de manera inequívoca. «Sólo el sacrificio de la sangre es grande, todo lo demás es efímera materia. Sólo la sangre es espíritu y sólo la sangre da púrpura a la gloria.»

Desde aquel triste día mi padre me quiso cada vez más cerca de él y, aunque no pude llenarle ei vacío dejado por la exuberante juventud de Bruno, nuestras relaciones se hicieron más viriles y afectuosas.

A principios de octubre de 1943, bajé con mi padre a la Rocca delle Camínate para visitar la tumba de la familia. En él los acontecimientos de los últimos meses han dejado una huella imborrable: sus ojos son grandes como siempre, pero más dulces y familiares y, a veces, parece

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como ajeno a las pequeñas y grandes molestias del mundo. Me asombré de encontrarle un poco indolente: parecían haberse acumulado sobre sus hombros, como en la catarsis, todos los sufrimientos de los años turbulentos de su vida. Ya dentro de la cripta permaneció algunos minutos en meditación, y luego, como si hablara consigo mismo, murmuró: «Feliz Bruno, no sufrirá ya y ha muerto en el momento justo. Joven, continuará viviendo en nuestra memoria y en la de quien le ha querido. Yo también quisiera morir así, inesperadamente.» Después añadió: «Acuérdate bien, aquí —y señaló a un espacio vacío entre las tumbas de su padre y de su madre—, aquí deberé ser sepultado yo también.»

Tenía un nudo en la garganta y estaba a punto de llorar: «Papá —dije—, vamos...» No me respondió. También yo estaba profundamente compenetrado con el momento de intensa comunión que vivíamos en el recuerdo de Bruno y de tantas otras cosas: miraba la escalerilla de salida, por la que llegaba la débil luz de un luminoso crepúsculo. No resistí más a la tensión y, de prisa, después de haberme hecho el signo de la cruz, salí al aire libre. La brisa cargada de perfumes estivales me reanimó. Con ansia esperaba que saliera mi padre y los minutos de espera me parecieron una eternidad. Cuando apareció en la puerta se me difundió por el cuerpo una sensación de calor y benéfica calma. Mi padre me cogió afectuosamente del brazo y, con paso lento, nos dirigimos hacia la salida del cementerio.

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VI. EN LA «GUARIDA DEL LOBO» DESPUÉS de la muerte de Bruno permanecí mucho tiempo como un cojo al que le faltan las

muletas. Me fué concedido un permiso y me fui a Riccione, donde residía mi familia.

En Trapani, escribía en un grueso cuaderno escolar apuntes, temas de novelas, cuentos y hasta poesías. Hojeándolo una tarde me impresionó lo que había escrito pocos días antes de la desgracia, al regreso de una visita a San Gimignano: «Van como perdidas en el río las lágrimas. Es el fin, la muerte. ¡ Oh! San Gimignano de torres numerosas, dame tu fuerza, que ha vencido los siglos: dura fuerza, sin adornos, cruel...» En dos páginas, la palabra «muerte» estaba por lo menos diez veces.

En Riccione siempre me he encontrado bien, pero me sentí contento cuando mi padre expresó el deseo de tenerme cerca durante una visita al C. S. I. R. 9 en el frente del Dniéper y del Donetz. Desde entonces, mis relaciones con él se hicieron aún más íntimas y afectuosas : en el último período, luego, y durante la República Social, fueron estrechas y frecuentemente confidenciales. Serle útil ha sido siempre para mí la máxima aspiración y un gran premio: me enorgullecía saber que me consideraba ya maduro para hablar con él de hombre a hombre y para expresarle mi opinión.

Partimos en el tren presidencial y después de un largo viaje a través de toda Alemania, transformada en una gigantesca fábrica, el 25 de agosto de 1941 llegamos al Cuartel General del Führer. Durante el trayecto evitamos que nuestra conversación cayera sobre Bruno, pero su recuerdo estaba siempre presente, más vivo que nunca. Con nosotros viajaba también una misión alemana, de la que formaba parte, entonces, figura de segundo término, el coronel Eugenio Dolmann. Además estaban en la comitiva el jefe de Estado Mayor general Cavallero, el general Gandin, altos oficiales de nuestro ejército y representantes diplomáticos, a cuya cabeza iba Filippo Anfuso. Mi padre pasaba con ellos algunas horas del viaje, mientras yo me quedaba en mi departamento admirando el bello campo alemán, o bien leyendo. Entre los libros que tenía conmigo estaba una antología de poetas rusos que me había dado mi padre, con algunas anotaciones a lápiz, hechas por él, creo. Estaban señalados los siguientes versos de Anna Akhmatova: «¿Por qué este siglo es peor que los precedentes? ¿Acaso porque en el miasma de las ansias y de las angustias se ha acercado a la llaga más negra, pero no ha logrado curarla?» Yo señalé estos otros de Nicolás Usciakov: «Tenaz país mío, cuida no ser ni hipócrita ni mezquino.»

Mi padre y su séquito fueron recibidos con los honores debidos a los altos cargos, pero siempre de manera cordial, aun conservando el rígido protocolo en uso entre los militares alemanes. Hitler formuló algunas palabras de condolencia apenas mi padre descendió del tren; luego le presentó a los altos jefes, que se habían mantenido a respetuosa distancia, a muchos de los cuales ya conocía mi padre.

En el Führerhauptequartier, la famosa «guarida del lobo», hundida en una selva de la Prusia Oriental cerca de Rastenburg, y formada por numerosas «barracas» y por algunos refugios de cemento, mi padre tuvo largos coloquios con Hitler, a veces solos o bien en presencia de Cavallero, von Keitel, Ribbentrop, Anfuso, von Mackensen, Alfieri, Jodl, Gadin, Varlimont.

Mientras tenían lugar estos importantes coloquios, yo paseaba por la inmensa selva adonde no llegaba jamás el sol y me embriagaba del perfume de los abetos. El Führer salía con frecuencia de su barraca y, acompañado por un magnífico perro lobo con el que jugaba, caminaba con la cabeza inclinada, con las manos juntas detrás de la espalda, por el bosque lleno de silencio.

Anfuso, siempre cáustico y mediterráneo, me dijo: «Hitler ha puesto en uso un vocablo que no circulaba desde hacía tiempo: la guerra con Rusia es una Kreuzzug, una cruzada, para defender a Europa del marxismo asiático.»

Visitamos la central de los enlaces radiofónicos del Cuartel General: era tan perfecta que, por un momento, me entró un poderoso deseo de poner un palo en aquellos complicados mecanismos eléctricos para ver saltar a la imponente organización alemana y vengarme de nuestra, típicamente italiana, «organizada-desorganización». De allí mi padre, en avión, se trasladó hasta Brest-Litovsk, para visitar el Cuartel General del mariscal Góring, pero regresó a la noche. Estaba contento de las

9 «Cuerpo de Expedición Italiano en Rusia.» (N. del T.)

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atenciones que le eran dedicadas y particularmente cordiales me parecieron los altos jefes militares y políticos del Reich. Era un período triunfal para los ejércitos alemanes: eliminada Inglaterra de la Europa continental, la guerra contra Rusia se estaba desarrollando con extraordinaria rapidez, caracterizada por éxitos tan colosales que parecían increíbles. En aquellos momentos nadie dudaba de la victoria del Eje. No obstante esto, mi padre mantenía una cierta reserva y no compartía del todo la euforia del aliado: de una cosa parecía feliz, y era de que se atacase directamente al comunismo, no tanto en el pueblo ruso, como en sus jefes, que le habían reducido a la esclavitud.

«Nuestra posición ideológica fué definida de un golpe —-me dijo—. Contra el capitalismo privado cuando llega a la brutal explotación del proletariado y contra el comunismo que, partiendo de una justa promesa social, hace esclava a la masa trabajadora. Entre estos extremos, Roma representa el centro ideal.»

En cuanto a la situación militar, la estimaba buena con cauto optimismo. «Si los ejércitos alemanes continúan avanzando con el mismo empuje inicial, resolviendo el problema de los abastecimientos, el éxito está asegurado. Estamos casi en otoño, sin embargo, y el invierno ruso llega mucho antes que para nosotros. Napoleón, del que Hitler no quiere oír hablar, tuvo de él en sus tiempos una muy amarga experiencia. La presencia de nuestros soldados en este frente es esencial, no solamente desde el punto de vista ideológico, sino también porque es aquí donde Hitler opina que se vencerá la guerra.»

Le pregunté qué había dicho el Führer sobre el comportamiento de los soldados italianos. Me respondió con voz satisfecha: «Ha elogiado el impulso, la iniciativa, el valor, la stimmung de nuestro cuerpo expedicionario. Jefes y soldados han estado a la altura de la tarea que se les ha confiado. Von Keitel, como buen prusiano, siempre es más bien escéptico sobre el valor de los militares italianos, pero esta vez ha tenido que convenir que no se nota diferencia alguna entre las nuestras y sus tropas. Si tuviéramos los medios y los transportes de que disponen los alemanes, no se notaría nunca diferencia entre los nuestros y sus soldados.»

Sabía que nada le hacía más feliz que un elogio al soldado italiano: incluso en los períodos más negros de la guerra o frente a acontecimientos que se prestaban a dudas en su interpretación, no juzgó jamás escasas las cualidades intrínsecas de las tropas italianas; por el contrario, expresaba a veces duras críticas hacia los altos mandos y los oficiales de grado superior al de capitán. En cuanto a las tropas alemanas, tenía particular estima por los suboficiales y los jóvenes oficiales, mientras que encontraba demasiado presuntuosos a los componentes del Estado Mayor, especialmente cuando las cosas iban bien...

Al día siguiente, en tren, atravesamos Polonia, mientras Hitler nos seguía con otro tren. Hablando con Anfuso, me acuerdo de que mi padre dijo, mientras contemplaba desde la ventanilla el paisaje polaco: «Si Hitler hubiera tenido una política sensata con los polacos hoy podrían acaso ser para él casi aliados contra Stalin, pero en este asunto es duro como un mulo. Espero haberle convencido para que use con el pueblo ruso un trato distinto, pero Rosenberg no suelta la presa.»

En Galizia nos detuvimos al norte de Leopoli, donde nos alcanzó el Führer. Con un tiempo magnífico nos alzamos en vuelo en un cuatrimotor Cóndor, guiado por el piloto personal del Führer, directos hacia Ucrania. Durante algunas horas desfilaron bajo nosotros las grandes llanuras europeas, luego apareció la fértil Ucrania, inmensa, infinita. A dos mil quinientos metros de altura, escoltados por algunos Messerschmitt de caza, mi padre pilotó personalmente, durante más de una hora, el Cóndor de Hitler. A bordo, además de él, estaban el Führer, von Ribbentrop, Himm-ler, Dietrich, Alfieri, Anfuso y otros jefes militares y políticos del Eje. Cuando volvió a la cabina, al pasar junto a mí, mi padre miró a los pasajeros y luego me dijo sonriendo, en voz baja: «¡Qué buen golpe sería para un piloto de caza ruso!»

Aterrizamos en un aeropuerto próximo a Uman. Millares de soldados alemanes se amontonaron en torno a Hitler, luego a mi padre y tributaron una ferviente demostración de afecto. Eran indudablemente buenos momentos y ninguno de los presentes podía sustraerse a la fascinación de aquella escena. Me pareció como si en vez de ¡Heil! ¡Heil!, los soldados gritaran: «¡Viva el emperador!»

En el Mando, que estaba instalado en un gran cobertizo en los alrededores del campo, el mariscal Rundstedt, haciendo girar su bastón de mando, ilustró, sirviéndose de esquemas diseñados en amplias pizarras, las operaciones bélicas que desde el 27 de julio al 7 de agosto habían conducido a la conquista de Uman y a la destrucción de ejércitos bolcheviques enteros. La impresión

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que se sacaba de la clara y enérgica exposición de los diversos comandantes era la de haber obtenido una extraordinaria victoria con pérdidas insignificantes. Las cifras que dieron eran: cuatro millones de soldados rusos puestos fuera de combate, entre muertos, heridos y prisioneros; catorce mil carros armados destruidos y dañados, más de mil aviones abatidos e inutilizados en el suelo. Eran cifras verdaderamente kolossal, y los mariscales alemanes, orgullosos en sus impecables uniformes, hablaban de ello con mal disimulado entusiasmo profesional. Pregunté a un oficial alemán que estaba junto a mí y que hablaba italiano: «¿Cómo ha combatido el enemigo?»

«Nuestro ataque —respondió— ha sido tan denso que casi no han tenido tiempo de reaccionar. De todas formas, algunas secciones se han defendido con valor y disciplina, pero detrás de ellos había un komisar de la G. P. U. dispuesto a hacer fuego sobre cualquiera que hiciese intención de retroceder. Hemos encontrado a algunos soldados atados con cadenas a sus piezas de artillería.»

La palabra komisar surgía con frecuencia en sus conversaciones, pero mi padre más tarde me dijo: «Creo poco en esa historia de los komisar; si un regimiento quiere escapar,, no serán desde luego las ametralladoras de los komisar lo que le detengan. Además, el adversario no es ni denigrado ni infravalorado. La verdad es que ninguna fuerza del mundo puede hacer frente al empuje inicial de la Wehrmacht, de los carros armados y de la aviación en picado.»

En vehículos especiales nos dirigimos luego hacia Takuscha, a lo largo de una carretera polvorienta, flanqueada por campos exterminados de girasoles y, aquí y allá, por bosques. Bajo inmensas gavillas de paja salían los cañones de los Panzer, enmascarados para evitar el reconocimiento aéreo. A lo largo del camino los signos de la retirada soviética eran evidentes: auto-carros incendiados, carros de asalto despanzurrados, columnas de prisioneros, delgados esqueletos de aviones abatidos. En los pocos pueblos que atravesamos la población miró sin interés, pero no asustada, el paso de nuestra columna. Algunas campesinas, hombres había pocos, continuaban tranquilas sus trabajos agrícolas. El sol, alto y cegador, mientras el polvo blanqueaba nuestros uniformes: no hacía demasiado calor, como había pensado, comparándolo con el calor que haría por aquella época en el campo romañol.

Después de Takuscha encontramos al general Giovanni Messe y a su Estado Mayor. El encuentro, aun con la rigidez impuesta por la disciplina militar, fué particularmente cordial y el aspecto y la actitud de nuestro comandante causaron a todos óptima impresión. Ante mi padre y el Führer, de pie en camiones del ejército, desfilaron algunas secciones italianas, entre ellas el 8.° Regimiento de infantería autotransportada, la legión de camisas negras Tagliamento y un grupo de artillería divisionaria. El aspecto de nuestras tropas era excelente y los rostros de los soldados, bronceados por el sol, estaban radiantes de alegría. Esto hacía olvidar la impresión que siempre se tenía cuando se veía a los ejércitos del Eje y se hacían comparaciones: el nuestro se quedaba siempre en el ejército del «pariente pobre». Desfiló también una compañía de cazadores ciclistas y al rostro de mi padre vi aflorar una profunda emoción: los característicos birretes con el penacho de plumas lo llevaban tiempo atrás, cuando también él, durante la primera guerra mundial, era cazador y joven, como estos que en tierras de Ucrania pasaban delante de él y parecían robarle todos los recuerdos. Sin preocuparse de la disciplina, los soldados le saludaban con gritos y agitando los brazos.

Diño Alfieri, que estaba junto a mí, observó: «No es la primera vez que los cazadores combaten en territorio ruso; Cavour los envió a Crimea, entonces también era necesario no estar ausentes si se quería obtener ventajas.»

El Führer, junto a mi padre, sonreía complacido ante la exuberante juventud italiana y saludaba a la romana con su característico estilo: el brazo a la altura del mentón y la mano casi inclinada hacia tierra.

Cerca de mí, alguien observó: «Hitler es un dictador estático; tu padre, dinámico...»

Vueltos a Uman, compartimos el rancho con los soldados, al aire libre y sentados en rústicos bancos. Luego, en avión, hasta Leopoli; luego, a Rastenburg. La visita al frente ruso fué para todos nosotros inolvidable; las cosas iban bien, el entendimiento con el aliado era mejor que de costumbre, la moral de nuestras tropas, elevada como acaso no lo fué nunca desde el comienzo de la guerra. Mi padre encargó a Cavallero expresar al general Messe su complacencia y transmitir a los soldados su saludo y sus buenos deseos.

Mi padre e Hitler tuvieron las últimas entrevistas y aparecían satisfechos y de excelente

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humor. Cuando salían de la barraca, para nosotros, los del séquito, era siempre una molestia porque teníamos que dejar de fumar. Hitler, en efecto, no quería que se fumara en su presencia y ni siquiera en la antesala de su estudio. Apenas le veíamos, escondíamos o tirábamos los cigarrillos como escolares cogidos en falta; lo mismo hacían los generales. Tampoco a mi padre, que no había saboreado un cigarrillo desde la otra posguerra, le gustaba que se fumase cerca de él.

Se debía sacar también una conclusión política del encuentro de los dos caudillos: el hecho de haberse encontrado en territorio comunista no podía quedar como una simple visita a las tropas allí alineadas. Fué encargado Filippo Anfuso de entrar en contacto con Rib-bentrop para extender un comunicado que, propagado por el mundo, estableciera cuáles eran los planes del Eje en relación con Europa una vez derrotado el comunismo y vencida la guerra.

Tal comunicado, que según mi padre debía aclarar los motivos ideológicos del Eje y establecer un programa bien preciso para ofrecer a las naciones europeas en el momento de hacer la paz, fué, después de muchas cavilaciones, aceptado por el Führer. Pero cuando ya estábamos en el camino de regreso, el príncipe Urach, que en nuestra comitiva representaba el despacho de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, comunicó a Anfuso que necesitaba hacer modificaciones al comunicado que ya estaba a punto de ser dado a la imprenta.

Antes de llegar a Viena capté un trozo de conversación entre mi padre y el general Cavallero. Estaban ambos en el pasillo del vagón, mi padre apoyado en la ventanilla. Hablaban de Napoleón Bonaparte, y me pareció lógico que hablasen de él después de haber asistido a las escenas de los días precedentes. Mi padre, que tenía una profunda cultura sobre todo lo que se refería al gran corso, que creo estaba el segundo, después de Julio César, en la escala de sus admiraciones, juzgaba el comportamiento de los soldados italianos durante las campañas napoleónicas: «Sus coterráneos —le dijo a Cavallero, aludiendo a los piamonteses— dieron pruebas de gran valor: en Austerlitz la infantería de línea fué citada en la orden del día. En la tremenda campaña de Rusia la caballería napolitana no abandonó jamás al emperador y se sacrificó casi enteramente. También las tropas de reserva de Toscana se batieron con valor sobrehumano. No es precisamente en las batallas victoriosas donde se mide el valor de un soldado, sino en aquellas en que la bandera de victoria ha sido ya arriada,»

El tren se detuvo en Viena algunas horas, pero no descendimos. Antes de llegar a la estación hicimos un par de paradas en pleno campo por alarmas aéreas. En cola de nuestro convoy estaba enganchado el vagón antiaéreo con ametralladoras de cañón múltiple, regalado por el Führer. Mi padre estaba en su saloncito y leía los informes sobre la situación política y militar que le habían llegado con un correo. Desde la ventanilla se descubrían varios palacios de Viena y las cúpulas de algunas iglesias. «He aquí —me dijo, alzando los ojos del folleto y quitándose las gafas, que desde algún tiempo usaba para leer— la capital de uno de los más grandes imperios que haya conocido el mundo y cuya caída puede ser considerada por los historiadores como punto final de un ciclo de la Humanidad y comienzo de otro...» Se me ocurrió preguntar, pensando en Bruno: «¿Mejor?»

«Desde luego —-respondió—, si no nuestros esfuerzos serían inútiles. El nuevo orden europeo no será el que los alemanes quieren; pero nosotros no cometeremos los errores de Versalles. La nuestra será una paz con justicia para todos.»

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Ilustración 7. Riccione, 1932. El corredor Tazio Nuvolari nos muestra el potente Alfa-Romeo con el que

correrá en Pescara: yo estoy al volante; el jovencito con la camiseta a rayas es Bruno.

Ilustración 8. Riccione, 1934. El Duce responde al saludo de uní admiradora que ha logrado agarrarse

al patín.

Me preguntó luego qué impresión había recibido en aquellos días y se la expresé en pocas palabras: «Los alemanes están «embalados» y no veo quién los pueda detener, aun cuando me parece que han hinchado las cifras de las pérdidas rusas y disminuido las propias. De cualquier modo, la organización de la Wehrmacht es perfecta; los medios mecanizados, estupendos; los Ju 88,

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excelentes, y el espíritu de las tropas, elevadísimo. Los generales, en fin, saben lo que hacen, por qué lo hacen y..., salvo Góering, son todos delgados.»

Mi padre sonrió y, luego, añadió: «¿Has notado que oficiales y soldados comen el mismo rancho? He intentado imponer el mismo sistema entre nosotros, pero aún no lo he logrado. Cavallero me ha dicho que ordenará que el rancho sea común, pero servido en mesas distintas. Ya sería una buena cosa, pero no creo mucho en ella. Es verdaderamente extraordinaria la resistencia que ofrece el Estado Mayor cuando se trata de modificaciones en nuestro anticuado sistema de vida militar, modificaciones que por lo demás han sido ya introducidas en todos los ejércitos del mundo, algunos con mayor tradición que el nuestro. He tenido que combatir durante años para imponer un uniforme más cómodo para los soldados y más práctico para la guerra. ¡ Y no te digo para abolir las vendas de las pantorrillas! ¡ Surgió una cuestión de Estado y hasta el rey fué interpelado! Evidentemente, algunos «militarotes» nuestros son de ideas todavía más retrógradas que sus colegas franceses, y esto dice ya todo. Desgraciadamente no se puede cambiar la mentalidad de una casta en una sola mañana y con una orden. ¡ Cuánto han gritado por «el paso romano»! ¡ No hay ejército en el mundo que se respete que desfile sin un paso especial de parada! Y para imponer que las tropas desfilasen con los fusiles en alto y no llevándolos como maletas, he tenido que sudar de lo lindo. Creen que son detalles, pero para formar el carácter de un ejército estos detalles son indispensables.» Hizo una pausa. «Verás al final de la guerra —añadió—-, los uniformes de todos los soldados del mundo serán completamente diversos de los de 1914, porque las exigencias del combate harán necesarias reformas drásticas. ¡Nosotros, a pesar de mis esfuerzos, seremos los últimos!»

Hablaba en tono alegre y me pareció más animado que de costumbre. Sin embargo, en Klagenfurt el tren se detuvo de improviso y hubo algunos coloquios entre mi padre y el príncipe Urach, acompañado por Anfuso y Alfieri. Supe después que se trataba todavía del famoso comunicado, al cual, por orden llegada de la «selva nibelúngica» al gauleiter de Klagenfurt, se debían añadir algunas modificaciones. Después de esta borrascosa parada mi padre no quiso ver ya a nadie, y sólo cuando llegamos a Riccione me pareció que hubiera «encajado» el torpedo que el genio político de Ribbentrop y Rosenberg habían lanzado contra la Europa de todos y no la Europa de Alemania.

El 30 de agosto se supo del encuentro entre Churchill y F. D. Roosevelt. La noticia había llegado a través de nuestro S. I. M. Comentándola, mi padre se acordó de mi viaje a los Estados Unidos y me dijo burlonamente: «No sé cómo hará Churchill para convencer a tus amigos para que entren en guerra, pero lo cierto es que la decisión ha sido ya tomada y Roosevelt está estudiando la forma de imponerla «democráticamente» a su pueblo. Millones de americanos que presumen de pertenecer a la nación más antimilitar y pacifista del mundo serán llamados a las armas y a morir.»

Respondí en el mismo tono: «Evidentemente es por culpa de los bigotes; primero fueron los del kaiser, hoy son los de Hitler.»

«¿Sabes lo que te digo? —rebatió mi padre—. Después de Alemania, los Estados Unidos son el pueblo más «militarista» del mundo. West Point produce los prusianos de la democracia, y la alta finanza, la industria y la economía entera de los Estados Unidos tienen necesidad de «espacio económico», como nosotros de «espacio vital», para sostenerse a cada amago de crisis. Maquiavelo ya lo dijo: «Esa guerra es justa porque es necesaria.» Por otra parte, digan lo que digan los pacifistas en zapatillas, el sacrificio de los propios hijos, las victorias militares, las derrotas honrosas son aún el metro con el que se mide el «valor intrínseco» de un pueblo. El mundo se ha empequeñecido y los Estados Unidos son siempre sensibles a la llamada de la sirena anglosajona. En esto la diplomacia inglesa vale más que un ejército, y la diplomacia es un juego en el que no siempre vence quien tiene las mejores cartas, sino quien sabe aprovecharlas mejor. En las cuestiones diplomáticas los alemanes son verdaderamente principiantes; después de Bismarck y acaso de Stressemann, no han tenido ya un ministro de Asuntos Exteriores digno de este nombre.»

Volví pocos días después a Pisa. Me alojé de nuevo en el hotel Neptuno, donde había estado con mi hermano. Por la noche me paseaba por la bella ciudad tos-cana a lo largo del Arno, por la plaza del Battistero, subyugado por la magia lunar de los mármoles. En aquella época leía mucho y escribía también algunas cosas: tenía intención de empezar una gran novela, grande por el volumen, que debía comenzar con el traslado de la capital desde Turín hasta Roma y terminar en nuestros días.

En el campo, no obstante la buena voluntad del teniente coronel Castellani, las cosas no iban bien. La puesta a punto del P. 108 era lenta y fatigosa, cada día surgían nuevas dificultades. Con

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infinitos esfuerzos y sacrificios, oficiales, motoristas y especialistas procuraban poner remedio a los defectos del cuatrimotor, ayudados por los técnicos de la fábrica situada en Ponte-dera. En honor de la verdad, cada aparato, apenas salido de la fase experimental, debe ser sometido a una serie de pruebas y comprobaciones en escuadrilla, que son necesariamente largas y peligrosas. Pero en el caso del P. 108 se quería a toda costa acortar el tiempo y en una semana se llevaba a término el trabajo de un mes.

Con mis colegas hacíamos la acostumbrada visita al aeropuerto, y sólo por la tarde, libres de obligaciones de servicio, salíamos de la febril atmósfera de la sección para distraernos un poco. Pasaba mucho tiempo con el teniente Massimiliano (Muchi) Windisgraetz, que ya en Ghedi estaba con el grupo. Tenía un hermano en las fuerzas armadas alemanas y otro hermano, Ugo, muerto en un accidente de vuelo en Roma. Lo cual nos hacía acaso más amigos y nos hacíamos buena compañía en aquellas tranquilas noches pisanas, en que resonaba el eco de la canción entonces de moda: Luna marinera.

Hacia mediados de noviembre el general Riño Corso Fougier sustituyó al general Pricolo como subsecretario de Aviación. Algunos días después fui llamado a Roma por el Ministerio. Hablé con el nuevo jefe de gabinete, teniente coronel Casero, viejo conocido de África, que me dijo: «La puesta a punto del P. 108 va todavía para largo, porque hay que aplicar al aparato modificaciones sustanciales. La sección fotocinematográfica del Ministerio va adelante con trabajo y debemos imprimirle impulso también con vistas a la propaganda. Tú, que eres piloto y entiendes de cine y periodismo, podrías asumir su dirección y reorganizarla sobre bases más eficaces.»

