La Revelación Sobrenatural de Dios

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APUNTES DE FE Y CULTURA LA REVELACIÓN SOBRENATURAL DE USAT | Prof. Francisco Javier Sandoval 1 “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina” (DV 2). INTRODUCCIÓN El mensaje del cristianismo: Dios se ha revelado en cristo A lo largo de la primera unidad hemos visto que el hombre posee una capacidad natural – la razón – que le permite descubrir a Dios cuya existencia puede ser demostrada también de un modo racional o natural. Si bien esta demostración no es propiamente científica, es decir - según los aspectos que hoy definen a una ciencia como es la experimentación u observación directa – es una afirmación que puede apoyarse en los últimos descubrimientos científicos y particularmente en los referidos al origen del universo, de la vida y del hombre. De allí que – como habíamos afrontado en temas anteriores – la pregunta de los orígenes se encuentra necesariamente con la pregunta sobre Dios. Por ejemplo, la respuesta al por qué de los orígenes (¿causa?) que la ciencia no responde completamente aunque sí los explique ampliamente (¿cómo?), no puede descartar totalmente la posibilidad de un acto creador y, que a partir de éste pudo darse una evolución y, en este sentido, debamos reconocer - aún con todos los conocimientos científicos adquiridos hasta la actualidad - la presencia de un ser inteligente al que llamamos Dios. Precisamente, puede comprenderse y afirmarse a Dios como creador o como la causa primera en el contexto de nuestra reflexión y que llena de sentido y de explicación a lo observado en lo creado y que tal afirmación sea una verdad o un conocimiento obtenido gracias al esfuerzo del hombre que piensa sobre sí mismo y el mundo para explicar la existencia de ambos. Se trata, por tanto, de un conocimiento natural: Dios existe, y se dan argumentos racionales para esta afirmación apoyándose también, como ya dijimos, en recientes descubrimientos científicos. Con

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“Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina” (DV 2).

INTRODUCCIÓN

El mensaje del cristianismo: Dios se ha revelado en cristo

A lo largo de la primera unidad hemos visto que el hombre posee una capacidad natural – la razón – que le permite descubrir a Dios cuya existencia puede ser demostrada también de un modo racional o natural. Si bien esta demostración no es propiamente científica, es decir - según los aspectos que hoy definen a una ciencia como es la experimentación u observación directa – es una afirmación que puede apoyarse en los últimos descubrimientos científicos y particularmente en los referidos al origen del universo, de la vida y del hombre. De allí que – como habíamos afrontado en temas anteriores – la pregunta de los orígenes se encuentra necesariamente con la pregunta sobre Dios. Por ejemplo, la respuesta al por qué de los orígenes (¿causa?) que la ciencia no responde completamente aunque sí los explique ampliamente (¿cómo?), no puede descartar totalmente la posibilidad de un acto creador y, que a partir de éste pudo darse una evolución y, en este sentido, debamos reconocer - aún con todos los conocimientos científicos adquiridos hasta la actualidad - la presencia de un ser inteligente al que llamamos Dios.

Precisamente, puede comprenderse y afirmarse a Dios como creador o como la causa primera en el contexto de nuestra reflexión y que llena de sentido y de explicación a lo observado en lo creado y que tal afirmación sea una verdad o un conocimiento obtenido gracias al esfuerzo del hombre que piensa sobre sí mismo y el mundo para explicar la existencia de ambos. Se trata, por tanto, de un conocimiento natural: Dios existe, y se dan argumentos racionales para esta afirmación apoyándose también, como ya dijimos, en recientes descubrimientos científicos. Con éstos se aclara aún más nuestra comprensión de los orígenes pero paradójicamente lejos de anular la presencia de Dios - pretensión de un ateísmo científico - la evidencia con mayor notoriedad y de un modo más convincente.

En conclusión, puede el hombre llegar a afirmar la existencia de Dios de modo racional tras descubrirlo. Este es el alcance posible para la razón humana y no precisamente algo que se procure únicamente o se afirme como gran noticia en una religión. Descubrir la existencia de Dios es posible para el hombre de hoy y este descubrimiento convertirse, en cambio, en una preparación inmediata a abrazar la fe.

El punto de partida de la Teología

¿Cuál es la gran noticia que presenta el Cristianismo y es estudiada por la Teología? Y ¿en qué radica fundamentalmente el hecho de considerar el conocimiento teológico como

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conocimiento superior al conocimiento natural?, ¿es posible demostrar que Dios realmente se ha revelado? ¿tendría el evento de la revelación de Dios una importante repercusión para la vida del hombre?

Pues bien, este mismo Dios no sólo existe sino que también se ha revelado. Esta es la gran noticia, el mensaje central del cristianismo que estudia la Teología y que estudiaremos también nosotros al iniciar esta segunda unidad. Obviamente, afirmar que Dios se ha revelado supone el hecho de su existencia. De aquí que la Teología, en realidad, no se limita a afirmar la existencia de Dios o a proporcionar argumentos que la respalden sino más bien, aborda en profundidad el contenido de su Revelación: quién es Dios y cuál es su mensaje para el hombre. Cabe notar, que el tipo de conocimiento que da la Teología supera en grande medida al conocimiento que el hombre logra de modo natural o puramente racional, porque La Teología radica fundamentalmente en el acontecimiento o manifestación de Dios, es decir, el conocimiento teológico viene de Dios y, por tanto, nos proporcionan certezas aún mayores y constatables por la experiencia de fe, profundizadas con las fuentes de la Teología sobre hechos acontecidos históricamente. Así, por ejemplo, con el uso de la razón el hombre descubre a Dios como causa de todo lo creado. La Revelación de Dios me comunica que es Padre. En realidad, decir que es Padre es una verdad del ser de Dios más profunda y real que la afirmación de ser causa de lo creado.

¿Dónde podemos encontrar y conocer todo cuanto Dios ha revelado, de modo que tengamos certezas para nosotros sobre quién es realmente y qué quiere transmitir al hombre? Dicho de un modo figurado para un hombre que quiere ver para creer: ¿Dónde has de mirar para acceder a este tipo de conocimiento y alcanzar certezas? Mira a Jesucristo, Él es el acceso hoy como ayer de la Revelación de Dios. En El podemos conocer a Dios que se ha revelado. Para quienes condicionan el creer al ver, tienen a Jesucristo como el signo creíble de la Revelación de Dios y no sólo de su existencia. En consecuencia conocer a Jesucristo es conocer a Dios. Esto se constituye en el núcleo y punto de partida de toda la Teología. De este núcleo fundamental brotan todas las verdades de la fe cristiana que se mantienen a lo largo de la historia.

¿Qué es la Revelación?¿Cómo podemos definirla?

Por Revelación – sobrenatural o divina - se entiende, generalmente, la manifestación sobrenatural que Dios ha hecho a los hombres de Sí mismo y de sus designios salvíficos.

Como notamos en esta definición, la Revelación sobrenatural de Dios contiene esencialmente el que Dios se da a conocer a Sí mismo y da a conocer un plan de salvación para el hombre. Éste se salvará por medio de Cristo quien encarnándose lleva a cabo el plan salvífico de Dios que llega a todos los hombre permitiéndoles el acceso a los misterios de Dios que la razón – como vimos en la primera unidad – no puede conocer completamente. La finalidad de la Revelación no sólo es realizar la salvación de la humanidad sino también donarle al hombre la comunión perfecta con Dios. A la luz de las Escrituras y como lo atestigua también la larga

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Tradición viva de la Iglesia, la Revelación de Dios se apoya en hechos o acontecimientos accesibles mediante la historia.

Ahora profundicemos en cada uno de esto elementos de su contenido, los mismos que la caracterizan y brotan de las fuentes de la Revelación de Dios como son la Escritura y la Tradición. Daremos razones también para sostener que no sólo la Escritura sino también la Tradición es inseparablemente una fuente de todo lo que Dios quiso revelar al hombre a través de Cristo, quien además asoció a sí mismo y a su misión a su Iglesia fundada sobre Pedro y guiada desde sus inicios por los apóstoles.

1. CARACTERÍSTICAS DE LA REVELACIÓN

Es autocomunicación o automanifestación libre y amorosa

¿Cuál es la característica principal que hayamos al estudiar la Revelación de Dios? O De qué mejor manera podemos expresar lo que significa Revelación de Dios? “Placuit Deo”, quiso Dios. En esto radica fundamentalmente la Revelación sobrenatural de Dios: es puro don de Dios, fue su voluntad. Si ya la Revelación es un hecho asombroso en sí mismo, aquello que lo motivó es aún más sorprendente y loable. Toda la Revelación que se desarrolla a lo largo de la historia, tiene su origen en el querer de Dios, en su amor eterno por el hombre. Se trata de la gran novedad del Cristianismo, una buena noticia que la diferencia de todas las demás religiones y que sostiene el cumplimiento pleno de las promesas dadas al pueblo Israel, el pueblo de la religión judía.

