José Ortega y Gasset - Ensayos

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    Cabe decir que no son ideas que tenemos, sino ideas que somos. Msan: precisamente porque son creencias radicalsimas, se confunden paranosotros con la realidad misma son nuestro mundo y nuestro ser,pierden, por tanto, el carcter de ideas, de pensamientos nuestros que

    podan muy bien no habrsenos ocurrido.Cuando se ha cado en la cuenta de la diferencia existente entre esos dosestratos de ideas aparece, sin ms, claro el diferente papel que juegan ennuestra vida. Y, por lo pronto, la enorme diferencia de rango funcional. Delas ideas-ocurrencias y conste que incluyo en ellas las verdades msrigorosas de la ciencia podemos decir que las producimos, lassostenemos, las discutimos, las propagamos, combatimos en su pro yhasta somos capaces de morir por ellas. Lo que no podemos es... vivirdeellas. Son obra nuestra y, por lo mismo, suponen ya nuestra vida, la culse asienta en ideas-creencias que no producimos nosotros, que, engeneral, ni siquiera nos formulamos y que, claro est, no discutimos nipropagamos ni sostenemos. Con las creencias propiamente no hacemosnada, sino que simplemente estamos en ellas. Precisamente lo que no nospasa jams si hablamos cuidadosamente con nuestras ocurrencias. Ellenguaje vulgar ha inventado certeramente la expresin "estar en lacreencia". En efecto, en la creencia se est, y la ocurrencia se tiene y sesostiene. Pero la creencia es quien nos tiene y sostiene a nosotros.Hay, pues, ideas con que nos encontramos por eso las llamoocurrencias e ideas en que nos encontramos, que parecen estar ah ya

    antes de que nos ocupemos en pensar.Una vez visto esto, lo que sorprende es que a unas y a otras se les llamelo mismo: ideas. La identidad de nombre es lo nico que estorba paradistinguir dos cosas cuya disparidad brinca tan claramente ante nosotrossin ms que usar frente a frente estos dos trminos: creencias yocurrencias. La incongruente conducta de dar un mismo nombre a doscosas tan distintas no es, sin embargo, una casualidad ni una distraccin.Proviene de una incongruencia ms honda: de la confusin entre dosproblemas radicalmente diversos que exigen dos modos de pensar y de

    llamar no menos dispares.Pero dejemos ahora este lado del asunto: es demasiado abstruso. Nosbasta con hacer notar que "idea" es un trmino del vocabulario psicolgicoy que la psicologa, como toda ciencia particular, posee slo jurisdiccinsubalterna. La verdad de sus conceptos es relativa al punto de vistaparticular que la constituye, y vale en el horizonte que ese punto de vistacrea y acota. As, cuando la psicologa dice de algo que es una "idea", nopretende haber dicho lo ms decisivo, lo ms real sobre ello. El nicopunto de vista que no es particular y relativo es el de la vida, por la sencilla

    razn de que todos los dems se dan dentro de sta y son merasespecializaciones de aqul. Ahora bien, como fenmeno vital la creenciano se parece nada a la ocurrencia: su funcin en el organismo de nuestro

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    existir es totalmente distinta y, en cierto modo, antagnica. Quimportancia puede tener en parangn con esto el hecho de que, bajo laperspectiva psicolgica, una y otra sean "ideas" y no sentimientos,voliciones, etctera?

    Conviene, pues, que dejemos este trmino "ideas" para designar todoaquello que en nuestra vida aparece como resultado de nuestra ocupacinintelectual. Pero las creencias se nos presentan con el carcter opuesto.No llegamos a ellas tras una faena de entendimiento, sino que operan yaen nuestro fondo cuando nos ponemos a pensar sobre algo. Por eso nosolemos formularlas, sino que nos contentamos con aludir a ellas comosolemos hacer con todo lo que nos es la realidad misma. Las teoras, encambio, aun las ms verdicas, slo existen mientras son pensadas: deaqu que necesiten ser formuladas.Esto revela, sin ms, que todo aquello en que nos ponemos a pensar tieneipso facto para nosotros una realidad problemtica y ocupa en nuestra vidaun lugar secundario si se le compara con nuestras creencias autnticas.En stas no pensamos ahora o luego: nuestra relacin con ellas consisteen algo mucho ms eficiente; consiste en... contar con ellas, siempre, sinpausa.Me parece de excepcional importancia para inyectar, por fin, claridad en laestructura de la vida humana esta contraposicin entre pensar en una cosay contar con ella. El intelectualismo que ha tiranizado, casi sin interrupcin,el pasado entero de la filosofa ha impedido que se nos haga patente y

    hasta ha invertido el valor respectivo de ambos trminos. Me explicar.Analice el lector cualquier comportamiento suyo, aun el ms sencillo enapariencia. El lector est en su casa y, por unos u otros motivos, resuelvesalir a la calle. Qu es en todo este su comportamiento lo quepropiamente tiene el carcter de pensado, aun entendiendo esta palabraen su ms amplio sentido, es decir, como conciencia clara y actual dealgo? El lector se ha dado cuenta de sus motivos, de la resolucinadoptada, de la ejecucin de los movimientos con que ha caminado,abierto la puerta, bajado la escalera. Todo esto en el caso ms favorable.

    Pues bien, aun en ese caso y por mucho que busque en su conciencia, noencontrar en ella ningn pensamiento en que se haga constar que haycalle. El lector no se ha hecho cuestin ni por un momento de si la hay ono la hay. Por qu? No se negar que para resolverse a salir a la calle esde cierta importancia que la calle exista. En rigor, es lo ms importante detodo, el supuesto de todo lo dems. Sin embargo, precisamente de esetema tan importante no se ha hecho cuestin el lector, no hapensado enello ni para negarlo ni para afirmarlo ni para ponerlo en duda. Quiere estodecir que la existencia o no existencia de la calle no ha intervenido en su

    comportamiento? Evidentemente, no. La prueba se tendra si al llegar a lapuerta de su casa descubriese que la calle haba desaparecido, que latierra conclua en el umbral de su domicilio o que ante l se haba abierto

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    una sima. Entonces se producira en la conciencia del lector una clarsimay violenta sorpresa. De qu? De que no haba aqulla. Pero nohabamos quedado en que antes no habapensado que la hubiese, no sehaba hecho cuestin de ello? Esta sorpresa pone de manifiesto hasta qu

    punto la existencia de la calle actuaba en su estado anterior, es decir,hasta qu punto el lectorcontaba con la calle aunque no pensaba en ella yprecisamente porque no pensaba en ella.El psiclogo nos dir que se trata de un pensamiento habitual, y que poreso no nos damos cuenta de l, o usar la hiptesis de lo subconsciente,etc. Todo ello, que es muy cuestionable, resulta para nuestro asunto porcompleto indiferente. Siempre quedar que lo que decisivamente actuabaen nuestro comportamiento, como que era su bsico supuesto, no era

    pensado por nosotros con conciencia clara y aparte. Estaba en nosotros,pero no en forma consciente, sino como implicacin latente de nuestraconciencia o pensamiento. Pues bien, a este modo de intervenir algo ennuestra vida sin que lo pensemos llamo "contar con ello". Y ese modo es elpropio de nuestras efectivas creencias.El intelectualismo, he dicho, invierte el valor de los trminos. Ahora resultaclaro el sentido de esta acusacin. En efecto, el intelectualismo tenda aconsiderar como lo ms eficiente en nuestra vida lo ms consciente. Ahoravemos que la verdad es lo contrario. La mxima eficacia sobre nuestrocomportamiento reside en las implicaciones latentes de nuestra actividadintelectual, en todo aquello con que contamos y en que, de puro contar con

    ello, no pensamos.Se entrev ya el enorme error cometido al querer aclarar la vida de unhombre o de una poca por su ideario; esto es, por sus pensamientosespeciales, en lugar de penetrar ms hondo, hasta el estrato de suscreencias ms o menos inexpresas, de las cosas con que contaba? Haceresto, fijar el inventario de las cosas con que se cuenta, sera, de verdad,construir la historia, esclarecer la vida desde su subsuelo.

    IIEl azoramiento de nuestra poca. - Creernos en la razn y no en sus

    ideas.- La ciencia casi poesa.

    Resumo: cuando intentamos determinar cules son las ideas de unhombre o de una poca, solemos confundir dos cosas radicalmentedistintas: sus creencias y sus ocurrencias o "pensamientos". En rigor, sloestas ltimas deben llamarse "ideas".Las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre queacontece. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es larealidad misma. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de

    cul sea el sistema de nuestras creencias autnticas. En ellas "vivimos,nos movemos y somos". Por lo mismo, no solemos tener concienciaexpresa de ellas, no las pensamos, sino que actan latentes, como

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    implicaciones de cuanto expresamente hacemos o pensamos. Cuandocreemos de verdad en una cosa, no tenemos la "idea" de esa cosa, sinoque simplemente "contamos con ella".En cambio, las ideas, es decir, los pensamientos que tenemos sobre las

    cosas, sean originales o recibidos, no poseen en nuestra vida valor derealidad. Actan en ella precisamente como pensamientos nuestros y slocomo tales. Esto significa que toda nuestra "vida intelectual" es secundariaa nuestra vida real o autntica y representa en sta slo una dimensinvirtual o imaginara. Se preguntar qu significa entonces la verdad de lasideas, de las teoras. Respondo: la verdad o falsedad de una idea es unacuestin de "poltica interior" dentro del mundo imaginario de nuestrasideas. Una idea es verdadera cuando corresponde a la idea que tenemosde la realidad. Pero nuestra idea de la realidad no es nuestra realidad.sta consiste en todo aquello con que de hecho contamos al vivir. Ahorabien, de la mayor parte de las cosas con que de hecho contamos, notenemos la menor idea, y si la tenemos por un especial esfuerzo dereflexin sobre nosotros mismos es indiferente, porque no nos esrealidad en cuanto idea, sino, al contrario, en la medida en que no nos esslo idea, sino creencia infraintelectual.Tal vez no haya otro asunto sobre el que importe ms a nuestra pocaconseguir claridad como este de saber a qu atenerse sobre el papel ypuesto que en la vida humana corresponde a todo lo intelectual. Hay unaclase de pocas que se caracterizan por su gran azoramiento. A esa clase

    pertenece la nuestra. Mas cada una de esas pocas se azora un poco deotra manera y por un motivo distinto. El gran azoramiento de ahora senutre ltimamente de que tras varios siglos de ubrrima produccinintelectual y de mxima atencin a ella, el hombre empieza a no saber quhacerse con las ideas. Presiente ya que las haba tomado mal, que supapel en la vida es distinto del que en estos siglos les ha atribuido, peroan ignora cul es su oficio autntico.Por eso importa mucho que, ante todo, aprendamos a separar con todalimpieza la "vida intelectual" que, claro est, no es tal vida de la vida

    viviente, de, la real, de la que somos. Una vez hecho esto y bien hecho,habr lugar para plantearse las otras dos cuestiones: En qu relacinmutua actan las ideas y las creencias? De dnde vienen, cmo seforman las creencias?Dije en el pargrafo anterior que induca a error dar indiferentemente elnombre de ideas a creencias y ocurrencias. Ahora agrego que el mismodao produce hablar, sin distingos, de creencias, convicciones, etc.,cuando se trata de ideas. Es, en efecto, una equivocacin llamar creenciaa la adhesin que en nuestra mente suscita una combinacin intelectual,

    cualquiera que sta sea. Elijamos el caso extremo que es el pensamientocientfico ms rigoroso, por tanto, el que se funda en evidencias. Puesbien, aun en ese caso, no cabe hablar en serio de creencia. Lo evidente,