También Fougier me repitió más o menos las mismas cosas. Yo dije: «¿Es una orden?» «Por mí, sí.» Entonces le rogué que me confiara tal cargo solamente por algunos meses, hasta que la escuadrilla de los P. 108 estuviera a punto. Cuando por la tarde fui a villa Torlonia mi padre quedó muy contento de verme, pero me dijo: «¿Qué haces en Roma?» Le dije lo que me había sido ordenado por la mañana. Se puso un poco sombrío y me respondió: «Hablaré de ello mañana por la mañana con Fougier.» Luego quiso que le hiciera un resumen de las últimas pruebas del P. 108 y yo francamente le dije que por algunos meses todavía no se podía pensar en emplearlo en acciones bélicas. Me atreví hasta a observar: «Con Fougier en el Ministerio la gente de las secciones de línea está más contenta: es estimado como piloto y se espera que cambie también la dirección de nuestra producción. Hacen falta más cazas, veloces y dotados de mayor autonomía, y más aero-torpedos...»

Luego pasé a hablar de otras cosas; raramente insistía sobre temas de guerra o política, y más bien, cuando podía, procuraba hacer que la conversación recayera sobre asuntos más divertidos que le distrajeran un poco: el campeonato de fútbol, que continuaba impertérrito a pesar de la guerra, chistes que circulaban en las secciones (mi padre los sabía ya casi todos), confidencias de familia y noticias sobre la salud de los nietos, chismes del mundo cinematográfico.

El general Pougier, evidentemente, convenció a mi padre de mi utilidad en el Ministerio, y así, tres días después, trasladé mis «penates» a Roma; primero, a la plaza de las Musas, y luego, con mi mujer y mis dos hijos, a una quinta situada dentro del parque de villa Torlonia, a pocos centenares de metros de la casa paterna. También mi cuñada Gina, con la pequeña Marina, había venido a villa Torlonia y habitaba en otra pequeña quinta. Mi padre, después de la muerte de Bruno, deseaba tenernos cerca en las pocas horas de descanso que le estaban concedidas. Desde aquel día tuve ocasión de verle con más frecuencia y más largamente y de hacerle compañía. Mi madre se sentía feliz de ver crecer a sus nietos junto a ella, y de aquella época existe una foto en la que aparecen los tres hijos de Edda, los dos míos y la de Bruno. La familia Mus-solini se había así reunido a la sombra de la ya amiga villa Torlonia.

A veces venía Galeazzo Ciano a comer. Cuando estaba él la conversación giraba casi siempre en torno a comentarios políticos o militares, y me acuerdo de que una tarde, hablando de las relaciones con el Gobierno de Pétain, mi padre observaba: «Es absolutamente necesario convencer a Vichy, con buenas maneras o con malas, de que se conceda el uso de las bases en Túnez. Nuestros convoyes en el Mediterráneo sufren pérdidas enormes, atacados por aerotorpederos y por sumergibles con base en Tobruk y en Malta. A pesar de los duros bombardeos, Malta es un vital punto de apoyo para la Marina inglesa y mientras no sea ocupada no tendremos libertad de maniobrar en nuestro mar. ¿Hay todavía algún imbécil que no comprenda por qué Inglaterra tiene tantas islitas como ésta en su poder en medio mundo?» Galeazzo aventuró una objeción: «Convencer a Vichy no depende sólo de nosotros; el Gobierno alemán, para hacerse simpático a los franceses, no apoya con suficiente energía nuestra petición.»

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«Hablaré personalmente de ello con Hitler —rebatió mi padre— y estoy seguro de que comprenderá la legitimidad de nuestra petición.»

«Los alemanes se lamentan de otra cosa, Duce. Dicen que circulan demasiados espías en Italia...» «Lo sé, he leído la interceptación telefónica ayer. No se han equivocado: el secreto militar parece desconocido para los italianos. Se habla demasiado, y nuestras naves, apenas salen de sus bases, son atacadas inmediatamente. No hay precaución que valga. Algunos casos son demasiado evidentes para pensar en pura coincidencia. Hay corrupción y es necesario descubrirla. Los alemanes se lamentan de ello y nuestra colaboración, ya tan difícil, se resiente; prefieren tenernos a oscuras hasta el último momento...»

El 28 de noviembre la última bandera italiana que ondeaba todavía en África Oriental fué arriada del castillo de Gondar, y a pesar de que estuviera previsto y ya se diera por descontado, el acontecimiento suscitó en el ánimo de los italianos una profunda amargura. Hablo naturalmente de los italianos de buena fe y no de aquellos que se pasaban horas escuchando secretamente en la radio las necedades del famoso coronel Ste-vens y que ansiaban que se perdiera la guerra para que el régimen fascistas tuviera fin. Además, en Cirenaica, la guerra nos era favorable en aquel momento: las fuerzas inglesas habían llegado hasta Agedabia y el ejército italoalemán había logrado, con esfuerzos y con grandes sacrificios, detenerlas a las puertas de Tripolitania.

El 17 de diciembre, en fin, sobrevino el ataque japonés a Pearl Harbour y el hábil Roosevelt tuvo en la mano finalmente el atout para convencer a la opinión pública de su país de que era necesario combatir hasta el final contra las fuerzas del Tripartito.

Mi padre comentó: «Lo ha logrado. Ahora tendremos una oleada de «mesianismo» democrático, con condimento de la palabra libertad. También el imperio inglés se hará grande enmascarándose detrás del liberalismo. Rusia exporta comunismo y paraíso para los trabajadores; Alemania, el «arianismo» y la organización de Europa. En cuanto a nosotros, sólo queremos justicia para el pueblo proletario italiano.»

El mundo se convirtió en un enorme campo de batalla y la lucha entraba en su fase decisiva. De cualquier forma, al menos por algún tiempo, nuestra situación en el Mediterráneo mejoraría, puesto que la flota inglesa tendría que destacar parte de sus unidades al Océano Indico y al Pacífico para proteger al imperio de los ataques de los japoneses. La ofensiva de los sumergibles alemanes e italianos estaba obteniendo resultados positivos, hundiendo continuamente millares de toneladas de barcos en todos los océanos. Era el momento de hacer el máximo esfuerzo en el Mediterráneo para arrojar a los ingleses. La batalla de Cirenaica había terminado sin vencidos ni vencedores; nuestras fuerzas y las suyas estaban exhaustas y el éxito de las batallas futuras dependía de la celeridad de los abastecimientos. Pero, desgraciadamente, muchos barcos de transporte acababan en el fondo del mar, y para evitarlo se comenzaron a usar sumergibles y aviones de transporte.

Vi un día en el Ministerio de Aviación a algunos japoneses y le pregunté al jefe de gabinete Casero qué hacían. «Están colaborando con nuestro Estado Mayor para la ejecución del plan CR3, es decir, la ocupación de Malta. Es la primera vez que italianos, alemanes y japoneses estudian juntos un plan de ataque.»

Mientras tanto, yo había ya organizado sobre bases nuevas la sección fotocinematográfica del Ministerio; con la ayuda del capitán piloto Ruspoli, de los tenientes Merli, Leone y Agosti; de especialistas fotográficos y otros técnicos, estaba en condiciones de proporcionar al Ministerio preciosas fotografías de ataques de aero-torpederos, de caza y de bombardeos. Algunas fotografías se perdieron en acción. La prensa diaria e ilustrada tuvo a su disposición excelente material para la propaganda y enviamos a nuestros agregados aeronáuticos en el extranjero fotografías para hacer conocer mejor el esfuerzo de nuestra aviación y su sacrificio para la victoria del Eje. Logré obtener que por lo menos uno de cada veinte Macchi 202 tuviese en las alas un sitio para colocar una o dos máquinas de repetición Avia, y con tal sistema me fué posible filmar impresionantes escenas de combates aéreos y de ataques en picado. Tales «fragmentos» eran también de utilidad a nuestros mandos. Pasamos luego al «diario LUCE» mucho material y rodamos también algunos documentales y preparé un plan de producción de películas de largometraje que tuvieran como objeto el dar a conocer el heroísmo de nuestro arma aérea. Nacieron así Un piloto regresa, sobre tema mío, dirigido por Roberto Rossellini, con la interpretación de Massimo Girotti y de la joven hermana de María Denis, Michela Belmonte, y los Tres aguiluchos, rodada casi enteramente en la Academia de Caserta, bajo la dirección de Mario Mattoli e interpretado por Leonardo Córtese, Galeazzo Benti y Alberto Sordi.

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Residiendo en Roma tenía ocasión de encontrarme con más frecuencia con Galeazzo Ciano, que a veces me invitaba a comer en el Golf Club, donde estaba considerado como el dueño de la casa. Muchos diplomáticos extranjeros frecuentaban el Club y personalidades de la sociedad romana e internacional; conocí a dos hijos de Alfonso XIII, residentes en Italia desde muchos años, uno de los cuales hablaba a duras penas, pero lo suficiente para decir palabrotas en romanesco cuando no metía la pelota en el agujero del green. Galeazzo desahogaba libremente su mordaz espíritu toscano y pocos se salvaban de sus críticas, fuesen hombres o mujeres. Entre nosotros, no obstante la diferencia de nuestros caracteres, nació una amistad muy estrecha. Opinaba que todo aquel aparato escénico no era otra cosa que una pose para causar una brillante impresión sobre las condesas y sus acostumbrados aduladores, de los que Italia abunda, en busca de un puesto o de un banquete. Hasta aquella época, en sus conversaciones, incluso en broma, jamás le oí dudar de la victoria del Eje. Decía que sería duro obtenerla, pero no imposible alcanzarla; hacía de ello sobre todo una cuestión de tiempo y de organización.

Mientras tomábamos el sol, en un bello mediodía de enero de 1942, me dijo: «La entrada en la guerra de los Estados Unidos es sumamente peligrosa y no debemos ilusionarnos demasiado con las actuales fulgurantes victorias japonesas. El Pacífico es inmenso y América ha tenido suficiente tiempo para prepararse para la guerra. Lo decisivo será este invierno, como máximo este verano, dado que el tiempo corre a favor de nuestros enemigos. Tu padre es de la misma opinión. Y además los italianos comienzan a dar señales de descontento frente a nuestras derrotas. La juventud, con la que tanto contábamos, no tiene ganas, en su mayoría, de sacrificarse aún por mucho tiempo...» «No te olvides —le interrumpí— de que el libro-biblia de la juventud burguesa italiana es Los indiferentes, de Moravia.»

Además, Galeazzo no escondía sus preocupaciones, que al final eran las de mi padre, por los continuos roces con los alemanes, tanto en Rusia como en África Septentrional. De esto hablaba, sin embargo, con un semblante de complacencia que me molestaba. «Rommel es un prepotente, especialmente desde que ha obtenido de tu padre el mando de las operaciones, pero sabe hacer. Está continuamente en choque con Bastico y con Gambara. Sólo Cavallero logra hablarle y aplacarle; discuten, se ponen de acuerdo, pero al final, cuando queda solo, hace siempre lo que quiere. No escucha ni siquiera a Kesselring ni a von Rintelen, y desprecia profundamente al Estado Mayor alemán y a von Keitel en particular. La más insidiosa batalla de la Cirenaica es la que se combate entre Bastico y él. Rommel, cuando ya no puede más, escribe a Hitler o a tu padre y obtiene siempre su apoyo...»

«Pero —-dije— no creo que vayan en perfecto amor tampoco los generales ingleses con los americanos o rusos. Todo consiste en ponerse de acuerdo, sin tantas historias de grados y precedencias, para establecer quién manda y quién debe obedecer.»

«Evidentemente —me respondió riendo— se ve que no conoces a los generales, de cualquier raza y arma que sean. En Italia, en fin, los educamos concienzudamente en academias, cuarteles, cursos de especializaron, viajes al extranjero, durante años, y cuando llega el momento de hacer la guerra, es decir, el momento para el que el país los ha mantenido y reverenciado durante tantos años, se convierten en pacifistas, la hacen a disgusto y poniendo toda su buena voluntad para perderla...»

Se dio cuenta de que la boutade había ido demasiado lejos y corrigió: «Hay, naturalmente, excepciones ; pero es duro para un panzudo general o coronel dejar su confortable apartamento de Roma o Turín para instalarse en el frío de una isba en Rusia o en una hondonada llena de sol africano.»

Evidentemente, era un día que la había tomado con el Estado Mayor, y yo le dejaba desahogarse; todo esto formaba parte de aquellos rápidos desahogos de Ga-leazzo, entremezclados de chistes o de cáusticos comentarios sobre esta o aquella princesa, que no faltaban jamás en su entourage.

«¿Ves aquellas tres bellas mujeres? Son princesas, pero no creo que figuren en el almanaque de Gotha.»

Luego, continuando el tema, añadió: «Son duros de cabeza en Berlín. Si se convencieran de que es más urgente vencer en el Mediterráneo que en Rusia, estaríamos bien. Con el veinte por ciento de las fuerzas y de los medios que están en las nieves y en el barro rusos, toda el África Septentrional sería nuestra. Pero ni siquiera el Duce lograr persuadirles e Hitler continúa flirteando

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con Pétain y Darían...»

En la tranquilidad del agro romano la guerra parecía lejana en aquellos momentos de descanso; ni él ni yo, creo, estábamos en condiciones de prever el futuro, que aunque no color rosa, no tenía todavía el aspecto de la negra tragedia que se estaba cerniendo sobre nosotros.

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VII. EN ÁFRICA SEPTENTRIONAL DURANTE la primavera de 1942 las fuerzas del Tripartito tenían todavía en sus manos la

iniciativa de las operaciones. Es cierto que en Rusia, en Croacia y en otros frentes las dificultades crecían con el pasar del tiempo, pero en el Mediterráneo la situación estaba claramente mejorada, especialmente por lo que respecta a nuestras pérdidas en navios de transporte y de guerra.

El continuo martilleo aéreo de Malta, la ocupación de la Cirenaica, salvo Tobruk, las afortunadas acciones de nuestros sumergibles y medios de asalto, una apariencia de mayor entendimiento con las autoridades alemanas, todo hacía pensar que, si la suerte no nos hubiera abandonado, acaso el verano de 1942 hubiera sido decisivo para nuestros destinos. De regreso de Salisburgo, donde mi padre se había encontrado con Hitler, a mi petición de noticias me respondió: «El Führer está plenamente convencido de la victoria y cuenta también con la resistencia angloamericana frente a Stalin, precioso, pero peligroso aliado, que pide con insistencia la apertura de un segundo frente. En cuanto a nosotros, dentro de poco iniciaremos la acción en Libia e inmediatamente después arrebataremos Malta a los ingleses. Los alemanes, en junio, desencadenarán la ofensiva en Leningrado y Sebastopol con formidables masas de hombres y artillería. La crisis invernal, que ha sido grave, parece haber sido superada y el alto mando alemán está confiado en las próximas operaciones.»

Me alegré mucho, dado que el ambiente romano era más bien pesimista y cada día crecían las turbas de los oyentes de Radio Londres, a la que se había sumado también la propaganda norteamericana.

En efecto, hacia finales de mayo el frente de Marmárica se movió, como estaba convenido, bajo el mando del general Bastico y del general Rommel. La batalla, que tuvo una marcha más bien confusa al principio, terminó con un parcial éxito nuestro. La tarde del 15 de julio mi padre me hizo leer una copia que se había traído a casa del telegrama que había enviado al general Bastico, comandante de las tropas del Eje destacadas en África Septentrional: «Haga llegar mi vivo elogio a los comandantes y a todas las tropas italianas y alemanas, que a los éxitos conseguidos en veinte días de duros combates, heroicamente sostenidos en Marmárica, han añadido hoy el más vasto de Ain el Gazala. A usted y al general Rommel, valeroso conductor de las tropas en el campo de batalla, mi particular complacencia.»

Como es lógico, estaba de excelente humor y me permitió preguntarle si nos quedaríamos en las posiciones alcanzadas o si se intentaría el ataque a Tobruk y la reconquista de toda la Cirenaica.

«Es probable —-me respondió—, dado que el momento es favorable, en cuanto que las pérdidas del enemigo han sido ingentes en hombres y materiales y superiores a las nuestras. Rommel se estremece; es un general que hubiera gustado a Napoleón, porque además de ser audaz y hábil maniobrero, es también afortunado y ejerce mucha fascinación sobre sus soldados. La suerte, por extraño que te parezca, debe formar siempre parte del bagaje de un buen conductor tanto, y a veces más, como su experiencia y su capacidad profesional. Hasta Kesselring está esta vez de acuerdo con su superior.»

Le expresé mi deseo de ir a Marmárica, porque no me gustaba estar en Roma mientras se preparaba la gran batalla. «Espera un poco; si recibimos a tiempo de Alemania nafta para los barcos y bencina para los aviones, atacaremos por fin Malta y nos la quitaremos de en medio. Los ingleses se están dando cuenta del peligro que se les avecina y ahora, ayudados por fuertes grupos de bombarderos americanos, están haciendo todo lo posible para reforzar las defensas de Malta, bastante malparada después de nuestros continuos ataques aéreos. Está en curso una importante acción aeronaval contra un convoy enemigo, fuertemente escoltado, uno de los más grandes de los últimos tiempos. Muy pocos navios deberían llegar a Malta, a Tobruk o a Alejandría. Nuestra flota, casi entera, ha partido desde Taranto para encontrarse con el enemigo. La situación de la nafta es grave, pero esta vez no hay que tener dudas: acaso en estos días se decide el destino del Mediterráneo.»

Mucho más feliz todavía vi a mi padre la tarde del 21 de junio. Parecía que el verano de 1942 fuera precursor de grandes éxitos para las fuerzas del Eje. Con voz complacida (¡ por fin una buena jornada!) me dijo: «Los generales ingleses han salido de Tobruk y se han presentado al Cuerpo de Ejército del general Navarrini para tratar la rendición de la plaza fuerte. Es la primera vez que los orgullosos ingleses son obligados a parlamentar con nosotros ondeando una bandera blanca.»

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Feliz, le interrumpí: «¡ Debe ser un día negro para Churchill; me gustaría oír precisamente lo que dice Radio Londres!»

Mi padre, ensombreciéndose, me respondió: «Nosotros hemos tenido demasiados malos días y no siempre merecidos... Al final de la guerra se sabrán tantas cosas que por caridad de la patria he callado, limitado o atenuado, que será una severa admonición para la nación. Pero hoy es mejor no hablar de ello, y si quieres partir para Cirenaica, vete pues, porque creo que estamos en vísperas de importantes acontecimientos.»

Estaba doblemente contento: como italiano, por la espléndida victoria de nuestras fuerzas; como hijo, polla alegría que veía brillar en los ojos de mi padre, como compensación a tantas horas amargas. No veía la hora de partir, pero tuve que retardar mi partida algunos días, dado que los motores de mi Cant. Z estaban roncos y era necesario revisarlos. Mi padre se había ido en vuelo a Cerdeña y a Sicilia, para visitar los aeropuertos y congratularse con los aviadores que se habían distinguido particularmente en heroicas acciones contra el convoy inglés, que había regresado deshecho a las bases de partida. De allí, después de haber visitado los puertos de Taranto y Ñapóles, había regresado a Roma, donde había obtenido detalles sobre la caída de To-bruk. Más de veinticinco mil prisioneros, una enorme cantidad de víveres, vehículos, municiones, equipos. Hitler, en premio a su brillante comportamiento, había elevado al grado de mariscal del Reich al general Rommel.

Mi padre recibió una carta del Führer el 24 de junio, en respuesta a una suya del 20, en la que particularmente se pedía con urgencia el envío de nafta y bencina y la inmediata ejecución del plan C. 3, que «además de resolver el problema del tránsito por el Mediterráneo, nos restituiría la plena disponibilidad de nuestras fuerzas aéreas, que hoy están vinculadas al sector mediterráneo y así permanecerán mientras Malta siga en-posesión del enemigo. El poder disponer de las fuerzas aéreas, sumado a las otras ventajas de la toma de Malta, significaría para nosotros la reconquista de la libertad de maniobrar, factor de primordial importancia para la victoria».

Comentando la carta, en la que Hitler le incitaba con cálidas palabras a proseguir a toda costa las operaciones en África hasta el total aniquilamiento de los tropas del Imperio británico y la ocupación de Egipto, mi padre me dijo: «Es Hitler quien escribe, pero bajo la influencia de los informes de Rommel. De cualquier forma, es de suma importancia que el alto mando alemán se haya dado cuenta del valor estratégico del Mediterráneo. La toma de Tobruk, a la cual seguirá la de Malta y probablemente la liberación de Egipto, tiene más importancia militar y política que la caída de Sebastopol. También yo soy de la opinión de que hay que trabajar el hierro mientras está caliente, pero no sé si estaremos en condiciones de abastecer en tan breve tiempo a los ejércitos italoalemanes y a la vez asaltar Malta. Kesselring no es tan optimista como su colega, pero de todas formas estima que hasta El Alamein se puede llegar. El Führer me escribe: «La diosa de la fortuna en las batallas pasa junto a los conductores sólo una vez. Quien no la aferra en un momento semejante no podrá alcanzarla nunca más...» Soy también de esta opinión, y es el momento de hacer el máximo esfuerzo para ayudar un poco a esa bendita fortuna.»

Dos días después aterrizaba en el aeropuerto de El Petejac, próximo a Derna. La travesía del Mediterráneo, con óptima visibilidad, la hicimos a baja altura y evitando las rutas normales preestablecidas, práctica que me ha dado siempre buenos resultados. En el campo había esparcidos muchos Macchi 202, y me chocó su aspecto africano: como los hombres, los aparatos también se «ambientaban», según el frente en el que eran empleados. Entre un Macchi 202 de Guidonia y otro destacado en Sicilia había ya diferencia, que aumentaba comparándolo con el africano. Sesteaban, sucios y rojizos, en la ligera brisa que venía del mar. Mi tripulación y yo habíamos dejado el trimotor bien calzado en el suelo, cuando paramos un camión para que nos llevara hasta el mando de Derna. Era un camión inglés, reciente presa de guerra, y el conductor lo guiaba con orgullo, silbando alegremente. Apenas comenzamos a descender el camino en serpentina de la orilla, me di cuenta de que el conductor tomaba las curvas cada vez más amplias a causa de la dirección, muy sensible; tanto, que a la tercera curva lancé un grito y todos saltamos a tierra en un precipicio, mientras el camión quedaba milagrosamente en equilibrio sobre el barranco. El conductor, ahora mudo y pálido, no se movía de su sitio para no desequilibrar el peso. Pasado el susto, estallamos en carcajadas, y tuvimos que esperar a que llegase otro camión para poner en el camino de nuevo a nuestro vehículo. Cuando soplan vientos de victoria, el humor es siempre excelente y todo parece resolverse con facilidad y es motivo de sana alegría.

En Derna el movimiento de los vehículos era excepcional, y la calle Balbia, negra por las

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huellas de los neumáticos, era un continuo ir y venir de coches zumbantes. La ciudad, especialmente la parte que se asoma a lo largo de la carretera, estaba semidestruída, y yo la recordaba muy distinta cuando permanecí en ella en marzo de 1937 en su bello hotel, al dirigirme con un Fiat 1500 hacia Alejandría y El Cairo en viaje de novios. Me presenté con mis colaboradores en el Mando de Aviación, donde encontré al general Vittorio Marchesi, al que había conocido en África Oriental. Noté que todos estábamos contentos de cómo se desarrollaban las operaciones y los sacrificios anteriores eran olvidados. Tomé alojamiento en una casita poco distante del Mando y luego, con mis compañeros, fui al cementerio para llevar un saludo a un joven camarada nuestro, piloto de caza, que había sido sepultado allí. A lo largo de la carretera para camiones, en los muros de los hotelitos, había escritos y señales en todas las lenguas y contraseñas especiales de divisiones alemanas. Era ya el ocaso, y los soldados, en silencio, consumían el rancho, mientras en el aire, ahora más fresco, se esparcía el hogareño olor de las comidas preparadas. A la orilla del mar, el cementerio con un centenar de tumbas, viejas y nuevas. Atentamente leíamos los nombres, pero el de nuestro amigo no apareció. Cayó la noche y desde la cresta sobre Derna descendía una columna de camiones y los faros cortaban la oscuridad cambiando continuamente de dirección a causa de las numerosas vueltas. Era un bello espectáculo y permanecimos mirándolo un momento, aun cuando nos fué dicho que había alarma y era mejor no estar en descubierto. En el horizonte, sobre el mar, cayeron cinco paracaídas luminosos y el aire nos pareció que se hacía más cargado de electricidad. «Buscan el petrolero que va a Tobruk», dijo un aviador con suficiencia de veterano. «Esperemos que no lo agujereen», comenté yo, y nos sentamos en un murete resquebrajado por la metralla, gozando del fresco, en espera de ir a la mesa. Allí la alegría reinaba soberana y los encargados de la mesa hacían milagros para dar de comer a toda la gente que se había acomodado lo mejor posible en las rústicas mesas. Después de años comí pan blanco, elaborado con harina inglesa requisada en Tobruk; era demasiado blanco y no sabía a nada. El general Marchesi me dijo que el Gobierno italiano había comunicado al rey Faruk que era absoluta intención del Eje respetar y asegurar la independencia de Egipto y que el país sería ocupado con el solo objeto de expulsar a los ingleses del canal. Tuve, pues, la confirmación de que estaba en los planes del alto mando la real posibilidad de llegar hasta El Cairo. ¿Era posible que hubiera llegado de verdad la hora?

El 29 supe que al mediodía llegaría mi padre, y estimé su presencia necesaria como nunca en aquellos momentos decisivos para incitar más a los combatientes, jefes y soldados, a dar todo lo posible para alcanzar una victoria total y que acaso decidiría la guerra. Fui al aeropuerto y al ocaso llegó el trimotor. Mi padre, en uniforme verde aceituna de primer mariscal del Imperio, descendió ágilmente de la cabina, acompañado por el general Fougier y otros oficiales. Después de haber recibido el saludo de Cavallero, de Bastico, de von Rin-telen y de muchos altos oficiales, me reconoció entre el grupo de curiosos y me hizo señas para que me acercara. Le saludé militarmente y esperé a que me hablase. «¿Ya estás aquí?—me dijo sonriendo; luego—: Déjate ver mañana en Berta, donde residiré provisionalmente.» Luego se alejó en coche, cuando ya entraba la noche, y yo me quedé charlando con su piloto personal, coronel Angelo Tondi.

La llegada de mi padre y la caída de Marsa Matruh, conquistada por las tropas del Eje aquel mismo día, elevaron al máximo nuestro entusiasmo, tanto que, en la mesa, aquella tarde brindamos con whisky inglés (que el típico «cara dura» había logrado conseguir no se sabe cómo en los almacenes de Tobruk) por la suerte de nuestras armas.