La Revelación que Dios hace al hombre no es un simple mensaje o noticia, tampoco una serie de ideas o pensamientos para ser aprendidos de memoria. Cuando Dios se revela, comunica su propio misterio con el propósito de darle al hombre una vida nueva. Es decir, la Revelación de Dios tiene grandes repercusiones en la existencia humana y no es meramente una transmisión de un mensaje. La Revelación es la autocomunicación o automanifestación que Dios quiso hacer movido por su amor al hombre y de modo libre. Así lo manifestó Jesús a un magistrado judío y miembro de los fariseos llamado Nicodemo: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único…” (Cfr. Jn 3,16). No existe otro motivo por el que se revele al hombre que su propia decisión de amarlo y no puede haber ninguna exigencia ajena a su libre beneplácito que pueda hacer que salga de su misterio para dejarse conocer o revelarse.

En consecuencia, la Revelación de parte de Dios es esencialmente libre y amorosa. Esta libertad de Dios se trasforma para el hombre en un don gratuito. En tal sentido, el conocimiento que de Dios pueda alcanzar el hombre, es también gratuidad. De aquí que se afirme que el conocimiento sobrenatural no se lo da a sí mismo el hombre sino que lo recibe y profundiza con la fe suscitada en Jesús. Será El, quien nos haga llegar realmente este tipo de conocimiento, el conocimiento de la fe. Por ejemplo, la verdad que Dios es Padre es revelada, no es un conocimiento natural sino sobrenatural. Es decir, recibido de parte de Jesús quien lo revela como lo atestigua el evangelio de Mateo: “Ustedes, pues, oren así: Padre Nuestro…” (v.

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9; también Lc. 11,1; Mc 11,25). De igual modo sucede con las verdades que se refieren a la Iglesia, a la Virgen, a los sacramentos, todos son recibidos de lo que Dios ha revelado y que ha quedado plasmado en las Escrituras y es testimoniado además por la Tradición viva de la Iglesia. El creer en ellas es porque se cree a Jesús, a Dios.

Gracias, por tanto, a una decisión enteramente libre (placuit Deo), Dios ha desvelado a los hombres el camino de la salvación eterna: se ha manifestado «a Sí mismo y el misterio de su voluntad (cf Ef 1, 9)». Esta expresión de la Dei Verbum 2 indica que la Revelación, antes de hacernos conocer algunas realidades, nos pone en presencia de Alguien: el Dios vivo en Jesucristo. El término paulino utilizado -«misterio (sacramentum)»- evoca el entero proyecto salvífico divino que, escondido por los siglos en Dios, se ha presentado a los hombres en Jesucristo al llegar la plenitud de los tiempos; proyecto establecido por el que los hombres, «por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf Ef 2, 18; 2 P 1, 4)» (DV 2). Nos encontramos ante una fórmula que expresa conjuntamente tanto la intrínseca unidad existente entre la Revelación divina y la salvación de los hombres como, por otra parte, el carácter cristocéntrico y trinitario de la Revelación.

La Revelación de Dios, es Palabra

En el lenguaje bíblico, sobre todo veterotestamentario, tal acontecimiento se designa frecuentemente con la expresión 'palabra de Dios' (debar Yahweh); 'palabra' en la que la vida que existe en Dios se ha exteriorizado y se ha mostrado a los hombres para atraerlos a la comunión con Él. El Dios de la Biblia, en efecto, es un Dios que se automanifiesta que dialoga con los hombres, al contrario de los ídolos paganos, que «tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven» (Sal 115, 5; Cfr. Ba 6, 7; 1 R 18, 29). El debar Yahweh bíblico no equivale simplemente a logos ('palabra', en el sentido clásico de la lengua griega): una palabra pensada o pronunciada; al contrario, es 'palabra' y 'evento'1, pues «la palabra de Dios es viva y eficaz, es más cortante que espada de doble filo» (Cfr. Hb 4, 12). De ahí que la única y misma 'palabra de Dios' que se expresa en palabras humanas formuladas por los enviados de Dios o por los narradores de los textos bíblicos, realiza y dirige en la historia los inescrutables designios divinos. En resumen, el Dios que se revela es un Dios que se expresa mediante un lenguaje lleno de consecuencias y que actúa en la creación y en la historia: en su automanifestación comunica también sus designios poniendo en acto una presencia operante.

La fórmula debar Yahweh para designar la Revelación posee, por otra parte, un significado polivalente, que cubre la amplia gama de aspectos de la comunicación humana. Dios, mediante su 'palabra', instruye sobre la verdad salvífica, interpela, exhorta, corrige, mueve a la conversión, fustiga el pecado, llama a una comunión interpersonal, desvela el significado de los eventos pasados, muestra la senda a seguir en el presente histórico, anuncia y proyecta los eventos futuros, promete y hace alianzas. El vocablo sirve también para designar el operar de Dios en la creación y en la historia de los hombres, a la que dirige hacia un fin. Jesucristo es la máxima manifestación de dicha palabra; más aún, es la Palabra pronunciada ab aeterno por el

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Padre y encarnada en el tiempo para salvación de todos los que la reciben con ánimo dócil (Cfr. Jn 1, 1-3). Mediante la fe en su Persona, el hombre puede hacerse partícipe de la vida que hay en Dios, como declara san Juan en su primera carta: «Os anunciamos la vida eterna: que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros viváis en esta unión nuestra, que nos une con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (Cfr. 1 Jn 1, 2-3).

La Revelación es cristocéntrica y trinitaria

Cristo, en efecto, es el centro de toda la economía salvífica, el único camino de salvación tanto para los judíos como para los paganos (Cfr. Ef 2,14). Él es el «mediador y plenitud de toda la Revelación» (DV 2): «mediador» de una nueva y más excelente alianza (Cfr. Hb 8, 6), único Camino establecido por Dios para comunicar la Verdad y la Vida, en conformidad con las palabras que Jesús mismo pronunció en la última Cena: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Es también la «plenitud» de la Revelación porque, en Él, el Padre se ha revelado definitivamente (Cfr. Jn 14, 9), residiendo en Él «toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Este cristocentrismo bíblico adquiere su más exacta expresión si se considera la dimensión igualmente trinitaria de la Revelación. Porque las tres Personas divinas, cada una a su modo, colaboran, en efecto, en la unidad de esencia, a la conducción del hombre a la salvación, que consiste en que los hombres, por medio de Jesucristo, la Palabra encarnada, se acerquen al Padre (Cfr. Ef 2, 18) en el Espíritu y alcancen la «participación de la misma naturaleza divina» (Cfr. 2 P 1, 4).

La Revelación es cósmica e histórica

Es cósmica porque la Revelación que Dios hizo de sí mismo se manifestó – de hecho - ya desde el principio de la creación como lo expresa el Génesis. Dios, en efecto, como creador y conservador de todas las cosas, ha ofrecido y ofrece en todo tiempo, a través de la realidad creada, un constante y perenne testimonio de Sí mismo (Cfr. Sal 19, 25; Sb 13, 1-9; Rm 1, 18-23), en modo tal - como lo estudiamos en la primera unidad – el hombre con la razón natural, puede conocer a Dios con certeza por medio del mundo visible. En modo altamente poético lo expresa el Sal 19, 2-5: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento; el día al día comunica el mensaje, y la noche a la noche transmite la noticia. No es un mensaje, no hay palabras, ni su voz se puede oír; mas por toda la tierra se adivinan los rasgos, y sus giros hasta el confín del mundo». San Pablo, recogiendo la tradición sapiencial, exclamará, en consecuencia, que son inexcusables los hombres que por su impiedad no glorifican a Dios, pues «lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad» (Cfr. Rm 1, 18-20).

La Revelación diálogo de amor y amistad

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Como se expresa a renglón seguido DV 2: «Por esta Revelación, el Dios invisible (cf Col 1, 15; 1 Tm 1, 17) habla a los hombres como amigos (cf Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), movido por su gran amor y mora con ellos (cf Ba 3, 38) para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía». La Revelación se presenta así como una 'palabra' que surge de la sobreabundancia del amor de Dios por los hombres (cf 1 Jn 4, 8), que ansía afanosamente entablar un diálogo sincero, de amistad, que lleve a la aceptación de su compañía, la única que puede llenar las aspiraciones de felicidad eterna del corazón humano.

Dios se ha revelado, por tanto, no para imponer su voluntad, sino para que el hombre le acoja razonablemente, en un diálogo familiar, de amistad, capaz de abrir los horizontes de una vida nueva en Cristo. Los textos citados por DV 2 son muy significativos, pues muestran claramente la estructura dialógico-familiar de la Revelación: «Jahvé hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo» (Ex 33, 1 l); «Vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe qué va a hacer su señor» (Jn 15, 14-15); «La Sabiduría ha aparecido sobre la tierra y ha conversado con los hombres» (Ba 3, 38). Los tres textos expresan la cercanía amable de Dios: la inexpresable intimidad con Moisés, mediador de la antigua alianza; su invitación a los apóstoles y en ellos a cuantos le siguen a una amistad plena e íntima basada en la fidelidad a sus mandatos; su manifestación en la tierra para convivir y tratar con los hombres, primero mediante la exteriorización de su palabra en la ley antigua, después, más plenamente, en Jesucristo, la Sabiduría de Dios encarnada.

