Perez Galdos, Benito - Angel Guerra.pdf

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Ángel Guerra Benito Pérez Galdós

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  • ngel Guerra Benito Prez Galds

  • Primera parte

    - I - Desengaado

    I

    Amaneca ya cuando la infeliz mujer, que haba pasado en claro toda la noche esperndole, sinti en la puerta los porrazos con que el incorregible trasnochador acostumbraba llamar, por haberse roto, das antes, la cadena de la campanilla... Ay, gracias a Dios! El momento aquel, los golpes en la puerta, a punto que la aurora se asomaba risuea por los vidrios del balcn, anularon sbitamente toda la tristeza de la angustiosa y largusima noche. Menos tiempo del que empleo en decirlo, tard ella en correr desde la salita a la entrada de la casa, y antes que abriera, ya empujaba l, ansioso de refugiarse en la estrecha y apartada vivienda.

    Precipitemos la narracin diciendo que la que abra se llamaba Dulcenombre, y el que entr ngel Guerra, hombre ms bien grueso que flaco, de regular estatura, color cetrino y recia complexin, cara de malas pulgas y... Pero a qu tal prisa? Calma, y dgase ahora tan slo que Dulcenombre, en cuanto le ech los ojos encima (para que la verdad resplandezca desde el principio, bueno ser indicar sin rebozo que era su amante), not el demudado rostro que aquella maana se traa, mohn de rabia, mirar atravesado y tempestuoso. Juntos pasaron a la sala, y lo primero que hizo Guerra fue tirar al suelo el ajado sombrero, y mostrar a la joven su mano izquierda mojada de sangre fresca, que por los dedos goteaba.

    -Mira como vengo, Dulce... Cosa perdida... Quin se vuelve a fiar de tantsimo cobarde, de tantsimo necio!

    El espanto dej sin habla por un momento a la pobre mujer. Crey que no slo la mano, sino el brazo entero del hombre amado, se desprenda del cuerpo, cayendo en tierra como trozo de res desprendido de los garfios de una carnicera.

    Querido, ay -exclam al fin-, bien te lo dije!... Para qu te metes en esas danzas?

    Dejose caer el herido en el silln ms prximo, lanzando de su, boca, como quien escupe fuerte, una blasfemia desvergonzada y sacrlega, y despus revolvi sus ojos por todo el mbito de la estancia, cual si escuchara su propia exclamacin repercutiendo en las paredes y en el techo. Mas no era su apstrofe lo que oa, sino el zumbido de uno de estos abejones que suelen meterse de noche en las casas, y buscando azorados la salida, tropiezan en las paredes, embisten a testarazos los cristales, y nos atormentan con su murmullo grave y montono, expresin musical del tedio infinito.

    -Tienes rnica? -dijo Guerra mirndose la ensangrentada, mano.

  • -S; la que traje cuando la perrita se magull la pata. Mira, hijo, lo mejor ser llamar ahora mismo a un mdico.

    -No, mdico no -replic l con viva inquietud-. Temo la polica, aunque no creo que nadie me haya visto entrar aqu... Si avisas a la Casa de Socorro, me comprometers... La herida no es grave. No creo me haya interesado el hueso. La bala entr por esta parte y sali por aqu, ves?... superficial... mucha sangre... alguna vena rota, y nada ms... Entre t y yo nos curaremos, digo, me curar. Soy algo mdico: me lucir siendo mi propio enfermo, y t mi practicante.

    Con exquisito cuidado procedi Dulcenombre a quitarle la cazadora, descubriendo la manga y puo de la camisa, tan anegados en sangre, que se podan torcer. Temerosa de lastimarle, cort con tijeras, por encima del codo, la tela de la camisa y elstica, y trayendo en seguida una jofaina con agua, en la cual verti gran cantidad de rnica, empez a lavar las heridas, que eran dos, la entrada y salida de la bala, distantes como seis pulgadas una de otra.

    Guerra no se quejaba, y apretando los dientes, repeta: -No es nada, y si es, que sea, caramba! No llamara mdico, sino en el caso extremo de tener que cortar el brazo.

    -De veras no te duele? -preguntaba Dulce poniendo en sus dedos toda la delicadeza posible. -No... ay! Te digo que no... Y qu te importa a ti que duela o no duela?... Ahora que sale menos sangre, ponme paos bien empapados en rnica, que renovars cada poco tiempo. Luego me traes de la botica un emplasto cuyo nombre te escribir en un papel... ay! Tengo una sed horrible. Dame agua. Hay coac en casa?

    -No; te pondr vino.

    -Lo mismo da. Venga pronto, que me abraso.

    Mientras: beba, el abejorro volvi a entonar su insufrible canto de una sola nota, estirada y vibrante como el lenguaje de un hilo telegrfico que se pusiera a contar su historia. Echole Guerra tremendas maldiciones, pero como sintiese ruido en la escalera, atendi a l sobresaltado y receloso.

    -Qu tienes? -le dijo Dulce-. Esos pasos son de alguno que baja del tercero. Aqu no viene nadie. En la vecindad no nos conocen ni las moscas. chate a descansar sin miedo.

    -No s... Maldita suerte! -replic ngel gesticulando con el brazo hbil-: Si vienen a prenderme que vengan. Todo perdido por falta de direccin y sobra de pusilanimidad... A la hora crtica, los leones de club se vuelven corderos y se meten debajo de la cama, y los traidores se disfrazan de prudentes. La mayor parte de las tropas comprometidas se asustan de la calle como las monjas, y no se atreven a salir del cuartel. Qu noche! Tengo fiebre. Sabes una cosa? La claridad del da me incomoda... Cierra las maderas y enciende luz, a ver si duermo. No, imposible que yo descanse... Por vida de... cunto me molesta ese bicharraco estpido!

    -Djalo -dijo Dulce, riendo de los insultos que ngel sigui dirigiendo al pobre insecto-; ya procurar yo quitarle de en medio. Vers... Acustate ahora.

    Cerr las maderas y encendi luz, figurando la noche en la reducida sala, y acto continuo pas a la alcoba para arreglar la cama, que era grande, dorada, la mejor pieza de todo el mueblaje. Despus ayud al herido a quitarse la ropa. Mejor ser decir que le desnud;

  • condjole al lecho, le acost, arreglando los almohadones de modo que pudieran sostener el busto en posicin alta, y colocndole el brazo sobre un cojn de la manera menos incmoda.

    -Antes que se me olvide -le deca Guerra al acostarse-: recoge toda la ropa ensangrentada y lvala de prisa y corriendo... Otra cosa. Cuando salgas a la compra, treme peridicos, aunque sean monrquicos. Qu hora es? Dices que la vecindad no nos conoce? Bien puede ser, porque slo hace ocho das que habitamos en este escondrijo, y nadie lo sabe ms que tu familia, de la cual, ac para entre los dos, no me fo ni me fiar nunca.

    -No pienses mal de mis pobrecitos hermanos ni del infelizote de pap.

    Pobrecitos, s! (Con cruel irona.) Seran capaces de venderse a s propios el da en que no pudieran vender a los dems. Ms tranquilo estara yo si supiera que ignoran donde me encuentro... Ay, Dulce de mi vida, procura matar a ese moscardn del infierno, o yo no s lo que va a ser de m! Mis nervios estallan, mi cabeza es un volcn; yo reviento, ya me vuelvo loco, si ese condenado no se va de aqu. Acchale, ponte en guardia con una toalla o cualquier trapo... Aguantas el resuello, te vas aproximando poquito a poco, para que l no se entere, y cuando le tengas a tiro zas! le sacudes firme.

    Procedi Dulcenombre, bien instruida de esta tctica, a la cacera del himenptero; pero l le ganaba, sin duda, en habilidad estratgica, porque en cuanto la formidable toalla (graves autores sostienen que no era toalla, sino un delantal bien doblado y cogido por las cuatro puntas, formando uno de los ms mortferos ingenios militares que pueden imaginarse) se levant amenazando estrellarse contra la pared, el abejn sali escapado hacia el techo burlndose de su perseguidora.

    La cual, desalentada por la ineficacia de su primer ataque, volvi al lado de su amigo, dicindole: -Pues no debes temer nada de los mos. A tu casa ir probablemente la polica, y tu madre dir que no sabe donde ests... como que, en efecto, no lo sabe ni lo puede saber.

    Al or nombrar a su madre, obscureciose el rostro de Guerra. De lo que murmuraron sus labios, hervor del despecho y la ira que rescoldaban en su alma, solo pudo entender Dulce algunas frases sueltas.

    Pobre seora!... Disgusto horrible cuando sepa... Y luego, queriendo descargar con un suspiro forzado, que pareca golpe de bomba, la pesadumbre y opresin que dentro tena, aadi esto: Despedime de ella hace cuatro das, dicindole que iba de caza a Malagn... No es mala cacera... Cazado yo.

    Tan abstrado estuvo, que el zngano pas dos veces por encima de las almohadas, reforzando su infernal trgala, y Guerra no se dio cuenta de ello. Fue preciso que por tercera vez pasara el maldito, casi tocndole la punta de la nariz, con lo cual se evidenci que la burla rayaba en procaz insolencia, para que el otro lo notara y se revolviera airado contra la fiera, gritndole: Canalla, trasto, indecente, si yo no estuviera amarrado en esta cama, veras. Poco faltaba para que en la excitada imaginacin de Guerra se representase el zumbador insecto como animal monstruoso que llenaba todo el aposento con sus alas vibrantes. Emprendi Dulce de nuevo la persecucin, y eran de ver su agilidad y tino, las cualidades estratgicas que en la desigual lucha iba desarrollando; cmo se aproximaba quedamente; cmo blanda el arma formidable; cmo segua el vuelo curvo del enemigo en sus rpidos quiebros, adivinndole las retiradas y anticipndose a ellas; cmo, en fin, se prevena contra su astucia, embistindole por el flanco menos peligroso, que era aquel en que no la delataba su propia sombra... Por ltimo, uno de los muchos disparos con el lienzo

  • insecticida fue tan certero, que el monstruo, sin exhalar un ay, cay al suelo con las patas dobladas, las alas rotas.

    -Pereci -dijo Dulce con la emocin de la victoria, inclinndose para verlo hecho un ovillo negro y peludo. En su agona, pareca comerse sus propias patas y hundir la cabeza en la panza turgente.

    -Maldita sea su alma! -exclam Guerra con jbilo-. As quisiera yo ver a otros que zumban lo mismo, y merecen tambin un toallazo... Ahora, parceme que dormir.

    Vencido del cansancio, no tard en caer en un sopor, que ms bien pareca borrachera.

    II

    De la cual sali sbitamente, y como de un salto, media hora despus, porque no vale que el cuerpo tome la horizontal, cuando las ideas se obstinan en ponerse en pie; ni vale que los msculos fatigados se relajen y apetezcan la quietud, cuando la sangre se desboca y los nervios se encabritan. Lo primero de que el herido se hizo cargo fue de la soledad en que se encontraba, pues Dulcenombre haba salido. Sinti en torno suyo la impresin triste de la ausencia del ser que a todas horas llenaba la casa con su trfago, diligente y amoroso.