No pude ir al día siguiente a Berta, como estaba convenido, porque tuve mucho que hacer hasta tarde y después no encontré un medio que me transportase allí. Vi de todas formas a mi padre pasar por Derna, adonde había venido para visitar a los soldados heridos en las últimas operaciones. Primero, en el hospital italiano, con los veteranos de las batallas de Bir Acheim, Acroma, Ain el Gazala, Tobruk, y luego, en el alemán. Su visita inesperada suscitaba en los soldados una gran sorpresa y en sus ojos brillaba el orgullo de haber ayudado con su sacrificio a los brillantes éxitos obtenidos. A todos dirigió afectuosas palabras de alabanza y de augurio, interesándose por su estado de salud. Luego fué al campo de prisioneros, donde veinticinco mil soldados británicos estaban recogidos en un improvisado campo circundado por un simple alambre espinoso. Pocos centinelas estaban encargados de la vigilancia, pero parecía que ninguno de ellos tuviera en el ánimo el intentar una fuga tan problemática.

Llegué a Berta el 1 de julio y fui inmediatamente a la pequeña quinta donde se alojaba mi padre. Me dijeron que era la misma casita blanca en la que había habitado el general Claude Auckinlek durante la segunda ocupación de Cirenaica. En la puerta, el rostro conocido de un brigada de la P. S., de la escolta de mi padre, en uniforme; hacía mal tiempo, como si estuviera para llover.

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Encontré a mi padre en una salita, en la que una amplia mesa y algunas sillas constituían todo el mobiliario. Le abracé afectuosamente; me respondió con una sonrisa, pero sin interrumpir su trabajo, y yo le dejé tranquilo, sentándome. Luego me dijo: «Debe haber llegado Vidussoni, llámale.»

Cuando el joven secretario del P. N. P. estuvo en su presencia, le entregó una hoja con algunos apuntes, cambió pocas palabras con él y luego le despidió. En seguida, como continuando en alta voz un pensamiento suyo, me dijo: «En las tan odiadas formaciones S. S. hay divisiones y regimientos de toda Europa: valones, belgas, holandeses, daneses, yugoslavos, bohemios, eslovacos, rusos, noruegos, bosnios, musulmanes, croatas, estones, suizos, franceses y hasta algunos centenares de ingleses, y todos se baten con valor. Esto puede significar el comienzo concreto de una «Carta Europea», que podría tener su realización una vez acabada la guerra.»

Le pregunté cómo se sentía, pues le había visto bajar la cintura de los pantalones por debajo del vientre y adoptar su habitual posición encogida, con la espalda apoyada en la silla. «No demasiado bien, pero quizá es el cambio de clima. Si estuviera el profesor Castellani me encontraría una «ameba». ¡Es especialista en diagnosticar ameba a todo el que ponga el pie en África!»

No estaba de buen humor, porque a causa de las adversas condiciones atmosféricas había tenido que renunciar a ir en vuelo a Tobruk por la mañana, como estaba preestablecido. Le pregunté sus impresiones sobre los prisioneros: «Son buenos soldados, altos y fuertes, casi todos australianos y neozelandeses, con algunos batallones de ingleses y sudafricanos.» «He visto también muchos indios y muchos negros», dije. «Algún millar. Me ha dicho el comandante del campo que las secciones de color ha tenido que separarlas de los blancos a petición de estos últimos. Y luego nosotros somos los «racistas». En Marsa Matruh se han hecho otros cinco mil prisioneros, pero tengo la impresión de que los ingleses, muy hábiles para retirarse, han salvado primero el material y los vehículos que los soldados. Dos carros armados valen más que un batallón de infantería en este desierto.»

Algo le molestaba intensamente, y en efecto me dijo con tono áspero: «¿Cómo es posible que nuestro Mando Superior esté en una posición tan retirada? Desde donde se combate hasta el primer general de Estado Mayor hay más de seiscientos kilómetros. La prudencia está bien, pero me parece que exageran...» «El avance ha sido tan rápido —-traté de justificar—, que no ha sido posible todavía trasladarse más adelante. Además, en el desierto, quinientos kilómetros se recorren en seguida. Ayer noche, con carros blindados, commandos ingleses han atacado un aeropuerto nuestro mucho más a la espalda de lo que estamos nosotros ahora.»

«Será justo lo que dices, pero los soldados quieren ver la cara de sus generales, y por eso admiran a Rommel, que está siempre en primera línea, activísimo. Será un testarudo, rudo y descortés, pero está siempre entre los soldados y goza de las simpatías de las tropas.»

Frente a tales argumentos, no supe qué responder y le pregunté cuáles eran las últimas noticias del frente de batalla, donde al alba unidades motoacorazadas italoalemanas habían atacado posiciones en los alrededores de El Alamein.

«Se han obtenido resultados satisfactorios en la zona de Deir el Bibb. Rommel ha dicho al general Barbasetti que el VIII Ejército está exterminado y que pronto estaremos a la vista del Nilo. Tú sabes cómo detesto el optimismo imbécil, pero esta vez quiero creerlo.»

Fué servida la comida, y comiendo hablamos de asuntos familiares. Edda estaba en Rusia como enfermera, en el hospital de campo número 3, en los alrededores de Stalingrado; pero, según nuestra costumbre, no había escrito jamás una línea. Noté que mi padre comió menos de lo que solía, es decir, casi nada.

A mediodía llegó Cavallero y supe que había sido nombrado mariscal de Italia. Cuando salí a la salita donde había conversado con mi padre, le di mi felicitación, opinando que se merecía el alto grado que le había sido concedido, aun cuando esto significaba hacerse todavía más enemigos entre sus colegas de los que ya tenía. Por la tarde, antes de marcharme, volví a ver a mi padre y paseé con él por el jardín de detrás de la quinta. «He visto a Cavallero hoy —dije para preparar la conversación—-; estaba todo contento y creo que se merece el bastón de mariscal.» «Se lo ha ganado por su actividad y por el celo demostrado en el cumplimiento de las órdenes. Tiene muchos enemigos, pero ¿qué general italiano tiene amigos? En Roma le ponen muchas trabas; no será un genio de las batallas, pero lo da todo. Por otra parte, después del nombramiento de Rommel se sentía en inferioridad frente a él y a Kesselring. Naturalmente, ahora se abre el problema de Bastico.»

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«¿Qué nuevas hay del frente?», pregunté. «Según Cavallero, no va mal, aunque perdemos un tiempo precioso a causa de los transportes. Rommel insiste categóricamente en aprovechar el éxito inicial a costa de llegar a Alejandría con un solo Panzer. Kesselring y Bastico son más cautos: opinan que es necesario esperar y consolidar nuestras posiciones en la depresión de El Alamein. Me pregunto con qué, dado que nuestros convoyes llegan más que mediados a estas orillas y con Malta siempre activa. Ahora tenemos poco aliento, aunque no tan poco como los ingleses; pero acaso hoy tenemos una ligera ventaja, si bien de orden psicológico, que es necesario aprovechar.»

Al día siguiente aterricé en el aeropuerto de Tobruk, mientras soplaba un tremendo ghibli que hacía invisible a ratos el campo, elevando una polvareda roja hasta un centenar de metros sobre el suelo. Tomé altura tres veces, porque no se veía ni un accidente y tenía miedo de chocar contra otro vehículo o automóvil esparcido por el campo. Mi padre visitó aquel día la ciudad y el puerto, en cuyas aguas estaban adornadas las chimeneas y los mástiles de muchos navios allí fondeados. Más lejos, en medio de la rada, los restos del glorioso San Giorgio. Cuando mi padre fué al imperio de oficiales de Intendencia, yo aproveché para ir a buscar al príncipe Vittorio Massimo, que con el grado de sargento estaba encuadrado en una imprecisa sección alemana. Con su ayuda logré penetrar en los depósitos llenos de toda clase de cosas dejadas por los ingleses después de la rendición. Conseguí una buena ametralladora Thompson, dos camisas caqui y algunos paquetes de cigarrillos. Además, y a cambio de alguna cajetilla de cigarrillos, conseguimos de los neozelandeses que nos dieran algunos de sus característicos cubrecabezas.

A la tarde del día siguiente estaba de nuevo en Berta. Fuera de la residencia de mi padre me fué presentado Serafino Mazzolini, ya desde muchos años ministro plenipotenciario en El Cairo, y que había sido enviado por Ciano con el nombramiento en el bolsillo, en el caso de que se llegase a la capital egipcia, de comisario civil para aquel país. «Comprenderás —-me dijo— que los alemanes enloquecerán de orgullo teutónico frente a las pirámides, como Napoleón. La presencia del Duce en esta parte debe ser clara advertencia de que en esta orilla mandamos nosotros.» No era precisamente mi opinión, pero le dejé decir; lo importante era llegar a El Cairo.

En la habitación de mi padre él me contó que aquel mediodía había ido a visitar una base de sumergibles en Ras el Ilal, y que su llegada inesperada había entusiasmado a los marineros que, semidesnudos, barbudos y afanados, se preparaban a continuar su peligrosa misión. «Cuanto más te acercas a los combatientes, mejor te sientes; ¡el aire se hace más puro! Esto, por otra parte, sucedía también en la otra guerra, cuando apenas dejabas la trinchera y te sentías sumergido en oleadas de derrotismo.»

No estaba de buen humor. Procuré distraerle contándole mi incursión en los almacenes de Tobruk, tan bien vigilados por los alemanes, y le mostré la Thompson, que juzgó un arma excelente. Luego me dijo: «No he venido aquí para estarme en esta casita consumiéndome el hígado. Rommel no se deja ver y tiene la buena excusa de estar ocupado en el frente de batalla. Le he dicho a Cavallero que quisiera ir hasta él, pero me lo desaconseja por la fluidez de las situaciones. No me gusta saber las cosas por una persona intermedia. Y cuando se me hace el vacío en torno quiere decir que no todo va bien.»

Pernocté en Berta en una pensión, donde fui literalmente devorado por compactos escuadrones dé chinches, no sé de qué nacionalidad, pero muy decididos a no dejarme cerrar los ojos. Después de mediodía fui a buscar a mi padre, y cuando entré en la salita le encontré caído en el suelo, sufriendo como nunca le había visto y sin fuerzas para esconderlo. Me asusté, porque estaba claro que sufría una terrible crisis y tenía necesidad de ayuda y yo no sabía qué hacer. Le ayudé a apoyar la espalda en una silla y le dije: «Papá, hay que llamar en seguida al médico.» «Acabaría por matarme del todo —me respondió con voz dura—. Dame mejor un poco de agua.» Mi responsabilidad era grave y se lo dije. «Estáte tranquilo; tengo la piel dura, no me sucederá nada. Son los dolores de siempre, sólo que más fuertes que otras veces. Ya estoy mejor, nadie debe saber nada.»

Obedecí. Estuve con él toda la tarde y le dejé algunos informes llegados de Roma con el correo aéreo, entre ellos uno de la Policía relativo a presuntas agitaciones obreras en el norte de Italia. «La guerra se ha hecho larga y dura y se aprovechan de ello los agitadores comunistas de siempre y aquellos que desean que se pierda la guerra para eliminar al fascismo. Está de moda hoy exaltar demagógicamente a los pobres obreros, a los desocupados, a los enfermos, a los lesionados, a los desgraciados, a los débiles... Parece que el mundo tenga miedo de los fuertes, de los valientes, y es un mérito social ser débil, enfermo, pobre, vencido por la vida y por las circunstancias adversas,

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mientras que el que es fuerte, triunfador, lleno de salud y de vigor es considerado casi como un vicioso.»

Más tarde se adormeció, pero al despertar no quiso probar la comida. Estaba pálido, la crisis había sido fortísima y se sentía muy indignado por su debilidad física y noté que toleraba a disgusto hasta mi más que discreta presencia. Insistí para que llamara al médico y me aseguró que lo haría más tarde. «Cavallero va mañana a Roma para adelantar el asunto. A su regreso iré yo.»

Profundamente preocupado, le dejé hacia la noche para ir a buscar a mi primo Vito, de estancia en un próximo campo de aviación con su escuadrilla de Cant. Z. Vito notó mi preocupación, pero cuando me pidió noticias del tío le mentí diciendo que estaba bien. «¿Y qué noticias hay?» «¡Bah! —dije—, parece que las cosas van bien, aunque nos hayamos detenido en El Alamein. Los ingleses han hecho afluir tropas de refresco que tenían destacadas en el Oriente Medio y la R. A. F. bombardea de noche sin tregua nuestras tropas.»

Durante algunos días no vi a mi padre, ocupado como estaba con mi actividad, pero el general Marchesi me dijo que estaba bien. En efecto, realizando un esfuerzo, al día siguiente a la crisis, mi padre continuó sus visitas a las secciones que afluían; pasó revista a una formación de espahís, luego a algunas secciones libias y visitó varios poblados del Gebel cirenaico; Beda Littoria, Barce, Berta, y en Borgo Baracca ayudó a los colonos a trillar el trigo. Tales noticias me tranquilizaron y me hicieron pensar que la crisis estaba superada, al menos por el momento. Había ido en vuelo hasta Marsa Matruh y desgraciadamente había tenido la confirmación in loco de que el impulso hacia adelante de las fuerzas del Eje se había agotado entre El Qattara y El Alamein. El enemigo, por fin, había atacado con éxito parcial en el sector ocupado por la división Brescia y en el de la Pavía. La aviación, eficaz y sin tregua, bombardeando y ametrallando a baja altura. La nuestra, escasa.

Vi a mi padre el 15 de julio en el campo de aviación de Tobruk. Su rostro me causó buena impresión, bronceado por el sol, pero era evidente que estaba sometiendo a su físico a un esfuerzo excepcional. Aquel día distribuyó treinta y dos medallas de plata, una de bronce y diez cruces de guerra a pilotos y especialistas que se habían distinguido particularmente en las últimas operaciones en Marmárica. El mariscal Cavallero había vuelto ya de Roma el día antes y había referido a mi padre las medidas tomadas para mantener la campaña en curso. Acabada la distribución de las medallas al valor, mi padre dirigió a los soldados breves palabras y su voz resonó segura, enérgica y afectuosa como en los mejores tiempos. De allí, en coche, nos dirigimos por la Balbia hasta Sollum, dejando a un lado el famoso reducto Capuzzo, tantas veces tomado y vuelto a tomar al enemigo. Ya en territorio egipcio pasó revista a algunas secciones de la división Bologna, varias veces reconstituida. Como siempre, al aparecer él los soldados exteriorizaban sinceros sentimientos de alegría con rostros sonrientes y saludos no siempre compatibles con la disciplina militar. Me acuerdo de que un soldado le gritó: Cum vela, Duce? 10, y al oír hablar el dialecto romañol mi padre se paró de pronto y conversó algunos minutos con él. En torno se hizo un corro de soldados, con los uniformes en mal estado, negros por el sol, polvorientos y cansados, pero alegres cuando mi padre los miraba, mientras el ghibli implacable soplaba abrasando el aire. El aspecto de nuestras tropas no era desde luego brillante, como las pocas secciones alemanas que encontramos. Un oficial que estaba con nosotros me dijo: «Nuestros soldados van casi siempre a pie, adelante y atrás; los alemanes, siempre en camión.»

Hacia la tarde se llegó a Berta, después de haber recorrido varios centenares de kilómetros por el desierto de arena, salpicado de zarzas espinosas y piedras.

El 16 hubo una larga reunión en la salita de la residencia de mi padre, en la que participaron Cavallero, Bastico y Kesselring. No sé qué decisiones fueron tomadas, pues no estuve presente en la entrevista. A la mañana siguiente Cavallero partía en avión hacia Fuka para encontrarse con el mariscal Rommel. Volvió al otro día. Estaba leyendo a mi padre un informe del Ministerio de Cultura Popular, el cual señalaba la actividad literaria que bajo el Gobierno de Vichy desarrollaban muchos escritores franceses. Unos abiertamente y otros para ir viviendo, eran numerosos: Montherlant, Drieu de la Rochelle, Colette, Celine, Chardonne, Ramón Fernández, Abel Bonnard, Abel Hernant, Paul Morand, Tharaud, Henry Bordeaux, Claudel, Jouhandeau, Armand Petitjean, Brasillach, Pabre Luce, Pascal. Mi padre comentó: «En realidad, si Francia quiere vivir en Europa sin tener que hacer cada

10 En dialecto romañol. «¿Cómo estás, Duce?» (N. del T.)

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veinte años una guerra tiene que encontrar el modo de ir de acuerdo con Alemania. Pero después de Aristide Briand no ha habido ya políticos de valor en París.»

Anunciaron a Cavallero, y yo hice intención de marcharme; pero mi padre me hizo señas de que me quedara. Desgraciadamente, como había temido, Cavallero hizo una relación pesimista: ataques de infantería australiana y neozelandesa, apoyados por la aviación y la artillería, habían obtenido resultados superiores a lo previsto. Había habido alguna debilidad en la resistencia de ciertas secciones nuestras, que llevaban demasiado tiempo en línea y estaban escasamente motorizadas. De todas formas, también el enemigo había sufrido duras pérdidas, especialmente la 9.a División australiana. Estaba previsto un ulterior ataque de las fuerzas inglesas, que intentaban el todo por el todo, para inmovilizar a las fuerzas del Eje en las posiciones alcanzadas, no dando tiempo para reforzarlas.

«¿Cuántos carros armados en efectivo?», preguntó mi padre. «Duce, la Ariete y la Littorio, treinta, y el Afrika Korps, otros tantos. Kesselring opina, además, que la aviación enemiga es superior a la nuestra en proporción de uno a tres por lo menos, con la ventaja de que opera desde bases mucho más próximas al frente de batalla. Graves dificultades surgirían en caso de que nuestra infantería tuviera que replegarse: faltan medios motorizados.»

«¿No están para llegar los refuerzos en hombres y material, según el informe que me ha entregado ayer?»

«Efectivamente, Duce, y dentro de pocos días estarán en línea. De cualquier forma, es mi deber señalarle que las pérdidas de navíos aumentan cada día. Las naves cisternas y las que llevan carros armados y medios de transporte son las que más atacan. Empleando a fondo la flota en apoyo de nuestro avance a lo largo de la costa, la situación podría mejorar, pero es indudable que las pérdidas serían fuertes. Además, escasea la nafta.»

«¿Considera fuera de lo normal el hecho de que nuestros convoyes sean intempestivamente atacados por el enemigo apenas salen de los puertos?»

El mariscal Cavallero tuvo un instante de duda, luego respondió: «Quisiera poderlo excluir, pero está probado que el servicio de información inglés está funcionando de manera perfecta en estos últimos tiempos...»

Escuchaba la conversación con pena infinita: sabía cuánta amargura costaban a mi padre las palabras de su colaborador, y años después, leyendo ciertos libros, tuve la confirmación de cuan grave y decisivo para nuestra victoria fué el sabotaje de quien anteponía el partido a la patria.

«¿Cómo funcionan los transportes con los sumergibles y los aviones?»

«Bien, Duce. Pero la cantidad de bencina y de municiones que transportan no es suficiente para alimentar a las fuerzas del Eje en continuo movimiento. Hay que tener presente que Rommel no tenía el 8 de junio planes tan ambiciosos: se consideraba satisfecho con hacer caer Bir Acheim, Ain el Gazala y acaso Tobruk, logrando destruir también la mayor parte de las fuerzas acorazadas enemigas. Los primeros tres objetivos han sido alcanzados, pero el último puede decirse obtenido sólo a medias. Además, la R. A. F. domina el cielo.»

Mi padre y Cavallero conversaron largamente, tratando con detalle todos los puntos. Luego, como conclusión, mi padre dijo: «He decidido regresar a Italia lo más pronto posible, acaso mañana mismo. Pero antes deseo que tenga otra entrevista con Rommel sobre los puntos que hemos tratado.»

Al quedarme solo con él, noté que el dolor de estómago se había acentuado de nuevo y le dije: «Papá, ¿no es mejor que partas en seguida? En Roma debes sin falta hacerte visitar y, sobre todo, curarte a fondo.»

«No hay nada que hacer, pasará por sí solo», me respondió bruscamente.

Pensé que su mal sería de origen nervioso y hablé de ello, sin suscitar alarmas, con el médico de la escolta presidencial. Aun no excluyendo que a veces las preocupaciones graves pueden originar malestares semejantes a una úlcera, opinó que el clima y la alimentación (comía sólo fruta y verdura) le habían empeorado la úlcera duodenal, de la que sufría desde hacía casi veinte años. Me rogó que le hiciera beber mucha leche y agua mineral. Me sentía culpable de no servirle de ayuda a mi padre y procuraba distraerle contándole episodios y chismes que jamás dejan de proliferar junto a los altos mandos y también en las secciones más empeñadas.

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«¿Qué dicen fuera de esta caseta donde me han relegado?»

«No te oculto que me parece haber comprendido que en las altas esferas se está casi contento de que Rommel se haya equivocado en sus cálculos y de que su buena estrella se apague lentamente entre el Qattara y El Alamein. Pero son habladurías y no hay que hacer caso de ellas...»

«¡Pedazos de idiotas! —fué la dura respuesta—. ¡Como si la guerra de Rommel no fuera también la nuestra!»

Para mitigar su cólera me pareció oportuno recordarle que también entre Rommel y Kesselring las relaciones eran más bien tensas, por lo que se decía. «Es cierto, pero esto no justifica lo demás. En el frente de batalla la colaboración es buena y el mismo Rommel reconoce nuestra eficaz ayuda y nuestros sacrificios. Ha elogiado particularmente a la artillería italiana, y a los tanquistas de la Ariete y de la Littorio. Como siempre, la incomprensión surge cuando nos alejamos de la línea de fuego. De cualquier forma, es evidente que la diosa fortuna de las batallas nos ha vuelto la espalda.»

Hacia el atardecer me llamó a su habitación de trabajo y me dictó una breve memoria sobre la situación militar en África Septentrional, que más tarde entregó al mariscal Ugo Cavallero. Me asombré de encontrarle más animado de espíritu y creo que esto se debía al hecho de que ya había dejado lo pasado a sus espaldas y pensaba en el trabajo futuro. El memorial decía más o menos así: «La batalla por la liberación de la Cirenaica ha acabado ante El Alamein, con gran éxito para las fuerzas armadas del Eje. Los ulteriores objetivos, El Cairo y Alejandría, no han sido alcanzados, porque después de 500 kilómetros de avance por el desierto, las tropas del Eje han llegado exhaustas y sin reservas para llevar rápidamente a la línea de fuego. La batalla de Tobruk ha terminado; la de mañana será la batalla del Delta. Es cuestión ahora de semanas, pero no hay que perder un minuto para prepararla: sólo con el factor tiempo podemos vencer. De cualquier modo, para preparar la nueva batalla es necesario a toda costa conservar las bases actuales de partida, descartando a priori cualquier otra hipótesis.»

Ilustración 9. Mi padre me impone en el pecho el águila de oro, emblema del título de piloto aviador,

que acababa de conseguir.

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Ilustración 10. Hollywood, septiembre, 1937. Saludo a Shirley Temple en el estudio de la Fox Films.

Me dictaba sereno, tranquilo, aun cuando su voz tenía un tono de profunda tristeza. Luego me rogó que le leyera cuanto había escrito y que añadiera al final estas líneas: «Insisto en que los Mandos superiores se trasladen lo más cerca posible al frente, por obvias razones militares y, sobre todo, morales. El Mando superior debe instalarse en la zona de Bardia, por lo menos en sus elementos esenciales.»

No asistí a su última entrevista en tierra africana con el mariscal Cavallero; pero supe que éste había referido que la situación en el frente se había restablecido un poco, logrando taponar la zona ocupada por las divisiones Trento y Trieste, sometidas a duras pruebas en la lucha. Ya estaba decidida la partida: antes de despegar directo a Atenas le fué comunicado a mi padre que había sido ocupada Giarabub por nuestras tropas, y que en El Alamein se había establecido la calma. La última esperanza no estaba todavía perdida.

Pero desde aquel día, los acontecimientos se precipitaron, nc sólo en África, sino también en los otros frentes, y el Eje, perdida toda iniciativa, obligado a la defensa, veía ya desvanecerse definitivamente las últimas probabilidades de victoria.

En cuanto al frente interior, a mi regreso a Roma noté que un profundo sentimiento de desánimo y derrotismo se manifestaba en todos los ambientes: como si la fracasada victoria africana hubiera despejado toda duda a la oposición y fuera la señal para una ofensiva de paz. Todos los elementos y personajes que llevarían al 25 de julio y al 8 de septiembre intensificaron su obra de disgregación y traición, hiriendo por la espalda a los combatientes, que, en condiciones cada vez más desesperadas, cumplían con su deber Hacia la patria, hasta el supremo sacrificio.

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VIII. LA CONJURA DEL 25 DE JULIO EL invierno fué triste. Mientras las fuerzas del Eje se retiraban hacia Túnez, después de haber

sido vencidas en esforzada lucha en El Alamein, en Rusia los ejércitos soviéticos alcanzaban en algunos puntos ventaja y encerraban en un círculo de fuego al VI Ejército de von Paulus. En el África del Norte francés habían desembarcado los primeros contingentes americanos, muy prudentes, y en el Pacífico el empuje inicial japonés se estaba agotando.

Puedo decir que casi evitaba encontrarme con mi padre. Había recuperado un poco la salud, aunque ningún médico había acertado con una cura para su mal, pero no sostenía su mirada cuando volvía a villa Torlonia cansado, delgado y cargado de malas noticias. En vísperas de un viaje mío a Berlín le pregunté si tenía alguna disposición o consejo que darme para el caso de que me encontrara a algún alto personaje alemán. «Déjalos estar. Tengo la impresión de que no se reharán después del doloroso revés en las estepas rusas. La nieve, el barro, la resistencia del enemigo, todo está contra nosotros; pero aún no están perdidas las esperanzas de ocupar Stalingrado.»

«¿Y nuestros soldados?»

«Algunos generales han intentado descargar las responsabilidades sobre las espaldas de los aliados, ya sean italianos o rumanos. Es un juego que ya lo ha hecho con frecuencia Rommel en África: veloz en el ataque y veloz en la retirada. La expresión de moda es «defensa elástica»: no es otra cosa que un eufemismo que significa retirada o, peor, derrota.»

«Papá, no siempre las cosas van como uno desea o como a veces sueñan los alemanes. Hoy se dan cuenta de cuan perniciosa ha sido para las fuerzas del Eje la extraordinaria condescendencia que se ha tenido con una Francia más que vencida.»

«¡ Ah —saltó mi padre—, si hubiéramos ocupado desde junio de 1940 todo el territorio francés y sus colonias! Pero para un alemán llegar a París es más importante e histórico que llegar a Londres y a Moscú. Y apenas en territorio de Francia, los hermanos latinos saben cómo trabajárselos y hacer que se porten bien. Nos perjudica acaso más Pétain que el orgulloso De Gaulle.»

«¿Y en Túnez resistiremos, papá?»

«Hasta el final, y lo mismo en todas partes. Por otro lado, no nos queda otra elección y no todas las cartas han sido jugadas. Depende también esto de los transportes y de la voluntad de resistencia de los soldados: en Túnez se reunirán las mejores fuerzas disponibles del Eje. Rommel se ha ido de allí, y esto ha tranquilizado a nuestros jefes. Por otra parte, Rommel no era apropiado para Túnez: es un hábil maniobrero, pero no un estratega y tiene necesidad de espacio. Y, además, en El Alamein ha perdido...»

«¿Sabes lo que se dice por ahí, papá? Que se está intentando una paz con Rusia.»