Si Dios se ha revelado es, por tanto, por amor, para darse a conocer, acercarse a los hombres e invitarles a un diálogo interpersonal entre un Yo y un Tú de profunda amistad que necesariamente se ha de verter en obras de amor. Su 'palabra' es por eso una palabra 'amistosa' que tiene como precisa finalidad forjar una comunidad de vida y de bien. La Biblia, lugar privilegiado de la palabra de Dios, es en consecuencia algo más que un tratado teológico sobre Dios, el Hombre y el mundo o una exposición de verdades trascendentes objeto de una indagación intelectual: constituye el ámbito de un encuentro interpersonal, existencial, dinámico del hombre con un Dios que revela su vida y sus designios, que enseña los caminos de salvación, que llama a una felicidad imperecedera, que busca amigos entre los hombres, que invita a una comunión de vida y que, por todo esto, no cesa de instruir, exhortar e interpelar. Ella reclama, en consecuencia, una lectura sapiencial y atenta, que al conocimiento intelectual una la vivencia personal característica del diálogo de amor, que penetra necesariamente la totalidad de la persona con sus facultades y afectos, y que desemboca en aquella «fe obediencial» característica del que busca, con sinceridad de corazón, cumplir «la voluntad del Padre que está en los cielos» (Mt 12, 50).

La Revelación por obras y por palabras

La economía de la Revelación se realiza, precisa DV 2, «con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí (gestis verbisque intrínsece inter se connexis), de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y

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esclarecen el misterio contenido en ellas». Los eventos históricos narrados y las palabras que los significan no se pueden separar: aquellos confieren consistencia, solidez y credibilidad a la verdad expresada por las palabras; estas evidencian el más preciso contenido revelador de los eventos. La Revelación se encuentra, por tanto, no solo en las acciones salvíficas de Dios en la historia de la salvación (el éxodo, la alianza, el exilio, la restauración del pueblo de Israel, las mismas acciones de Cristo, sus milagros, su pasión, muerte y resurrección), ni solamente en las palabras (de Moisés y los profetas, de Cristo y de los apóstoles) encargadas de dilucidar el sentido de las acciones divinas en la historia: se encuentra en la unión orgánica de los sucesos narrados y de las palabras que los acompañan, ya prediciendo o anunciando el evento, ya recordándolo, narrándolo, proclamándolo o explicándolo. Las obras realizadas por Dios en la historia manifiestan y refuerzan, por tanto, la doctrina y las enseñanzas; estas, a su vez, interpretan e iluminan el significado de los eventos de la historia de la salvación, así como también el sentido último de los actos de Dios en la historia. Sin las palabras, estos podrían resultar ambiguos y sujetos a interpretaciones arbitrarias y contradictorias; las palabras, sin los hechos, perderían su concreción significativa, reduciéndose a enunciados abstractos sin fuerza para convencer. Si es cierto que los eventos, en cuanto tales, están llenos de inteligibilidad, las palabras acuden necesariamente a desentrañar la verdad que contienen y la eventual polivalencia de significado. Así, por ejemplo, gracias a las palabras de la Escritura, el éxodo del pueblo de Israel del Egipto no ha quedado reducido a un fenómeno histórico político-social, sino que ha alcanzado aquella inteligibilidad que lo ha constituido evento basilar de toda la historia bíblica: Dios que libera a los descendientes de Abraham en cumplimiento de sus promesas (cf Ex 6, 2-5) y en vistas de una alianza que los constituirá en su «propiedad personal entre todos los pueblos», siendo para Él «un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 4-5), es decir, un pueblo a cuyo través llegarían las bendiciones a todos los pueblos de la tierra (cf Gn 12, 3; 22, 16-18). En la cumbre de la Revelación, Cristo se presenta a la vez como el evento último y el intérprete de dicho evento: su palabra, prolongada por la enseñanza apostólica, revela el más profundo significado de su existencia terrena concluida con una muerte ignominiosa: no fue el fin de un malhechor condenado a muerte; Cristo «fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación», como san Pablo explicará a los fieles de la Iglesia de Roma (Rm 4, 25).

La perspectiva bíblica afirmada con decisión por DV 2 se opone, por tanto, a dos corrientes de pensamiento, representantes, cada una a su modo, de una visión parcial de la realidad bíblica: una que reduce la Revelación a una serie de acontecimientos históricos puntuales, desinteresándose de la dimensión histórico-salvífica que muestran las palabras; otra que identifica la Revelación-palabra con la revelación a través de las palabras, desdeñando el acaecer histórico y su significado revelador. La estructura general de la Revelación en la Escritura se presenta, por el contrario, como una realidad orgánica formada por eventos y por palabras, que alcanza su máxima expresividad en Cristo Jesús, Palabra de Dios hecha carne, mediador y plenitud de toda la Revelación. Es por eso que los eventos históricos constituyen también contenidos de fe, la cual, como respuesta a la Revelación, los proclama y los narra.

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Ya en el Antiguo Testamento surgieron los 'credos históricos' del pueblo de Israel, que articulaban los momentos cumbre de su historia: los orígenes, su formación y desarrollo, las penalidades sufridas, la liberación por parte de Dios, el ingreso en la tierra prometida (cf Dt 26, 5-9); en el Nuevo Testamento se forjaron a su vez, progresivamente, los credos apostólicos, algunos todavía incipientes (cf Lc 24, 19-24), otros mejor estructurados gracias a la luz más plena del Espíritu (Hch 10, 34-43; 13, 16-31). Con ellos, según las circunstancias de la evangelización, se anunciaban los hechos centrales de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús. Estos credos, ciertamente, confesaban los eventos no solo para afirmar los hechos históricos, que presuponían, sino para proclamar su significado revelador y su alcance salvífico, porque existía la clara convicción de que en el acaecer histórico Dios se había revelado y de que de su aceptación mediante la fe se lograba la más plena comprensión sobre Dios y sus proyectos de salvación realizados en la historia.

La Revelación, hecho único y universal

¿Cuándo hoy alguien afirma que Dios se le ha revelado, podemos considerarla revelación en el sentido pleno que posee esta palabra? ¿De acuerdo a la Escritura, existe un único tipo de revelación? ¿Hoy Dios se sigue revelando? ¿Cuándo leemos la Escritura, es verdad que Dios se revela? Preguntas como éstas son muy actuales y las respuestas subyacen ensombrecidas en la fe y en el entendimiento de muchos cristianos, católicos y no católicos. Es necesario aclarar algunos conceptos.

¿Qué situaciones concretas son llamadas revelaciones? Atribuimos comúnmente el término revelación a las situaciones nuevas y más o menos inesperadas que nos provocan sorpresa y quizá también un cambio de vida como podemos apreciarlo en algunos contextos de tipo religioso o incluso profano. Casi siempre encierra un aspecto misterioso, se les asigna un carácter sobrenatural dado que no se producen por la propia voluntad sino que sobrevienen sin que las hayamos buscado necesariamente, nos descubren algo nuevo e influyen en nuestra manera de comprender a los demás, al mundo, a la Iglesia, a Dios.

Toda revelación, expresa la acción de dar a conocer algo escondido, es lo revelado. Por ser escondido es llamado también un misterio. Algunos misterios referidos a Dios pueden ser acogidos sin presentar grandes obstáculos para comprenderlos, por ejemplo: Dios es salvador o Cristo es Hijo de Dios. En cambio, existen otros misterios revelados que exigen un mayor esfuerzo de la razón humana para comprenderlos como el misterio de la Trinidad o el misterio de la Encarnación de Jesucristo. No obstante presenten una cierta facilidad de comprensión en los primeros y gran dificultad en los segundos, todos los misterios revelados por Dios son inagotables y accesibles a la vez para la comprensión del ser humano que los penetra con la ayuda y gracias a la fe.

También, debemos distinguir lo que se considera una revelación privada y particular de aquella que es única y universal. Por revelación privada se entiende las apariciones o visiones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento, es decir, el evento que sella el

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cumplimiento de las promesas de Dios en Cristo, su resurrección. A partir de este evento, se inicia una historia en la que algunos hombres y mujeres han sido testigos de revelaciones privadas. La Escritura también nos da a conocer algunas de ellas: primero a María Magdalena y otras mujeres (Cf. Mt. 28,1-9; Mc 16,1-9; Lc 24,1-12; Jn 20,16), luego a los apóstoles (Mt 28,17; Mc 16,14; Lc 24,36-53; Jn 20,19-21,25), a los discípulos de Emaús (Cfr. Mc 16,12; Jn 24,13-35); también a Pablo en Damasco (Cfr. Hch 9,1-9) y Ananías (Cfr. Hch 9,10-16), las visiones de Juan en el Apocalipsis que son los más conocidos entre otros. Salvo éstas que están recogidas en los libros del Nuevo Testamento, las demás necesitan ser reconocidas como tales debido a que pueden presentar motivaciones subjetivas y que reflejan muchas veces un fenómeno hoy explicado suficientemente por la psicología. No cabe duda, que la Iglesia Católica desde sus inicios, luego de un minucioso y exigente proceso de investigación científica y teológica, finalmente ha reconocido la autenticidad de algunas revelaciones privadas que han recibido algunos santos.

Pero no es en este sentido lo que se afirma del objeto de nuestro estudio. Se define propiamente como Revelación de Dios a un acontecimiento único y universal conocido también como Revelación pública. Es decir, la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad y que ha encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y Nuevo Testamento. Se llama específicamente Revelación – con mayúscula – porque en ella Dios se da a conocer progresivamente a los hombres mediante hechos históricamente corroborados, hasta el punto de hacerse El mismo hombre, para atraer a Sí a todos y para reunir en Sí a todo el mundo mediante su Hijo Jesucristo. Comprendida tal como es la Revelación de Dios, es un acontecimiento único y universal ya se descubre en toda la Escritura como una única acción de parte de Dios y dirigida a toda la humanidad.