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    por muy evidente que sea, no nos es realidad, no creemos en ello. Nuestramente no puede evitar reconocerlo como verdad; su adhesin esautomtica, mecnica. Pero, entindase bien, esa adhesin, esereconocimiento de la verdad no significa sino esto: que, puestos a pensar

    en el tema, no admitiremos en nosotros un pensamiento distinto ni opuestoa ese que nos parece evidente. Pero... ah est: la adhesin mental tienecomo condicin que nos pongamos a pensar en el asunto, que queramospensar. Basta esto para hacer notar la irrealidad constitutiva de todanuestra "vida intelectual". Nuestra adhesin a un pensamiento dado es,repito, irremediable; pero, como est en nuestra mano pensarlo o no, esaadhesin tan irremediable, que se nos impondra como la ms imperiosarealidad, se convierte en algo dependiente de nuestra voluntad e ipso factodeja de sernos realidad. Porque realidad es precisamente aquello con quecontamos, queramos o no. Realidad es la contravoluntad, lo que nosotrosno ponemos; antes bien, aquello con que topamos.Adems de esto, tiene el hombre clara conciencia de que su intelecto seejercita slo sobre materias cuestionables; que la verdad de las ideas sealimenta de su cuestionabilidad. Por eso, consiste esa verdad en la pruebaque de ella pretendemos dar. La idea necesita de la crtica como el pulmndel oxgeno, y se sostiene y afirma apoyndose en otras ideas que, a suvez, cabalgan sobre otras formando un todo o sistema. Arman, pues, unmundo aparte del mundo real, un mundo integrado exclusivamente porideas de que el hombre se sabe fabricante y responsable. De suerte que la

    firmeza de la idea ms firme se reduce a la solidez con que aguanta serreferida a todas las dems ideas. Nada menos, pero tambin nada ms. Loque no se puede es contrastar una idea, como si fuera una moneda,golpendola directamente contra la realidad, como si fuera una piedra detoque. La verdad suprema es la de lo evidente, pero el valor de laevidencia misma es, a su vez, mera teora, idea y combinacin intelectual.Entre nosotros y nuestras ideas hay, pues, siempre una distanciainfranqueable: la que va de lo real a lo imaginario. En cambio, con nuestrascreencias estamos inseparablemente unidos. Por eso cabe decir que las

    somos. Frente a nuestras concepciones gozamos un margen, mayor omenor, de independencia. Por grande que sea su influencia sobre nuestravida, podemos siempre suspenderlas, desconectarnos de nuestras teoras.Es ms, de hecho exige siempre de nosotros algn especial esfuerzo,comportarnos conforme a lo que pensamos, es decir, tomarlocompletamente en serio. Lo cual revela que no creemos en ello, quepresentimos como un riesgo esencial fiarnos de nuestras ideas, hasta elpunto de entregarles nuestra conducta tratndolas como si fuerancreencias. De otro modo, no apreciaramos el ser "consecuente con sus

    ideas" como algo especialmente heroico.No puede negarse, sin embargo, que nos es normal regir nuestrocomportamiento conforme a muchas "verdades cientficas". Sin

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    Esta relacin no es de fe en ellas: las cosas que nuestros pensamientos,que las teoras nos proponen, no nos son realidad, sino precisamente yslo... ideas.Mas no entender bien el lector lo que algo nos es, cuando nos es slo

    idea y no realidad, si no le invito a que repare en su actitud frente a lo quese llama "fantasas, imaginaciones". Pero el mundo de la fantasa, de laimaginacin, es la poesa. Bien, no me arredro; por el contrario, a estoquera llegar. Para hacerse bien cargo de lo que nos son las ideas, de supapel primario en la vida, es preciso tener el valor de acercar la ciencia a lapoesa mucho ms de lo que hasta aqu se ha osado. Yo dira, si despusde todo lo enunciado se me quiere comprender bien, que la ciencia estmucho ms cerca de la poesa que de la realidad, que su funcin en elorganismo de nuestra vida se parece mucho a la del arte. Sin duda, encomparacin con una novela, la ciencia parece la realidad misma. Pero encomparacin con la realidad autntica se advierte lo que la ciencia tiene denovela, de fantasa, de construccin mental, de edificio imaginario.

    IIILa duda y la creencia. -El"mar de dudas".-El lugarde las ideas.

    El hombre, en el fondo, es crdulo o, lo que es igual, el estrato msprofundo de nuestra vida, el que sostiene y porta todos los dems, estformado por creencias (1). stas son, pues, la tierra firme sobre que nosafanamos. (Sea dicho de paso que la metfora se origina en una de lascreencias ms elementales que poseemos y sin la cual tal vez no

    podramos vivir: la creencia en que la tierra es firme, a pesar de losterremotos que alguna vez y en la superficie de algunos de sus lugaresacontecen. Imagnese que maana, por unos u otros motivos,desapareciera esa creencia. Precisar las lneas mayores del cambioradical que en la figura de la vida humana esa desaparicin producira,fuera un excelente ejercicio de introduccin al pensamiento histrico.)Pero en esa rea bsica de nuestras creencias se abren, aqu o all, comoescotillones, enormes agujeros de duda. ste es el momento de decir quela duda, la verdadera, la que no es simplemente metdica ni intelectual, es

    un modo de la creencia y pertenece al mismo estrato que sta en laarquitectura de la vida. Tambin en la duda se est. Slo que en este casoel estar tiene un carcter terrible. En la duda se est como se est en unabismo, es decir, cayendo. Es, pues, la negacin de la estabilidad. Depronto sentimos que bajo nuestras plantas falla la firmeza terrestre y nosparece caer, caer en el vaco, sin poder valernos, sin poder hacer nadapara afirmarnos, para vivir. Viene a ser como la muerte dentro de la vida,como asistir a la anulacin de nuestra propia existencia. Sin embargo, laduda conserva de la creencia el carcter de ser algo en que se est, es

    decir, que no lo hacemos o ponemos nosotros. No es una idea quepodramos pensar o no, sostener, criticar, formular, sino que, en absoluto,

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    la somos. No se estime como paradoja, pero considero muy difcil describirlo que es la verdadera duda si no se dice que creemos nuestra duda.Si no fuese as, si dudsemos de nuestra duda, sera sta innocua. Loterrible es que acta en nuestra vida exactamente lo mismo que la

    creencia y pertenece al mismo estrato que ella. La diferencia entre la fe yla duda no consiste, pues, en el creer. La duda no es un "no creer" frenteal creer, ni es un "creer que no" frente a un "creer que s". El elementodiferencial est en lo que se cree. La fe cree que Dios existe o que Dios noexiste. Nos sita, pues, en una realidad, positiva o "negativa", peroinequvoca, y, por eso, al estar en ella nos sentimos colocados en algoestable.Lo que nos impide entender bien el papel de la duda en nuestra vida espresumir que no nos pone delante una realidad. Y este error proviene, a suvez, de haber desconocido lo que la duda tiene de creencia. Sera muycmodo que bastase dudar de algo para que ante nosotros desapareciesecomo realidad. Pero no acaece tal cosa, sino que la duda nos arroja antelo dudoso, ante una realidad tan realidad como la fundada en la creencia,pero que es ella ambigua, bicfala, inestable, frente a la cual no sabemosa qu atenernos ni qu hacer. La duda, en suma, es estar en lo inestablecomo tal: es la vida en el instante del terremoto, de un terremotopermanente y definitivo.En este punto, como en tantos otros referentes a la vida humana,recibimos mayores esclarecimientos del lenguaje vulgar que del

    pensamiento cientfico. Los pensadores, aunque parezca mentira, se hansaltado siempre a la torera aquella realidad radical, la han dejado a suespalda. En cambio, el hombre no pensador, ms atento a lo decisivo, haechado agudas miradas sobre su propia existencia y ha dejado en ellenguaje vernculo el precipitado de esas entrevisiones. Olvidamosdemasiado que el lenguaje es ya pensamiento, doctrina. Al usarlo comoinstrumento para combinaciones ideolgicas ms complicadas, notomamos en serio la ideologa primaria que l expresa, que l es. Cuando,por un azar, nos despreocuparnos de lo que queremos decir nosotros

    mediante los giros preestablecidos del idioma y atendemos a lo que ellosnos dicen por su propia cuenta, nos sorprende su agudeza, su perspicazdescubrimiento de la realidad.Todas las expresiones vulgares referentes a la duda nos hablan de que enella se siente el hombre sumergido en un elemento inslido, infirme. Lodudoso es una realidad lquida donde el hombre no puede sostenerse, ycae. De aqu el "hallarse en un mar de dudas". Es el contraposto alelemento de la creencia: la tierra firme (2).E insistiendo en la misma imagen, nos habla de la duda como una

    fluctuacin, vaivn de olas. Decididamente, el mundo de lo dudoso es unpaisaje marino e inspira al hombre presunciones de naufragio. La duda,descrita como fluctuacin, nos hace caer en la cuenta de hasta qu punto

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    es creencia. Tan lo es, que consiste en la superfetacin del creer. Se dudaporque se est en dos creencias antagnicas, que entrechocan y noslanzan la una a la otra, dejndonos sin suelo bajo la planta. El dos va bienclaro en el dude la duda.