«Los rusos han sido siempre hábiles políticos, además de buenos soldados. Hace un año, el Gobierno japonés preguntó a Hitler si Alemania estaba dispuesta y en qué forma, a estipular una paz con Rusia. Una repetición de la anterior de Brest-Litovsk. Y era posible, dado que las cosas iban bien para el Eje... Pero no era otra cosa que un hábil bailón de essay soviético, con el único objeto de inducir a Inglaterra y a los Estados Unidos a hacer mayores concesiones políticas, a prestar mayores ayudas en materiales y establecer un segundo frente. Roosevelt estuvo muy solícito en ayudar al compañero Stalin. Viano y Cavallero han hablado de ello con el Führer en la última entrevista que tuvieron en el Cuartel General, pero la respuesta de Hitler ha sido categórica: el acuerdo con Rusia, a primera vista conveniente, no lo es por otros motivos. De cualquier modo, representa la cuadratura del círculo: imposible.»

Debo hacer notar que, cuando mi padre me hablaba de estas cosas, no daba a la conversación un tono dramático o pesimista. No se abandonaba a desánimos pueriles o a negras previsiones: en una palabra, jamás tuve la impresión de que se había irremediablemente perdido la guerra. Le reprochaba a mi madre por sus continuas críticas: no veía más que traidores por todas partes. «Según tu madre estoy rodeado de traidores, de espías, de saboteadores, de débiles. ¿Crees que vale para algo fusilar cuarenta generales, diezmar los regimientos, encarcelar ministros? Cuando las cosas van mal, proliferan los grandes políticos, los salvadores de la patria, los mesías de la paz. Todos tienen soluciones, comprendidos las condesas histéricas y los cineastas de Cinecittá.

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¿Crees que no sé lo que discretamente murmuran por ahí? Ahora no tienen aliento para gritarlo, todavía no están seguros. ¿Y si el Eje volviera a vencer las batallas? En fin, querido Vittorio, quede claro de una vez para siempre que, se venza o se pierda, en Italia no hay traidores, cuando se está en guerra. ¿Queremos regresar a la Italia de Caporetto? Hay que mantener Túnez y estar firmes en Rusia: obteniendo resultados militares de importancia es posible encontrar una solución política. La guerra a ultranza, en el caso de que vencieran los aliados, sólo sería útil a los rusos y a los Estados Unidos, pero más a los primeros que a los segundos, y no traería una paz con justicia al mundo. Inglaterra y Francia, venzan o pierdan, verán convertirse en humo su Imperio colonial. Quizá Churchill ve las cosas, pero está cogido en medio por Roosevelt y por Stalin. Incómoda posición.»

No obstante, mi padre se entregaba, a veces, a una ira violenta cuando se enteraba del mal comportamiento de algunos generales o incluso de algunas divisiones italianas del frente africano, que no habían correspondido a la confianza que la nación había puesto en ellos; así, también ministros o jerarcas fascistas, industriales, prelados, intelectuales que en plena guerra no comprendían la necesidad de abandonar actitudes derrotistas para hacer un frente único contra el enemigo que se alzaba. Las palabras de mi padre eran ardientes, despiadadas, pero siempre con un tono de profunda amargura, casi de sorpresa, de incredulidad. De cualquier forma, jamás le oí clamar contra el soberano, ni siquiera cuando no debía serle desconocida la actividad que en torno al rey estaban desarrollando algunas altas personalidades de la política, de las fuerzas armadas y del mismo régimen.

Cuando volví de Alemania, dije a mi padre que había encontrado la stimmung de los alemanes más bien en baja. Hice sonreír a mi padre cuando le dije que también en Berlín mi madre hubiera tenido un buen trabajo siguiendo a los «traidores». Era nuestro embajador en Berlín Diño Alfieri, y con él había sido invitado a algunas recepciones, en una de las cuales, con gran sorpresa mía, fui presentado a algunas bellas damas, mientras Alfieri me susurraba al oído: «Obsérvalas bien, dos han sido las amigas del Führer.» «¡ Caramba! —-dije cuando me quedé solo con Alfieri—. ¿Pero no habíamos quedado en que Hitler era... en suma, no había dicho que para él la única mujer era Alemania?» Pero me alegré por el buen gusto del Führer en cuanto que eran bellas damas, elegantes y de agradable conversación. Tratándose de recepciones diplomáticas, la atmósfera era muy snob, no obstante las limitaciones de la guerra, y siempre aleteaba en las conversaciones un cierto aire de broma, que creo sea una prerrogativa de todo funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, de cualquier nación. Me di cuenta de ello también en ocasión de otro viaje que hice a Budapest, donde estreché amistad con Filippo Anfuso, nuestro embajador en aquel país, bien que tuviera el inconfundible sello «palacio Chigi» y una lengua con frecuencia despiadada que me recordaba la de Galeazzo. En Budapest, Anfuso me hizo vagas alusiones a la política húngara, más bien ambigua respecto a los alemanes, pero amistosa hacia Italia. Y de regreso de una visita que hicimos al presidente del consejo, Kallay, me dijo algunas palabras, que sólo más tarde tuvieron un significado para mí: «Este mogol se está preparando para la pirueta final, como tantos otros amigos nuestros, aquí y en Italia.» Pero Anfuso sólo tenía el gusto por las boutades, a veces poco conformistas, mientras que en su esencia se mantenía fiel a su lema, que decía: «malgré tout, es preferible ayudar a vencer la guerra, que hacer sabotaje para perderla».

Y al regreso a Italia me encontré con que había habido un «relevo de la guardia» en las altas jerarquías, la más importante de las cuales había sido el alejamiento de Galeazzo Ciano del Ministerio de Asuntos Exteriores para asumir la representación del Gobierno italiano ante el Vaticano. La cosa me disgustó, porque en los últimos tiempos había estrechado mis relaciones con Galeazzo y sabía que me estimaba: entre otras cosas, le había propuesto a mi padre que yo asumiera la dirección del Pueblo de Italia, naturalmente sin que yo supiera nada. Conmigo no hablaba, desde luego, de lo que se estaba tramando y atribuía su alejamiento al deseo de mi padre de apartarle por algún tiempo para hacer callar todos los chismes que corrían a cuenta de su yerno y para calmar los odios que se había atraído. Le vi una vez en el golf comer con el senador Vittorio Cini y cuando me acerqué, noté que cambiaron de tema, pero no hice caso de ello y naturalmente, «después» pensé que hablaban de algo que yo no debía saber; pero honradamente debo reconocer que probablemente estaban hablando de mujeres o asuntos estrictamente privados. De cualquier modo, mi madre había sido particularmente feliz con los cambios ocurridos, aunque en seguida debía constatar que si los intérpretes eran distintos, la música, salvo excepciones, era siempre la misma. Y además había llegado el director de esta orquesta: el general Eisenhower, verdadero conductor de la conjura musical del 25 de julio, aun cuando los profesores eran tan buenos que no tenían necesidad de mirar a la batuta del director para seguir los compases de la última sinfonía itálica. ¡Y cada cual podía ilusionarse con ser el verdadero director!

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Los días pasaban pesados, rápidos, y nos acercaban al último acto.

Tranquilo domingo. Como estoy haciendo desde casi un mes, me he levantado al alba y he ido al aeropuerto de Guidonia. Estando el enemigo a las puertas y diezmándose mi escuadrilla de bombardeo de largo alcance P. 108 en heroicos y no menos estériles ataques a las bases y navios adversarios, había decidido, con la aprobación de mi padre, pasar a la aviación de caza. Jamás me había entrenado para esta difícil especialidad y, por consiguiente, hacía un mes que había pedido y obtenido del ministro de aviación la autorización para volar en monoplazas, para estar en poco tiempo en condiciones de pilotar los modernísimos G. 55 y Macchi 205. Mi aspiración era formar parte de la ya desaparecida patrulla de aviadores que defendían las ciudades de Italia de los ataques brutales de la aviación enemiga, dedicados a obtener efectos psicológicos bombardeando e incendiando objetivos civiles y no fábricas o navios de combate... Había iniciado en Guidonia los vuelos y con los diversos tipos de aeroplanos existentes en aquel aeropuerto experimental pronto alcanzaría mi objeto, siempre que no me rompiera antes la columna vertebral en algún accidente. Hacía ya varios días que volaba solo en algunos aparatos veloces y esperaba obtener del coronel Angelo Tondi, en la semana siguiente, el permiso para despegar con el Macchi 205, uno de los más modernos y, desgraciadamente, escasos aviones de caza de que disponía nuestra aviación para batirse con armas iguales con el enemigo.

El bombardeo «aliado» de Roma el 1 de julio había sonado como una lúgubre campana. Los daños fueron ingentes, muchas las víctimas inocentes y, sobre todo, fué clara la advertencia de que a los «aliados» no les importaba demasiado conservar cuatro viejas ruinas para los turistas, sino vencer la guerra por cualquier medio. El efecto psicológico fué importante y decisivo: el pánico fué casi general. Desde aquel día, y después de su encuentro con Hitler en Feltre, vi pocas veces a mi padre, cada vez más ocupado. La defensa de Sicilia era su mayor preocupación y me pareció comprender que sólo si se obtenía un éxito total destruyendo las fuerzas enemigas y alejándolas del territorio se podía pensar en una solución política; pero no profundizó, por lo menos conmigo, cuál fuera. Me dijo solamente: «Los alemanes proclaman sieg oder Tod, y los angloamericanos «rendición incondicional»; el significado es el mismo.»

Por la mañana iba a Guidonia, y regresaba a Roma ya entrada la tarde. Me aislaba en mi casa, vacía, pues los míos estaban en Riccione. Y aprovechaba para escribir algunos artículos y acabar una novela, que fué luego publicada durante la República Social. Escribí dos artículos para el Messaggero, desde hacía poco dirigido por Alessandro Pavolini, y publicados no con mi nombre, sino con un seudónimo. Uno trataba de nuestra brillante defensa en Túnez y de la necesidad imperiosa de defender a toda costa el suelo de la patria inválida; el otro era para comparar la actitud del compositor ruso Shostakovich, autor de una sinfonía de exaltación de la valerosa defensa de Leningrado, con la de Arturo Toscanini, del que habían llegado noticias de que había dirigido conciertos en Norteamérica con objeto de reunir fondos para instituciones enemigas nuestras. Pavolini me dio, días después, una decena de cartas anónimas, llegadas al periódico: ninguna a favor, todas llenas de groseros insultos y feroces amenazas por haber osado tocar a Toscanini. Pavolini me dijo: «No hagas caso, es una vieja costumbre italiana la de las cartas anónimas; recibe montones hasta el que se dedica a la crítica teatral. Pero dime: ¿cómo está tu padre?» «Bien, me parece, aunque las cosas en Sicilia van mal, y los bombardeos continúan, cada vez más fuertes. A mí me parece imposible que no se logre defender Sicilia y arrojar al mar al enemigo...» «También a mí —me interrumpió Pavolini con vehemencia—-, siempre y cuando todos cumpliéramos con nuestro deber hasta el final y no hubiera traidores...» «¿Traidores? —dije con sorpresa—. No es posible». «Y sin embargo los hay, y no sólo en Sicilia. Comprendo que la gente esté cansada de la guerra, que los bombardeos hagan flaquear los ánimos, que haya poco que comer y pocas perspectivas de victoria. ¡Pero que, por lo menos, se pierda con honor, después de haber hecho todo lo posible para vencer!» Veinticinco de julio, tranquilo domingo. Llegué a Guidonia y no noté novedad de ninguna clase y sí la escasa actividad de vuelo: era fiesta. Mientras me vestía el mono blanco de vuelo, un teniente de mi escuadrilla me saludó y me preguntó, con sorpresa mía, detalles de la sesión del Gran Consejo del Fascismo, celebrada la noche precedente en el palacio Venecia. Confesé cándidamente la verdad: no sabía nada, y no di importancia a la cosa, y menos hasta el punto de que de aquella reunión pudieran salir decisiones contrarias a mi padre. Llamé al motorista, hice calentar el motor de mi aparato, despegué, volé en torno al campo durante media hora y aterricé. Todo estaba tranquilo en aquella bella mañana de verano y en el cielo no tuve tiempo de pensar en la política. Me sentía ya seguro y, al pasar junto a un Macchi 205 flamante, lo acaricié como para decirle: ahora te toca a ti. En una semana estaría preparado y conmigo también el cuñado de Bruno, subteniente Orio Ruberti, que se entrenaba conmigo. Estábamos contentos y, como hacía calor, a mediodía fuimos a las

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cercanas termas de las Acque Albule, para comer un bocado y darnos un baño restaurador. Noté menos público que de costumbre, especialmente de diplomáticos extranjeros, habituales de las sulfurosas piscinas. Hacia las cuatro regresé a Roma, entrando a villa Torlonia por la calle Lazzaro Spallanzani, donde habitaba en un edificio restaurado hacía poco, en absoluta independencia, pero sólo alejado de la casa de mi padre doscientos metros de parque. Bebí algo fresco, luego me dispuse a escribir a máquina un artículo-carta, dirigido a mi hermano Bruno, de cuya muerte el 7 de agosto se celebraría el segundo aniversario. Era un mensaje de fe en los destinos de la Patria, a despecho de los acontecimientos bélicos contrarios. Decía: «Tú te has ido cuando se anunciaba un año glorioso para nuestras armas: fin de la guerra en Grecia, comienzo del fulgurante avance en Rusia, con los Estados Unidos y el Japón todavía tranquilos. Entonces maldije al destino, que te había impedido estar con los vencedores el día del triunfo; tú, que tenías sacrosanto derecho a ello, y contigo todos los que están a tu lado. Luego vinieron otras victorias, pero la guerra asumió su aspecto terrorífico, pavoroso, que parecía reacia a asumir al principio, casi como un automóvil que hubiera iniciado su movimiento lentamente y luego acelerase cada vez más la marcha enloquecedora. Y si hace un año estábamos en el Nilo y los ingleses temían la derrota, hoy tenemos al enemigo en casa. Entonces, días atrás, cuando la terrible nueva me recorrió como el látigo de un negrero, yo pensé en seguida: feliz, Bruno; él no sufre estos dolorosos momentos; dichoso él que no verá nuestra suerte y continuará viviendo, joven, su vida celeste... Desde ese imponente número de italianos que está junto a ti en el cielo nos llega la admonición de hoy: sed dignos de nosotros, en la buena y en la adversa fortuna. Y más en ésta, porque de navegar con el mar en bonanza todos son capaces. Revestios de la dignidad romana, mantened el orgullo, el puntillo, el espíritu de ser superiores al enemigo, humilladle con las armas y, si esto terminase, no le dejéis creer jamás cerrada la partida; preparad la revancha, educad a vuestros hijos en el amor de esta Patria, haced que se la sienta en cada una de vuestras palabras, en cada uno de vuestros gestos, y vosotras, madres y esposas, sentios sólo orgullosas de quien cumple su deber; abandonad a aquel que está privado de fe: será un pésimo hijo y marido, será un despojo, un miserable privado de dignidad y que, como hoy prostituye a la Patria, mañana os prostituirá a vosotras ante el extranjero. Esto es lo que te he oído decir, Bruno, en nombre de millones de otros verdaderos italianos que, como tú, sienten ansia por este trágico momento que vive Italia; éste es vuestro mandato, vuestra orden, es la palabra del rey saboyano: «Mejor vivir un día como león que cien años como oveja.» Es éste el momento de creer sólo en estas palabras, fuera de toda sutileza política, de todo cálculo numérico, de todo frío razonamiento... Es éste el momento en que se decide si en el futuro podremos estar orgullosos de decir «soy italiano» o tendremos que avergonzarnos como señalados por la marca infame del tirano, errantes por el mundo, lustrando zapatos ajenos, elaborando helados para los ricos americanos... No hay que pensar en las culpas, en vanas lucubraciones sobre si hubiéramos hecho o no hecho tal cosa; hay que borrar el pasado, por luminoso o negro que sea, y mirar sólo al presente, al porvenir. Dejemos para después el proceso del debe y el haber: los trapos sucios nos los lavaremos en el momento preciso en nuestra casa... Y ahora, adiós, querido Bruno. He hablado demasiado y estáte seguro de que la jauría bastarda de siempre escupirá también sobre este purísimo acto de fe y de fraternidad; pero también he superado, en estos días, este punto que tanto nos dolía. (¿Te acuerdas en Viareggio la tarde antes de que tú te estrellaras en Pisa?) Algunos «héroes» dijeron: míralos divertirse, mientras los demás están en la guerra muriendo. Y no me queda más que saludarte, saludar a los numerosos amigos que están contigo, excusándome por haberme extendido tanto. Te prometo ser telegráfico la próxima vez: hemos vencido.»

Saco esto de mi cuaderno de apuntes y debajo está la fecha 17 de julio. Más abajo, evidentemente en otro momento de hiriente dolor, hay la anotación: «Sucios italianos». De este cuaderno pasaba a máquina, el 25 de julio, la carta que, a fragmentos, he incluido más arriba. El lector me perdonará la digresión, pero he considerado mi deber hacer conocer cuál era mi estado de ánimo en aquel momento trágico de la Patria.

Corriendo, entró en mi salón Pratoni, un amigo de aquella época, que desde algún tiempo se había ganado la confianza de mi madre, la cual se servía de él para sus relaciones con el Ministerio del Interior y la Policía. Con voz dramática me dijo: «Ven en seguida a casa. Ha sucedido una cosa gravísima; tu padre... Ven, tu madre te espera.»

El corazón me dio un vuelco: «¿Qué le ha sucedido a mi padre?»

«No sabemos; pero ven, está también Buffarini-Guidi, él te explicará mejor. Ha ido a villa Saboya...»

Relacioné inmediatamente estas palabras con el Gran Consejo del Fascismo; pero

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políticamente no podía pensar en nada grave para mi padre ni por parte de los miembros del Gran Consejo ni por parte del rey emperador. Pensé, al contrario, en un accidente de coche o de aviación, o en su úlcera, o en un atentado... Siempre había meditado sobre el probable fin de mi padre y nunca me había parecido posible que acabase sus días en un lecho, rodeado por todos nosotros, tranquilamente, como un viejo cualquiera, lleno de achaques... Me acordaba de que, con frecuencia, decía sonriendo: «No os preocupéis por mi salud, porque no moriré de enfermedad... Y ni siquiera después de muerto los italianos me dejarán tranquilo... Pero tienen razón... A pesar de tener los pies planos les he hecho correr demasiado en estos treinta años... ¡Muerto yo, volverán a echar barriga!»

Apresuradamente me dirigí hacia la villa. Mi madre, en el pórtico, me dijo, excitadísima: «¡Ha ido a ver al rey y todavía no ha vuelto!»

Hice un gesto, como para decir ¿y qué?, y entonces Buffarini-Guidi, finalmente, me explicó lo que ignoraba : la dramática sesión nocturna del Gran Consejo, en la cual había participado; la votación del orden del día, las voces pesimistas que circulaban desde hacía bastantes días, una conjura... Le interrumpí: «¿Una conjura? ¿Pero qué pasa? ¿No está con el rey ahora?» No fué, desde luego, fácil para Buffarini explicarme lo que yo hasta entonces ignoraba por completo: desde hacía meses estaba en marcha una conjura, dirigida por varios, para eliminar a mi padre y crear el clima propicio para separarse del aliado alemán y rendirse a las fuerzas angloamericanas. Mi madre insistía: «¡No debía ir a ver al rey! Se lo he dicho y redicho, pero no me ha querido escuchar... ¡Debía hacer arrestar a todos esos traidores y, en vez de ello, ha salido tranquilo con De Cesare, como si fuera a Ostia para tomar un baño!»

Pensé que sería imposible imponer a mi padre la voluntad de los conjurados: sólo eliminándole físicamente podían lograr su intento. No obstante la trágica situación, la mayoría de la población no era decididamente contraria a mi padre y hasta entonces no había manifestado ningún grave resentimiento hacia él. Un año después me decía: «¿Guerra no sentida la nuestra? ¿Pero qué guerra ha sido sentida por los italianos? Acaso sólo la de Etiopía. ¿El Resurgimiento? Fueron unos pocos miles de burgueses y de aventureros: el pueblo, en su gran mayoría, se desentendió si no fué claramente contrario. ¿Sentida, la del 15-18? ¡Tuvimos que convencerles con discursos incendiarios y patadas en el culo! ¡ Poquísimos han sido los desertores en esta guerra nuestra social y proletaria, mientras que en la entusiástica del 15-18 fueron centenares de miles! Y entonces la guerra no llegó más que hasta el Véneto y los sufrimientos de las poblaciones civiles fueron limitados a aquellas heroicas regiones. No hay guerras sentidas, acaso es mejor decir que la guerra no les va a los italianos, incapaces de esfuerzos prolongados y de sacrificios que no satisfagan inmediata y comercial-mente los propios problemas. En previsión de esto, la guerra debía acabar en el otoño del 40, como muy bien podía acabar, y entonces todos contentos, con penachos...»

Procuramos ponernos en contacto telefónico con el general Galbiati, comandante de la M. V. S. N., y luego con el jefe de la Policía, pero sin resultado. Villa Torlonia estaba aislada, mientras Roma, en torno a nosotros, estaba tranquila en la tarde dominical que avanzaba; pero ya nos parecía que la atmósfera que nos circundaba se había hecho enemiga y desconfiada. Buffarini - Guidi decía que se podía esperar de todo (evidentemente sabía muchas más cosas que nosotros), y su presencia en villa Torlonia, junto a mi madre, que jamás había ocultado su profunda antipatía por él, me parecía extraña y conmovedora: muchos que con mayor motivo debían estar brillaban por su ausencia. Los minutos pasaban, pero mi padre no regresaba. Telefoneamos al palacio Venecia, pero no contestó nadie. Propuse a mamá ir con mi Topolino a villa Saboya, para tener noticias más precisas, pero en aquel momento sonó el teléfono: era un vicebrigada de P. S. agregado a la escolta de mi padre. Comunicaba lacónicamente que el Duce había sido arrestado por los carabineros y conducido fuera de villa Saboya en una ambulancia. Todo hacía pensar en una conjura de tipo medieval, bien organizada, con gente responsable a la cabeza, que realizaba un plan bien urdido desde mucho antes, y que para llevarlo a cabo no hubieran retrocedido ante ningún medio... Mi madre, al recibir la noticia, soltó todos los insultos que en romañol sabía: iban dirigidos al rey y al marido, que no había querido escucharle. La noticia me pareció increíble, pero el vicebrigada había sido veraz. El detalle de la ambulancia pareció a Buffarini grave: «¿No le habrán herido? —luego añadió—: Ahora nos toca a todos nosotros; arrestarán a todos los jefes fascistas, comprendidos esos tontos del Gran Consejo.» Mi madre decía que harían bien en fusilarlos a todos: hacía meses que le estaba diciendo a Bastianini, a Scorza, a Galbiati, lo que se estaba tramando, pero ninguno había tomado las medidas drásticas para el caso. «¡ Telefonea aún a Galbiati, a Scorza!» Obedecí a mi madre, pero no obtuve comunicación. Buffarini-Guidi sacudió la cabeza y me dijo: «Es demasiado tarde: sólo tu padre podía hacer algo y lo podía hacer esta mañana; si no lo ha hecho, habrá tenido

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sus buenos motivos. La revolución fascista termina en la más estricta legalidad, nadie hará un gesto para salvarla. Y ahora creo que deberíamos irnos, antes de que nos detengan. Aquí vendrán en seguida...» Y, dirigiéndose a mi madre, dijo: «Doña Rachele, vámonos, desde aquí no podemos hacer nada.» «¿Y dónde quiere que vaya? ¡A mí no me tocarán! Usted procure ponerse en contacto con Galbiati y con Scorza. Además, hay que telefonear a los niños en Riccione.» Llamamos y nos fué dada, no sin sorpresa nuestra, la comunicación. Pusimos a nuestros familiares al corriente de la situación, pero en un tono tan misterioso que creyeron que el peligro consistía en un ataque nocturno de commandos en las playas de Rimini y Riccione.

Buffarini-Guidi y yo tratamos de convencer a mi madre para que dejáramos villa Torlonia, ya desde algunas horas sin vigilancia de los agentes de P. S. Pero ella, acaso pensando que todo no era sino un mal sueño y dentro de poco el automóvil de su marido subiría desde la calle Nomentana por la callejuela de arena y se detendría bajo el pórtico, como sucedía desde hacía trece años, todas las noches, no quiso escucharnos. Parecía haber vuelto a ser la batalladora madre de los años revolucionarios, cuando esperaba con las bombas sipe en la mano a los subversivos. Entonces pensé que era inútil esperar con fatalidad los acontecimientos y que había que hacer algo, saber algo. Rogué a Fratoni y Buffarini-Guidi que se quedaran y, si era necesario, llevaran a mi madre a casa del primero. Yo trataría de ponerme en contacto con algún pez gordo para tener noticias del Duce y de su suerte. Abracé a mi madre, la tranquilicé como pude y, vistiendo el uniforme de capitán de la Real Aviación, tomé mi Topolino de metano, que usaba a veces, y salí de villa Torlonia anocheciendo. ¿A quién dirigirme para obtener noticias? Los primeros nombres que me vinieron a la memoria eran los de los jerarcas que habían votado a favor del orden del día propuesto por Diño Grandi y que, por consiguiente, era muy presumible que no dudaran en hacerme arrestar también a mí. Me dirigí, pues, hacia los Parioli, pensando que sólo Galeazzo podía aclararme las ideas. Pero en la calle Angelo Secchi no estaba. No tenía una idea muy precisa de lo que había sucedido y aventuraba hipótesis, pero no lograba ligar el Gran Consejo del Fascismo con la acción del rey emperador: el voto a favor de la moción Grandi, cuyo texto me era desconocido, con la ambulancia en la cual habían sacado a la calle herido, acaso muerto o, en la mejor de las hipótesis, prisionero a mi padre. Me dirigí hacia el centro con la intención de ir al palacio Braschi, sede del P. N. F., pero corros de gente me impidieron el paso. Uno me gritó: «¡Ha acabado la guerra! ¡Mañana no habrá que vestir más ese uniforme! ¡Viva el rey! ¡Viva el ejército!»

Apresurándome, me dirigí a casa del teniente coronel Gori Castellani, también él muy agitado por los acontecimientos. Traté de telefonear al mando de la M. V. S. N. y al palacio Braschi, pero nadie contestó. Después, al cabo de dos tentativas inútiles, logré hablar con villa Torlonia. Mi madre me dijo: «No ha vuelto todavía... Estáte tranquilo... No vengas aquí... mantente lejos...»

Hacia la medianoche decidimos ir a Guidonia, entre otras cosas, porque el teniente coronel Castellani quería estar con la sección que mandaba y de la que yo formaba parte. Por la carretera, que recorrimos en silencio, no fuimos detenidos. Más tarde escuchamos por radio el lacónico comunicado de Badoglio: dimisión de mi padre. Badoglio, nuevo jefe del Gobierno y no la paz, sino la célebre frase la guerra continúa. Creo que en aquel momento los italianos exclamaron: «¿Pero entonces?» En seguida pensaron en una astucia maquiavélica, y luego, al pasar los días y ver que la guerra continuaba de verdad y, sobre todo, los bombardeos aéreos de los «aliados», nunca tan violentos como en aquellos cuarenta y cinco días badoglianos, la mayoría de los italianos renunció a comprender nada, mientras los antifascistas gozaban un anticipo de libertad. Pero aquella noche del 25 de julio, cualquier suposición era lógica y errada a la vez. Yo dije: «Querido Gori, me parece bien que la guerra continúe, ¿pero qué hacemos con mi padre? ¿Y si le han matado? ¿O incluso sólo detenido? ¿Y cómo es posible que el rey haya hecho prisionero en su casa al Primer Ministro?»