FUENTES DE LA REVELACIÓN

Entre las características de la Revelación, hemos visto que ella es histórica y también cristocéntrica. Tiene a Cristo como culmen de la misma automanifestación divina de Dios, a aquel hombre “Jesús de Nazaret” que ha vivido hace ya más de dos mil años. Es histórica porque, como vimos, Dios se va manifestando a lo largo de la historia de Israel para hacerlo “en la plenitud de los tiempos” a través de Jesús el Cristo. El nos ha hablado sobre Dios y de parte de Dios.

Pero, desde que caminaba por todo el pueblo elegido por Dios ya han pasado más de dos mil años. ¿Cómo podemos saber nosotros sobre todo con verdad lo que Dios ha revelado? ¿Dónde buscamos o por dónde debemos empezar? En otras palabras, ¿en qué fuentes encontraremos la Revelación de Dios? Para los cristianos, la Escritura es la Palabra de Dios y, en este sentido, se convierte en una fuente principal de su automanifestación divina. Sin embargo, por historia sabemos que la Escritura llega a nosotros gracias a la Tradición de la Iglesia y ésta es históricamente anterior, lo que la hace también fuente de la Revelación. Ambas, de este modo, se convierten inseparablemente en fuentes de la misma Revelación divina de Dios.

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Las fuentes son llamadas “lugares teológicos” donde podemos encontrar los acontecimientos y mensajes de la Revelación de Dios. La Sagrada Escritura, libro sagrado que reúne los libros del Antiguo Testamento, herencia de la fe judía y el Nuevo Testamento, escrito durante finales del siglo primero y la primera mitad del siglo dos. La Tradición de la Iglesia, sagrada y viva que tiene su inicio en la etapa apostólica y que se extiende a lo largo de los primeros siglos del Cristianismo. Ambas, la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición de la Iglesia como fuentes de la Revelación de Dios nos permiten conocer históricamente el proceso de la automanifestación de Dios que encuentra su plenitud en Cristo y los siglos en los que la Iglesia fundada en Cristo, se consolida y extiende con la predicación de los Apóstoles y de Pablo. La Iglesia sobre la base de las enseñanzas dadas por ellos y de sus sucesores, profundizan y consolidan nuestro conocimiento de la misma Revelación de Dios y con la ayuda del Espíritu Santo.

Por la importancia que tienen como fuentes de la Revelación de Dios, la Escritura y la Tradición junto al Magisterio se convierten también en fuentes para la Teología.

Nuestro estudio de las fuentes seguirá la vía histórica precisamente para conocer la inseparabilidad que existe entre Sagrada Escritura y Tradición y porque, como dijimos anteriormente, hay que reconocer a la luz de la historia que la Escritura Palabra de Dios llegó a nosotros después y gracias a la Tradición de la Iglesia.

Con el testimonio apostólico se inicia la transmisión de la Revelación

Con Cristo, la Revelación entra, por tanto, en una fase escatológica irreversible. A partir de entonces, la Revelación está destinada a trasmitirse y perpetuarse a través de los siglos. La voluntad de Dios era, en efecto, que «lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones» (DV 7). Por eso, Cristo, en quien se encuentra la plenitud de la Revelación (cf 2 Co 1, 20; 3, 16-4, 6), «mandó a los apóstoles que predicaran a todos los hombres el evangelio, comunicándoles los dones divinos» (DV 7). Era el evangelio que había sido prometido por los profetas y que Él mismo había cumplido y llevado a la perfección, promulgándolo con su enseñanza; evangelio que contiene toda la verdad necesaria para la salvación y toda regla de moralidad.

Este mandato de Cristo se cumplió fielmente, «tanto por los apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación» (DV 7). El testimonio de los apóstoles supera, como señala el texto de la Dei Verbum, la predicación oral propiamente dicha, pues se efectuó también a través de los hechos que realizaron, es decir, a través de su modo de actuar, de promover la práctica evangélica, en las instituciones que establecieron -el diaconado, por ejemplo (Hch 6, 5-6), y algunos aspectos relacionados con los sacramentos, como en el caso de la confirmación (Hch 8, 17)-, en una palabra, con la prosecución fiel de todo cuanto habían visto y aprendido de Cristo, con sus obras y sus palabras, asistidos por la luz del Espíritu.

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Algunas de estas cosas, los mismos apóstoles u otros cristianos de la época apostólica las pusieron por escrito, inspirados por el mismo Espíritu. De este modo, el «espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf Jn 3, 2)», ha quedado formado por la « Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos » (DV 7).

A una primera fase de transmisión de la Revelación, de Cristo y de su Espíritu a los apóstoles, siguió una segunda fase, la de la transmisión de los apóstoles a la Iglesia de todos los tiempos. Con este fin, «los apóstoles dejaron como sucesores suyos a los obispos, «entregándoles su propio cargo del magisterio»1» (DV 7). La Revelación se transmite integralmente, por tanto, bajo la doble forma de Tradición y Escritura, por la sucesión legítima de los sucesores de los apóstoles.

Esta constante actualización en la Iglesia de la Revelación oral y escrita, interpretada a la luz de la Tradición viva, instaura un diálogo permanente entre la Palabra, históricamente dirigida por Dios en Jesucristo, y su Esposa: así, «Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf Col 3, 16) » (DV 8).

LA SAGRADA TRADICIÓN

Testimonio histórico de la fe auténtica

La Tradición deriva de los Apóstoles y se desarrolla luego en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo prometido por Jesús y recibido después en Pentecostés. Es por tanto de suma importancia el rol del Espíritu Santo en la constitución de la Tradición viva de la Iglesia. Forman parte de ella no solo las verdades que creemos sino también las instituciones y celebraciones nacidas en este tiempo apostólico ya que nacieron por inspiración del Espíritu y dan a la Iglesia de Cristo su propio modo de ser y su misión en el mundo.

Es una Tradición viva

La Tradición es a la vez enseñanza y vida. Ella no se reduce a enunciados verbales, sino que su estructura orgánica es coherente con el dinamismo de la Revelación en su fase constitutiva, formado por eventos y palabras. La Tradición está presente, en efecto, no solamente en la doctrina apostólica y en los escritos de tradición apostólica, sino también en la organización y vida de la Iglesia, en su actividad litúrgica y sacramental, en su interpretación de la Sagrada Escritura; en una palabra, en todo lo que la Iglesia es y ha recibido «para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe» (DV 8). Los escritos de los Padres, en particular, testimonian la presencia viva y vivificante de la Tradición, cuya riqueza se difunde en la vida y en la práctica

1 S. IRENEo, Adv. haer. 3, 3, 1: PG 7, 848.

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de la Iglesia que cree y que ora. La liturgia, por otra parte, es un testimonio privilegiado de la Tradición, de modo que difícilmente se puede encontrar una verdad de fe que no se exprese en ella de algún modo. De este modo, la Iglesia, «en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree » (DV S).

En cuanto que es «viva», la Tradición no se reduce a una mera repetición de palabras y hechos pasados. Ella, en contacto con la realidad que en cada tiempo la Iglesia debe evangelizar, está llamada a crecer con la ayuda del Espíritu Santo «en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas» (DV 8). Este desarrollo orgánico, ley de vida que está en la base de cualquier ser viviente y al que la Iglesia no puede renunciar sin traicionar su propia misión, tiene por finalidad hacer siempre actual el mensaje evangélico, ofreciéndolo renovado a los hombres de cada momento histórico, en su situación única e irrepetible, para responder a sus interrogativos y conducirlos hacia Dios. Es un desarrollo en la continuidad y fidelidad al mensaje evangélico, que manifiesta a la vez su perennidad y su dinamicidad. La DV 8 señala que este progreso en las verdades reveladas se produce «ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón (cf Lc 2, 19. 5 l), ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad» (DV 8). Es decir, siempre que se opera una asimilación del mensaje revelado, tanto por vía de maduración intelectual y de reflexión teológica como, sobre todo, mediante la experiencia vivida de las cosas espirituales por parte de los fieles. Para esto, el Espíritu asiste a su Iglesia con «un carisma de verdad», que ilumina y fortalece a los que están llamados a predicar el mensaje revelado con autoridad apostólica en la Iglesia.

El discurso cristiano original “Kerigma”: Cristo muerto y resucitado

Lo que se anuncia fundamentalmente en el tiempo apostólico es el Kerigma. Fragmentos de él se conservan en Hch 2,1-5,42 y en los primeros escritos de San Pablo. El ejemplo más claro del Kerigma es 1 Cor 15 donde San Pablo hace una alusión clara a la predicación original del Evangelio:

"Os recuerdo hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, habréis creído en vano. Porque os trasmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras, que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Cor 15,1-5).

Enseñando a los Corintios, Pablo introduce el contenido del Kerigma cuyo contenido narrativo principal es: Cristo murió, fue sepultado, ha resucitado y se ha aparecido a un grupo de individuos que dan testimonio de ello. La formula de Pablo es enriquecida con la referencia a

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las Escrituras (cumplimiento de las promesas hechas por Dios a Israel y por la interpretación salvífica de la muerte de Jesús. Esta palabra fue el centro de la comunidad de Corinto.