    Al sentirse caer en esas simas que se abren en el firme solar de suscreencias, el hombre reacciona enrgicamente. Se esfuerza en "salir de laduda". Pero qu hacer? La caracterstica de lo dudoso es que ante ellono sabemos qu hacer. Qu haremos, pues, cuando lo que nos pasa esprecisamente que no sabemos qu hacer porque el mundo se entiende,una porcin de l se nos presenta ambiguo? Con l no hay nada quehacer. Pero en tal situacin es cuando el hombre ejercita un extrao hacerque casi no parece tal: el hombre se pone a pensar. Pensar en una cosaes lo menos que podemos hacer con ella. No hay ni que tocarla. Notenemos ni que movernos. Cuando todo en torno nuestro falla, nos queda,sin embargo, esta posibilidad de meditar sobre lo que nos falla. El intelectoes el aparato ms prximo con que el hombre cuenta. Lo tiene siempre amano. Mientras cree no suele usar de l, porque es un esfuerzo penoso.Pero al caer en la duda se agarra a l como a un salvavidas.Los huecos de nuestras creencias son, pues, el lugar vital donde insertansu intervencin las ideas. En ellas se trata siempre de sustituir el mundoinestable, ambiguo, de la duda, por un mundo en que la ambigedaddesaparece. Cmo se logra esto? Fantaseando, inventando mundos. Laidea es imaginacin. Al hombre no le es dado ningn mundo ya

    determinado. Slo le son dadas las penalidades y las alegras de su vida.Orientado por ellas, tiene que inventar el mundo. La mayor porcin de l laha heredado de sus mayores y acta en su vida como sistema decreencias firmes. Pero cada cual tiene que habrselas por su cuenta contodo lo dudoso, con todo lo que es cuestin. A este fin ensaya figurasimaginaras de mundos y de su posible conducta en ellos. Entre ellas, unale parece idealmente ms firme, y a eso llama verdad. Pero conste: loverdadero, y aun lo cientficamente verdadero, no es sino un casoparticular de lo fantstico. Hay fantasas exactas. Ms an: slo puede ser

    exacto lo fantstico. No hay modo de entender bien al hombre si no serepara en que la matemtica brota de la misma raz que la poesa, del donimaginativo.Notas:

    (1) Dejemos intacta la cuestin de si bajo ese estrato ms profundono hay an algo ms, un fondo metafsico al que ni siquiera llegannuestras creencias.

    (2) La voz tierra viene de tersa, seca, slida.

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    "Verdad y perspectiva"El prospecto de El Espectadorme ha valido numerosas cartas llenas deafecto, de inters, de curiosidad. Una de ellas concluye: "Pero siento que

    se dedique usted exclusivamente a ser espectador".Me urge tranquilizar a este amigo lejano, y para ello tengo que indicar algode lo que yo pienso bajo el ttulo de El Espectador. La integridad de lospensamientos tras esa palabra emboscados slo puede desenvolverse enla vida misma de la obra.Vuelva a la tranquilidad este lejano amigo que me escribe, y para el cual gracias le sean dadas! no es por completo indiferente lo que yo haga odeje de hacer: la vida espaola nos obliga, queramos o no, a la accinpoltica. El inmediato porvenir, tiempo de sociales hervores, nos forzar a

    ella con mayor violencia. Precisamente por eso yo necesito acotar unaparte de m mismo para la contemplacin. Y esto que me acontece,acontece a todos. Desde hace medio siglo, en Espaa y fuera de Espaa,la poltica es decir, la supeditacin de la teora a la utilidad ha invadidopor completo el espritu. La expresin extrema de ello puede hallarse enesa filosofa pragmatista que descubre la esencia de la verdad, de loterico por excelencia, en lo prctico, en lo til. De tal suerte, quedareducido el pensamiento a la operacin de buscar buenos medos para losfines, sin preocuparse de stos. He ah la poltica: pensar utilitario.

    La pasada centuria se ha afanado harto exclusivamente en allegarinstrumentos: ha sido una cultura de medios. La guerra ha sorprendido aleuropeo sin nociones claras sobre las cuestiones ltimas, aquellas que

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    slo puede aclarar un pensamiento puro e intil. Nada ms natural que,reaccionando contra ese exclusivismo, postulemos ahora frente a unacultura de medios una cultura de postrimeras.Situada en su rango de actividad espiritual secundaria, la poltica o

    pensamiento de lo til es una saludable fuerza de que no podemosprescindir. Si se me invita a escoger entre el comerciante y el bohemio, mequedo sin ninguno de los dos. Mas cuando la poltica se entroniza en laconciencia y preside toda nuestra vida mental, se convierte en un morbogravsimo, La razn es clara. Mientras tomemos lo til como til, nada hayque objetar. Pero si esta preocupacin por lo til llega a constituir el hbitocentral de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdaderotenderemos a confundirlo con lo til. Y esto, hacer de la utilidad la verdad,es la definicin de la mentira. El imperio de la poltica es, pues, el imperiode la mentira.De todas las enseanzas que la vida me ha proporcionado, la ms acerba,ms inquietante, ms irritante para m ha sido convencerme de que laespecie menos frecuente sobre la tierra es la de los hombres veraces. Yohe buscado en torno, con mirada suplicante de nufrago los hombres aquienes importase la verdad, la pura verdad, lo que las cosas son por smismas, y apenas he hallado alguno. Los he buscado cerca y lejos, entrelos artistas y entre los labradores, entre los ingenuos y los "sabios". ComoIbn-Batuta, he tomado el palo del peregrino y hecho va por el mundo enbusca, como l, de los santos de la tierra, de los hombres de alma

    especular y serena que reciben la pura reflexin del ser de las cosas. Y hehallado tan pocos, tan pocos, que me ahogo!S: congoja de ahogo siento, porque un alma necesita respirar almasafines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almasveraces. No he hallado en derredor sino polticos, gentes a quienes nointeresa ver el mundo como l es, dispuestas slo a usar de las cosascomo les conviene. Poltica se hace en las academias y en las escuelas,en un libro de versos y en el libro de historia, en el gesto rgido del hombremoraly en el gesto frvolo del libertino, en el saln de las damas y en la

    celda del monje. Muy especialmente se hace poltica en los laboratorios: elqumico y el histlogo llevan a sus experimentos un secreto interselectoral. En fin, cierto da, ante uno de los libros ms abstractos y msilustres que han aparecido en Europa desde hace treinta aos, o decir ensu lengua al autor: Yo soy ante todo un poltico. Aquel hombre habacompuesto una obra sobre el mtodo infinitesimal contra el partidomilitarista triunfante en su patria.Hace falta, pues, afirmarse de nuevo en la obligacin de la verdad, en elderecho de la verdad.

    En El libro de los Estados deca don Juan Manuel: "Todos los Estados delmundo se encierran en tres: al uno llaman defensores, et al otro oradores,et al otro labradores". Perdn, Infante; el mundo as resultara incompleto!

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    Yo pido en l un margen para el estado que llaman de los espectadores. Elnombre goza de famosa genealoga: lo encontr Platn. En su Repblicaconcede una misin especial a lo que l denomina

    amigos de mirar; son los especulativos, y al

    frente de ellos los filsofos, los teorizadores, que quiere decir losEl Espectadortiene, en consecuencia, una primera intencin: elevar unreducto contra la poltica para m y para los que compartan mi voluntad depura visin, de teora.El escritor, para condensar su esfuerzo, necesita de un pblico, como ellicor de la copa en que se vierte. Por esto es El Espectadorla conmovidaapelacin a un pblico de amigos de mirar, de lectores a quienes interesenlas cosas aparte de sus consecuencias, cualesquiera que ellas sean,morales inclusive. Lectores meditabundos que se complazcan en perseguirla fisonoma de los objetos en toda su delicada, compleja estructura.Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinin justa es larga deexpresar. Lectores que al leer repiensen por s mismos los temas sobreque han ledo. Lectores que no exijan ser convencidos, pero, a la vez, sehallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credoinslito. Lectores que, como el autor, se hayan reservado un trozo de almaantipoltico. En suma: lectores incapaces de or un sermn, de apasionarseen un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de caf.A hombres y mujeres de tan rara ndole se dirige El Espectador, que es unlibro escrito en voz baja.

    Suele, con Goethe, oponerse la gris teora a la vida, al palpitante arco irisde la existencia. No discutir ahora cul sea el verdadero sentido de taloposicin. Pero he de prevenir una mala inteligencia. Cuando leo queAristteles hace consistir la beatitud, esto es, la vida perfecta, en elejercicio terico, en el pensar, siento que dentro de m la irritacin perforael respeto hacia el Estagirita. Me parece excesivamente casual que Dios,smbolo de todo movimiento csmico, resulte un ser ocupado enpensarsobre el pensar. Este afn de divinizar el oficio y el menester quecumplimos sobre la Tierra, este prurito de no contentarse cada cual con lo

    que es, si esto que es no parece lo mejor y sumo, se me antoja un resto depoltica que perdura hasta en las ms altas dialcticas. Aristteles quierehacer de Dios un profesor de filosofa en superlativo.Yo ando muy lejos de pretender semejante cosa. No asevero que la actitudterica sea la suprema; que debamos primero filosofar, y luego, si haycaso, vivir. Ms bien creo lo contraro. Lo nico que afirmo es que sobre lavida espontnea debe abrir, de cuando en cuando, su clara pupila lateora, y que entonces, al hacer teora ha de hacerse con toda pureza, contoda tragedia. El mal dice Platn viene a las repblicas de que no

    hace cada cual lo suyo. Esto es lo decisivo:. Me parece admirable, por ejemplo, que Don Juan deje resbalar su corazn sobre la mltiple feminidad. Lo que me enoja es que

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    Don Juan teorice el amor. No: que haga lo suyo! Una mujer te espera:puede renovar su perpetua aventura, dulce y amarga, en que se siembra laflor y nace la espina. Pero no se empee en conquistarnos la verdad consu empaque de gallo: sera intil y adems indecente.

    Acentuar esta diferencia entre la contemplacin y la vida la vida, con suarticulacin poltica de intereses, deseos y conveniencias, era necesario.Porque El Espectadorlleva una segunda intencin: l especula, mirapero lo que quiere ver es la vida segn fluye ante l.Con razn se tachaba de gris la teora, porque no se ocupaba ms que devagos, remotos y esquemticos problemas. La historia de la ciencia delconocimiento nos muestra que la lgica, oscilando entre el escepticismo yel dogmatismo, ha solido partir siempre de esta errnea creencia: el puntode vista del individuo es falso. De aqu emanaban las dos opinionescontrapuestas: es as que no hay ms punto de vista que el individual,luego no existe la verdad escepticismo; es as que la verdad existe,luego ha de tomarse un punto de vista sobreindividual racionalismo.El Espectadorintentar separarse igualmente de ambas soluciones,porque discrepa de la opinin donde se engendran. El punto de vistaindividual me parece el nico punto de vista desde el cual puede mirarse elmundo en su verdad. Otra cosa es un artificio.Leibniz dice: "Comme une mme ville regarde de diffrents cts paraittoute autre et est comme multiplie perspectivement, il arrive de mme,que par la multitude infinie des substances simples es decir, de

    conciencias, il y a comme autant de diffrents univers, qui ne sontpourtant que lesperspectives d'un seul selon les diffrents points de vuede chaque monade" (1).La realidad, precisamente por serlo y hallarse fuera de nuestras mentesindividuales, slo puede llegar a stas multiplicndose en mil caras ohaces.Desde este Escorial, rigoroso imperio de la piedra y la geometra, dondehe asentado mi alma, veo en primer trmino el curvo brazo ciclpeo queextiende hacia Madrid la sierra de Guadarrama. El hombre de Segovia,

    desde su tierra roja, divisa la vertiente opuesta. Tendra sentido quedisputsemos los dos sobre cul de ambas visiones es la verdadera?Ambas lo son ciertamente, y ciertamente por ser distintas. Si la sierramaterna fuera una ficcin o una abstraccin o una alucinacin, podrancoincidir la pupila del espectador segoviano y la ma. Pero la realidad nopuede ser mirada sino desde el punto de vista que cada cual ocupa,fatalmente, en el universo. Aqulla y ste son correlativos, y como no sepuede inventar la realidad, tampoco puede fingirse el punto de vista.La verdad, lo real, el universo, la vida como queris llamarlo se

    quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de lascuales da hacia un individuo. Si ste ha sabido ser fiel a su punto de vista,

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    Entrevemos una edad ms rica, ms compleja, ms sana, ms noble, msquieta, con ms ciencia y ms religin y ms placer donde puedandesenvolverse mejor las diferencias personales e infinitas posibilidades deemocin se abran como alamedas donde circular.