Pero aquella noche nadie sospechaba, ni siquiera lejanamente, la verdad, ni qué terribles días causaría a Italia, además de los ya pasados por la guerra, la irresponsabilidad consciente e inconsciente de los conjurados del 25 de julio (con varias conjuras paralelas y sin unión, con diversos objetivos, con secretas esperanzas: un espectáculo que hubiera hecho sonreír a los italianos del medievo, maestros en cosas semejantes).

Por la mañana hice una visita al aeropuerto, donde algunos oficiales y aviadores me miraron como a una aparición extraña, sin hostilidad, pero con frialdad. Pedí permiso para telefonear al Ministerio de Aviación y luego a villa Torlonia, pero me fué imposible. No pudiendo dirigirme a ninguna autoridad italiana, pensé que el Mando Supremo de las fuerzas alemanas en Italia debía saber cómo habían ocurrido las cosas, qué era de mi padre, cuáles serían las consecuencias del gesto del soberano. Mi coronel pudo hablar con un oficial de enlace alemán y hacia las cuatro de la

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tarde, después de haber obtenido un permiso de un mes, vino un automóvil con dos oficiales alemanes a bordo, y con Orio Ruberti fuimos conducidos a una quinta en las cercanías de Frascati. Algunas horas después fui recibido por el mariscal Kesselring, al cual, inmediatamente, le pedí noticias de mi padre. No tenían, ni habían logrado localizar dónde había sido llevado. En cuanto a mi madre, estaba todavía en villa Torlonia, sin haber sufrido molestias por parte de algunas secciones que habían ocupado la villa. Kesselring, sobre cuyos hombros recaía la responsabilidad del delicado momento político-militar, me causó una excelente impresión: estaba tranquilo, seguro de sí, aunque me confesó que los acontecimientos políticos de las últimas horas habían sido sorprendentes; no se explicaba la actitud del Gran Consejo, ni la importancia que el voto a favor de Grandi había tenido para eliminar sin hacer un disparo al jefe de veinte años. Sobre todo, le preocupaba la situación militar, pero parecía convencido de que el Eje todavía funcionaba respetando los compromisos adquiridos. Me puse a su disposición y le rogué que me comunicara, cualesquiera que fuesen, noticias referentes a mi padre. Sólo sabiendo lo que le había ocurrido a él podía establecer mi conducta. Me fui a la cama, pero dormí muy poco. Los diarios ya habían comenzado la campaña escandalosa contra las figuras más representativas del régimen y causaba impresión el rápido cambio que habían dado muchos periodistas. Por la mañana, un joven oficial de las S. S. me dijo que estuviera tranquilo, que el mando alemán había obtenido de fuente fidedigna la seguridad de que el Duce estaba vivo, pero que por razones de seguridad y de orden público no podían decir dónde estaba. La noticia me alegró, pero ¿era de esperar? Bastaba leer los periódicos de la mañana para darse cuenta de la marea que estaba subiendo... Más tarde me fué traída mi maleta con algún traje de paisano y otras prendas de vestir que los alemanes habían retirado de mi casa. Por la tarde, mientras me disponía a ir a Roma a casa de un amigo y luego, según la situación, ir a Riccione, me fué preguntado por un ayudante de Kesselring si estaba dispuesto a marcharme a Alemania, al gran cuartel general del Führer. Se trataba de un viaje de corta duración. No lo pensé mucho: en Italia no sabía a qué autoridad debía dirigirme para tener noticias ni podía hacer nada por mi padre a través de la milicia o el P. N. F., que, cogidos por sorpresa y sin haber recibido órdenes, eran presa de la abulia y del desánimo. Nadie sabía nada; los acontecimientos habían sorprendido a la mayoría del pueblo italiano, que de una sola cosa se daba cuenta: a cualquier precio se haría la paz. Mientras tanto, continuaban los bombardeos aéreos, y muchos se preguntaban: «¿Por qué los «aliados» la han tomado más con Badoglio que con Mussolini?»

Badoglio había declarado solemnemente que la guerra continuaba al lado del aliado, y yo, contando con la amistad de Hitler por mi padre, pensé que sólo el jefe del tercer Reich, con su fuerza y autoridad, podía, si era necesario, actuar en favor de la salvación y de la liberación de mi padre, si estaba todavía vivo. Además se estaba difundiendo por miles de voces la opinión de que los alemanes, para prevenir una invasión aliada concordada con Badoglio y su camarilla, ocuparían militarmente Italia y llevarían la guerra por sí solos contra el invasor. Partimos de Centocelle con un Heinkel, pilotado por dos jóvenes de estudios recientes que embestían sin evitarlo cada temporal que encontrábamos en nuestra ruta. Menos mal que, llegados a Mónaco, cambiamos de avión y de pilotos: subimos a un viejo Junker de transporte y en la tarde ya entrada del 28 de julio aterrizamos en un aeropuerto bien enmascarado de la Prusia Oriental. Era una tarde bastante cálida, a pesar del cortante viento del Báltico. En la oscuridad, mientras el coche en el que habíamos subido se ponía en camino, descubrí muchos centinelas escondidos entre los árboles.

Entramos en una selva, negra como la pez. De cuando en cuando nos deteníamos ante cancelas estrechamente vigiladas que se abrían después de un minucioso examen, por parte de los centinelas, de los documentos de mis compañeros. Los árboles altísimos, el perfume, el silencio, en fin, la lengua incomprensible que hablaban (más adelante, en los meses que siguieron, el alemán me fué comprensible), los cobertizos a lo largo de la carretera, por cuyas ventanas se filtraba un hilo de luz; ningún rostro conocido, los faros que atravesaban la oscuridad: todo era como una alucinación después de tantos acontecimientos inesperados.

Me bajé después de unos veinte minutos de viaje, delante de un gran cobertizo y, abierta la puerta, entré en una antesala discretamente amueblada, donde charlaban en voz baja y sin fumar una docena de altos oficiales del Ejército alemán. Me miraron con curiosidad, pero ninguno me dirigió la palabra. Estuve esperando algunos minutos, con grandes deseos de encender un cigarrillo; en seguida entré en una estancia contigua, amplia, bien amueblada en el típico estilo clásico moderno alemán. Reconocí inmediatamente a Hitler, Rib-bentrop y Bormann, más otro hombre, que era el intérprete. No había vuelto a ver al Führer desde agosto de 1941, cuando, como he dicho en un capítulo anterior, acompañé a mi padre al frente ruso para inspeccionar las tropas italianas del C. S. I. R. en avance hacia el Don. Y habían pasado siete años desde la primera vez que le había visto

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en el banquete dado en honor del príncipe Umberto de Saboya en la Cancillería del Reich, con ocasión de las Olimpíadas mundiales. Con su uniforme carente de graduaciones o condecoraciones, se levantó del sillón en que estaba sentado y vino a mi encuentro con la mirada excitada; curioso, pero cordial. Me estrechó largamente la mano, mientras Ribbentrop y Bormann sonreían en silencio. El Führer habló durante algunos minutos y su tono era especialmente emocionado. Yo, en presencia del hombre del que dependían los destinos de millones de personas y acaso del mundo entero, pensaba solamente que tenía delante de mí a un sincero amigo de mi padre, al que podría confiarme sin ningún temor. El intérprete, después de haberme traducido las cordiales palabras de bienvenida, prosiguió diciendo: «El Führer desea saber cuándo ha visto por última vez a su padre.» «La semana pasada —respondí—, por pocos minutos.» «¿Cómo estaba de salud?» «Bastante bien, aunque el bombardeo de Roma le había dolido profundamente.» El Führer se dirigió a Ribbentrop y dijo algunas palabras, de las que sólo comprendí las comunes, como Feltre, Ambrosio, Badoglio. «¿Sabe algún detalle que pueda aclarar más la situación creada en Italia?» Dije que, por lo que se refería a la famosa sesión, estaba absolutamente a oscuras de todo y que los acontecimientos me habían cogido por sorpresa mientras cumplía mi deber de soldado. Pregunté si en las últimas horas habían recibido noticias de Italia, en particular sobre la suerte de mi padre después de su detención en villa Saboya. Hitler, al que le fué traducida la pregunta, se dirigió a sus colaboradores, pero ellos sacudieron negativamente la cabeza. ¡ Ni siquiera ellos sabían en aquel momento cómo se habían desarrollado las cosas en Roma! Ribbentrop hizo preguntarme si sabía detalles sobre la sesión del Gran Consejo del Fascismo, y particularmente sobre la conducta de Diño Grandi y Galeazzo Ciano. No pude satisfacer su curiosidad más que justificada y lamenté no haberme ocupado más de cerca de política: acaso así podría haber sido más útil a los camaradas alemanes. Pero quería que la conversación volviera sobre mi padre y dije: «Diga al Führer que le agradezco la cordial acogida y sus palabras de sincera amistad para mi padre; precisamente por esto le pido que tome todas las medidas posibles para salvarle si todavía se está a tiempo.» Hitler, interesado, preguntó: «¿Cree que el Duce será entregado a los ingleses?» «Creo que sí, y existe también la posibilidad de que se llegue a realizar un acto todavía más grave...» Ribbentrop intervino entonces: «No creo que lleguen a tanto.»

Estaba cansado y tenía un gran deseo de fumar. Las emociones de los días anteriores, la tensión nerviosa de las últimas horas, aquella entrevista con el jefe supremo de Alemania, la incertidumbre de la suerte de mi padre, la falta de noticias de los míos, todo pesaba sobre mi espíritu; era cien veces preferible afrontar con un Macchi 205 una formación de fortalezas volantes. Pedí regresar a Italia: «La guerra continúa.» El Führer me miró largamente y con una cierta ironía antes de responderme: «No lo considero oportuno en el momento actual; permanezca aquí algunos días y estoy seguro de poderle dar pronto noticias tranquilizadoras. El Duce no sólo es un fiel y sincero aliado del pueblo alemán, sino amigo personal mío; cualquier acto que se lleve a cabo contra él agravaría la situación del Gobierno italiana. Badoglio es un mariscal, un soldado, y mantendrá la palabra dada. Además he transmitido a mi embajador en Roma y a Kesselring órdenes para que me sean dadas lo más pronto posible amplias seguridades al respecto. Lo que se le ha hecho al Duce es innoble e indigno del rey, que es tan responsable como Badoglio de cuanto ha sucedido y cuanto pueda suceder.» Me sonrió y me tendió la mano. Mientras se la estrechaba, pensaba: «Evidentemente, el mando alemán no está todavía en condiciones de comprender lo que ha sucedido en las últimas semanas en Roma. ¿Quién había fallado? ¿Quiénes eran los jefes de la conjura? ¿Quién había organizado el 25 de julio? ¿Había habido traición o sólo un plan para escapar de la quema, abandonando al aliado a su destino? ¿Cuál sería el paso sucesivo? ¿Por qué el Duce, aun sabiéndolo todo, no había intervenido? ¿No habrá estado de acuerdo con el rey? Y entonces, ¿por qué la prensa italiana le insultaba con toda clase de calumnias? ¿Cuándo cesarían de luchar los soldados italianos?» Los altos jefes alemanes estaban tratando de poner remedio a la difícil situación creada a sus ejércitos en Italia y a la nueva situación política que envolvía a otras naciones del Eje y que se encontraban en análoga circunstancia. El golpe había sido duro y no se habían todavía rehecho de él.

Ribbentrop intervino poco en la conversación, siempre manteniendo su actitud de gran diplomático de estilo inglés; resultaba evidente que mi problema familiar era para él, lógicamente, de importancia secundaria; quedé, pues, muy agradecido al Führer por las afectuosas palabras con que me despidió, asegurándome su más amplio apoyo. Salí reconfortado.

En los días que siguieron me alojé en un buen hotel de Kónigsberg, ciudad que no había sufrido bombardeos y que me gustó por su estilo arquitectónico y la tranquila gente que la habitaba. Me encontré con Alejandro Pavolini y por él supe que en Alemania se encontraba también Renato

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Ricci con su hijo, Roberto Farinacci, Preziosi y algunos otros jerarcas menores. Me enteré de otros detalles del ambiente que precedió al 25 de julio y me asombré de oír hablar en términos durísimos de los participantes en la sesión, especialmente de Grandi y de Ciano. Yo, tranquilizado ya por noticias llegadas de Italia de las que resultaba que mi padre estaba «confinado», pero vivo, no juzgaba ásperamente a nadie. Jamás me había ocupado de política y prácticamente no conocía personalmente sino a muy pocos miembros del Gran Consejo del Fascismo. En cuanto a Acquarone, ministro de la real casa y factótum de la conjura militar-monárquica, era la primera vez que le oía nombrar. La única cosa que nos preocupaba era que, a pesar de lo que le había sucedido al Duce y al fascismo, el Gobierno italiano y, por tanto, los italianos no se mancharan con culpas, a nuestros ojos verdaderamente imperdonables, como la de pasarse al campo enemigo.

En aquellos días, para distraernos, en compañía de algunos jóvenes oficiales alemanes, hicimos largas jiras por los alrededores: a los lagos Masuri, al Jürische Nehrung, a Zoppot, donde, con estupor mío, aún funcionaba la roulette, y luego a la bella ciudad de Danzig, cuyo famoso corredor había sido el motivo o el pretexto del rompimiento de las hostilidades en 1939. Una tarde fui invitado por un mayor de la Policía a visitar a un alto personaje, y de este modo tuve ocasión de conocer una bella casa de campo y a su dueño, Himmler. Estaba de excelente humor, dispuesto a alegrar la conversación y el té con chistes. (Una cosa me ha causado estupor siempre. Leyendo todo lo que ha sido escrito después de la guerra sobre estos míticos y legendarios personajes alemanes, cuyas manos deberían estar llenas de sangre, de ojos asesinos y más temibles que Gengis-Kan, yo me pregunto cómo me las he arreglado para salvarme. Jamás les he visto fuera de sí, o descorteses, o dar órdenes frenéticas, o causar la impresión de que se alimentaran de presos políticos. Yo no era, desde luego, un enemigo, pero tampoco un personaje al que fuera necesario causarle buena impresión o tratar con especiales consideraciones porque pudiera serle útil políticamente. Me asombraba que me invitaran, y como no soy muy comunicativo, creo que fui más bien aburrido. Con esto no quiero defenderles; quiero solamente expresar un extraño sentimiento, como el de quien ha convivido durante años con un buen amigo o un hermano y luego los periódicos dicen que es monsieur Landrú. «Pero ¿cómo? ¿Ese simpático viejecito ha matado a ocho mujeres? Son exageraciones de los periodistas, es un error judicial, es una venganza del partido político en el poder, le acusan para salvar a un alto personaje de las finanzas, etc.»)

Naturalmente, me pidió noticias de Italia y de la situación creada después del alejamiento de mi padre, y comentó que aquello no hubiera podido suceder en Alemania porque el Führer era el jefe supremo y no tenía que dividir el poder con un rey ni soportar la presencia de un Estado extranjero en el corazón de la capital. Hablando del frente ruso, sostuvo que el máximo esfuerzo militar debía ser dirigido a contener los ejércitos comunistas en las posiciones alcanzadas para evitar el tener a los eslavos en el centro de Europa. Tuvo palabras de reproche para los anglosajones, que no veían el peligro de muerte para el mundo occidental en caso de una victoria rusa.

Días después visité la famosa finca de caza del mariscal Góering, verdaderamente magnífica; pero en mí era ya intenso el deseo de volver a Italia, de ver otra vez a los míos, de ocupar de nuevo mi puesto en la escuadrilla. Hice pedir al Führer que pusiera a mi disposición una plaza en un avión para regresar a Italia. La respuesta fué lacónica: «No se considera oportuno el regreso a Roma del capitán piloto Vittorio Mussolini.» Hice aún presente mi delicada situación militar. Se me respondió: «Han sido despachadas disposiciones al agregado aéreo alemán en Roma para que arregle el asunto con las autoridades italianas. Por otra parte, son inminentes importantes acontecimientos de orden político y militar que cambiarán totalmente la situación italiana.» Estábamos a finales de agosto; los alemanes se habían ya rehecho del golpe a traición recibido el 25 de julio y las contramedidas estaban en marcha. Continué paseando por la bella ciudad de Königsberg, deteniéndome con frecuencia en la plaza donde está el monumento a Kant (ingrato recuerdo del liceo) o en los parques que rodean el pequeño lago del centro de la ciudad. Muchos militares en convalecencia y de permiso tomaban el sol en el parque; con uniforme alemán vi a muchos soldados de la División Azul española, que se había batido con valor en el frente ruso. Las noticias que llegaban de Italia no eran agradables: Ettore Muti había sido asesinado y millares de fascistas estaban en la cárcel y los bombardeos «aliados», además, estaban destruyendo las más bellas ciudades italianas, ya indefensas. De mi padre sabía que estaba «confinado» en una isla y que por su cumpleaños había recibido como regalo de Góering una bella edición de las obras de Nietzsche. Mamá y todos los demás miembros de la familia estaban en la Rocca delle Camínate, prácticamente confinados también, pero con buena salud.

El 3 de septiembre tuve una gran sorpresa. Se me informó de que una persona para mí muy

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querida estaba en Alemania y que dentro de pocas horas la vería. Hice varias conjeturas: había recibido algunas cartas de parientes y amigos, pero ninguna me decía nada al respecto y no pensaba que hubiera en aquel momento ninguna posibilidad de viajar para ningún miembro de la familia. Pensé en mi madre, siempre tan activa, pero resultó ser mi hermana Edda. Nos encontramos en una estación no lejana del G. C. G., donde estaba detenido siempre el tren especial de Hitler. Abracé con emoción a mi hermana, la cual quiso antes escuchar mi historia. Luego me puso en seguida al corriente de sus vicisitudes: no sabía nada de la sesión del Gran Consejo y sólo al día siguiente había llegado desde Livorno a Roma con los niños, llamada telefónicamente por Galeazzo. Al cabo de algún tiempo, como las cosas no iban como se esperaba, Galeazzo había pedido, a través del general Ambrosio, los pasaportes para él y su familia, entregando al mismo tiempo su dimisión de embajador. Pero Acquarone le había hecho saber que Su Majestad y primo afectísimo había denegado concedérselos, diciendo que «para un collar de la Anunciación habría siempre suficientes garantías de seguridad en el reino». Evidentemente era una excusa para entretenerle, puesto que a Diño Grandi, otro collar de la Anunciación, le había sido ya concedido el pasaporte y estaba en seguro dentro de Portugal. Considerando entonces peligroso permanecer en Italia, aborrecido ya por todos, se habían puesto de acuerdo con Dolmann, en aquella época omnipotente jefe del servicio secreto alemán en Roma (años después reveló que era, a pesar de ello, agente del Intelligence Service) para alcanzar, a través de Alemania, España, donde Ciano contaba con muchos amigos.

No le hice a mi hermana en aquel momento preguntas escabrosas sobre la actitud de Galeazzo en los últimos meses y le dije: «¡Sois unos inconscientes! ¡No podíais haber elegido peor!» Conocía bien la opinión de los alemanes sobre la actuación de los autores del 25 de julio, y especialmente del conde Ciano, y le dije claramente que su estancia en Alemania sería más difícil y peligrosa que nunca. «Por eso he pedido ver al Führer.» Sacudí la cabeza desconsoladamente, pero no tuve tiempo de decir más; un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores nos llamó y le seguimos en dirección al tren. Cuando entramos en el saloncito, nos esperaban Hitler, Ribbentrop y un intérprete. (No recuerdo si éste era Hans Noach, el gigantesco joven intérprete que a veces sustituía al número uno, Schmidt, y que en las últimas semanas me daba lecciones de alemán traduciendo poesías de Novalis. Me había confesado que estaba estudiando rápidamente el ruso porque le sería muy útil, junto al inglés, el francés y el italiano, que ya sabía. ¡Evidentemente tenía una visión muy larga! Hoy me parece haberle visto en fotografía junto a von Brentano, en la democrática Alemania occidental, cumplir con el mismo escrúpulo su profesión.)

Me sentía curioso, precisamente, por saber lo que sucedería, y la primera sorpresa la tuve cuando los dos jefes alemanes nos acogieron cordialmente, ofreciendo dos grandes ramos de flores a mi hermana; ¡era su cumpleaños, y en la emoción del encuentro tanto yo como Edda nos habíamos olvidado completamente de ello! El comienzo no era malo. Pero, comenzada la entrevista, mi hermana, aunque se esforzaba por controlar sus nervios, terminó por decir cosas que no eran particularmente gratas a los oídos alemanes. La conversación duró un cuarto de hora, pero a mí me pareció mucho más larga. Edda explicaba que, al llegar a Mónaco de Baviera con su marido y sus tres hijos, con la promesa de poder proseguir hacia España, habían sido detenidos prácticamente como prisioneros. Tal conclusión le pareció demasiado dura a Ribbentrop, que dijo: «El alojamiento del conde Ciano es óptimo y de acuerdo con su rango. En Alemania podría gozar de la seguridad personal que en Italia era problemática. ¿Por qué ir a España? Podían alojarse en la villa que les había sido asignada en Almashausen, en espera de la próxima victoria de los ejércitos alemanes.»

A mi hermana no le interesaban las «infalibles victorias» e insistía garantizando personalmente la actitud del conde Ciano, una vez en Madrid. Ribbentrop rechazaba fríamente toda posibilidad, y yo, ante el cariz más bien duro que tomaba la conversación, en la que el Führer participaba poco, deseaba que terminara pronto. Mi hermana continuaba batiéndose animosamente para hacerles mantener la promesa que Dolmann había hecho en Roma, con evidente torva intención. ¡ España! ¡ Un país neutral! ¡ El fin de la guerra! Para mí, a pesar de estos tranquilos objetivos, era inconcebible dejar Alemania; había decidido que si no me hacían regresar a Italia pediría enrolarme en una sección alemana. ¡La guerra continuaba, con Mussolini como jefe o con Badoglio, hasta el fin! Mi hermana, con su duro, firme y obstinado carácter, insistía, por las buenas y a veces con oscuras amenazas; admiraba su tenacidad, pero confieso que no comprendía la importancia sobrehumana que el resultado de aquella entrevista tendría: se jugaba la vida del padre de sus hijos. Naturalmente, la conversación derivó hacia la marcha de la guerra, que estaba lejos de ser feliz para el Eje y que mi hermana dio por perdida. «Se impone la paz, por lo menos con uno de los dos contendientes; Rusia, por ejemplo.» Hitler tuvo el primer ataque de nervios y la miró aturdido;

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luego dijo con su profunda voz, a veces gutural: «¿Se puede alguna vez casar el agua con el fuego? No, nunca. Lucharemos en las estepas rusas, en las ciudades rusas, contra el bolchevismo, hasta el último disparo de fusil, hasta el último hombre.»

Para evitar que los ánimos se alteraran todavía más, llevé de nuevo la conversación a la situación de la familia del conde Ciano y rogué a Ribbentrop que examinara más tarde la conveniencia de concederles la autorización para ir a España. Ribbentrop no dijo nada definitivo, insistiendo en considerar al conde Ciano como huésped del gran Reich y particularmente a la condesa Edda, hija predilecta del Duce, amigo y aliado del pueblo alemán. La entrevista había terminado, con alivio mío, aun cuando mi hermana había sido derrotada. Cuando hubimos descendido del vagón encendimos precipitadamente un cigarrillo y luego traté de tranquilizar a mi hermana, muy deprimida y nerviosa. Quizá se hubiera calmado de tener una bomba entre las manos. Le prometí que, apenas me fuera posible tener otra entrevista con Hitler o con Ribbentrop, insistiría para obtener para Galeazzo, ella y los niños el tan anhelado permiso para ir a España. Me sentía embarazado; no podía aprobar la conducta de Galeazzo el 25 de julio ni esta idea de huir a España mientras mi padre estaba «confinado». Mi hermana, evidentemente bajo el influjo de Galeazzo, trató de convencerme para que tomara la misma decisión, pero confieso que no me sentía en aquel momento como para exilarme a un país neutral, lejos de los peligros de la guerra, aun cuando el Gobierno en el poder en Italia insultaba cada día a la persona y a la obra de mi padre y fuera un gran mérito el haber hecho un «juego doble».

«Querida Edda, mis felicitaciones por tu cumpleaños, con el deseo de que el próximo nos encuentres a todos en santa paz y en plena salud. Si vencemos la guerra, todo se arreglará; estáte tranquila. Hablad lo menos posible. Tú sabes dónde vivo, escríbeme si tienes necesidad de algo. Besos a los niños.»

Con un fuerte, largo abrazo nos dejamos, deseándonos que nos volviéramos a encontrar pronto. Poco días después fué la rendición incondicional de Italia.

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IX. SITUACIÓN EN ITALIA DESPUÉS DEL 8 DE SEPTIEMBRE TENÍA en mi cuarto del hotel una pequeña radio. Cuando Ruberti y yo escuchamos la noticia

de la rendición y de la orden implícita de resistir a los alemanes con las armas, nos hundimos en la más negra desesperación. ¡Si podía ser comprensible que se llegara a una honrosa rendición, era inimaginable pasar directamente al campo adversario y disparar sobre el aliado de pocos minutos antes! Corrimos al cuarto de Pavolini y le dimos la noticia. Con lágrimas en los ojos dijo: «El 25 de julio se ha hecho el harakiri el fascismo ; hoy se lo han hecho Italia, los italianos y ese cerdo del rey.»

También nuestra posición personal se hacía delicada: ¿cuál sería la actitud de las autoridades alemanas hacia nosotros? ¿Y cuál la nuestra? Aquel día comenzaba una página trágica y negra para millones de italianos... Pero no se nos dio tiempo para pensar: Pavolini fué llamado con urgencia al hall del hotel, donde le esperaba un oficial alemán. No quiso dar explicaciones, pero después de nuestras insistentes preguntas nos dijo que tenía la orden de llevarle al Gran Cuartel General del Führer. En cuanto a nosotros, debíamos permanecer en el hotel. Nos pareció que el personal de servicio alemán nos miraba con un cierto desprecio. Algunas horas después, mientras las radios del mundo transmitían breves noticias sobre la rendición de Italia, fui llamado también yo al teléfono y, sin Ruberti, partí en coche junto a dos oficiales alemanes. Después de un rápido recorrido nocturno llegué a los alrededores del G. C. G., y en el vagón restawrant del tren, que ya conocía, me encontré con Pavolini. Estaba ansioso de saber, y por fortuna Pavolini me dio las primeras noticias oficiales. El rey y Badoglio, con el Gobierno, habían dejado precipitadamente Roma; se esperaban desembarcos de los «aliados» en varios puntos de Italia, la flota italiana había huido.