Fragmentos de predicaciones kerigmáticas se encuentran en Act 2,22-24; Act 2,32-33; Act 2,36; Act 3,13-15; Act 4.10-12; Act 5,30-32. En todos estos textos se indica claramente como Jesucristo ha llegado a ser el Salvador desde el momento de la Resurrección y su intronización a la diestra de Dios. También hay otros textos de San Pablo que contienen fragmentos del kerigma originario: 1 Tes 1,9-10; Gal 1,3-4; Rm 1,3-4; Rm 4,24-25. Todos los textos del kerigma tienen como elemento fundamental la resurrección de Jesús por Dios Padre (1 Tes 1,10; Rm 4,25), su exaltación y la posesión en plenitud del Espíritu de Santidad (Rm 1,4).

Al anuncio del kerigma se agregan los títulos cristológicos tales como "Señor" (Gal 1,3; Rm 4,24. Rm 1,4); "Hijo" (1 Ts 1,1; Rm 1,3) y la convicción del carácter salvífico de la muerte de Jesucristo (1 Cor 15,3; Gal 1,4; Rm 4,24s). Pablo se caracterizó por ser un gran predicador de la Teologia de la cruz, dándole a este hecho humillante un calor liberador y salvífico.

A este anuncio del Kerigma corresponde una respuesta de fe que consiste en confesión de que Jesucristo es "Señor" y vive resucitado (1 Cor 12,3; Rm 4,24s). Esta confesión solo puede ser hecha con la ayuda del Espíritu Santo. La aceptación del Kerigma implica también el rechazo de los ídolos paganos y la conversión al Dios vivo y verdadero (1 Tes 1,9-10).

“Evangelion”, trasmisión oral de los hechos y palabras de Cristo

Antes de que los cuatro Evangelios tuvieran forma escrita existía una tradición que se había desarrollado en la Iglesia primitiva sobre aquellas cosas que Jesucristo había dicho y hecho. No se sabe con certeza porque esas tradiciones asumieron la autoridad de ser "Evangelio" es decir, buena nueva salvífica para toda la humanidad.

Mc 1,1 ha influenciado sin lugar a dudas ("Inicio de la Buena nueva de Jesucristo, Hijo de Dios") pues su utilización del título "Evangelion" no es la introducción a un género literario sino la presentación de una persona que ha actuado salvíficamente en nombre de Dios y en favor de la humanidad.

San Pablo es quien más utiliza el término "Evangelion". En sus escritos aparece 56 veces. En los otros escritos del Nuevo Testamento el término aparece muy pocas veces. En San Pablo este texto quiere decir fundamentalmente el resumen del mensaje que Pablo anuncia al mundo, es decir aquello que el predicaba, proclamaba, anunciaba. El Evangelio es para San Pablo el mensaje sobre Cristo, es decir el sentido que la persona, la vida, el ministerio la pasión, la muerte y la Resurrección de Jesucristo tienen para la historia y la vida humana. Ese es su Evangelio (Rm 2,16; Rm 16,25). De ese Evangelio él es mensajero (1 Cor 1,17; Gal 1,16)

Las características del Evangelio para san Pablo son seis:

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a) La principal característica del Evangelio es su carácter "revelador" pues a través de este se puede conocer la actividad salvífica de Dios para los hombres. Lo que San Pablo predica es Evangelio porque hace conocer el plan salvador de Dios en Jesucristo.

b) El Evangelio tiene un carácter dinámico (Rm 1,16) pues no se reduce a un anuncio abstracto de salvación, ni a una serie de afirmaciones sobre la persona de Jesucristo sino que es una fuerza salvífica que Dios ha desencadenado en la historia por medio de la obra de su Hijo. Por eso el Evangelio tiene efectos que los hombres pueden apropiarse por la fe en Cristo.

c) El Evangelio tiene una naturaleza kerigmática. No solo se expresa con un lenguaje humano sino que está asociado con tradiciones precedentes. La finalidad de San Pablo ees presentar a Jesucristo a los hombres como aquel que coloca a la humanidad de frente a una nueva realidad salvifica y que los hombres se pueden apropiar mediante la fe y la caridad.

d) El Evangelio tiene un carácter normativo pues tiene repercusiones sobre la conducta de los individuos. El Evangelio no es solo para ser escuchado sino para ser acogido y obedecido (Rm 10,16). La escucha del Evangelio debe conducir a un empeño personal (Rm 10, 16s; Rm 1,5; Rm 16,26). El cristiano debe encontrar en el Evangelio una guia (Fil 1,27).

e) El Evangelio es el cumplimiento de las promesas hechas por Dios en el pasado (Rm 1,2).

f) El Evangelio tiene un carácter universal. Esto es descrito en la tesis principal de la carta a los Romanos: Jesucristo es poder de Dios para todos aquellos que creen (Rm 1,16). Este Evangelio es para todos los hombres y por eso se anuncia a todos los pueblos. De todo lo que se ha dicho podemos concluir como el Evangelio representa una noción importante para San Pablo y es fundamentalmente el anuncio de Jesús resucitado y con ello el ofrecimiento que Dios Padre hace a los hombres del don de la salvación.

De las tradiciones orales al "Depósito" de la sana doctrina

La palabra "depósito" (paratheke) se encuentra tres veces en el N.T. (1 Tm 6,20; 2 Tim 1.12; 2 Tim 2,14). Con ello se indica la predicación evangélica que es un tesoro precioso que la Iglesia debe conservar de generación en generación. Con ello se muestra el carácter divino de la Tradición y la misión de la Iglesia es custodiar la riqueza de doctrina que allí se encuentra.

a) El "Depósito" en general:

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La palabra "depósito" significa en griego comúnmente "remitir", "confiar", "recomendar". El concepto depósito es una idea conocida en el A.T. donde se encuentran leyes relativas al depósito en Ex 22,6-12 (el depositario no se puede considerar libre de disponer a su voluntad de los bienes a él confiados); Lv 5,21-26 (muestra que quien ha engañado en materia de "depósito" debe restituir lo indebidamente apropiado antes de ofrecer un sacrificio). Existía una práctica en el Antiguo Testamento atestiguada en 2 Mac 3,10-15 por la cual se entregaban a los sacerdotes del templo los bienes personales para sostén de las viudas, los huérfanos.

En el N.T. se muestra la fidelidad al patrón en el acrecentar el depósito confiado al siervo (Lc 19, 11-27). Para entrar al Reino no solo se debe proteger el depósito al hombre confiado sino hacerlo crecer. En la Sagrada Escritura el "depósito" tiene un carácter sagrado. Los bienes dados al depositario no le pertenecen. No solo los debe cuidar con mucho respeto sino que debe procurar acrecentarlo.

b) El "Depósito" en el pensamiento de San Pablo:

Dos textos refieren el concepto "Depósito" a la idea de doctrina (1 Tim 6,20; 2 Tim 1,14). Un análisis de los dos textos nos permite comprender que el Depósito de la fe se refiere a un conjunto de enseñanzas y de doctrinas sobre nuestro Señor Jesucristo que debe ser vigilado con cuidado. El contenido de este Depósito de la fe es la persona y la obra de Jesucristo: su divinidad (Tt 1,3-4); su encarnación (1 Tim 3,16); su Resurrección (2 Tim 2,8); el juicio (2 Tim 2,12-13); la manifestación gloriosa (1 Tim 6,14); la justificación gratuita mediante la fe en virtud de los méritos de Jesucristo (2 Tim 1,8-11; Tt 3,4-5).

1 Tim 6,20-21: [20] Timoteo, guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; [21] algunos que la profesaban se han apartado de la fe.

2 Tim 1,13- 14: [13] Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. [14] Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros.

Las Sagradas Escrituras hacen parte del Depósito de la fe pues inspiradas por el Espíritu Santo poseen una eficacia divina para instruir, refutar los errores, corregir los vicios, formar en la virtud, crecer en el espíritu de santificación (2 Tim 3,16-17). Deben ser custodiados igualmente los sacramentos que Jesucristo ha confiado a la Iglesia. En las cartas pastorales se habla del Bautismo (Tt 3,5-7) y del orden (2 Tim 1,6; 1 Tim 4,14) en sus diversos grados (1 Tim 4,14; 1 Tim 3,1-2). Pero el Depósito de la fe no se reduce a un núcleo doctrinal sino que incluye el llamado de Dios en Jesucristo a la práctica de las buenas obras (1 Tm 2,10; 1 Tim 5,10). Dogma, moral, sacramentos, jerarquía, Sagrada Escritura son el componente del Depósito de la fe. San Pablo en las cartas pastorales no da un elenco de lo que debe creer y hacer un cristiano. Solamente llama a Timoteo a conservar con mucho cuidado lo que Dios nos ha revelado.

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c) Origen divino del Depósito

En el A.T. era claro como los bienes de que se han depositado en manos de otra persona no le pertenecen. El depósito confiado a Timoteo es la doctrina sobre el "salvador nuestro Jesucristo" (Tt 2,10: “que no les defrauden, antes bien muestren una fidelidad perfecta para honrar en todo la doctrina de Dios nuestro Salvador”). Cristo es el objeto del Depósito de la fe. Viniendo de Dios la doctrina recibida en el Depósito de la fe tiene autoridad divina. A la Palabra contenida en el Depósito de la fe el hombre se tiene que someter con una fe firme y con una obediencia segura a todo lo que Dios nos ha revelado. Por tener un carácter divino la doctrina contenida en el Depósito de la fe es "sana" y "saludable" (1 Tm 1,10; 1 Tim 6,3; 2 Tim 1,13). Esta fe tiene que ser conservada íntegramente. Esta fe es la que sirve de fundamento asegurado a la verdad (1 Tm 3,15).