    Mas la sana esperanza parte de la voluntad como la flecha del arco. Esaedad mejor sazonada depende de nosotros, de nuestra generacin.Tenemos el deber de presentir lo nuevo; tengamos tambin el valor deafirmarlo. Nada requiere tanta pureza y energa como esta misin. Porquedentro de nosotros se aferra lo viejo con todos sus privilegios de hbito,autoridad y ser concluso. Nuestras almas, como las vrgenes prudentes,necesitan vigilar con las lmparas encendidas y en actitud de inminencia.Lo viejo podemos encontrarlo dondequiera: en los libros, en lascostumbres, en las palabras y los rostros de los dems. Pero lo nuevo, lonuevo que hacia la vida viene, slo podemos escrutarlo inclinando el odopura y fielmente a los rumores de nuestro corazn. Escuchas deavanzada, en nuestro puesto se juntan el peligro y la gloria. Estamosentregados a nosotros mismos; nadie nos protege ni nos dirige. Si notenemos confianza en nosotros, todo se habr perdido. Si tenemosdemasiada, no encontraremos cosa de provecho. Confiar, pues, sin fiarse.Es esto posible? Yo no s si es posible, pero veo que es necesario.Hegel encontr una idea que refleja muy lindamente nuestra difcilsituacin, un imperativo que nos propone mezclar acertadamente lamodestia y el orgullo: "Tened dice el valor de equivocaros".

    Despus de todo es el mismo principio que, segn los bilogos recientes,gobierna los movimientos del infusorio en la gota de agua: Trial and errorensayo y error.

    1. Como ha de hablarse en estos tomos muy frecuentemente delperspectivismo, me importa advertir que nada tiene de comn estadoctrina con lo que bajo el mismo nombre piensa Nietzsche en suobra pstuma La Voluntad de Podero, ni con lo que, siguindole, hasustentado Vaihinger en su libro, reciente La Filosofa del Como si.Es ms, del prrafo transcrito de Leibniz aprtese cuanto en l hay

    de referencias a un idealismo monadolgico.1916.

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    "La idea de las generaciones"Lo que ms importa a un sistema cientfico es que sea verdadero. Pero laexposicin de un sistema cientfico impone a ste una nueva necesidad:adems de ser verdadero es preciso que sea comprendido. No me refieroahora a las dificultades que el pensamiento abstracto, sobre todo si innova,opone a la mente, sino a la comprensin de su tendencia profunda, de suintencin ideolgica, pudiera decirse, de su fisonoma.Nuestro pensamiento pretende ser verdadero; esto es, reflejar condocilidad lo que las cosas son. Pero sera utpico y, por lo tanto, falsosuponer que para lograr su pretensin el pensamiento se rigeexclusivamente por las cosas, atendiendo slo a su contextura. Si elfilsofo se encontrase solo ante los objetos, la filosofa sera siempre unafilosofa primitiva. Mas junto a las cosas, halla el investigador lospensamientos de los dems, todo el pasado de meditaciones humanas,senderos innumerables de exploraciones previas, huellas de rutasensayadas al travs de la eterna selva problemtica que conserva suvirginidad, no obstante su reiterada violacin.Todo ensayo filosfico atiende, pues, dos instancias: lo que las cosas son

    y lo que se ha pensado sobre ellas. Esta colaboracin de las meditacionesprecedentes le sirve, cuando menos, para evitar todo error ya cometido yda a la sucesin de los sistemas un carcter progresivo.Ahora bien: el pensamiento de una poca puede adoptar ante lo que hasido pensado en otras pocas dos actitudes contrapuestas especialmente respecto al pasado inmediato, que es siempre el mseficiente, y lleva en s infartado, encapsulado, todo el pretrito. Hay, enefecto, pocas en las cuales el pensamiento se considera a s mismocomo desarrollo de ideas germinadas anteriormente, y pocas que sienten

    el inmediato pasado como algo que es urgente reformar desde su raz.Aqullas son pocas de filosofa pacfica; stas son pocas de filosofabeligerante, que aspira a destruir el pasado mediante su radicalsuperacin. Nuestra poca es de este ltimo tipo, si se entiende por"nuestra poca" no la que acaba ahora, sino la que ahora empieza.Cuando el pensamiento se ve forzado a adoptar una actitud beligerantecontra el pasado inmediato, la colectividad intelectual queda escindida endos grupos. De un lado, la gran masa mayoritaria de los que insisten en laideologa establecida; de otro, una escasa minora de corazones de

    vanguardia, de almas alerta que vislumbran a lo lejos zonas de piel anintacta. Esta minora vive condenada a no ser bien entendida: los gestosque en ella provoca la visin de los nuevos paisajes no pueden ser

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    rectamente interpretados por la masa de retaguardia que avanza a su zagay an no ha llegado a la altitud desde la cual la terra incognita se otea. Deaqu que la minora de avanzada viva en una situacin de peligro ante elnuevo territorio que ha de conquistar el vulgo retardatario que hostiliza a su

    espalda. Mientras edifica lo nuevo, tiene que defenderse de lo viejo,manejando a un tiempo, como los reconstructores de Jerusaln, la azada yel asta.Esta discrepancia es ms honda y esencial de lo que suele creerse.Tratar de aclarar en qu sentido.Por medio de la historia intentamos la comprensin de las variaciones quesobrevienen en el espritu humano. Para ello necesitamos primero advertirque esas variaciones no son de un mismo rango. Ciertos fenmenoshistricos dependen de otros ms profundos, que, por su parte, sonindependientes de aqullos. La idea de que todo influye en todo, de quetodo depende de todo, es una vaga ponderacin mstica, que deberepugnar a quien desee resueltamente ver claro. No; el cuerpo de larealidad histrica posee una anatoma perfectamente jerarquizada, unorden de subordinacin, de dependencia entre las diversas clases dehechos. As, las transformaciones de orden industrial o poltico son pocoprofundas; dependen de las ideas, de las preferencias morales y estticasque tengan los contemporneos. Pero a su vez, ideologa, gusto ymoralidad no son ms que consecuencias o especificaciones de lasensacin radical ante la vida, de cmo se sienta la existencia en su

    integridad indiferenciada. Esta que llamaremos "sensibilidad vital" es elfenmeno primario en historia y lo primero que habramos de definir paracomprender una poca.Sin embargo, cuando la variacin de la sensibilidad se produce slo enalgn individuo, no tiene trascendencia histrica. Han solido disputar sobreel rea de la filosofa de la historia dos tendencias, que, a mi juicio, y sinque yo pretenda ahora desarrollar la cuestin son parejamente errneas.Ha habido una interpretacin colectivista y otra individualista de la realidadhistrica. Para aqulla, el proceso sustantivo de la historia es obra de las

    muchedumbres difusas; para sta, los agentes histricos sonexclusivamente los individuos. El carcter activo, creador de lapersonalidad, es, en efecto, demasiado evidente para que puedaaceptarse la imagen colectivista de la historia. Las masas humanas sonreceptivas: se limitan a oponer su favor o su resistencia a los hombres devida personal e iniciadora Mas, por otra parte, el individuo seero es unaabstraccin. Vida histrica es convivencia. La vida de la individualidadegregia consiste, precisamente, en una actuacin omnmoda sobre lamasa. No cabe, pues, separar los "hroes" de las masas. Se trata de una

    dualidad esencial al proceso histrico. La humanidad, en todos losestadios de su evolucin, ha sido siempre una estructura funcional, en quelos hombres ms enrgicos cualquiera que sea la forma de esta energa

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    han operado sobre las masas, dndoles una determinada configuracin.Esto implica cierta comunidad bsica entre los individuos superiores y lamuchedumbre vulgar. Un individuo absolutamente heterogneo a la masano producira sobre sta efecto alguno; su obra resbalara sobre el cuerpo

    social de la poca sin suscitar en l la menor reaccin; por tanto, sininsertarse en el proceso general histrico. En varia medida ha acontecidoesto no pocas veces, y la historia debe anotar al margen de su textoprincipal la biografa de esos hombres "extravagantes". Como todas lasdems disciplinas biolgicas, tiene la historia un departamento destinado alos monstruos: una teratologa.Las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en historia sepresentan bajo la forma de generacin. Una generacin no es un puadode hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerposocial ntegro, con su minora selecta y su muchedumbre, que ha sidolanzado sobre el mbito de la existencia con una trayectoria vitaldeterminada. La generacin, compromiso dinmico entre masa e individuo,es el concepto ms importante de la historia, y, por decirlo as, el goznesobre que sta ejecuta sus movimientos.Una generacin es una variedad humana, en el sentido riguroso que dan aeste trmino los naturalistas. Los miembros de ella vienen al mundodotados de ciertos caracteres tpicos, que les prestan fisonoma comn,diferencindolos de la generacin anterior. Den de ese marco de identidadpueden ser los individuos del ms diverso temple, hasta el punto de que,

    habiendo de vivir los unos junto a los otros, a fuer de contemporneos, sesienten a veces como antagonistas. Pero bajo la ms violentacontraposicin de lospro y los antidescubre fcilmente la mirada unacomn filigrana. Unos y otros son hombres de su tiempo, y por mucho quese diferencien, se parecen ms todava. El reaccionario y el revolucionariodel siglo XIX son mucho ms afines entre s que cualquiera de ellos concualquiera de nosotros. Y es que, blancos o negros, pertenecen a unamisma especie, y en nosotros, negros o blancos, se inicia otra distinta.Ms importante que los antagonismos delpro y el anti, dentro del mbito

    de una generacin, es la distancia permanente entre los individuosselectos y los vulgares. Frente a las doctrinas al uso que silencian o nieganesta evidente diferencia de rango histrico entre unos y otros hombres, sesentira uno justamente incitado a exagerarla. Sin embargo, esas mismasdiferencias de talla suponen que se atribuye a los individuos un mismopunto de partida, una lnea comn sobre la cual se elevan unos ms, otrosmenos, y viene a representar el papel que el nivel del mar en topografa. Y,en efecto, cada generacin representa una cierta altitud vital, desde la cualse siente la existencia de una manera determinada. Si tomamos en su

    conjunto la evolucin de un pueblo, cada una de sus generaciones se nospresenta como un momento de su vitalidad, como una pulsacin de supotencia histrica. Y cada pulsacin tiene una fisonoma peculiar, nica; es