Dije: «¿Y qué quieren de ti?» «El manilo alemán me ha preguntado si tenía intención de mantener la palabra dada a la causa común y si podía transmitir por radio algunos mensajes dirigidos a la población italiana para que no molesten los movimientos de las fuerzas armadas, y a nuestro ejército, aviación y marina para que no tomen las armas contra los aliados de ayer. Puedes imaginarte de qué pésimo humor están: su ira e indignación llega al paroxismo; el Führer está preparando un discurso durísimo respecto a la Italia traidora, severa advertencia también para los otros vacilantes países del Eje.» «¿Qué has respondido?» «Que por lo que a mí respecta no me siento ya ligado al rey y a su camarilla y permanezco a su lado incluso como simple soldado.» «¿Y de mi padre?» «Ninguna noticia, desgraciadamente. Badoglio es capaz de haberle hecho matar como a Muti. Créeme, es absolutamente necesario tratar de convencer a los alemanes de que no todos los italianos piensan como Badoglio, y de que hay hombres y soldados dispuestos a mantener la fe en la alianza en un momento decisivo de la guerra. Italia invadida, el enemigo que sube pasando por las armas y el fuego nuestras ciudades; los soldados alemanes defendiéndose encarnizadamente, disputando palmo a palmo cada kilómetro de terreno, y nosotros ausentes como si no fuera cosa nuestra. Toda consideración está excluida, cada uno puede hacer libremente según elija, la lucha es hasta la última sangre; nuestro honor puede ser todavía salvado si demostramos a los alemanes y al mundo entero que los italianos tienen una sola palabra: con el amigo hasta el fin.»

Poco a poco fueron llegando, más tarde, otros italianos, entre ellos Preziosi, C. Rivelli, Valla, Evola, Verderame. Aun estando todos de acuerdo en considerar vergonzosa la rendición incondicional a espaldas del aliado, nos resistimos a la propuesta alemana de formar una especie de Gobierno fascista italiano. Pareció sin embargo oportuno, para evitar peores desgracias al pueblo italiano, hablar por radio aconsejando a los italianos mantenerse unidos, tranquilos con dignidad y no exacerbar el ánimo de los alemanes con una resistencia armada. «¿Cómo puede pretender ese cobarde de Badoglio que nuestras tropas combatan contra los alemanes, cuando ya el 25 de julio les han hecho creer que la guerra había terminado? Primero era la guerra de Mussolini, luego la de Badoglio, ahora la de Acquarone. Para mí, sólo la primera era la guerra del pueblo italiano. ¿Resistir a los alemanes? Será una inútil carnicería, en la que no perecerán, desde luego, ni el rey ni su séquito.»

Los pocos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores que veíamos estaban furiosos: se nos dijo que Rahn, enviado especial del Führer a Roma, había obtenido en la mañana del 8 de septiembre seguridades categóricas por parte del soberano y de su Gobierno sobre la absoluta fidelidad al pacto de acero. Las noticias eran, de todas formas, muy confusas y escasas. Sin embargo, los jefes militares alemanes parecieron más contentos con la situación: también nosotros teníamos algunos informadores que nos dijeron que el Alto Mando alemán consideraba acabado, finalmente, el equívoco italiano. Basta ya de mezclar la política con la guerra y de los comunes

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ideales del fascismo-nazismo. Ahora la guerra se llevaría, sin ninguna consideración, contra la Italia de siempre, que más pronto o más tarde, se pasa siempre al bando que le parece vencedor. No sabíamos, desde luego, que también entre los alemanes anidaban unos pocos, pero decididos practicantes del «doble juego» y, por tanto, era cosa decidida la equivalencia «italiano-traidor».

Comenzaron las transmisiones, con el himno Giovinezza, cuyas notas suscitaron en todos nosotros profunda emoción. Alguien opinó: «¿Pero ¿quién escuchará nuestras voces desde esta escondida y lejana estación, en medio de los bosques de Prusia Oriental?» «Probablemente nadie—respondió Pavolini—. De cualquier forma, me han dicho que desde aquí será retransmitido a Radio Mónaco, que es fácilmente captable en Italia.»

Así tuvo comienzo la actividad de Radio Mónaco, que más tarde, proclamada la República Social Italiana, cayó en manos de los más exaltados fascistas y nazis, con la tarea de llevar al banquillo de los acusados a los responsables del 25 de julio, del sabotaje a la guerra, de la rendición del 8 de septiembre. Su actividad cesó después del proceso de Verona, como consecuencia de una dura lucha del ministro Mezzasoma con su colega alemán.

El 10 de septiembre Hitler pronunció un largo discurso, anunciando al pueblo alemán la rendición incondicional de Italia. Después de haber dicho que el derrumbamiento de Italia era de prever hacía mucho tiempo por obra de aquellos hombres que ahora, como conclusión de su metódico sabotaje, habían provocado la capitulación, añadió: «Cuando en la primavera de 1941 el Reich decidió ayudar a Italia en los Balcanes, Alemania sostuvo este sacrificio casi en el mismo instante en que se esperaba de hora en hora el ataque bolchevique a Europa, y este sacrificio fué afrontado, entre otras cosas, por el hecho de que a la cabeza del pueblo italiano se encontraba uno de los hombres más representativos de los tiempos modernos, el hijo más grande del suelo italiano desde la caída del mundo antiguo. Su incondicional lealtad confirió al vínculo común la premisa de una estabilidad coronada por el éxito. Su caída, las viles acusaciones lanzadas contra él, serán consideradas un día por las generaciones italianas futuras como una gran vergüenza. Que el Gobierno Badoglio haya decidido romper la alianza y convertir a Italia misma en teatro de guerra, puede ser por él motivado con todas las razones que quiera; pero jamás podrá justificar el hecho de no haberse puesto de acuerdo previamente con sus aliados. A los ojos de los incitadores de esta guerra y a los del actual Gobierno italiano y de sus guerrilleros este procedimiento puede parecer un brillante ejemplo de habilidad táctica. La Historia juzgará de modo diverso y los italianos se avergonzarán de que esta táctica haya sido aplicada contra un aliado que había cumplido con sangre y con sacrificios de todas clases sus compromisos. He tomado, por tanto, todas las medidas posibles en este caso para preservar al pueblo alemán de una suerte que el mariscal Badoglio y su camarilla tenían reservada no sólo al Duce y a Italia, sino que también querían arrastrar a ella a Alemania. La suerte de Italia debe ser para todos una lección para no faltar jamás a los mandamientos del honor nacional, para permanecer fieles a los propios aliados y cumplir con lealtad lo que el deber impone.»

Las palabras del Führer se clavaron en nuestro corazón y en nuestros sentimientos de italianos, pero las consideramos justificadas. Las últimas, en fin, hacían prever claramente qué medidas serían tomadas en Italia por las fuerzas alemanas, si ningún italiano hubiera intervenido por cualquier medio para mitigar su desdén y su deseo de represalia. Fueron horas de frenética actividad, después de cuarenta y cinco días de inercia total. Los alemanes insistieron sobre la necesidad de formar un Gobierno provisional. Se corrió la voz de que Goebbels favorecía un Gobierno Farinacci, mientras que Rosenberg postulaba por el antisemita a ultranza Giovanni Preziosi. Nosotros nos negamos. En cuanto fieles a los postulados del Eje y de la guerra proletaria que combatíamos contra el comunismo y el capitalismo imperialista, nadie tenía ánimos para tomar una tan grave decisión, especialmente no encontrándose entre nosotros un jefe con la autoridad y el prestigio que un tal Gobierno hubiera necesitado para hacer de colchón entre la ira teutónica y los superiores intereses del ya tan maltratado pueblo italiano. Hacia el 11 de septiembre avisamos al funcionario de Asuntos Exteriores, Dóremberg, de que dejaríamos las transmisiones: que otros las continuaran si querían, pero ni Pavolini ni los demás tenían ya la intención de continuar, aunque las noticias que llegaban de Italia eran tan desesperadas que helaban: Roma abandonada a sí misma, ciudad abierta; el rey, venturosamente llegado a Brindisi con su escaso séquito; el ejército no había opuesto, como era fácilmente previsible, ninguna seria resistencia a los alemanes y se deshacía como nieve al sol; la marina se había entregado miserablemente a los ingleses en Malta, mientras el acorazado Roma había sido hundido por un avión alemán en el Tirreno; saqueos en los cuarteles y en los depósitos, que resultaron llenos de toda clase de dones del cielo; las tropas alemanas al mando de Rommel y de Kesselring eran ya dueñas de la situación y sin ser molestadas por ninguna

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potente ofensiva «aliada» (el desembarco en Salerno costaba pérdidas enormes a los soldados de Eisenhower) dominaban en Italia con mano cada vez más libre y más pesada...

Al día siguiente, mientras paseaba melancólicamente con Cesare Rivelli a lo largo de la vía del ferrocarril, se me acercó un oficial del Estado Mayor, que me invitó a ir en seguida al G. C. G. para recibir noticias de la máxima importancia. Pensé para mí: «Por fin nos mandarán a todos a Italia.»

De nuevo en coche a través de la nibelúngica selva, haciendo mil conjeturas. Cuando entré en la antecámara del Führer encontré a muchos oficiales de las diversas armas, altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores, jerarcas del partido. Apenas me vieron sus ojos me observaron con simpatía, y un general de aviación, me parece que se llamaba Bodens-hatz, sin decir nada, se me acercó y me estrechó la mano. ¿Qué diablos estaba sucediendo? Pocos instantes más y soy introducido en la sala de Hitler. Al verme se levanta rápido del sillón, avanza hacia mí y, poniéndome las manos sobre los hombros, me dice con voz conmovida, mientras sus ojos expresan una profunda alegría: «Tengo el gran placer de decirle que el Duce ha sido liberado por un grupo de mis valientes soldados; tiene buena salud y probablemente mañana estará aquí.» Se me humedecen los ojos, me quedo un instante en silencio; luego, con voz emocionada, respondo: «No olvidaré jamás, Führer, lo que los camaradas alemanes han realizado siguiendo vuestras precisas órdenes. Como hijo y como italiano, mi más devoto, reconocido agradecimiento...»

Hitler me estrechó la mano, diciendo: «He querido darle personalmente esta gran noticia que no sólo le hace feliz a usted, sino también a mí y a todos los cantaradas alemanes. Hoy es un gran día para el pueblo alemán, y para los italianos de honor.»

El Führer estaba tan conmovido como yo: la audacia de la empresa de Skorzeni, su realización fabulosa, el haber recuperado a un aliado leal y haberle salvado de la prisión y acaso de la muerte, la certeza de volver a encontrarse con un consejero y un amigo en un momento en el que a causa de los adversos acontecimientos bélicos muy pocos fieles y desinteresados amigos le quedaban al pueblo alemán, todo hacía que Hitler pasara por un minuto de feliz euforia. En cuanto a mí, me despertaba de un largo letargo: había estado cuarenta y cinco días indeciso, derrotado, confuso, sin guía; ahora volvía mi padre, tenía de nuevo a mi jefe, con él se reemprendería la lucha. Hitler me despidió afectuosamente, sonriendo, y lo mismo hicieron los demás jerarcas presentes en la escena, que también quisieron estrecharme la mano. A poco me despedí, y apenas estuve fuera encendí un cigarrillo y por primera vez después de tantos días respiré con profunda alegría el aire perfumado del bosque.

Descendió mi padre del Junker esbozando una sonrisa, saludando a la romana. En la cabeza, un sombrero negro en jirones, vistiendo un abrigo que no parecía suyo, tan ancho le estaba. El rostro pálido y el aspecto enfermizo, la barba mal afeitada, delgado y evidentemente cansado. Sólo sus ojos habían conservado su expresiva vivacidad. Experimenté un profundo sentimiento de pena y también de ira: qué tremendamente duros debían de haber sido estos últimos cuarenta y cinco días de doloroso calvario, de mezquino trato, de aislamiento total. Le abracé, me acarició fugazmente la mejilla y su mano me pareció más afectuosa, más paternal que antes. El Führer se acercó y, profundamente conmovidos ambos, se estrecharon largamente la mano. Luego recibió el saludo de los otros jefes y funcionarios alemanes que se habían reunido en torno al avión. Italianos, estaba sólo yo. En seguida nos fuimos en coche al G. C. G., donde había sido preparado un alojamiento para mi padre en un cobertizo. Me moría de curiosidad por saber de él tantas cosas, pero tuve que dejarle solo por un par de horas para ir al tren y preparar una transmisión de radio especial. La alegría de los pocos italianos era indescriptible: ya nuestras angustias nos parecían acabadas y había vuelto entre nosotros nuestro guía. Muchos alemanes se unieron a nuestro júbilo, y fué descorchada una botella de coñac para brindar por la liberación del Duce. Acabada la transmisión me dirigí al G. C. G. y noté que los centinelas me conocían, no pidiéndome ningún documento de reconocimiento: me pareció buena señal.

Al atardecer cené con mi padre, solos. Comió poquísimo, habiéndosele agravado el dolor de estómago durante la prisión. Hablaba poco, pero estaba evidentemente sediento de noticias: hacía cuarenta y seis días que no leía un periódico, y para él debía de haber sido un suplicio, devorador de papel impreso como era. Hablamos primero de nuestras familias. Mamá y mis hermanos, mi familia, la de Bruno, la de Edda. Le aseguré que estaban bien y que, exceptuando algunos estúpidos incidentes, no habían sufrido molestias serias. Le referí también la entrevista de Edda con Hitler. «Está furiosa con los alemanes —-le dije—, porque no les han dejado ir a España.» «Hubiera sido

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mucho mejor elegir otro camino —respondió—. Los alemanes difícilmente perdonarán a Galeazzo su actitud antialemana.»

Le puse al comente de muchos acontecimientos que habían ocurrido en Italia; otros, para no hacerle sufrir demasiado, preferí ocultárselos. Le dolieron muchas cosas: la entrega de la marina en Malta, de aquella marina que «él había hecho potente hasta el máximo, convirtiéndola en una de las más aguerridas y poderosas flotas del mundo, con marineros heroicos y oficiales elegidos». Yo dije: «Todos esperaban que se hundiera ella misma, como los alemanes hicieron en Scapa-flow o los franceses en Tolón.» Me dijo: «¿Sabes lo que dijo Góring a Cavallero una vez? ¡ No hay que fiarse nunca de las marinas de «todos los países!» Sonriendo para atenuar el áspero juicio del mariscal alemán, dijo: «Es la opinión de un aviador, y ya sabes que en ningún país existe mucha simpatía entre las dos armas.»

Le conté nuestras transmisiones y el éxito que habían obtenido: habían conseguido adhesiones no sólo en Italia, sino en lejanos países, como el Japón. Muchas formaciones italianas habían permanecido fieles a la alianza y continuaban combatiendo al lado de los camaradas alemanes. En cuanto a Salerno, la lucha era dura y con un poco de suerte la cabeza de puente «aliada» podía ser circunscrita o incluso eliminada. En Rusia, después de la caída de Jarkov, había sobrevenido una pausa y no se desesperaba de parar el frente.

Di a leer a mi padre un periódico italiano de agosto. Lo leyó desde la primera hasta la última línea: puñados de fango habían sido lanzados a manos llenas sobre él, su familia, los fascistas, su obra de veinte años de Gobierno... «Creía que sólo había hienas y chacales en abundancia en África, pero no que hubieran desembarcado con los angloamericanos en Italia. ¿Es posible que esto se escriba en Italia? ¿Hay gente que crea estas mentiras?» Y mientras se hacía estas preguntas, era patente que sabía que la respuesta era afirmativa. Escuchaba la voz, a veces dura, siempre profundamente triste, pero tranquila de mi padre; se había sentado en su extraña posición, buscando un alivio a su dolor de estómago. Había adelgazado por lo menos diez kilos, pero su sufrimiento no era sólo físico. Trataba de volver a entrar en un mundo del que había sido improvisadamente arrancado, de comprender la situación creada después del 25 de julio y el 8 de septiembre, de juzgar hombres y acontecimientos bajo un aspecto completamente nuevo, de recuperar los hilos de un razonamiento que desde la infancia le había ocupado día y noche, de examinar qué es lo que quedaba en pie de la Italia que había construido y gobernado durante veinte años.

«Querían entregarme a los ingleses. Badoglio había dado orden a mis guardianes de matarme en caso de fuga. Pero los «aliados» no me hubieran tenido vivo en sus manos, de cualquier modo que hubieran ido las cosas.»

Me interesaba saber lo que pensaba el Führer de la marcha de la guerra y se lo pregunté. «Por el camino me ha hecho un breve examen de la actual situación política y militar: es crítica, pero no desesperada. En el plano político, aunque a mi parecer es tarde, se podría jugar todavía cartas decisivas; pero el Führer se apoya más sobre sus soldados y sus medios: la industria alemana está todavía en condiciones de producir medios mecanizados y armamentos en cantidad. La marina tendrá nuevos sumergibles «de bolsillo» y la aviación, aviones de último modelo para la defensa de las fábricas y de las ciudades, hoy sometidas a bombardeos de indescriptible violencia.»

No me dijo mucho de sus proyectos futuros, pero estaba claro que para él la guerra continuaba, con el aliado preelegido y contra el enemigo de siempre.

Al día siguiente recibió a los fascistas y fueron encuentros conmovedores, incluso el de Farinacci, al que los alemanes trataban con muchas reservas. Siempre quedaba la sospecha de traición y era cuestión de saber no sólo quién había traicionado a la idea y al aliado, sino el grado de culpabilidad de cada uno. No era un misterio que muchos acusaban hasta a mi padre, especialmente por la excesiva debilidad y bondad con que había tratado en aquellos años a los políticos, militares, industriales, prelados, dirigentes sindicales, periodistas, etc. Más tarde, cuando nos quedamos solos, mi padre pidió y obtuvo comunicación telefónica con nuestros representantes en el extranjero con los que se podía comunicar: Madrid, Paolucci de Calboli Barone, un fiel y casi un íntimo de casa: «No se consideraba libre del juramento a la Corona, la guerra estaba perdida, había que respetar el armisticio...» Bucarest, Bova-Scoppa: «¿Quién habla? ¿Mussolini? Imposible, está prisionero... No oigo bien...» Berna, Magistrati, cuñado de Ciano: «La guerra ha terminado, está perdida. ¿Pero es el propio Mussolini el que habla? ¿Desde dónde?...» Budapest, Anfuso: «Sí, Duce, reconozco vuestra voz y estoy a vuestra disposición, como siempre, y conmigo muchos de la Embajada y del Consulado. Trataré de llegar ahí lo más pronto posible...»

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Mi padre le agradeció cordialmente y con afecto: las respuestas negativas de los otros tres embajadores le habían amargado profundamente.

Tuvo otra entrevista con el Führer. Me dijo luego:

«No hay otra alternativa: hay que salvar a Italia de peores desastres. La guerra no se puede todavía declarar perdida para el Eje. Badoglio, desde Radio Bari, incita a los italianos a dedicarse a la guerrilla contra los alemanes, mientras prepara un ejército de liberación. De pronto se le han despertado los furores bélicos que hasta aquí había hábilmente ocultado. Puedes imaginarte cómo se defenderán las tropas germánicas de estos ataques. Badoglio... Cree que gana mérito ante los «aliados» y no sabe que puede desencadenar una guerra civil. Se ganará el desprecio de todo el mundo.»

Se puso luego a la mesa y escribió la proclama para transmitir por radio, con las cinco primeras órdenes del Régimen, en las que se anunciaba que «el Duce volvía a tomar la suprema dirección del fascismo en Italia, que el partido se reconstituía bajo emblemas republicanos, que Alessandro Pavolini era nombrado secretario provisional del P. F. R. y Renato Ricci encargado de reconstituir la M. V. S. N.»

«Partiremos para Mónaco lo más pronto posible. Allí encontraremos a muchos fascistas que han sido liberados del Fuerte Boccea el 8 de septiembre, antes de que terminaran con el pobre Muti. No sé si formaré un Gobierno propiamente dicho, pero de todas formas nunca en el extranjero.» «¿Volveremos a Roma?», le pregunté; pero no obtuve respuesta. Fuertes razones, desconocidas en parte para mí, empujaban a mi padre para volver a tomar el mando de las supervivientes fuerzas político-militares italianas fieles a él y, por consiguiente, al Eje, en una situación tan desesperada como la presente. Como hijo, me arrepiento de no haber obstaculizado de ninguna forma el proyecto de mi padre: aduciendo como excusa su salud, podía, con el consentimiento amigo de Hitler, retirarse a una bella quinta en Baviera o directamente irse a España y acabar sus días escribiendo, si hubiera querido, sus Memorias, acaso tan interesantes y bien pagadas como las de Churehill. Pero estaba convencido, como él, de que para el honor de nuestro país era necesario continuar la lucha al lado del aliado, hasta el final, fuese malo o bueno. Al día siguiente, hablando a algunos fascistas, mi padre fué explícito: «Italia debe volver al combate, su honor lo exige. Además hay necesidad de un pararrayos contra la ira alemana y el caos interno. Como tantas otras veces a lo largo de los siglos, ejércitos de todas las naciones y razas combaten en nuestro territorio, sin piedad ni consideración para nadie. ¿Nos quedaremos en la ventana mirando cómo incendian la casa? Hitler me deja a mí la decisión, pero me ha hecho comprender claramente que el pueblo alemán, que soporta privaciones de todo género y afronta sacrificios inenarrables, no tolera una actitud débil de las fuerzas alemanas hacia la Italia de Badoglio, en este momento crucial de la guerra. Es inútil pensar en los errores políticos y militares cometidos por el Eje: la no realizada invasión de Inglaterra, el doble frente, la equivocada táctica con las poblaciones «liberadas», la neutralidad de España, el África francés, libre, Malta, Egipto... Muchos de estos errores no son imputables a nosotros.»

Pensaba en mi hermano Bruno, caído cuando los ejércitos del Eje triunfaban en todos los frentes, en los cielos, en los mares... y le envidiaba.

«Me acusan de haber entrado en la guerra antes de lo previsto, como si la historia pudiera elegir horarios e itinerarios. Nuestro honor, el prestigio de Italia, tan fatigosamente constituido por mí, defendido, engrandecido, a veces inventado, día a día, se ha derrumbado. Hemos vuelto a Caporetto, somos los italianos de la mandolina. El Estado Mayor alemán es, evidentemente, contrario a un regreso mío a Italia: no quiere más zancadillas en los pies y desconfía de todos. Sólo mi persona está fuera de toda sospecha y puede ser de utilidad, hoy, para los italianos.»

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Ilustración 11. Mi madre me lee la carta que mi padre le envió desde La Magdalena, el 19 de agosto

de 1943.

Ilustración 12. Rocca delle Caminate: estado en que se encuentra el estudio de mi padre

Evitaba en aquellos días expresar juicios sobre el pueblo italiano: no se hacía ilusiones, ni hablaba de desquite, de venganza o deseo de poder: pensaba lograr evitar en parte las responsabilidades del armisticio indecoroso del 8 de septiembre y mitigar con su autoridad la dura y despiadada ley de guerra que se aplica a los traidores y a los vencidos. Palabras de fuego tenía para los almirantes que no habían defendido Pantelleria y Augusta.

«¡ Pantelleria debía ser nuestro Alcázar!» En los primeros días de junio el almirante Pavesi rechazó por dos veces la intimidación para que se rindiera. Grande fué nuestra alegría, inmensa la expectativa de los italianos, que sabían que la isla estaba fortificadísima, con instalaciones de defensa excelentes y preparadas desde hacía años. ¡A las veinticuatro horas, el comandante de la plaza pedía rendirse y se rendía! ¿Cuáles habían sido las pérdidas que justificaban la rendición? Tres civiles, treinta y cinco militares, un centenar de heridos. Agua había, armas también. Los ingleses desembarcaron tranquilamente, sin pérdidas. ¿Y el almirante Leonardi? ¡ Tendrá que justificarse de no haber defendido la plaza fuerte de Augusta! ¡Veinticuatro horas antes de la llegada

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de los ingleses ya había hecho saltar a los cañones! Los italianos deben saber la verdad, aunque sea amarga.»

Le escuchábamos en silencio y muchos estaban sorprendidos de enterarse de cosas que no sabían. Mi padre prefirió cambiar de tema: «Alemania no está todavía batida. El Führer me ha asegurado que en breve plazo la Wehrmacht tendrá a su disposición armas modernísimas capaces de cambiar la suerte de la guerra. De cualquier modo, aunque exista una sola posibilidad de que Alemania venza, sin mi intervención y mi presencia serán con Italia más inexorables e intransigentes. Los alemanes son amigos difíciles y enemigos peligrosos. Ya los ambientes ultranacionalistas hablan del Alto Adigio, Trieste, la frontera hasta Ala y otras pretensiones de orden militar y económico. Si inundan Italia de «marcos de ocupación» será el hambre para el pueblo italiano y la ruina de nuestra economía. Mi presencia en Italia será decisiva, especialmente si demostramos con los hechos que no es el pueblo quien ha traicionado, sino sólo una camarilla de políticos y militares, de cortesanos e intelectuales comunistas, seducidos por la hábil propaganda adversaria. La paz, en fin, dependerá de la inteligencia de los vencedores, más que de nuestra derrota o de la suya.»

Mi padre hablaba con firmeza y decisión, como si nada hubiera cambiado desde el 25 de julio; pero no sé hasta qué punto estaba convencido del éxito de la empresa que se disponía a emprender, si no la más difícil, ciertamente sí la más dolorosa: muchas decisiones eran todavía inciertas, existían pocas informaciones directas sobre la situación creada en Italia después del 8 de septiembre; quedaban todavía dudas sobre el alcance efectivo de la voluntad alemana de dejar formar un Gobierno italiano, patentes desconfianzas en el ambiente alemán y también en el italiano respecto a él; sabía que ya no era el «Duce» de los italianos y no creía que hubiera mucha gente dispuesta a seguirle en la dura lucha que esperaba después de la ola de insultos que se había desencadenado contra su persona, sus colaboradores y el Régimen durante los cuarenta y cinco días de «libertad» badogliana; pero de una cosa estaba convencido: sólo él podía evitar al pueblo italiano desgracias ulteriores, si no le abandonaba a su destino.

«Nada de servilismo, ningún Gobierno fantasma: si es necesario, sólo soldados y yo a su cabeza. Alemania encontraría desde luego personas dispuestas a crear un Gobierno fantoche, incluso de buena fe, pero inclinado ante su voluntad. Nosotros colaboraremos leal-mente como hemos hecho hasta ahora. El antifascismo internacional y nacional no duda en desencadenar una guerra civil y desgraciadamente sabemos con cuánto gusto los italianos se matan entre sí. El enemigo es uno solo, aquel contra el cual hemos combatido durante tres años desde Rusia hasta África en una durísima guerra, la guerra más justa que Italia pueda hacer. Hitler da su apoyo, pero no sé hasta qué punto podrá sostenerme ante la desconfianza de Goebbels, Ribbentrop, Rosenberg y la resistencia de muchos miembros del Estado Mayor de la Wehrmacht.»

No había mucho entusiasmo en su voz, pero el tono era decidido. Pavolini preguntó: «¿Y la monarquía? ¿Cómo debemos comportarnos con la Casa Saboya?»