    Qu buena es esta Dulce -pens-, y qu vacas; qu solas, qu hurfanas quedan las cosas cuando ella es va!. Al pensar esto, como volviera a sentir el zumbido del insecto, se inflam de nuevo en ira y deseos de destruccin. O ha resucitado ese miserable -se dijo-, o ha venido otro a ocupar la plaza. Mas era un ruido puramente subjetivo, efecto de la debilidad y de la excitacin de los nervios acsticos. El reloj de San Antn dio las ocho, y ngel, despus de contar cuidadosamente las campanadas, quedase con la duda de haber acertado en la cuenta. Los rumores de la calle se desfiguraban y acrecan monstruosa mente en su cerebro: el paso de un carro se le antojaba rodar de artillera, y los pregones alaridos de combate, los pasos de los vecinos en la escalera, movimiento de tropas que suban a ocupar el edificio. Felizmente, el chirrido del llavn en la puerta anunci el regreso de Dulce. Alegrose Guerra al orlo como nio abandonado que se ve de nuevo en brazos de la madre.

    -Hija ma -la dijo al verla entrar con su pauelo por la cabeza y su mantn obre los hombros-. Si no vienes pronto, no s qu es de m. Me abrumaba la soledad.

    -Te dej, dormido, monn -replic ella, abalanzndose sobre la cama para acariciarle con ternura-. Por qu has despertado? Qu tal te encuentras? Y el bracito, te duele?

    -El brazo est como dormido, como muerto; no siento ms que unas cosquillas... que suben hasta el hombro... y la sensacin de que la parte herida es grande, tan grande como todo mi cuerpo. Tengo fiebre y bastante alta, si no me equivoco.

    En el mismo instante, una galguita esbelta cuyas patas parecan de alambre, salt sobre el lecho. Y empez a acariciar al herido. Dulce cuid de que el inquieto animal no lastimara el brazo enfermo, para lo cual le dirigi una admonicin muy expresiva y graciosa. Por segunda vez apunt la idea de traer un mdico; pero Guerra se opuso terminantemente, quitando importancia a su herida. En cambio, pudo convencerle de que aquella fingida noche en que estaba, con las maderas cerradas y la luz encendida, ms propicia era a la tristeza lgubre que al descanso reparador. Y se apag la vela y se abrieron las maderas; pero con la claridad solar,

  • Guerra se excit ms, mostrando ganas de levantarse y apetito insaciable de charla. Mucho le contrariaba que Dulce no le hubiese trado peridicos, y ella prometi bajar ms tarde, en cuanto los sintiera vocear. La pobrecilla se hubiera partido en dos de buena gana para poder atender a la cocina y a la alcoba, al puchero y al hombre. Iba y vena con celeridad no inferior a la de la galguita, y despus de trastear all dentro, volva, para engolosinar a su amigo con una palabra cariosa, para arroparle y acomodar el brazo sobre el cojn. Al pasar por la salita, no dejaba de dar un empujn a las butacas y sillas, ponindolas en su sitio; de arreglar lo que desde la noche anterior permaneca revuelto; de pasar rpidamente un pao por lo ms cargado de polvo, y sintiendo mucho no poder hacer limpia general, corra a la cocina, donde diversas faenas la reclamaban. Dgase de paso que la habitacin era pequesima, que no tena gabinete, sino tan slo sala de un balcn, y alcoba separada de aqulla por puerta de cristales; que estas dos piezas unanse por pasillo nada corto a la cocina y comedor, cuyas ventanas daban al corredor del patio. La casa era de estas que pueden llamarse mixtas, pues en la fachada haba cuartos de mediana cabida, de ocho a diez duros de inquilinato; en el fondo, patio con corredores de viviendas numeradas, de cincuenta a ochenta reales. Una sola escalera serva el exterior como el interior de la finca, situada en la corta y solitaria calle de Santa gueda, que comunica la de Santa Brgida con la de San Mateo.

    Dulcenombre consigui de ngel que consintiese en estar encerrado un rato para poder abrir el balcn de la sala, y barrer, limpiar y ventilar sta. Concluida la operacin en un periquete, la joven, escoba en mano, fue a dar un poco de palique a su amante:

    -Ay, hijo mo, qu cosas decan en la plazuela! que habis sido unos tontos, y que no sabis hacer revoluciones.

    -Dicen la verdad; unos por inocentes, otros por traidores, todos merecemos el desprecio de las placeras.

    -Pues anoche, a eso de las diez y media, toda la vecindad del patio sali de los cuartos, como las hormigas en tiempo de calor, porque se corri la voz de que haba gran trifulca. Yo me asom a la escalera, y uno deca que verdes, otro que maduras. Cont no s quin que la caballera sublevada haba pasado por la calle de la Puebla dando gritos, con un oficial a la cabeza, que, revlver en mano, se desgaitaba diciendo que viviera la Repblica. Es verdad esto? Pues luego cada persona que llegaba a la casa traa una papa muy gorda. Uno que Palacio estaba ardiendo por los cuatro costados, otro que diecisiete generales se haban echado a la calle...

    -Diecisiete rayos! -exclam con furor el enfermo-. Alguno haba comprometido, es verdad; pero estos comodones se quedan detrs de la puerta viendo la funcin, y si sale bien se llaman a la parte, si sale mal corren a presentarse al ministro de la Guerra.

    -En medio de aquel barullo, yo me haca la tonta, como si nada supiera, y me asombraba de cuanto me decan. Hoy, en la plazuela, he odo que fracasasteis antes de empezar, y que no habis hecho ms que chapuceras.

    Chapuceras! Voy creyendo que en la plazuela nos juzgan como merecemos. Mira, Dulce, si no nos hubieran faltado los de los Docks, qu s yo...

  • -El to Pintado, el escarolero... t no le conoces... aquel vejete que tiene su cajn al lado de San Ildefonso... Pues me cont que l ha sido, tremendo para estas cosas de revoluciones, y que el cincuenta y tantos y el no s cuantos, l solo con cuatro amigos cort la comunicacin de la Cava Baja con la calle de Toledo, y que la tropa tuvo que romper por dentro de las casas. En fin, te mueres de risa si le oyes ponderar lo hroe que es. En su cajn haba esta maana un corro muy grande, y l, con nfulas de maestro, os criticaba, porque en vez de encallejonaros en la estacin de Atocha, debisteis iros a la Puerta del Sol y apoderaros del Principal.

    -Tiene razn. Si es de sentido comn...!

    -Dijeron all tambin que habais matado tontamente a dos generales o no s qu, y que los patriotas de hoy no servs ms que para ayudar a misa.

    -Tambin es verdad. Merecamos ser apaleados por los de Orden Pblico, o que los barrenderos de la Villa nos ametrallaran con las mangas de riego. Desengao como ste...! Parceme que despierto de un sueo de presuncin, credulidad y tontera, y que, me reconozco haber sido en este sueo persona distinta de lo que soy ahora... En fin, el error duele, pero instruye. Treinta aos tengo, querida ma. En la edad peligrosa, cogame un vrtigo poltico, enfermedad de fanatismo, ansia instintiva de mejorar la suerte de los pueblos, de aminorar el mal humano... resabio quijotesco que todos llevamos en la masa de la sangre. El fin es noble; los medios ahora veo que son menguadsimos, y en cuanto al instrumento, que es el pueblo mismo, se quiebra en nuestras manos, como una caa podrida. Total, que aqu me tienes estrellado, al fin de una carrera vertiginosa... golpe tremendo contra la realidad... Abro los ojos y me encuentro hecho una tortilla; pero soy una tortilla que empieza a ver claro.

    Al llegar a este punto, sinti el herido gran debilidad, que repar con un poco de caf. Como sintiese tambin alguna molestia en el brazo, no quiso diferir la aplicacin del emplasto. Dulce sali en busca de la medicina, tardando como una media hora, y al volver se trajo un rimero de peridicos, que ngel desflor, recorrindolos con ansiosa y superficial lectura, para cazar la noticia verdadera en aquella selva de informaciones precipitadas. Como tena ms fiebre que apetito, y pareca natural que al enfermo le sentara mejor el buen caldo que los peridicos, Dulce cort la racin de estos y activ el puchero, que era substancioso, riqusimo, con su poco de gallina, su jamn y vaca con hueso. Deslizose toda la maana, sin que nada ocurriese de particular. Despus de recorrer ligeramente parte de la prensa, sintiose ngel fatigado; mas sus intentos de dormir fueron intiles. Cerraba los ojos, y en vez de aletargarse, el cerebro reproduca fielmente las escenas de la tarde anterior, precursoras de la descabellada intentona de la noche. Vease en el cafetn de Npoles, concertando con el capitn Montero ciertos detalles del plan, fijando la hora exacta. l, Guerra, secreteaba a su amigo las rdenes del brigadier Campn, que haba de ponerse al frente de los sublevados. Montero responda de los sargentos; pero ponderaba la dificultad de sacar del cuartel las tropas, burlando al coronel y a los oficiales.

    Todo dependa de la temeridad y arrojo del capitn, que era de la piel del diablo.

    Abra Guerra los ojos, y de la representacin del hecho pasaba su pensamiento bruscamente al desairado fin de su aventura. Todo es humillante -deca-, en este fracaso, hasta la herida que he recibido. La muerte o una herida grave hubiera correspondido a la intencin; pero esta puntada en el brazo no me permite considerarme vctima, ni hroe, ni nada. Para que todo resulte chabacano, hasta mi herida... apenas me duele... Y ahora se me ocurre: que habr sido de aquel desdichado Campn? Los peridicos dicen que abandon el tren, al saber que tampoco los de Alcal respondan, y a estas horas andar fugitivo, dado a

  • todos los demonios, hasta que le cacen los monrquicos. Le fusilarn, por no haber sabido escurrir el bulto cuando vio venir la mala. Pobre Campn! No me atrevo ya a decir que es glorioso dar la vida por esta idea; no me atrevo a clamar venganza. La idea est tan derrengada como sus partidarios, y no puede tenerse en pie.

    III

    La debilidad de su cuerpo y la ebullicin mental se manifestaron de improviso en el terreno de la ternura. Llamaba a su compaera para decirle con pueril afn: Dulcsima, me quieres? Pero me quieres de verdad? Ella responda que s con efusin del alma, aadiendo a la palabra demostraciones materiales que restallaban en la alcoba, porque entre otras particularidades fisiolgicas, tena la de besar de una manera ruidosa y descompasada. Queriendo arrancarle confesiones de ms vala, ngel la interrogaba as: Me quieres por encima de todos y de todo? Me perdonas que te arrancara a tu familia, juntndote con un hombre que est fuera de la ley y que puede dar con sus huesos en el destierro o en el patbulo?

    Dulcenombre se ech a rer, diciendo que para ella no haba ms familia que l ni ms leyes que la voluntad del hombre amado, y que lo seguira a cuantas aventuras se quisiera lanzar. Agregaba que el dejar a su familia no era un mrito, pues cualquier gnero de vida, aun el ms deshonroso, vala ms que vivir con sus padres y hermanos.

    -En eso estamos conformes -dijo Guerra-, y al sacarte de tu casa, te saqu de una leonera; pero si all no eras ms honrada, estabas ms libre.

    -No me gusta la libertad -se apresur a decir Dulce-: Me siento mejor sometida, y con el cuello bien amarrado al yugo de un hombre que me gusta por el alma y por el cuerpo. Obedecer queriendo es mi delicia, y servir a mi dueo, siendo tambin por mi parte un poco duea de l, quiero decir, esclava y seora... Pero djame ir un momento a la cocina, que se nos quema el puchero.