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    un latido impermutable en la serie del pulso, como lo es cada nota en eldesarrollo de una meloda. Parejamente podemos imaginar a cadageneracin bajo la especie de un proyectil biolgico (1), lanzado al espacioen un instante preciso, con una violencia y una direccin determinadas. De

    una y otra participan tanto sus elementos ms valiosos como los msvulgares.Mas con todo esto, claro es, no hacemos sino construir figuras o pintarilustraciones que nos sirven para destacar el hecho verdaderamentepositivo, donde la idea de generacin confirma su realidad. Es ellosimplemente que las generaciones nacen unas de otras, de suerte que lanueva se encuentra ya con las formas que a la existencia ha dado laanterior. Para cada generacin, vivir es, pues, una faena de dosdimensiones, una de las cuales consiste en recibir lo vivido ideas,valoraciones, instituciones, etc. por la antecedente; la otra, dejar fluir supropia espontaneidad. Su actitud no puede ser la misma ante lo propio queante lo recibido. Lo hecho por otros, ejecutado, perfecto, en el sentido deconcluso, se adelanta hacia nosotros con una uncin particular: aparececomo consagrado, y, puesto que no lo hemos labrado nosotros, tendemosa creer que no ha sido obra de nadie, sino que es la realidad misma. Hayun momento en que las ideas de nuestros maestros no nos parecenopiniones de unos hombres determinados, sino la verdad misma,annimamente descendida sobre la tierra. En cambio, nuestra sensibilidadespontnea, lo que vamos pensando y sintiendo de nuestro propio peculio,

    no se nos presenta nunca concluido, completo y rgido, como una cosadefinitiva, sino que es una fluencia ntima de materia menos resistente.Esta desventaja queda compensada por la mayor jugosidad y adaptacin anuestro carcter, que tiene siempre lo espontneo.El espritu de cada generacin depende de la ecuacin que esos dosingredientes formen, de la actitud que ante cada uno de ellos adopte lamayora de sus individuos. Se entregar a lo recibido, desoyendo lasntimas voces de lo espontneo? Ser fiel a stas e indcil a la autoridaddel pasado? Ha habido generaciones que sintieron una suficiente

    homogeneidad entre lo recibido y lo propio. Entonces se vive en pocascumulativas. Otras veces han sentido una profunda heterogeneidad entreambos elementos, y sobrevinieron pocas eliminatorias y polmicas,generaciones de combate. En las primeras, los nuevos jvenes,solidarizados con los viejos, se supeditan a ellos: en la poltica, en laciencia, en las artes siguen dirigiendo los ancianos. Son tiempos de viejos.En las segundas, como no se trata de conservar y acumular, sino dearrumbar y sustituir, los viejos quedan barridos por los mozos. Son tiemposde jvenes, edades de iniciacin y beligerancia constructiva.

    Este ritmo de pocas de senectud y pocas de juventud es un fenmenotan patente a lo largo de la historia, que sorprende no hallarlo advertido portodo el mundo. La razn de esta inadvertencia est en que no se ha

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    intentado an formalmente la instauracin de una nueva disciplinacientfica, que podra llamarse metahistoria, la cual sera a las historiasconcretas lo que es la fisiologa a la clnica. Una de las ms curiosasinvestigaciones metahistricas consistira en el descubrimiento de los

    grandes ritmos histricos. Porque hay otros no menos evidentes yfundamentales que el antedicho; por ejemplo, el ritmo sexual. Se insina,en efecto, una pendulacin en la historia de pocas sometidas al influjopredominante del varn a pocas subyugadas por la influencia femenina.Muchas instituciones, usos, ideas, mitos, hasta ahora inexplicados, seaclaran de manera sorprendente cuando se cae en la cuenta de queciertas pocas han sido regidas, modeladas por la supremaca de la mujer.Pero no es ahora ocasin adecuada para internarse en esta cuestin.(1) Los trminos "biologa, biolgico" se usan en este libro cuando no sehace especial salvedad para designar la ciencia de la vida, entendiendopor sta una realidad con respecto a la cual las diferencias entre alma ycuerpo son secundarias.

    El sentido histrico de la teora de EinsteinLa teora de la relatividad, el hecho intelectual de ms rango que elpresente puede ostentar, es una teora, y, por tanto, cabe discutir si es

    verdadera o errnea. Pero, aparte de su verdad o su error, una teora esun cuerpo de pensamientos que nace en un alma, en un espritu, en unaconciencia, lo mismo que el fruto en el rbol. Ahora bien, un fruto nuevoindica una especie vegetal nueva que aparece en la flora. Podemos, pues,estudiar aquella teora con la misma intencin que el botnico cuandodescribe una planta: prescindiendo de s el fruto es saludable o nocivo,verdadero o errneo, atentos exclusivamente a filiar la nueva especie, elnuevo tipo de ser viviente que en l sorprendemos. Este anlisis nosdescubrir el sentido histrico de la teora de la relatividad, lo que sta es

    como fenmeno histrico.Sus peculiaridades acusan ciertas tendencias especficas en el alma quela ha creado. Y como un edificio cientfico de esta importancia no es obra

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    de un solo hombre, sino resultado de la colaboracin indeliberada demuchos, precisamente de los mejores, la orientacin que revelen esastendencias marcar el rumbo de la historia occidental.No quiero decir con esto que el triunfo de esta teora influir sobre los

    espritus, imponindoles determinada ruta. Esto es evidente y banal. Lointeresante es lo inverso: porque los espritus han tomadoespontneamente determinada ruta, ha podido nacer y triunfar la teora dela relatividad. Las ideas, cuanto ms sutiles y tcnicas, cuanto msremotas parezcan de los afectos humanos, son sntomas ms autnticosde las variaciones profundas que le producen en el alma histrica.Basta con subrayar un poco las tendencias generales que han actuado enla invencin de esta teora, basta con prolongar brevemente sus lneasms all del recinto de la fsica, para que aparezca a nuestros ojos eldibujo de una sensibilidad nueva, antagnica de la reinante en los ltimossiglos.1.- AbsolutismoEl nervio de todo el sistema est en la idea de la relatividad. Tododepende, pues, de que se entienda bien la fisonoma que estepensamiento tiene en la obra genial de Einstein. No sera falto de todamesura afirmar que ste es el punto en que la genialidad ha insertado sudivina fuerza, su aventurero empujn, su audacia sublime de arcngel.Dado este punto, el resto de la teora poda haberse encargado a la meradiscrecin.

    La mecnica clsica reconoce igualmente la relatividad de todas nuestrasdeterminaciones sobre el movimiento, por tanto de toda posicin en elespacio y en el, tiempo que sea observable por nosotros. Cmo la teorade Einstein, que, segn omos, trastorna todo el clsico edificio de lamecnica, destaca en su nombre propio, como su mayor caracterstica, larelatividad? Este es el multiforme equvoco que conviene ante tododeshacer. El relativismo de Einstein es estrictamente inverso al de Galileoy Newton. Para stos las determinaciones empricas de duracin,colocacin y movimiento son relativas porque creen en la existencia de un

    espacio, un tiempo y un movimiento absolutos. Nosotros no podemosllegar a stos; a lo sumo, tenemos de ellos noticias indirectas (por ejemplo,las fuerzas centrfugas). Pero s se cree en su existencia, todas lasdeterminaciones que efectivamente poseemos quedarn descalificadascomo meras apariencias, como valores relativos al punto de comparacinque el observador ocupa. Relativismo aqu significa, en consecuencia, undefecto. La fsica de Galileo y Newton, diremos, es relativa.Supongamos que, por unas u otras razones, alguien cree forzoso negar laexistencia de esos inasequibles absolutos en el espacio, el tiempo y la

    transferencia. En el mismo instante, las determinaciones concretas, queantes parecan relativas en el mal sentido de la palabra, libres de lacomparacin con lo absoluto, se convierten en las nicas que expresan la

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    realidad. No habr ya una realidad absoluta (inasequible) y otra relativa encomparacin con aqulla. Habr una sola realidad, y sta ser la que lafsica positiva aproximadamente describe. Ahora bien, esta realidad es laque el observador percibe desde el lugar que ocupa; por tanto, una

    realidad relativa. Pero como esta realidad relativa, en el supuesto, quehemos tomado, es la nica que hay, resultar, a la vez que relativa, larealidad verdadera, o, lo que es igual, la realidad, absoluta. Relativismoaqu no se opone a absolutismo; al contrario, se funde con ste, y lejos desugerir un defecto de nuestro conocimiento, le otorga una validez absoluta.Tal es el caso de la mecnica de Einstein. Su fsica no es relativa, sinorelativista, y merced a su relativismo consigue una significacin absoluta.La ms trivial tergiversacin que puede sufrir la nueva mecnica es que sela interprete como un engendro ms del viejo relativismo filosfico queprecisamente viene ella a decapitar. Para el viejo relativismo, nuestroconocimiento es relativo, porque lo que aspiramos a conocer (la realidadtempo-espacial) es absoluto y no lo conseguimos. Para la fsica deEinstein nuestro conocimiento es absoluto; la realidad es la relativa.Por consiguiente, conviene ante todo destacar como una de las faccionesms genuinas de la nueva teora su tendencia absolutista en el orden delconocimiento. Es, inconcebible que esto no haya sido desde luegosubrayado por los que interpretan la significacin filosfica de esta genialinnovacin. Y, sin embargo, est bien clara esa tendencia en la frmulacapital de toda la teora: las leyes fsicas son verdaderas, cualquiera que

    sea el sistema de referencia usado, es decir, cualquiera que sea el lugarde la observacin. Hace cincuenta aos preocupaba a los pensadores si,"desde el punto de vista de Sirio", las verdades humanas lo seran. Estoequivala a degradar la ciencia que el hombre hace, atribuyndole un valormeramente domstico. La mecnica de Einstein permite a nuestras leyesfsicas armonizar con las que acaso circulan en las mentes de Sirio.Pero este nuevo absolutismo se diferencia radicalmente del que anim alos espritus racionalistas en las postreras centurias. Crean stos que alhombre era dado sorprender el secreto de las cosas, sin ms que buscar

    en el seno del propio espritu las verdaderas eternas de que est henchido.As, Descartes crea la fsica sacndola, no de la experiencia, sino de loque l llama el trsor de mon esprit. Estas verdades, que no proceden dela observacin, sino de la pura razn, tienen un valor universal, y en vez deaprenderlas nosotros de las cosas, en cierto modo las imponemos a ellas:son verdades a priori. En el propio Newton se encuentran frasesreveladoras de ese espritu racionalista. "En la filosofa de la naturaleza,dice, hay que hacer abstraccin de los sentidos". Dicho en otras palabras:para averiguar lo que una cosa es, hay que volverse de espaldas a ella. Un

    ejemplo de estas mgicas verdades es la ley de inercia; segn ella, uncuerpo libre de todo influjo, s se mueve, se mover indefinidamente ensentido rectilneo y uniforme. Ahora bien: ese cuerpo exento de todo influjo

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    nos es desconocido. Por qu tal afirmacin? Sencillamente porque elespacio tiene una estructura rectilnea, euclidiana, y, en consecuencia,todo movimiento "espontneo" que no est desviado por alguna fuerza seacomodar a la ley del espacio.