Era un punto evidentemente doloroso y no era, desde luego, la primera vez que mi padre le había hecho frente. «¿Monarquía? ¿República? Es lógico que para evitar cualquier sospecha de doble juego en el Mando alemán se inclinen hacia la república. ¿El soberano? En 1922 el fascismo llegado a Roma podía exilarle; no lo hizo porque representaba la materialización de la continuidad histórica de la nación y era, a mi parecer, un deber maravilloso, especialmente respecto a los combatientes de la guerra del 14. Luego nos dio muestras indudables de su favor, incluso en la época del penoso crimen de Matteotti. Entonces dijo: «Mussolini me es fiel y no es responsable de cuanto ha sucedido.» Después aceptó todos los honores que le di, corona e imperios. Sus últimas palabras en villa Saboya, antes de mi detención, fueron: «Si sólo le quedara un amigo, yo sería ése.» He creído durante veinte años, en su palabra de hombre y de soberano, y jamás hubo jefe de Gobierno más devoto que yo. Pero en los últimos años estaba cansado, huraño, envidioso y, sobre todo, mal aconsejado. Pequeño de estatura, se hizo también pequeño de espíritu. Vayan como vayan las cosas, su destino y el de su linaje no será, desde luego, más feliz que el mío.»

El mismo día tuvo otra larga y cordial entrevista con el Führer y sus más cercanos colaboradores. Partimos, pues, para Mónaco de Baviera. Durante el vuelo escribió el final del discurso dirigido al pueblo italiano, que luego pronunció por la emisora de Mónaco. Su voz era cansada, pero también siempre inconfundible, aunque muchos creyeron en un hábil truco de los propangandistas de Goebbels. Los postulados eran: volver a tomar las armas al lado de Alemania y del Japón; reorganizar las fuerzas armadas en torno a la milicia, eliminar a los traidores, aniquilar las plutocracias parásitas y hacer del trabajo el objeto de la economía y la base inquebrantable del

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Estado. Un Estado unido en el aspecto político, descentralizado en el administrativo, con un pronunciadísimo contenido social, es decir, para establecer el puesto, la función, la responsabilidad del trabajo en una sociedad nacional verdaderamente democrática y moderna.

Pavolini y Ricci fueron enviados a Roma para formar el nuevo Gobierno y las primeras fuerzas armadas de la República. Comenzaron las primeras hábiles maniobras para el nombramiento de los miembros del Gobierno, y me pareció extraño que en semejante ocasión hubiera también tanta gente que, aunque de buena fe, deseara ser ministro, sabiendo que el fusilamiento era muy probable...

Allí encontré a mi madre y a mis hermanos Romano y Anna María, llegados en avión desde Rimini después del exilio de la Rocca delle Camínate. Grande fué la felicidad por volvernos a ver con buena salud, después de tantas vicisitudes, ciertamente no felices. Mi familia llegaría de allí a pocos días y también ellos estaban bien. (No los vi en seguida porque partí para Roma dos días después.)

Vinieron también Edda y Galeazzo. Mi hermana estaba nerviosa y no tenía consideraciones para nadie: confiaba en la autoridad de mi padre para obtener de los alemanes el mantenimiento de la palabra dada por Dolmann. Galeazzo, más tranquilo, después de haber soportado las furias de mi madre, a la que las penalidades que le habían hecho sufrir en los cuarenta y cinco días (ves, cuestor Polito), lógicamente la habían indignado todavía más, la dejaba desahogarse. Durante la comida, Galeazzo, que ya había hablado en privado con mi padre, se sentó junto a él, conversando, si no precisamente de modo afable, sí sin ninguna sombra de enemistad o rencor. Algunos funcionarios alemanes no escondieron su estupor, pero mi padre había garantizado al Führer que el conde Ciano había tenido una actitud correcta respecto a él y que sólo a los italianos les estaba permitido juzgar la obra de los disidentes del 25 de julio. Ciertamente era una tentativa para no dejarle en manos alemanas, dado que Galeazzo había exteriorizado su vivo deseo de regresar a Italia. Después de comer tuve un breve coloquio con mi cuñado y la primera cosa que le aconsejé fué que no regresara a Italia. Si la estancia en Alemania era poco saludable para él, virtualmente prisionero, en Italia ya estaba creado y en efervescencia el ambiente fascista y antifascista, en este punto de acuerdo, para llevarle ante un tribunal popular y revolucionario, cuya condena no sería, desde luego, blanda. Pero Galeazzo no creía ser tan odiado en aquel momento, acaso más que mi padre, que al menos podía contar con el apoyo y la protección de los amplios sectores del pueblo que seguían siendo fascistas o por lo menos indiferentes a su destino. Me dijo: «Aquí no puedo quedarme, me eliminarán de seguro. Puedo volver a ocupar en Italia mi puesto en la aviación.» Había estado durante el último año en Roma con mucha frecuencia cerca de él y había comprobado la falsedad de muchas cosas y chismes que se decían a cuenta suya y de su capacidad e inteligencia; le estimaba y le quería, pero me dolía verle tan fuera de la realidad. Dije: «No será posible evitarte un proceso, la cárcel, una dura condena. Están todos furiosos contra ti, más que contra los otros jerarcas y ministros. ¿Cómo no habéis comprendido que la sesión del Gran Consejo sería el fin para todos...?» «No era posible continuar la guerra; había que hacer la paz. Con tu padre en el Gobierno los aliados no tratarían, aunque lo pidiera él. Te aseguro, por lo menos en lo que a mí respecta, que sólo se pretendía alejar la responsabilidad de tu padre, conferir plenas prerrogativas al soberano, formar un Gobierno que diese a los «aliados» las garantías de que Italia estaba en todos los sectores dispuesta a salir del conflicto...» No pude evitar el decirle: «Os olvidasteis de que estaban también los alemanes en Italia y de que el rey tenía ideas muy distintas sobre el asunto. El resultado está a la vista: ¡tú estás en Alemania y Grandi en Portugal, y en el Gobierno está Badoglio y una camarilla de antifascistas que quieren vuestra piel! E Italia está hoy transformada en un campo de batalla para los ejércitos de todo el mundo.»

Galeazzo parecía convencido de haber cometido sólo una imperdonable ligereza. Pero insistía en considerar más segura una prisión italiana que una quinta en Baviera. Creo que contaba también con amistades bien situadas en varios sectores de la vida nacional e internacional y con un rápido final de la guerra en Italia. Por otra parte, nadie creía que se llegaría al fatal pelotón de ejecución de Verona. No sabía que en el mundo no había un solo amigo dispuesto a arriesgarse hasta el final por él... Sólo su mujer, Edda, siempre generosa, lucharía hasta lo último por su salvación. Lo pensaba un mes después, cuando, ya estando Galeazzo encarcelado en Verona y acusado de alta traición, logré llevar a Italia a sus tres hijos, no sin haber tenido antes que batallar duramente con las autoridades alemanas de la Policía y del Ministerio de Asuntos Exteriores para obtener el permiso de llevármelos: «¿No estaban acaso bien en Alemania? ¿Acaso no estaban bien alojados en Hirschberg junto con los otros miembros de la familia Mussolini? ¿No era más prudente dejarlos lejos del frente de batalla y de los bombardeos aéreos?» Golpeaba contra un muro, pero

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Edda me había encargado que los llevara a Italia (más tarde los haría pasar clandestinamente a Suiza) y para mí era un sagrado deber en el que utilicé todas las armas a mi disposición para cumplirlo. Recuerdo que, en coche, crucé por Bolzano pocos instantes después de un violento bombardeo aéreo: los tres niños estaban con los ojos abiertos en las ventanillas y yo evitaba los agujeros de las bombas y las calles con los edificios presa de las llamas. Como Dios quiso llegamos a Gargnano, y en villa Feltrinelli entregué a mi hermana, sanos y salvos, a sus hijos. A pesar de que en aquellos días no fuéramos de la misma opinión y siguiéramos caminos opuestos, me sentía feliz de haber podido ser útil a Edda: nos queremos mucho y les deseo a todos que tengan hermanas tan buenas, leales y generosas. La lucha por salvar a su marido, ahora que ya no tenía a los niños en rehén de los alemanes, estaba en curso. Ningún arma estaba excluida, incluso la más absurda y terrible. La atmósfera en torno a la cárcel de Verona se hizo cada vez más hosca y trágica, hasta la muerte, inevitable, en el aire tan saturado de odio de aquel invierno de 1943. El destino, como siempre, era más fuerte que cualquier voluntad.

Rahn y Rommel fueron claramente contrarios a que el nuevo Gobierno italiano se instalara en Roma, declarada ciudad abierta. A disgusto, mi padre aceptó. En Salerno, los americanos mantenían su cabeza de puente y no eran improbables otros desembarcos «aliados» al sur o al norte de la capital. El yerno del rey fugitivo, Calvi di Bergolo, era el comandante de la ciudad abierta. La población se había mantenido tranquila y no había respondido a las llamadas de los partidos antifascistas, que la habían incitado a la lucha contra los alemanes, contra los cuales se puede decir que no había sido intentada ni siquiera la menor resistencia. De las cárceles habían salido ya millares de fascistas y, aprovechándose de la confusión, muchísimos presos comunes y delincuentes. Mientras en Mónaco mi padre recibía a los primeros jerarcas fascistas liberados del Fuerte Boccea, fui por él encargado de ir a Roma para trasladar a la nueva sede del Gobierno, aún indecisa, su secretaría particular y los archivos del palacio Venecia. El 18 de septiembre aterrizaba en el aeropuerto de Guidonia, abandonado, saqueado y sin aviones: ¿dónde había ido a parar mi Macchi 205?

Al atardecer, mientras el sol se ponía, fui al Pincio y me asomé a la balaustrada: Roma, como siempre, vivía eternamente despreocupada de quién llega, de quién está, en espera de quién viene.

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X. MI PADRE REHUSA SALVARSE VI por última vez a mi padre, a solas, el mediodía del 25 de abril de 1945, en el despacho que

ocupaba desde hacía pocos días en la Prefectura de Milán.

En aquellos últimos meses su salud era excelente, completamente transformado por aquel próximo y, sin embargo, tan lejano día de septiembre en que le abrace, después de su liberación del Gran Sasso, en territorio alemán. Los constantes cuidados del doctor Zachariae, un viejo y simpático médico alemán enviado personalmente por Hitler, habían obtenido aquel éxito que a otros médicos les había sido imposible, incluso en mejores tiempos; física e intelectualmente, mi padre había vuelto a ser el hombre voluntarioso de 1939. Pero su energía estaba dirigida solamente a la defensa de los intereses morales y materiales del pueblo italiano, contra los abusos y los golpes que los «aliados» y alemanes cometían y daban en el territorio italiano, inmenso campo de batalla. Por sí mismo no tenía ninguna preocupación, y en aquellos seiscientos días de heroica, pero penosa vida en el lago de Garda, mientras todo se derrumbaba en torno a sí, le encontré siempre dispuesto a ayudar a todos aquellos que a él se dirigieran, fueran amigos o enemigos, pero decididamente reacio a tomar decisiones para un eventual plan destinado a ponerle a salvo.

Desde algún tiempo habitaba en Milán, junto con algunos amigos que, como yo, pensaban que la ciudad lombarda sería la última etapa de nuestro largo peregrinar. Desde el estallido de la guerra, mi vida había asumido un aspecto de continuo deambular de gitano, de todas formas no carente de encanto.

En una primera y rápida entrevista, sostenida con mi padre por la mañana, me había parecido que tampoco él descartaba tal eventualidad; Milán había sido la ciudad natal del fascismo, podía ser dignamente también su tumba, si así lo decidían los acontecimientos inminentes. Las tropas de Alexander habían ya pasado el Po por bastantes puntos de su valle y en pocos días, acaso en pocas horas, llegarían a las puertas de la ciudad. La situación militar era gravísima y además, frente a las noticias del avance «aliado», la dispersión, la confusión entre las fuerzas de la República Social y sus organismos políticos había comenzado, y las noticias catastróficas de todas clases, hábilmente hechas circular por el C. L. N., y creídas, ampliadas y difundidas. Mientras se trataba de llegar a una solución política interna, el proyecto de trasladarse a la Valtellina, como último baluarte de la R. S. I., bullía aún en las antesalas y despachos de la Prefectura; Alessandro Pavolini lo sostenía enérgicamente junto con otros jerarcas, afirmando que en las próximas horas se concentrarían algunas decenas de millares de hombres en la zona de Como para proseguir hacia la Valtellina, en unión con los reductos alemanes de las estribaciones bávaras de los Alpes. Pero su realización práctica era considerada por los más una utopía, como máximo una prolongación de una situación política y militar insostenible, no tanto por las fuerzas de los guerrilleros de los C. L. N., fácilmente controlables si las tropas fascistas permanecieran unidas y concordes, como por el avance incontenible de los tanques americanos, contra los cuales no había heroísmo que valiera. Se estaba ya en el último acto y cada cual se preparaba a declamarlo como mejor sabía, sin pensar que fueran los demás los que dieran el compás.

Mi padre continuaba su trabajo de siempre, como si no fuera el último día de su fatiga de más de veinte años. Recibía a sus más próximos colaboradores y a muchas personas que, sabiéndole en Milán, aprovechaban la ocasión para saludarle.

Cambié pocas palabras con mi padre, la mayor parte referentes a cuestiones de familia, que me rogó resolviera, dado que él no podía pensar ya en ello. Luego me dijo: «Bassi me ha dicho que el padre Corbella le ha advertido que a las dos de la «tarde tendrá comienzo la insurrección de las fuerzas guerrilleras. Si nos quedamos en Milán seremos atacados y tendremos que defendernos hasta el final. Mientras tanto, el enemigo avanza velozmente y parece que ya está en Piacenza.»

Fui a comer a casa de unos amigos y hacia las tres regresé a la Prefectura; encontré una atmósfera completamente distinta. El gravísimo oleaje que atravesábamos alteraba ya los ánimos y el no tener a mano una solución aceptada por todos creaba una excitación poco oportuna en un momento como aquél. Las voces más pesimistas circulaban con inconsciencia e insistencia, y, por consiguiente, al ver salir del despacho de mi padre al mariscal Graziani, aproveché para entrar solo. Como primera cosa, apenas me senté ante la escribanía de mi padre, y puesto que no había visto sino a unos pocos alemanes en el patio, en los salones de la Prefectura y también por las calles de Milán, pregunté: «¿Dónde se han metido los alemanes? Hay muy pocos por Milán y a Rahn y Wolff

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no se les encuentra.» Mi padre levantó los ojos de un mapa geográfico que tenía desplegado delante y me sonrió: «Hace rato que no los veo, después de haberlos tenido delante durante dos años, y quién sabe si los volveremos a ver.» «Me parece grave —respondí con juvenil ímpetu—. ¿Qué haremos para movernos sin su colaboración?» «En efecto, estamos aislados en este palacio; salir de él es extremadamente difícil; en Sesto San Giovanni los obreros han ocupado las fábricas, los guerrilleros afluyen a la ciudad. Menos mal que hemos logrado convencer a los alemanes de que no hagan volar las centrales eléctricas y telefónicas..J> «Tengo curiosidad por saber quién te lo agradecerá», le interrumpí bruscamente. Pensaba que debían haberle dado noticias inexactas o por lo menos exageradas; evidentemente, gente interesada en arrancarle una decisión veía la situación todavía más desesperada de lo que era. Obra de desmoralización, de dispersión y de pánico. Mi padre estaba tranquilo, sereno; pero tuve la impresión de que estaba esperando «algo» antes de lanzarse de nuevo a la acción. Me animé y le hablé de un proyecto que hasta entonces había callado: «Papá, ayer he estado hablando con el general Bonomi. En el aeropuerto de Ghedi hay todavía algunos S. M. 79 en condiciones de despegar. Podremos alcanzar Alemania, o si prefieres España. Antes de la noche me propongo llevarte hasta Ghedi y partir. Pilotos y bencina los tenemos a disposición, pero no hay que retrasarse porque los angloamericanos pueden llegar a Brescia en pocas horas...»

Mi padre se levantó de pronto de la silla y me dijo rudamente: «Nadie te ha pedido interesarte por mi persona; seguiré mi destino aquí en Italia.»

Estaba seguro de que respondería así, pero sus palabras me helaron la sangre. Ya Renato Ricci y Buffarini-Guidi, que habían hecho una tentativa análoga por la mañana, habían recibido una clara negativa. «Habría que aturdirle con un golpe en la cabeza y llevarle a la fuerza, contra su voluntad.» Esto me dijo Renato Ricci cuando hablamos de la cuestión.

No me dejé intimidar por las duras palabras de mi padre y continué insistiendo, proponiéndole otra solución que no implicaba dejar Italia: «Tengo las llaves de un apartamento de un amigo mío que se ha escapado para Bellagio. Mi automóvil está en el patio, nadie nos verá ni seguirá; la ciudad está todavía tranquila, vengo ahora del barrio Monforte y los tranvías circulan, aunque se habla de una inminente huelga general. Poca gente hay por las calles, las tiendas están cerrando. Podemos salir por la puerta posterior de la Prefectura; te alojarías en el apartamento de mi amigo, no hay nadie, y yo mantendría los contactos con el mundo exterior, apenas se pueda... Las tropas americanas estarán aquí dentro de pocas horas, acaso mañana mismo.»

Me miró afectuosamente, con una punta de ironía en sus ojos. El mío era un plan ingenuo, inconsciente, pero acaso en su simplicidad residía la posibilidad de éxito más que en otros planes más organizados y complicados, como servirse de aviones o sumergibles. Mientras tanto, los minutos, preciosos, pasaban. «Te lo agradezco, Vittorio; pero ¿puedes pensar que iba a dejar a los demás a merced de las represalias de los guerrilleros y de las ofensas morales y físicas del enemigo triunfador?»

«Lo sé, papá; pero los demás, los fieles, los que te han seguido hasta aquí, quieren tu salvación antes que otra cosa. Me han conjurado para que te hablara y te convenciera. En cuanto a la masa de los indecisos, no te preocupes de ellos; no esperan más que tú digas sálvese quien pueda. Cada cual ha pensado ya cómo arreglárselas.» «Es cierto, y por otra parte no pienso hacer que se equivoquen. Pero no pensaba en éstos, pensaba en todos los soldados de las cuatro divisiones de Graziani, en las brigadas negras, en los fascistas que en este momento se retiran defendiendo palmo a palmo el terreno. Con ellos, para ellos, el pacto es indisoluble. Hay que alcanzar la Valtellina para efectuar la última resistencia y desde allí podremos llegar a Alemania. Por otra parte, hay tratados en curso para evitar ulteriores desgracias.»

«No te preocupes ya de los otros... La guerra está acabada, por lo menos en Italia, y Alemania también durará poco. Berlín está sitiado. Y Rahn y Wolff, ¿dónde están?» «Es probable que nos hayan abandonado a nuestro destino.» «¡ Son unos cobardes!», respondí temblando. «Su situación no es desde luego mejor que la nuestra, aunque tengan la ventaja de no estar divididos... No sólo entre los italianos existen los que practican el doble juego. Tú estabas conmigo cuando llegamos al Gran Cuartel General del Führer después del atentado del 20 de julio y te acordarás de cómo se desarrollaron las cosas...»

¡ Cómo no me iba a acordar! Desde la ventanilla del tren asistí al encuentro de mi padre con el Führer. Este estaba más excitado que de costumbre y noté que le dio la mano izquierda a mi padre, mientras el otro brazo le temblaba todavía por el «choque» nervioso. Dijo a mi padre: Duce,

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man hat eben eine Hollenmaschine über mich losgelassen! Y mi padre al principio creyó en una maquinación política y se rió de ello más tarde conmigo. El término «trama infernal» tenía sabor a medievo. Ribbentrop, Himmler, Bormann, Keitel, Doenitz estaban alineados a sus espaldas. Cuando visitamos el cobertizo donde había ocurrido la explosión, nos dimos cuenta, por el cráter, de que sólo un milagro había salvado al jefe de Alemania. Hitler tuvo también un golpe de humor a pesar del nerviosismo general. Dijo a mi padre: «La explosión me ha arrancado las ropas y he salido medio desnudo, y ¡menos mal que no había señoras!» De todas formas, nos dimos cuenta de que la presencia de nuestra comitiva en tan mal momento era causa de sumo embarazo, hasta el punto de que me encontré sentado al lado de Hitler en un salón donde estaba preparada una mesa para el té. Hitler se levantaba continuamente para hablar por teléfono con Goebbels, que estaba dominando la situación creada en la capital. Cuando volvía a la mesa, me murmuraba algunas palabras, que yo no comprendía, y la amabilidad de Hitler hacia mí en aquel momento no tenía ninguna explicación y yo no veía el momento de dejar mi puesto a algún personaje más importante. Naturalmente, los italianos comprendíamos todavía menos que los alemanes lo que había sucedido; nos dimos cuenta de que una conjura mucho más importante que la del 25 de julio en Italia estaba en marcha, pero la pronta acción de represión estaba destinada al éxito. En efecto, pocas horas después los ánimos se habían tranquilizado un tanto, cuando Himmler, llegado ya a Berlín, confirmó que la rebelión había sido sofocada. Los efectos de tal conjura no pudimos juzgarlos entonces; comenté con Anfuso que si el complot hubiera tenido éxito, en vez de tomar el té hubiéramos estado ya detrás de una reja. Mi padre opinó que acaso hubieran pretendido matar dos pájaros de un tiro, si hubiéramos llegado sólo unas horas antes. Hacia la noche mi padre expuso la situación italiana al Führer y obtuvo concesiones importantes, como la transformación de los internados militares en trabajadores libres, la marcha de las divisiones italianas adiestradas en Alemania para Italia y la gracia para cuatro oficiales de la Marina ya condenados a muerte en Francia.

«Claro que me acuerdo bien, papá; pero el hecho de descubrir que en la Wehrmacht también había traidores no nos consoló del todo de nuestras desgracias. De cualquier modo, Wolff y Rahn brillan por su ausencia... Yo diría que permaneciéramos en Milán. Hagamos de la Prefectura nuestra fortaleza y creo que podremos resistir muy bien los ataques de los guerrilleros si se presentan, y cuando lleguen los angloamericanos nos entregamos a ellos...»

«Es posible, pero podría ocurrir que mi presencia y la del Gobierno de la R. S. I. diera lugar a bombardeos aéreos, a combates por las calles, a incendios, a matanzas de gente indefensa. Milán ya ha sufrido demasiado por esta guerra. Y además, tú sabes muy bien que jamás me entregaré vivo a los angloamericanos.»

«¿Entonces?»

«Celia tiene que venir aquí en seguida. El cardenal Schuster está tratando con los jefes del C. L. N. de la alta Italia. También Silvestri se está ocupando activamente de la cosa y de un momento a otro tendremos una respuesta. Yo quisiera que el paso de poderes entre el Gobierno de la R. S. I. y las nuevas autoridades italianas se desarrollara en los términos de la más estricta legalidad y respeto, evitando inútiles derramamientos de sangre hermana; creo que los italianos no dispararán unos contra otros en el momento en que la patria esté completamente ocupada por el enemigo y la guerra acabada. El Gobierno, y este harapo de Gobierno también, no huye. Sólo cuando los poderes hayan pasado a manos de las nuevas autoridades italianas la R. S. I. dejará de existir y cada uno será dueño de hacer lo que quiera, en el ámbito de los acuerdos convenidos.»

Estaba naturalmente al corriente de los tratados en curso, pues yo mismo había entregado ya en marzo personalmente al cardenal Schuster un memorándum con las condiciones básicas para un cambio de poderes en la eventualidad de un próximo fin de las hostilidades en territorio italiano. Las condiciones que se proponían a través del alto prelado al Mando Supremo aliado eran justas, humanas y aceptables por las dos partes, pero desgraciadamente no habían tenido ninguna respuesta. Por lo que se refería a la persona de mi padre, no se había pedido ninguna consideración, mientras que se ponía como condición absoluta para los tratados y la firma del acuerdo el que todos aquellos, militares y civiles, que hubieran «mantenido la fe en los convenios libremente elegidos y se hubieran batido con honor contra el enemigo» no fueran sometidos a detenciones, procesos, sumarios, depuraciones y otras formas de persecución. Se aceptaba, sin embargo, que la Comisión aliada podría denunciar a los tribunales regulares a los culpables de los delitos infamantes no atribuíbles a causas de guerra o a acontecimientos con ella relacionados. Además, el mando aliado se comprometía a impedir que las formaciones guerrilleras llevaran a cabo acciones indiscriminadas y de venganza. Naturalmente, estos tratados se hicieron a escondidas de los alemanes, pero

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quedaba bien claro que entrarían en vigor sólo en el caso de que los acontecimientos bélicos o políticos obligaran a los ejércitos alemanes a replegarse dentro de sus propias fronteras y con el solo objeto de evitar nuevas luchas a las poblaciones de la Italia septentrional. Si tal acuerdo hubiera sido aceptado, muchos trágicos y sangrientos episodios de abril y mayo de 1945 hubieran sido evitados. Pero, evidentemente, interesaba más al cardenal Schuster y a los aliados obtener la rendición de los ejércitos alemanes en Italia, importándoles poco el destino de centenares de millares de italianos que quedarían al alcance de la feroz represalia guerrillera una vez depuestas las armas. En premio, el general Wolff, ya denunciado como «criminal de guerra», logró salvar la vida e igualmente otros jefes alemanes de su clase. Queda para nuestro honor el hecho de que ningún militar o civil de la R. S. I. fué considerado por los aliados «criminal de guerra». Las condenas que con ferocidad se dictaron en el verano de 1945 fueron emitidas por las autoridades italianas de la época bajo el aspecto de «colaboración con el enemigo invasor». (Se entiende por enemigo invasor al alemán y no a los angloamericanos.)

Mi padre me pidió noticias de los diversos familiares y si habían llegado ya a Como. Le dije que sí, que en el lago de Garda no había ya ninguno. «En Como estarán más seguros, y en caso de necesidad creo que Suiza les concederá el derecho de asilo.» «¿Y mis diarios?» «Están donde tú sabes, en seguro y no creo que corran riesgos.» «Otros documentos los tengo aquí conmigo en esta bolsa. De todos modos, creo que sería mejor, para no encontrarnos todos en un solo grupo, que tú te quedaras en Milán...»

En aquel momento fué anunciado el industrial Celia y yo salí del despacho. En la antesala había muchas personas, entre ellas Cario Silvestri, con el que había tenido en los últimos tiempos varias entrevistas. Tenía todavía esperanza de que se pudiera llegar a un acuerdo con el C. L. N. y me hizo leer la carta que había concordado con mi padre, pero que no había tenido ninguna respuesta. Cario Silvestri dirigía el mensaje a los compañeros del ejecutivo del Partido Socialista Italiano de unidad proletaria, diciendo, entre otras cosas: «Benito Mussolini me ha llamado y me ha dictado el 22 de abril de 1945 esta declaración, que me ha autorizado a repetiros: «Puesto que la sucesión está abierta como consecuencia de la invasión angloamericana, Mussolini desea entregar la República Social a los republicanos y no a los monárquicos; la socialización y todo lo demás, a los socialistas y no a los burgueses. De su persona no hace problema. Como contrapartida pide que el éxodo de los fascistas pueda desarrollarse tranquilamente : ni una reacción legal ni una reacción ilegal, que serían contraproducentes. Mussolini pide también: a) garantías para la inmunidad de las familias (mujeres y niños) de los fascistas, y las de los fascistas aislados que quedarán en los lugares donde habitan, con la obligación de entregar las armas en los términos establecidos; b) que no se obstaculice el éxodo de las formaciones regulares fascistas, así como de las alemanas, en un intento para evitar conflictos y desórdenes entre italianos y destrucción de instalaciones por parte de los alemanes y nuevas ruinas y luchas en las ciudades y el campo; c) las formaciones voluntarias fascistas se comprometerían a no asumir iniciativas de acciones contra formaciones italianas o dependientes del. C. L. A. I. o del Gobierno de Roma, estando, sin embargo, decididas a continuar la lucha en Italia o en cualquier otro lugar contra los invasores angloamericanos.»