    Al quedarse solo, ngel reflexionaba dicindose: En medio de tantas desgracias y cadas tengo el consuelo de poseer esta leal amiga, dechado de fidelidad, paciencia y adhesin, que cog como con lazo en una selva obscura. Mi vida no es tan triste y desastrada como he podido creer, porque esta mujer me la ennoblece, y me colma de consuelos espirituales. Acordbase al punto de su madre y de su hija, y si el recuerdo de la primera causbale cierto terror, al pensar en la segunda se desbordaba en su alma la ternura. Urge decir que ngel Guerra era viudo, y tena una nia de siete aos llamada Encarnacin, a quien amaba con delirio. Su mayor pena en la encerrona a que se vea condenado, y a la cual probablemente seguira larga proscripcin, era verse alejado por tiempo incalculable de su inocente hija; y tambin le inquietaba la idea de una definitiva ruptura con su madre, a quien respetaba y quera, no obstante la infranqueable diferencia de opiniones entre ambos. Almorz aquel da sin gana, fum ms de lo conveniente, pidi sus libros, en los cuales ley algunas pginas sin enterarse de nada, y hastiado del tabaco y de las letras, reneg de su suerte y de los motivos de tan fastidiosa esclavitud. Dulce le consolaba desde la sala con palabras festivas, y amorosas mientras se peinaba sentada frente al armario de luna. Conviene ahora decir que Dulcenombre era bonita, y que lo habra sido ms si su natural belleza hubiera tenido el adorno de las carnes lozanas, que por s solas decoran y visten una figura de mujer. Lstima que fuese ms que delgada, flaca, y tan esbelta, que la comparacin de su cuerpo con un junco no resultaba hiprbole! Era su rostro de una nobleza indiscutible; el perfil muy acentuado en el corte de la distincin y espiritualidad, cara y silueta dignas de lucir en un

  • teatro con trajes histricos, dignas tambin de un bajo relieve de alabastro ahumado por el tiempo. Por esto ngel Guerra bromeaba con su querida, dicindole que pareca una princesa borgoona o italiana, sacada de su sarcfago y rediviva por conjuros del diablo. Su mal color, como de leche, y miel de caa mezcladas en buena proporcin, abonaba aquel juicio. Tena entonces veinticuatro aos, y representaba treinta, seal de que su hermosura y su juventud tendan a consumirse pronto, como candelas con doble pbilo, y antes de que se acabara en ella la mujer, ya se estaba anunciando la momia.

    Nadie pareci por la casa en todo el da. La soledad y abandono en que viva la pareja fueron de grandsimo consuelo para el revolucionario, que empez a tener confianza en la impunidad. Su mayor recelo era que Arstides y Fausto, hermanos de Dulcenombre, llamasen a la puerta.

    -No vendrn -dijo ella- A qu cuento habran de venir ahora, si no vienen casi nunca?

    -No conoces a tus hermanos, hija ma. Vendrn slo por el gusto de fisgonear, de molestarme y de venderme, si hubiera quien les diese algo por m.

    -Estate tranquilo. Slo vendran en el caso de que yo tardara muchos das en ir all. Para evitar que nos visiten, pasar esta noche o maana si te parece.

    -S, s. Y llvales algo para que el mal humor, hermano gemelo de la penuria, no les ponga en ese estado particular del espritu que engendra el dolo y las traiciones.

    Qued convenido esto, y Guerra descans largo rato hasta la tarde. Ya de noche, despus de comer cuando Dulce haba encendido la lmpara, disponindose a emplear un par de horas en el arreglo de su ropa, el herido se anim considerablemente. No poda estarse quieto; sus ganas de hablar rayaban en frenes, y como era aquella la hora de la chchara y de las disputas con los amigos en el caf, o en algn crculo ms o menos pblico, la costumbre impona su fuero, y el hombre habra charlado consigo mismo, si no tuviera a su querida para componerse un auditorio. Hzola pasar de la sala a la alcoba, llevando la luz, la silla baja, la cesta de ropa y una caja en que tena los chismes de costura, la cual puso sobre la cama por no haber sitio ms apropiado. A la cama salt tambin la perra; la lmpara fue puesta sobre la mesa de noche, para que dominara con su claridad todo el grupo, que resultaba simptico. ngel senta febril apetito de contar las ocurrencias de la noche anterior, en las cuales haba sido actor o testigo, y aadir los comentarios propios de sucesos tan graves. Por momentos se figuraba tener delante a su trinca del Crculo Propagandista Revindicador, y que alguien le contradeca, excitndole ms. Cuando un hombre ha presenciado sucesos que pasan a la Historia, aunque sea de contrabando, y que acaloran la opinin, natural es que sienta el prurito de contarlos, de rectificar errores, y de poner cada cosa y cada persona en su lugar. En Guerra hablaban aquella noche el orgullo del testigo que sabe lo que los oyentes ignoran, el amor propio del narrador bien informado, y el coraje del revolucionario sin xito.

    Atencin.

    -Mira t, querida, yo te aseguro que el general Araa estaba comprometido, aunque con reservas. Un amigo suyo, paisano, fue a nuestras reuniones de la calle de la Estrella y de la calle de la Fe, y nos dijo: Seores, si el general Araa, al estallar el movimiento, se presentara qu haran ustedes? A lo que respondi Campn: Pues nos pondramos todos a sus rdenes. A pesar de este ofrecimiento, no contbamos con el general Araa, ni con el general Socorro, a no ser que desde el primer momento tuviramos asegurado un triunfo indiscutible.

  • Pues vers otra cosa. Los peridicos censuran el movimiento por descabellado, fjate bien, y dan por cierto que lo realizaron los ochenta hombres a caballo de Simancas y las dos compaas de infantera de Cerinola. Lo que hay es que estos infelices fueron los nicos que tuvieron arranque para cumplir lo pactado. Yo te aseguro, como si lo hubiera visto, que en un patio del cuartel de la Montaa estuvo formado el batalln de Andujar. Los sargentos y los oficiales nuestros lo haban arreglado bien; pero... lo que pasa en estos casos... entra el coronel, y ya tienes perdida toda la fuerza moral de los sargentos. Qu es esto, voto al rayo? Nada, mi coronel, que supimos que haba jarana, y estbamos preparando a los chicos para salir a sostener el orden. (Estupefaccin de Dulce.) Pues vers otra mejor. En los Docks, tenamos conquistada la artillera. Recuerdas que, cuando vivamos en la calle de San Marcos, fue un domingo por la tarde a casa un muchacho, militar, y al otro da otro? A ti te choc que hablramos solos ms de una hora, y te enojaste porque no te quise decir de qu habamos hablado. Pues eran sargentos de artillera. Yo les trabaj lo mejor que pude. Otros haba que de meses atrs venan catequizados por amigos nuestros. Me consta que desde las diez, los sargentos haban hecho vestir a los chicos, y les tenan acostados en sus camas, bien tapaditos con las mantas, esperando la hora. Pero... la de siempre, hija ma, result lo mismo que en la Montaa, los oficiales se impusieron, y all no se movi nadie.

    -Pero dime -le pregunt Dulce-, estabas t en todas partes para saber lo que en todas partes pasaba?

    -Lo que yo cuento a ustedes, seores -dijo Guerra con solemnidad, desvariando-, es el Evangelio... Perdona, hija, cre que hablaba con... aquellos. Cmo me echarn de menos esta noche... y qu de mentiras se contarn en el corrillo!

    Dio un gran suspiro, para volver de nuevo a su febril y desordenada relacin del suceso.

    IV

    Que dnde estaba yo? Caramba! En donde estar deba... Por la tarde, en la redaccin de El Palenque; al anochecer, conferenciando con Montero, el cual me dijo que necesitaba redoblar su audacia para sacar las tropas de San Gil, porque ayer mismo le dej el Gobierno de reemplazo. La suerte suya... ahora bien podr decir la desgracia... pues la suerte suya fue que, no habindose corrido ayer las rdenes para quitarle el mando, poda entrar en el cuartel cuando quisiera. A las siete comimos en el caf de Npoles; Montero no tom ms que media chuleta de cerdo y una botella de vino, sin probar el pan. Yo, que no pierdo el apetito en ninguna ocasin, com bien, y luego tomamos un coche de alquiler para ir a avistarnos con Campn, que vive en la calle de Silva. Le encontramos dispuesto a salir, risueo y con esperanzas. Vesta de paisano, llevando el fajn de brigadier tapado con el chaleco, y nos dijo que pensaba ir al caf de Aragn, donde tena la tertulia, para que su ausencia no despertara sospechas. En la reunin que tuvimos por la maana, se haba determinado que las tropas de San Gil y las de la Montaa atravesaran por Madrid en direccin a los Docks. All se uniran los artilleros, y... Qu? Te parece descabellado este plan? (Dulce no deca nada.) A m tambin me lo pareci. Reunirse en Atocha, para subir luego a dar el ataque a las tropas monrquicas, o esperarlas en aquella hondonada, parecame a m una gran pifia. Pero no me atrev a contradecir a los militares. Campn nos dijo: En cuanto yo me entere de que los de San Gil se han echado... y todo Madrid ha de saberlo al instante, porque la noticia correr como un relmpago... me despido de mis amigos del caf, como que voy a curiosear, y me bajo tan tranquilo por mi calle de Atocha. En la estacin tomar el mando, si no se presenta el amigo Araa, como algunos creen, y yo tambin. Sobre esto bromeamos un instante. Usted cudese de que todo vaya bien, y entonces tendremos general Araa y cuantos generales

  • queramos. Pero si se nos tuerce, crame usted, querido Campn, que nos harn fu, llamndonos la hidra demaggica y la ola revolucionaria... Bajbamos los tres, y en la escalera encontramos a Daz del Cerro. Hablamos brevemente los cuatro, y acordamos no salir juntos. Montero y yo salimos los primeros, y all se quedaron los otros dos, que, segn supe despus, trataron de lo que deban hacer los paisanos armados... ya puedes figurrtelo... pues situarse en las inmediaciones de los Docks, para impedir a los jefes de artillera llegar al cuartel.

    -Me parece -dijo Dulce- que hablas demasiado, y que te excitas, hijo mo, te encandilas ms de lo conveniente. Lo que queda me lo contaras otra noche.

    -Cmo quieras; pero cuando uno ha tomado parte en hechos tan graves, cuando tiene uno la verdad metida en la mollera, como algo que le congestiona, o revienta o ha de vaciarla. Esto no lo contara yo a nadie ms que a ti, porque s que no has de venderme.

    -Lo dems me lo figuro. Que fuisteis Montero y t a sacar a los de San Gil...

    -Ves, ves como adulteras los hechos? (Exaltndose.) Eres como la prensa, que toma las cosas a bulto... y as traen los peridicos cada buuelo...! Yo no fui a San Gil, porque no tena para qu. No quiero atribuirme glorias que no me corresponden... A qu sostienes que fui a San Gil...?

    -No, hombre -replic Dulce, dando a entender en el tono y en la sonrisa que el hecho en cuestin careca de importancia-; si yo no sostengo nada. Ten por cierto que cuando se escriba la historia de esta tracamundana... pues yo creo que algn desocupado ha de escribirla... no te han de nombrar para nada. Que fueras t a San Gil o no fueras, lo mismo da.

    -Convengo en que no han de nombrarme. Mejor. Pero conste que Montero se separ de m en la Plaza del Callao para ir a San Gil, a eso de las ocho y media. Fui entonces en busca de Gallo, que ya estaba esperndome en la puerta de la redaccin, y...

    -Quin es ese? El rubito, de anteojos, ese que habla tanto y todo lo encuentra fcil?

    -Gran corazn, muchacho excelente: Si hubiera muchos Gallos como ste, otro gallo nos cantara... Pues nos fuimos hacia el Prado... hacia el Prado, fjate bien. Conste que no estuve en San Gil, y que si s lo ocurrido all, fue porque me lo cont Montero en cuatro palabras, cuando le llevamos a la calle del Pen para esconderle, porque se estrope un pie y no pudo seguir a los compaeros... Ves? Tampoco sabas este detalle. Si te digo que no se puede juzgar un caso como el de anoche sin estar en todos los pormenores!...