Con la Palabra de Dios contenida en el Depósito de la fe la Iglesia contiene los principios de la verdad y del bien. En ella está la palabra para la ortodoxia. Timoteo debe predicar la doctrina recibida de Cristo y hacerlo correctamente. Toda doctrina que sea diferente a la de Cristo, única fuente de verdad, ha dejado de ser apostólica y todos los sucesores la deben considerar como falsa y nociva.

d) Conservación y Trasmisión del Depósito

La vida misionera de San Pablo se caracterizó por el deseo de compartir con los gentiles su experiencia de Dios en Jesucristo salvador. En las cartas pastorales el tiene otra preocupación: los medios que aseguraran la trasmisión del Evangelio después de su muerte. Este es el sentido de las instrucciones que da a Timoteo y a Tito. Los puntos que en los que San Pablo insiste son los artículos de fe familiares a todos los cristianos, las normas de moral conocidas. Para él lo importante es "rechazar las novedades" y "mantenerse firmes en la doctrina inspirada" (1 Tm 4,6-15; 2 Tim 1,13; 2 Tim 3,14). Los sucesores de Timoteo y Tito deberán seguir la misma norma de conducta: "cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros" (2 Tim 2,2).

e) Uso del Depósito

En el uso profano del concepto "depósito" se prohibía al depositario disponer de las cosas a él encomendadas. Esta norma se convirtió en la pauta de la relación de los cristianos con el Señor. Ellos deben respetar su Palabra, lo que no significa un abandono de las obligaciones propias de la vida. San Pablo le insiste a Timoteo que se dedique con fuerza a la lectura, la meditación, la predicación de la Buena Nueva. El debe crecer en su relación con Dios para poder ser un buen pastor. Cuidar el Depósito de la fe de la fe no consiste en tenerlo escondido (lo que condena Jesucristo en las parábolas) sino acrecentarlo con una inteligencia más profunda del Misterio de Dios.

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f) Enseñanza con fidelidad

El consejo de San Pablo a Timoteo da una pauta para la conducta que debe seguir la Iglesia. El Depósito de la fe que es la Revelación definitiva de Dios en Jesucristo. Delante de este Misterio el hombre tiene una inteligencia limitada que solo podrá superar con la visión beatífica. La Revelación de Dios que nos ha hecho Jesucristo está completa. La función de la Iglesia no es agregar nada sino profundizar en el conocimiento del Misterio revelado por medio de la meditación, el estudio, la oración (estas funciones que aseguren la fidelidad en la trasmisión y la enseñanza se concretizará y asegurará con el Magisterio a través de la sucesión apostólica).

LA SAGRADA ESCRITURA

Testimonio divino y humano

Es considerada el alma de la Teología y también de la Revelación escrita (o Palabra de Dios escrita). Ella contiene el mensaje divino de salvación escrita bajo inspiración del Espíritu Santo y redactado por los hagiógrafos o escritores sagrados entre los que cuentan los Apóstoles (Juan, Mateo, Pedro, Santiago) y otros varones apostólicos (Lucas, Marcos, Tito, Timoteo, etc.)

En cuanto tal, forma parte de la Revelación sobrenatural y pública que Dios quiso manifestar a los hombres para su salvación. Esta inclusión de la Escritura en el contexto de la Revelación quedó especialmente subrayada en la Constitución Dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, que ha delineado una visión unitaria de la economía salvífica en la que la Escritura, en contacto inseparable con la Tradición, es delineada dentro del más amplio concepto de Revelación- divina, adquiriendo así su más precisa fisonomía. La Dei Verbum dedica por esto dos importantes capítulos iniciales al concepto de Revelación y su transmisión antes de internarse en la exposición concerniente a los libros inspirados.

Entre todos los libros escritos por mano de hombre, la Sagrada Escritura goza de una situación de privilegio debido especialmente a tres motivos fundamentales: a) tiene un origen divino sobrenatural, pues, «habiendo sido escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo», tiene a «Dios como autor» principal2; b) su contenido posee la más alta revelación hecha por Dios a los hombres, ya que los textos sagrados ofrecen «una respuesta definitiva y sobreabundante a las preguntas que el hombre se plantea sobre el sentido y fin de la propia vida» 3; c) tiene como finalidad la de llevar a los hombres hacia la plenitud de la perfección, como afirma el Apóstol: «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena» (2 Tm 3, 16-17). Estudiaremos cada uno de estos aspectos, comenzando por el origen divino de la Biblia, es decir, por la «inspiración bíblica».

2 Conc. Vaticano I, const. dogrn. Dei Filius, DS 3006.3 CIC 68.

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Sobre este tema, DV 11 al hacerse eco de la doctrina tradicional de la Iglesia presenta un esquema dividido en tres partes, de los que se hace eco el Catecismo de la Iglesia Católica intitulándolos: «Dios es el autor de la Sagrada Escritura», «Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados» y «Los libros inspirados enseñan la verdad».

La Inspiración, principal característica

Las palabras con las que el Concilio Vaticano 11 se refiere a la inspiración bíblica son las siguientes:

«Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf Jn 20, 3 1; 2 Tm 3, 16; 2 P 1, 19-21; 3, 15-16), tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Para la composición de los libros sagrados, Dios eligió y empleó hombres en posesión de sus facultades y capacidades, y actuó en ellos y por medio de ellos, para que escribiesen como verdaderos autores, todo y solo lo que Él quería» (DV 11).

Este texto se encuentra dividido en tres frases. La primera es la afirmación taxativa de la inspiración de los libros sagrados en su relación con la economía general de la Revelación; la segunda, la declaración solemne -hecha por el Concilio Vaticano I4 - sobre la sacralidad y canonicidad de todos los libros inspirados, con todas sus partes, indicando el motivo: porque, habiendo «sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y en cuanto tales han sido entregados a la Iglesia»; la tercera delinea el misterio de la participación del autor inspirado en la tarea divina de la composición de los libros sagrados, es decir, el modo en que, respetando la propiedad de los términos, se puede afirmar que tanto Dios como los hagiógrafos son verdaderos autores de los textos bíblicos.

El texto citado de la Dei Verbum constituye, por otra parte, la síntesis de una reflexión teológico-bíblica que, partiendo de los datos de la Sagrada Escritura, se ha ido enriqueciendo gradualmente a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días. Su lectura, efectivamente, trae a la memoria no pocos textos de la Escritura, de la tradición patrística y del Magisterio de la Iglesia, en los que no es difícil descubrir la revelación emergente y la progresiva formulación del misterio referente al origen divino de la Biblia.

Analizaremos esas citas bíblicas y los documentos de la tradición y del Magisterio, teniendo presente el sentir de la antigua tradición judía.

“Inspiración” en la Tradición judía

4 Cf Conc. Vaticano I, const. dogrn. Dei Filius: DS 3006.

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De la noción bíblica de libro sagrado se hicieron eco los escritores judíos de los primeros siglos de nuestra era. Así, Filón (ca. 20 aC-50 dC) llama «sagrados» a los escritos bíblicos y, al citarlos, los atribuye directamente a Dios. Flavio Josefo (a fines del siglo I) declara a su vez que entre los judíos no fue concedido a cualquiera escribir la historia sacra, sino únicamente a los profetas, quienes narraron los antiguos hechos conocidos por «inspiración divina»5.

También la tradición rabínica, a partir del siglo II dC, se refiere a los textos bíblicos con fórmulas que denotan reconocer a Dios como autor. Parece cierto, sin embargo, que el concepto de inspiración en los antiguos escritores judíos se delineó como un fenómeno de carácter prevalentemente estático, en el que habría tenido lugar un 'dictado' palabra a palabra, de Dios al profeta, que lo habría puesto por escrito bajo la acción divina6.

Dicho concepto, sin embargo, no se encuentra en el Antiguo Testamento, el cual presenta a los profetas y hagiógrafos conscientes y responsables de los propios oráculos y acciones, formulados y realizados, evidentemente, bajo el influjo de la inspiración divina. Se puede concluir que, junto al modelo de inspiración propiamente bíblico, que concibe la inspiración como una acción del espíritu de Jahvé sobre el profeta o el escritor sagrado en un evento de índole sobrenatural que respeta las capacidades y facultades humanas, se forjó, bajo el influjo de determinadas instancias del pensamiento greco-alejandrino como parece ser el caso de Filón, otro modelo que reducía la responsable y viva cooperación humana hasta casi prácticamente anularla. Esta opinión tuvo un cierto influjo, al menos en cuanto a la forma expresiva, en algunos autores cristianos (Atenágoras, el autor de la Cohortatio ad graecos, etc.).

Inspiración en el Nuevo Testamento

Los escritos del Nuevo Testamento muestran un concepto de inspiración análogo al que encontramos en el mundo bíblico antiguo por lo que se refiere al firme convencimiento del origen divino de los libros sagrados y su autoridad normativa.