Era una de tantas líricas, generosas e inconscientes tentativas que en aquellos días se tramaban para evitar nuevas desgracias. La atmósfera era propicia y yo creo que en aquellas horas todos jugaban las propias cartas, aun sin comprender ni un ápice de las desgraciadamente fatales reglas del juego.

Salí de la Prefectura, todavía indeciso sobre qué hacer. ¿Quedarme en Milán? ¿Ir a la Valtellina? Hice una rápida escapada hasta casa, por el paseo del Littorio. Preparé mi maleta, llené de bencina mi Árdea color verde campo (este color «mimético» me había salvado un mediodía de un violento ataque a baja altura de cazas «aliados» en la autopista de Brescia), repasé y cargué mi ametralladora Thompson, que había requisado en Tobruk en 1942 y me volví a la Prefectura. Los tranvías no circulaban ya, las tiendas estaban cerradas, los peatones eran pocos; una plancha de plomo parecía pesar sobre la ciudad. Al llegar al primer piso, un oficial de la guardia me dijo que el Duce no estaba. Preocupado, le pregunté adonde había ido, y me fué respondido: «Al arzobispado, a ver al cardenal Schuster.» La noticia podía ser de buen agüero, pero hacía tiempo que había renunciado a hacer suposiciones optimistas; el destino era ya más fuerte que cualquier decisión humana.

La espera fué enervante. Leía en un periódico de la mañana el mensaje que Hitler había enviado a mi padre el día anterior. «La lucha por el ser o el no ser ha llegado a su punto culminante. Utilizando grandes masas y materiales, el bolchevismo y el judaismo se han empleado a fondo para

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reunir en el territorio sus fuerzas destructivas a fin de precipitar en el caos a nuestro continente. Sin embargo, en su espíritu de tenaz desprecio a la muerte, el pueblo alemán, y cuantos están animados por el mismo sentimiento, se lanzarán al desquite, por dura que sea la lucha, y con su incomparable heroísmo harán mudar el curso de la guerra en este momento histórico en que se deciden los destinos de Europa por los siglos venideros.»

Alguien comentó: «¿Será verdad que Hitler ha dicho «Dios me perdone los últimos cinco minutos de la guerra?» A lo que yo respondí: «¿Pero cuándo se deciden a sacar ese arma secreta que transformará al mundo? ¿Cuando ya estemos todos bajo tierra?» Un ministro dijo: «Hay que resistir algunos meses; todavía hay la esperanza de que los rusos y los angloamericanos se enzarcen cuando lleguen a Berlín.»

¡Las armas secretas! También mi padre había hablado de ellas en su discurso del 16 de diciembre en el Teatro Lírico de Milán, suscitando gran entusiasmo: «Cierto es que la serie de las sorpresas no ha acabado, y que millares de científicos alemanes trabajan día y noche para aumentar el potencial bélico de Alemania.» Era la época en que las V2 habían sustituido a las VI, y la sorpresa en el campo adversario había sido enorme. Volvía a pensar en aquel diciembre, el último que había traído un soplo de esperanza a nuestra bandera: la ofensiva terrestre, en el alto Venne y en el Luxemburgo, había tenido éxito y el I Ejército americano había sido arrollado por el ímpetu de las tropas alemanas. ¡ Y yo había visto durante un terrible bombardeo aéreo de Mónaco entrar en acción veloces aviones con la cruz gamada que no tenían hélices! En el frente de los Apeninos las divisiones italianas al mando de Graziani habían conseguido pequeños, pero significativos éxitos, e igualmente nuestra aviación de caza y aerotorpede-ros, los medios de asalto de la X Mas y las formaciones especiales de fascistas. ¡ Pero la buena esperanza de diciembre había durado pocas semanas!

Una hora después mi padre subía rápidamente las escaleras de la Prefectura, con el rostro oscuro y los signos visibles de una profunda indignación. Reunió a los ministros, a los jerarcas y a los funcionarios presentes y, después de examinar el mapa geográfico que tenía sobre la mesa, dijo con voz emocionada: «Dejamos Milán inmediatamente; destino, Como.» En ese momento nadie encontró nada que decir, aunque muchos de los presentes eran contrarios a dejar Milán. No pude evitar el preguntar: «¿Y los alemanes?» «Ya se han rendido sin la orden de Hitler y desde hace algunos días han convenido las condiciones de la rendición.»

Los que habían participado en la reunión en el Arzobispado ya lo sabían, pero los que nos habíamos quedado en la Prefectura estábamos ignorantes de todo y el estupor se manifestó en los rostros, mirándonos unos a otros incrédulos. Barracu, que estaba cerca de mí, me dijo con voz emocionada: «¡Ha sido una traición ! ¡ Se han tomado la revancha por el 8 de septiembre !» Por los diversos comentarios de los presentes vine a saber que mientras el mariscal Graziani le decía al general Cadorna, representante del C. L. N., que no podía tratar de una rendición independientemente de las tropas alemanas, se había oído decir que el general Wolff, desde el 18 de abril, había aceptado los honrosos términos de la rendición, sin tener en cuenta en absoluto a las fuerzas de la R. S. I. El «fidelísimo» de Hitler había incluso ido a Suiza para tratar con los angloamericanos la rendición de las fuerzas alemanas en Italia. ¡ Wolff, el hombre que durante dos años nos había dado continuas lecciones de fidelidad al régimen nacionalsocialista y a su jefe! Era verdaderamente poco consolador pensar que también en las S. S. se anidaban practicantes del doble juego. Junto a mí, el coronel Jandl, de la Wehrmacht, oficial agregado a mi padre, se había puesto pálido ; murmuró algunas palabras de despedida y se marchó. Como por encanto, el peso del 25 de julio, la vergüenza del 8 de septiembre se deshicieron y sentimos una profunda sensación de libertad. Libres de la alianza con los alemanes podíamos tratar con los angloamericanos para una digna rendición de las fuerzas armadas y civiles de la R. S. I., como nunca antes habíamos intentado porque nos parecía una falta grave a nuestros compromisos con el III Reich. Wolff y sus colegas lo habían ya pensado desde hacía algunos meses y así salvaron la vida. La cadena de la mala fe, de la sospecha, del deshonor, de la traición y de la vileza continuaba.

Mi padre dio rápidamente algunas disposiciones y no quiso escuchar a quien le aconsejaba permanecer en Milán. Estaba de pésimo humor y su cólera iba ya hacia los jefes alemanes en Italia, ya hacia los dirigentes del C. L. N., que se habían mostrado orgullosos durante la entrevista en el Arzobispado. Creo que la decisión de mi padre de no permanecer en Milán, a pesar de que fuera para él y para todos la solución más razonable, había sido provocada por el profundo desengaño por esta trampa de Wolff y Rahn y por no haber logrado llegar a un acuerdo digno con los miembros del C. L. N. sobre la rendición de las fuerzas de la R. S. I. y el cambio de poderes. Hasta el proyecto de

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Silvestri se había convertido en humo. «Piensa—me dijo Zerbino—que están tan engreídos de ellos mismos que hablan como si el C. L. N. hubiera vencido la guerra. Tan seguros estaban, que en el acuerdo con los alemanes se prevé también que éstos desarmarían si fuera necesario a las brigadas negras. Y han aceptado que los alemanes se rindan al cardenal Schuster, porque el honor militar germánico impedía reconocer la autoridad del general Cadorna. La Historia juzgará quiénes son los patriotas.»

Mientras se cruzaban los comentarios más encendidos y diversos y las hipótesis más discordes, pensaba en lo que siempre había dicho mi padre, cuando podía ser probable su captura por parte de los angloamericanos: «Una sola cosa quiero evitar en absoluto: caer vivo en manos del enemigo. Sería sometido a humillaciones imposibles de soportar, a un proceso escandaloso, a tener que defenderme delante de jueces a los que no reconozco autoridad para juzgar mi comportamiento en paz y en guerra. Los italianos, por expresa orden mía y por nuestra índole misma, hemos combatido sin crueldad en el frente de batalla, en los cielos y en los mares; los prisioneros han sido tratados según las leyes internacionales y humanas; las poblaciones de los países ocupados, ayudadas, salvadas del hambre y protegidas; jamás en mi interior he albergado sentimientos de odio o deseo de venganza. En Italia no hay un «criminal de guerra». En cuanto a mis veinte años de gobierno sólo el pueblo italiano tiene derecho a juzgarlos, una vez disipados los humos de la propaganda enemiga y la angustia de la hora presente. Si creen que pueden ponerme en la picota como a una bestia feroz en la Torre de Londres o en una jaula en el Madison Square Garden, se equivocan; ¡jamás he temido a la muerte, y en este punto de mi existencia la muerte se ha convertido en descanso!»

Me cogió luego aparte para darme algunas disposiciones referentes a la familia. Volví a proponerle que pensara en su salvación, pero todo esfuerzo mío fué vano. «Tú quédate en Milán, con Pisenti y con Bassi. Ya cada cual es libre de elegir su camino. También a los demás les diré lo mismo; preferiría estar solo, sin comprometer más a quien ha estado junto a mí hasta hoy: sólo yo soy el macho cabrío expiatorio.» «¿Partes en seguida para Como?» «Sí, antes de que las carreteras se hagan inseguras. En Como se concentrarán las fuerzas fascistas y proseguirán por la Valtellina. Mañana, si puedes, telefonea a Como; me encontrarás en la Prefectura.»

Me abrazó como si no fuera a volverme a ver, y en efecto, así fué. Rápidamente descendí las escaleras y por la ventana que daba al patio le vi subir a su coche, con Nicola Bombacci al lado. Poco antes había tenido con Bombacci una amena conversación: viéndole con una maletita en la mano, le pregunté: «¿Lo llevas todo aquí?» «¿Y de qué otra cosa hay necesidad? —me contestó sonriendo—. Soy experto en estas cosas; estaba en el estudio de Lenin en Petroburgo cuando las tropas blancas de Judenic avanzaban sobre la ciudad y nos preparábamos a abandonarla, como estamos haciendo ahora...» Pensé en el destino de este hombre, un verdadero apóstol del proletariado, un tiempo enemigo acérrimo del fascismo y ahora al lado de mi padre, sin ningún cargo ni prebenda, fiel a dos jefes diversos hasta la muerte. Su calma me sirvió de consuelo, mientras en torno a mí muchos tenían en el rostro claramente legible la señal de la indecisión y, ¿por qué no?, del miedo. En aquel momento decidí que me era imposible quedarme en Milán y obedecer la orden de mi padre. Bajé al patio, junto con Orio Ruberti, y puse en marcha mi pequeño Árdea.

La columna principal había partido hacía ya algunos minutos, cuando salí del portal de la Prefectura mientras caía la noche. En torno a nosotros, Milán, silenciosa, parecía consciente del dramático momento que vivía. Ningún guerrillero, de allí a pocas horas tan numerosos, osó la mínima acción de molestia, acaso aplicando el dicho de que «a enemigo que huye, puente de plata».

A lo largo de la autopista, mientras trataba de alcanzar la columna, descubrí a una decena de kilómetros de Milán el camioncito de la secretaría particular de mi padre, detenido bajo un puente, con la capota del motor levantada. Hice señas al conductor, a cuyo lado había una mujer, de si necesitaba ayuda, pero con la mano me dijo que continuara la marcha. No debía de ser una avería grave; sin embargo, a partir de aquel momento no se supo ya nada del camioncito Fiat y a Como no llegó jamás ni se supo de su suerte, o por lo menos nada se sabe hasta ahora del destino de la mayor parte de los documentos y legajos de importancia, recogidos y conservados en los archivos de la Secretaría, en veinte años de gobierno, que desaparecieron aquella noche.

Hacia las nueve llegué a la Prefectura de Como. Muchos automóviles impedían el acceso al patio; mi padre había llegado hacía unos veinte minutos y había tomado alojamiento en el apartamento del prefecto Celio. En vista de la confusión decidí ir a comer un bocado y descansar en una pequeña quinta donde, desde hacía algunas semanas, habitaba mi familia. Me acompañaron

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mis primos Vito y Vanni y algunos amigos. Pasamos la velada haciendo suposiciones sobre el poco alegre futuro y tomando medidas de seguridad para nuestros familiares. El secretario particular de mi padre, Gatti, tenía mi número de teléfono, y en caso de que hubiera habido alguna novedad de importancia tenía la orden de llamarme. También mi madre y mis hermanos estaban en Como y me prometí irlos a ver al día siguiente, seguro de que de Como no nos moveríamos ya. La noche pasó tranquila, al menos exteriormente.

Hacia las ocho de la mañana telefoneo a la Prefectura para saber las novedades. Con gran estupor por mi parte me es comunicado que mi padre, con otros pocos, había dejado rápidamente a las cuatro de la noche la Prefectura dirigiéndose hacia el alto lago. Imprequé: «¿Por qué no nos ha advertido usted?» «Ha ordenado personalmente que no advirtiera a ninguno de sus familiares, que deben quedar en Como en espera de órdenes. En cuanto a usted, le creía en Milán.»

¡Todavía en movimiento! ¿Quién diablos había aconsejado a mi padre alejarse de Como, ciudad tranquila y adonde durante la noche habían afluido fuerzas fascistas suficientes para resistir a los eventuales ataque de los guerrilleros? Fui inmediatamente a la Prefectura, y como justificación de la marcha de mi padre se me dijo que una radio clandestina había dicho que Como, hasta ahora nunca bombardeada, sería objeto de un feroz ataque aéreo si el Gobierno de la R. S. I. se quedaba en la ciudad. Era, pues, preferible trasladarse a alguna quinta a orillas del lago, en espera de una fuerte columna de fascistas que debía guiar Pavolini. Me parecieron hábiles noticias de la propaganda enemiga, destinadas a abatir nuestra moral, ya tan duramente sometida a prueba. El prefecto Celio me dijo que la decisión había sido tomada después de haber examinado la situación militar, y que era mejor, aun manteniendo Como como base de reunión de las fuerzas supervivientes, alcanzar Menaggio y esperar allí al grueso de la columna, teniendo el flanco protegido por el lago. Reunidas las fuerzas, se proseguiría por la Valtel-lina. Me quedé desconcertado y no pude hacer otra cosa que aceptar como buenas las explicaciones que me daba Celio. De una cosa estaba seguro: mi padre había querido que ninguno de sus familiares le siguiera; quería quedar solo, para ser más libre en sus decisiones y en sus movimientos. De cualquier modo, sabiéndole por el momento en seguro, examiné con otros jerarcas la situación creada. Estaban el vicesecretario del partido, Pino Romualdi; el federal de Milán, Costa; el comandante de la Muti, Colombo, y mis primos. En la Prefectura, el prefecto Celio estaba todavía en su puesto; pero ya se sabía el nombre de su sucesor, designado por el C. L. N., del que algunos elementos ya ocupaban pacíficamente algunas salas del palacio. Por las calles de la ciudad, insólitamente animada, circulaban fascistas pertenecientes a las más diversas formaciones, y muchos estaban acompañados por sus mujeres e hijos. Vivaqueaban frente a la sede del fascio en espera de órdenes, pero ¿cuáles? La situación era caótica, y en aquel equilibrio que se había formado no se esperaba otra cosa que la chispa que hiciera estallar el incendio. Por fortuna, si nosotros estábamos desmoralizados, nuestros adversarios eran todavía pocos y desorganizados y además los jefes del C. L. N. de Como no parecían sedientos de sangre, sino dispuestos a encontrar una fórmula que salvara la vida de unos y otros. A mediodía llegó un emisario «aliado», que dijo llamarse Guastoni y se calificó de miembro de la O. S. S. americana. Con tono amistoso expuso su parecer, que era el de presentarse al Duce y convencerle para que se entregase a las fuerzas «angloamericanas», que le tratarían caballerosamente, evitando que cayera en manos de los comunistas. Además, no era ya el caso de pensar en una resistencia armada, que conduciría a un inútil derramamiento de sangre, sino en una rendición honrosa de las fuerzas supervivientes de la R. S. I. a los ejércitos «aliados», cuya llegada era inminente, con la sola garantía de que no se tomarían medidas ni represalias contra los fascistas que depusieran las armas y no se hubieran manchado con delitos comunes. También un oficial de la Marina italiana, que dijo llamarse Dessí y estar autorizado por el Gobierno del Sur, participaba en la reunión. Eran extrañas estas negociaciones, que tenían lugar en una sala de la Prefectura entre personas armadas hasta los dientes, pero que sabían que con las armas ya no se resolvería nada. Concluido el acuerdo (creíamos tratar con gente responsable y autorizada, y acaso lo eran, pero luego llegaron de Milán otros individuos y otras órdenes mucho más crueles), mi primo Vito y su cuñado Vanni, junto con otros, fueron encargados de alcanzar la columna del Duce para informarle de los acuerdos estipulados, mientras yo me quedaba en la Prefectura para mantener el contacto con las nuevas autoridades. Pero en Cernobbio la «misión» fascista fué detenida por un puesto de bloqueo guerrillero y no pudo continuar. Más tarde, junto con el mayor De Angelis, jefe militar de la zona y miembro del C. L. N., hicieron otra tentativa, pero a pesar de que iban provistos de salvoconductos y estaban acompañados por Dessí, fueron detenidos en Cadenabbia, desarmados y arrestados; pareció que el fusilamiento era inminente, pero después de una hábil dialéctica y haciendo valer los salvoconductos, lograron

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convencer a los guerrilleros para que les dejaran y pudieron regresar a Como. La situación era ya comprometida: no se podía ya alcanzar a la columna. Como estaba todavía en calma: en la mañana del 27, mientras en Milán habían comenzado ya las matanzas de fascistas. Pino Romualdi entregó la sede de la federación fascista a un teniente del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad ¡ sin incidentes y con discurso! Mientras tanto tratamos de ponernos en contacto con la columna por teléfono, pero la línea no funcionaba. Había llegado a Como el mariscal Graziani para presentarse al mando «aliado» y ya las prisiones se iban llenando de fascistas. Sólo mi padre, algunos ministros, jerarcas y una pequeña columna alemana insistían en su plan de alcanzar la Valtellina o, de cualquier forma, de no entregarse como prisioneros. Quedaba un solo medio para ponerse en contacto con la columna: una canoa. Pero era demasiado tarde; ya había tenido lugar el paso de poderes al C. L. N. y en Como la relativa tranquilidad había acabado; desde Milán habían llovido guerrilleros con órdenes severísimas y con una gran prisa para evitar cualquier acuerdo entre las fuerzas de la R. S. I. y el mando americano. De buena fe los fascistas habían entregado las armas, muchos estaban ya en la cárcel, otros buscaban refugio en casas amigas o en los montes, no fiándose de que los pactos estipulados se mantuvieran. Busqué a mi madre y a mis hermanos, Anna y Romano; habían dejado la casa donde se alojaban. Más tarde supe que habían solicitado pasar a Suiza por la frontera de Chiasso, pero que contrariamente a las nobles y siempre aplicadas costumbres de la Confederación helvética en materia de asilo, les había sido negada la entrada, aun sabiendo que esto les expondría a graves peligros. Por fortuna, si así se puede llamar, se entregaron más tarde a las autoridades de Como, que los llevó a la cárcel; de allí fueron sacados por soldados americanos, más amables desde luego que los guerrilleros, que después de varias peripecias los condujeron al campo de concentración de Terni. Allí permanecieron varios meses, para luego ser confinados por un año en Ischia.

En la Prefectura no se podía ya permanecer: sin coche, sin canoas y con controles en todas las calles; de Milán habían llegado muchos guerrilleros, con uniformes de distintos colores, que no ocultaban ciertamente su ardiente deseo de eliminar a todos los fascistas que pudieran, sin distinciones ni procesos. Privados de autoridad los miembros del C. L. N. de Como, era imposible evitar que las matanzas decididas por el mando general, del C. L. A. I. tuvieran rápida conclusión. El 27 de abril de 1945, por la mañana, entre los pueblos de Mus-so y Dongo, la columna de fascistas y de los pocos alemanes que trataban de subir hacia la Valtellina, fué detenida por una brigada de guerrilleros, y mi padre, reconocido en seguida, hecho prisionero; tiene comienzo su calvario.

A las cuatro y media del 28 de abril, el contable Walter Audisio, comunista, no sólo asesinó a mi padre, sino también a una mujer inerme e inocente. Contra la tapia de una quinta, entre Mezzegre y Bonzaniga, con la exclusiva presencia de su conductor personal, Guido, y de un pequeño jefe de guerrilleros locales, Pedro, Walter Audisio, llamado el coronel Valerio, hizo justicia, según las órdenes del C. L. N., al pueblo italiano. Levantó su ametralladora Sten a la altura del pecho de mi padre con manos temblorosas y apretó el gatillo; la descarga no partió, a pesar de que hizo varias tentativas. Sin descomponerse, mi padre le miraba a los ojos, en silencio, mientras la mujer que estaba a su lado trataba con lágrimas y palabras de impedir el doble delito. Walter Audisio tiró al suelo con rabia la Sten y tomó la pistola que llevaba en la cintura, se acercó algunos pasos y apuntó todavía desde más cerca con el arma al pecho del hombre que tenía enfrente...

El individuo que se había tomado el tremendo encargo de hacer justicia al pueblo italiano tenía la frente perlada de sudor y se estaba poniendo nervioso...; apretó varias veces el gatillo, mientras mi padre, ya lejano en el tiempo y en el espacio, le miraba con profunda piedad... Qué poco hábil era el justiciero. Tampoco el revólver funcionó. Imprecando, ordenó a Pedro que le diera su ametralladora. Era una ametralladora italiana, marca Beretta, y encima del cañón tenía anudada una cinta tricolor... Walter Audisio, cansado, sudoroso, fuera de sí por la rabia, descargó el arma, que funcionó a la perfección. Cinco proyectiles hirieron en diversas partes al cuerpo de mi padre, que cayó, todavía vivo, sobre las rodillas. Sus ojos miraban siempre al cañón de la ametralladora humeante. El asesino aprovechó para matar de un solo disparo a la mujer, llorosa y desesperada, y en seguida, furioso, hizo otros tres disparos al cuerpo de mi padre, ya en tierra. Pero todavía no estaba seguro, veía fijos en él todavía los ojos serenos de mi padre y, temblando, se acercó disparando una bala directamente al corazón. Mientras un silencio impresionante se hacía en el valle, del cielo gris caía una llovizna sutil.

De este modo fué hecha justicia al pueblo italiano.

Dos horas después, Walter Audisio hacía fusilar en la plaza de Dongo a los jerarcas fascistas capturados con la columna del Duce. Comenzaba así una de las más grandes matanzas que la Historia recuerda, que enrojeció de sangre fraterna por algunos meses las ciudades y campos de la

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alta Italia, añadiendo así otros lutos a decenas de millares de familias italianas y cavando un surco de odio que solamente el tiempo y la piedad de Dios podrá llenar.

Cuando en la enfermería del colegio Gallio, donde afortunadamente había encontrado asilo, por la pequeña radio que teníamos con nosotros una voz estridente comunicó con júbilo que se había cumplido la ejecución de mi padre y de muchos otros fascistas, permanecí silencioso, profundamente herido en cuanto tenía de más querido en el mundo, pero no asombrado. Ya en otras ocasiones había pensado en su muerte y en aquellos largos meses de peligrosa y heroica existencia de la República Social Italiana me había ido habituando a la idea de que el fin de muchos de nosotros no sería ni pacífico ni justo, y, como ya he dicho, jamás había pensado que Benito Mussolini muriera en una cama, de tranquila vejez, como un hombre cualquiera.

Había llegado finalmente el supremo instante: el ciclo de su vida terrena, por bueno o malo que hubiera sido para él o para los demás, estaba irremediablemente acabado. Meditando sobre cuanto había sufrido en los últimos años de guerra y, sobre todo, en los dos últimos de sacrificio continuo y amarguras infinitas, y pensando en que la muerte rápida, como a Bruno, le había librado de ulteriores infamias y agudos dolores, le sentí en aquel momento extraordinariamente cerca de mí, más íntimamente todavía que en aquellos últimos meses de vida casi en común, como acaso jamás le había sentido antes, y me pareció sentir su brazo en torno a mi espalda y ver su serena sonrisa paterna con la que correspondía a nuestro saludo. Por fin estaba en presencia de Dios, libre de toda pasión terrena, invulnerable al odio y al amor; lancé un suspiro de alivio y murmuré entre mí y para mí las palabras que le oí decir una fría noche de enero de 1944, cuando miraba el Garda: «Basta, hombres, basta...»

Y puede, más tarde, soportar cristianamente el tormento de la plaza Loreto, las ofensas y los insultos, que no le alcanzaban ni le mortificaban.

Había amado tanto con un amor desdichado a aquel pueblo suyo, tanto le había dado y sufrido por él en cada período de su vida, que el escarnio, los golpes, las calumnias, el martirio, todo me pareció como quien desahoga sobre el ser demasiado amado y muerto en un instante de locura el odio, que es, al fin, profundo, inmutable, eterno amor.

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ÍNDICE DE ILUSTRACIONES

• Ilustración 1. Mi madre. Foto tomada poco antes de la marcha sobre Roma.___________________ 13 • Ilustración 2. Durante algunos meses, en 1925, frecuenté, como externo, un

colegio de Forlí___________________________________________________________________ 14 • Ilustración 3. Mi padre con mi hermana Edda, en Cattolica. ________________________________ 32 • Ilustración 4. En Carpena, Forlí, hacia el año 1927, Bruno y yo con algunos

compañeros de juego, hijos de los campesinos de las granjas vecinas. _______________________ 32 • Ilustración 5. Durante el crucero de los vanguardistas (Trípoli, 1929), con mi

hermano Bruno, en la clásica fotografía en camello. _____________________________________ 44 • Ilustración 6. En el jardín de villa Torlonia, durante un « a 11» de mi compañía

de jóvenes amigos-actores. _________________________________________________________ 45 • Ilustración 7. Riccione, 1932. El corredor Tazio Nuvolari nos muestra el potente

Alfa-Romeo con el que correrá en Pescara: yo estoy al volante; el jovencito con la camiseta a rayas es Bruno. _______________________________________________________ 64

• Ilustración 8. Riccione, 1934. El Duce responde al saludo de uní admiradora que ha logrado agarrarse al patín. _______________________________________________________ 64

• Ilustración 9. Mi padre me impone en el pecho el águila de oro, emblema del título de piloto aviador, que acababa de conseguir._______________________________________ 77

• Ilustración 10. Hollywood, septiembre, 1937. Saludo a Shirley Temple en el estudio de la Fox Films. ____________________________________________________________ 78

• Ilustración 11. Mi madre me lee la carta que mi padre le envió desde La Magdalena, el 19 de agosto de 1943. _________________________________________________ 95

• Ilustración 12. Rocca delle Caminate: estado en que se encuentra el estudio de mi padre ________________________________________________________________________ 95