    Dulce sonrea, fijando ms los ojos en su costura que en la expresiva cara del historiador, el cual daba lumbre y vida al relato con la animacin fulgurante de su cara.

    Pues al Prado fuimos Gallo y yo, y all nos encontramos a otros. Cuidando de no formar grupos numerosos, nos dividimos en parejas. Paseo arriba, paseo abajo, acechbamos a una y otra parte. Ojo a la Carrera de San Jernimo y a la calle de Atocha, pues por una o por otra haban de aparecer los de San Gil. Ojo a los Docks, y ms que ojo, odo por si algn rebullicio sonaba all. Pero no puedes figurarte qu silencio tan dormiln envolva el condenado cuartel. Yo me desesperaba, y empec a recelar que los artilleros se llamaban Andana. Tambin nos corrimos del lado de la Ronda de Embajadores, para comunicarnos con otros paisanos, que deban soliviantar los barrios del Sur en cuanto el movimiento estallase... Pues seor, en una

  • de aquellas vueltas, cuando Gallo y yo nos replegbamos hacia ac, sentimos un rum rum hacia la Carrera de San Jernimo. Era como el viento que precede a la lluvia, un no s qu, chica, un hlito... Ya estn ah. Qu emocin! Pocas veces he tenido una alegra semejante... Ay de m! En efecto, el tumulto bajaba hacia el Prado, y nosotros, con un instinto de organizacin adquirido por la fuerza de las circunstancias, corrimos a prevenir a los de los Docks. Los artilleros no se mueven -me dijo Gallo-, hasta que no vean llegar la caballera y la infantera. No hay tal traicin; es que esta primera piedra es muy pesada de tirar. Vers cmo ahora salen... Pues seor, llegamos... No lo dije? La puerta del cuartel cerrada a piedra y barro. Gallo, con un coraje que le envidi y le envidio, aplic la boca al agujero de la llave y grit: Gaspar, Gaspar! Este Gaspar es un sargento machucho, a quien habamos metido de hoz y de coz en la conspiracin, muy amigote de Gallo, hombre bien dispuesto para todo, pero que...

    -No sigas -dijo Dulce-. Me figuro el resto. Ni la puerta se abri, ni ese Gaspar respondi desde dentro.

    -Qu haba de responder?... Sordo como un can... Lleg Montero con los de San Gil, y como si nada... Yo fui el primero que perd las ilusiones de contar con la artillera. Campn, que ya se haba presentado, llam tambin a la puerta; pero los de dentro le hicieron el mismo caso que a Gallo y a m. Empieza el desaliento... el barullo... el pnico... A la estacin, a la estacin. El uno grue, el otro jura, ste bufa, trinan muchos... An esperaba alguien que los artilleros salieran a unirse con los caballos de Simancas y la infantera de Cerinola. Qu inocencia! La revolucin era ya un verdadero adefesio. T dirs que a qu iban los sublevados a la estacin. Te lo explicar, te lo explicar, para que concuerdes conmigo en que plan ms disparatado no poda imaginarse. Quin de los que me escuchan se atrever a sostener que en el plan haba siquiera asomos de sentido comn?

    Dulce le mir alarmada, porque en aquel punto el narrador llevaba trazas de trastornarse. Mova los pies entre las sbanas, como si quisiera pasearse por ellas. Se embriagaba con el vapor dramtico que de los hechos referidos se desprenda, y como si alguien sostuviese delante de l que el plan era un modelo de habilidad estratgica, se enardeci ms, sosteniendo y recalcando su acerbo juicio.

    Al que me defienda el plan -aadi-, le declaro caballera. Fjate t bien para que juzgues, porque, sin entender de estas cosas, tienes bastante buen sentido para apreciarlas. Contamos, decan ellos, con tales y cuales regimientos de Madrid y tales y cuales de Alcal. En Madrid damos la batalla al Gobierno, y si la perdemos, trincamos el tren en Atocha para trasladarnos a Alcal, donde nos reuniremos con los sublevados de all para volver juntos sobre Madrid. Esto es desconocer la influencia decisiva de la fuerza moral en los casos de sedicin. Derrotados aqu, no haba que contar con apoyo en ninguna parte. En estos casos, todo lo que no se haga en un momento y por sorpresa, con esa improvisacin de la temeridad y del fanatismo, es trabajo perdido. La sublevacin militar, o triunfa en media hora apoderndose de los centros de autoridad, o en media hora se deshace. Ay! Creamos tener una bandera entre las manos, y nos encontramos con que slo tenamos un estropajo.

    Dulce convino en ello sin ningn esfuerzo, insistiendo en que, pues la intentona haba fracasado, a nada conduca devanarse los sesos por si las cosas pasaron de este o del otro modo. Ay! La pobre Dulce, mujer sencilla y casera, no comprenda el inters de la Historia, la filosofa de los hechos graves que afectan a la colectividad, inters a que no puede sustrarse el hombre de estudio, mxime si ha intervenido en tales hechos. Dulce crea que era ms importante para la humanidad repasar con esmero una pieza de ropa, o frer bien una

  • tortilla, que averiguar las causas determinantes de los xitos y fracasos en la labor instintiva y fatal de la colectividad por mejorar modificndose. Y bien mirado el asunto, las ideas de Guerra sobre la supremaca de la Historia no excluan las de Dulce sobre la importancia de las menudencias domsticas, pues todo es necesario; de unas y otras cosas se forma la armona total, y an no sabemos si lo que parece pequeo tiene por finalidad lo que parece grande, o al revs. La humanidad no sabe an qu es lo que precede ni qu es lo que sigue, cules fuerzas engendran y cules conciben. Rompecabezas inmenso: el pan se amasa para las revoluciones o por ellas?

    V

    Pues como te deca -continu Guerra-, el pobre Campn, viendo que los de los Docks no daban lumbre determin marchar a Alcal a por almendras, como deca un soldado de Cerinola que con instinto seguro vea claro el fracaso y la desbandada. Los paisanos qu hacamos? No te lo dije ya? Impedir que los oficiales de artillera acudieran al cuartel. -Temamos que los caones que no quisieron salir para ayudarnos, salieran para ametrallar a los sublevados antes de coger el tren. Yo no baj a la estacin. A santo de qu? Gallo y Mediavilla llevronme hacia donde estuvo la fuente de la Alcachofa, a punto que veamos las tropas descender en tropel hacia el ferrocarril. Cuando llegamos, un grupo detena a un jefe de alta graduacin. Me parece que le estoy viendo: no muy alto, moreno, bigote negro, perilla entrecana, uniforme de artillera. Parceme que veo an las granadas de oro bordadas en el cuello. Atrs... Que s, que no! Diga usted viva la Repblica... que no... Canallas... pim, pam... fuera... Hombre al suelo... boca abajo.

    -T...? -pregunt Dulce sin atreverse a formular redondamente la interrogacin.

    -Yo? No s decir que s ni que no. Admitamos que s... Recuerdo haber hecho fuego con un revlver que pusieron en mi mano... El delirio en que estbamos no nos permita ver la atrocidad del hecho. Eramos los menos ocho contra aquel hombre que no llevaba ms arma que su espada. Pero las luchas civiles, las guerras polticas ofrecen estos desastres, que no pueden apreciarse aisladamente. El pueblo se engrandece o se degrada a los ojos de la Historia segn las circunstancias. Antes de empezar, nunca sabe si va a ser pueblo o populacho. De un solo material, la colectividad, movida de una pasin o de una idea, salen heroicidades cuando menos se piensa, o las ms viles acciones. Las consecuencias y los tiempos bautizan los hechos hacindolos infames o sublimes. Rara vez se invoca el cristianismo ni el sentimiento humano. Si los tiempos dicen inters nacional, la fecha es bendita y se llama Dos de Mayo. Qu importa reventar a un francs en medio de la calle? Qu importa que agonice pataleando, lejos de su patria y de los suyos?... Si los tiempos dicen poltica, guerra civil, la fecha ser maldita y se llama 19 de Septiembre. Considera que, en el fondo, todo es lo mismo. No quiero decir que yo disculpe... Acaso puedo decir que fuera yo. Mi conciencia oscila... Realmente, no fui yo solo, y aunque lo hubiera sido... Aun ahora, no me doy cuenta de cmo fue. Yo estaba ciego de coraje... El toro huido, derrotado por su semejante, arremete con furia contra lo primero que encuentra... Un vrtigo de sangre, de odio, de venganza, me sobrecoga.. Lo peor fue que entre aquel chaparrn de disparos contra un solo hombre, una bala del revlver de Mediavilla me atraves al antebrazo... Creo que ni siquiera entend que estaba herido hasta mucho tiempo despus, al sentir escozor y la humedad de la sangre que me corra por la mueca. No me haca cargo del tiempo que transcurra, ni de la hora... Noche obscura, cortsima... Recuerdo de una manera confusa que Mediavilla me dijo que debamos huir y ocultarnos, que somos todos unos grandes majaderos, y que el mayor disparate que poda haber hecho Campn era empaquetarse en un tren... Hacia la Ronda de Embajadores, nos encontramos a Montero, que se haba estropeado un pie, y se

  • retiraba con Zapatero y otros, para esconderse en una casa de la calle del Pen. Faltaba, pues, el hombre arrojado, el loco de la sublevacin, y ya t has reconocido que estos actos de temeridad no se realizan sino por la iniciativa de un demente. Lo mismo que la broma de sacar las tropas de San Gil!... Te lo contar tal como lo o, de boca del mismo Montero, cuando le llevbamos cojeando... cojeando l, digo... Hombre de ms temple!... Tan exaltado estaba, que no podamos conseguir que hablase bajito. Pues fue un acto de esos que se llaman insensatos cuando salen mal, y heroicos cuando salen bien. Figrate que, hallndose la tropa en las cuadras, y no pudiendo salir por la puerta...

    -Sali por la ventana.

    -Por la ventana, no; por un boquete que abrieron precipitadamente, horadando el muro que da al patio. De este modo evit Montero que el coronel y los oficiales contuviesen a los soldados. Figrate: la oficialidad les encerraba... el coronel, avisado del peligro, llegara por momentos. Ganando minutos, fue abierto el boquete, y se precipitaron en el patio, y de aqu a la calle, antes de que los jefes pudieran evitarlo. Esto se llama empuje. Con muchos como este Monterito, pronto dbamos cuenta de toda la farsa legal. Pero no son todos as. Ves al Mediavilla que tanto charla, y se quiere comer las instituciones crudas? Pues no vale para nada. Mucha fe, mucho optimismo, cndida confianza en los dems, y la falsa idea de que todos van de buena fe como l. Habla, proyecta, divaga, delira... y despus nada. Cuando pierde las ilusiones, cae como en un pozo, y echa la culpa a la casualidad. De estos hay muchos, casi todos... Ah, qu prueba esta, y cmo nos abre los ojos! Cunta ineptitud, cunta miseria y qu desproporcin entre las ideas y los hombres!