    Pero esta ndole euclidiana del espacio, quin la garantiza? Laexperiencia? En modo alguno; la pura razn es la que, previamente a todaexperiencia, resuelve sobre la absoluta necesidad de que el espacio enque se mueven los cuerpos fsicos sea euclidiano. El hombre no puede versino en el espacio euclidiano. Esta peculiaridad del habitante de la tierra eselevada por el racionalismo a ley de todo el cosmos. Los viejosabsolutistas cometieron en todos los rdenes la misma ingenuidad. Partende una excesiva estimacin del hombre. Hacen de l un centro deluniverso, cuando es slo un rincn. Y ste es el error ms grave que lateora de Einstein viene a corregir.2.- PerspectivismoEl espritu provinciano ha sido siempre, y con plena razn, consideradocomo una torpeza. Consiste en un error de ptica. El provinciano no caeen la cuenta de que mira el mundo desde una posicin excntrica. Supone,por el contrario, que est en el centro del orbe, y juzga de todo como s suvisin fuese central. De aqu una deplorable suficiencia que produceefectos tan cmicos. Todas sus opiniones nacen falsificadas, porqueparten de un pseudocentro. En cambio, el hombre de la capital sabe quesu ciudad, por grande que sea, es slo un punto del cosmos, un rincn

    excntrico. Sabe, adems, que en el mundo no hay centro y que es, portanto, necesario descontar en todos nuestros juicios la peculiar perspectivaque la realidad ofrece mirada desde nuestro punto de vista. Por estemotivo, al provinciano el vecino de la gran ciudad parece siempreescptico, cuando slo es ms avisado.La teora de Einstein ha venido a revelar que la ciencia moderna, en sudisciplina ejemplar la nuova scienza de Galileo, la gloriosa fsica deOccidente, padeca un agudo provincianismo. La geometra euclidiana,que slo es aplicable a lo cercano, era proyectada sobre el universo. Hoy

    se empieza en Alemania a llamar al sistema de Euclides "geometra de loprximo", en oposicin a otros cuerpos de axiomas que, como el deRiemann, son geometras de largo alcance.Como todo provincianismo, esta geometra provincial ha sido superadamerced a una aparente limitacin, a un ejercicio de modestia. Einstein seha convencido de que hablar del espacio es una megalomana que llevainexorablemente al error. No conocemos ms extensiones que las quemedimos, y no podemos medir ms que con nuestros instrumentos. Estosson nuestros rganos de visin cientfica; ellos determinan la estructura

    especial del mundo que conocemos. Pero, como lo mismo acontece a todootro ser que desde otro lugar del orbe quiera construir una fsica, resultaque esa limitacin no lo es en verdad.

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    localizacin tiene que parecerle una avilantez. En el espectculo csmicono hay espectador sin localidad determinada. Querer ver algo y no quererverlo desde un preciso lugar es un absurdo. Esta pueril insumisin a lascondiciones que la realidad nos impone; esa incapacidad de aceptar

    alegremente el destino; esa pretensin ingenua de creer que es fcilsuplantarlo por nuestros estriles deseos, son rasgos de un espritu queahora fenece, dejando su puesto a otro completamente antagnico.La propensin utpica ha dominado en la mente europea durante toda lapoca moderna: en ciencia, en moral, en religin, en arte. Ha sidomenester de todo el contrapeso que el enorme afn de dominar lo real,especfico del europeo, opona para que la civilizacin occidental no hayaconcluido en un gigantesco fracaso. Porque lo ms grave del utopismo noes que d soluciones falsas a los problemas cientficos o polticos,sino algo peor: es que no acepta el problema lo real segn sepresenta; antes bien, desde luego a priori, le impone una caprichosaforma.Si se compara la vida de Occidente con la de Asia indos, chinos,sorprende al punto la inestabilidad espiritual del europeo frente al profundoequilibrio del alma oriental. Este equilibrio revela que, al menos en losmximos problemas de la vida, el hombre de Oriente ha encontradofrmulas de ms perfecto ajuste con la realidad. En cambio, el europeo hasido frvolo en la apreciacin de los factores elementales de la vida, se hafraguado de ellos interpretaciones caprichosas que es forzoso

    peridicamente sustituir.La desviacin utopista de la inteligencia humana comienza en Grecia y seproduce dondequiera llegue a exacerbacin el racionalismo. La razn puraconstruye un mundo ejemplar cosmos fsico o cosmos poltico con lacreencia de que l es la verdadera realidad y, por tanto, debe suplantar ala efectiva. La divergencia entre las cosas y las ideas puras es tal, que nopuede evitarse el conflicto. Pero el racionalista no duda de que en lcorresponde ceder a lo real. Esta conviccin es la caracterstica deltemperamento racionalista.

    Claro es que la realidad posee dureza sobrada para resistir los embates delas ideas. Entonces el racionalismo busca una salida: reconoce que,por elmomento, la idea no se puede realizar, pero que lo lograr en "un procesoinfinito" (Leibniz, Kant). El utopismo toma la forma de ucronismo. Durantelos dos siglos y medio ltimos todo se arreglaba recurriendo al infinito, opor lo menos a perodos de una longitud indeterminada. (En el darwinismouna especie nace de otra, sin ms que intercalar entre ambas algunosmilenios). Como si el tiempo, espectral fluencia, simplemente corriendo,pudiese ser causa de nada y hacer verosmil lo que es en la actualidad

    inconcebible.No se comprende que la ciencia, cuyo nico placer es conseguir unaimagen certera de las cosas, pueda alimentarse de ilusiones. Recuerdo

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    que sobre m pensamiento ejerci suma influencia un detalle. Hacemuchos aos lea yo una conferencia del fisilogo Loeb sobre lostropismos. Es el tropismo un concepto con que se ha intentado describir yaclarar la ley que rige los movimientos elementales de los infusorios. Mal

    que bien, con correcciones y aadidos, este concepto sirve paracomprender algunos de estos fenmenos. Pero al final de su conferencia,Loeb agrega: "Llegar el tiempo en que lo que hoy llamamos actosmorales del hombre se expliquen sencillamente como tropismos. Estaaudacia me inquiet sobremanera, porque me abri los ojos sobre otrosmuchos juicios de la ciencia moderna, que, menos ostentosamente,cometen la misma falta. De modo pensaba yo que un concepto comoel tropismo, capaz apenas de penetrar el secreto de fenmenos tansencillos como los brincos de los infusorios, puede bastar en un vagofuturo para explicar cosa tan misteriosa y compleja como los actos ticosdel hombre! Qu sentido tiene esto? La ciencia ha de resolver hoy susproblemas, no transferimos a las calendas griegas. S sus mtodosactuales no bastan para dominar hoy los enigmas del universo, lo discretoes sustituirlos por otros ms eficaces. Pero la ciencia usada est llena deproblemas que se dejan intactos por ser incompatibles con los mtodos.Como s fuesen aqullos los obligados a supeditarse a stos, y no alrevs! La ciencia est repleta de ucronismos, de calendas griegas.Cuando salimos de esta beatera cientfica que rinde idoltrico culto a losmtodos preestablecidos y nos asomamos al pensamiento de Einstein,

    llega a nosotros como un fresco viento de maana. La actitud de Einsteines completamente distinta de la tradicional. Con ademn de joven atleta levemos avanzar recto a los problemas y, usando del medio ms a mano,cogerlos por los cuernos. De lo que pareca defecto y limitacin en laciencia, hace l una virtud y una tctica eficaz.Un breve rodeo nos aclarar la cuestin.De la obra de Kant quedar imperecedero un gran descubrimiento: que laexperiencia no es slo el montn de datos transmitidos por los sentidos,sino un producto de dos factores. El dato sensible tiene que ser recogido,

    filiado, organizado en un sistema de ordenacin. Este orden es aportadopor el sujeto, es a priori. Dicho en otra forma: la experiencia fsica es uncompuesto de observacin y geometra. La geometra es una cuadrculaelaborada por la razn pura: la observacin es faena de los sentidos. Todaciencia explicativa de los fenmenos materiales ha contenido, contiene ycontendr estos dos ingredientes.Esta identidad de composicin que a lo largo de su historia ha manifestadosiempre la fsica moderna, no excluye, empero, las ms profundasvariaciones dentro de su espritu. En efecto: la relacin que guarden entre

    s sus dos ingredientes da lugar a interpretaciones muy dispares. Deambos, cul ha de supeditarse al otro? Debe ceder la observacin a lasexigencias de la geometra o la geometra a la observacin? Decidirse por

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    lo uno o lo otro significa pertenecer a dos tipos antagnicos de tendenciaintelectual. Dentro de la misma y nica fsica caben dos castas de hombrescontrapuestas.Sabido es que el experimento de Michelson tiene el rango de una

    experiencia crucial: en l se pone entre la espada y la pared alpensamiento del fsico. La ley geomtrica que proclama la homogeneidadinalterable del espacio, cualesquiera sean los procesos que en l seproducen, entra en conflicto rigoroso con la observacin, con el hecho, conla materia. Una de dos: o la materia cede a la geometra o sta a aqulla.En este agudo dilema sorprendemos a dos temperamentos intelectuales yasistimos a su reaccin. Lorentz y Einstein, situados ante el mismoexperimento, toman resoluciones opuestas. Lorentz, representando eneste punto el viejo racionalismo, cree forzoso admitir que es la materiaquien cede y se contrae. La famosa "contraccin de Lorentz" es unejemplo admirable de utopismo. Es el juramento del Juego de Pelotatransplantado a la fsica. Einstein adopta la solucin contrara. Lageometra debe ceder; el espacio puro tiene que inclinarse ante laobservacin, tiene que encorvarse.Suponiendo una perfecta congruencia en el carcter, llevado Lorentz a lapoltica, dira: perezcan las naciones y que se salven los principios.Einstein en cambio, sostendra: es preciso buscar principios para que sesalven las naciones, porque para eso estn los principios.No es fcil exagerar la importancia de este viraje a que Einstein somete la

    ciencia fsica. Hasta ahora, el papel de la geometra, de la pura razn, eraejercer una indiscutida dictadura. En el lenguaje vulgar queda la huella delsublime oficio que a la razn se atribua: el vulgo habla de los "dictados dela razn". Para Einstein el papel de la razn es mucho ms modesto: dedictadora pasa a ser humilde instrumento que ha de confirmar en cadacaso su eficacia.Galileo y Newton hicieron euclidiano al universo simplemente porque larazn lo dictaba as. Pero la razn pura no puede hacer otra cosa queinventar sistemas de ordenacin. Estos pueden ser muy numerosos y

    diferentes. La geometra euclidiana es uno; otro, la de Riemann, la deLobatchewski, etc. Ms claro est que no son ellos, que no es la raznpura quien resuelve cmo es lo real. Por el contrario, la realidad seleccionaentre esos rdenes posibles, entre esos esquemas, el que le es ms afn.Esto es lo que significa la teora de la relatividad. Frente al pasadoracionalista de cuatro siglos se opone genialmente Einstein e invierte larelacin inveterada que exista entre razn y observacin. La razn deja deser norma imperativa y se convierte en arsenal de instrumentos; laobservacin prueba stos y decide sobre cul es el oportuno. Resulta,

    pues, la ciencia de una mutua seleccin entre las ideas puras y los puroshechos.