Jesús y los apóstoles atribuyen a la Escritura, en efecto, una autoridad absoluta, infalible, indiscutible, como reflejan las palabras de Jesús recogidas en Mt 5, 18: «En verdad os digo que

5 Contra Apionem 1, 8. El texto afirma: «No existen divergencias entre nuestros escritos, porque solo los profetas han narrado con claridad los acontecimientos lejanos y antiguos, por haberlos conocido por inspiración divina [ ... ]. Los hechos muestran con cuánto respeto nosotros rodeamos nuestros libros. En tantos siglos, nadie se ha permitido un añadido, un corte, un cambio. Para todos los judíos es natural pensar que en sus libros se encuentra el querer divino, respetarlos, y, si surge la ocasión, morir por ellos con alegría». 6 Esta opinión sobre el concepto de inspiración en los antiguos escritores judíos es la que sostienen generalmente los estudiosos del pensamiento antiguo. En el caso de Filón, se admite que este filósofo alejandrino, en dependencia de la filosofía griega y, más en particular, platónica, concebía que los profetas y escritores inspirados habían estado enajenados de sus potencias y facultades, por tanto, eran incapaces de entender lo que decían o lo que escribían.

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mientras no pasen el Cielo y la tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña tilde o signo hasta que todo se cumpla». Esto explica también el motivo por el que los autores del Nuevo Testamento citan constantemente el Antiguo como autoridad, más de 350 veces.

El canon bíblico

¿Qué significa el término “canon”? La Real Academia Española la define como el catálogo de los libros tenidos por la Iglesia como auténticamente sagrados y, también, como el conjunto de normas o reglas establecidas como propias de algo definido. Si nos referimos, por ejemplo, a obras de arte o literatura, se puede pensar a determinados criterios o normas que definen desde un breve escrito hasta el más complejo como un modelo o que goce de una cierta autoridad en su propio ámbito debido precisamente a que reuniría los criterios o normas establecidas para ello a modo de cánones.

En la historia de la formación textual de la Sagrada Escritura, se ha tomado en cuenta también algunos criterios que ayudaban a definir qué libros son realmente auténticos para la Iglesia de aquellos que no lo eran. Así por ejemplo, se llegó a definir la autoría de los evangelios o del libro de los hechos de los Apóstoles teniéndose en cuenta no sólo la proximidad cronológicas de tales escritos a los hechos que narran sino también el reconocimiento del que gozaban como auténticos dentro de las comunidades cristianas de los siglos I y II. Existen diversos criterios que han ayudado a definir la autenticidad de cada uno de los libros que conforman el Nuevo Testamento, los estudiaremos más adelante. Para el caso del Antiguo Testamento, se sabe históricamente que fueron 70 maestros quienes después de recoger los escritos judíos considerados sagrados, lo tradujeron al griego para permitir que los judíos nacidos en la diáspora o que habitaban ciudades propiamente de la cultura griega pudiesen conocer todo lo que Dios había revelado a su pueblo de Israel. Esta versión se conoce como la versión de los 70 en atribución a los maestros que la procuraron para ellos.

Dado que hablamos de la Sagrada Escritura, los criterios canónicos responden a su propia naturaleza de ser un libro sagrado y por tanto, los criterios canónicos no lo buscaríamos fuera del ámbito de la fe cristiana. Estos criterios canónicos se forjaron en la Iglesia primitiva y la asistencia del Espíritu Santo de la que gozaron los escritores hizo que sus escritos sean reconocidos con el paso del tiempo. Y ¿cómo se definieron los libros canónicos? Es decir, ¿Cómo se formó el canon bíblico?

Su contenido revelador (dato revelado), definido por la Iglesia, es ciertamente el criterio supremo e infalible, no solo de su carácter de inspirado sino también de su canonicidad. La definición dogmática del canon bíblico se encuentra en el Concilio de Trento, en su sesión IV del 8 de abril de 1546. En esta sesión se condenaron los errores protestantes, porque rechazaban la canonicidad de algunos libros pertenecientes al canon fijado desde antiguo por la tradición apostólica. El Concilio,

El testimonio de la Iglesia naciente

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En conclusión, la inspiración garantiza que la Revelación divina ha quedado plasmada en la Biblia como lo afirma la DeiVerbum. Hay una estrecha relación entre inspiración bíblica y canon bíblico. Un libro es inspirado por haber sido escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y es canónico por haber sido recibido como tal por la Iglesia, o como señala un documento de la Pontificia Comisión Bíblica de 1993 “la Escritura inspirada es ciertamente la Escritura tal como la Iglesia la ha reconocido como regla de fe […]. Un libro no es bíblico sino a la luz de todo el canon”.

Cuando la Iglesia ha reconocido un libro como sagrado lo ha hecho en virtud de su oficio de enseñar, asistida por el Espíritu Santo, y teniendo en cuenta el uso continuado de los libros en la liturgia y en el conjunto de la vida cristiana. Ya san Agustín, al defender su selección, basó su juicio “en la práctica constante de la Iglesia”, y lo mismo hizo el Concilio de Treno que presenta el índice de libros canónicos con todas sus partes “tal como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia Católica”. La Iglesia ha ido reconociendo su fe plasmada en unos escritos y, a la vez, se ha sentido intepelada por ellos. Ya la primitiva comunidad cristiana, desde su fe en Jesucristo, reconoció los libros de la Biblia judía como Escritura inspirada pues vio en ellos las promesas que habían de cumplirse en el misterio pascual (pasión, muerte y resurrección de Jesús). Más aún, como confirman las fórmulas de los Evangelios “está escrito”, “según está escrito”, etc., les reconoció la misma autoridad que sus contemporáneos judíos.

Posteriormente asumió también como sagrados los libros del Nuevo Testamento porque en ellos estaba plasmada la predicación apostólica: “Así, los textos han dejado de ser simplemente la expresión de la inspiración de autores particulares y se han convertido en propiedad común del pueblo de Dios”. En consecuencia, cada libro y hasta cada texto tiene sentido sólo en la unidad de la Biblia y el contenido parcial sólo puede ser refrenado en la verdad contenida en todo el canon: “Jamás me atreveré a pensar, ni a decir que las Escrituras presentan contradicciones entre sí; y si alguna Escritura me pareciera tal, más bien confesaré que no entiendo su significado” (S. Justino, Diálogo contra Trifón, 65).

La inspiración y el canon hacen de los escritos bíblicos, libros sagrados, que contienen la Palabra de Dios y transmiten la verdad necesaria para nuestra salvación. Los libros requieren una lectura dentro de la Iglesia, que los proclama, los lee o los medita, de tal manera que puede afirmarse que, con palabras de san Gregorio Magno, de alguna manera se acrecienta su sentido con el crecimiento de sus lectores.

La inspiración garantiza la inerrancia o verdad bíblica

La inspiración garantiza la inerrancia y la canonicidad la verdad. Pero no son dos características independientes, puesto que inspiración y canonicidad están íntimamente relacionadas, la primera subraya el carácter de Palabra de Dios, la segunda, el carácter de guía doctrinal y moral de la Iglesia. Inerrancia es un concepto negativo que corresponde a la mentalidad griega de verdad, conformidad del pensamiento con la realidad (lo contrario es el error, la

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incorrección), mientras que la verdad bíblica es un concepto positivo que deriva de la mentalidad semita y significa fidelidad a la palabra dada (lo contrario es el engaño, la deslealtad). Toda afirmación de la Biblia, todo texto y todo libro goza de verdad en referencia a la verdad completa y definitiva que se da en el conjunto de la Biblia.

Será el racionalismo quien sostenga que la Biblia contiene errores, en particular, para las ciencias naturales o la filosofía racionalista. Pero toda la Escritura enseña la salvación llevada a cabo y explicada en la historia y con la historia. Por tanto, tiene como base los hechos objetivos, pero no es un libro científico de la historia. Es mucho más, es la Palabra de Dios que al hilo de los acontecimientos explicados por los profetas, muestra a los hombres los planes salvíficos de Dios. Sería anacrónico y fuera de lugar buscar en la Biblia detalles históricos que el propio autor pasó por alto o consideró irrelevantes. Es legítimo, en cambio, buscar la enseñanza que se trasmite en los relatos o libros históricos.

Hay que tener presente tres elementos importantes (Cfr. Const. Dogm. Dei Verbum, 11): que la Sagrada Escritura es Palabra de Dios, que su finalidad es enseñar y trasmitir la Revelación, y que comunican la verdad salvífica a favor de los hombres.

En primer lugar, queda claro que la Iglesia lee la Escritura no porque contenga errores, sino porque contiene la palabra verdadera que nos salva y, por tanto, recibe los libros dentro del canon y reconoce su autoridad porque lo que afirman “debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo” y, en consecuencia, estén exentos de error. En segundo lugar, los libros enseñan y trasmiten la Revelación firmemente, fielmente y sin error. Estos adverbios no indican que todo lo que dice la Biblia es firme, fiel y sin error; únicamente tiene estas cualidades la enseñanza de las verdades salvíficas. De nuevo cabe afirmar que la Iglesia lee la Biblia porque está a la escucha de la manifestación divina, dando por supuesto que en esa trasmisión no hay engaño ni incumplimiento. En tercer lugar, la verdad que enseñan no es puramente intelectual, un cúmulo de conocimientos exactos, profanos o religiosos, es sobre todo vivencial, orientada a otorgar la salvación.