    Creyendo que deba poner trmino a la charla febril de su hombre, levantose Dulce y entre abrazos y caricias le pidi por todos los santos del cielo que procurara tranquilizarse. Pero como no haba llegado el agotamiento de la fuerza espasmdica, ngel se rebelaba contra su cariosa amiga, y en vez de aquietarse, la emprendi con los apocados y traidores que no haban querido pronunciarse, y les amenaz y vituper tan a lo vivo cual si se hallaran presentes. Poco despus, incorporndose, abiertos los ojos, hablaba y gesticulaba cual si estuviera soando. Seor coronel -deca-, aqu no hay ms honor que el de la Repblica. Envaine usted esa espada, o le levantamos la tapa de los sesos. Y despus: Mrale, mrale en el suelo, los ojos en blanco, la boca fruncida... Aprieta los dientes, como si tuviera entre ellos a uno de nosotros. La maldicin que ech al caer se le ha quedado entre los labios negros, media palabra dentro, meda palabra fuera... Llamarnos canallas! Servimos a la patria, y si matamos, tambin nos exponemos a que nos maten. Millares de hombres como nosotros han perecido por capricho de tu amo... Nosotros no reconocemos ms amo que la idea... Qu queras t? Sacar los caoncitos del cuartel para ametrallarnos? Fastdiate, murete... no vayas diciendo a la muy puta de la Historia que te hemos asesinado. Grita lo que gritamos nosotros, y te haremos ministro de la Guerra...

    Sosegbase un poco, cerrando los ojos como si se aletargara, y de improviso despertaba inquieto, azoradsimo; se inclinaba sobre un costado, alargando el cuello como para buscar en el suelo algo que se le hubiera cado, y con voz descompuesta deca: Dulce, por Dios, hazme el favor de quitar de ah ese cadver.

    -Qu cadver? Pero t ests soando... Despierta.

    -No lo ves t...? El de las granadas en el cuello. La cabeza no la veo, porque cae debajo de la cama; veo el cuello con las granadas, el cuerpo de pao azul, y luego las piernas, las piernas largusimas con franjas rojas, y los pies con espuelas, que caen junto a la puerta de cristales. Arrstralo. Me incomoda, me pone triste. No es que yo le tenga miedo. Yo no lo mat, caramba! Fuimos varios, muchos; y no es justo que siendo de todos la culpa, el cadver

  • se meta en mi casa. Yo, si pudiera, te lo digo con sinceridad, si pudiera devolverle la vida, se la devolvera. No gusto de matar a nadie, ni al abejn que tanto me mortificaba... (Volviendo a mirar al suelo y asombrandose de no encontrar lo que crea.) Pero ya no est. Le has arrastrado fuera, tirando de los pies... Ay! hija, no hemos adelantado nada con sacarle de aqu. Ya le siento en la sala; ha remontado el vuelo, y zumba chocando en las paredes y dndose testarazos contra el techo. Mira, mira lo que tienes que hacer: coges una toalla o una chambra o un pauelo grande, y lo agarras por un extremo... Tambin puedes emplear una zapatilla. No hay arma ms terrible. Con ella aplastaremos otro da a todos los coroneles monrquicos que se nos pongan por delante... Pues te preparas bien, el arma levantada, hasta que veas que el cadver se posa; te vas acercando poquito a poco sin respirar, y cuando ests a tiro fuego! le descargas el golpe, y vers cmo no le valen ni las granadas que lleva en el pescuezo ni las espuelas que lleva en los pies.

    Por fin tuvo Dulce que hacer la comedia de perseguir al abejn, dando zapatazos en las paredes, hasta que en una de stas figur haber alcanzado la victoria, y que el enemigo pataleaba en el suelo, con espuelas y todo. No se dio por convencido Guerra, y poco despus murmuraba: Vers, vers t cmo resucita... Sus labios fruncidos, sus ojos echando chispas, la perilla negra con puntas blancas, la mano nerviosa empuando la espada andan por dentro de mis ojos, y cuanto ms los cierro, ms veo... Supongo que a estas horas Campn habr pegado fuego a media Espaa. Qu piensas t? Tonta, no te interesas por estas cosas tan graves. Ni siquiera se te ha ocurrido traerme los peridicos de la noche.

    -Los peridicos de la noche dicen que no ha pasado nada.

    -Nada, nada. Un poco de ese blsamo consolador, la nada, me vendra bien ahora, el santo sueo que nos da los consuelos de una muerte temporal. Crees t que no descanso yo porque no quiero? Mientras las ideas estn despiertas y sublevadas dentro del cerebro, no hay que pensar en dormir. Si ellas se durmieran o se echaran a la calle, descansara yo. Pero vers t cmo no se van las muy perras. Sera cosa de echarlas... sabes cmo? Metiendo en el cerebro un sinfn de nmeros. Las ideas son enemigas de los nmeros, y en cuanto los ven salen pitando.

    -Eso es -dijo Dulce con esperanza-. Ponte a contar hasta una cifra muy alta, y vers cmo te duermes. Yo lo he probado. Tambin es bueno rezar.

    -Yo no rezo. Se me han olvidado las oraciones todas. Mejor ser meter guarismos... Vengan cantidades. Busquemos el nmero de reales que tienen once onzas y media... Andando. En cuanto empiece a multiplicar, ser como si me rociara los sesos con cido fnico: Las cucarachas, o sean las ideas, saldrn de estampa y me dejarn en paz.

    VI

    Hasta hora muy avanzada de la noche dur esta fatigosa lucha; pero la fiebre remiti al fin, y Guerra pudo descansar. No as Dulce, a quien el trastorno moral, ms que el estado fsico de su amante, pona en grandsima inquietud, robndole en absoluto el sueo. Ya le vea perseguido por la polica y embarcado para Filipinas en rueda de presos; ya se imaginaba que era condenado a muerte y fusilado junto a las tapias del Retiro, como los sargentos del 66, hecatombe que haba odo referir al propio ngel. Toda la maana se la pas en estas cavilaciones, junto al lecho del herido, observndolo y poniendo especial atencin en su

  • manera de respirar; y no pareca sino que las ideas expulsadas del cerebro del revolucionario desengaado se haban pasado al de ella, porque despierta, y bien despierta, no vea ms que fusilamientos, sangre, y escenas de destruccin y venganza, el castigo y las represalias del pronunciamiento vencido. Tales imgenes, encendiendo en su mente recelos mil, y desconfianza y temor, tuvironla desvelada hasta el romper del da, hora en que silenciosamente, para no molestar a Guerra, que dorma, se recost vestida en el lecho, y se durmi tambin.

    Avanzado el da, despertaron ambos, y se saludaron pon gozo y cario, como si no se hubieran visto en mucho tiempo. En la voz, en la animacin de su cara revelaba el enfermo que iba mejorando y que el sueo haba reparado en gran parte su debilidad. Casi limpio de fiebre, quera levantarse, lo primero que hizo fue tomar un buen desayuno, y curarse el brazo. Mand a Dulce a la botica por una disolucin fenicada, y lavando con ella la herida para evitar la supuracin, se volvi a poner el aglutinante. Dulce le hizo cabestrillo con un pauelo de seda; y despus de mucho discutir, convinieron en que no deba levantarse, porque la enorme prdida de sangre le tena extenuadsimo, como lo demostraba la blancura mate de su rostro, haciendo resaltar la barba y cabello, que parecan ms negros por el vivo contraste.

    Era Guerra uno de esos tipos de hombre feo que revelan, por no s qu misteriosa estampilla etnogrfica, haber nacido de padres hermosos. Bien se vea en sus facciones la mezcla de dos hermosuras de distinto carcter. Nariz, ojos y boca carecan en conjunto: de belleza, a causa sin duda de que la nariz perteneca a una cara, y los ojos a otra. La unin no resultaba, y algunas partes se haban quedado muy hundidas, otras demasiado salientes. A primera vista, no ganaba las voluntades, pues era el rostro ceudo, spero y de ngulos muy enrgicos. Pero el trato disipaba la prevencin, y mi hombre se haca simptico en cuanto su palabra calurosa y su leal mirada encendan y espiritualizaban aquel tosco barro. El cabello no era menos spero y rebelde que la barba, las manos fuertes, velludas y de admirable forma, la figura bien plantada y varonil, aunque algo rechoncha, el andar resuelto, la voz metlica y sonora, con toda la variedad de timbres para expresar desde la ira ronca a la ms suave modulacin de ternura.

    Aquel da, la fuerte impresin de desengao que haba en su alma, le llev, por ley de compensacin espiritual, a fomentar y estimular el sentimiento, mtodo inconsciente de consolarse en los fracasos del amor propio. Como sucede siempre, el alma, combatiente rechazado en una empresa de la vida pblica, buscaba el desquite de su derrota en la ternura y alegra de la privada, por lo cual ngel Guerra se recre todo aquel da en Dulce, en ponderar su mrito y en congratularse de poseerla. No cesaba de echarle requiebros ni de manifestarle su amor de la manera ms hiperblica.

    -Ya s yo por qu te da tan fuerte -le dijo ella. Me quieres tanto ms cuanto ms desgraciado eres en lo que emprendes lejos de m. Debo alegrarme de que las revoluciones salgan mal, y del que eso que llaman la cosa pblica te ponga la cara fea, para que te guste ms la ma. Yo, como no tengo nada que ver con la cosa pblica ni me importa, te quiero y te querr siempre lo mismo.

    -Bendita sea tu boca -replic Guerra con calor-. A veces pienso que debo tenerme por muy feliz con poseerte. El da que te pesqu fue sin duda el ms afortunado de mi vida.

    -No exageres, no exageres -deca ella, tomndolo a broma-. Tengo miedo a tu impresionabilidad.

    -No hay exageracin. Eres tan modesta, que an no te has enterado de lo mucho que vales. Quieres que te lo diga? A ti se te pueden echar flores sin tasa, porque no tienes

  • vanidad... hasta eso. Crees que eres como todas, y no hay ninguna como t, al menos yo no he conocido a ninguna.

    -No te fes, no te fes. (Tomndolo a broma).

    -Me fo, y me fiar. Quiero cegarme contigo. Si me salieras mala, creera que todo el orden del Universo se haba alterado.

    -Ave Mara Pursima! No hay que correrse tanto en la confianza, no valgo yo lo que t crees. Lo que hay es que me ha dado por quererte... debilidad... el sino con que nacemos. Y tan segura estoy de no poder querer a ningn otro hombre, que le pido a Dios que me muera yo primero que t. As estoy ms descansada, porque si t te murieras, quedndome yo, viva... me faltara razn para vivir.

    Guerra tuvo que callarse, conmovido y meditabundo: Un ao haca que viva con aquella mujer, tiempo quiz bastante para apreciar la firmeza de su cario y su adhesin incondicional, probada de mil modos decisivos, de esos que no dejan lugar a ninguna duda. En aquel ao, los dos amantes haban sufrido adversidades, por motivos que ms adelante se dirn, y en los das adversos, Dulce fue siempre la misma que en los prsperos. Igualdad de nimo ms perfecta no se vio nunca, ni conformidad ms santa con las cosas de la vida, vinieran como viniesen. Para ella no haba ms familia ni ms mundo que l, fenmeno inaudito, no hallndose unida la pareja por el lazo matrimonial. Algn malicioso que observara la paz envidiable de aquella casa y la fidelidad sin par de Dulce, podra creer que el comportamiento de sta obedeca al clculo ms que al amor, como un plan habilidoso para conseguir que Guerra se decidiera a casarse. Pero quien tal creyese no acertara, porque si bien es cierto que al principio de aquel vivir ilegal, Dulce tuvo aspiraciones matrimoescas, estas ideas se borraron pronto de su mente, y rarsima vez se acordaba de que hay bodas en el mundo. Las ideas revolucionarias de Guerra sobre este particular se haban ido infiltrando en ella, y el trajn de la vida, siempre llena de ocupaciones, no le dejaba tiempo para pensar en lo que aquella situacin tena de anmalo. Que ngel estuviese contento, que fueran de su gusto las comidas que ella le haca, que no se recogiera tarde, que tuviese salud, y guardase a su mujer postiza los miramientos y la fidelidad que ella se mereca, era lo que privaba en su mente. La verdad es que si Guerra viva contento de su compaera, sta no se hallaba menos satisfecha de l.