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    Este es uno de los rasgos que ms importa subrayar en el pensamiento deEinstein, porque en l se inicia toda una nueva actitud ante la vida. Deja lacultura de ser, como hasta aqu, una norma imperativa, a que nuestraexistencia ha de amoldarse. Ahora entrevemos una relacin entre ambas,

    ms delicada y ms justa. De entre las cosas de la vida son seleccionadasalgunas como posibles formas de cultura; pero de entre estas posiblesformas de cultura, selecciona a su vez la vida las nicas que debernrealizarse.4.- FinitismoNo quiero terminar esta filiacin de las tendencias profundas que afloranen la teora de la relatividad sin aludir a la ms clara y patente. Mientras elpasado utopista lo arreglaba todo recurriendo al infinito en el espacio y enel tiempo, la fsica de Einstein y la matemtica reciente de Brouwer yWeyl lo mismo acota el universo. El mundo de Einstein tiene curvatura,y, por tanto, es cerrado y finito (3).Para quien crea que las doctrinas cientficas nacen por generacinespontnea, sin ms que abrir los ojos y la mente sobre los hechos, estainnovacin carece de importancia. Se reduce a una modificacin de laforma que sola atribuirse al mundo. Pero el supuesto es falso: unadoctrina cientfica no nace, por obvios que parezcan los hechos donde sefunda, sin una clara predisposicin del espritu hacia ella. Es precisoentender la gnesis de nuestros pensamientos con toda su delicadaduplicidad. No se descubren ms verdades que las que de antemano se

    buscan. Las dems, por muy evidentes que sean, encuentran ciego alespritu.Esto da un enorme alcance al hecho de que sbitamente, en la fsica y enla matemtica, empiece una marcada preferencia por lo finito y un grandesamor a lo infinito. Cabe diferencia ms radical entre dos almas quepropender una a la idea de que el universo es ilimitado y la otra a sentir ensu derredor un mundo confinado? La infinitud del cosmos fue una de lasgrandes ideas excitantes que produjo el Renacimiento. Levantaba en loscorazones patticas marcas, y Giordano Bruno sufri por ella muerte cruel.

    Durante toda la poca moderna, bajo los afanes del hombre occidental, halatido como un fondo mgico esa infinitud del paisaje csmico.Ahora, de pronto, el mundo se limita, es un huerto con muros confinantes,es un aposento, un interior. No sugiere este nuevo escenario todo unestilo de vida opuesto al usado? Nuestros nietos entrarn en la existenciacon esta nocin, y sus gestos hacia el espacio tendrn un sentido contraroa los nuestros. Hay evidentemente en esta propensin al finitismo unaclara voluntad de limitacin, de pulcritud serena, de antipata a los vagossuperlativos, de antirromanticismo. El hombre griego, el "clsico", viva

    tambin en un universo limitado. Toda la cultura griega palpita de horror alinfinito y busca el metron, la mesura.

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    Fuera, sin embargo, superficial creer que el alma humana se dirige haciaun nueva clasicismo. No ha habido jams neoclasicismo que no fuese unafrivolidad. El clsico busca el lmite, pero es porque no ha vivido nunca lailimitacin. Nuestro caso es inverso: el lmite significa para nosotros una

    amputacin, y el mundo cerrado y finito en que ahora vamos a respirarser irremediablemente un mun de universo (4).

    NOTAS(1) La primera publicacin de Einstein sobre su reciente descubrimiento,Die Grundlagen der allgemeinen Retativittstheorie, se public dentro deese ao.(2) Bastante tiempo despus de publicado esto, se me ha hecho notar quesimultneamente haba aparecido una conferencia del filsofo Geiger,donde se habla tambin del sentido absoluto que va anejo a la teora deEinstein. Pero el caso es que la tesis de Geiger apenas tiene algn puntocomn con la sostenida en este ensayo.(3) Por todas partes, en el sistema de Einstein se persigue al infinito. As,por ejemplo, queda suprimida la posibilidad de velocidades infinitas.(4) Otros dos puntos fuera necesario tocar para que las lneas generalesde la mente que ha creado la teora de la relatividad quedasen completas.Uno de ellos es el cuidado con que se subrayan las discontinuidades en loreal, frente al prurito de lo continuo que domina el pensamiento de los

    ltimos siglos. Este discontinuismo triunfa a la par en biologa y en historia.El otro punto, tal vez el ms grave de todos, es la tendencia a suprimir lacausalidadque opera en forma latente dentro de la teora de Einstein. Lafsica, que comenz por ser mecnica y luego fue dinmica, tiende enEinstein a convertirse en mera cinemtica. Sobre ambos puntos slopuede hablarse recurriendo a difciles cuestiones tcnicas que en el textohe procurado eliminar.

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    "La idea de la generacin"Una misma cosa se puede pensar de dos modos: en hueco o en lleno. Sidecimos que la historia se propone averiguar cmo han sido las vidas

    humanas, se puede estar seguro que el que nos escucha al entender estaspalabras y repetrselas las piensa en hueco, esto es, no se hace presentela realidad misma que es la vida humana, no piensa, pues, efectivamenteel contenido de esa idea, sino que usa aquellas palabras como uncontinente vaco, como una ampolla inane que lleva por de fuera el rtulo:"vida humana". Es, pues, como si se dijera: Bueno, yo me doy cuenta deque al pensar ahora estas palabras al leerlas, orlas o pronunciarlasno tengo de verdad presente la cosa que ellas significan, pero tengo lacreencia, la confianza de que siempre que quiera detenerme a realizar susignificado, a hacerme presente la realidad que nombran, lo conseguir.Las uso, pues, fiduciariamente, a crdito, como uso un cheque, confiadoen que siempre que quiera lo podr cambiar en la ventanilla de un Bancopor el dinero contante y sonante que representa. Confieso que, en rigor, nopienso mi idea, sino slo su alvolo, su cpsula, su hueco.Este pensar en hueco y a crdito, este pensar algo sin pensarlo en efectoes el modo ms frecuente de nuestro pensamiento. La ventaja de lapalabra que ofrece un apoyo material al pensamiento tiene la desventajade que tiende a suplantarlo, y si un buen da nos comprometisemos arealizar el repertorio de nuestros pensamientos ms habituales, nos

    encontraramos penosamente sorprendidos con que no tenemos lospensamientos efectivos, sino slo sus palabras o algunas vagas imgenespegadas a ellas; con que no tenemos ms que los cheques, pero no lasmonedas que aqullos pretenden valer; en suma, que intelectualmentesomos un Banco en quiebra fraudulenta. Fraudulenta, porque cada cualvive con sus pensamientos, y si stos son falsos, son vacos, falsifican suvida, se estafa a s mismo.Pues bien, yo no he pretendido en las dos lecciones anteriores sino hacerfcil a ustedes llenar de realidad las palabras "vida humana" que son, tal

    vez, de todo el diccionario, las que ms nos importan, porque esa realidadno es una cualquiera, sino que es la nuestra y al serlo es la realidad enque se dan para nosotros todas las dems, es la realidad de todas lasrealidades. Todo lo que pretenda en algn sentido ser realidad tendrque aparecer de algn modo dentro de mi vida.Pero la vida humana no es una realidad hacia afuera quiero decir, la vidade cada uno de ustedes no es lo que, sin ms, veo yo de ellas mirndolasdesde mi sitio, desde m mismo. Al contrario: eso que yo, sin ms, veode ustedes no es la vida de ustedes, sino precisamente una porcin de la

    ma, de mi vida. A m me acontece ahora tenerlos a ustedes de oyentes,tener que hablarles; los encuentro delante de m con el variado aspectoque me presentan muchachos y muchachas que estudian, personas

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    mayores, varones y damas, y yo al hablar me veo obligado, entre otrascosas, a buscar un modo de expresin que sea comprensible a todos; esdecir, que tengo que contar con ustedes, tengo que habrmelas conustedes, son ustedes ahora, en este momento, un elemento. de mi destino,

    de mi circunstancia. Pero claro es que la vida de cada uno de ustedes noes lo que cada uno de ustedes es para m, lo que es hacia m, por tanto,hacia fuera de cada uno de ustedes sino que es la que cada uno deustedes vive por s, desde s y hacia s. Y en esa vida de ustedes soy yoahora no ms que un ingrediente de la circunstancia en que ustedes viven,soy un ingrediente de su destino. La vida de cada uno de ustedes consisteahora en tener que estar oyndome, y esto aun en el caso, sobremaneraposible, de que algunos de ustedes no hayan venido a orme, sino quehayan venido por cualesquiera otros motivos imaginables, los cuales noquiero, aunque podra, enumerar. Aun en ese caso su vida consiste ahoraen tener que contar, quieran o no, con mi voz, pues para no orme,estando aqu, tienen que hacer el penoso esfuerzo de desorme, deprocurar distraerse de mi voz concentrando la atencin en alguna otracosa como solemos hacer tantas veces para defendernos de esos dosnuevos enemigos del hombre que son el gramfono y la radio.La realidad de la vida consiste, pues, no en lo que es para quien desdefuera la ve, sino en lo que es para quien desde dentro de ella la es, para elque se la va viviendo mientras y en tanto que la vive. De aqu que conocerotra vida que no es la nuestra obliga a intentar verla no desde nosotros,

    sino desde ella misma, desde el sujeto que la vive.Por esta razn he dicho muy formalmente y no como simple metfora quela vida es drama el carcter de su realidad no es como el de esta mesacuyo ser consiste no ms que en estar ah, sino en tener que rsela cadacual haciendo por s, instante tras instante, en perpetua tensin deangustias y alborozos, sin que nunca tenga la plena seguridad sobre smisma. No es sta la definicin del drama? El drama no es una cosaque est ah no es en ningn buen sentido una cosa, un ser esttico,sino que el drama pasa, acontece, se entiende, es un pasarle algo a

    alguien, es lo que acontece al protagonista mientras le acontece. Peroaun al decir esto que ahora, creo yo, nos parece tan claro, decir que la vidaes drama, solemos malentenderlo interpretndolo como si se tratase deque viviendo nos suelen acontecer dramas algunas veces, o bien que vivires acontecerle a uno muchas cosas por ejemplo, dolerle a uno lasmuelas, ganar el premio de la lotera, no tener qu comer, enamorarse deuna mujer, sentir la indominable aspiracin de ser ministro, servelis nolisestudiante de la Universidad, etc.. Pero esto significara que en la vidaacontecen dramas, grandes y chicos, tristes o regocijados, mas no que la

    vida es esencialmente y slo drama. Y de esto precisamente es de lo quese trata. Porque todas las dems cosas que nos pasan o acontecen, nosacontecen y pasan porque nos acontece y pasa una nica: vivir. Si no