Interpretación auténtica de la sagrada escritura

De la verdad sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura, se derivan, lógicamente, algunas normas que se refieren a su interpretación. DV 12 afirma que, «Dios ha hablado en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano; por lo tanto, el intérprete de la Sagrada Escritura, para conocer lo que Dios ha querido comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los escritores sagrados realmente quisieron decir y lo que Dios quiso dar a conocer con sus palabras». Por consiguiente, para interpretar la Sagrada Escritura debe estudiarse tanto lo que escribieron los autores humanos –lo que suele llamarse «interpretación histórico-literaria»–, como lo que Dios quiso revelar en las palabras inspiradas –lo que se designa con la expresión «interpretación teológica»–.

Interpretación histórico-literaria

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El estudio de la Sagrada Escritura debe comenzar por el análisis de los textos, para conocer la verdadera atención de los autores sagrados. Este análisis se concreta, principalmente, en el estudio de los géneros literarios y de la cultura de la época:

Los géneros literarios: En primer lugar hay que tener en cuenta los «géneros literarios», es decir, las formas de expresión que los autores han utilizado en sus escritos, pues la verdad se presenta y enuncia de modo diverso según que los libros tengan como fin, por ejemplo, narrar un hecho histórico, y proclamar una enseñanza, o expresarse de modo poético. El sentido de lo escrito por el autor humano depende precisamente de estos géneros literarios.

La cultura de la época: Para comprender exactamente lo que el autor sagrado propone en sus escritos, también hay que tener muy en cuenta los habituales y originarios modos de pensar, de expresarse o de narrar que eran usuales en la época del escritor, así como las expresiones que entonces solían utilizarse con mayor frecuencia en la conversación ordinaria.

Interpretación teológica

Si es necesaria la interpretación histórico-literaria, aparece como más importante, la interpretación teológica, es decir, la investigación y estudio de las verdades que Dios ha querido revelar a los hombres. Según la DV 12, «la Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita, para sacar el sentido exacto de los textos sagrados».

El Concilio señala tres criterios para una interpretación conforme al Espíritu que la inspiró:

Prestar una gran atención «al contenido y la unidad de toda la Escritura», que tiene a Dios como autor principal.

Leer la Escritura en «la Tradición viva de toda la Iglesia»; los Padres afirmaban: «la Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos».

Estar atento «a la analogía de la fe», es decir, a la cohesión de las verdades de la fe entre sí y con el plan total de la Revelación, pues Dios no se contradice ni puede engañarse.

El juicio de la Iglesia

La Iglesia ha recibido de Cristo «el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la Palabra de Dios»; en consecuencia, todo lo que se refiere «al modo de interpretar la Escritura, queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia»(DV 12). En otras palabras, el Magisterio de la Iglesia ha recibido de Cristo el ministerio o facultad de interpretar autorizadamente el contenido de la Revelación. Esta interpretación autorizada recibe el

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nombre de interpretación «auténtica». Por eso, la enseñanza de la doctrina católica abarca toda la Escritura, y constituye el argumento más sólido para aceptar la Revelación divina.

LA MUTUA RELACIÓN ENTRE ESCRITURA Y TRADICIÓN

Si la Escritura se puede definir como «la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo» (DV 9), la Tradición es aquella corriente divina por la que la Iglesia «transmite íntegramente a los sucesores de los apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad, la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación» (DV 9). Entre Escritura y Tradición existe, por tanto, por su misma naturaleza, una profunda unidad, formando un todo orgánico que DV 9 expresa bajo imágenes sugerentes: «surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin»; es decir: tienen su origen en el mismo Dios que se ha revelado en la creación y en la historia; constituyen una misma corriente salvífica, expresión del mismo y único misterio de salvación; concurren al mismo fin, que es la salvación de los hombres para la gloria de Dios.

Escritura y Tradición no son, por tanto, dos vías independientes o paralelas de la palabra de Dios: cada una, por el contrario, afirma la existencia de la otra, y sin la una la otra quedaría irremediablemente sujeta a la arbitrariedad de la subjetividad de pensamiento. Ciertamente, una y otra poseen una propia identidad, determinada por el modo o forma en que transmiten la Revelación y, sobre todo, por la propia índole estructural interna: mientras la Biblia posee las características de un texto escrito y, por tanto, fijo y definitivo en sí mismo, la Tradición es una realidad viva, llamada a crecer y desarrollarse, no, evidentemente, por adición de realidades ajenas al contenido originario, sino por la profundización creciente de lo que en el contenido originario estaba solo presente de modo implícito. Se puede añadir que la Tradición, en cuanto precede, acompaña y sigue a la Escritura, constituyendo su contexto natural de interpretación, contiene una riqueza de contenido no siempre del todo explícito en la lectura histórico-crítica de la Escritura (lectura de los textos bíblicos teniendo en cuenta su formación histórica y textual), aunque sí lo esté en su lectura cristológica (lectura de los textos bíblicos a la luz de Cristo, su persona y su enseñanza). El tema lo trataremos con más profundidad en la parte de nuestro libro dedicado a la hermenéutica bíblica (interpretación actualizada de la Escritura: ¿el mensaje bíblico para nosotros, hoy?).

La razón última del triple vínculo que une Escritura y Tradición es por tanto, el hecho que las dos son 'palabra de Dios'. La Escritura, concretamente, no solo contiene la palabra de Dios, sino que es verdadera palabra de Dios en virtud del carisma de la inspiración concedido a los escritores bíblicos; la Tradición es la palabra de Dios transmitida íntegramente y auténticamente a la Iglesia gracias a la sucesión apostólica y a la asistencia del Espíritu Santo. Por este motivo, «la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas» y considera que la Escritura y la Tradición «se han de recibir y venerar con un mismo espíritu de piedad» (DV 9).

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La Escritura y la Tradición constituyen, en consecuencia, «un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia», que ha de custodiarlo y transmitirlo fielmente y del que tiene que sacar alimento constante para la vida del pueblo cristiano.

El rol del Magisterio ante las fuentes de la Revelación

Ahora bien, aunque todo el pueblo cristiano es portador de la palabra de Dios y participa en su transmisión según los diferentes carismas que el Espíritu distribuye en su Iglesia, «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo» (DV 10). «Interpretar», en nuestro contexto, significa descubrir el verdadero sentido: no crearlo, transformarlo o modificarlo. La Dei Verbum precisa, por eso, que el Magisterio «no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido». El documento conciliar reconoce así la trascendencia de la 'palabra de Dios' en relación al Magisterio, el cual, por su parte, se autodefine como siervo de la 'palabra de Dios', que no pretende enseñar nada que esté fuera de lo que le ha sido revelado y transmitido, y reconoce explícitamente que su misión, «por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo», es «oírlo con piedad, guardarlo con exactitud y exponerlo con fidelidad» (DV 10). El Magisterio cumple así una doble función: en relación a la palabra de Dios, la transmite con fidelidad en una constante actualización según los tiempos y las culturas; en relación a la Iglesia, custodia e interpreta auténticamente la palabra de Dios. Por todo esto, «la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas » (DV 10).

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1 El término hebreo dabar puede significar 'palabra', ‘información', 'mandato', pero también 'cosa', 'evento', existiendo entre las dos acepciones, en virtud de la unidad del término, una intrínseca relación. El vocablo dabar designa también eventualmente el mandato y la voluntad divinas manifestadas a Israel (cf Ex 34, 28), o bien, la acción eficaz de Dios en la creación o en la historia (Gn l). La expresión 'palabra de Jahvé' (debar Jhwh) indica, más precisamente, un 'decir de Dios' que da origen a una realidad, un evento, un fenómeno histórico. La circunstancia de que, de las 241 veces que dicha fórmula está atestiguada en el Antiguo Testamento, 221 se encuentren en un contexto claramente profético, permite sacar la conclusión de que nos encontramos ante una expresión técnica al servicio de la Revelación. El concepto bíblico contenido en la expresión 'palabra de Dios' es, por otra parte, común al antiguo Oriente, donde el vocablo 'palabra' no posee primariamente un significado noético o indicativo, sino dinámico, designando un poder que llega a repercutir en el dominio de lo real (palabra de conjuro, de bendición o de maldición, etc.). La doble estructura semántica de dabar se refleja en el término griego rhema, con que los LXX traducen frecuentemente el vocablo hebraico (cf Gn 15, 1; 18, 14; 20, 8; 1 R 11, 4 1; etc.). Esta densidad semántica de rhéma se conserva en el Nuevo Testamento (cf Lc 1, 38. 65; 2, 15. 17. 19. 51). El término logos, por el contrario, con el que en ocasiones los LXX traducen también dabar, tiene un significado prevalentemente noético o indicativo.

2 Sobre esto la Constitución Dogmática Dei Verbum afirma en su numeral 6: “Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criaturas"; pero enseña que hay que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano”.

3 Por ejemplo: Francisco de Asís (1182-1226, canonizado por Gregorio IX, el 16 de julio de 1228), Margarita María Alacoque (1647-1690, canonizada por Benedicto XV el 13 de mayo de 1920) Sor Faustina de Kowalska (1905-1938, canonizada por Juan Pablo II, el 30 de agosto del 2000). Actualmente, atrae particular atención las revelaciones de la virgen de Fátima a los tres pastocitos y más aún el llamado tercer secreto de Fátima hecho público el 13 de mayo del 2000 por el secretario de Estado Vaticano, el Card. Angelo Sodano a pedido de Juan Pablo II.