    Los das que siguieron al del fracaso de la revolucin, hallndose Guerra imposibilitado de salir, a causa de su herida y del miedo a los polizontes, hubo instantes placenteros, horas de comn alegra. Pasaba l algunos ratos leyendo, y la reclusin lleg a serle grata. El desengao de las cosas polticas labraba surco profundo en su alma, que se senta corregida de ilusiones falaces. Sola coger a Dulce por la cintura, sentarla a su lado, hacerle mil caricias, dicindole: Mientras te tenga a ti, qu me importa que al pas se lo lleven los demonios? Bien mirado, es tontera apurarse por esa entidad obscura y vaga que llamamos el pas y que no se cuida de los que se sacrifican por l.

    El temor a las indagaciones policiacas fue disipndose cuando pasaron algunos das, y Guerra hablaba con desprecio de la autoridad gubernativa, pero haciendo propsito de no mostrarse de da en la calle durante algn tiempo. Comunicacin con sus amigos y compinches de jarana no la tuvo entonces, y su fanatismo se haba enfriado tanto, que apenas se inquietaba por la suerte de sus cmplices. A veces deca: Qu habr sido de Mediavilla? En dnde se habr metido el bueno de Gallo? Sin duda estar ya en Portugal o en Francia. Con mayor inters sigui las peripecias de la captura, encierro y procesamiento del desdichado Campn; y al pensar en el trgico fin que a tener iba su aventura, clamaba contra la ordenanza histrica, estableciendo amargas comparaciones entre el diverso trmino de las

  • rebeldas militares, pues las hay en nuestra historia, para todos los gustos, algunas castigadas, premiadas las otras, y con el premio gordo por aadidura. Pensamientos de un orden muy distinto le intranquilizaban a ratos, turbando la placidez soolienta de su encierro. Siempre que nombraba a su madre, tanto l como Dulce sentan que su espritu se nublaba, porque la tal seora era seversima con su hijo, y muy contraria a la manera de proceder de ste, as en el terreno pblico como en el privado. Dulce, por su parte, no ignoraba la antipata ardiente que inspiraba a su suegra, la cual, sin conocerla, hacala responsable de todos los extravos de ngel.

    -Deseo ver a mi madre -dijo ste sombramente, y me aterra la idea de presentarme a ella. Tardar todo lo que pueda en ir all, para que el tiempo desgaste su enojo. Ir preparando lo que he de decirle, y las razones con que debo disculparme.

    -Tu mam -indic Dulce, que saba por referencias el genio que gastaba la buena seora-, cuando te presentes a ella, te tirar a la cabeza lo primero que tenga a mano, y te maldecir, como acostumbra, desahogando su ira conmigo, a quien tiene por la ms mala mujer del mundo, causa de tu perdicin y de la perdicin de todo el linaje humano... Pero como quiera que sea, all tienes que ir, y vete aprendiendo la leccin.

    VII

    Al duodcimo da, Guerra, sin fuerzas an para arrostrar la presencia de su terrible mam, deseaba tener noticias de ella, porque la ltima vez que la vio padeca la buena seora un fuerte ataque de su asma crnica. Al propio tiempo anhelaba ver a su hija, que con la abuela viva, o al menos, ya que verla era difcil, saber de ella y hablar con alguien que la hubiese visto. Dulce se encarg una tarde de esta comisin, que no era la primera vez que desempeaba, y se puso a rondar el casern de los Guerras, en la calle de las Veneras. No estaba tranquila la joven, pues aunque no haba tratado nunca a doa Sales, tema que sta la conociese por adivinacin y le soltara alguna inconveniencia. Pero no la vio entrar ni salir en toda la tarde. Aguard un poquito, esperando ver a la nia, y en esto fue ms afortunada, pues al anochecer pas con su haya. A Dulce se le iban los ojos detrs de la chiquilla, y la hubiera detenido para comrsela a besos, porque era preciossima y muy salada; pero no se atrevi. No queriendo volver al lado de ngel sin llevarle alguna noticia concreta de su madre, sigui rondando, con esperanza de ver entrar o salir a Lucas, criado de la seora de Guerra, y la nica persona de la casa a quien trataba, por haberle utilizado ngel secretamente en varias ocasiones para comunicarse con su querida. Lucas recal al fin, presuroso, llevando una botella que pareca ser de botica. Dulce le detuvo para preguntarle por la seora, aadiendo, por va de precaucin, que el seorito ngel andaba por el extranjero desde la tremolina del da 19; y de boca del criado supo que doa Sales estaba en cama, aunque no de gravedad. Volvi corriendo la joven a su casa, y cont a Guerra el resultado de sus averiguaciones: la seora enferma, la nia buena y sana.

    -Reparaste bien si tena buen color?

    -Como el de una manzana. Iba tan risuea y saltona, que bien a las claras se vea su perfecta salud. Se me pasaron unas ganas de detenerla y darle un par de besos...! Qu mona es!

    -Ay, no lo sabes t bien! -dijo Guerra con efusin, abrazando a su querida-. Dime: si alguna vez la traigo a vivir con nosotros, la querrs como la quiero yo?

  • -Lo mismo que si fuera hija ma, puedes creerlo. La adoro sin haberla tenido nunca en mis brazos, ni haber odo de cerca su vocecita, que parece el gorjeo de un ngel.

    -Qu me gusta orte hablar as! Mi Cin te querr seguramente como si fueras su madre. No puedes formar idea de lo encantadora que es esa chiquilla ni del talento que tiene. Dime iba con ella su maestra?

    -S, y se rea de algo que la pequea le contaba.

    -Pobre Ler!, su verdadero nombre es Lorenza; pero como mi hija la llama Ler, as se ha quedado, y en la casa nadie la nombra de otro modo. Es una infeliz, y sabe muy bien su obligacin. Ay, Dulce, siento un afn loco por abrazar a la nia, por or su charla deliciosa y verla enredar al lado mo. No tienes idea de su precocidad, ni del donaire de sus travesuras. Mi vida est incompleta, y para redondearla necesito que mi Cin venga aqu, con nosotros. A entrambos nos hace falta, verdad?

    Dulce suspiraba, y no deca nada. Guerra, por natural engranaje de las, ideas, pens luego en su madre, y sombramente dijo:

    -Ay, mam s que no se reconciliar jams contigo. No la conoces; no puedes comprender, sin haberla tratado, su intransigencia, su temple varonil, y la rigidez con que se encastilla en sus ideas. Me quiere y la quiero. Pero no logramos ponernos de acuerdo en muchas cosas de la vida. Lo intent mil veces... Imposible, imposible. Y qu te dijo Lucas? que est en cama?

    -S; pero sin gravedad.

    -Eso s que no puede ser. Mi madre en cama, y sin gravedad? Qu absurdo! Eso lo creer quien no conozca su tesn, su resistencia, su desprecio del mal fsico. Mi madre se morir en pie mandando y hacindose obedecer de cuantos viven a su lado. Si guarda cama, sin duda su enfermedad es gravsima...

    Con las noticias que le trajo Dulce aquella tarde, ces la tranquilidad que Guerra disfrutaba en su forzada reclusin. El deseo de ir a su casa se confunda en angustioso enredijo con el temor de ir, no slo por el peligro de abandonar la madriguera, sino porque la idea de presentarse ante su madre llenaba su espritu de turbacin. En los ltimos aos, su nica defensa contra el despotismo materno haba sido la fuga, la ausencia temporal del hogar; pero sus correras de hijo prdigo tenan siempre un trmino preciso dentro de corto plazo, por ley de la necesidad quiero decir, que en cuanto se le acababa el cumquibus, no tena el hombre ms recurso que acudir a la casa materna y afrontar los rigores del tirano que en ella moraba. La penuria, como al lobo el hambre, le expulsaba de su cueva, lanzndole en busca de carne. En la ocasin que aqu se describe, en aquel caso grave de emancipacin y de aventuras revolucionarias, cuando la penuria empez a manifestarse, se defendi Guerra algunos das, ya con el admirable arreglo y la casi milagrosa economa de Dulce, ya empeando lo menos indispensable. Pero al fin las energas se agotaban, y pronto haba de sonar la hora de la rendicin. La lectura que en otro tiempo era su encanto, ya le causaba hasto. Sus autores favoritos, yacan olvidados sobre la cmoda. Lea tan slo peridicos, para seguir en ellos todos los trmites del proceso de Campn, y si cuando le crey condenado irremisiblemente a morir, se encendi en ira y deseos de venganza, al saber lo del indulto su alegra fue grande, y su fanatismo, por la accin antipirtica de la alegra en la fsica revolucionaria, se enfri hasta llegar a cero.

  • Algunas noches iba Dulce a casa de sus padres, ms que por gusto de verse entre su familia, por tomar el pulso a la opinin de aquella gente, y ver de qu pie cojeaba, pues slo por aquel lado haba desconfianza y el recelo de una delacin. La familia de Dulce, padre, madre, hermanos, to y primos, es digna de pasar a la Historia; pero el narrador necesita curarse en salud, diciendo que los Babeles (que as se llama aquella chusma), son del todo punto inverosmiles, lo cual no quita que sean verdaderos. Queda, pues, el lector en libertad de creer o no lo que se le cuenta, y aunque esto se tache de impostura, all va el retrato con toda la mentira de su verdad, sin quitar ni poner nada a lo increble ni a lo inconcuso.

    - II - Los Babeles

    I

    Residencia: Molino de Viento, 32 duplicado, cuarto que llamaban segundo con efectividad de quinto, escalera sucia y menos obscura de noche que de da, casa nueva, de estas que a los diez aos de construidas parecen pedir que las derriben. El interior resultaba digno molde de la inverosmil familia, porque al entrar lo primero que daba el quin vive era la cocina. La sala haca de comedor, y el comedor de alcoba, y una de las alcobas habra parecido despensa si tuviera vveres.

    Jefe supremo de la casa de Babel: D. SIMN GARCA BABEL, nacido en Madrid, del 20 al 23, y criado en humildes paales, bien conservadito en sus sesenta y pico de aos, de rostro ms simptico que venerable, bigote militar prolongado, como el del general Len, de insinuante palabra, y muy dispuesto a familiarizarse con toda persona con quien trabase conocimiento; tan expansivo y pegajoso en sociedad, que a veces haba que huir de l como de la peste; excomisionado de apremios, ex investigador del subsidio industrial y del timbre, ex delegado de polica; hombre de ideas extremadas en todos sentidos, hacia atrs y hacia adelante segn los casos, y el mayor fantasmn que han visto los siglos.