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    vivisemos no nos pasara nada; en cambio, porque vivimos y slo porquevivimos nos pasa todo lo dems. Ahora bien, ese nico y esencial"pasarnos" que es causa de todos los dems, el vivir, tiene unapeculiarsima condicin, y es que siempre est en nuestra mano hacer que

    no pase. El hombre puede siempre dejar de vivir. Es penoso traer aquesta idea de la posibilidad siempre abierta para el hombre de huir de lavida; es penoso, pero es forzoso. Porque ella y slo ella descubre uncarcter principalsimo de nuestra vida, que es ste: no nos la hemos dadoa nosotros, sino que nos la encontramos o nos encontramos en ella alencontrarnos con nosotros mismos pero al encontrarnos en la vidapodramos muy bien abandonarla. Si no la abandonamos es porquequeremos vivir. Pero entonces noten ustedes lo que resulta: si, segnhemos visto, nos pasan todas las cosas porque nos pasa vivir, como esteesencial pasar lo aceptamos al querer vivir, es evidente que todo lo demsque nos pasa, aun lo ms adverso y desesperante, nos pasa porquequeremos se entiende, porque queremos ser. El hombre es afn deser afn en absoluto de ser, de subsistir y afn de ser tal, de realizarnuestro individualsimo yo.Mas esto tiene dos haces: un ente que est constituido por el afn de ser,que consiste en afanarse por ser, evidentemente es ya, si no, no podraafanarse. Este es un lado. Pero qu es ese ente? Ya lo hemos dicho:afn de ser. Bien; pero slo puede sentir afn de ser quien no est segurode ser, quien siente constantemente problemtico si ser o no en el

    momento que viene, y si ser tal o cual, de este o del otro modo. De suerteque nuestra vida es afn de ser precisamente porque es, al mismo tiempo,en su raz, radical inseguridad. Por eso hacemos siempre algo paraasegurarnos la vida, y antes que otra cosa hacemos una interpretacin dela circunstancia en que tenemos que ser y de nosotros mismos que en ellapretendemos ser definimos el horizonte dentro del cual tenemos quevivir.Esa interpretacin se forma en lo que llamamos "nuestras convicciones", osea todo aquello de que creemos estar seguros, con respecto a lo cual

    sabemos a qu atenernos. Y ese conjunto de seguridades que pensandosobre la circunstancia logramos fabricarnos, construirnos como unabalsa en el mar proceloso, enigmtico de la circunstancias, es el mundo,horizonte vital. De donde resulta que el hombre para vivir necesita, quierao no, pensar, formarse convicciones o lo que es igual, que vivir esreaccionar a la inseguridad radical construyendo la seguridad de un modo,o con otras palabras, creyendo que el mundo es de este o del otro modo,para en vista de ello dirigir nuestra vida, vivir.El otro da desechbamos la definicin del hombre como homo sapiens,

    por parecemos comprometedora y en exceso optimista. Que el hombresabe? En la fecha en que hablo y dirigiendo una mirada a la humanidadactual, esa pregunta es demasiado inquietadora: porque si algo hay claro

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    en esta hora, es que en esta hora el hombre, y precisamente el mscivilizado, en uno y otro continente, no sabe qu hacer.Las anteriores consideraciones nos llevaran ms bien a ampararnos en laotra vieja definicin que llama al hombre homo faber, el ente que fabrica

    o como Franklin deca, el animal que hace instrumentos, animalinstrumentificum. Pero habamos de dar a esta nocin un sentidoradicalsimo que sus autores no sospecharon jams. Con ella se quieredecir que el hombre es capaz de fabricar instrumentos, tiles, trebejos quele sirvan para vivir. Es capaz, mas una realidad no se define por aquelloque es capaz de hacer, pero que puede muy bien no hacer. Ahora noestamos fabricando instrumentos en el sentido que sola tener esadefinicin, y, sin embargo, somos hombres. Pero a esa definicin, repito,puede drsele un sentido mucho ms radical: el hombre siempre, en cadainstante, est viviendo segn lo que es el mundo para l; ustedes hanvenido aqu y estn ahora oyndome porque dentro de lo que es paraustedes el mundo les pareca tener sentido venir aqu durante esta hora.Por tanto, en este hacer de ustedes que es haber venido, permanecer aquy esforzar su atencin a mis palabras, actualizan la concepcin del mundoque tienen, es decir, que hacen mundo, que dan vigencia a un ciertomundo. Y lo mismo dira, si en vez de estar aqu, estuviesen ustedeshaciendo otra cosa en cualquier otro sitio. Siempre lo haran en virtud delmundo o universo en que creen, en que piensan. Slo que en un casocomo el concreto nuestro la cosa es an ms clara y literal; porque han

    venido muchos de ustedes a ver si oan algo nuevo sobre lo que es elmundo, a ver si juntos conmigo hacamos un mundo un poco nuevo,aunque no sea ms que en alguna de sus dimensiones, cuadrantes oprovincias.Con mayor o menor actividad, originalidad y energa el hombre hacemundo, fabrica mundo constantemente, y ya hemos visto que mundo ouniverso no es sino el esquema o interpretacin que arma para asegurarsela vida. Diremos, pues, que el mundo es el instrumento por excelencia queel hombre produce, y el producirlo es una y misma cosa con su vida, con

    su ser. El hombre es un fabricante nato de universos.He aqu, seores, por qu hay historia, por qu hay variacin continua delas vidas humanas. Si seccionamos por cualquier fecha el pasado humano,hallamos siempre al hombre instalado en un mundo, como en una casaque se ha hecho para abrigarse. Ese mundo le asegura frente a ciertosproblemas que le plantea la circunstancia. pero deja muchas aberturasproblemticas, muchos peligros sin resolver ni evitar. Su vida, el drama desu vida, tendr un perfil distinto segn sea la perspectiva de problemas,segn sea la ecuacin de seguridades e inquietudes que ese mundo

    represente.Con una relativa seguridad estamos ahora por lo menos en cuanto alpeligro de que un astro choque con la Tierra y la destruya. Por qu esa

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    seguridad? Porque creemos en un mundo lo bastante racional para quesea posible la ciencia astronmica, y sta nos asegura que lasprobabilidades de ese choque son prcticamente nulas con respecto anuestra vida. Es ms, los astrnomos, que han sido siempre gentes

    maravillosas, se han entretenido en contar el nmero de aos que faltanpara que un astro d un torniscn al Sol y lo destruya: son, exactamente,un billn doscientos tres aos. Podemos todava conversar un rato.Pero imaginen ahora ustedes que, de pronto, los fenmenos naturalescomenzasen a contravenir las leyes de la fsica; esto es, que perdisemosla confianza en la ciencia, que es, dicho sea de paso, la fe de que vive elhombre europeo actual. Nos encontraramos ante un mundo irracional, esdecir, impermeable a nuestra razn cientfica, que es lo nico que nospermite asegurarnos cierto dominio sobre la circunstancia material. Ipsofacto, nuestra vida,, nuestro drama cambiara de cariz profundamente nuestra vida sera muy otra, porque viviramos en otro mundo. Se noshabra cado la casa en que estbamos instalados, no sabramos, en todolo material, a qu atenernos, volvera a azotar a la humanidad la plagaterrible que durante milenios la ha sobrecogido y mantenido prisionera: elpavor csmico, el miedo de Pan, el terror pnico.Pues bien: la cosa no es tan absolutamente remota de la realidad comopuede suponerse. En estos das siente la humanidad civilizada un terrorque hace treinta aos, no ms, desconoca. Hace treinta aos crea estaren un mundo donde el progreso econmico era indefinido y sin graves

    discontinuidades. Mas en estos ltimos aos el mundo ha cambiado: losjvenes que comienzan a vivir plenamente ahora viven en un mundo decrisis econmica que hace vacilar toda seguridad en este orden y quequin sabe qu modificaciones insospechadas, hasta increbles, puedeacarrear a la vida humana.Esto nos permite formular dos principios fundamentales para laconstruccin de la historia: 1 El hombre constantemente hace mundo,forja horizonte. 2 Todo cambio del mundo, del horizonte, trae consigo uncambio en la estructura del drama vital. El sujeto psicofisiolgico que

    vive, el alma y el cuerpo del hombre puede no cambiar; no obstante,cambia su vida porque ha cambiado el mundo. Y el hombre no es su almay su cuerpo, sino su vida, la figura de su problema vital.El tema de la historia queda as formalmente precisado como el estudio delas formas o estructuras que ha tenido la vida humana desde que haynoticia.Pero se dir que la vida est siempre, continuamente, cambiando deestructura. Porque si hemos dicho que el hombre hace constantementemundo, quiere decirse que ste es modificado tambin constantemente y,

    por tanto, cambiar sin cesar la estructura de la vida. En ltimo rigor estoes cierto. Al preparar la leccin de hoy he tenido que pensar con msprecisin ciertos puntos de lo que yo creo que es el mundo histrico, el

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    cual no es sino una porcin de mi mundo. Por tanto, se ha modificado steen algunos detalles. Parejamente, yo espero que esta leccin vare algunafaccin, por menuda que sea, del mundo en que ustedes vivan al entrarhace un rato por esa puerta. Sin embargo, la arquitectura general del

    universo en que ustedes y yo vivamos ayer queda intacta. Todos los dascambia un poco la materia de que estn hechas las paredes de nuestracasa; no obstante, tenemos derecho a decir, si no nos hemos mudado, quehabitamos en la misma casa que hace aos. No hay, pues, que exagerarel rigor, porque eso nos llevara en este caso a algo falso. Cuando lasmodificaciones que sufre el mundo en que creo no afectan a susprincipales elementos constructivos y su perfil general queda intacto, elhombre no tiene la impresin de que ha cambiado el mundo, sino slo deque ha cambiado algo en el mundo.Pero otra consideracin sumamente obvia nos pone en la pista de qugnero de modificaciones son las que deben valer como efectivo cambiode horizonte o mundo. La historia no se ocupa slo de tal vida individual;aun en el caso de que el historiador se proponga hacer una biografa,encuentra a la vida de su personaje trabada con las vidas de otroshombres, y la de stos, a su vez, con otras; es decir, que cada vida estsumergida en una determinada circunstancia de una vida colectiva. Y estavida colectiva, annima, con la cual se encuentra cada uno de nosotrostiene tambin su mundo, su repertorio de convicciones con las cuales,quiera o no, el individuo tiene que contar. Es ms, ese mundo de las

    creencias colectivas que se suele llamar "las ideas de la poca", el"espritu del tiempo" tiene un peculiar carcter que no tiene el mundo delas creencias individuales, a saber: que es vigente por s, frente y contranuestra aceptacin de l. Una conviccin ma, por firme que sea, slo tienevigencia para m. Pero las ideas del tiempo, las convicciones ambientesson tenidas por un sujeto annimo, que no es nadie en particular, que es lasociedad. Y esas ideas ti