    Esposa: DOA CATALINA DE ALENCASTRE, descendiente en lnea recta, pero muy recta, de un hermano de la reina doa Catalina, mujer de D. Enrique III de Castilla, de dulce memoria... Aqu surge el temor de que esto no ha de creerlo nadie; ms presentado el caso en otra forma se entender mejor. El verdadero apellido de doa Catalina era Alonso Castro, y haba nacido la tal seora de padres hidalgos en Vargas, pueblo de la provincia de Toledo. En su casa hubo mucho trigo, pero mucho, y diecisis pares de mulas empleadas en la labranza. Adems posea su padre dos molinos, y una cantidad de cabezas de ganado que variaba segn el estado psquico de doa Catalina en el momento de contarlo. Cmo pas de tantas grandezas a la mezquindad de su entroncamiento con Garca Babel es cosa que se ignora. Lo cierto es que cuando pas de los cuarenta y cinco, y sus hijos fueron hombres y sus hijas mujeres, doa Catalina mostr una lamentable propensin a chiflarse, lo que ocurra en ocasiones de disgusto grave o de altercado, es decir, casi todos los das del ao. Entrbale a la buena seora una vibracin epilptica, un impulso de risas con lgrimas, y un braceo y un bailoteo tales que pareca la estampa del movimiento continuo. Siempre que D. Simn le llevaba la contraria, estallaba el trueno gordo entre marido y mujer, y despus de tirarse recprocamente a la cabeza lo que ms a mano haban, fuese copa o tijeras, zapatilla o tubo de quinqu, Babel sala bufando por un lado, y doa Catalina saltaba con su mana nobiliaria,

  • echando con gritos desaforados el siguiente pregn: Yo soy descendiente de Reyes; yo me llamo doa Catalina de Alencastre, y mi ta est enterrada en la capilla de Reyes Nuevos, al lado del to Enrique y otros tales, coronados. Qu mengua para mi linaje haberme casado contigo, que eres un pelele, un sopla-ollas, un mndigo... Zape de aqu, mequetrefe, que me apestas la casa... Dicho esto, doa Catalina sola ponerse una toquilla encarnada por la cabeza, del modo ms carnavalesco, y sala de refiln por los pasillos, chillando y braceando, hasta que sus hijas la volvan a la razn hacindole tomar tila y dndole friegas por el lomo.

    Adase que doa Catalina haba sido una real moza, y conservaba en su edad madura rasgos de belleza y an de cierta distincin nativa. En Toledo tena parientes, y desmantelados restos de hacienda, ruinas de castillos, alczares, o cosa por el estilo, y todo su afn era que destinaran a D. Simn a la ciudad imperial para trasladarse a ella con toda la familia, y ver de reconstruir el patrimonio de los Alencastres. Acompaada de alguno de sus hijos, sola pasar all breve temporada al amparo de parientes que no nadaban en la abundancia, pero que a los ojos exaltados de doa Catalina eran poco menos que prncipes y princesas de una dinasta cesante. Rease don Simn de los disparates de su consorte sin caer en la cuenta de que los suyos no eran de inferior calibre, pues cuando estaba de vena sola decir: Si no es por m, no llama la Reina a O'Donnell el 56... porque, vern ustedes... Estbamos Escosura y yo en Gobernacin, cuando... y en seguida lo contaba, si haba cristiano con bastante paciencia para orlo.

    Hijos: I. ARSTIDES, primognito, de treinta y seis aos en la poca a que refirindome voy, bien parecido, de tipo noble, que era, aunque parezca mentira, el tipo de toda la familia. De muchacho, su perfil fue comparado por alguien al de un heraldo de los que se ven en los escudos de la casa de Austria, o en los monumentos de la poca Isabelina, entre yugos y flechas. Envejecido antes de tiempo, peinaba canas en la barba y pelo, y habra llevado el hbito de Calatrava o de Santiago mejor que muchos que lo ostentan como si se cubrieran con una sbana. Que la vida de este hombre fue siempre algo misteriosa, vida de aventurero y de frustradas ambiciones, revelbase en su rostro, marcado con un sello de melancola y cansancio, como de quien ha consumido sus fuerzas en estriles batallas. Contrastes horribles dejaba ver a cada instante en su ser moral o intelectual, pues si a veces desplegaba en la conversacin entendimiento soberano y un ingenio agudsimo, de repente caa en las mayores simplezas y estulticias que es dado imaginar. Su juventud sera sin duda materia curiosa para quien pudiera estudiarla con datos seguros, porque otra ms accidentada, ms movida y dramtica no creo que exista. Sin oficio, profesin ni carrera, obedeciendo en esto a la ley de todos los Babeles de tres generaciones, que siempre hicieron ascos al estudio, haba huido muy joven de la casa paterna, afilindose a una compaa de cmicos; volvi inopinadamente titulndose Contratista de forrajes para la caballera portuguesa. Obtuvo un empleo, fue a Cuba, se cas y enviud a los cinco meses; huy por causa de un desfalco, y ha poco fundaba un peridico en Costa Rica. Sus alternativas de riqueza y miseria fueron extremadas: una vez se present en Madrid poseyendo valiossimas alhajas; otra tuvo que salir perseguido por la justicia, a causa de haber cedido en Bolsa una letra, que result ser ms falsa que Judas. Como detalle revelador de la vanidad heredada de su madre, conviene indicar que en Costa Rica us tarjetas que decan textualmente:

    ARSTIDES GARCA BABELLI

    Barn de Lancaster.

    Existe la muestra, y al que no crea esto, se le restregar en los hocicos la cartulina. Hay ms, en el peridico que tuvo por all sola firmar: D. Garca de Lancaster.

  • II. FAUSTO, de tipo un poco menos noble que su hermano mayor, pero ms fino, es decir, ms afilado, tirando algo al hocico del zorro, muy inteligente, aunque sin puntos de vista generales, como Arstides, sino concretando, cindose a los hechos, observador sagaz, burln en ocasiones, de mirada penetrante y odo muy sutil. Su juventud entraaba tambin algn misterio. Haba servido en Correos; pero le echaron por actos de infidencia. Los pormenores de esto eran muy conocidos; no as la causa de su cojera, semejante a la de Lord Byron, pues ni su familia ni sus amigos supieron nunca de dnde le vino aquella deformacin del pie, ni l supo dar explicacin razonable de ella, cuando le preguntaban. Durante breves temporadas vivi en Toledo oscuramente, o en Madrid, separado de sus padres, metido en trabajos de caligrafa superior, que era su principal habilidad. Haca ejecutorias de nobleza, diplomas y Mesas Revueltas, y remedaba con primor toda clase de caracteres, antiguos y modernos, de donde le vino su desgracia, porque un da le acusaron de haber desplegado sus talentos en la imitacin de todos los perfiles y rbricas de un billete de Banco, y el infeliz lo pas muy mal, pues aunque nunca se le pudo probar el delito, ello es que por s o por no estuvo a la sombra como unos tres aos, y el sobreseimiento le dej en situacin harto dudosa. Desengaado de la industria caligrfica y con inclinaciones a otros ramos del saber, por ejemplo, la Qumica, empez a estudiarla experimentalmente, pasando largas horas en descubrir reactivos que sirvieran para borrar lo escrito, dejando el papel como nuevo y virgen. De este modo daba realidad a su aborrecimiento de la escritura, causa de su deshonor y de los malos ratos que pas en la crcel. ltimamente se daba tambin a lo que podramos llamar la cbala lotrica, o sea el clculo de las probabilidades de premio, armando unos rompecabezas capaces de trastornar al Verbo.

    Hijas: I. CESREA, muy guapa, inteligente, hacendosa. A los veinte aos se cans del desorden de su casa, de las estulticias hueras de su pap, de or en boca de su madre la lista de los soberanos de que descenda y obedeciendo, aunque parezca fbula, a un secreto estmulo de formalidad y honradez, se fug con un cochero, digo, con un joven, cuyos padres tenan el servicio de coches de Buitrago, y se cas con l, constituyendo una familia decente. Esposa fiel y madre de no s cuantos chiquillos, se trataba con sus padres lo menos posible. Figura poco en este relato.

    II. DULCENOMBRE, ms joven que Cesrea, y menos que Fausto, la ms morena y la ms flaca de los cuatro, pero acentuando muy bien en sus facciones el tipo noble, que, por un sarcasmo etnogrfico, era el cuo de aquella singularsima raza. Doa Catalina, que siempre fue opuesta a que en su familia hubiese nombres vulgares, y aborreca los Pepes y Juanes por su tufillo plebeyo, estuvo muchos das vacilando acerca del nombre que pondra a su hija. Ocurrisele Diana, Fedra, Berenice, Violante, sin decidirse por ninguno, hasta que, la noche anterior al da del bautismo, so que se le apareca un ngel con borcegues colorados, enaguas de encaje y dalmtica con collarn, como los clrigos que cantan la epstola, y encarndose con ella de la manera ms familiar, le recomend que pusiera a la nia el Dulce Nombre de Mara. Doa Catalina no necesit que se lo dijera dos veces, y con entusiasmo acept la idea, haciendo de las cuatro palabras una sola. En aquella poca, la buena seora, tan inconstante como vehemente en sus aficiones, se haba dado un poquitn a la religin, rezaba ms de lo ordinario y lea vidas de santos. Muy satisfecha se qued del nombre de su hija, el cual le pareca a un tiempo mstico y romntico, nombre que por su sola virtud habra de traer felicidades mil a la persona que lo llevaba.

    II

  • Desde el da de su bautizo hasta que cumpli los veinte aos, nada nos ofrece en su existencia Dulcenombre que digno sea de ser contado, salvo algunos accidentes de su educacin. Tuvo la suerte de que la alcanzara, all por los catorce o quince aos, una de las etapas ms florecientes de la carrera administrativa de D. Simn, quien, investigando el Timbre o el Subsidio Industrial, traa bastante dinero a casa; y gracias a esto la muchacha concurri algn tiempo a la escuela de Institutrices, donde le ensearon porcin de cosas que no saben la generalidad de las nias. Pero como las rachas favorables duraban poco, a lo mejor tena que suspender sus estudios por no ser posible atender al gasto de libros y matrculas, ni tener traje y calzado con que presentarse en la clase. Por esto su saber era incompleto y de retazos; lstima grande, porque disposiciones no le faltaban, ni ganas de instruirse, con la noble ilusin de obtener ttulo y procurarse algn da posicin independiente y honrada.

    Pero su torvo destino se goz en echar por tierra aquella ilusin y pisotearla cruelmente, porque tras las breves temporadas de prosperidad vinieron otras largusimas de miseria y angustia. Hubo meses de espantosa escasez, das de hambre Ugolina, horas terribles en que doa Catalina invoc bramando y corriendo por los pasillos, a todos los Reyes de su tronco dinstico. La familia navegaba por el mar de la vida en medio de un deshecho huracn, y a cada instante tena que arrojar al agua parte del contenido de la nave para que sta no se hundiera. Tras de los muebles menos tiles, iban camas, colchones, sbanas, y tras la ropa de abrigo, la que sin serlo sirve para cubrirnos y diferenciarnos de los animales. Ofreca la casa un cuadro de miseria y desastre, cuyas tintas siniestras y accidentes luctuosos traan a la memoria las ruinas de ciudades, las pestes y hambres picas cantadas por la musa antigua, sin que faltaran, en medio de tan lgubres episodios, rasgos cmicos de esos que hacen llorar. Llegaron das en los cuales, habiendo los Babeles vendido o empeado hasta las camisas, ya no les restaba nada que empear o vender. En aquella progresin pavorosa, despus de la ltima prenda de ropa, que por ser la ltima es la primera guardiana del pudor, ya no quedaba ms que el pudor mismo. Gran cosa es la honra -pensaba en silencio D. Simn y doa Catalina, aunque no se comunicaban su atrevida idea-. Pero ante la materialidad del vivir, ante el terrible clamor de la sangre, de los huesos, del tejido, pidiendo nutricin, qu significaba la ley aquella indecisa y cuestionable de la honra, adorno, lujo ms bien, de las personas cuyos estmagos no estn nunca vacos?

    Sucedi, pues, lo que por un fenmeno de gravedad tena que suceder. Lo moral hubo de sucumbir ante lo fsico. La egregia doa Catalina llor mucho, justo es declararlo, el da en que no tuvo ms remedio que acceder a ciertas proposiciones que se le hacan referentes a Dulce, y dolindose con medio corazn de lo que sta perda, con el otro medio saboreaba el alivio de sus angustias, pagando al panadero, a toca teja, tres meses de suministro, al carnicero cuatro, y rescatando algunas ropas cautivas.

    Etapa de relativo desahogo. Emperegiladita con ropas tomadas a plazo, que poco a poco iban siendo suyas, Dulce sala de casa algunas tardes y noches, como quien va a su negocio, a veces con cara sombra, a veces contenta. La familia viva, y la nutricin dej de ser un concepto terico en aquel grupo de seres infelices. Das hubo en que hasta se notaban en la casa seales de abundancia, porque, eso s, los Babeles (era en ellos vicio constitutivo, incapaz de reforma), en cuanto tenan un respiro, echaban la casa por la ventana.

    Imposible fijar lo que duraron estos tratos y estos trotes. Lo qu s se sabe es que una noche entr don Simn en su casa con ngel Guerra, el cual iba a tratar con l (no conocindole todava como le conoci ms tarde) de ciertos detalles de conspiracin, pues Garca Babel y su hijo Arstides hallbanse entonces muy metidos en la poltica rabiosa y desesperada, por no serles posible arrimarse a ninguna otra. Vio Guerra a Dulcenombre, y recprocamente se agradaron; volvieron a verse a la noche siguiente en otra parte, y la

  • simpata recproca se aviv ms. El amor, como rara vez sucede, naci de la simiente del vicio, y a los dos das de conocimiento, ngel propuso a Dulce irse con l, abandonando un modo de vivir que no cuadraba a su complexin moral. Propuesto y aceptado. La joven desapareci de la casa paterna con gran consternacin de los Babeles, que la estuvieron buscando desatinados por todo Madrid durante una semana. Por fin, la fugitiva, que al lado de Guerra tena lo que puede llamarse una posicin, tendi la mano a su familia; restableciose la cordialidad entre el raptor y los Babeles, gracias a lo cual stos reciban los socorros indispensables para matar el gusanillo. Pas un ao en esta conformidad, y al cabo de l, a poco de mudarse los dos trtolos de la calle de San Marcos a la de Santa Agueda, ocurri la absurda intentona revolucionaria, la herida de Guerra, su reclusin, etc.... Adelante con los Babeles.

    III

    Rama segunda.

    Hermano del D. Simn: DON PITO, hombre muy pasado por agua, ms joven que su hermano, pero con apariencias de ms viejo, por los grandes trabajos que sufrido haba en empresas arriesgadas de mar y costa. Su nombre era Luis Agapito; pero nadie, ni aun su familia, le llamaba sino con la mitad del segunda nombre. A muy diferentes destinos parecan llamados Simn y Pito, porque ya desde el nacer se marc en la vicia de ambos direccin distinta. Simn vio la luz en Madrid, Pito en Cdiz, en ocasin que fueron all sus padres con objeto de establecer una pastelera. El uno, nacido al amparo de Cibeles, deba ser memorable en las cosas terrestres, el otro, encomendado al movible Neptuno, en las martimas. Recogiole de corta edad un to suyo que haca viajes a Amrica, y marino fue de vocacin decidida y de gran resistencia fsica y moral para las fatigas de oficio tan rudo. No se ha escrito ni se escribir la historia de sus hazaas y sufrimientos como capitn de derrota en innumerables expediciones a las Amricas, a las fricas y a las desparramadas islas de Oceana, y tan hiperblico era l como cronista de s propio, que resultaba el mundo mayor de lo que es, y con un par de continentes ms. Llena est, en efecto, su vida, de los veinte a los cincuenta, de hercleos esfuerzos, de atrevimientos brutales, y tambin de inauditos contrastes pecuniarios. A poco de guardar las onzas en espuerta, D. Pito daba sablazos de media onza en el muelle de la Habana, contraste en verdad muy lgico, pues el trfico a que se dedicaba tuvo su poca feliz, y una decadencia ocasionada a grandes desastres. Ello fue que le cogieron de medio a medio los ltimos tiempos de la trata, y en uno de aquellos pasetos que dio por el golfo de Guinea, me le atraparon los ingleses, le soplaron en la isla de Santa Elena, y en un tris estuvo que tuviera el honor de entregar la piel donde mismo la entreg Napolen el Grande. Ya viejo, enseaba con orgullo y fanfarronera las huellas que haban dejado en sus muecas las esposas y en sus pies los grillos. Puesto en libertad, intent alijar otro cargamento; pero se le averi el negocio, en la misma costa de Cuba, proporcionndole hospedaje por diez meses en la Cabaa. Despus de esto, mand vapores costeros y de altura durante quince aos, al cabo de los cuales, por su mala cabeza, sus vicios y su informalidad, se encontr sin blanca; vino a Espaa con su familia, y no pudiendo vivir en Cdiz, porque su reputacin le persegua con ms crueldad que antes la justicia, se corri a Madrid, donde le hallamos viejo, reumtico, remolcando la pierna derecha, maldiciendo su suerte, consolndose de la nostalgia de la mar con el dejo amargo y embriagador de sus trgicas aventuras.

    Consigo trajo ac dos alhajas de hijos; pero no se tienen noticias claras de su mujer, pues hay quien la supone confitera, hay quien sostiene que fue tratante en carne, como su marido, aunque no negra, sino blanca y muy blanca. El uno importaba bano y la otra marfil. Tambin hubo dudas sobre si aquella seora viva, y sobre si fue legtima esposa del gran don Pito,

  • cuyos hijos, nacido el uno en Matanzas y el otro en Cdiz, no la nombraban nunca. En su triste vejez, lejos de su elemento, y viviendo de limosna, el asendereado capitn no tena ms propiedad que glorias nefandas y sus aos achacosos. Todo lo haba perdido, hasta su doble reputacin, pues en Madrid no le conoca nadie, y se dice doble, porque en lo tocante a la marina fue muy celebrado por su pericia, valor y dotes de mando, mientras que en todo lo independiente de la mar y sus fatigas era el hombre ms desconceptuado del mundo.

    Hijos del precedente: I. MATAS, hombrachn que no caba por la puerta, espeso, perezoso, tardo de lengua y ms de pensamiento, de facciones correctas, pero inexpresivas y dormilonas, colores vivos en las mejillas, por lo cual y por su falta de agudeza y prontitud, desmenta la complexin caracterstica de la raza Bablica. Sus primos le pusieron, en cuanto vino a Madrid, el mote de Naturaleza, y por Naturaleza se le conoca dentro y fuera de casa. De salud inalterable como la de un sillar de berroquea, se pasaba en Vela un par de noches, si era menester, y despus dorma cuarenta horas de un tirn. Coma por cuatro, si haba de qu, y no se enteraba de las funciones digestivas. Era maestro confitero, y su objeto al venir a Madrid fue montar un establecimiento de dulces a estilo gaditano; pero ya por falta de capital, o sobra de timidez, ya porque siempre llegaba tarde a todas partes, ni la confitera pas de proyecto, ni logr que le dieran ocupacin constante en parte alguna. Contados das trabaj en la especialidad de azucarillos o en la de merengues, ambas muy de su competencia; pero no s qu maa se daba el maldito, que a poco de empezar le despedan a cajas destempladas. Todo lo haca bien; pero se le paseaba el alma por el cuerpo, harto grande para tan pequeo inquilino, y a la hora sealada para concluir no se haba decidido a comenzar. Naturaleza practicaba la filosofa de que lo mismo es ahora que despus, y de que no conviene acelerar nuestra corta existencia, acumulando sobre los afanes de la hora actual los de la hora subsiguiente. Crea que una de las invenciones ms tontas del ingenio humano es la de los relojes, que nos han trado las estpidas ideas de temprano y tarde, quitando al tiempo su dulce indeterminacin, y la vaguedad soolienta que tanto le asemeja a su hermano el caos.

    II. POLICARPO. El reverso de su hermano, gil, resbaladizo, soador ms que durmiente, flexible de espinazo y de espritu, Babel de marca fina, en una palabra. Alguien sostena que ste y Matas no nacieron de una misma madre, pues en nada se parecan; y otros aseguraban lo contrario, es a saber, que a entrambos les llev en su seno la desconocida seora de don Pito, pero que ste no tena culpa ms que de Policarpo, y que Naturaleza fue sacado de la mente divina cuando el valeroso Argos andaba en tratos con los caciques de la costa de frica. No son del caso estas averiguaciones, y adelante. Aunque sin oficio ni beneficio, tena Poli habilidad y disposicin para cualquier industria, especialmente para la cerrajera. Su primo le iniciaba en las artes de cbala y alquimia, y l, agradecido, enseaba al otro los secretos de la mecnica recreativa. En la habitacin, que bien podemos llamar laboratorio, atestada de frascos, piedras litogrficas, buriles, prensas de mano, y un pequeo torno para metales, se encerraban los dos largas horas. Poli fabricaba una llave con facilidad suma, y haca difciles composturas de armas de fuego. A pesar de su holganza e informalidad, sola llevar dinero a casa y drselo a su padre, dinero ganado no se sabe cmo. Lo nico cierto es que frecuentaba garitos de mala especie, entre los peores galopines de Madrid. Pero como la tolerancia reinaba en aquella casa, D. Simn y doa Catalina, y el mismo D. Pito, perdonaban al muchacho su mala conducta en gracia de su buena sombra, pues era bien parecido, servicial, dicharachero y dispuesto para todo.

    Cuando doa Catalina se hallaba en el ltimo paroxismo del ahogo pecuniario, lo que suceda todas las semanas; cuando no saba la seora infeliz a quien volver sus atribulados ojos, el nico de la familia que la confortaba, discurriendo sutiles arbitrios para recaudar fondos era Policarpo. Notbase por su habla andaluza con toda la afectacin flamenca, propia de su vida callejera, tabernaria y disoluta, como hombre de juergas de beba, de los de mechn en oreja y faca en cinto.

  • Nota. Cuando D. Pito y sus hijos dejaron los muros gaditanos para establecerse en Madrid, los Babeles de ac recibironles con los brazos abiertos, sencillamente porque pensaban que traan monises. Doa Catalina temblaba de emocin al ver entrar en la casa un bal grandsimo con flejes de hierro y reluciente clavazn dorada, y crey, juzgando por el peso, que vena lleno de onzas. Pronto hubo de ver que no haba ms peluconas que los clavos dorados que el cofre ostentaba por fuera; mas al perder la buena seora, lo mismo que su marido, aquella ilusin, no se les ocurri echar de su casa a la rama segunda, cuya pobreza igualaba o quizs exceda a la de la rama primera. Porque ha de saberse que los Babeles, en medio de sus garrafales defectos, tenan la cualidad de avenirse a todo, de conformarse con la suerte, y de prestarse mutuo auxilio en la adversidad dispuestos a partir los bienes si algunos hubiera. Pronto rein entre las dos ramas venturosa concordia, y una comunidad de intereses positivos y negativos que era la bendicin de Dios. Lo perteneciente a uno, a todos perteneca, y aquello que a uno faltaba convertase pronto en carencia total.

    IV

    Aquella noche, cuando Dulce entr en la guarida de los Babeles, la primera persona que vio fue su madre, que sala de la cocina, encendido el rostro, desgreada la blanquecina crencha, y con todas las trazas de haber padecido recientemente uno de aquellos arrechuchos que perturbaban su claro juicio. Alegrose la pobre seora de ver a su hija, ms que por